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A GRANDES MALES (REFRANES, CANCIONES Y RASTROS DE SANGRE 3)

César Pérez Gellida

5


Fragmento

PERSONAJES

Personajes principales:

Ramiro Sancho: Inspector de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Erika Lopategui. Doctora en Psicología.

Ólafur Olafsson. Excomisario de policía de la Brigada de Homicidios de Reikiavik.

Robert J. Michelson, «Flegias». Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Alcides Edgardo Bujalesky. Dantista reconocido y experto en masonería.

Telmo. Encargado de mantenimiento del Palacio Barolo.

La estatua de mármol. Arcángel Gabriel de la Congregación de los Hombres Puros.

Corteza de Roble. Gran Maestre de la Congregación de los Hombres Puros.

Vlade Ilić. Arcángel Miguel de la Congregación de los Hombres Puros.

Personajes en color sepia:

Matthew J. Michelson, «Cepheus». Guardián de la Gran Logia de los Puros.

Mario Palanti. Arquitecto responsable de proyectar la construcción del Palacio Barolo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Luis Barolo. Empresario responsable de financiar la construcción del Palacio Barolo.

Conde Colli di Felizzano, «Flegias». Custodio de la Gran Logia de los Puros.

Ciacco. Gran Maestre de la Gran Logia de los Puros.

Otros personajes:

Sara Robles. Inspectora de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Azubuike Makila. Inspector general de la Interpol.

Vincent Dare. Oficial de policía de la National Agency for the Prohibition of Trafficking in Persons (NAPTIP).

Carlos Alfredo Ramírez. Excomisario de la policía de la provincia de Misiones.

Martín. Joven vecino de Villa 31.

Sebastián Aranda. Funcionario en la Dirección Nacional del Derecho de Autor.

Jorge Aguayo. Miembro de la banda de los Sampedranos.

Minotauro. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Anteo. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Pluto. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Gerión. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Efialtes. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Caronte. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Nasidio. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Justo. Guía turístico en el Perito Moreno.

Mario. Guía turístico en el Perito Moreno.

Sergio. Conserje del Palacio Barolo.

Karatu. Dogo argentino.

Ainara. Camarera del restaurante Milagros.

Luis. Encargado del Zero Café.

Paco, «Devotion». Pincha del Zero Café.

PRÓLOGO DE DOLORES REDONDO
«VALLADOLID»

Valladolid. Llovía. Desde la cristalera del restaurante podía ver que el viento amenazaba con llevarse la carpa acristalada donde daríamos la rueda de prensa. Frente a mí, un tipo calvo y atlético que insistió en comerse el pescado sin salsa. Yo le firmé El guardián invisible, el me firmó Memento mori. Reproduzco aquí su dedicatoria:

29-IV-2013

Para Dolores, admirada compañera. Es un placer y un privilegio compartir este comienzo contigo. Te auguro un futuro cojonudo. Estamos obligados a mantener el contacto. Besos. César.

Con cada novela de César han ido desapareciendo las dudas que pudiera albergar sobre su capacidad visionaria. Del augurio no voy a decir nada, pero la sentencia, la obligación de mantener el contacto, se ha revelado en una sólida amistad cimentada en aquel comienzo común, basada en la admiración, el respeto y en la suerte loca que ha hecho que nuestras familias se caigan bien y encajen en gustos musicales y culinarios, que nos “obligan” a encuentros, ya institucionalizados, en torno a la mesa, el vino y el mar.

Cuando leí Memento Mori pensé que era un tipo talentoso, trabajador y apasionado de la escritura. Me gustó desde el principio, porque entre todas las peculiaridades y tormentos de un escritor, admiro el espíritu, la pasión por lo que se hace y esa especie de fiebre que domina al que crea desde dentro, esa hambre y esa sed que solo se sacia temporalmente escribiendo. Una suerte de rabia que te despierta de madrugada, que no te deja dormir. Creo que de insomnios, César y yo, sabemos un poco.

Cuando llegó la segunda novela, Dies irae, me pareció soberbia, y desde entonces no he dejado de quitarme el sombrero con cada libro y ante uno de esos autores que casi asusta por su poderosa narrativa y el dominio que ejerce sobre ella, un dominio que los que nos dedicamos a esto distinguimos y codiciamos. Al contrario que con otros autores, a los que descubres y en los que aprecias su evolución en cada libro, César Pérez Gellida me ha producido siempre la sensación de hallarme ante un grandioso prestidigitador, alguien que controla cada pase desde el génesis, desde aquel Memento mori germinal. Y cuando decide mostrarte más, te das cuenta de que no es que haya aprendido, de que no estás viendo una evolución, que el muy cabrón tenía esos ases desde el principio, y no en la manga. Te los ha mostrado, los ha paseado ante tus ojos distrayendo tu atención como solo un mago sabe hacerlo; que no es solo un buen jugador, que es un maestro. Domina la técnica, la dosis exacta, la medida del lector. Rabioso, feroz. Siempre me pregunto por qué no ha ganado ya todos los premios de novela negra de este país. La respuesta está unas líneas más atrás.

Sé que se espera que diga que con A grandes males nos encontramos ante la mejor novela de César Pérez Gellida, que ha alcanzado unas cotas, respecto a estructura y contenido, que no había tocado en sus anteriores novelas. Sin duda esta segunda trilogía nos conduce a un nivel superior, subyace el objetivo claro de escapar de la estética del homicidio como eje principal de la novela negra logrando que el componente de investigación de un asesinato no sea lo único que justifica una novela. Sarna con gusto tiene una trama principal y vertical sobre un secuestro, y al mismo tiempo esboza otra horizontal que es la que va creciendo en Cuchillo de palo (cuya trama vertical se centra en la evolución del personaje de Sancho) y desemboca en A grandes males como único argumento.

Decir que esta es la mejor novela que César Pérez Gellida ha escrito hasta la fecha sería injusto, como injusto sería calificar de superior el número final de un artificio, de una prodigiosa puesta en escena que culmina en una magistral conclusión. Alcanzar la cumbre no tendría objeto si careciese de la aspiración de hacer algo extraordinario, de no estar cimentada sobre la cuidadísima estructura que a cada paso ha ido componiendo el autor. Leerlo es como escalar los niveles del emblemático palacio Barolo de Buenos Aires, diseñado y construido por la masonería con el propósito de albergar los restos de Dante y que el autor introduce con acierto en la trama. ¿Tendría objeto una cúpula sin cimientos? ¿No es tan importante la primera piedra como la última? Tengo la certeza de que el propósito que movió a los masones, desde el principio del proyecto hasta su cúspide, es el mismo que guía a Gellida en su obra, y me produce la misma sensación, la de hallarme ante la culminación de un misterio que el autor ha ido haciendo crecer ante mis ojos y que alcanzo a ver ahora, en toda su plenitud.

Aclarado esto, creo, entre tú y yo, lector, que estamos ante la mejor novela que César ha escrito hasta la fecha y, aunque suene un poco elitista, opino que, en manos de otro autor, esta obra habría quedado al alcance de muy pocos por su estructura y contenido. De mayor dimensión literaria, un ejercicio de equilibrio al borde del abismo sobre el que se tambalea la feroz condición humana, entretejida en dosis perfectas y terroríficas con una ficción tan vibrante, analítica, predictiva, e intuitiva de la realidad que subyace tras las noticias que leemos a diario en la prensa y que, solo a algunos, nos lleva a afianzarnos en la opinión de que hay mucho más detrás de lo que alcanzamos a ver.

Disfrutemos.

DOLORES REDONDO

INTROITO

En los albores del siglo XX, el primer mundo había pisado el acelerador de la industrialización convencido de que las naciones vencedoras de aquella agónica carrera serían las que se repartirían los futuros recursos del planeta. Con el fin de afrontar el reto, los gobiernos de las grandes potencias reclutaron a sus conciudadanos más preparados en todos los ámbitos del conocimiento.

Muchos de ellos eran masones.

Este período crucial de la historia es considerado por muchos la edad de oro de la masonería, dado que su influencia desde las sombras llegó a superar la que ejercían otros poderes fácticos sobre el Estado, como eran la Iglesia, la banca o las oligarquías aristocráticas. Y si se puede hablar de un país en el que la supremacía de la masonería era más que patente, ese fue Argentina, por aquel entonces una de las economías más fuertes y con más posibilidades de desarrollo.

En este contexto histórico y en el citado escenario tuvo lugar un hecho insólito que ha suscitado multitud de preguntas que todavía hoy carecen de respuesta. Se trata de la construcción de dos rascacielos gemelos en Buenos Aires y en Montevideo que debían comunicarse a través de sendos faros que coronaban sus más de cien metros de altura. Los dos proyectos fueron desarrollados por Mario Palanti, un prometedor arquitecto milanés influenciado por la imaginería de Dante y muy bien relacionado con la masonería, como lo estaban los dos exitosos empresarios, también de origen italiano, que financiaron ambas construcciones. Los patrocinadores Luis Barolo y José Salvo lograrían asociar sus apellidos a tan augustos edificios, pero tristemente ninguno de los dos disfrutaría en vida de ello, dado que tanto el uno como el otro encontrarían una muerte prematura en extrañas circunstancias.

Los hechos que a continuación se narran contienen algunas de esas respuestas basadas en datos reales puestos al servicio de la creatividad del autor. Por tal motivo, esta historia debemos considerarla dentro del ámbito de la ficción.

Aunque bien podría ser cierta.

VIVIR ETERNAMENTE EN EL RECUERDO O VIVIR CONDENADO AL OLVIDO

Residencia de Luis Barolo

Calle Perú, 1363. Buenos Aires (Argentina)

14 de junio de 1922

Con la atención puesta en el plano de la sección vertical de su imponente obra, Luis Barolo no dejaba de repetir la frase con la que se despedía Cepheus, su guardián, en la misiva que le habían enviado esa misma mañana.

«Vivir eternamente en el recuerdo o vivir condenado al olvido».

El hecho de poder elegir ya era de por sí un privilegio. Una prebenda por la que tenía que decidir si pagaba su precio.

La tarde languidecía serena. Las bajas temperaturas habían provocado una reducción considerable de la vocería que caracterizaba un barrio tan escandaloso como el de San Telmo, en el que la actividad cotidiana era directamente proporcional a la altura que alcanzara el mercurio en el termómetro. La escasez de luz era una invitación a accionar el interruptor de su recién instalado servicio doméstico de electricidad, solo al alcance de bolsillos aventajados como los suyos. El filamento de la lámpara se fue contagiando de incandescencia para bañar el documento de una amarillenta nitidez. Su mirada avanzó siguiendo el trazado de las líneas que convergían en la cúpula proyectada por Mario Palanti, cuya inspiración bebía de la del templo Rajarani de Bhubaneshwar. El voluptuoso diseño era una metáfora de la red invisible que atrapa las vidas de los necios y los incautos.

Pero ese no era su caso.

Porque ningún necio tiene un lugar reservado en los libros de historia; ningún incauto logra que su apellido trascienda al paso del tiempo. Esos eran los argumentos con los que intentaba justificar la idea de quitarse la vida, tal y como le estaban ordenando hacer.

La segunda fosa del séptimo círculo del infierno le estaba esperando.

Con cincuenta y tres cumplidos, el bagaje de Luis Barolo no podía ser más brillante, habida cuenta de la forma en la que había llegado al nuevo continente hacía treinta y dos años. Era entonces un inmigrante italiano procedente del Piamonte que buscaba al otro lado del Atlántico lo que no había sido capaz de conseguir en su tierra natal. Otro más. Arrancar no le había resultado nada sencillo. Los primeros meses de estancia le hicieron concluir que la distancia entre la realidad y los sueños era aún mayor que la que había recorrido a bordo de aquel transatlántico. Así y todo, resistiéndose a ser derrotado por el desánimo y tras entender las normas sobre las que se cimentaban los prósperos negocios en Argentina, se dispuso a poner los primeros ladrillos del suyo. Para ello lo primero que hizo fue contactar con el nutrido círculo de compatriotas que habían logrado establecerse con éxito en Buenos Aires. Muy a su pesar, no valía con estar bien relacionado, tenía que formar parte de él, y para ello contrajo matrimonio con Luisa Molteni, hija de un hombre de negocios consolidado en el país que le ayudó a abrir las primeras puertas del sector textil, industria que estaba despegando en Sudamérica. Luis Barolo no tardaría en percatarse de que la pertenencia a la élite no bastaba para competir con otras empresas más arraigadas, por lo que resolvió que debía diferenciarse del resto implantando nuevos métodos de producción. La oportunidad le surgió cuando oyó hablar por primera vez de las máquinas hiladoras de lana peinada, unos ingenios con los que catapultaría su nombre a lo más alto. Solo había un problema: necesitaba financiación. Disponía de la iniciativa y los contactos en la vieja Europa para importar tejidos de calidad, pero sin el capital para invertir en maquinaria todo quedaría reducido a una compañía más con altas pretensiones y nulas posibilidades de crecer. Con tal empeño como carta de presentación, el empresario acudió a las entidades bancarias más importantes primero y a las emergentes después, pero en el mejor de los casos, cuando conseguía convencer a aquellos que poseían los dólares, le imponían unas condiciones leoninas que le condenarían a trabajar toda una vida solo para devolver los intereses con los que gravaban el préstamo.

Sus últimas esperanzas se hundían en el Río de la Plata cuando apareció él.

Se hacía llamar Cepheus, tenía marcado acento británico y decía representar a un grupo cuyo nombre no le desveló. Poco le importaba a Barolo el misterio cuando aquel hombre traía bajo el brazo el doble de la cantidad que venía mendigando a los bancos. Dos únicas condiciones: devolver el montante en un plazo no superior a veinte años y formar parte de la organización. Esa fue la primera vez que escuchó pronunciar su nombre: Gran Logia de los Puros. Ingresar en una orden masónica no suponía ningún inconveniente, habida cuenta de que él ya tenía contacto directo con el tejido masónico por mediación de su suegro. El acuerdo se oficializó al estampar su rúbrica en el folio que le correspondió de El Cartapacio de Minos, donde aceptaba cumplir los preceptos dispuestos por la hermandad en el Novem Regulas. Inmediatamente recibió los cuatro millones de pesos, con los que no solo pudo comprar aquellos maravillosos artilugios de factura alemana, también le alcanzó para adquirir unos terrenos en El Chaco donde producir su propio algodón y así dejar de depender de la costosa importación de materia prima. En cinco años triplicó sus beneficios y el único requerimiento que tuvo que atender de sus nuevos hermanos consistió en completar el primer grado de iniciación para convertirse en centinela. A partir de ese momento, de manera periódica, Cepheus le hacía entrega de importantes sumas que debía incluir en sus libros de contabilidad antes de depositarlas en distintas entidades.

Nunca preguntó por qué ni para qué.

En 1910, durante la celebración de la Exposición del Centenario de la Revolución de Mayo, Cepheus le citó en el pabellón italiano para presentarle a la persona con quien iba a emprender un proyecto que Luis Barolo y Cía. debía costear con la cantidad adeudada. Su nombre era Mario Palanti, un talentoso y joven arquitecto milanés con un futuro más que prometedor y un presente comprometido con la Gran Logia de los Puros. El elegido por Cepheus para ser el compañero de viaje de Luis Barolo era un iniciado con el grado de aprendiz en la logia masónica Fratelli Bandiera de Milán, por lo que, a priori, su perfil personal y profesional encajaba como un guante en lo que el guardián andaba buscando.

No tardaría en arrepentirse.

La empresa que Luis Barolo y Mario Palanti debían poner en marcha consistía en la construcción de un imponente edificio que rivalizara con los rascacielos que empezaban a levantarse en Nueva York y Chicago, las únicas urbes que, en el amanecer del nuevo siglo, podían hacer sombra al esplendor de Buenos Aires. Una construcción de estilo inclasificable lejos del entendimiento arquitectónico del empresario, pero muy cerca de su visión empresarial, dado que solo tenía que encargarse de administrar un montante que, en realidad, ni siquiera le pertenecía. Otro negocio redondo.

En las sucesivas reuniones que mantuvo con Mario Palanti, este le expuso las líneas maestras de un diseño que estaba llamado a convertirse en la edificación más alta e imponente de toda Latinoamérica. Esto ya suponía un reto a la altura de las expectativas de Barolo, pero, en la medida en la que fue creciendo la confianza entre ellos y el arquitecto le fue desgranando el verdadero propósito que tendría el edificio una vez terminado, el proyecto fagocitó todo lo demás.

El contenido superaba con creces al continente.

Su edificio sería mucho más que un rascacielos: las puertas del cielo en el mismo corazón de Buenos Aires, un templo oculto a la vista de todos, un colosal mausoleo donde albergar los restos del más grande de los poetas y padre de su lengua materna. La idea fue arraigando en el cerebro del empresario hasta apoderarse por completo de su voluntad y, desde entonces, la única verdad pasó a ser la que estaba contenida en los versos de La Divina Comedia. Su realidad se ciñó exactamente a la distorsión del universo de Dante Alighieri y, sin ser siquiera consciente de ello, todo su mundo quedó constreñido entre el infierno, el purgatorio y el paraíso.

El estallido de la Primera Guerra Mundial provocó que se dilataran los preparativos más de lo que habían previsto, pero Luis Barolo supo aprovechar ese período para seguir escarbando en los misterios contenidos en la obra de Dante. En 1919, ya con Mario Palanti de regreso en Buenos Aires, se iniciaron las obras con el ambicioso objetivo de inaugurarlo dos años más tarde, haciendo coincidir la fecha con el aniversario del sexto centenario de la muerte del poeta italiano. Pero el empeño del arquitecto por importar materiales nobles desde Italia originó el incumplimiento del hito. Este fracaso supuso un duro revés para un empresario malacostumbrado al éxito; sin embargo, no era esa la razón por la que la Gran Logia de los Puros le estaba condenando. La increíble desaparición de la estatua —o, para ser más exactos, de lo que esta albergaba en su interior— había supuesto un estigma insuperable. Tenía fundadas sospechas sobre la autoría del robo; no obstante, sin forma de demostrarlo, tales conjeturas se quedaban en meras suposiciones.

Luego de fracasar en sus pertinaces intentos por recuperar la Ascensión, todo indicaba que Luis Barolo vagaría por el infierno sin ver completada su obra, pero al menos su nombre no quedaría condenado al olvido.

De vuelta al aciago presente, su errática mirada se vio arrastrada hacia el punto de fuga que debía prolongarse desde la cota más alta del edificio hasta el infinito, pero a medio camino se tropezó con la ampolla de cristal del tamaño de una alubia que descansaba sobre su escritorio. Un regalo de sus hermanos. La pinzó con el índice y el pulgar y se la colocó en la palma de la mano. Luego de examinarla durante el tiempo que estimó oportuno, cerró el puño y la depositó en el bolsillo relojero del chaleco.

«Vivir eternamente en el recuerdo o vivir condenado al olvido».

La solución al dilema estaba en la solución de sales de cianuro que le aseguraba un tránsito fugaz y, según tenía entendido, poco agónico. Una muerte barata para tan distinguido premio.

Luis Barolo se ajustó la pajarita y se incorporó lentamente. Dio cuatro pasos para colocarse frente al gramófono de trompeta que había ordenado traer desde París, al que apenas había dado uso. De hecho, no recordaba cuándo había sido la última vez, pero sí lo que había escuchado. Seleccionó el corte y posó la aguja con extrema delicadeza sobre el canal ancho del vinilo.

Las primeras notas de piano de El carretero precedieron a la voz de Carlos Gardel.

No hay vida más desgraciada

que la del pobre carretero,

con la picana en la mano

picando al buey delantero.

El empresario giró sobre sus talones para revisar de hito en hito la imagen de cuerpo entero que le devolvía el espejo. Presentaba un aspecto impecable, como no podía ser de otra forma. Metió la mano en el bolsillo, agarró la ampolla y se la introdujo en la boca. Con la lengua la colocó entre los molares del lado derecho e inspiró profundamente.

—Yo te maldigo, Mario Palanti, y, como a Judas, te condeno a congelarte en el noveno círculo del infierno, donde nunca encontrarás el descanso junto a los traidores a sus bienhechores. Traidores como tú —profirió en piamontés.

Y con un leve crujido se selló la conjura.

CUALQUIER MENTIRA DISFRAZADA DE VERDAD

Sobrevolando la provincia de Misiones (Argentina)

Septiembre de 2013

Se fija en una que tiene forma de cara de payaso siniestro; o eso interpreta.

Ólafur Olafsson se percata de que nunca antes había observado las nubes desde arriba, siempre lo hace desde tierra firme; pero el islandés concluye que, en ese caso y solo en ese caso, la perspectiva no influye en la percepción.

Según acaba de anunciar el comandante Rodríguez, tienen previsto tomar tierra en el Aeropuerto Internacional de Puerto Iguazú en veinticinco minutos, donde les esperan unas temperaturas máximas de 24 ºC y una humedad relativa del 73 %; relativamente demasiado para un hombre de las nieves como es el excomisario. Durante los dos días que han pasado en Buenos Aires preparando el viaje a Iguazú, Ólafur ha tomado contacto con el espeso clima porteño en un septiembre muy caluroso para esa época del año. De hecho, el mismo día 10, fecha en la que aterrizaron en Ezeiza, se registraron 35,3 ºC, temperatura que se coronó como la máxima histórica alcanzada en ese mes. Y si algo le agriaba el humor, era eso de romper a sudar según ponía el pie en la calle recién duchado. Otra cosa que le irritaba sobremanera era esa moda, llámese manía, de molestar continuamente a los pasajeros; ora una azafata que te importuna y en compensación te ofrece una bebida; ora un azafato que te despierta para corregir la inclinación del asiento; ora la voz del comandante por megafonía en el papel de guía turístico.

Ólafur Olafsson se mesa el bigote y gira la cabeza a su izquierda para encontrarse con el rostro de Erika. Duerme plácidamente; o eso interpreta. Desde luego, los músculos de la cara están distendidos y respira por la nariz de forma rítmica y profunda. El corte de pelo que luce, tipo pixie, favorece sus facciones. El islandés se siente afortunado por compartir asiento con ella, a pesar de que es muy probable que sean los dos únicos pasajeros del avión que no han incluido intenciones turísticas ni ociosas en el equipaje. Han retrasado el plan de viaje el tiempo que ha necesitado ella para cumplir con un compromiso personal que la ha llevado a Varsovia. Ólafur sabe que tiene que ver con Olek Opieczonek, el hijo que dejó Augusto Ledesma en su sangriento paso por Europa; no obstante, no ha querido indagar mucho más allá para no provocar ningún desequilibrio que les distraiga de lo que les ha traído a Argentina. Antes de partir, muy a su pesar, ha tenido que dejar a Karatu a cargo de Txus, el gerente del Milagros, quien muy amablemente se había ofrecido a cuidarlo durante las semanas que fuera necesario. Un lapso indeterminado, porque ni Erika ni él se han visto capaces de precisar cuánto les va a llevar dar con el paradero de un hombre que ni siquiera pueden asegurar a ciencia cierta que siga vivo. Lo único que saben de Alcides Edgardo Bujalesky es que representa una seria amenaza para los intereses de la Congregación de los Hombres Puros y que Michelson también lo está buscando. Y son esas, justo esas preguntas sin responder, las que les han empujado a cruzar el Atlántico. ¿Qué clase de información contiene El Cartapacio de Minos? ¿Hasta qué nivel compromete a la organización criminal? ¿Realmente Bujalesky sabe cómo encontrarlo?

La información que le había proporcionado su amigo y miembro del Comité Ejecutivo de la Interpol, Connor Murphy, no ayudaba a despejar ninguna de estas incógnitas, más allá de certificar que Bujalesky era una auténtica eminencia. El currículo que atesoraba constituía una prueba irrefutable: profesor titular de Historia Medieval en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires; miembro académico de número de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina; exdirector del Instituto Multidisciplinario de Historia y Ciencias Humanas del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas; premio Konex de Humanidades y ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires. Pero todo ello no es más que perendengue y oropel para Ólafur, cuando lo único que de verdad les interesa es que sea, como se decía de él, uno de los mayores expertos del planeta en el estudio de la masonería y las sociedades secretas. Además, Bujalesky había firmado varios ensayos que versaban sobre la interpretación de la imaginería de Dante Alighieri, contenidos que le habían encumbrado a ocupar un puesto privilegiado entre los dantistas más reconocidos.

Su objetivo es encontrarlo antes de que lo haga la Congregación y para ello la única pista que tienen es la que ha dejado Carlos Alfredo Ramírez, un comisario ya retirado de la policía de Misiones que mantenía una estrecha relación con Bujalesky. Según concluía el informe de la Interpol que les proporcionó Sancho en el restaurante Milagros, este le habría ayudado a desaparecer de la faz de la tierra luego del enfrentamiento que había sostenido el dantista con la Congregación, que se zanjó con la muerte de Néstor Bujalesky, su hijo. Connor Murphy les ha facilitado su último paradero conocido, un pequeño complejo de cabañas turísticas que gerencia junto a su mujer y a sus dos hijos a las afueras de Puerto Iguazú, en cuyo aeropuerto están a punto de aterrizar.

—¿En qué piensas? —Oye preguntar a Erika.

—¡Por fin despertó la Bella Durmiente!

Ella se frota los párpados.

—¿Esa quién era? ¿La imbécil que mordió la manzana o la boba que se pinchó con algo?

Ólafur se limita a sonreír.

—Déjalo, eran la misma tontita en situaciones diferentes. ¿Cuánto falta?

—Poco, creo —concreta él.

Erika se retrepa tratando de recuperar la elasticidad en la estrechez de su asiento.

—No sé por qué, pero me encuentro como atolondrada. Antes no lograba quedarme dormida en los aviones y ahora a los pocos minutos de despegar ya estoy soñando.

—Será que tienes la conciencia tranquila.

—Será eso o quizá tenga más que ver con esto —dice levantando el libro que reposa sobre sus piernas.

—¿Cuántos de esos te has leído ya?

—He perdido la cuenta y lo único que he sacado en claro es que la interpretación del universo de Dante es libre e infinita.

—Oremus.

—Hasta ahora el único nexo de unión que he encontrado con la Congregación de los Hombres Puros es que en La Divina Comedia el infierno está estructurado en nueve círculos, como nueve son los custodios, y que Dante se refiere a ellos como los encargados de que las almas impías que vagan perdidas no salgan del círculo al que han sido condenadas.

—Y treinta y tres los guardianes —se apresura a añadir él al tiempo que se ajusta las gafas con el índice—, como los cantos en los que se divide cada parte: Infierno, Purgatorio y Paraíso.

—Sí, eso también.

—Pues ya son dos, además de Minos. El hecho de que hayan bautizado su libro sagrado, por definirlo de alguna forma, El Cartapacio de Minos y que este aparezca en La Divina Comedia como un juez severo que se encarga de recibir y condenar a los pecadores no puede ser fruto de una mera coincidencia.

—Muy bien, pero… ¿adónde nos lleva?

—A encontrar al hombre que se supone que está capacitado para interpretar toda esta mierda, porque yo no me trago ni una sola línea más de esos mamotretos cabalísticos.

—Me subo a ese tren. A mí también me ha superado —confiesa Erika dejando caer el libro—. Antes no me has contestado. ¿En qué pensabas?

Ólafur conecta con esos ojos azules casi grises.

—En las ganas que tengo de dar de comer a la jauría, que, lamentablemente, se va a tener que conformar con un menú a base de pastillas.

En algún lugar del cerebro del islandés se produce una asociación de ideas.

—Creo que echo de menos a Karatu.

—Está mucho más feliz correteando por ahí que metido en la bodega de un avión, ¿no crees?

—Ya. Pero no hablaba de él, hablaba de mí.

Erika ríe.

—¿Tú no echas de menos a nadie? —Quiere saber Ólafur.

—Evito pensar en ello.

—Eso no es un no.

—No, no lo es. A veces me gustaría tener cerca a mi padre o poder conversar horas y horas con mi madre sin hablar de nada, pero… ¿qué sentido tiene? Es decir, ¿qué beneficio se obtiene echando de menos a alguien?

—Ninguno, pero tampoco es necesario que lo tenga. La añoranza está ahí queramos o no, lo importante es contar siempre con alguien cuando uno lo necesita, ¿no crees?

Erika busca la respuesta a través de la ventanilla.

—¡Qué maravilla! Mira. —Señala dejando un hueco para que mire su compañero de asiento.

Desde el aire, las cataratas parecen un gigantesco desagüe por el que se escapa el selvático paisaje que las rodea. El efecto parece contagiarlos y la falla geológica se traga las palabras de Erika Lopategui y Ólafur Olafsson hasta que el sonido del tren de aterrizaje les devuelve a los asientos A y B de la fila catorce.

—En este momento solo contamos el uno con el otro —concluye Erika.

Hotel Bilderberg

Oosterbeek (Holanda)

A pesar de que el complejo ha sido pensado para ello, no puede decirse que Robert J. Michelson se encuentre muy relajado.

Ni mucho menos.

Los pasos suenan mudos a lo largo del alfombrado pasillo por el que se accede a la sala de reuniones. Es consciente de que del resultado de la reunión depende lo demás. Si no logra el apoyo unánime de los miembros de la Asamblea, todo el proyecto se vendrá abajo. Y el plan B dista bastante de ser un plan.

Pensando en positivo, se aferra al hecho de que sus hermanos hayan aceptado la invitación, teniendo en cuenta las implicaciones que conlleva mantener una reunión sin el conocimiento del Gran Maestre. Cuenta con el apoyo de los cuatro custodios que, junto a su padre, un día conformaron una corriente renovadora que no llegó a cuajar al aparecer los primeros síntomas de una enfermedad que terminaría por llevarse a la tumba las aspiraciones del antiguo Flegias. Robert J. Michelson, el nuevo Flegias, está llamado a completar aquella labor y, por ello, se ha reunido previamente, en secreto y de manera individual, con los cuatro para conocer sus intenciones y hacerles partícipes de su programa. Gerión y Nasidio eran los aliados más firmes de su padre y conseguir la renovación de sus votos no le ha resultado complicado. Ha detectado algo personal que sostiene el respaldo de ambos hacia su causa, aunque no sabe discernir si se debe a que están a favor de sus postulados o en contra de los de Corteza de Roble. Por su parte, Pluto y Anteo se han mostrado inicialmente menos entusiastas con sus ideas renovadoras. Sin embargo, Michelson ha sabido aprovechar muy bien el hecho de que todavía no hayan logrado desprenderse del miedo y la tensión que se apoderó de sus achacosos cuerpos durante la celebración del último acto de purificación en Budapest. Aquel atávico ritual que tanto detesta ha cargado sus alforjas de remozados argumentos y ha sido precisamente el caótico desenlace del mismo lo que ha empujado a Michelson a acelerar el proceso. Enfrente se va a encontrar con la más que esperada oposición de Minotauro y Efialtes, que, para su desgracia, son los miembros más antiguos de la Asamblea y más firmes defensores de la línea conservadora establecida por el actual Gran Maestre. Todavía no sabe cómo va a contrarrestar sus intervenciones, pero confía en que la experiencia adquirida en los numerosos comités de seguimiento de la Interpol le proporcione ese plus que va a necesitar. Caronte es la gran incógnita y, sabiendo el peso que tiene su opinión —proporcional al de sus empresas de extracción de crudo—, significa una equis demasiado importante como para no tenerla controlada; pero no le ha dado tiempo a trazar un acercamiento con el custodio. Por último, Cerbero, uno de los grandes apoyos de Corteza de Roble, es solo un cuerpo en descomposición gracias al disparo que recibió del pelirrojo inspector de Homicidios de Valladolid, Ramiro Sancho.

Sumido en estas cábalas, Michelson ha llegado frente a la puerta de la sala donde a buen seguro ya le están aguardando el resto de miembros de la Asamblea. Antes de entrar se presiona los lacrimales, siguiendo una suerte de ceremonia que le ayuda a afrontar situaciones críticas como esta.

El rostro de su padre se dibuja en la cara interna de los párpados.

—Allá vamos —se alienta.

Ocho miradas se posan sobre él: las hay torvas y desconfiadas, conminatorias y expectantes, alguna cordial, pocas neutrales.

—Buenas tardes, señores —saluda con voz firme.

Nadie responde.

Mala señal. Hay demasiada hostilidad. Lógico por otra parte, dada la naturaleza del encuentro.

En el extremo más alejado de la mesa localiza una silla vacía, destinada a ser ocupada por el convocante de la reunión; sin embargo, para sorpresa de los presentes, Michelson se sienta en otra vacía, a la derecha de Nasidio y frente a Minotauro. Antes de tomar la palabra, se regala unos segundos para fijarse en la disposición de los asistentes.

Frente a él, los enfrentados; a su lado, los alineados.

—Buenos días a todos. En primer lugar, querría empezar esta reunión extraordinaria, si es que me corresponde a mí el honor de hacerlo, con una mención a nuestro hermano Cerbero, víctima del infortunio y, permítanme que lo añada, de la insensatez.

Un rumor de encendidas opiniones incendiarias chisporrotea en el ambiente. Todavía no es el momento, por lo que Michelson deja que el frío mármol rosáceo que lustra las paredes mitigue la deflagración.

—Sí, compañeros —prosigue—. Porque si hoy estamos aquí reunidos es porque, en mayor o menor medida, a todos nos preocupa el estado actual de nuestra organización. Por eso no quiero dejar pasar la oportunidad de agradecerles el hecho de que hayan aceptado mi invitación para evaluar el estado en el que nos encontramos. Crítico —define—, si calificamos en su justa medida los recientes acontecimientos que han hecho tambalear los pilares sobre los que se asientan nuestros negocios.

Michelson ha estudiado cada una de las palabras que va a utilizar, pero sobre todo las que no quiere pronunciar. Considera vital huir de los términos de corte masónico que forman parte del discurso de Corteza de Roble para ofrecer una perspectiva tangible de lo que son en realidad: un grupo de poder cuyo único objetivo es mantenerse. Por ello debe emplear un lenguaje netamente empresarial, alejado de lo esotérico. El poder es un valor que no cotiza en ninguna bolsa, pero que siempre está al alza y cada día cuesta más comprarlo.

En esta idea se basará su discurso: alguien tiene que pagar el precio.

—Ha llegado la hora de dar un giro radical, aunque progresivo, al enfoque de nuestra organización. Los tiempos han cambiado y nosotros seguimos anclados en formas de hacer encorsetadas; válidas en otras épocas, sí, pero que hoy son altamente comprometedoras. Este atavismo demencial no es en absoluto favorable a nuestros intereses —sentencia.

—Hemos llegado hasta aquí gracias a esas formas de hacer encorsetadas —parafrasea Minotauro—. Porque contamos con unos principios inviolables, un reglamento que está por encima de los intereses particulares y que siempre nos ha protegido del exterior, desde que el primer Gran Maestre escribiera el Novem Regulas.

Michelson ya ha previsto ese primer argumento opositor: la tradición.

—Muy cierto, pero permítame que le haga una observación que, intuyo, es probable que no haya tenido en cuenta. El exterior ha evolucionado, nuestro reglamento no. Por tanto, cada día que transcurre nos vamos alejando de la realidad y nos resulta más complicado mantener nuestro escudo principal: el anonimato.

—¡Esa es nuestra gran debilidad! Nuestra única debilidad —precisa Gerión—. Y de un tiempo a esta parte nuestro nombre está en boca de todos —exagera el custodio interpretando bien su papel—. Flegias, igual que lo fue su padre y antes que él su bisabuelo, es experto en el arte de hacer invisible lo visible, que es, precisamente, lo que necesitamos en estos momentos. Él sabe lo que dice y dice lo que muchos pensamos. ¿Recuerdan la asamblea de Edimburgo del año 2002? Su padre lo predijo. Nos advirtió a todos de que cada vez éramos más vulnerables, que nos habíamos vuelto descuidados y vanidosos, que necesitábamos cambiar nuestros hábitos… ¿Lo recuerdan? Porque yo sí.

—¡Eso es oportunismo, nada más! —protesta Efialtes—. A lo largo de nuestra historia hemos vivido episodios críticos que hemos sabido superar gracias a que nos mantenemos firmes y unidos. ¡Unidos!

—Podemos terminar muy unidos en la cárcel, donde hemos estado muy cerca de acabar tras el acto de purificación de Budapest. O, si nuestro compañero lo prefiere, muy firmes bajo tierra, como nuestro hermano Cerbero —interviene Pluto en tono jocoso para disimular sus miedos.

—El mayor peligro nos acecha desde dentro, ¡no viene de fuera! —contraataca Efialtes, acusador.

—¡Estoy de acuerdo! —se le une Minotauro—. ¿Cuándo hemos mantenido una reunión de este tipo, por muy extraordinaria que sea, sin el conocimiento de nuestro Gran Maestre? Gerión, hermano, que tan buena memoria tiene, respóndanos si es usted tan amable. ¡¿Cuándo?!

El custodio aludido frunce el ceño, pero desvía la pregunta hacia Michelson.

—El hecho de que nuestro Gran Maestre no esté presente se debe a que nosotros, como custodios de esta gran empresa, somos los únicos responsables de velar por la pervivencia de la misma. Y no lo digo yo, viene escrito en El Cartapacio —remarca—. No creo que sea necesario que les recuerde su juramento, ¿verdad? —les lanza a todos—. Sé que si no prospera la proposición que tengo que hacerles tendré los días contados. Sin embargo, he decidido arriesgarme por el bien general y no pensando en mis intereses.

—¿Y en qué consiste esa propuesta, si puede saberse? Aunque estoy seguro de que algunos de los presentes ya están al corriente… —deja caer Efialtes.

—Enseguida. Previamente, como decía al principio, quisiera hacer una breve evaluación de la coyuntura en la que nos encontramos para que ustedes mismos se labren su propia opinión más allá de la postura que han adoptado antes de entrar en esta sala.

Michelson compone un rictus cargado de solemnidad.

—En apenas una década hemos sufrido dos filtraciones importantes que todos conocen, por lo que voy a obviar los detalles. Primero la de Bujalesky y recientemente la de De Bruyn. Pero de lo que no sé si somos conscientes es de que la segunda es consecuencia de la primera. ¿Lo somos?

—¿Qué más da? Antes que esas hubo otras y otras llegarán —le interrumpe Minotauro—. Y sin embargo, todas ellas, todas sin excepción, se sellaron debidamente gracias a nuestros arcángeles. Bujalesky ya ni siquiera forma parte del recuerdo y la de De Bruyn está a punto de resolverse. En la próxima asamblea ni siquiera será digna de mención. No trate de asustarnos, su inexperiencia es lo que de verdad nos asusta.

—No me ofenderé por eso —esquiva Michelson haciendo alarde de la flema cargada en su ADN—. Mi reciente incorporación a esta organización es una fortaleza, no una debilidad.

Pausa.

—Aunque no me esté permitido mencionarlo, todos ustedes conocen el pasado profesional de mi padre. Y el mío. Dicho esto, si me permite unos minutos, le demostraré lo equivocado que está.

Y lo hace.

Esa es su especialidad, encender la mecha y esperar el momento propicio para estallar la dinamita. El objetivo no es otro que causar el mayor número posible de víctimas. Tras la detonación, los rostros de los custodios afines reflejan verdadera ira y fingida perplejidad. Los documentos que prueban que Alcides Edgardo Bujalesky sigue con vida circulan entre los miembros de la Asamblea.

—Corteza de Roble nos engañó a todos —concluye Michelson sin necesidad de endurecer el tono. El contenido de la frase es suficiente.

Otra pausa.

—Si esto es cierto —interviene por primera vez Caronte—, el hermano Efialtes tiene razón. El mayor peligro nos acecha desde dentro, sí, y ocupa el cargo de Gran Maestre.

Michelson sabe en ese momento que esta batalla está ganada.

Es hora de enarbolar su estandarte.

Puerto Iguazú

Provincia de Misiones (Argentina)

En las cabañas les ...