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LA NIñA QUE SE TRAGó UNA NUBE TAN GRANDE COMO LA TORRE EIFFEL

Romain Puértolas

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Fragmento

 

La primera palabra que pronunció el viejo peluquero cuando entré en su salón fue una orden breve y tajante digna de un oficial nazi. O de un viejo peluquero.

—¡Siéntese!

Dócil, me sometí. Antes de que él me sometiera con sus tijeras. Enseguida comenzó su danza alrededor de mí, ni siquiera esperó a saber con qué corte de pelo deseaba salir de su peluquería, o con qué corte de pelo justamente no deseaba salir.

¿Habría lidiado antes con el rebelde pelo afro de un mulato? Ahora ya no tenía más remedio.

—¿Le gustaría escuchar una historia increíble? —le pregunté para romper el hielo e instaurar un clima cordial.

—Lo que quiera con tal de que deje de mover la cabeza. Acabaré cortándole una oreja.

Consideré que ese «lo que quiera» era un gran paso, una invitación al diálogo, a la paz social y a la armonía entre seres humanos y, al mismo tiempo, intenté olvidar lo más rápidamente posible, en virtud de esos mismos acuerdos de fraternidad, la amenaza de amputación de mi órgano auditivo.

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—Bien, veamos. Un día, mi cartero, que es una mujer, una mujer encantadora, dicho sea de paso, se presentó en la torre de control donde trabajo y me dijo: «Señor Mengano (es mi apellido), necesitaría que me diese permiso para despegar. Sé que esta petición puede parecerle insólita pero es así. No se haga preguntas. Yo dejé de hacérmelas cuando todo comenzó. Solo deme permiso para despegar de su aeropuerto, se lo ruego». La verdad es que a mí su solicitud no me parecía tan insólita. A veces venían a verme particulares que se habían arruinado en las escuelas de aviación cercanas y que querían seguir haciendo horas de vuelo por su cuenta. Lo que me sorprendía, sin embargo, era que ella nunca antes me había hablado de su pasión por la aeronáutica. Bueno, nunca habíamos tenido demasiadas oportunidades de conversar, ni siquiera de cruzarnos (yo alterno turnos de día y de noche), pero bueno. Normalmente se limitaba a llevarme el correo a casa en su viejo Cuatro Latas amarillo. Nunca había ido a verme al trabajo. Lástima, porque era un bombón. «En condiciones normales, para este tipo de petición la mandaría al despacho de planes de vuelo. El problema es que hoy el tráfico aéreo es un caos por culpa de esa maldita nube de cenizas y no vamos a poder atender a los vuelos privados. Lo siento.» Viendo su cara de desconcierto (tenía una cara de desconcierto muy bonita y eso sembró el desconcierto en mi corazón), fingí que su caso me interesaba: «¿Qué pilota? ¿Un Cessna? ¿Un Piper?». Dudó mucho. Se notaba que estaba molesta, que mi pregunta la incomodaba. «Eso es justamente lo insólito de mi petición. No piloto ningún avión. Vuelo sola.» «Sí, eso lo había entendido, vuela sin instructor.» «No, no, sola, quiero decir sin aparato, así.» Levantó los brazos por encima de la cabeza y ejecutó un giro sobre sí misma, como una bailarina de ballet. Por cierto, ¿le he dicho que iba en bañador?

—Olvidó ese pequeño detalle —respondió el peluquero, ahora concentrado en pelearse con mis rizos—. Sabía que los controladores aéreos llevaban una buena vida, pero ¡esto es el colmo!

El viejo tenía razón. Los controladores de Orly no podíamos quejarnos. Pero eso no impedía que de vez en cuando hiciéramos una pequeña huelga sorpresa. Solo para que la gente no nos olvidara durante las fiestas.

—Bueno, esto… Llevaba un biquini de flores —proseguí—. Una mujer muy guapa. «No pretendo entorpecer su tráfico, señor controlador, solo quiero que me considere un avión más. No volaré tan alto como para que la nube de cenizas me afecte. Si hay que pagar las tasas de aeropuerto, no hay problema, tenga.» Me tendió un billete de cincuenta euros que sacó de no sé dónde. En cualquier caso, no de su gran cartera de cuero, puesto que no la llevaba. Yo no daba crédito. No entendía nada de lo que me contaba, pero parecía muy decidida. ¿Acaso me estaba diciendo que realmente podía volar? ¿Como Superman o Mary Poppins? Durante unos segundos, pensé que a mi cartero, bueno, a mi cartera, se le había ido la olla.

—Resumiendo, un buen día su cartero, que es una cartera, irrumpe en su torre de control en bañador aunque la playa más cercana está a cientos de kilómetros, y le pide permiso para despegar de su aeropuerto batiendo los brazos como una gallina.

—Veo que está atento.

—Cuando pienso que el mío solo me trae facturas… —suspiró el hombre limpiando el peine en su delantal antes de volver a meterlo en mi cabello. En la otra mano, las tijeras tintineaban sin parar, como las garras de un perro sobre el parquet, o como las de un hámster en una rueda.

Todo en su actitud indicaba que no creía ni una palabra de lo que le estaba contando. No se lo podía reprochar.

—Bueno, ¿y qué hizo? —me preguntó, sin duda para ver hasta dónde podía llegar mi imaginación delirante.

—¿Qué hubiera hecho en mi lugar?

—No lo sé, no trabajo en la aviación. Y además no estoy acostumbrado a ver entrar chicas guapas medio en pelotas en mi peluquería.

—Estaba confuso —añadí ignorando las bromas del viejo refunfuñón.

—¡Pensaba que nada podía desconcertar a un controlador aéreo! —soltó, irónico—. ¿No se les paga para eso?

—Esa imagen está un poco sobredimensionada. ¡No somos máquinas! Como iba diciendo, ella me miró con sus ojos de muñeca de porcelana y me dijo: «Me llamo Providence, Providence Dupois». Esperó a que sus palabras hicieran efecto en mí. Parecía estar quemando su último cartucho. Creo que me dijo su nombre para que dejara de considerarla una simple cartera. Estaba tan desorientado que durante unos segundos incluso pensé que era… bueno, ya sabe, una chica con la que había tenido una aventura y a la que no había reconocido. Tuve éxito en mis años jóvenes… Pero no había ninguna duda, incluso sin la gorra y sin el pequeño chaleco hortera azul marino, esa chica supercañón era mi cartera.

Hacía unos segundos que el peluquero había retirado el peine y sus tijeras de mi pelo encrespado y los mantenía suspendidos en el aire.

—¿Ha dicho Providence Dupois? ¿LA Providence Dupois? —exclamó dejando los instrumentos en la mesa de cristal que había delante de mí, como si de pronto le hubiera acometido un profundo cansancio. Era la primera vez que daba alguna señal de interés desde que habíamos empezado a hablar, bueno, desde que yo había empezado este monólogo—. ¿Se refiere a la mujer de la que hablaron todos los periódicos? ¿La que voló?

—La misma —respondí, sorprendido de que la conociera—. Pero, claro, en aquel momento para mí solo era mi cartera. La bomba sexual del Cuatro Latas amarillo.

El peluquero se desplomó en el sillón vacío que había a mi lado. Parecía como si una estación espacial acabara de caer sobre sus hombros.

—Ese día me trae recuerdos bastante duros —dijo con la mirada perdida en algún lugar entre las losetas blancas y negras de la peluquería—. Mi hermano murió en un accidente de avión. Precisamente el día en que esa famosa Providence Dupois se dio a conocer por ese extraño suceso. Paul, mi hermano mayor. Se iba unos días de vacaciones al sol. Cómo iba él a imaginar que serían unas vacaciones tan largas… Ciento sesenta y dos pasajeros. Ningún superviviente. Yo pensaba que Dios cogía el avión como todo el mundo. Debió de llegar tarde a facturación ese día.

El hombre levantó la cabeza. Una chispa de esperanza apareció en sus ojos.

—Bueno, hablemos de cosas más alegres. Dígame, ¿volaba de verdad? Quiero decir, ¿usted vio volar a la tal Providence Dupois? Lo leí en la prensa pero dicen tantas tonterías… Me gustaría saber la verdad y nada más que la verdad.

—Los medios no estaban allí. Se hicieron con la noticia después y le dieron mucho bombo, alimentando los rumores más disparatados. ¡Incluso llegué a leer que Providence había volado en su Renault amarillo hasta Marruecos y que chocó contra una nube! Lo que no está muy lejos de la verdad, claro, pero no es exacto. Yo le voy a contar la verdad sobre lo que pasó ese día en Orly. La verdadera historia. Y, créame, eso no es más que la punta del iceberg. Cómo llegó allí la cartera y lo que ocurrió después quizá sea aún más impresionante y ha puesto en entredicho muchas cosas en mi mente cartesiana. ¿Le interesaría escucharlo?

El peluquero señaló el salón vacío con la mano.

—Como ve, esto está abarrotado —dijo con ironía—, pero podría hacer una pequeña pausa. ¡Venga, será diferente de las eternas historias de bodas o bautizos que me cuentan las clientas cada vez que vienen a que les carde el moño! —añadió el viejo con un aire de falsa indiferencia cuando en realidad se moría de ganas de saberlo todo.

Y yo, de contarlo todo…

 

El día en que Providence aprendió a andar supo enseguida que no se limitaría a eso. Que sus ambiciones eran otras y que esa hazaña, porque de eso se trataba, solo era el comienzo de una larga serie. Correr, saltar, nadar. El cuerpo humano, esa fantástica máquina, escondía capacidades físicas sorprendentes que le permitirían avanzar en la vida, tanto en el sentido propio como en el figurado.

Con siete meses y sesenta y ocho centímetros y medio, un intenso deseo de descubrir el mundo con sus propios ojos (o, más bien, con sus propios pies) la inquietaba ya. Sus padres, ambos médicos en el hospital pediátrico más prestigioso de Francia, no salían de su asombro. En sus largas carreras profesionales, nunca se habían enfrentado a un caso parecido. Y, mira por dónde, era su propia hija la que lo protagonizaba y la que ponía patas arriba, con la energía de un bebé de unos meses que derrumba una torre de cubos, todas sus bonitas teorías sobre cómo aprender a caminar.

¿Cómo podía su hija dar sus primeros pasos a una edad tan temprana? ¿Cómo podía el esqueleto de sus piernas soportar ese pequeño cuerpo de Buda sonriente lleno de roscas? ¿Tendría alguna relación con los seis dedos de su pie derecho?

Eran tantas las preguntas a las que Nadia y Jean-Claude no pudieron responder ni entonces ni con el tiempo… Era algo inexplicable que habían acabado por aceptar. En su momento, su madre la examinó. Su padre hizo algo aún más sencillo, una tomografía axial computarizada del cerebro. Pero nada sirvió. Todo parecía normal. Era así, eso es todo. Su pequeña Providence empezó a caminar a los siete meses. Punto. Providence era una niña con prisa.

Evidentemente, todo lo que pudieron sentir durante ese extraño período no fue nada en comparación con el sentimiento que los invadiría como un tsunami ese día de verano, treinta y cinco años más tarde, cuando a su hija se le metió en la cabeza aprender a volar.

 

Situación: aeropuerto de Orly (Francia)

Corazón-O-metro®:* 2.105 kilómetros

Como habrá deducido, en el momento en que comienza esta increíble aventura Providence tenía treinta y cinco años y siete meses. Era una mujer de lo más común, aunque provista de seis dedos en el pie derecho y de un nombre poco ordinario para alguien que no procedía de Estados Unidos. Vivía en una localidad del sur de París de lo más común y ejercía una profesión de lo más común.

Era cartero.

Aunque la Academia Francesa había admitido hacía años la palabra «cartera», Providence, que en vista de su profesión tenía un nombre muy oportuno después de todo, prefería decir «cartero». Se había acostumbrado a que le hicieran el comentario. A ella esta feminización le parecía bien, se alegraba de que algunas vieran en esa última letra el logro de toda una vida luchando a favor de la causa feminista, pero eso no iba mucho con ella. Porque hacía quinientos años que había carteros y treinta que la palabra «cartera» existía. Incluso aún hoy seguía sonando raro. Diciendo «cartero» se ahorraba largas explicaciones, palabras y tiempo, algo en absoluto despreciable para una mujer apresurada de su especie que había aprendido a andar con siete meses.

Por eso, aquella mañana, de pie delante del mostrador de la policía del aeropuerto de Orly, rellenando la ficha de información para su estancia en Marrakech, escribió con la mayor naturalidad del mundo «cartero» en la casilla reservada a la profesión. Esta respuesta no pareció del gusto de la flemática funcionaria que revisó el documento. Con la cara embadurnada de maquillaje barato, estaba claro que era el tipo de mujer que no perdía ocasión de recordar su condición femenina, y más aún a las mujeres que parecían haber olvidado la suya. Sin embargo, esa mañana la mujer policía, más bigotuda que un gendarme, había olvidado afeitarse el labio superior, con lo cual su condición femenina había salido mal parada.

—Ha escrito «cartero».

—Sí, es lo que soy.

—Se puede decir «cartera».

—Lo sé.

—Se lo digo porque es sospechoso que escriba «cartero» siendo mujer. Si uno lee su ficha, espera ver a un hombre. Sin embargo, usted es una mujer, ¿verdad? Eso confunde. Y en la policía no nos gustan demasiado estas confusiones, no sé si sabe a lo que me refiero. Lo digo por usted. Yo la dejo embarcar, pero no quiero que la paren en el control de entrada en Marrakech por haber escrito «cartero» en lugar de «cartera». Sería una tontería. Allí son un poco especiales, ¿sabe? La igualdad de género no es su fuerte. Su fuerte son, más bien, los ceniceros de cerámica… o los cojines de cuero.

O sea, que ser mujer y tener pelos largos y negros encima del labio superior ¿no confunde?, pensó Providence. Increíble, la Yeti se permitía dar lecciones de género. ¿Había vuelto a ser obligatorio el bigote en la policía, como en los años treinta? ¿O, simplemente, la agenta había querido seguir la moda lanzada por la ganadora barbuda de Eurovisión 2014?

—Sí, sería una tontería —repitió la cartera mientras recuperaba su ficha con un gesto seco y corregía el objeto de la disputa con el bolígrafo.

Más valía dejarlo estar. Cuando hubo corregido el error, tendió la ficha a la Conchita Wurst de uniforme.

—Así está mejor. Pasará el control tan fácil como una carta en Correos —bromeó la policía—. Aunque no sé por qué nos ponemos tan tiquismiquis si ni siquiera está claro que vaya a poder despegar.

—No entiendo.

—Están cancelando los vuelos, uno tras otro, a causa de la nube de cenizas.

—¿La nube de cenizas?

—¿No se ha enterado? En Islandia hay un volcán que se ha despertado. Para una vez que se oye hablar de Islandia… ¡y nos tienen que fastidiar con un volcán!

Diciendo esto, la mujer estampó con un golpe el sello sobre la ficha, lo que hizo temblar un instante su bigote, y luego se la devolvió a la pasajera.

—Adivine cuándo fue la última v ...