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MIL LUGARES DONDE ENCONTRARTE

Claudia Gray

4


Fragmento

1

Me tiembla la mano, apoyada en la pared de ladrillo. La fría lluvia se precipita y azota mi piel desde un cielo que jamás había visto. A duras penas consigo recobrar la respiración, hacerme una idea de dónde me encuentro. Lo único que sé es que el Pájaro de Fuego ha funcionado. Cuelga de mi cuello, y aún desprende luz a causa del calor que se ha producido durante el viaje.

No hay tiempo. No sé si dispongo de minutos, de segundos o incluso menos. Desesperada, tiro de esta ropa desconocida; el vestido corto y la chaqueta brillante no tienen bolsillos, pero llevo un pequeño bolso colgado al hombro. Rebusco en su interior: no encuentro nada con que escribir, pero sí un pintalabios. Con dedos temblorosos, lo desenrosco y garabateo unas palabras en un póster hecho jirones, pegado en la pared del callejón. Se trata del mensaje que debo transmitir, lo único que debo recordar después de que haya dejado de ser quien soy.

MATA A PAUL MARKOV.

Luego ya solo queda esperar la muerte.

Recibe antes que nadie historias como ésta

«Muerte» no es la palabra adecuada. Este cuerpo seguirá respirando, el corazón continuará latiendo, pero dejaré de ser la Marguerite Caine que lo habita.

No, su verdadera dueña recuperará este cuerpo, la Marguerite que pertenece a esta dimensión. La dimensión a la que he viajado gracias al Pájaro de Fuego. Sus recuerdos tomarán el mando de nuevo, ya, en cualquier momento, y aunque sé que tarde o temprano volveré a despertar, me aterra la idea de… perder el conocimiento. De perderme. De quedar atrapada en su interior. Lo que sea que le ocurra a la gente que procede de otra dimensión.

En ese momento caigo en la cuenta: el Pájaro de Fuego funciona de verdad. Es posible viajar a dimensiones alternativas. Lo acabo de demostrar. En medio de la tristeza y el miedo arde un pequeño rescoldo de orgullo que siento como el único calor o esperanza que queda en el mundo. Las teorías de mi madre son ciertas. Acabo de demostrar empíricamente el trabajo de mis padres. Ojalá mi padre hubiera llegado a verlo.

«Theo.» No está aquí. Era poco realista esperar lo contrario, pero era lo que deseaba.

«Por favor, que Theo esté bien», pienso. Sería una plegaria si todavía creyera en algo, pero mi fe en Dios también murió anoche.

Me apoyo en la pared de ladrillo, con las manos separadas sobre un coche de policía, como un sospechoso antes de ser esposado. El corazón late con fuerza en mi pecho. Nadie ha hecho nunca algo así… Lo cual significa que nadie sabe qué va a pasarme. ¿Y si el Pájaro de Fuego no puede devolverme a mi dimensión?

¿Y si muero así?

Es probable que mi padre se hiciera ayer la misma pregunta, a la misma hora.

Cierro los ojos con fuerza y la lluvia helada se mezcla con las lágrimas ardientes sobre mi cara. Aunque intento no pensar en cómo murió mi padre, las imágenes se abren camino entre mis pensamientos una y otra vez: el coche llenándose de agua; el río turbio batiendo contra el parabrisas; mi padre, seguramente aturdido por el accidente, luchando por abrir la puerta, sin conseguirlo. Engullendo los últimos centímetros cúbicos de aire que quedan en el coche, pensando en mi madre, en Josie y en mí…

Debió de pasar mucho miedo.

El vértigo hace que el suelo que piso zozobre, me siento flaquear. Ha llegado el momento. Me hundo.

Me obligo a abrir los ojos para volver a ver el mensaje. Es lo primero que quiero que vea la otra Marguerite. Quiero que se le quede grabado, pase lo que pase. Si lo lee, si no deja de darle vueltas a la cabeza, estoy segura de que esas palabras me despertarán en su interior del mismo modo que podría hacerlo el Pájaro de Fuego. El odio que siento sobrepasa las dimensiones, sobrepasa los recuerdos, sobrepasa el tiempo. En estos momentos, ese odio es lo más genuino que hay en mí.

El mareo aumenta y el mundo se vuelve borroso y gris, difumina el mensaje MATA A PAUL MARKOV…

… y vuelvo a ver con claridad. La palabra MATA se dibuja con nitidez ante mí una vez más.

Confusa, me aparto de la pared de ladrillo. Me siento completamente despierta. De hecho, incluso más que antes.

Y allí de pie, con la mirada clavada en los altos tacones que tengo hundidos en el charco, me doy cuenta de que no voy a ninguna parte.

Empiezo a confiar en mi suerte y, finalmente, me alejo un poco más de la pared. La lluvia me golpea la cara con mayor fuerza que antes cuando levanto la vista hacia el cielo plomizo. Un aerodeslizador se cierne sobre la ciudad, a poca altura, como un nubarrón más. Por lo que parece, su única función es la de proyectar publicidad holográfica sobre el horizonte. Muda de asombro, contemplo cómo el vehículo planea por esta dimensión nueva y extraña mientras unos anuncios en 3D se intercalan en el cielo que lo rodea: Nokia. BMW. Coca-Cola.

Se parece mucho a mi mundo, pero, aun así, no lo es.

¿Este viaje significa tanto para Theo como para mí? Seguro que sí. Aunque mi padre solo era su asesor, su dolor es casi tan hondo como el mío; además, esto es por lo que Theo y mis padres han trabajado durante los últimos años. ¿También habrá conservado la memoria? Si es así, llevaremos las riendas durante todo el viaje, será nuestra conciencia la que guíe a los yoes que han nacido en esta dimensión alternativa. Eso significa que mi madre se equivocaba en algo, cosa que no deja de sorprender, teniendo en cuenta que todas sus otras teorías han resultado ciertas. Sin embargo, agradezco que sea así, al menos durante ese segundo que una nueva explosión de rabia tarda en desintegrar mi gratitud.

Ya nada puede detenerme. Si Theo también lo ha conseguido y puede encontrarme (lo que espero con toda mi alma), entonces lo lograremos. Llegaremos hasta Paul. Recuperaremos el prototipo del Pájaro de Fuego que ha robado. Y nos vengaremos por lo que le ha hecho a mi padre.

No sé si soy capaz de matar a un hombre a sangre fría, pero voy a averiguarlo.

2

No soy física como mi madre. Ni siquiera estoy haciendo un doctorado en física como Paul y Theo. Soy la hija de dos científicos que me han educado en casa y que me han dado una gran libertad para escoger mi propio camino curricular. Como único miembro de la familia con aptitudes artísticas, he acabado concentrándome en mi pasión por la pintura bastante más de lo que nunca me ha dado por estudiar ciencias. En otoño entraré en la Escuela de Diseño de Rhode Island, donde me especializaré en restauración artística. De modo que si quieres mezclar óleos, preparar un lienzo o hablar sobre Kandinski, has dado con la persona indicada; pero si deseas charlar acerca de los fundamentos científicos sobre los que se sostienen los viajes interdimensionales…, mala suerte. Aun así, por lo menos sé lo siguiente: el universo es en realidad un multiverso. Existen innumerables realidades cuánticas que se superponen unas a otras y que, para abreviar, llamaremos «dimensiones».

Cada dimensión representa un conjunto de posibilidades. Básicamente, todo lo que tiene posibilidad de suceder, sucede. Existe una dimensión en la que los nazis ganan la Segunda Guerra Mundial. Una dimensión en la que los chinos colonizaron América mucho antes de que Colón llegara con sus barcos. Y una dimensión en la que Brad Pitt y Jennifer Aniston siguen casados. Incluso una dimensión igual que la mía, idéntica en todo salvo un día en que Marguerite, de cuarto curso, decidió llevar una camiseta azul, mientras que yo preferí ponerme una verde. Cada posibilidad, cada vez que el destino lanza una moneda al aire, divide las dimensiones y se crean nuevas capas de realidad. Es un proceso que nunca se detiene, continúa hasta el infinito.

Estas dimensiones no se encuentran vete a saber dónde en el lejano espacio exterior, sino literalmente a nuestro alrededor, incluso en nuestro interior; sin embargo, al existir en otra realidad, no podemos percibirlas.

Al principio de su carrera, mi madre, la doctora Sophia Kovalenka, planteó la hipótesis de que no solo podríamos ser capaces de detectar esas otras dimensiones, sino también de observarlas, incluso de interactuar con ellas. Todo el mundo se rió. Pero mi madre siguió escribiendo artículos y ampliando su teoría año tras año, a pesar de que nadie le hacía caso.

Hasta que un buen día, cuando ya parecía que la considerarían una chiflada el resto de su vida, consiguió publicar un artículo en el que establecía los paralelismos entre la teoría ondulatoria y su trabajo sobre la resonancia dimensional. Seguramente solo hubo un científico en todo el planeta que se tomó aquel artículo en serio: el doctor Henry Caine, un oceanógrafo británico. Y físico. Y matemático. Y, cómo no, un cerebrito. Cuando lo leyó, comprendió el potencial que tenía la teoría y que nadie más había sabido ver hasta ese momento. Lo cual fue una suerte para mi madre, porque una vez que se convirtieron en compañeros de investigación, su trabajo pareció encontrar la buena dirección.

E incluso más para Josie y para mí, porque el doctor Henry Caine se convertiría en nuestro padre.

Avancemos veinticuatro años. El trabajo de ambos había llegado a un punto en que empezó a atraer la atención, incluso fuera de los círculos científicos. Investigadores de Stanford y Harvard habían reproducido los experimentos mediante los que mis padres habían hallado indicios de la existencia de dimensiones alternativas; ya nadie se reía de ellos. Estaban listos para intentar viajar a otras dimensiones o, al menos, para diseñar un dispositivo que lo permitiera.

Según la teoría de mi madre, los objetos físicos apenas tendrían capacidad para moverse entre dimensiones, pero la energía debería poder hacerlo con bastante facilidad. Ella también dice que la conciencia es una forma de energía, lo que ha conducido a todo tipo de desvaríos especulativos, pero mis padres consiguieron concentrar la mayor parte de su atención en diseñar un dispositivo que convirtiera el viaje entre dimensiones en algo más que un sueño, en algo que permitiera a la gente trasladarse a otra dimensión cuando quisiera y, por si eso no fuera bastante, regresar del mismo modo.

Era temerario. Incluso peligroso. Los dispositivos deben fabricarse con materiales específicos que se mueven con mayor facilidad que otras formas de materia; tienen que proteger la conciencia del viajero, algo que, por lo visto, es bastante complicado, y han de tener en cuenta como un millón de consideraciones técnicas más para las que se necesitaría tropecientos títulos en física para entenderlas. De ahí que mis padres diseñaran varios prototipos antes de llegar a plantearse ni una sola prueba.

Por eso, qué menos que celebrarlo cuando por fin dieron con uno que parecía que funcionaría, y de eso solo hace un par de semanas. Mis padres, que lo más fuerte que están acostumbrados a beber es té de Darjeeling, abrieron una botella de champán. Theo me tendió una copa a mí también, pero a nadie pareció importarle.

—Por el Pájaro de Fuego —brindó Theo. El prototipo final descansaba en la mesa alrededor de la cual nos encontrábamos, mientras las intrincadas capas de metal, que componían su mecanismo y que se superponían unas sobre otras como las alas de un insecto, lanzaban suaves destellos—. Llamado así por la legendaria criatura rusa que envía a los héroes en pos de aventuras increíbles. —Theo inclinó la cabeza brevemente en dirección a mi madre antes de proseguir—. Y, cómo no, por mi potente deportivo, porque, sí, lo flipan igual. —Theo es de esas personas que dicen «potente deportivo» de forma irónica. Prácticamente lo dice todo de forma irónica. Sin embargo, esa noche había verdadera admiración en su mirada cuando se dirigía a mis padres—. Por vivir unas cuantas aventuras.

—Por el Pájaro de Fuego —convino Paul. En ese momento ya debía de estar tramando lo que iba a hacer, al tiempo que alzaba la copa y la entrechocaba con la de mi padre.

Resumiendo, después de décadas de esfuerzos y de ser objeto de burla, mis padres por fin se habían ganado el verdadero respeto de todos… y estaban a punto de dar un salto muy importante que los llevaría aún más lejos. Mi madre sería considerada una de las científicas más importantes de toda la historia. Mi padre lograría el prestigio de Pierre Curie como mínimo. Tal vez incluso podrían permitirse enviarme un verano a Europa, donde visitaría el Hermitage, el Prado y todas esas otras maravillosas galerías de las que tanto había oído hablar pero que no había visto. Teníamos ante nosotros todo aquello con lo que habíamos soñado alguna vez.

Y entonces, el ayudante de investigación en el que confiaban plenamente, Paul Markov, robó el prototipo, mató a mi padre y huyó.

Podría haberse salido con la suya al saltar a otra dimensión, lejos del alcance de la ley: el crimen perfecto. Desapareció de la habitación de la residencia sin dejar rastro, con la puerta cerrada con llave por dentro.

(Por lo visto, cuando la gente viaja de una dimensión a otra, su forma física «deja de ser observable»; cosas de la mecánica cuántica, que, para entenderla, tienes que contar la historia de la caja en la que hay un gato que está vivo y muerto a la vez hasta que la abres, y la verdad es que se complica bastante. Nunca, ¡nunca!, le preguntes a un físico por ese gato.)

Nadie podría encontrar a Paul, nadie podría atraparlo; sin embargo, Paul no contaba con Theo.

Theo vino a hablar conmigo esa misma noche, un poco antes, cuando estaba sentada en la vieja y descuidada tarima del patio trasero. La única luz la proporcionaban la luna llena que brillaba en el firmamento y las lamparitas que Josie había colgado en la barandilla el verano pasado, unas con forma de peces tropicales que emitían un resplandor de tonalidades aguamarina y anaranjadas. Me había puesto una de las viejas chaquetas de punto de mi padre sobre el vestido de encaje de color marfil. A pesar de estar en California, las noches de diciembre pueden llegar a ser frías; además, la chaqueta todavía conservaba su olor.

Creo que Theo había estado observándome antes de decidirse a salir, esperando a que me recompusiera. Tenía las mejillas encendidas y cubiertas de lágrimas, me había sonado la nariz tantas veces que la notaba en carne viva cada vez que respiraba y me dolía la cabeza. Había llorado hasta hartarme.

Theo se sentó en los escalones, a mi lado, inquieto, nervioso, con un tembleque en un pie.

—Mira, estoy a punto de hacer una tontería —espetó.

—¿Qué?

Sus ojos oscuros me miraron con tanta intensidad que, por un disparatado momento, y a pesar de lo que ocurría, creí que iba a besarme.

En lugar de eso, me tendió una mano. En ella sostenía las otras dos versiones del Pájaro de Fuego.

—Voy a buscar a Paul.

—¿Todavía…? —Se me quebró la voz, temblorosa y forzada de haber llorado. Tenía tantas preguntas que, al principio, no sabía ni por dónde empezar—. ¿Todavía tienes los prototipos antiguos? Creía que los habíais destruido.

—También Paul. Y… bueno, en teoría, tus padres también. —Vaciló. La sola mención de mi padre, un día después de su muerte, era causa de un gran dolor. Casi tanto para Theo como para mí—. Pero me quedé los componentes que no reutilizamos. He estado enredando con ellos y he tomado prestado equipo de los laboratorios de Triad. He utilizado los avances que hemos hecho en el último Pájaro de Fuego para mejorar estos dos. Hay bastantes posibilidades de que alguno funcione.

Bastantes posibilidades. Theo estaba a punto de asumir un riesgo inimaginable porque le ofrecía «bastantes posibilidades» de poder vengarse de lo que Paul había hecho.

Con lo simpático que era siempre y con la de veces que habíamos tonteado, en alguna ocasión me había preguntado si, debajo de todas esas camisetas de grupos indie, del gorro hipster y del Pontiac de 1981 que había reparado él mismo, no habría solo un fanfarrón. En ese momento me sentí avergonzada de haber dudado de él.

—Cuando la gente viaja de una dimensión a otra —explicó, con la mirada clavada en los prototipos—, deja rastros. Indicios subatómi… Vale, iré al grano: el caso es que puedo perseguir a Paul. Da igual las veces que salte o por cuántas dimensiones intente moverse, siempre dejará un rastro, y sé cómo reajustarlos para que lo sigan. Puede huir, pero no puede esconderse.

Los pájaros de fuego brillaban en la palma de su mano. Parecían unos medallones de bronce, extraños y asimétricos, tal vez joyas de estilo modernista, pertenecientes a una época en que las formas orgánicas estaban en boga. Uno de los metales del interior era tan raro que solo había un valle en todo el mundo en cuyas minas pudiera encontrarse, pero alguien que no poseyera esa información se limitaría a pensar que simplemente eran bonitos. Sin embargo, los pájaros de fuego eran la llave que abría el universo. No, los universos.

—¿Puedes seguirlo a cualquier parte?

—A casi todas partes —contestó Theo, y me miró—. Conoces las limitaciones, ¿verdad? No siempre desconectabas cuando hablábamos de estas cosas durante la cena, ¿no?

—Conozco las limitaciones —aseguré, molesta—. Me refería dentro de ellas.

—Entonces sí.

Los seres vivos solo pueden viajar a dimensiones donde ya existen. ¿Una dimensión en la que mis padres no llegan a conocerse nunca? Esa es una dimensión que no podré visitar jamás. ¿Una dimensión en la que haya muerto? No puedo llegar a ella desde aquí, porque cuando una persona viaja a otra dimensión, en realidad se materializa en el interior de su otro yo. Allí donde esté esa otra versión de uno mismo, esté haciendo lo que esté haciendo, allí estará uno.

—¿Y si Paul salta a algún lugar al que no puedes seguirlo? —pregunté.

Theo se encogió de hombros.

—Supongo que acabaré en el siguiente universo; pero no pasa nada, cuando Paul vuelva a saltar, tendré ocasión de recuperar el rastro.

Les daba vueltas a los pájaros de fuego que sostenía en la mano, con la mirada perdida.

Tuve la impresión de que la mejor opción de Paul era saltar una y otra vez, lo más deprisa posible, hasta encontrar un universo donde no existiera ninguno de nosotros. Luego podría quedarse allí todo lo que quisiera, sin que nadie lo atrapara nunca.

Sin embargo, el caso es que Paul quería algo más, aparte de acabar con mis padres. Aunque había resultado ser una persona despreciable, no era tonto, y por eso estaba convencida de que no haría una cosa así por pura crueldad. Si solo hubiera querido dinero, le habría vendido el dispositivo a alguien de su propia dimensión, no habría huido a otra.

Quisiera lo que quisiese, no podía esconderse para siempre. Tarde o temprano, Paul iría detrás de su verdadero y oculto objetivo y, cuando lo hiciera, nosotros lo atraparíamos.

Nosotros. No Theo solo, sino los dos. Theo tenía dos prototipos en la mano.

La brisa helada me despeinó y las luces de la barandilla se balancearon adelante y atrás, como si los peces de plástico quisieran alejarse a nado.

—¿Y si el Pájaro de Fuego no funciona? —pregunté.

Rascó las Doc Martens contra la vieja madera de la tarima, de la que se desprendió un trozo.

—Bueno, igual no hace nada. Igual acabo ahí de pie, como un idiota.

—¿Eso en el peor de los casos?

—No, en el peor de los casos acabo descompuesto en una sopa atómica.

—Theo…

—No va a pasar —aseguró, tan envalentonado como siempre—. Al menos, lo dudo bastante.

—Pero estás dispuesto a asumir ese riesgo —repuse con un hilo de voz—. Por mi padre.

Nuestras miradas se encontraron cuando dijo:

—Por todos.

Me quedé sin respiración.

Aunque Theo apartó la vista casi al instante, añadió:

—Como te he dicho, no va a pasar. Seguramente funcionará alguno de los dos. A ver, los reconstruí yo y los dos sabemos que soy un genio.

—Cuando os planteabais probar uno de estos dispositivos, tú dijiste que ni hablar, que ni siquiera debíais considerarlo.

—Sí, bueno, a veces exagero mucho. A estas alturas, ya debes de haberte dado cuenta. —Puede que Theo sea un fanfarrón, pero hay algo que no puede negársele: al menos lo reconoce—. Además, eso fue antes de que me pusiera a trabajar en ellos. Los pájaros de fuego son mucho mejores ahora.

No tomé una decisión en ningún momento en concreto. Pero cuando Theo salió a la terraza a hacerme compañía, me sentía tan impotente ante la tragedia que había destrozado a mi familia, que cuando por fin hablé fue como si hiciera mucho tiempo que supiera exactamente lo que pretendía hacer.

—Si tan seguro estás, entonces, de acuerdo. Me apunto.

—Eh, eh, espera. Yo no he dicho que fuera un viaje para dos.

Señalé los colgantes.

—Cuéntalos.

Cerró el puño sobre los pájaros de fuego y se quedó mirando la mano como si deseara no haber traído los dos y haberme dado la idea, pero… era demasiado tarde.

—Tú no tienes la culpa —dije con suavidad—, pero tampoco vas a convencerme de lo contrario.

Theo se acercó un poco más; la sonrisita de suficiencia había desaparecido.

—Marguerite, ¿has pensado en el riesgo que asumirías?

—El mismo que estás dispuesto a asumir tú. Mi padre ha muerto y mi madre merece que se haga justicia, por lo tanto, hay que detener a Paul. Yo puedo ayudarte a detenerlo.

—Es peligroso, y ya no hablo solo de saltar a otra dimensión y todo eso. Me refiero a que no sabemos a qué tipo de mundos iremos a parar. Lo único que sabemos es que, acabemos donde acabemos, Paul Markov estará allí, y es un malnacido imprevisible.

Paul, imprevisible. Dos días antes, me habría echado a reír. Paul siempre me había parecido tan callado e imperturbable como los precipicios que escalaba los fines de semana.

Ahora sabía que Paul era un asesino. Si había sido capaz de hacerle a mi padre lo que le había hecho, tampoco se detendría ante nosotros, pero nada de eso importaba ya.

—Tengo que hacerlo, Theo —dije—. Es importante.

—Lo es, por eso voy yo, pero no significa que tú también tengas que venir.

—Piénsalo. No puedes saltar a una dimensión en la que no existes. Seguramente hay dimensiones en las que yo existo, pero tú no.

—Y viceversa —replicó.

—Aun así… —Le tomé la mano libre, como si apretándosela con fuerza pudiera convencerlo de que hablaba muy en serio—. Yo puedo seguirlo a lugares a los que tú no puedes. Conmigo amplías terreno, conmigo aumentan las posibilidades de encontrarlo. No discutas, sabes que es verdad.

Theo lanzó un suspiro, me devolvió el apretón, me soltó la mano y se pasó los dedos por el pelo, que lo llevaba de punta. Parecía igual de inquieto y nervioso que siempre, pero yo sabía que estaba replanteándose la situación.

Cuando sus ojos oscuros volvieron a encontrarse con los míos, suspiró de nuevo.

—Si tu madre tuviera la menor idea de lo que estamos hablando, me despellejaría vivo. Y no es una forma de hablar. Creo que sería capaz de despellejarme, literalmente. A veces lanza miradas asesinas. Me juego lo que quieras a que por sus venas corre sangre cosaca.

Vacilé un instante al pensar en qué suponía todo aquello para mi madre. Si algo salía mal, si me convertía en una sopa atómica, nos habría perdido a mi padre y a mí en un intervalo de dos días. Ni siquiera existían palabras para describir lo que sería para ella.

Sin embargo, si Paul salía impune, estaba igual de segura de que eso acabaría matándola… Y a mí también. No iba a permitirlo.

—Hablas de la venganza de mi madre. Eso significa que vamos a hacerlo juntos, ¿no?

—Solo si estás convencida del todo. Por favor, primero piénsatelo un momento.

—Ya me lo he pensado —contesté, lo que no era del todo cierto, pero no importaba. Lo de antes se lo había dicho tan en serio como en ese momento—. Me apunto.

Así es como he llegado hasta aquí.

Aunque, exactamente, ¿dónde está este «aquí»? Intento analizar lo que me rodea mientras camino por la calle, atestada de gente a pesar de lo tarde que es. Esté donde esté, no se trata de California.

Picasso podría haber pintado esta ciudad, con sus ángulos afilados, su rigidez y el modo en que unas líneas oscuras de acero parecen acuchillar los edificios, como si fueran puñaladas. Me imagino como una de esas mujeres que dibujaba, con el rostro dividido en dos, asimétrica y contradictoria, una mitad sonriente mientras la otra grita en silencio.

Me detengo en seco. He logrado encontrar el camino hasta el río y allí, al otro lado de las aguas oscuras e iluminado por focos, se alza un edificio que conozco: la catedral de Saint Paul.

«Londres. Estoy en Londres.»

Vale. Muy bien. Tiene sentido. Mi padre es…, era inglés. No se trasladó a Estados Unidos hasta que mi madre y él empezaron a trabajar juntos. Supongo que, en esta dimensión, ha sido ella quien se ha trasladado a la universidad de él y ahora todos vivimos en Londres.

La idea de que mi padre vuelva a estar vivo, en algún lugar cerca de aquí, bulle en mi interior hasta tal punto que me impide pensar en otra cosa. Quiero correr a su lado de inmediato, ahora mismo, y abrazarlo con fuerza y disculparme por todas las veces que le he contestado mal o me he burlado de sus pajaritas de empollón.

Sin embargo, esta versión de mi padre no será mi padre. Será otra versión. El padre de esta Marguerite.

No importa. Es lo más cerca que volveré a estar nunca de él y no pienso desperdiciar la oportunidad.

Está bien. Siguiente paso: descubrir dónde se encuentra la versión autóctona de mi casa.

Los tres viajes que he hecho a Londres para visitar a mi tía Susannah han sido bastante fugaces. La tía Susannah es muy dada a las compras y los chismorreos, y a pesar de lo mucho que mi padre quería a su hermana, no aguantaba más de una semana con ella, si no era a riesgo de perder los papeles. Con todo, he estado en Londres lo suficiente para saber que no se parece en nada a esto.

Mientras camino por el South Bank del Támesis, veo que aquí los ordenadores se han inventado un poco antes, porque están bastante más avanzados. A pesar de la llovizna, varias personas se han detenido para sacar unos pequeños cuadrados luminosos, parecidos a pantallas de ordenador, aunque en este caso se han materializado en el aire, delante de sus usuarios. Una mujer está hablando con un rostro; debe de tratarse de una llamada holográfica. En ese momento, uno de mis brazaletes empieza a emitir un resplandor. Me acerco la muñeca a la cara y leo lo que hay escrito en la parte interior, en letra pequeña y metálica:

Seguridad Personal ConTech

DEFENDER Modelo 2.8

Creado por Verizon

No sé muy bien qué significa, pero diría que esta pulsera no es un simple brazalete.

¿De qué otro tipo de avances tecnológicos disfrutan aquí? Para la gente de esta dimensión, todos esos chismes forman parte de su día a día. Tanto los aerodeslizadores que planean sobre Londres como el monorraíl sin riel que serpentea por encima de sus cabezas están atestados de pasajeros aburridos para quienes esto no es más que el final de otro día anodino.

«No hay nada como estar en casa», pienso, aunque el chistecito no me hace gracia. Vuelvo a echar un vistazo a los tacones que llevo, tan diferentes de mis bailarinas planas. Desde luego no son unas zapatillas rojas.

En ese momento me recuerdo que llevo el dispositivo tecnológico más importante de todos, el Pájaro de Fuego, colgando del cuello. Lo abro y contemplo el mecanismo del interior.

Es complejo. Muy, muy complejo. Me recuerda a nuestro mando a distancia universal, con tantas teclas, botones y funciones que nadie en mi casa (en la que viven varios físicos, entre ellos mi madre, supuestamente la próxima Einstein), ni uno solo de nosotros, es capaz de averiguar cómo cambiar de la PlayStation al reproductor de DVD. Sin embargo, igual que con el mando a distancia, he aprendido varias funciones, las fundamentales: cómo saltar a otra dimensión, cómo retroceder si acabo en un lugar que resulta peligroso o cómo activar un «recordatorio», en caso de ser necesario.

(En teoría, se supone que quien viaja de una dimensión a otra no conserva la conciencia en todo momento, sino que más o menos permanece dormido en el interior de sus otras versiones. Por eso puedes utilizar el Pájaro de Fuego para crear un recordatorio, lo que te permitiría conservar la conciencia durante mayor tiempo. En fin, para fiarse de las teorías. Por lo que a mí respecta, no se necesitan recordatorios.)

Miro el reluciente Pájaro de Fuego que tengo en la mano y me digo que si he aprendido a hacer funcionar este artilugio, puedo encargarme de cualquier cosa que esta dimensión me ponga por delante. Con energía renovada, empiezo a observar a la gente que me rodea con mayor atención. «Observa y aprende.»

Una mujer toca una plaquita metálica que lleva prendida en la manga y una pantalla holográfica de ordenador se enciende delante de ella. Sin perder tiempo, me paso las manos por la ropa. No encuentro nada parecido en las mangas de la chaqueta plateada, pero sí algo similar en la solapa. Lo toco con cuidado… y doy un respingo cuando una pantalla holográfica cobra forma delante de mí. El holograma salta conmigo, unido a la plaquita metálica.

De acuerdo, es… muy guay. ¿Y ahora qué? ¿Órdenes de voz, como el Siri de mi teléfono? ¿Puede ser táctil si no hay nada que tocar? Alargo una mano a modo de prueba y un teclado holográfico se materializa delante de la pantalla. Entonces, si finjo que tecleo algo…

Pues sí, las palabras que introduzco aparecen en la pantalla, en la casilla de búsqueda: PAUL MARKOV.

En cuanto se muestran los tropecientos mil resultados, me siento como una tonta. Markov es un apellido bastante común en Rusia, de donde emigraron sus padres cuando él tenía cuatro años. Su nombre, que también tiene su equivalencia rusa (Pável), es asimismo muy habitual, y de ahí que miles y miles de personas se llamen igual.

Vuelvo a probar de nuevo, aunque esta vez busco «Paul Markov» y añado «físico». Nada me garantiza que Paul estudie física aquí, pero tengo que empezar por alguna parte y está visto que la física es la única empresa humana por la que siente alguna inclinación.

Los resultados parecen más prometedores. Casi todos proceden de la Universidad de Cambridge, así que pruebo con la pestaña «Profesorado». Se abre el currículo de un docente con un nombre completamente distinto, pero se enumeran sus ayudantes de investigación y, ¿cómo no?, ahí aparece la foto de Paul Markov. Es él.

Cambridge. Eso también está en Inglaterra. Podría llegar allí dentro de un par de horas…

Lo que significa que él podría llegar aquí dentro de un par de horas.

Podemos seguir el rastro de Paul porque los pájaros de fuego nos informan de cuándo se produce una brecha dimensional; sin embargo, eso quiere decir que Paul también puede seguir el nuestro.

Si estoy en la dimensión correcta (si Paul ha huido aquí después de cortar los frenos de mi padre y robar el último Pájaro de Fuego), entonces ya sabe que he llegado.

Tal vez salga corriendo y escape a la siguiente dimensión.

O quizá ya viene en mi busca.

3

Me arrebujo en la chaqueta mientras camino entre la niebla. Tengo la sensación de fragmentarme en distintas direcciones a la vez: tristeza, luego rabia, después pánico. Lo último que necesito ahora mismo es desmoronarme, así que redirijo mis pensamientos hacia la única cosa que siempre me tranquiliza y me centra: la pintura.

Si fuera a pintar la dimensión que tengo enfrente, llenaría la paleta de ocres oscuros, negro opaco y varios grises, nada vivo y colorido. Tendría que triturar alguna sustancia e incorporarla a la pintura con el pulgar, polvo o ceniza, porque la mugre de este lugar traspasa las superficies. Incluso tengo la sensación de que el aire mancha la piel. Hay menos piedra antigua en este Londres de lo que recuerdo, más metal. Y también menos árboles y plantas. El aire es frío y cortante. Estamos a principios de diciembre y, aun así, solo llevo un vestido negro y corto y una chaquetita fina, más brillante que el papel de aluminio.

(Sí, sin duda alguna estamos en diciembre. Los dispositivos permiten viajar de una dimensión a otra, pero no en el tiempo. «Eso es un premio Nobel completamente distinto», comentó mi madre una vez con tono alegre, como si fuera a ponerse con ello en cuanto tuviera un hueco.)

Imaginarme pintando ayuda un poco, pero solo logro controlar los nervios cuando el anillo empieza a parpadear.

Sorprendida, miro la tira plateada que rodea mi dedo meñique, recorrida por una luz. Lo primero que se me ocurre es que se trata de algo con leds para presumir en la discoteca. No obstante, si las plaquitas ...