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UN PUñADO DE AMIGOS Y DOS CEREZAS

Rosa Grau

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Sábado, 20 de agosto

Hora: once y media de la mañana

Te has despertado alguna vez empapado en sudor, con el corazón latiendo desbocado y una indeseada y del todo innecesaria parálisis en las piernas?

Si tu respuesta es sí, has sufrido una pesadilla.

Si tu respuesta es no, eres afortunado.

¿Que si desearía no padecerlas? Seré clara: ¿los gatos calvos pillan pulgas?

¿Crees que no preferiría tener sueños tipo: «Anoche soñé que había regresado a Manderley», como la siempre preocupada y flemática protagonista de la conocida obra de Daphne Du Maurier? Al fin y al cabo… ¿de qué tendría que quejarse? Sus lamentos serían totalmente injustificados. Tratar con un ama de llaves lunática, tropezar con el halo fantasmal de un fiambre malvado, vicioso y corrupto y, como colofón, asistir en vivo y en directo al devastador incendio de la maravillosísima mansión que durante generaciones ha pertenecido a la familia de su no menos admirable marido es, desde mi punto de vista, quejarse de vicio. Mis sueños son de un género más realista y actual: un imbécil y un asqueroso se han pasado toda la noche dándome disgustos.

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Vale, está bien, los suyos son peores, ¿contenta? Esa pobre huérfana, por no tener, no tiene ni nombre.

Yo sí. Me llamo Cristina, aunque todo el mundo me llama Crisi. El uso del diminutivo no tiene nada que ver con las razones habituales y sí mucho con que no aprendí a vocalizar hasta bien mayorcita. Ya me lo advertía sor Ascensión: «Cristina, eres una buena niña, pero la gramática no es lo tuyo. Lo que quiero decir es que no aprenderás a hablar bien en tu vida».

¿Me estoy yendo por las ramas? Creo que sí.

Pero aun con nombre y todo, mis sueños son horribles.

Es duro despertarse con la cara llena de arrugas de cansancio, pero aún es peor cuando están provocadas por las sábanas que, hartas de tantas vueltas, terminan rebelándose y dejan su impronta en mi rostro.

Voy a ponerte un par de ejemplos de pesadillas horribles, así, a bote pronto, y después me dices cómo te sentirías en el hipotético caso de que, pongamos por un casual, has nacido y te has criado en la playa de San Juan. Que a los diecisiete años tenías una pandilla con la que te lo pasabas de miedo (todos chicos, menos una amiga y tú) y que algunos días preparabais barbacoas nocturnas. Que bajo la luz de las estrellas y el resplandor de una hoguera pasabais las mejores noches de tu vida. Y que ellos se dedicaban a reír, beber, gastar bromas y al sexo, mucho sexo. Y que tú te sentabas a un lado y escuchabas sus risas, sus bromas y los gemidos ocasionales que provenían de algún rincón oscuro. Y que, desgraciadamente, tú nunca pisabas ese rincón.

Imagínate que tienes un hermano cuatro años mayor, llamémosle, por llamarle de algún modo, Carlos. Y que, aunque a Carlos se le morían hasta las piedras del acuario, tu padre le obligaba a apechugar contigo todas las noches, porque el lema familiar era: «El chico puede hacer lo que le dé la gana. La niña, no».

Y que tu hermano Carlos era de los que más desaparecía y una noche te armaste de valor y le preguntaste: «Carlos, ¿estáis haciendo lo que imagino que estáis haciendo?».

Y que su respuesta siempre era la misma, mientras tú te preguntabas hasta qué punto podía llegar a ser idiota, el idiota de tu hermano.

—Si te imaginas que le estoy chupando a mi amiga el veneno de un pez araña, imaginas bien. Si tu imaginación te dice otra cosa, estás totalmente equivocada.

Dicho esto, daba media vuelta y se dedicaba al bello arte de chupar el veneno de pez araña.

Y ya puestos, imagina que Carlos tenía un amigo del alma, John Forner Donally. Padre español, madre irlandesa, residencia habitual en Londres y veraneante asiduo en la playa de San Juan. Que estabas loca por él y él pasaba de ti como de la mierda.

Y que tu corazón se saltaba un latido cada vez que él te miraba.

—¡Crisi!, tú no puedes beber cerveza.

—¡Crisi!, que no te vea yo fumar.

—¡Crisi!, como me entere de que te ha picado un pez araña, te la cargas.

Que esas eran sus frases preferidas. Que las repetía como un mantra, el muy asqueroso, y después se reía contigo. Aunque analizando su comportamiento desde la sabia perspectiva que ofrecen los años, no sabes muy bien si era contigo o de ti.

¿Sabes qué te digo? Que hablar hipotéticamente es un rollo y que me has pillado. Esa era mi vida. Y lo que te voy a contar a continuación me ocurrió a mí.

Dejo que los recuerdos campen a sus anchas por el camino de los recuerdos, que es por donde suelen campar los recuerdos, y me retrotraigo a la noche que marcó un antes y un después en mi vida sexual. Considerando que a lo que haya tenido después se le pueda llamar así, claro. Estábamos sentados en la playa, como casi todas las noches. Una vez terminada la barbacoa, todo el mundo desapareció. ¿Todo el mundo? Yo no. John tampoco. La noche era preciosa, como todas las noches que podía pasar un rato a su lado (de haber estado lloviendo a cántaros y con el aire impregnado de olor a alcantarillas desbordadas, también me habría parecido una noche preciosa). ¡Menuda lela!

John se acercó a mí con paso vacilante. Llevaba una camiseta blanca y unos vaqueros rotos que, aún no sé por qué razón, me tenían totalmente hipnotizada. Me pareció tan… inseguro. Más tarde identifiqué el paso como el típico andar de borracho. Se dejó caer desmañadamente junto a mí. No, eso tampoco me dio ninguna pista. Una vez acomodado, cruzó las piernas, apoyó los codos sobre las rodillas y dejó caer la cabeza hacia delante.

Me quedé muy quieta, aunque no había nada que deseara más que preguntarle cosas sobre él. ¿Qué tal estaba pasando el verano? ¿Cuándo tenía pensado regresar a Londres? ¿Le importaría mucho… dejar de acostarse con otras? No dije nada. No quise inmiscuirme en sus pensamientos, que yo, en mi ignorancia, imaginé profundos y trascendentales.

Cuando ya creía que nos íbamos a pasar toda la noche mirándonos en completo silencio, volvió la cabeza y me sonrió.

El cielo se abrió ante mis ojos y los ángeles tocaron sus…, sus…, bueno, lo que sea que toquen los ángeles.

—Vaya, parece que nos han dejado solos, Crisita. —Me lanzó una mirada de borracho encantador.

No me di cuenta, vale. Hacía mucho que bebía los vientos por él y dejé que la irracional atracción que sentía actuara por cuenta propia y me entonteciera. Más todavía.

—Cuéntame cosas de ti, preciosa. ¿Hay alguien que te interese? Siempre estás aquí, tan solita… tan… —Esto lo dijo mirándome fijamente a los ojos y parpadeando. Sí, lo sé, sin diferencias significativas con el lobo feroz cuando le hace la pelota a la abuelita.

A pesar de que su constante parpadeo me desconcertaba, pensé que por fin estaba tonteando conmigo. Un tiempo después relacioné el incontrolable parpadeo con los andares inseguros y la mirada vidriosa. Por lo visto, vienen incluidos en el pack de borracho.

Su mirada viajaba de mi boca a mis pechos y viceversa. Mi boca es bonita. Como una ciruela roja, decía siempre mi padre. Mis pechos son pequeños pero muy tersos. Bonitos también si no tenemos en cuenta su escasez.

Darme cuenta de que mi cuerpo delgado y pequeño despertaba interés en John me insufló valor. Tartamudeando y roja como un tomate maduro, lo miré a los ojos.

—Hay un chico que me gusta. Creo que yo también le gusto —le contesté con coraje de héroe condecorado en la Segunda Guerra Mundial—. Me miró los pechos y la boca. —Acompañé el sutil comentario, después de pensarlo detenidamente, con una caída de ojos sensual y una sonrisa que consideré enigmática y sofisticada.

—¿Estás hablando de un niño de tu edad o de alguien de la mía? —me preguntó con voz seductora y arrastrando las palabras. Ese tono de voz me llegó directamente al corazón y a otras partes un poco más al sur.

Le eché un vistazo rápido, impresionada por su habilidad para parpadear a tanta velocidad. Las piernas, como siempre que me encontraba cerca de él, inexistentes.

—Es posible —contesté con desparpajo antes de preguntar—: ¿Puedo beber una cerveza?

Sí, créetelo, pedí permiso para beberme una cerveza.

Algunas veces, todavía recuerdo todo lo que dije esa noche y yo misma me asombro de lo increíblemente vergonzosa que era. Con los años he mejorado; ahora ando sobrada de desparpajo. Ligar, lo que se dice ligar, no ligo mucho, pero desparpajo… a montones.

John me miró durante unos segundos que se me hicieron eternos, y luego se concentró de nuevo en mis labios.

—Me alegro de que nos hayan dejado solos. —Se inclinó sobre mí y me lanzó el embriagado aliento a la cara—. Y… no te preocupes, no hace falta que tomes alcohol para entrar en situación.

¿Situación? ¿Ha dicho entrar en situación? Si es una situación incómoda no me apetece nada, pero… si es una situación comprometida…, eso son palabras mayores. ¡Estoy dispuesta! ¡Muy dispuesta! Se diría que he nacido para entrar y disfrutar de esta situación.

Me removí inquieta en mi sitio, como una niña obligada a aguantar visitas domingueras.

—¿Estás nerviosa?

¿Nerviosa yo? Pero ¿no ha visto que acabo de comportarme como una avezada seductora?

Negué con la cabeza.

—Perfecto, entonces.

Y como por lo visto no era persona de perder el tiempo entrando en detalles como el cortejo y los preámbulos, bajó la cabeza y posó sus labios, suaves y duros a un tiempo, sobre los míos.

Piel de gallina. Corazón desbocado. Inevitable.

Fue muy bonito. En ningún momento me puso en la temida situación contra la que tanto me había advertido una amiga experta en estas lides, cuando en plena euforia bucal: «¡Oh, nena, qué bien besas! Tus labios me vuelven loco. ¿Sabes lo que de verdad me gustaría?», te preguntan con gesto inocente mientras tú niegas con la cabeza. «Lo que de verdad me haría feliz es que me besaras por todo el cuerpo». Y entonces, te sujetan la cabeza sin muchos miramientos y te animan a agacharla para que te amorres al pilón; después te dicen con voz entrecortada: «Besa, besa. Bueno, si chupas un poco tampoco me importa», cuando en realidad lo que te están pidiendo es que les succiones hasta las ideas.

John no hizo eso. John fue especial. Hizo un uso magistral tanto de manos como de boca. Su cuerpo se movió como debía hacerlo. Sus palabras, cariñosas, expresaron lo apropiado en estas ocasiones. Sus suspiros se acompasaron a los míos en una sinfonía magistral de placer. Aun siendo consciente del peligro inminente de enamorarme por atontolinamiento, me aferré a él y suspiré. Y volví a suspirar (ahora que lo pienso desde una cierta perspectiva, creo que le dediqué demasiados suspiros). En fin, notaba su aliento en mi mejilla, su boca en mi oreja, su cuerpo esbelto cimbreando sobre mí.

—Crisita…, eres preciosa. Mi dulce Crisi… —susurraba una y otra vez mientras se movía con lentitud.

Yo no… yo no… vamos a ver… ¿cómo lo explico? De verdad que fue muy novedoso y especial, pero ¿has oído alguna vez el dicho: «Puedes llevar la vaca al abrevadero, pero no siempre puedes lograr que beba»? Pues algo así.

Fuera como fuese, era mi primera vez y fue la mejor noche de mi vida, aunque no llegase a… a beber del abrevadero. Lo que me conmocionó fue su comportamiento «pos». Es decir, el «pos» para él, el «traumático» para mí. No tardó mucho en aparecer el tarado con personalidad múltiple que tan bien ocultaba.

—¡Joder! ¡Joder! ¡Qué mal! ¡Qué mal! —exclamó de pronto con cara descompuesta.

¿A qué se refería con eso de «qué mal», «qué mal»? ¿Y con lo de «joder», «joder»? ¡Pues claro que habíamos jodido! ¡Yo también estaba allí! ¡No sabía cómo se hacía, vale! Tampoco era para ponerse así por un polvo mediocre.

Lo miré asustada. ¿Dónde se había metido Matahari cuando más la necesitaba?

—Adiós, John. Ya nos veremos. —Necesitaba largarme de allí cuanto antes. Él siguió sentado, con la cabeza inclinada entre las rodillas. Posiblemente maldiciendo y lamentándose. Muy caballeroso por su parte.

¡Psicópata!

Pensé en el asesinato. Luego lo sustituí por la indiferencia. Sale más barata.

Se acabaron las barbacoas para mí ese verano. De repente desarrollé un inusitado interés por la pintura y la lectura. Intenté esquivarlo durante todo el verano. Sabía que el inevitable encuentro sería de todo menos agradable. Solo una vez me tropecé con él, pero el muy asqueroso procuró evitarme.

Ahora ya no me importa. Puede que si lo repito mil veces llegue a creérmelo. Tengo un mantra que me ayuda cuando pienso en él: «Cabrón. Cabrón. Cabronazo de mierda». Me relaja. Mucho. Muchísimo.

Bueno, ¿qué me dices a eso? ¿Es o no es un buen ejemplo de pesadilla?

Suspiro profundamente e intento incorporarme. Lo habría conseguido si no tuviese una sábana con complejo de serpiente pitón enroscada a mi alrededor, empeñada en mantenerme en estado de inmovilidad permanente. Lanzo un par de contundentes patadas al aire, tan solo para demostrarle quién manda en esta cama. Cierro los ojos de nuevo con la esperanza de sumergirme en un sueño sustitutivo y reparador de mi anterior pesadilla.

Imposible.

Cuando más cómoda me encuentro, unos suaves y rítmicos golpeteos bajo la mandíbula se empeñan en llamar mi atención.

—¡Mierda! —me quejo cuando uno de esos persistentes golpecitos provoca que me muerda la lengua.

Con un profundo suspiro, abro un ojo. Una bola negra, suave y peluda, me mira con ojos redondos y brillantes.

—Hola, Mimosina —saludo con voz ronca.

Mimosina es mi gata. Es guapísima y tiene un ojo azul y el otro verde y…, y…, y nada más. ¡Ah, sí!, y es negra. Bueno, el caso es que se llama Aurora, pero yo la llamo Mimosina. Y, aunque la elocuencia no sea su fuerte, es mi mejor amiga. Nunca se enfada conmigo ni yo con ella. No importa que se suba a mi cama y me despierte a horas intempestivas. No importa que se empeñe en tumbarse sobre mi barriga justo cuando acabo de comer. No importa que me dé unas noches de aúpa cuando se pone juguetona y me mordisquea todos los dedos de los pies. No importa. Es mi Mimosina y siempre, siempre está conmigo. Y nunca, nunca ha desviado mis fondos bancarios a su cuenta corriente particular.

Lo que me lleva de vuelta a la segunda de mis pesadillas.

Olvidada ya toda pretensión de volver a dormir, empiezo a acariciarla mientras ella me relaja con su suave ronroneo.

Vamos a ver, ¿cómo explico lo ocurrido y por dónde empiezo?

Procuraré ser breve, aunque no es fácil.

Hasta el verano pasado, yo era la feliz medio dueña de un negocio de antigüedades. Por fin le sacaba provecho a la licenciatura que tantos esfuerzos me costó obtener. Entre ligues esporádicos y borracheras asiduas, mi capacidad de atención quedó un pelín mermada. Aunque me especialicé en los rusos —esos no, los otros, los del arte—, tanto a mi socio como a mí nos daba igual la temática o el lugar de procedencia de las piezas que adquiríamos. Desde un mosquetón de las guerras napoleónicas hasta un grabado del siglo XV, pasando por algún que otro instrumento de tortura de la época de la Inquisición; piezas muy solicitadas estas entre algunos de nuestros clientes más fieles.

—¡Anda, Sebas! —exclamé un día, deseando enterarme del funcionamiento exacto del artefacto en cuestión, una especie de jaula colgante llena de correas de cuero por todas partes, después de que un cliente tiquismiquis soltara un resoplido al escuchar mi explicación.

Reconozco que me marqué unos cuantos faroles muy convincentes, diciendo que el BDSM era lo «más» para, como sus propias siglas indicaban, «Body Demasié con nuestro Sistema Maravilloso».

Bueno, pensé que era un aparato de gimnasia de la época de antaño. Suposición nada descabellada si tenemos en cuenta el culto al cuerpo que impera en nuestra sociedad actual.

—Ya te lo he dicho, Cristina, para el BDSM. —Y pasó a explicarme concienzudamente, y sin importarle el rubor que cubría mis mejillas, el funcionamiento interno de esta clase de sexo alternativo por el cual él sentía una extraña fascinación.

Reconozco que a mí también me ocasionó algún que otro cosquilleo inesperado en cuanto me enteré realmente de lo que significaban esas siglas.

Aparte de los aparatos de tortura reciclados en instrumentos de placer, me encantaba todo de mi trabajo. Me encantaba viajar y buscar piezas originales para nuestra tienda. Me encantaba contemplar dichas obras de arte, aunque algunas veces no tuviera ni idea de lo que tenía entre manos. Me encantaba venderlas. Me encantaba nuestra pequeña galería. Me encantaba todo. Todo. Todo.

Bueno, pues así estaban las cosas, hasta que el verano pasado el cielo se desplomó sobre mi cabeza. Metafóricamente. Una desafortunada mañana, nada extraordinario, he tenido muchas (mañanas quiero decir), me desperté con un terrible dolor de estómago. Creyendo que era una indigestión, no hice caso del agónico dolor. A media tarde ya no podía más y, por fin, advertí que este no iba a desaparecer así como así. Encorvada como un viejo con artritis me acerqué a casa de mi vecina Mari Luz.

Mari Luz, aparte de mi vecina, chica de los recados, paño de lágrimas particular, es dueña de una buena mata de pelo negro y un brío agotador. Y es la madre de unos gemelos de cuatro años, siempre dispuestos a hacer la competencia a los Ángeles del Infierno.

—Mari Luz…, me encuentro fatal… —Un quejido lastimero salió de mi garganta antes de poder explicarle cuál era el origen de mi malestar.

—¿Qué te pasa, vida mía? ¡No me asustes, corazón! —exclamó, alarmada.

A pesar del dolor, puse los ojos en blanco.

—No sé. Es como si me estuviera desgarrando por dentro —dije, con un quejido verdaderamente lastimero—. ¿Puedes llevarme a urgencias, por favor…?

—Claro que sí, cariño. —¡Y dale! Mari Luz me llama de todo menos por mi verdadero nombre—. ¡Vamos, vamos al coche! —me apremió con ansiedad—. ¿Puedes caminar o te ayudo?

—¿Y los niños? —Solo imaginarme la que podían liar esos dos diablillos en el hospital me arrancó una sonrisa.

—Ah, no te preocupes, los enanos están con tu madre. Les encanta quedarse en su casa a dormir.

Bajamos al aparcamiento como buenamente pudimos. Nos dirigimos al hospital de San Juan saltándonos todas las normas de circulación. En realidad, Mari Luz dirigía y se las saltaba mientras yo me lamentaba, sudaba, jadeaba entrecortadamente y maldecía en el asiento del pasajero.

Al llegar a urgencias, me ingresaron inmediatamente (se da por bueno «inmediatamente» si solo tienes que esperar dos horas a que te atiendan). Una vez realizados todos los trámites y pruebas pertinentes, un médico de muy buen ver se sintió obligado a comunicarme, sin emoción alguna en la voz pero muy amablemente, que mi dolencia no tenía nada que ver con los calamares encebollados que había cenado la noche anterior.

—¿Calamares? ¿Qué calamares? —interrumpió Mari Luz, a todas luces alterada—. Pero ¡¿si está pariendo?! —le espetó, lanzándole una mirada ansiosa, a la que él contestó con otra cortante como un bisturí.

Ese comentario me dolió casi tanto como los calamares encebollados. ¿Qué pretendía decir con semejante observación? ¿Que estoy gorda? Aun estando tumbada, me entraron ganas de darle un par de sopapos: así aprendería a reprimir la lengua en momentos tan delicados.

—Señora, tiene usted pancreatitis. Ahora prepararán su ingreso en planta. Que se mejore.

—¡Oiga! —Intenté incorporarme—. Pero… ¿eso es grave, no? —le pregunté al doctor macizo mientras el color me desaparecía de la cara y me bajaba hasta los pies. «Mira el lado bueno, Crisi, si no estuvieras tumbada en esta cama te hubieses caído de culo. Imagínate el ridículo», me dije a mí misma.

—Pues sí —me contestó muy escueto y, sin explayarse más de lo necesario con detalles sin importancia sobre qué tipo de extraña dolencia era una pancreatitis, dio media vuelta y se marchó.

Por supuesto, me ingresaron en planta y convalecí como correspondía hacerlo ante un caso de pancreatitis aguda. Como soy una chica afortunada, dos meses después abandonaba el hospital con:

Una vesícula de menos.

Siete kilos de menos.

Un negocio de menos.

La pérdida de mi negocio fue un daño colateral. Me explico: durante mis obligados dos meses de convalecencia, mi socio y «amigo» decidió, muy acertadamente, que mientras yo estuviese ingresada en el hospital no valía la pena correr riesgos innecesarios. Puesto que yo no servía ni para taco de escopeta, lo mejor y más sensato era dejar que él se hiciera cargo del negocio hasta el día de mi recuperación. Aun estando sumida en mi mundo particular de dolor, vómitos, pérdidas de conciencia ocasionales y grandes dosis de morfina, coincidí plenamente con él. Agradecida, eché unas cuantas firmas aquí y allá para cederle poderes en todo lo referente al negocio y las cuentas bancarias. Eso era todo. Fácil y de agradecer.

Ahora sé que nunca debería haber confiado en él. Nunca tendría que haber echado tal cantidad de firmas. Fue una estupidez por mi parte. Pero en mi descargo diré que ni me imaginaba que pudiera ser tan condenadamente ladrón.

¿Qué clase de sádico se aprovecharía de una persona en semejante situación? Pues Sebas, que al parecer era ajeno al hecho de que uno no debe aprovecharse de sus socios cuando están a un paso del otro barrio.

En fin, cuando pude ver de nuevo la añorada luz del sol, ya no tenía ni negocio ni dinero, y mi socio se había largado vete tú a saber adónde.

Vale, esa es la segunda de mis pesadillas. La del imbécil. Horrible, pero al fin y al cabo solo se trataba de dinero, de abuso de confianza, de avaricia, de comportamiento rastrero…

Lo llevé muy bien. Mi madre iba contándome lo sucedido el día que me dieron el alta médica, mientras nos dirigíamos de camino a su casa, y yo asentía una y otra vez con voz serena. Tan solo el pequeño detalle de empezar a arrojar vasos contra las paredes de su cocina al tiempo que ella se agachaba intentando esquivar los proyectiles y me gritaba enronquecida: «¡Si sigues así, vamos a tener que beber a morro!», me hizo darme cuenta de que, tal vez, no me lo había tomado con el aplomo que pensaba.

Luego perdí el sueño. Durante un mes me resultó imposible conciliarlo. Entonces mi madre se empeñó en que necesitaba terapia. Fui a terapia. Mariaje, la psicóloga maravillosa que me atendió, aparte de recomendarme unas pastillas geniales de última generación, que te sumergen en un profundo sueño sin sueños, me dio un consejo muy sabio que me quitó la depresión de un plumazo, justo un minuto antes de darme con la puerta de la consulta en las narices: «Crisi, tú no necesitas terapia. Estás sana como una manzana. El que debería ir a terapia es tu exsocio. Sinceramente, tu comportamiento es normal; es él el que no anda bien de la cabeza. ¡Menudo sinvergüenza!».

¿Es o no es maravillosa?

Desde entonces he estado trabajando en El Triunvirato. Es una panadería-pastelería-cafetería. En realidad se llama La Flor de Almidón, pero yo le he puesto ese apodo; no en vano soy historiadora. La dueña de El Triunvirato, la Pepi, me ofreció el empleo por hacerle un favor a mi madre. Desde entonces he estado labrándome una exitosa carrera como camarera y endeudándome cada vez más.

Ah, me olvidaba. Una vez también tuve un extraño sueño lésbico con una amiga de mi madre (su nombre no viene al caso). Me sacaba treinta años y no disfruté nada. Se me quedó grabado en la memoria durante meses, pero por lo menos no hizo de las suyas ninguna noche más. De todas formas, para curarme en salud, cada vez que me cruzaba con la habilidosa mujer de mi sueño, agachaba la cabeza y farfullaba un saludo rápido.

Vaya, ahora que ya te lo he contado todo, me encuentro mucho mejor.

Me obligo a incorporarme un poco, lo justo para recostarme contra el cabecero. Paseo la mirada por mi blanca habitación y me quedo contemplando los dibujos a carboncillo que reposan sobre la cómoda: una trilogía de árboles secos con los que me siento plenamente identificada. Ya sabes: soledad, baja autoestima, seca por fuera pero deseando renacer bajo los tiernos cuidados de un alma caritativa y pura…, en fin, todas esas zarandajas.

Me vuelvo un poco hacia la puerta y, como cada día, lanzo un suspiro de satisfacción al ver mi pequeño refugio de paz. Y digo pequeño, porque mi casa es como la de los enanitos, pero más encogida.

Compré el apartamento cuando mi padre falleció. Mi padre era un hombre tierno y cariñoso que nos dejó demasiado pronto. Le gustaba charlar con sus hijos. Disfrutaba de nuestra compañía. Siempre se mostraba entusiasta y lleno de vida. Le encantaba aconsejarnos (darnos la tabarra, decía mi hermano). Pecaba un poquito de controlador (solo con la niña, yo) y ponía mucho empeño en educarnos «bien». Lo normal en cualquier padre que ame a su familia. Él aconsejaba y nosotros hacíamos lo que nos daba la gana.

Un buen día, o no tan bueno si lo pienso bien, salió a dar una vuelta con sus amigos por la playa. Cuando regresó a casa, entró en la cocina, le dio un beso a mi madre en la mejilla, se metió la mano en el bolsillo, sacó las monedas que llevaba sueltas y las arrojó a la sartén.

—¡Daniel!, ¿qué haces? —protestó mi madre.

—Pues poner las monedas al fuego para que se vayan cocinando poco a poco —contestó él tranquilamente, como si el hecho de arrojar las monedas al fuego fuera un acto rutinario en su vida.

En ese momento, yo, que entraba en la cocina, lo miré y él me devolvió la mirada. Algo extraño sucedió. Había visto a niños perdidos, indefensos, cuando se extravían en la playa. Esa misma sensación de pérdida, indefensión y confusión afloró a los ojos de mi padre. Como no es mi intención entrar en detalles escabrosos, tan solo diré que se desvaneció tan lentamente y con tanta serenidad, que cuando su cuerpo quedó desmadejado sobre el suelo de la cocina ya nos había dejado para siempre. Fue un golpe muy duro del que hoy todavía me resiento. Sí, lloré aquel día y sigo llorándole desde entonces.

¿Estoy yéndome por las ramas otra vez? Sí, creo que sí. Pero ¿acaso tengo yo la culpa de haber sido bendecida con una serie de rasgos característicos, entre los que se incluyen una cierta tendencia a la torpeza, el don de la visualización y un marcado, inoportuno y genético déficit de atención? ¿Tengo yo la culpa o qué?

Sin atreverme a hacerle frente al atributo de la torpeza, porque el sueño me ha dejado las piernas más tontas de lo habitual, activo el don de la visualización y me proyecto en la terraza. Intento relajarme respirando profundamente y me da un ataque de tos. Los fumadores no deberíamos respirar profundamente por las mañanas. No es sano. Tal vez no deberíamos ni respirar. Con esfuerzo supremo, abro el cajón superior de la mesilla de noche y cojo un caramelo de menta. Lo chupeteo. A medida que mi tos se va calmando también mi cuerpo se va relajando. Dejo la mente en blanco y me relajo contemplando el mar Mediterráneo. Tener la facultad de la visualización es como poseer el don de la ubicuidad, pero sin necesidad de levantarte de la cama. Genial. Le saco mucho provecho.

Ya más tranquila, me doy cuenta de que necesito un zumo de naranja, una tostada con mantequilla y nicotina. Y no necesariamente en ese orden.

Permanezco pensando en los pros y los contras sobre qué decisión tomar. No tengo por costumbre levantarme con las piernas temblorosas. Los resultados podrían ser catastróficos.

«Prioridades, Crisi, prioridades», me recuerdo a mí misma.

Dicho y hecho. Enciendo el cigarrito.

Doy una calada. ¡Dios, qué gusto!

La Quinta de Beethoven me devuelve a la realidad. Mortuoria. Lúgubre. Genial.

—¡Diga! —contesto de mal humor por tener que interrumpir mis pensamientos.

—Buenos días, señorita. —Es Juanfran, uno de mis mejores amigos. Ese suele ser su saludo habitual.

—¿Qué quieres? —le pregunto imprimiendo a mi voz un tono impaciente—. Estoy muy ocupada ahora mismo. Di lo que tengas que decir y déjame seguir con lo mío.

No me hace caso. Mis comentarios casi siempre son mordaces, pero él no me hace ni caso.

—¿Vas a estar en casa esta mañana? —pregunta.

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que vayas a decirme —contesto, al tiempo que me remuevo en busca de una posición más cómoda.

—Sobre la una estoy ahí y… —Sin darle tiempo a decir nada más, corto la llamada. No tengo el cuerpo para que me ponga la cabeza como un bombo a estas horas.

Me incorporo lo suficiente para poder ver el despertador digital que descansa sobre la mesilla de noche. La una menos veinte. Todavía puedo vaguear un rato. Al fin y al cabo… hoy empiezan mis vacaciones. Estoy cansada. Aguantar a tanto pesado durante el verano no es fácil. Se necesita una fuerza interior superior que solo unos cuantos privilegiados poseen. Me gustaría ser uno de ellos.

Concentro cada fibra de mi ser en incorporarme, bostezando y desperezándome. Me calzo unas chanclas negras y me pongo una camiseta blanca y un bóxer, imitación libre bandera canadiense, con el dibujo de un alce comiéndose la hoja de arce en el culo. Compré un pack con distintos estampados de banderas en el mercadillo. El de barras y estrellas es una pasada; el de la luna también me gusta.

Seis bóxers, diez euros. Un chollo.

Me encamino a la cocina trastabillando. Posiblemente consiga llegar a la barra de la cocina sin matarme. Lo único que tengo que hacer es cruzar el salón y no tropezar con los múltiples obstáculos que se interponen en mi camino. Tampoco son tantos: un sofá, una mesa de centro, dos macetas de hierbabuena y una lámpara de pie. No cabe mucho más en el pastillero. La casa de los enanitos consta de una habitación, un baño y salón con cocina americana. Ya está. Se acabó. Antes de llegar a mi destino un ruido lánguido y funerario me obliga a parar en seco.

Cojo el teléfono y contesto.

—Hola, mamá. Buenos días —intento que mi voz suene animada y cantarina, como la de un ruiseñor en época de apareamiento. Me temo que se parece más a un alce en época de berrea. A mi madre no le gusta que fume.

—Buenos días, cariño —me saluda—. Te oigo muy animada esta mañana. Me alegro.

—Sí, mamá. Estoy… ejem, ejem —carraspeo—, muy bien.

—No fumes tanto, ya sabes que no me gusta —me amonesta. Pongo los ojos en blanco, pero no la contradigo—. Tu hermano me ha telefoneado desde Londres para decirme que llega mañana.

¿Mi hermano? ¿La ameba? ¿Va a venir? No tenía ni idea.

—Vais a tener una especie de reunión de amigos y pasaréis juntos toda la semana que viene, recordando viejos tiempos, en una señora casa cerca de la costa, no sé muy bien dónde. —¿Ah, sí? Primera noticia—. Cariño, ¿por qué no me habías dicho nada? —escucho el reproche en su voz.

¿Qué contestar a esa pregunta? ¿Que adolezco de pérdidas de memoria como quien adolece de pérdidas de orina? ¿Que sufro de memoria selectiva? ¿Alzheimer? ¿Que no tenía ni idea? ¿Que algunas veces, cuando mis amigos me están hablando, mi cabeza tiene la mala costumbre de irse de paseo? Ella sola. Sin contar con mi permiso. Y que justamente lo hace en los momentos más inoportunos.

—¿Y bien? —inquiere—. Carlos me ha dicho que lo tenéis todo planeado.

—Conque eso te ha dicho, ¿eh?

—¿Y bien? —repite.

—Mírate la cabeza, mamá, que los despistes se te acumulan. A mí nadie me ha dicho nada de nada.

—¿Estás segura?

—¿Te mentiría yo? —contesto de inmediato, cruzando los dedos.

Compruebo de nuevo la hora en el reloj de la mesilla. La una menos cinco. Con el teléfono pegado a la oreja entro en el salón y me repantingo en el sofá. Me enciendo otro cigarrito.

Un día de estos lo dejo. Lo juro.

—Bueno, pues ahora ya lo sabes. —Lanza un suspiro—.Ay, tienes razón, cariño. Mi cabeza ya no es lo que era. ¿Quieres que comamos juntas? ¿Nos vemos un rato y aprovechamos para despedirnos? —propone, entusiasmada.

Pobre mamá desde que murió papá se encuentra un poco sola. Carlos vive en el extranjero, como dice ella. Y, aunque mi apartamento no se encuentre lejos de su casa, no voy a verla tanto como debería. La quiero, pero me vuelve loca con su cháchara sobre todos los talleres a los que está inscrita. Talleres de costura, de pintura, de escultura, de cocina… Menos a un taller mecánico, está apuntada a todos los demás. Por suerte tiene a los pequeños delincuentes de Mari Luz para entretenerla. Y encima se portan con ella como los angelitos que sé que no son.

—Claro, mamá, nos vemos dentro de… —Hago una pausa, simulando que pienso, antes de proponer lo de siempre—. ¿El Calamar Borracho te parece bien? ¿Sí? Genial. Luego te veo. —Le mando un beso y me despido de ella.

De repente, decido que voy a arreglarme un poco más de lo normal. Lo normal es no hacerlo en absoluto. Antes de mi ruina, mi armario estaba a rebosar de ropa de diseño: pantalones de hilo con blusas a juego, vestidos preciosos que se ajustaban a mi cuerpo como las manos de un adolescente a su pareja durante su primer baile lento, pañuelos maravillosos… Tuve que venderlo todo a precio de saldo para poder pagar lo más elemental (agua, luz, teléfono, gasolina, pizzas). No me importa, bueno, no demasiado. Algún día averiguaré dónde se esconde el cabrón de Sebas. Cuando dé con él, lo mataré. Lentamente y con mucho, muchísimo sufrimiento. Pero primero le haré la corbata colombiana. Y antes de eso, le daré una patada donde más duele.

Me arrastro hasta la magnífica terraza sumida en mis pensamientos y, como casi siempre en este último año, con una sensación de fracaso alarmante. Clavo la vista en el mar. Maravilloso, relajante e hipnótico en cualquier estado en el que se encuentre. Me fascina. Ya empiezo a notar sus efectos relajantes; eso, o me estoy quedando adormilada sin darme cuenta. Me concentro de nuevo en el guardarropa. ¡Ya sé qué voy a ponerme! Tengo un vestidito negro que me regaló Mari Luz por mi último cumpleaños. Discreto sin llegar a ser monjil y lo suficientemente seductor sin llegar a parecer putil.

Juanfran se retrasa. Si no aparece pronto, me meto en la ducha y que le den. En ese momento suena el timbre. Me dirijo a la puerta completamente abatida. Espero que Juanfran me anime. Por mi autoestima, porque lo necesito, y también porque cuando me vea con estas pintas me obligará a meterme en la ducha. Entre la camiseta vieja, las chanclas, el bóxer y los pelos, que parecen un nido de ratas, parezco salida directamente de una pesadilla. Sí, reconozco la ironía.

—Juanfran, ya era hora. Llegas tarde —le increpo.

—Hola, señorita. Déjame entrar, que tengo una sorpresa para ti —me dice sonriendo.

Mi aspecto no le impresiona lo más mínimo. No sé si empezar a preocuparme. Sin embargo, el suyo sí me impresiona a mí. ¡Por Dios! ¡Se ha teñido el pelo! La semana pasada tenía toda la cabeza llena de hebras plateadas y ahora es… ¿castaño-caoba-rojizo?

—¡Anda! —exclamo sorprendida al ver de nuevo al Juanfran de…, de… Bueno, parecido al de hace quince años—. Estás genial. —Le paso la mano por la cabeza, alborotando un poco más su ya de por sí asilvestrada melena. Se le ilumina la cara y mueve la cabeza de un lado a otro—. ¿Qué me has traído? —pregunto, emocionada, mientras doy pequeños saltitos. No me atrevo a darlos más altos por si me caigo. Las piernas todavía no me sostienen del todo—. Entra y dame un beso. —Le hago gestos con las manos, apremiándole a entrar en casa. Vuelvo a reír y le toco el pelo por segunda vez.

Él, muy obediente, entra y me da un beso. También me abraza. Me dirige una sonrisa de felicidad. Eso debería haberme alertado, pero no lo hace. Desde que Juanfran se ha separado (de su mujer, claro, no vayas a pensar que ha sido del perro) no se le ve muy feliz. Me mira y sonríe. Le devuelvo la mirada y la sonrisa, aunque no sé muy bien el porqué. Debe de ser por algo relacionado con eso de la interacción; se lo oí decir un día a una de las pesadas que meriendan en El Triunvirato.

Por la forma en que me tiene abrazada, no consigo ver la puerta de la calle. Se aparta un poco y me sujeta por los hombros, presionando levemente. Se le nota nervioso. Me mira a los ojos, me vuelve a sonreír y separándose de mí exclama:

—¡Mira, Crisi! ¡Mira a quién te traigo!

¿A quién? Clavo la mirada en la puerta mientras mi cerebro intenta procesar lo que acabo de oír. ¿Ha dicho «a quién», no «lo que»?

¡Achís! Una serie de estornudos encadenados salen con fuerza por mi boca. Imparables. Como presos fugados en busca de su ansiada libertad. Me tapo la nariz con fuerza. Con un poco de suerte, quizá la reducción de oxígeno cumpla con su cometido y la palme.

¡No, por favor, Señor! ¡Esto no puede estar pasando! ¡No, por favor!

Mis súplicas no son escuchadas. Mi peor pesadilla acaba de materializarse en la puerta de mi casa. Rectifico: mi pesadilla más horrorosa acaba de materializarse en la puerta de mi casa, y le acompaña una morena explosiva vestida con un modelito rojo bombero a la que solo le falta un cartel en la frente que diga: «Sexo andante».

Y justo ahora, en este mismo instante, en medio de un ataque indiscriminado de estornudos veraniegos, tomo plena conciencia de que John está ante la puerta de mi casa y yo voy vestida como para que me den limosna.

CAPÍTULO 2

Sábado, 20 de agosto

Hora de batirse en retirada

John está ante mí. No me lo puedo creer. Después de trece años sin verle está ante mi puerta. Parpadeo. El corazón me late enloquecido. La mandíbula se me descuelga y las piernas me flojean. Respiro hondo y me recompongo de la impresión como buenamente puedo. Pongo en mi cara la sonrisa más falsa y empachosa de todo mi repertorio de sonrisas falsas y empachosas (la que suelo utilizar cuando estoy trabajando en El Triunvirato) y me dirijo hacia ellos. Alargo la mano y estrecho las de la visita non grata y, con el cinismo que me caracteriza, al más puro estilo Clint Eastwood, exclamo:

—¡Encantada de conoceros, pero pasad, pasad, no os quedéis en el rellano!

Si por mí fuera, les daba con la puerta en las narices y a otra cosa, mariposa.

El asqueroso me mira, suelta su arrebatadora sonrisita de medio lado y me da un toquecito en la nariz con aire de complicidad.

—Vaya, Crisita, eso ha sido impresionante. Por cierto, bonito bóxer.

Me quedo plantada frente a él, planteándome volverme a la cama cuando, en uno de esos momentos de inspiración matutina, decido que lo mejor es fingir que no le conozco de nada.

—Peddona, pedo ahora no decuerdo muy bien quién edes. Tendás que disculpadme. —La satisfacción al ver su cara de desconcierto me anima y me alegra la mañana, pese a que todavía tengo la nariz taponada, los ojos llorosos y hablo como una pirada—. ¿Juanfan, cadiño, me pesentas a tus amigos?

—¡Joder, Crisi! Es John. ¿No me digas que no recuerdas a John? ¡El amigo de tu hermano Carlos! Y esta chica tan guapa es… —Extiende los brazos con ansia infantil—. ¡Miranda! —La mira y sonríe como un niño el día de Navidad esperando abrir sus regalos.

¿Acaba de darme un vahído? Debe de ser porque estoy en ayunas. Sigo con los buenos modales de colegio de monjas y la sonrisa postiza en la cara. Carraspeo con fuerza y sorbo con más fuerza aún.

—Pues… no, no te recuerdo, lo siento —me disculpo ante John con voz bastante clara—. Pero pasad, por favor, y sentaos un momentito en la terraza. Perdonadme, vuelvo enseguida. —Dirigiéndome a Juanfran, añado—: Juanfran, sírveles algo de beber, por favor.

Traspasan el umbral y miran a su alrededor con curiosidad.

—No, gracias —dice la explosiva. Se echa el pelo hacia atrás con un movimiento estudiado y mil veces practicado y pasa de mí. Como si yo no estuviera, dedica toda su atención al género masculino.

Parpadeo, confundida.

—Un poco más tarde tal vez, Crisita. —El asqueroso esboza una sonrisa y la mantiene durante unos instantes antes de inclinarse hacia mí y añadir—: ¡Vaya, Crisi, has crecido mucho! Ya no somos unos niños. He pensado mucho en ti durante todos estos años. Carlos me ha tenido informado. —Me quedo petrificada. ¿Informado? ¿Informado de qué? ¿No se habrá atrevido a hablarle de mí? O lo que es peor, de mis exnovios. ¡No habrá sido capaz! Cuando coja a Carlos se va enterar—. Estoy muy contento de que vayamos a pasar esta semana juntos. —Me mira desde arriba y se pasa una mano por el pelo, echándolo hacia atrás, en un acto inconsciente que ya empleaba cuando éramos unos críos—. Por fin vamos a tener una relación de adultos. Va a ser genial, preciosa. Tenemos mucho de lo que hablar.

¿Relación de adultos? ¿Se alegra de verme? ¿Va a ser genial? ¡Por el amor de Dios, me dejó plantada! ¡He sufrido neuras nocturnas! ¡Durante años! De hecho, acabo de tener una esta misma noche. No me importa lo que diga ni lo que opine, es un asqueroso y le voy a castigar con el látigo de la indiferencia. En cuanto las manos dejen de sudarme.

Justo antes de empezar a insultarle como una tarada, mi sentido común hace una corrección y elevo una plegaria: «Por favor, Señor —ruego por segunda vez—, que Carlos no le haya hablado de mis ex. Prometo ser mejor persona de ahora en adelante. Escucharé todo el tiempo y con buena cara al pesado de mi vecino. Visitaré a mi madre todas las tardes. Dejaré de fumar. Bueno, no, borra lo de dejar de fumar, pero lo demás, todo».

—Carlos me ha contado que has tenido un par de novios pero que las relaciones no terminaron bien. —Me mira atentamente. Si espera que le conteste, que espere sentado. Como ve que no digo nada y además eludo discretamente cualquier tipo de contacto visual, continúa hablando—: Te has hecho toda una mujer. De verdad que me alegro mucho de verte.

Otra sonrisa, otra caricia y salen todos a la terraza.

Cinco minutos más tarde, sigo plantada en el salón como un pasmarote. Con una inesperada punzada de dolor en el pecho, intento atraer la atención de Juanfran.

—¡Chiss! ¡Chiss! —le chisto con disimulo.

No me oye. Bueno, quiero creer que no me oye y que su repentina sordera es consecuencia de las greñas, que le tapan los oídos.

—Juanfran —susurro. Ni caso—. Juanfran. —Lo intento con un poco más de fuerza. Sigue sin hacerme caso. Está atontado con el coche de bomberos—. ¡Juanfran! —Esta vez ya sin cortarme mucho. Nada. El sentido de la vista lo conserva, pero lo que es el del oído parece haberlo perdido misteriosamente—. ¡Juan Francisco! —exclamo a voz en grito, con la sonrisa forzada todavía puesta. Se vuelve sobresaltado y me mira. Le hago una seña con la cabeza para que venga a mi lado. Se encoge de hombros. Repito el gesto con más énfasis; tanto, que casi me provoco un esguince cervical. Ahora sí se da por aludido. Debería enfadarme con él, pero no puedo. ¿Qué culpa tiene el anormal si las neuronas le han emigrado a los pantalones?—. A mi habitación, deprisa —le ordeno cuando está lo suficientemente cerca.

—¿A tu habitación? ¿Para qué? —pregunta con cara de no entender nada.

—¡A mi habitación! —Lo miro con expresión amenazadora y no le doy más explicaciones. Una vez fuera de la vista de las visitas y con cara de malas pulgas, le espeto—: ¡¿Se puede saber qué coño estás haciendo trayendo a la pareja perfecta a mi casa?! ¡¿Se puede saber en qué estabas pensando?! —Le chisto para que no me replique—. Ya sé en qué estás pensando. —Hago el gesto de sopesar mis pechos con las manos—. ¿Qué hacen estos dos aquí? —Me cruzo de brazos. Mi pie repiquetea contra el suelo, síntoma de que estoy nerviosa—. Estoy esperando.

—Pero… si habíamos quedado, Crisi. —Juanfran parece desconcertado.

—¿Se puede saber en qué habíamos quedado?

—En que una pareja se aloje en tu casa esta noche. Hoy es sábado, Crisi. —Me habla como si yo fuera lenta de entendederas—. Ma-ña-na, do-min-go. Huy, señorita… ¿dónde tenemos la cabeza?

Si le doy a un amigo cuatro bofetadas bien dadas, ¿se considerará como malos tratos o como lo que realmente son: un correctivo justamente merecido?

Una serie de recuerdos quieren abrirse paso entre la pasta de boniato que ha tomado posesión de mi cabeza. Me concentro todo lo que puedo y consigo recordar frases del tipo «noche en tu casa», «todos juntos» y…, y… nada más. Debió decírmelo en uno de esos momentos de fuga cerebral.

Vale, lo admito, ni me acordaba. Pero hay unos edificios preciosos que se llaman hoteles ¿Acaso no han oído hablar de ellos? Suspiro. Me resigno. No sé cómo vamos a arreglarnos en una casa tan pequeña sin sufrir las incomodidades que vamos, sin duda, a sufrir por tener a estos dos alojados aquí. Rectifico: no sé cómo me las voy a arreglar yo; el asqueroso me importa una mierda.

—De todas formas, no estaría de más que hubieras tenido la deferencia de comunicármelo cuando hemos hablado por teléfono —le amonesto con voz melosa.

—Me has colgado.

—¡Eso no es excusa! —Sonríe y no me discute. Sabe que llevo razón—. Bueno. Vale. ¡Ve con ellos! —Elevo la voz. Juanfran se ha metido en el baño a atusarse el pelo—. Voy a ducharme, no tardo nada.

Sin perder tiempo, lo empujo de malas maneras hasta el salón; luego cierro de un portazo la puerta de mi habitación y arrastro mi cansado cuerpo hasta el cuarto de baño. Una ducha bien caliente, eso es lo que necesito para verlo todo con mejores ojos. Me enjabono todo el cuerpo con el gel de olor a canela. Me repito a mí misma, una y otra vez, que lo estoy haciendo por mi madre. Le gusta mucho el aroma de la canela en mi piel. «Te hace parecer más femenina». No quiero ni imaginarme lo que pretende insinuar cuando dice eso. Me lavo y me seco el pelo. Por mi madre, sin ninguna duda. Cuando termino con el interminable ritual de: exfoliación, nutrición, hidratación y todo lo que se me ocurra que termine en «on» (no me avergüenza reconocer que también he soltado alguna que otra maldición), me envuelvo en una toalla y me acerco hasta el espejo. Lo que veo reflejado en él me desmoraliza. Sigo siendo delgada y pequeña y las curvas, que tan bien quedan en otras, en mí brillan por su ausencia. El pelo, castaño claro y lacio, tiende a inclinarse en las puntas. Lo llevo cortado a la altura de los hombros. No tengo nada de especial excepto los ojos, del mismo color verde terroso que comparto con mi hermano, herencia de mi padre. Con las cejas enarcadas, me miro en el espejo e intento averiguar lo que el resto del mundo ve en mí. Los años no me han tratado mal. ¿Cómo estarán los demás?

De repente, me invade el pánico. ¡Cielo santo! Yo no puedo hacer este viaje. No puedo pasar una semana seguida en compañía de John. Eso sería, como poco, masoquista. Pero, por otro lado, recuerdo a todos los amigos de la pandilla y, y… ¿por qué tengo que ser yo la que se quede sin verlos?

Sumamente confundida, las imágenes de todos ellos brotan a borbotones. Mis amigos. Mi pandilla de verano. La de mis diecisiete años. Les quería. Eran especiales. Eran únicos. Eran… mis amigos.

Mejor te los describo para que te hagas una idea.

Rosa, la única chica además de mí. Rubia, divertida y poco dada a manifestaciones tiernas o sensibleras. No podían con ella ni las arañas ni las avispas ni Jose. Un poco chicote y, como tan acertadamente la definía Luciano, «esta chica está hecha de otra pasta».

Carlos, mi hermano. Alto, guapo, abundante pelo castaño, un poco desgreñado y unos ojos verdosos que quitan el hipo. A ellas, el hipo, las bragas y el sentido. Veintiún años y estudiante de arquitectura. Un chico perfecto con la sensibilidad de una ameba.

Juanfran es un año mayor que yo. Vaqueros y camisetas viejas eran su indumentaria habitual. Pelo castaño y alborotado de tal manera que parecía que no había visto un peine en su vida. Sigue igual. Sus ojos castaños y su personalidad reposada conseguían que chupase más veneno de pez araña que ningún otro.

Kris. Belga, alto, muy alto. Raro, muy raro. Políglota. Hortera (chanclas con calcetines. No hace falta que diga más). Risueño, a ratos. Mosqueado casi todo el tiempo. No fumaba. No bebía. No follaba, a no ser que fuera con alguna extranjera a la que considerase su alma gemela.

Luciano. Lo llamamos Luci. Moreno, ojos negros agitanados. Atontado hasta decir basta. Manazas. Un desastre cariñoso, divertido y encantador.

Jose. Guapo, moreno también. Ojos oscuros y un pelo tan abundante que te quedabas con las ganas de meter la mano entre sus mechones para comprobar si eran tan suaves como parecían. También le daba al chupeteo cuando se terciaba.

Kiri. Uno de mis preferidos. Alto, guapo, rubio, juerguista y ligón. La melena le alcanzaba los hombros y, a sus veinte añitos, salía con una devoradora de hombres unos cuantos años mayor que él. Cuando ella aparecía, yo miraba e intentaba asimilar todo cuanto podía sobre el arte de la seducción (de poco me sirvió, la verdad).

Miguel. Uno de los guapos oficiales. Lo mirabas y suspirabas. Lo mirabas y suspirabas. Siempre era así. Pienso en él y suspiro. Inteligente, amable, alegre y encantador. Maravilloso. ¿He dicho ya que era guapísimo?

Y había más, muchos más. Andi, Vicente, Diego, Juan el Canario, Manolo, Jesús, Pedro… y un largo etcétera. Mientras mi memoria hace un barrido rápido por toda la gente que trataba en esos tiempos, desde los mencionados anteriormente hasta los que yo llamo aves migratorias, que se dejaban ver un verano tras otro y cuya relación conmigo era prácticamente inexistente, la imagen del asqueroso aparece de pronto, sin haber sido invitado. De hecho, no solo campa a sus anchas por mi cabeza; también lo hace por mi terraza.

Odio horrores que se pasee por mi terraza.

Me preocupa no dar la talla frente a Miranda. Parecer demasiado insegura. Así que voy a intentar que eso no suceda. No es que me importe, pero una tiene su orgullo, ¿no? Al fin y al cabo me considero una persona bastante inteligente. No es que me considere un cerebrito pero, en fin, recursos no me faltan.

Con energías renovadas, me acerco al armario a grandes zancadas. Dos, teniendo en cuenta el tamaño de la habitación. Asalto el armario con desesperación y grandes aspavientos. Busco el vestido negro como quien busca el Santo Grial (por mi madre). Tras una inspección épica en el armario tratando de encontrar unas sandalias de tacón, me doy cuenta de que yo no utilizo ese tipo de calzado. Suspiro. Quedar con mi madre me estresa hasta extremos insospechados (no, no tiene nada que ver la visita inesperada). Me pongo unas sandalias planas, me persigno y, sin hacer ningún ruido, me dirijo al salón.

Al llegar al sofá, freno en seco. Estoy a unos cinco metros de distancia de John y me permito el placer de observarlo durante un rato. ¡Sigue igual de guapo, el condenado! Es posible que incluso lo esté más ahora. Si a Aquiles lo sumergieron sujetándolo por un talón en el Estigia, el río de la inmortalidad, el tío que está sentado en mi terraza debe de haberse caído de cabeza en el pozo de los deseos. De los deseos de cualquier otra, no míos. Yo ya probé sus encantos hace mucho tiempo y, la verdad, quedé bastante decepcionada. «Repítelo cien veces y a lo mejor te lo crees», me digo a mí misma.

¡Ay, Señor! Su cuerpo ha dejado de ser el de un joven para dejar paso al de un hombre alto, de espaldas anchas y caderas estrechas, como a mí me gustan. Claro que para lo que me sirve… bien podía haber regresado hecho un espantajo. El sol se refleja en su pelo moreno y corto, pero no lo suficiente como para impedir que se curve un poco a la altura de la nuca. El rostro, adusto, de perfil recto y sensual boca, le confiere un aire demasiado… perturbador para mi paz mental y tranquilidad de espíritu. Sé que sus ojos son color miel. Los ojos más bonitos que he visto en mi vida. ¿Y por qué tiene que tener esas pestañas? ¡Por el amor de Dios, pero si cada vez que parpadea parece que provoca corrientes de aire! Bajo la vista a sus antebrazos, de piel dorada y cubiertos por vello oscuro, y la dejo vagar hasta llegar a sus manos, fuertes y masculinas.

¡Mierda! ¡Está como un tren! Lo que me faltaba.

Camino hasta la terraza procurando reducir al mínimo mis movimientos; el pulso me late con fuerza en los oídos. Tengo que tranquilizarme o en cuanto lo tenga delante le voy a dar una bofetada de las que hacen época. O lo que es peor, podría caerme redonda al suelo por la impresión, como las heroínas de las películas mudas pero sin galán de turno para sujetarme. Respiro hondo y carraspeo antes de hablar.

—Oye, Juanfran. —Le doy un golpecito en el brazo para llamar su atención—. ¿Te importaría enseñarles la casa y responder a todas sus dudas? Acomódalos en mi habitación. —Sigo con la sonrisa congelada en la cara. Si no la quito pronto, igual me quedo así para toda la vida. De repente, me doy cuenta de que la he dejado hecha una leonera—. No, no se la enseñes, que aún no la he recogido —le susurro.

—Pues si no quieres que les lleve a tu habitación, ya me dirás dónde coloco las maletas. ¿Y qué más quieres que les muestre? Ya está todo visto.

—¿Y a mí qué me cuentas? Los has traído tú, ¿no? Pues búscate la vida. Llévatelos por ahí, pero no los devuelvas hasta esta noche. Tengo que recoger la habitación y poner sábanas limpias. Bueno… —Me dirijo a los otros dos con cara de abatimiento—. Yo tengo que marcharme. Lo siento. Una cita ineludible —explico, sin concretar detalles—. La cambiaría si pudiese, pero… —Hago una pausa para respirar y después carraspeo—. Me resulta imposible.

No ...