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AMERICANAH (EDICIóN ESPECIAL LIMITADA)

Chimamanda Ngozi Adichie

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Fragmento

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Princeton, en verano, no olía a nada, y si bien a Ifemelu le gustaba el plácido verdor de los numerosos árboles, las calles limpias y las casas regias, las tiendas con precios exquisitamente prohibitivos y el aire tranquilo e imperecedero de elegancia ganada a pulso, era eso, la falta de olor, lo que más la atraía, quizá porque las otras ciudades estadounidenses que conocía bien poseían olores muy característicos. Filadelfia exhalaba el tufo a viejo de la historia. New Haven olía a abandono. Baltimore olía a salitre, y Brooklyn a basura recalentada por el sol. Princeton, en cambio, no tenía olor. Allí le gustaba respirar hondo. Le gustaba observar a los habitantes, que conducían con ostensible cortesía y aparcaban sus coches último modelo frente a la tienda de alimentos ecológicos de Nassau Street o frente a los restaurantes japoneses o frente a la heladería que ofrecía cincuenta sabores distintos, incluido el de pimiento morrón, o frente a la estafeta de correos, donde los efusivos empleados salían a la entrada a recibirlos en el acto. Le gustaba el campus, imbuido de la solemnidad del conocimiento, los edificios góticos con sus muros revestidos de enredaderas, y ese momento en que, llegada la penumbra de la noche, todo se transformaba en un escenario espectral. Le gustaba, en particular, que en ese entorno de próspero desahogo, ella pudiera fingir ser otra persona, una persona admitida expresamente en un sacrosanto club estadounidense, una persona ornada de certidumbre.

Pero no le gustaba tener que desplazarse hasta Trenton para trenzarse el pelo. No cabía esperar que en Princeton hubiera una peluquería donde trenzaran el pelo —las pocas negras que había visto en la ciudad tenían la piel tan clara y el pelo tan lacio que no se las imaginaba con trenzas—, y aun así, mientras esperaba el tren en la estación de Princeton Junction una tarde sofocante, se preguntaba por qué no había allí ningún sitio donde trenzarse el pelo. La chocolatina que llevaba en el bolso se había derretido. En el andén aguardaban unas pocas personas más, todas blancas y delgadas, con ropa corta y ligera. El hombre más cercano a ella comía un cucurucho; eso siempre le había parecido un tanto irresponsable, que un hombre estadounidense adulto comiera cucuruchos, y muy en especial que un hombre estadounidense adulto comiera cucuruchos en público. Cuando el tren apareció por fin entre chirridos, el hombre en cuestión se volvió hacia ella y dijo: «Ya era hora», hablándole con la familiaridad que adoptan los desconocidos después de compartir la decepción de un mal servicio público. Ella le sonrió. El hombre llevaba peinado hacia delante el cabello entrecano de la parte de atrás de la cabeza, un recurso cómico para disimular la calva. Debía de ser profesor universitario, pero no de humanidades, o habría sido más timorato. De una ciencia sólida como la química, quizá. En otro tiempo ella habría contestado: «Desde luego», esa peculiar expresión que manifestaba conformidad más que cuantificación, y acto seguido habría entablado conversación con él, para ver si contaba algo que pudiera utilizar en su blog. La gente se sentía halagada cuando se le preguntaba acerca de sí misma, y si ella permanecía callada cuando su interlocutor acababa de hablar, lo inducía a decir algo más. La gente estaba programada para llenar los silencios. Si alguien le preguntaba a qué se dedicaba, ella respondía vagamente: «Escribo un blog sobre estilo de vida», porque decir «Escribo un blog anónimo titulado Raza o Diversas observaciones acerca de los negros estadounidenses (antes denigrados con otra clase de apelativos) a cargo de una negra no estadounidense» los incomodaría. Lo había dicho, no obstante, unas cuantas veces. Una a un blanco con rastas que se sentó a su lado en el tren, su pelo semejante a viejas cuerdas de bramante terminadas en pelusa rubia, su andrajosa camisa lucida con devoción suficiente para convencerla de que era un guerrero social y podía ser un buen bloguero invitado. «Hoy día la raza está sobredimensionada, los negros tienen que superar lo suyo, ahora todo se centra en la clase, los ricos y los desposeídos», declaró él con tono ecuánime, y ella lo usó como encabezamiento de un post titulado: «No todos los estadounidenses blancos con rastas pasan». Otro caso fue el hombre de Ohio, que viajó apretujado junto a ella en un avión. Un ejecutivo intermedio, estaba segura, a juzgar por el traje amorfo y la camisa con el cuello de distinto color. Este quiso saber qué se entendía por «blog sobre estilo de vida», y ella se lo explicó, previendo que él se refugiaría en una actitud reservada, o pondría fin a la conversación con una frase defensivamente insulsa como «La única raza que importa es la raza humana». En cambio dijo: «¿Ha escrito alguna vez sobre la adopción? En este país nadie quiere niños negros, y no me refiero a los birraciales, me refiero a los negros. Ni siquiera las familias negras los quieren».

Le contó que su mujer y él habían adoptado a un niño negro, y sus vecinos los miraban como si fueran mártires de una causa dudosa por propia elección. Su post sobre él en el blog, «Los ejecutivos intermedios blancos mal vestidos de Ohio no siempre son lo que parecen», fue el que más comentarios recibió ese mes. Aún se preguntaba si él lo habría leído. Esperaba que sí. A menudo, sentada en cafeterías, o aeropuertos, o estaciones de ferrocarril, observaba a los desconocidos, imaginaba sus vidas y se preguntaba quiénes entre ellos habrían leído su blog. Ahora ya su ex blog. Había escrito el último post hacía solo unos días, con una estela de doscientos setenta y cuatro comentarios hasta el momento. Todos esos lectores, en aumento mes a mes, con sus enlaces y sus envíos cruzados, que sabían tanto más que ella… siempre la habían asustado y entusiasmado a la vez. DerridaSáfica, una de las participantes más asiduas, escribió: «Me sorprende un poco que esté tomándome esto de manera tan personal. Suerte en ese “cambio de vida” indeterminado que planeas, pero vuelve pronto a la blogosfera, por favor. Has empleado esa voz tuya, tan irreverente, intimidatoria, divertida y estimulante, para crear un espacio donde mantener conversaciones reales sobre un tema importante». Los lectores como DerridaSáfica, que en sus comentarios desgranaban datos estadísticos y usaban palabras como «reificar», ponían nerviosa a Ifemelu, le despertaban el deseo de ser original e impresionar, y con el paso del tiempo empezó a sentirse como un buitre hincando el pico en la carroña de experiencias ajenas en busca de algo que utilizar. A veces introducía frágiles vínculos con la raza. A veces sin creerse a sí misma. Cuanto más escribía, menos segura se sentía. A cada post se desprendía una escama más de su propia identidad, y al final se sintió desnuda y falsa.

El hombre del helado se sentó junto a Ifemelu en el tren, y ella, para no dar pie a la conversación, fijó la mirada en una mancha marrón cerca de sus pies, un frapuchino derramado, hasta que llegaron a Trenton. Abarrotaban el andén personas negras, muchas de ellas gordas, con ropa corta y ligera. Aún la sobrecogía que unos minutos de viaje en tren representaran una diferencia tan grande. Durante su primer año en Estados Unidos, cuando tomaba un tren desde New Jersey Transit hasta Penn Station y luego el metro para visitar a la tía Uju en el barrio de Flatlands, le llamaba la atención que los viajeros que se apeaban en las paradas de Manhattan fueran en su mayoría blancos y esbeltos y, a medida que el tren se adentraba en Brooklyn, los viajeros fueran en su mayoría negros y gordos. Aun así, en su cabeza no usaba la palabra «gordos» al pensar en ellos; usaba la palabra «grandes», porque una de las primeras cosas que le dijo su amiga Ginika fue que, en Estados Unidos, «gordo» era un término ofensivo, tan cargado de enjuiciamiento moral como «idiota» o «mamón», no simplemente descriptivo como «bajo» o «alto». Así que había excluido «gordo» de su vocabulario. Pero «gordo» volvió a Ifemelu el invierno anterior, después de casi trece años, cuando un hombre, detrás de ella en la cola del supermercado, masculló: «A los gordos no les conviene comer esa mierda», mientras ella pagaba por una bolsa de Tostitos de tamaño familiar. Ella, atónita, ligeramente ofendida, le lanzó una mirada, y lo consideró un post perfecto para el blog, el hecho de que aquel desconocido hubiera decidido que estaba gorda. Pondría al post la etiqueta «raza, género y envergadura corporal». Pero ya en casa, de pie ante la verdad del espejo, comprendió que había cerrado los ojos, durante demasiado tiempo, a la nueva tirantez en su ropa, la fricción en la cara interna de los muslos, el temblor, cuando se movía, de las partes más fofas y redondas de su cuerpo. Ciertamente estaba gorda.

Pronunció la palabra «gorda» despacio, paladeándola, y pensó en todas las demás cosas que había aprendido a no decir en voz alta en Estados Unidos. Estaba gorda. No era curvilínea ni tenía los huesos grandes; estaba gorda: esa era la única palabra que le sabía a verdad. Y había cerrado los ojos, asimismo, al cemento depositado en su alma. Su blog iba sobre ruedas, con millares de visitantes únicos todos los meses, sus honorarios por charlas eran aceptables, y disfrutaba de una beca de investigación en Princeton y una relación con Blaine —«Eres el gran amor de mi vida», había escrito él en su última felicitación de cumpleaños—, y a pesar de todo tenía cemento depositado en el alma. Eso llevaba ahí ya un tiempo, un trastorno de fatiga a primera hora de la mañana, una pesadumbre y una insularidad. Llegó acompañado de afanes amorfos, deseos indefinidos, breves atisbos imaginarios de otras vidas que acaso podría estar viviendo, y con el transcurso de los meses todo eso se fundió en una desgarradora añoranza. Exploró páginas web nigerianas, perfiles nigerianos en Facebook, blogs nigerianos, y cada clic del ratón sacaba a la luz una historia más de una persona joven que había vuelto recientemente al país, revestida de títulos académicos estadounidenses o británicos, para crear una sociedad de inversión, una productora musical, un casa de modas, una revista, una franquicia de una cadena de comida rápida. Contempló fotografías de esos hombres y mujeres y sintió el dolor sordo de la pérdida, como si ellos le hubiesen abierto la mano por la fuerza y le hubiesen arrebatado algo que era suyo. Vivían la vida de ella. Nigeria se convirtió en el lugar donde debía estar, el único sitio donde podía hundir sus raíces sin el incesante anhelo de arrancarlas y sacudirse la tierra. Y estaba también Obinze, claro. Su primer amor, su primer amante, la única persona con quien nunca había sentido la necesidad de explicarse. Ahora él era marido y padre, y habían perdido el contacto hacía años; así y todo, no podía engañarse pensando que él no formaba parte de su añoranza, o que ella no se acordaba de él con frecuencia, cuando en realidad examinaba su pasado juntos, buscaba augurios de algo que era incapaz de nombrar.

El grosero desconocido del supermercado —quien a saber con qué problemas debía lidiar él mismo, viendo las marcadas ojeras y los finos labios que tenía— se proponía ofenderla y en cambio, con su pulla, la había despertado.

Empezó a planear y a soñar, a presentar solicitudes para empleos en Lagos. Al principio no se lo dijo a Blaine, porque quería completar el período cubierto por la beca en Princeton, y luego, cuando acabó la beca, no se lo dijo porque quería concederse un tiempo para estar segura. Pero, con el paso de las semanas, supo que nunca estaría segura. Le dijo, pues, que volvía a su país sin más, y añadió: «Tengo que hacerlo», consciente de que él oiría en sus palabras el sonido de un final.

«¿Por qué?», preguntó Blaine, casi automáticamente, estupefacto ante el anuncio. Allí estaban, en el salón de la casa de Blaine en New Haven, envueltos por el suave jazz y la claridad del día, y ella lo miró, al bueno de él, perplejo, y tuvo la sensación de que el día adquiría un cariz triste, épico. Vivían juntos desde hacía tres años, tres años sin una sola arruga, como una sábana bien planchada, hasta su única pelea, hacía unos meses, cuando Blaine, helándosele la mirada en una expresión de reproche, se negó a dirigirle la palabra. Pero habían sobrevivido a esa pelea, gracias en esencia a Barack Obama, renovando sus lazos por medio de su común pasión. La noche de las elecciones, antes de que Blaine la besara, su rostro bañado en lágrimas, la estrechó con fuerza como si la victoria de Obama fuese también una victoria personal de ellos dos. Y ahora iba ella y le decía que todo había terminado. «¿Por qué?», preguntó él. En sus clases Blaine enseñaba ideas con matices y complejidad, y aun así le pedía una única razón, la causa. Pero Ifemelu no había experimentado una epifanía nítida y no había causa; era sencillamente que se había acumulado en ella una capa tras otra de descontento, formando una masa que ahora la impulsaba. Eso a él no se lo dijo, porque le habría dolido saber que ella se sentía ya así desde hacía un tiempo, que su relación con él era como estar a gusto en una casa pero pasarse el día sentada junto a la ventana, mirando afuera.

«Llévate la planta», le dijo Blaine, el último día que lo vio, mientras ella recogía la ropa que tenía en su apartamento. Allí de pie, en la cocina, se lo veía derrotado, los hombros hundidos. La planta de interior era de él, tres tallos de bambú con prometedoras hojas verdes, y cuando Ifemelu la cogió, se sintió traspasada por una súbita y demoledora soledad que la acompañó durante semanas. A veces aún la sentía. ¿Cómo era posible echar de menos algo que ya no se deseaba? Blaine necesitaba lo que ella era incapaz de dar y ella necesitaba lo que él era incapaz de dar, y era eso lo que la apenaba, la pérdida de lo que podría haber sido.

Así que allí es

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