Loading...

SEGUNDAS OPORTUNIDADES

Rainbow Rowell

0


Fragmento

CAPÍTULO 1

Cuando aparcó en la entrada de los coches, Georgie estuvo a punto de llevarse una bicicleta por delante.

Neal nunca le pedía a Alice que la guardara.

Por lo visto en Nebraska no robaban bicicletas; ni tampoco allanaban las casas. Neal solía esperar a que Georgie hubiera regresado del trabajo para cerrar la puerta de la calle, aunque ella le había advertido de que dejarla abierta era como poner un cartel en el jardín que rezara: POR FAVOR, RÓBANOS A PUNTA DE PISTOLA. No, había respondido él. Yo no lo veo igual.

Georgie arrastró la bicicleta al porche y abrió la puerta sin necesidad de usar la llave.

En el salón reinaba la oscuridad, aunque el televisor seguía encendido. Alice se había quedado dormida en el sofá mirando dibujos de la Pantera Rosa. Cuando fue a apagarlo, Georgie tropezó con un tazón de leche olvidado en el suelo. Había un montón de ropa limpia sobre la mesa baja y cogió lo primero que encontró para limpiar el estropicio.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cuando Neal cruzó el arco que separaba el salón del comedor, encontró a Georgie allí agachada, limpiando un charco de leche con unas bragas.

—Perdona —le dijo—. Alice ha querido darle un poco de leche a Noomi.

—No pasa nada. Iba despistada —Georgie se levantó e hizo una bola con las bragas antes de señalar a Alice con un gesto—. ¿Se encuentra bien?

Neal tendió la mano para tomar la prenda y luego recogió el tazón.

—Está bien. Le he dado permiso para esperarte. A cambio de que se comiera la col y me prometiera no volver a decir «literalmente», porque me estaba poniendo literalmente de los nervios. Ha sido una larga negociación —camino de la cocina, se volvió a mirar a Georgie—. ¿Tienes hambre?

—Sí —reconoció ella, y lo siguió.

Neal estaba de buen humor aquella noche. Por lo general, cuando Georgie llegaba tan tarde a casa… Bueno, cuando Georgie llegaba tan tarde a casa, no lo estaba.

Georgie se sentó a la barra de la cocina. Apartando facturas, libros de la biblioteca y deberes de segundo, apoyó los codos sobre la superficie.

Neal encendió un hornillo. Llevaba un pantalón de pijama y una camiseta, y debía de haber ido a la peluquería; seguramente pensando en el viaje que se disponían a emprender. Si Georgie le hubiera acariciado la zona del cogote, habría experimentado la sensación de palpar terciopelo en la dirección natural del cabello, agujas a contrapelo.

—No sabía qué te querrías llevar —comentó él—, así que te he lavado todo lo que había en el cesto de la ropa sucia. Y acuérdate de que allí hace mucho frío, que siempre se te olvida.

Georgie siempre acababa por birlarle a Neal sus jerséis.

Él estaba de tan buen humor esta noche…

Sonriendo, le preparaba la cena a Georgie. Un revuelto. Con salmón. Col rizada. Alguna otra verdura. Machacó un puñado de anacardos con el puño y los espolvoreó por encima del revuelto antes de servirle el plato.

Cuando Neal sonreía, se le marcaban en las mejillas unos hoyuelos parecidos a paréntesis, unos paréntesis cubiertos de barba incipiente. Georgie sintió deseos de agarrarlo por encima de la barra y hundirle la nariz en las mejillas. (Siempre reaccionaba igual ante la sonrisa de Neal.) (Aunque dudaba de que él lo supiera.)

—Creo que te he lavado todos los vaqueros… —continuó él mientras le servía un vaso de vino.

Georgie inspiró profundamente. Tenía que soltárselo cuanto antes.

—Hoy me han dado una buena noticia.

Él reclinó la espalda contra la encimera y enarcó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí… Maher Jafari está interesado en nuestra serie.

—¿Maher Jafari? ¿Y ese quién es?

—Es el tipo de la cadena con el que estábamos negociando. El que dio luz verde a El Lobby y al nuevo reality show sobre plantaciones de tabaco.

—Ya —Neal asintió—. El tipo de la cadena. Pensaba que había pasado de vosotros.

—Y nosotros también —aclaró Georgie—. Por lo que parece, trata así a todo el mundo.

—Ya. Vaya. Pues sí que es una buena noticia. Y entonces… —ladeó la cabeza—, ¿por qué no pareces contenta?

—Estoy entusiasmada —afirmó Georgie. Con voz chillona. Ay, Dios. Debía de estar sudando—. Quiere un episodio piloto, guiones. Vamos a celebrar una gran reunión para hablar del reparto…

—Genial —convino él, esperando. Sabía que Georgie estaba mareando la perdiz.

Ella cerró los ojos.

—… el veintisiete.

El silencio se apoderó de la cocina. Los abrió. Sí, allí estaba el Neal que conocía y amaba. (De verdad. Lo uno y lo otro.) Los brazos cruzados, los ojos entornados, los músculos crispados a ambos lados de la mandíbula.

—El veintisiete estamos en Omaha —le recordó él.

—Ya lo sé —dijo ella—. Neal, lo sé.

—¿Y entonces? ¿Tienes previsto adelantar el regreso a Los Ángeles?

—No, yo… Deberíamos tener los guiones listos para esa fecha. Seth piensa que…

—Seth.

—Solo tenemos el episodio piloto —se justificó Georgie—. Nos quedan nueve días para escribir cuatro episodios y prepararnos para la reunión. Ha sido una suerte que no tengamos que trabajar en Jeff lo lleva fatal esta semana.

—Tenéis tiempo libre porque es Navidad.

—Ya sé que es Navidad, Seth… No voy a perderme la Navidad.

—¿Ah, no?

—No. Solo me voy a perder… Omaha. Había pensado que podíamos quedarnos aquí.

—Ya tenemos los billetes.

—Neal. Hablamos de un episodio piloto. De un contrato. Con la cadena de nuestros sueños.

Georgie tenía la sensación de estar leyendo un guión. Por la tarde había mantenido esa misma conversación con Seth, prácticamente palabra por palabra…

Pero es Navidad, había objetado ella. Estaban en el despacho. Y Seth se había sentado en la zona de Georgie del gran escritorio en forma de ele que compartían. La tenía acorralada.

—Venga, Georgie, aún nos quedarán unos días de vacaciones; y después de la reunión celebraremos las mejores Navidades de nuestras vidas.

—Cuéntaselo a mis hijas.

—Lo haré. Tus hijas me adoran.

—Seth, es Navidad. ¿No podemos aplazar esa reunión unos días?

—Llevamos esperando esta oportunidad toda nuestra vida laboral. Ha sucedido, Georgie. Ahora. Por fin.

Seth pronunciaba su nombre una y otra vez.

Ahora, a Neal le temblaban las aletas de la nariz.

—Mi madre nos está esperando —objetó.

—Lo sé —susurró Georgie.

—Y las niñas… Alice le ha enviado una carta a Papá Noel para avisarlo de que estaría en Omaha.

Georgie esbozó una sombra de sonrisa.

—Se las arreglará para encontrarla.

—Esa no es… —Neal guardó el sacacorchos y cerró el cajón de golpe. Bajó la voz—. Esa no es la cuestión.

—Ya lo sé —ella se inclinó hacia el plato—. Pero podemos visitar a tu madre el mes que viene.

—¿Y que Alice falte al colegio?

—Si no hay más remedio…

Con las manos apoyadas sobre la encimera, Neal tensaba los músculos de los antebrazos. Como si se preparara a posteriori para recibir la mala noticia. La cabeza gacha, el flequillo colgando sobre la frente.

—Podría ser nuestra gran oportunidad —alegó Georgie en su defensa—. Nuestra propia serie.

Neal asintió sin levantar la cabeza.

—Vale —accedió en un tono quedo y monocorde.

Georgie aguardó.

En ocasiones, las discusiones con Neal la descolocaban. La disputa mudaba en otra cosa (en algo más peligroso) sin que Georgie se diera cuenta. A veces, Neal ponía fin a la conversación o la dejaba con la palabra en la boca en plena argumentación, y ella se quedaba allí arguyendo mentalmente mucho después de que él se hubiera marchado.

Georgie ni siquiera estaba segura de que aquello se pudiera considerar una discusión. Todavía.

De modo que esperó.

Neal no levantó la vista.

—¿Qué significa «vale»? —preguntó ella por fin.

Él se apartó de la encimera con brusquedad, un alarde de brazos desnudos y hombros musculosos.

—Significa que tienes razón. Claro —procedió a recoger la cocina—. Debes asistir a esa reunión. Es importante.

Lo dijo en un tono casi desenfadado. Puede que no llegase la sangre al río, al fin y al cabo. Quizás incluso se alegrase por ella. Con el tiempo.

—¿Entonces? —insistió Georgie para saber a qué atenerse—. ¿Te parece bien que vayamos a casa de tu madre el mes que viene?

Neal abrió el lavavajillas y empezó a recoger los platos sucios.

—No.

Georgie apretó los labios y se los mordió.

—¿No quieres que Alice falte al colegio?

Él movió la cabeza para decir que no.

Ella lo observó cargar el lavavajillas.

—¿En verano, entonces?

Neal agitó la cabeza apenas, como si algo le hubiera rozado la oreja. Tenía unas orejas preciosas. Demasiado grandes quizás, y algo despegadas en la punta, como unas alas. A Georgie le gustaba agarrarlo por las orejas. Cuando él se lo permitía.

Se imaginó a sí misma rodeándole la cara con las manos. Notó en los pulgares el tacto de las orejas de Neal, el roce de los nudillos contra su pelo rapado.

—No —repitió él. Se incorporó y se secó las manos en el pantalón del pijama—. Ya tenemos los billetes.

—Neal, hablo en serio. No puedo faltar a esa reunión.

—Ya lo sé —repuso él, y se volvió a mirarla. Le palpitaba la mandíbula. Permanentemente.

En su época universitaria, Neal había considerado la idea de alistarse en el ejército; Georgie pensaba que se le habría dado de fábula eso de dar pésimas noticias u obedecer una orden desgarradora sin que su expresión traicionase sus sentimientos. El rostro de Neal podría haber pilotado el Enola Gay.

—Ahora me he perdido —dijo Georgie.

—No puedes faltar a esa reunión —aclaró él—. Pero ya hemos comprado los billetes. Y tú, de todas formas, te pasarás toda la semana trabajando. Será mejor que te quedes aquí y te concentres en la serie… Nosotros iremos a ver a mi madre.

—Pero es Navidad. Las niñas…

—La celebraremos de nuevo a la vuelta. Les encantará. Dos Navidades.

Georgie no sabía cómo tomarse aquello. Quizás si hubiera acompañado aquella última frase de una sonrisa…

Él señaló el plato.

—¿Te lo caliento?

—No te preocupes.

Neal asintió con un breve gesto y salió de la cocina rozándole la mejilla con los labios al pasar. Se dirigió a la sala de estar y cogió en brazos a Alice. Georgie le oyó tranquilizarla en susurros («duerme, cariño, yo te llevo a la cama») antes de subir las escaleras.





MIÉRCOLES

18 de diciembre de 2013

CAPÍTULO 2

El móvil de Georgie no reaccionaba.

Nunca lo hacía a menos que lo conectase. Seguramente necesitaba una batería nueva, pero siempre olvidaba comprar una.

Dejó el café sobre el escritorio y conectó el teléfono al portátil. Lo agitó, como si fuera una foto tipo Polaroid, mientras esperaba a que se reanimase.

Una uva pasó volando entre su nariz y la pantalla.

—¿Y bien? —preguntó Seth.

Georgie levantó la cabeza. Por primera vez desde que había llegado al despacho, se fijó en él. Llevaba una camisa rosa de manga larga con un chaleco de punto de color verde, y aquel día lucía un peinado aún más moderno que de costumbre. Seth parecía un primo guapo de los Kennedy. Uno que no hubiera salido dentón.

—Y bien, ¿qué?

—Y bien, ¿qué tal ha ido?

Se refería a qué tal había ido con Neal. Pero no lo decía claramente porque era así como se comunicaban. Había reglas.

Georgie echó otro vistazo al teléfono. Ninguna llamada perdida.

—Bien.

—Ya te dije que iría bien.

—Bueno, pues tenías razón.

—Siempre tengo razón —apostilló Seth.

Georgie le oyó regresar a su silla. También lo imaginó: con las largas piernas en alto, apoyadas en el borde del escritorio que compartían.

—Muy de vez en cuando, acabas por tener razón en parte —lo corrigió ella sin dejar de toquetear el teléfono.

Neal y las chicas ya habrían tomado el segundo avión. Debían hacer una breve escala en Denver. Georgie pensó en enviarles un mensaje (os quiero) e imaginó el texto aterrizando en Omaha antes que ellos.

Por desgracia, Neal nunca escribía mensajes, así que tampoco comprobaba si los tenía; mandarle uno era como enviar un mensaje al vacío.

Dejó el teléfono a un lado y se llevó las gafas a la frente mientras intentaba concentrarse en la pantalla del ordenador. Tenía montones de emails por leer, todos de Jeff German, la estrella de su serie de humor.

Georgie no añoraría a Jeff German si aquel nuevo proyecto llegaba a cuajar. Tampoco echaría de menos sus correos. Ni su gorra de béisbol roja. Ni su manía de obligarla a reescribir episodios enteros de Jeff lo lleva fatal cuando opinaba que su familia televisiva adquiría demasiado protagonismo.

—No puedo soportarlo —la puerta se abrió de par en par y apareció Scotty con aire derrotado. En el despacho de Seth y Georgie solo cabía otra silla, una especie de hamaca de IKEA, muy incómoda. Scotty se desplomó de lado y se llevó las manos a la cabeza—. No puedo. Se me da fatal guardar secretos.

—Buenos días —lo saludó Georgie.

Scotty la miró entre los dedos.

—Hola, Georgie. Esa chica de ahí fuera me pide que te diga que tu madre está al teléfono. Línea dos.

—Se llama Pamela.

—Pues muy bien. Mi madre se llama Dixie.

—No, la nueva recepcionista se llama… —Georgie renunció y tendió la mano hacia el teléfono negro de escritorio que compartía con Seth—. Hola.

La madre de Georgie suspiró.

—Llevo tanto rato esperando que empezaba a pensar que esa chica se había olvidado de mí.

—No. ¿Qué hay?

—Solo llamaba para saber cómo estás.

Su madre parecía preocupada. (Le encantaba hacer gala de su preocupación.)

—Muy bien —respondió Georgie.

—Bueno… —otro suspiro. Generoso—. Esta mañana he hablado con Neal.

—¿Cómo lo has hecho?

—Me he puesto el despertador. Sabía que os marchabais temprano. Quería despedirme.

La madre de Georgie concedía mucha importancia a los viajes en avión. Y a la cirugía menor. Y a veces al mero hecho de colgar el teléfono. Nunca sabes cuándo va a ser la última vez que hables con alguien y sería una pena no despedirse como Dios manda.

Georgie sostuvo el teléfono con el hombro para poder escribir mientras hablaba.

—Eres muy amable. ¿Has podido hablar con las niñas?

—He hablado con Neal —repitió su madre. Para recalcarlo—. Me ha dicho que vais a pasar un tiempo separados.

—Mamá —protestó ella a la vez que devolvía la mano al auricular—. Una semana. Nada más.

—Dice que vais a celebrar la Navidad cada uno por su cuenta.

—No es eso… ¿Por qué lo planteas en esos términos? Me ha surgido algo en el trabajo.

—Antes no te obligaban a trabajar en Navidad.

—No me obligan a trabajar en Navidad. Solo durante estas fechas. Es complicado —Georgie resistió el impulso de comprobar si Seth estaba escuchando—. Ha sido decisión mía.

—Has decidido pasar sola la Navidad.

—No estaré sola. Estaré con vosotras.

—Pero, cielo, pasaremos el día con la familia de Kendrick. Ya te lo dije. Y tu hermana irá a ver a su padre. O sea, si quieres venir a San Diego, por mí encantada…

—Da igual. Ya me las apañaré —Georgie miró a su alrededor. Seth lanzaba uvas al aire para atraparlas con la boca. Scotty estaba despatarrado con aire abatido, como si sufriera dolores menstruales—. Tengo que ponerme a trabajar.

—Bueno, pues pásate esta noche —sugirió su madre—. Prepararé la cena.

—Estoy bien, mamá, en serio.

—Tú ven, Georgie. No deberías estar sola en momentos como este.

—Que no pasa nada, mamá. Estoy bien.

—Es Navidad.

—Aún no.

—Prepararé algo para cenar. Te espero —colgó antes de que Georgie pusiera más objeciones.

Ella suspiró y se frotó los ojos. Notó los párpados pegajosos. Las manos le olían a café.

—No puedo hacerlo —gimió Scotty—. Todo el mundo se ha dado cuenta de que guardo un secreto.

Seth echó un vistazo a la puerta; estaba cerrada.

—¿Y? Con tal de que no sepan cuál es el secreto…

—No me gusta —insistió Scotty—. Me siento un traidor. Soy Lando de la Ciudad de las Nubes. Soy el tío ese que besó a Jesús.

Georgie se preguntó si de verdad algún otro guionista del equipo sospechaba algo. Seguramente no. El contrato de Georgie y Seth estaba a punto de expirar, pero todo el mundo daba por supuesto que se quedarían. ¿Por qué iban a abandonar Jeff lo lleva fatal si la serie por fin era líder en audiencia?

Si se quedaban, les aumentarían el sueldo. Un aumento descomunal, de esos que te cambian la vida. Una cifra tan grande que el signo del dólar asomaba a los ojos de Seth cada vez que se refería a ella, como si fuera el Tío Gilito.

En cambio, si se marchaban…

Una razón y solo una podía inducirlos a abandonar Jeff lo lleva fatal. La oportunidad de que su serie viera la luz. La serie con la que Georgie y Seth llevaban soñando prácticamente desde que se conocieron. Habían escrito juntos el borrador del capítulo piloto cuando aún estudiaban en la universidad. Su propia serie, sus propios personajes. Adiós a Jeff German. Adiós a las muletillas. Y a las risas enlatadas.

Si se marchaban, se llevarían a Scotty con ellos. (Cuando se marchasen, diría Seth. Cuando, cuando, cuando.) Scotty era suyo; Georgie lo había contratado hacía dos episodios y era el mejor redactor de gags con el que habían trabajado nunca.

A Seth y a Georgie se les daban mejor las situaciones. Circunstancias extrañas que se tornaban aún más retorcidas, chistes que se prolongaban y se prolongaban hasta culminar ocho capítulos más tarde. Sin embargo, de vez en cuando hacía falta que alguien resbalase con una piel de plátano. A Scotty nunca se le acababan las pieles de plátano.

—Nadie sabe que guardas un secreto —lo tranquilizó Seth—. A nadie le importa. Están demasiado ocupados acabando el trabajo antes de las vacaciones.

—Entonces, ¿cuál es el plan?

Scotty se incorporó en la silla. Era un tipo pequeñajo, de facciones indias, cabello desgreñado y gafas, que se vestía como casi todos los guionistas: vaqueros, sudadera con capucha y unas estúpidas chanclas. Scotty era el único gay del equipo. Algunas personas pensaban que Seth también lo era, pero no. Solo era guapo.

Seth le lanzó una uva a Scotty. Luego otra a Georgie. Ella la esquivó.

—El plan —explicó Seth— es venir mañana a trabajar como de costumbre, y escribir. Y luego seguir escribiendo.

Scotty recogió su uva del suelo y se la comió.

—Me entristece dejar el equipo. ¿Por qué siempre me toca marcharme en cuanto empiezo a hacer amigos?

Desplazó su mirada enfurruñada hacia Georgie.

—Eh, Georgie. ¿Te encuentras bien? Pareces ida.

Georgie se percató de que se había quedado en Babia.

—Sí —dijo—. Estoy bien.

Cogió el móvil y escribió un mensaje.

espiral.jpg

Tal vez…

Tal vez debería haber hablado con Neal por la mañana, antes de que se marchara. Haber mantenido una verdadera conversación con él. Para asegurarse de que no estaba enfadado.

Sin embargo, cuando el despertador de Neal había sonado a la cuatro y media, él ya estaba levantado, prácticamente vestido. Neal seguía usando un viejo radio despertador y cuando se había acercado a la cama para apagarlo le había dicho a Georgie que siguiera durmiendo.

—Luego estarás hecha un asco —le había advertido al ver que ella se incorporaba igualmente.

Como si Georgie fuera capaz de seguir durmiendo en lugar de despedirse de las niñas. Como si no fueran a pasar una semana separados. Como si no fuera Navidad.

Buscó las gafas que había dejado sobre el cabecero la noche anterior y se las puso.

—Os llevo al aeropuerto —decidió.

Plantado a la puerta del vestidor, de espaldas a ella, Neal se ponía un jersey azul.

—Ya he llamado a un taxi.

Tal vez Georgie habría debido discutir. En cambio, se levantó y lo ayudó con las niñas.

No pudo hacer gran cosa. Neal las había acostado vestidas con un pantalón de chándal y una camiseta para poder llevarlas al taxi por la mañana sin despertarlas.

Sin embargo, Georgie quería hablar con ellas antes de que se marcharan, y de todos modos Alice se despabiló cuando Georgie le estaba poniendo las bailarinas rosas.

—Papá dijo que me podría poner las botas —protestó Alice con voz adormilada.

—¿Dónde están? —susurró Georgie.

—Papá lo sabe.

Mientras las buscaban, Noomi despertó también.

Y quiso ponerse botas.

Entonces Georgie se ofreció a traerles un yogur, pero Neal dijo que ya desayunarían en el aeropuerto; había preparado bocadillos.

Aguardó a que Georgie les explicara por qué no tomaría el avión con ellas.

—¿Irás en coche? —quiso saber Alice mientras él subía y bajaba por las escaleras para reunir las maletas en la entrada y asegurarse de que no se dejaban nada.

Georgie intentó explicarles a las niñas que se iban a divertir tanto que apenas se acordarían de ella; además, celebrarían la Navidad todos juntos la semana próxima.

—Tendremos dos Navidades —concluyó.

—Me parece que eso no puede ser —arguyó Alice.

Noomi se echó a llorar porque le rozaba la costura del calcetín. Georgie no consiguió averiguar si prefería llevarla hacia arriba o hacia abajo. Neal salió del garaje y le quitó la bota a Noomi para solucionar el problema.

—El taxi está aquí —anunció.

Era un coche tipo furgoneta. Georgie acompañó a las chicas a la calle y se arrodilló en la acera, todavía en pijama, para darles montones de besos al tiempo que intentaba fingir que no le partía el corazón despedirse de ellas.

—Eres la mejor mamá del mundo —declaró Noomi. Para la pequeña, todo era «lo mejor» o «lo peor». Todo era «nunca» o «siempre».

—Y tú eres la mejor niña de cuatro años del mundo —respondió Georgie a la vez que le plantaba un besazo en la nariz.

—La mejor gatita —la corrigió Noomi. Seguía llorosa por el problema del calcetín.

—Eres la mejor gatita del mundo.

Georgie le recogió el finísimo cabello color miel detrás de las orejas y le alisó la camiseta por la zona de la barriga.

—La mejor gatita verde.

—La mejor gatita verde del mundo.

—Miau —maulló Noomi.

—Miau —respondió Georgie.

—¿Mamá? —preguntó Alice.

—¿Sí? —Georgie atrajo hacia sí a su hija de siete años—. Ven, dame un abrazo gigante.

Sin embargo, Alice estaba demasiado preocupada como para devolverle el gesto.

—Si Papá Noel deja tus regalos en casa de la abuela, te los guardaré. Los meteré en mi maleta.

—Papá Noel casi nunca le trae regalos a mamá.

—Bueno, pero si lo hace…

—Miau —intervino Noomi.

—Vale —accedió Georgie, que abrazaba a Alice con el brazo izquierdo. Atrajo a Noomi con el derecho—. Si me trae regalos, tú me los guardas.

—¡Mamá, miau!

—Miau —respondió Georgie, y las estrechó a ambas con fuerza.

—¿Mamá?

—Sí, Alice.

—De todas formas, lo más importante de la Navidad no son los regalos, sino Jesús. Bueno, para nosotros no, porque no somos religiosos. Para nosotros, lo importante de la Navidad es la familia.

Georgie le dio un beso en la mejilla.

—Tienes razón.

—Ya lo sé.

—Vale. Te quiero. Os quiero mucho a las dos.

—¿Hasta la luna y vuelta? —preguntó Alice.

—Qué va —repuso Georgie—. Mucho más.

—¿Hasta el infinito y vuelta?

—¡Miau!

—Miau —dijo Georgie—. Infinitas veces infinito. Os quiero tanto que me duele.

Noomi se puso seria.

—¿Te duele?

—No habla literalmente —explicó Alice—. ¿Verdad, mamá? ¿Verdad que no estás hablando literalmente?

—No. Bueno, en parte sí.

Neal dio un paso adelante.

—Vale. Tendríamos que ir tirando o perderemos el avión.

Georgie les robó varios besos más mientras abrochaba los cinturones de las pequeñas y luego se quedó junto a la furgoneta cruzando los brazos con ademán nervioso.

Neal se acercó a ella. Miró por encima del hombro, como si estuviera pensando en otra cosa.

—El avión aterrizará a las cinco —le dijo—. Hora local. Aquí serán alrededor de las tres… Te llamaré cuando lleguemos a casa de mi madre.

Georgie asintió, pero él rehuía su mirada.

—Lleva cuidado —le dijo.

Neal echó un vistazo al reloj.

—Todo irá bien… No te preocupes por nosotros. Tú haz lo que tengas que hacer. Suerte con la reunión —y la abrazó, más o menos, rodeándole los hombros con un brazo a la vez que la besaba con torpeza. Ya se estaba alejando cuando agregó—: Te quiero.

Georgie quería agarrarlo por los hombros.

Quería abrazarlo hasta que él la levantara en volandas.

Quería hundirle la cabeza en el cuello y notar cómo los brazos de Neal le arrebataban el aliento.

—Te quiero —dijo. No estaba segura de que la hubiera oído.

—¡Os quiero! —les gritó a las niñas. Picó en la ventanilla trasera con los nudillos y estampó un beso en el cristal, porque sabía que eso las haría reír. Abundaban las marcas de besos en las ventanillas traseras del Prius.

Las pequeñas agitaban las manos como posesas. Georgie se apartó de la furgoneta sin dejar de hacer gestos de despedida con ambas manos. Neal hablaba con el taxista en el asiento delantero.

Puede que Neal se hubiera girado a mirarla una vez, antes de que el vehículo doblase la esquina. Las manos de Georgie se paralizaron en mitad del movimiento.

Y los perdió de vista.

CAPÍTULO 3

—¿Necesitas ayuda?

Georgie parpadeó.

Seth estaba plantado a su lado. Propinándole golpecitos en la coronilla con una carpeta. Jeff German se había empeñado en que reescribieran un episodio entero antes de que los guionistas se marcharan de vacaciones y era Georgie, principalmente, la encargada de hacerlo. (Porque no terminaba de confiar en nadie.) (Lo cual era su problema. De manera que no podía quejarse.)

La tarde se había convertido en un caos de ruido, comida y canciones navideñas. Por alguna razón —bueno, como consecuencia del alcohol— al equipo se le había antojado cantar villancicos de las dos a las tres y media. Y luego alguien, quizás Scotty, había intentado deslizar una bandeja de gambas por debajo de la puerta del despacho. Ya eran las seis, reinaba la calma y Georgie por fin estaba haciendo progresos con los cambios del guión.

—No —le dijo a Seth—. Ya casi está.

—¿Seguro?

Ella no despegó la vista de la pantalla.

—Sí.

Seth se reclinó contra su lado del escritorio, junto al teclado.

—Bueno…

—¿Qué?

—Bueno —repitió él—. Al final se han ido a Omaha.

Georgie negó con la cabeza, si bien la respuesta era sí.

—Era lo más lógico. Ya teníamos los billetes y, en cualquier caso, yo me voy a pasar toda la semana trabajando.

—Ya, pero… —Seth le propinó un toque con la pierna. Georgie alzó la vista—. ¿Qué vas a hacer en Navidad?

—Iré a casa de mi madre.

Solo era mentira en parte. Podía ir de todos modos. Aunque su madre no estuviera.

—Podrías venirte a casa de la mía.

—Lo haría —replicó Georgie—. Si no tuviera madre.

—A lo mejor te acompaño a casa de la tuya —Seth sonrió—. Me adora.

—Eso no dice mucho en tu favor.

—¿Sabes? Esta mañana ha llamado tres veces antes de que llegaras. Piensa que has desconectado el teléfono aposta. Para evitarla.

Georgie devolvió la vista a la pantalla.

—Debería hacerlo.

Seth se levantó y se colgó el maletín al hombro. Georgie tardaría otra hora en reescribir aquella escena. Tal vez fuera mejor empezar de cero.

—Oye, Georgie.

Ella siguió escribiendo.

—Sí.

—Georgie.

Levantó la vista nuevamente. De pie junto a la puerta, Seth la estudiaba con la mirada.

—Estamos a un paso —dijo—. Ha sucedido por fin.

Georgie asintió e intentó sonreír. Lo consiguió a duras penas.

—Hasta mañana —dijo Seth propinando una palmada al marco de la puerta y se marchó.

espiral.jpg

Georgie conducía camino de su casa cuando recibió una llamada de su hermana. < ...