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ALEJANDRO SANZ. #VIVE

Óscar García Blesa

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Fragmento

 

«Vida, vida hasta la muerte, vida» me dijo mi hijo Dylan un día jugando… El tío…, ¡jugando! Porque la vida es un juego (de llaves y cerrojos). Me dan ganas de besaros las palabras y las voces, y de abrazar los lugares que mencionáis..., cada lágrima.

Y este libro cuenta no solo mi historia, sino la historia de todos los que estuvieron a mi lado de un modo u otro. Las versiones de cada uno a veces se contradicen, pero ¿no es eso vivir..., la versión de cada uno?

Gracias Óscar por tus ganas de saber, por tu entrega constante, por tu amor a la música, por hacer de este libro tu proyecto, gracias a tu familia por «aguantarnos» y por ser tu inspiración. Gracias a tod@s l@s que nos prestaron su voz, su memoria y su tiempo para estar en estas páginas. Gracias también a l@s que no quisieron estar, porque su silencio también cuenta una historia. Gracias a la música que va entrelazada con todas mis memorias, con todas mis esperanzas y mis sueños. Gracias a los relojes y a los relojeros y a las dudas y al envalentonamiento. A los tropiezos, a los manotazos, a los gigantes y a los molinos de viento. Gracias a las esquinas y a los espacios abiertos, a los espejos, a lo que quiero, quise... y a lo que terminaré queriendo. Gracias a ti que lees porque leyendo ejercitas el silencio, y la comprensión, y la empatía, y viajas a otras vidas y pones en orden el trastero donde guardas emociones y polvos y muebles y trapos viejos. Gracias a la vida porque a vivir se aprende viviendo.

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ALEJANDRO SANZ

Introducción

«La vida es demasiado corta como para no intentar hacer algo fascinante... ¡Corre! ¡Atrévete!».

Música: Antonio Vega, El sitio de mi recreo

Las cosas no suceden por casualidad, eso sería una explicación demasiado sencilla para todo lo inexplicable. La historia de este libro tiene su origen en algún momento de 1992, quizá un poco antes, pero ese dato en realidad no es tan importante.

En 1992, en España seguían enviando a los chicos al servicio militar. Yo soy chico y, por lo tanto, después de haber prorrogado hasta el límite legal mi incorporación a las escopetas, en algún momento de ese año me tocaría cumplir con doce meses de penitencia y hacer la mili. Mi futuro estaba escrito. O al menos eso pensaba yo entonces.

Hay una escena deliciosa de la película El curioso caso de Benjamin Button donde se explica que, ya sea casual o de manera deliberada, en nuestras vidas hay hechos aislados y sin aparente relación entre sí que determinan nuestro futuro. De manera que las casualidades no existen y las cosas simplemente ocurren, un ejemplo más de la teoría del caos. Un hecho pequeño y aislado provoca una sucesión de cambios en cadena que pueden derivar en uno mucho más relevante.

En la película, la protagonista sufre un accidente de coche que condicionará su actividad profesional. Eso forma parte de la trama, aunque lo verdaderamente importante sucede justo antes del accidente.

Volvamos por un instante al servicio militar. El caso es que el sorteo para conocer mi destino llevó mi nombre hasta Melilla. Ojo, no tengo nada en contra de la hermosa ciudad de Melilla, pero no me planteaba pasar un año de mi vida allí. Eso lo tenía bastante claro.

El plan B para los que no iban a la mili se llamaba «objeción de conciencia». No sé a quién se le ocurriría ese nombre, pero, en mi caso, la conciencia la tenía bien tranquila. Si se trataba de objetar, yo sería el primero de la lista. ¿Motivo?, ¿de verdad tenía que dar mis motivos?

Me enviaron a los servicios auxiliares nocturnos de Protección Civil en Boadilla del Monte. De vez en cuando conducía un 4×4 que hacía también las veces de ambulancia, y cuando tocaba echaba una mano en las actividades del pueblo que requerían «voluntarios». Ya puestos, hubiera querido hacer mucho más, pero la realidad es que allí mis servicios no hacían falta para nada. Mi horizonte en forma de doce meses llevaba escrita la palabra NADA en mayúsculas.

No hacer nada resulta agotador, así que en un arrebato de madurez espontánea decidí buscar trabajo. Da la casualidad de que mi pasión por la música no era algo nuevo; había demostrado cierta incompetencia como músico en bandas del barrio, escribía en un fanzine sobre todos los grupos que me gustaban y gastaba mi escueta paga en discos y conciertos. Era lo que se conoce como un perfecto freak musical.

El caso es que mi vecino, con el que yo jugaba al baloncesto los sábados, trabajaba en una compañía de discos. Aquel muchacho con pintas de cualquier cosa menos de ejecutivo discográfico me llamaba la atención: eso de trabajar en el mundo de la música definitivamente podía ir conmigo. Así que un día le pregunté: «¿Sabes si buscan gente en el sitio ese donde trabajas?». Me respondió que casualmente estaban buscando un vendedor para una de las zonas de Madrid. ¡Ay, la casualidad!

Hice la entrevista un día cualquiera por la mañana y esa misma tarde empecé a trabajar en Warner. Estuve allí más de diez años, después trabajé en Sony y en otras compañías musicales más adelante. Y hasta hoy.

Si en aquel sorteo la bolita con mi nombre me hubiera enviado a Valladolid en lugar de a Melilla. Si en lugar de gustarme la música mis aficiones fueran, por ejemplo, los coches y la mecánica. Si en vez de jugar al baloncesto los sábados hubiese jugado en un equipo de rugby universitario los domingos. Si en lugar de tener un vecino que trabajaba en Warner, este hubiese sido empleado de Banco de Sa­ba­dell. Si todo lo que sucedió hubiese ocurrido de otra manera, hoy, seguramente, no estaría escribiendo esto y, probablemente, nunca habría trabajado con Alejandro Sanz. ¿No es la vida un viaje maravilloso?

Tengo por costumbre salir a comer un menú cada poco tiempo con mis amigos del negocio de la música. Casi siempre visitamos locales donde cocinan platos caseros, lentejas y estofados, filetes con patatas o pescado a la plancha. Nada sofisticado, cuanto más sencillo, mejor.

Los amigos son un tesoro que hay que cuidar. De mis años en la industria guardo un buen puñado de recuerdos, casi siempre imágenes que asocio a la cara de una persona. Disfruto de la compañía de la buena gente.

A finales de 2015 disfrutaba de unas croquetas con ensaladilla rusa en un pequeño restaurante al principio de la calle Mauricio Legendre, en Madrid. ¡Qué gran invento la ensaladilla rusa!, que diría Eugenio.

Me acompañaba mi amigo Kiko Fuentes, con el que compartí los años de gloria del negocio, los últimos coletazos de la gran venta, o, recurriendo a metáforas culinarias, la última cena de la música en formato físico.

Nuestros temas de conversación son de lo más variopintos. Podemos empezar por la última salida de tono de algún político, reivindicar que aquel gol no fue en fuera de juego, comentar cualquier aspecto relativo a los equinos (tema en el que Kiko es eminencia), o, quizá, debatir si la ensaladilla rusa es en realidad un invento ruso o la brillante idea de algún paisano murciano o leonés, vete tú a saber.

De lo que sí estoy seguro es de que siempre terminamos hablando de la industria, y más concretamente de música. Y ese es un tema al que dedicamos la mayor parte del segundo plato, el postre y el café.

De entre los momentos vividos, Alejandro Sanz y su impresionante carrera musical ocupan un capítulo importante de nuestra vida personal y profesional. Haber podido participar, aunque sea tímidamente, del desarrollo del fenómeno artístico más relevante de la cultura popular en español de los últimos treinta años es, ante todo, un privilegio.

Alejandro provoca, entre los que alguna vez han trabajado junto a él, un sentimiento de lealtad inquebrantable. Por mucho que te alejes temporalmente de su círculo laboral, sus peripecias y, sobre todo, sus canciones, te mantienen cerca de él para siempre, como si se tratara de una especie de cordón umbilical invisible.

En aquel otoño de 2015, casi de manera telepática, Kiko y yo dibujamos un calendario imaginario y dijimos: «Qué fuerte, a la vuelta de la esquina se cumplen veinte años de “Más”». Pedimos la cuenta, pagamos y nos marchamos.

Durante las siguientes dos semanas empezamos a jugar con planteamientos de marketing, diseñamos una estrategia como si todavía estuviéramos trabajando con Alejandro, planeamos diferentes escenarios con ideas descabelladas y, una vez armado, lo repasamos. Aquel plan para celebrar los veinte años del disco más importante de la música española tenía, a nuestros ojos, buena pinta. Así pues, decidimos enseñarlo.

Mientras nos dirigíamos a nuestra primera reunión, nos imaginábamos que, a pesar de estar bien diseñado, aquella celebración, sin lugar a dudas, no se le habría escapado a nadie. Ante nuestra sorpresa, no habían caído en la efeméride. Les encantó la propuesta y salimos de allí más contentos que unas pascuas. En realidad no habíamos hecho nada todavía, pero, de alguna manera, sentíamos que aquel menú con ensaladilla había merecido la pena.

Nuestra primera reunión fue todo un éxito. Quedaba aún un segundo peldaño, el penúltimo antes de que Alejandro, la persona más importante de toda esta historia, supiera de nuestras intenciones.

Encarábamos con escepticismo nuestra cita: «Seguro que ya lo han pensado, seguro que ya lo tienen previsto». De nuevo, pecamos de pesimistas, salimos de allí con un apretón de manos y una consigna clara: se lo iban a contar a Alejandro.

Alejandro es un tipo fabuloso. Esto no lo digo gratis. Es un hombre excepcional con las ideas muy claras. De otra manera es imposible mantener una carrera de éxito como la suya durante más de veinticinco años. Ve las cosas muy rápido: si son, son; y si no, a otra cosa. Y aquello le gustó.

Pasaron algunas semanas y, en primavera de 2016, Alejandro me envió un mensaje de texto:

«Me encanta el proyecto, vamos adelante».

No me extenderé en los detalles del plan, pero, a grandes rasgos, la celebración del disco «Más» incluía un relanzamiento del álbum original en formato de lujo, una canción coral con las voces de los artistas más importantes del momento, la realización de un documental y un gran concierto que diera sentido y vigencia a todo. Ah, y un libro.

Este libro que tienes entre las manos es el resultado de más de un año de trabajo. Desde el primer momento tuve claro lo que no quería hacer. Dicho de otra manera, sabía el tipo de libro que quería escribir y aquello de lo que quería huir.

Alejandro invitaba a un viaje profundo y meditado por su vida y su fascinante carrera, y, en lugar de utilizar una sola voz narrativa, como es lo habitual, decidí que el libro debía tener múltiples voces y ser una historia oral contada por todos los actores que en algún momento habían intervenido en su vida.

Alejandro me dio el visto bueno al planteamiento, los dos queríamos escapar de la hagiografía y, tras un listado tentativo de voces invitadas, me puse manos a la obra.

Este libro recoge más de doscientos testimonios, personajes de todas o casi todas las disciplinas artísticas, y la voz del propio Alejandro. En sus páginas aparecen actores, músicos, pintores, chefs... También hay una representación importante de su familia y amigos. Se incluyen palabras de políticos, deportistas, periodistas y ejecutivos de la industria discográfica, un universo coral que se va entrelazando a lo largo de casi cincuenta años.

La gran mayoría de testimonios fueron recogidos en entrevistas personales. Algunas, por imposibilidad geográfica, se realizaron a través de Skype, FaceTime o herramientas de vídeo online similares. Si esto no era posible, recurría al teléfono, bien de manera directa o a través de notas de voz. En caso de que eso tampoco funcionara, algunos invitados enviaron sus palabras a través de correos electrónicos.

Por la estructura del libro y su mecánica de narración, algunas voces excepcionales como la de los padres de Alejandro, la de Paco de Lucía o artistas muy cercanos se hacían imprescindibles. En esos casos recogí testimonios puntuales extraídos de entrevistas ya existentes. Afortunadamente, esto ocurrió en contadas ocasiones. Al final de estas páginas se encuentran las fuentes originales de aquellos testimonios ajenos al trabajo de campo de este libro. Para facilitar la lectura se han incluido también todos los detalles de los personajes que aparecen a lo largo de la narración.

A lo largo de más de veintiséis años de carrera, Alejandro Sanz se ha consolidado como uno de los artistas más reconocidos e influyentes del mundo. Desde su debut, en 1991, ha vendido más de veinticinco millones de discos y es el artista español con mayor número de Premios Grammy, veinte latinos y tres americanos.

También ha realizado importantes colaboraciones con artistas internacionales de la talla de Alicia Keys, Shakira, Marc Anthony, Destiny’s Child, Laura Pausini, The Corrs, Ivete Sangalo, Emelie Sande, Juanes, Juan Luis Guerra, Alejandro Fernández o el legendario Tony Bennet entre otros. En España, Alejandro ha cantado con Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Niña Pastori, Paco de Lucía, Pepe de Lucía, Manolo García, Malú, David Bisbal, Pablo Alborán, Dani Martín, Pablo López, Vanesa Martín o Manuel Carrasco, entre muchos otros.

Alejandro es doctor honoris causa por la Universidad de Berklee, en Boston, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, Medalla de Oro de Andalucía y premio Visión en los Hispanic Heritage Awards otorgados por la Casa Blanca por su aportación a la música latina, Premio Billboard (EE.UU.), premio Ondas (España), premio Gardel (Argentina), premio Oye (México), Gaviota de Oro y Plata (Chile), entre otros muchos reconocimientos.

Activista social, Alejandro Sanz ha sido reconocido también por su gran implicación con organizaciones no gubernamentales como Save the Children, Greenpeace o Médicos sin Fronteras. Pionero en el uso de las redes sociales, con más de diecisiete millones de seguidores en Twitter, seis en Facebook y dos en Instagram, su influencia global tiende puentes entre España y América.

Esta es, hasta aquí, la parte conocida por todos. Ahora empieza la otra historia, la de cada uno de los personajes del libro a través de su propia voz. Cada uno echa mano de sus recuerdos y vivencias únicas, todos con apuntes que construyen y ayudan a entender una carrera deslumbrante. No hay dos versiones idénticas, aparecen incluso contradicciones ante un mismo suceso, pero, paradójicamente, la diversidad de la memoria traza una sola historia; todos, a su manera, me han enviado las mismas señales, un único mensaje: VIVE.

ÓSCAR GARCÍA BLESA

 
 
LIBRO I
Álex

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Alejandro Sánchez Pizarro

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Alejandro

«No voy buscando un techo ni un límite, nunca he buscado la cima de nada. Yo camino, y si hay una cima llegaré, o no... caminando. Pero no me voy a inventar montañas que no existen».

Música: Paco de Lucía, Reflejo de luna

ALEJANDRO SÁNCHEZ PIZARRO: Mi nombre es Alejandro Sánchez Pizarro, nací en Madrid y Cádiz, y crecí en medio mundo. No se me ocurre mejor plan para los próximos veinte años que seguir cantándoles.

No empecé a hacer música para vender discos. Cuando me preguntan qué hay que hacer para ser artista, respondo que lo primero es saber si se tienen el hambre y la capacidad de sacrificio suficientes. Esto exige mucho tanto a nivel físico como emocional. Te tienes que abrir en canal, mostrar lo que llevas dentro, y eso te vuelve vulnerable, porque todo el mundo puede opinar sobre ti. De modo que a la vez que te abres en canal tienes que ponerte una coraza. Es muy difícil. Tienes que ser permeable e impermeable al mismo tiempo, tratar de encontrar el equilibrio sin dejar cadáveres por el camino, porque en esa búsqueda a veces te equivocas y la pagas con quien no debes. Por otro lado, tienes que moverte con el mundo y mostrarte a la vez que te proteges. Es como un triple salto mortal.

Mi mundo interior es mi refugio y mi infierno. Ahí es donde libro mis batallas y gano y pierdo. Como todo el mundo, intento buscar el equilibrio sin hacer demasiados aspavientos y sin dejarme arrastrar por picos emocionales. Tengo mi hogar, mis amigos y mi familia, pero mi mundo interior es un paisaje que solo yo conozco. Tiene desiertos, aunque también orillas. No se parece a lo que vivimos fuera.

Creo en lo que vivo, creo que todo se va acumulando y que la única certeza que tenemos es la decisión que tomamos a cada segundo. Sé que estoy condenado a la música y, asimismo, la música lo está a mí: estamos condenados a entendernos para siempre y esa va a ser nuestra casa.

Siempre que compongo actúo para una sola persona, que soy yo mismo, uno de los públicos más críticos y más voraces que pueden existir. No me da miedo que no me aplaudan, pienso que en el escenario siempre lo voy a dar todo. Alguien me dijo que el mayor espectáculo del mundo es ver a alguien haciendo de sí mismo..., y, dándolo todo, siempre habrá alguien que te entregue su aplauso. La música siempre es búsqueda, como en la vida. Siempre voy y nunca vengo.

La vida no debería ser una terapia, sino una experiencia: no es posible arreglarlo todo. Parece que tenemos que aprender a hacerlo todo mejor, y a mí a veces las cosas me gustan tal como salen. Este pensamiento me ayudó mucho a la hora de cantar. Ahora ya no llego a notas tan altas como antes, y, sin embargo, canto mucho mejor porque descubrí que no tenía por qué hacerlo todo como se supone que debe hacerse. Al principio fui muy ortodoxo en la forma de hacer las cosas, pero con el tiempo empecé a ser abstracto.

La certeza no lleva a ningún lado, es mala consejera. Suele ser arrogante y te quita la razón simplemente porque crees que la llevas. La duda es mejor compañera, es la única que siempre te va a exigir un poco más y la que te va a hacer mejorar. Si no tienes dudas, es que ni siquiera te pareces al resto de los seres humanos.

Los músicos tenemos un papel en la sociedad, no solo para dar visibilidad o poder poner el foco ahí donde haya injusticias, sino porque para mí la madre de todos los problemas, el rostro que le pondría al demonio, es ese justamente, el de la injusticia. El hambre, la guerra, las enfermedades, los prejuicios, las desigualdades son hijos de la injusticia. De alguien que se cree superior a los demás, o es un avaro, o no quiere invertir en investigación médica porque prefiere ganar más dinero.

Creo sinceramente que existen dos bandos; uno de gente que se dedica a hacer el mal. Ellos no piensan que son malos, pero solo buscan su propio beneficio y no les interesa absolutamente nada lo que le ocurra al resto del mundo, no piensan más allá de lo que suceda mañana por la tarde. Y hay otro bando que no está compuesto por superhéroes, sino por gente que con su trabajo y su día a día demuestra que hace el bien. Los que nos dedicamos a una disciplina artística, cada uno con sus convicciones y diferentes ideologías, estamos del lado de la luz.

Jesús Quintero me preguntó una vez: «¿Qué hace usted por los demás?», y le respondí: «Pues, hombre, no jodo mucho». Creo que si nos molestásemos en no joder al prójimo, el mundo sería un lugar bastante mejor.

No voy buscando un techo ni un límite, nunca voy tras la cima de nada. Yo camino, y si hay una cima llegaré, o no... y lo haré caminando. Pero no me voy a inventar montañas que no existen.

No guardo lo negativo en la mochila, no tengo la suficiente memoria y, además, tengo la sensación de que, si me quejo, me caerá un rayo y me partirá en dos. No recuerdo nada especialmente malo en este viaje; me he perdido cosas, seguro, pero ha merecido la pena. Y ese es mi tesoro, no guardar malos recuerdos de nadie. El rencor y el arrepentimiento no me aportan nada. Prefiero olvidar.

Se cumplen veinte años desde que lancé «Más». Estos veinte años han pasado volando, con trabajo parece que el tiempo corra más deprisa aún. Pero no cambiaría por nada ni uno solo de los segundos de estos veinte años. Bueno, ahora veo vídeos de más jovencito y me veo muy roneante. Si pudiera viajar en el tiempo, me diría: «Déjate de pamplinas, ¿tú te has visto la camisa que llevas? ¿Y los pantalones que te quedan grandes?».

Vamos a por otros veinte años.

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Barrio

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Alejandro y su hermano Jesús

«Viaja a los rincones que significan algo para ti, allí donde ocurrieron las cosas importantes de tu vida».

Música: Romero San Juan, Pasa la vida

Voy andando por la calle de Alcalá y hoy hace frío. Hasta llegar a la plaza de toros de Las Ventas, que en este punto exacto se levanta majestuosa a mi izquierda, el camino ha sido una amable y prolongada cuesta abajo. Atravieso el puente que cruza la M-30 y la calle ahora mira hacia arriba, cada edificio cambia de color y los comercios huelen a barrio. Dejando atrás el metro del Carmen y después Quintana, empieza esa otra ciudad de pequeñas tiendas y edificios de colores cambiantes. Al llegar a Pueblo Nuevo, una callecita con nombre de músico te da la bienvenida a tu derecha. Vicente Espinel, sacerdote, músico y escritor malagueño del Siglo de Oro que a partir de sus diversas rimas de 1591 transformó la estructura de la décima estrofa, conocida también como espinela. Espinel se hizo famoso porque dio a la guitarra su quinta cuerda, añadiendo una más aguda a las cuatro existentes en aquel momento.

Fue en el número 27 de la madrileña calle de Vicente Espinel donde nació y creció un niño que abrazó una guitarra desde la misma cuna. Que fuera precisamente en aquella calle no puede ser casualidad.

El niño se llamaba Alejandro.

ALEJANDRO: El primer regalo que me hizo mi padre fue una raqueta. La cogí frente al espejo como si fuera una guitarra. La mayor locura que he hecho en la vida ha sido dedicarme a la música contra viento y marea. Aquello me cambió la vida.

JESÚS (PADRE): Yo quería que mis hijos eligieran. Y Alejandro me dijo un día que él terminaría los estudios, aunque luego se dedicase a la música. Le gustaba tanto que hasta se olvidaba de comer o de irse a dormir.

ALEJANDRO: Mi padre fue uno de mis héroes, con todos sus defectos y virtudes. Y mi madre también, una superviviente de una familia de siete hermanos siendo ella la única mujer. Vi a esas dos personas luchando en desigualdad de condiciones contra la vida para sacar adelante una familia; una lucha marcada por su amor a sus hijos. Tengo un hermano mayor. Dormíamos en el mismo cuarto y eso crea vínculos, pero también genera peleas.

JESÚS (HERMANO): Nuestra relación es la normal entre hermanos. Siendo chicos, nos peleábamos por juguetes. Él siempre ha sido una persona muy independiente, necesita su espacio. Tiene una imaginación y un poder de creatividad tan grande que a veces desaparece. Y nuestra relación es y era así: le gustaba estar consigo mismo, meterse en su cuarto y a veces desaparecer. Hoy en día tenemos la confianza de hermanos: cuando me pregunta, le doy mi opinión. Si no me pregunta, no me meto.

Mi hermano y yo nos parecemos en la voz. También con mi padre. Siempre decían que teníamos la misma voz..., pero el oído no.

Los dos tenemos un pronto fuerte, de esos en los que hay que contar «uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, yo me calmaré y todos lo veréis», y hay que practicarlo a menudo. Creo que somos gente humilde, y eso es algo que no se puede impostar: la gente se da cuenta.

Nuestra primera casa estaba en Vicente Espinel, en Ciudad Lineal, en el metro de Pueblo Nuevo. Toda nuestra infancia, desde que nacimos y hasta los doce años, la pasamos allí. Entrabas y había un pasillito, a la derecha la cocina, a la izquierda un cuarto de baño con bañera, luego un salón, y del salón salían todas las habitaciones: la de mis padres (la más grande), una terraza desde donde le tirábamos latas a los vecinos de abajo, y luego estaba la nuestra, con literas. Alejandro dormía abajo y yo arriba. Había otro cuarto con terraza que mi madre tenía alquilado a unas monjas de Palencia: Puri, Dorita y Feli, todas maestras de escuela. Cenaban en el salón con nosotros. Puri me enseñó a tocar la flauta dulce.

Alejandro y yo pasábamos mucho tiempo en la terraza de arriba hablando con Javier y su hermano César. Josefa, su madre, tuvo que poner una uralita de plástico por miedo a que un día descalabráramos a alguien de las cosas que tirábamos. Había otra vecina que se llamaba Choni, cuatro o cinco años mayor que nosotros, y que de vez en cuando, si mi madre tenía que salir, venía para cuidarnos. Y también dos gemelas que vivían justo al lado, Lidia y Esperanza.

LIDIA: Somos un año mayores que Alejandro, justo un año, nacimos el 17 de diciembre. Yo soy la mandona, la organizada, mi hermana es más caótica.

ESPERANZA: Nosotras somos de la calle paralela a Vicente Espinel, de Río Ulla. A partir de quinto de EGB empezamos a ir juntos al colegio Nuestra Señora del Rosario los cinco: mi hermano Santiago, Jesús y Alejandro y nosotras dos.

LIDIA: Alguna vez subíamos a su casa, con suelo de loseta, no muy grande, una casa sin ascensor. Era parecida a la nuestra. Antes vivíamos seis y ahora es un apartamento. Nos sentimos orgullosas de lo mucho que nuestros padres lucharon por nosotras. Estoy segura de que Alejandro siente lo mismo por todo lo que ha logrado y por su familia: humildes, pero siempre tirando hacia delante.

ANTONIO CARMONA: Él viene, como yo, de un barrio humilde. A pesar de lo reconocido que es en todo el mundo, no se le va la olla ni mijita. Siempre con los pies en el suelo.

Alejandro Sanz creció en un barrio de los de antes. Barrios ahora en peligro de extinción, como pequeñas ciudades en las que, más que vecinos, había amigos. Estaba la carnicería, la papelería. Y el bar, pero el bar no era únicamente un lugar para juntarse alrededor de tazas de café, de cervezas o partidos de fútbol los domingos. Era una segunda casa.

JESÚS (HERMANO): Enfrente de casa se encontraba el bar La Ochava, que ahora ya no está, donde todos los domingos tomábamos con mi padre el corto-clara, un poco de cerveza y mucha gaseosa, y jugábamos a las máquinas de bolas. Recuerdo que nos ponían unas patatas asadas peladas con sal que preparaba la señora en la olla exprés. Antes la gente alternaba más y hacía vida en el bar; una ronda la pagaba mi padre, otra el mecánico, así funcionaba. Yo voy a menudo por allí a pasear.

ESPERANZA: Al lado de su casa había una plaza donde jugábamos al rescate. Llamábamos a los portales y Alejandro y Jesús bajaban a jugar. Justo enfrente de nosotros vivía el Fary, y, al lado, Verónica Forqué.

JESÚS (HERMANO): Debajo de nuestra casa había una galería de alimentación donde nuestra madre hacía la compra y que debe llevar cerrada prácticamente desde entonces. Solíamos ir al cine a la sesión de mañana a ver películas de Bud Spencer y Terence Hill en una sala de la calle Alcalá. Recuerdo también que en el barrio había muchos descampados donde jugábamos a las canicas, a la presa y a cosas de niños. Cuando llovía volvíamos a casa embarrados hasta las orejas.

LIDIA: Era un barrio de clase media baja de toda la vida, con una panadería, una farmacia que hacía esquina justo en su calle y tres cosas más. Nuestra familia era humilde, de clase trabajadora: mi padre carnicero en el barrio de Ventas y mi madre ama de casa con cuatro niños.

JESÚS (HERMANO): En la panadería comprábamos unos donuts de azúcar que iban envueltos en un trozo de papel marrón que recortaban y que estaban riquísimos. Había también una papelería que se llamaba Heraclio cuyo dueño tenía un zapato con un tacón muy alto de madera, y a Alejandro y a mí nos gustaba mirarle el zapato.

ALEJANDRO: Nuestra casa respiraba a barrio de verdad. Solía pasar mucho rato en mi habitación y desde la ventana de mi cuarto veía un patio interior, ropa colgada, poca cosa más. Las mañanas de domingo había un cierto ambiente y cuando hacía bueno se oían las radios y las canciones que escuchaban los vecinos...

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Jesús Sánchez Madero

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Jesús, su padre

«Me veía frente al espejo con la raqueta de tenis tocando. Fíjate lo que cambia la vida de una persona solo con un detalle como que tu madre te apunte a una clase...».

Música: Alejandro Sanz, Ese que me dio la vida

Resulta imposible comprender el camino vital de Alejandro sin profundizar en la figura de su padre. Jesús Sánchez Madero, natural de la misma bahía de Algeciras, creció entre el calor del Mediterráneo y la bravura del Atlántico. Flamenco y un artista, fue el principal responsable de sembrar la semilla del arte en su hijo pequeño. Desde el primer día en que Alejandro le habló de su verdadero amor por la música, su padre lo acompañó en el difícil viaje del músico que trata de abrirse camino y encontrar su lugar.

Como padre y como músico entendió mejor que nadie que, en las aventuras que estaban por venir, Alejandro iba a necesitar de su apoyo incondicional.

Y aquella fue su misión: acompañarlo cada día.

JESÚS (HERMANO): Mis padres se casaron, llegaron a Madrid y se instalaron en Pueblo Nuevo. El alquiler del piso le costaba cinco mil quinientas pesetas al mes. En Algeciras no había futuro para un cantante con ambiciones, aunque antes que artista fue «el Jesuli» en el Algeciras C. F.

JESÚS (PADRE): Sufrí una lesión de la columna vertebral y tengo un principio de parálisis en la pierna izquierda, de manera que lo tuve que dejar. Por eso cojeo bastante...

JESÚS (HERMANO): El amor de Alejandro por el flamenco lo ha heredado de nuestro padre y de los veranos en Algeciras. Nuestro padre era amigo del padre de Paco de Lucía, Antonio, y de su hermano Ramón. Se examinó de artista el mismo día que Paco en una sala de fiestas en Sevilla. En los cincuenta, se necesitaba un carnet sindical, y mi padre aprobó cantando La española. Paco de Lucía iba en pantalón corto. Tenía catorce años.

MÓNIKA BELLIDO: La pasión por el flamenco a mí me la transmitió mi madre, y a Alejandro, su padre. Esa faceta suya proviene de esta rama familiar.

JESÚS (HERMANO): La música llenó nuestra infancia. En casa mi padre escuchaba a Alberto Cortez, los boleros de su amigo Moncho, a Vicente Fernández o a Los Panchos. Y también rumbitas de Peret que tocaba mi padre con Alejandro.

ALEJANDRO: Mi padre llevaba en el coche siempre música flamenca y me molestaba cuando venían mis primos y ponían a Parchís, con todo mi respeto para ellos porque forman parte de la infancia de todos.

JESÚS (HERMANO): Cuando pienso en mi padre me vienen recuerdos curiosos. Llevaba el coche, que era su herramienta de trabajo, hasta una fuente para limpiarlo, con su esponja y su cubo, allí al lado del puente, literalmente en medio de la calle. Entonces era lo normal, no había túneles de lavado ni cosas de esas. Eso sí, cuando le tocaba revisión lo llevaba al taller de Río Ulla.

MÓNIKA BELLIDO: En cuanto podía, mi tío Jesús sacaba la guitarra, porque era artista y eso es muy importante para la formación de un futuro músico. Todo eso marca tu identidad para siempre. Yo a mi primo Jesús le quiero muchísimo, pero es más de la rama de los Pizarro, y Alejandro, en eso, es más Sánchez.

MIGUEL ÁNGEL ARENAS «CAPI»: Su padre para él fue lo más grande. Yo tuve la suerte de tratarle y era un hombre maravilloso. Alejandro es muy parecido a él, con su mismo carácter. Tenía un amor y un respeto por su hijo impresionante, y también una manera muy especial de ayudarle, todo ello sin ejercer de «padre de artista». No me extraña que Alejandro lo tenga en un altar.

ANTONIO CARMONA: Su padre era sus pies y sus manos. De él empezó a beber la música. Era genial, simpático, con una actitud muy flamenca, me recordaba a mi padre, siempre buenas palabras y mucho cariño.

Jesús padre empezó a tocar la guitarra a los diecisiete años en Algeciras. Allí creó, junto a dos chicas, el Trío Juventud. Cuando llega a Madrid a mediados de los años sesenta, y con dos hermanos de San Roque, surge su formación musical más relevante, el grupo Los 3 de la Bahía, con el que editó en 1972 el sencillo de flamenco-pop Que lo pase bien. En 1976 llegó un nuevo sencillo con Benidorm y España es diferente, y el álbum con doce canciones del maestro Quiroga. Acompañó a Dolores Vargas, a Manolo Escobar, trabajó con Lola Flores y pasó mucho tiempo recorriendo todas las salas de fiesta y teatros de variedades de España. Fueron casi veinte años en la carretera, como guitarrista y voz cantante. Toda una vida.

TÍA CRISTINA: Jesús se había venido a Madrid cuando empezó a cantar con Los 3 de la Bahía en el 1966 o así. Antes tuvo el Trío Juventud con dos chicas en Algeciras, y cuando ellas se echaron novio lo dejaron, y Jesús se juntó con otros dos y formaron el grupo.

JESÚS (HERMANO): Los locales de Madrid abrieron sus puertas a Los 3 de la Bahía de par en par. Nombres legendarios de la noche juerguista de los sesenta como Saratoga, Pasapoga, George’s Club, El Molino Rojo o Nueva Romana... Por los espectáculos de Los 3 de la Bahía desfilaba todo el Madrid de la fiesta: Lola Flores, Felipe Campuzano, Marisol...

JESÚS (PADRE): Lola Flores abrió un restaurante-espectáculo que se llamaba Caripén, donde nosotros dimos bastante juego. Se sentaba al piano Felipe Campuzano y nosotros hacíamos nuestras canciones. Pero luego llegaban Marisol y muchas otras cantantes y me pedían que las acompañara. Nunca he sido un virtuoso de la guitarra, pero enseguida sabía seguir una rumba, un tango o lo que fuera. Lo hice con la propia Lola: Felipe Campuzano al piano, el Pescaílla a la guitarra y nosotros tres, yo a la guitarra y mis compañeros a las palmas. Lola me impresionaba. Ahí mismo, en el pequeño escenario que tenía el restaurante, hacía de pronto un revuelo con las manos y se me ponían los pelos de punta de la fuerza que transmitía esa mujer.

ALEJANDRO: Mi padre se pasaba todo el tiempo viajando con su grupo. Estábamos meses sin verlo, con lo que estuvo casi ausente en nuestra infancia. No es ningún reproche, lo que hacía era trabajar para traer el pan a casa.

JESÚS (HERMANO): Nuestro padre amenizaba las salas de fiesta con canciones, boleros, contaba chistes... Lo veíamos de pascuas a ramos. Tiraba con el 600 para el norte y se pasaba allí quince días, un mes, seis meses trabajando y viajando por aquellas carreteras antiguas. Siempre recordaba que le había dado dos vueltas al marcador del 600. Echaban la guitarra con su funda negra atrás, y a recorrer España.

JESÚS (PADRE): Trabajábamos muchísimo, a veces hasta dos o tres sesiones diarias. Cuando mataron a Kennedy estábamos actuando con Dolores Vargas en el Villa Marta de Jerez, el teatro con los mejores camerinos de la época, que tenían hasta ducha. El día del atentado de Carrero Blanco nos encontrábamos en Valencia.

JESÚS (HERMANO): A su regreso nos contaba sus aventuras con el coche, como cuando patinaba por suelos congelados sin poder frenar o veía camiones grandotes tirados en los arcenes, un peligro.

ALEJANDRO: En Madrid, mi familia se mantenía gracias a sus ingresos como artista y también a las ventas de libros a domicilio que hacía nuestro padre. No teníamos televisión, recuerdo los armarios pequeños, con poca ropa y muchos libros... En mi casa no había otra cosa que libros, todos los que mi padre no vendía, así que leías o leías. Siempre me ha gustado leer. El primer libro que cogí fue Papillon, y a partir de entonces me enganché a la lectura y hasta la Biblia me leí en casa. Cien años de soledad, por ejemplo, lo leí con catorce años.

JESÚS (HERMANO): Fueron casi veinte años en la carretera. Mientras realizaba turnés de medio año, nuestra madre cuidaba de mi hermano y de mí. Cuando mi padre regresaba de los viajes largos, pasaba mucho tiempo con nosotros y aprovechábamos para estar el mayor tiempo posible juntos. Nos llevaban al cine a ver E. T. o La guerra de las galaxias, recuerdo que fuimos los cuatro a verla y nos dejó locos.

Los fines de semana íbamos a comer... ¡a un chino! Algo que por entonces era como una cosa muy extraordinaria. Había uno en plaza de España que era una cosa rara rara. También frecuentábamos el restaurante Las Moreras, en la carretera de Barcelona, y comíamos chuletitas. Quedábamos con mis tíos Manolo y Pepa, los primos José Manuel y Mónika. Con mi tío Pepe y mi tía Cristina íbamos de pícnic a la Casa de Campo, con los huevos duros, los filetes de pollo empanados, el pan, la tortilla, las cartas, y jugábamos al plato. Allí jugábamos al tenis «los polletes», que así es como nos llamamos entre los Pizarro.

TÍA CRISTINA: Con el tiempo, Jesús se hizo representante de artistas. Por la mañana yo era secretaria en Movierecord y por las tardes trabajé con Jesús en su oficina de Gran Vía 80, donde el cine Coliseum, durante diecisiete años.

Alejandro describió a su padre de manera costumbrista en la canción Ese que me dio la vida: «Con tu sonrisa de medio lao, con tu eterno cigarrillo, con tu cojera y tu descuido, no eres solo aquel que firma en el libro de familia, ni eres silencio en el sofá viendo un partido en zapatillas, eres mucho más, eres ese que me dio la vida»...

Jesús era un hombre sabio, de sonrisa cercana y cálida, uno de esos tipos discretos que usa las palabras justas. Tuve la suerte de conocerle y siempre me saludaba con gesto amable, como quitándose importancia. Te hacía saber que el importante era otro, que él solo pasaba por allí.

Cada vez que Alejandro editaba algo, un single, una edición especial, un afiche de un concierto, lo que fuera, Jesús llamaba y pedía que le guardara «unos pocos», decía, «para el archivo». Jesús lo guardaba todo, su hijo le llenaba de orgullo. Debido a su trabajo, Jesús disfrutó poco del Alejandro niño. Sin embargo, la segunda parte de su vida la iba a disfrutar entera...

JUAN RAMÓN RAMÍREZ: Jesús estaba muy involucrado en la carrera de Alejandro, y disfrutaba mucho con las relaciones públicas. Era el presidente honorífico de los clubs de fans y, de hecho, su pérdida fue muy sentida por las seguidoras.

PEPE BARROSO: De Jesús recuerdo que, estando en casa de Alejandro, se levantaba de noche a tomarse un vaso de leche y te decía siempre dos o tres frases graciosas como de compinche, de su mundo de la rumba y la música. Siempre estaba detrás de su hijo, pero lo hacía con una discreción y una caballerosidad fuera de lo normal.

GERE: Venía mucho a los conciertos y disfrutaba muchísimo del éxito de su hijo. Era una gran persona y un tipo muy divertido. Para Alejandro, tener al lado a su padre, que además sabía muy bien cómo funcionaba el mundo de la música, era un pilar de confianza tremendo. Jesús le daba muy buenos consejos cuando Alejandro todavía era muy joven y la ilusión podía llegar a confundirlo.

JU ...