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ANIMALES DOMéSTICOS

Teresa Viejo

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Fragmento

1.ª edición: agosto, 2017

© 2017 by Teresa Viejo

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-777-1

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Es el macho el que vigila a la hembra, para evitar que le sea arrebatada o le abandone.

HELEN FISHER

Se puede sacar al mono de la jungla, pero no a la jungla del mono.

FRANS DE WAAL

Saber a ciencia cierta de alguien, equivale a su posesión.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Es una ley inexorable en la vida de los sexos, la acción anafrodisíaca de la costumbre.

GREGORIO MARAÑÓN

¿Por qué el placer no puede ser una fuente de perfección, el único camino de la salvación?

MANUEL VICENT

Jamás veré el mundo si me encadeno a la lavadora.

SILVIA PLATH

Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

 

El inicio

1. Orquídea Negra

2. Una fecha te encadena al calendario

3. En el centro del laberinto, tu nombre

4. Este terco sentir

5. El juego

6. Tras la máscara

7. Estás lejos y al sur

8. Una espera insensata

9. Sin lágrimas ni amor

10. Esas lunas de sombra

11. La noche no es azul, es amarilla

12. Lo que llega en el día frío

13. Esta tarde te amo

14. Llámame Siete

15. Esos mundos sellados

16. Un extraño huésped I

17. Un extraño huésped II

18. Y me vence y lo venzo

19. Sembradora de fantasmas

20. Solo barro que brilla

21. Jeroglíficos trazados en jardines

22. Cayendo en la boca del infierno

23. Desde la sombra

24. Los versos de los hombres

25. Estoy pensando en ti

26. Un pozo de agua oscura

27. Inventando la tarde

28. Quiero hacer que te olvides de su nombre

29. El peso del silencio

30. Ya en desnudez total

31. Entro en el juego

32. Si acaso estás jugando

33. Viento sur, tercer piso

34. Tras la puerta

35. No hay por qué odiar los tangos

36. Los filos de las nubes

37. Aseguran que aman

38. Cada estrella caduca

39. La tristeza no alcanza

40. La que busca y no encuentra

41. Una presencia de hombre

42. De aire pesado y dulce

43. Un ángel negro

44. Como antes de la invasión de los monstruos

45. El asfixiante recuerdo

46. Tu viaje dura un año

47. Estuve en muchos ojos

48. Esa herida

49. Un animal obsceno

50. Llueve a cántaros

51. Basura acumulada

52. Solo en sueños me dices tu secreto

Septiembre me acerca a ti

Nota de la autora

Sound Track de Animales domésticos

El inicio

La moqueta amortigua el sonido de mis tacones al avanzar por el corredor. Una pena porque me gusta su tac-tac-tac. Me infunde poder. Si no pisara en blando resonarían con un ritmo ligeramente obstinado. Habitación 5942. No he encontrado una regla para memorizar el número antes de salir del coche y lo he apuntado con lápiz de ojos en el dorso de la mano. A lo mejor mi inconsciente quería olvidarlo, vete a saber.

«La puerta estará entreabierta. No llames.» ¿Ves? De esto sí me acuerdo, no en vano tengo una memoria semántica gracias a la que, evocando una palabra, a veces incluso un olor, puedo recrear al detalle una situación vivida tiempo atrás. Las frases se me dan bastante bien —a casi todas las mujeres—, en especial las que al oírlas escuecen como si vertieras sal sobre una herida abierta.

Enseguida encuentro la puerta. Se sitúa a pocos metros de la salida del ascensor. Podría darme la vuelta, porque creo que no me ha oído llegar, pero no. Mi instinto animal me anima a seguir. No obstante, parece inevitable preguntarse qué me ha traíd­o hasta aquí, y la mezcla de sensaciones que desata la duda corta el aliento.

No sé por qué ahora pienso en ella, incluso antes que en ti. Será porque está muerta y nadie puede caminar ligero si arrastra un cadáver sobre sus espaldas. Será porque la conciencia representa un lastre demasiado pesado. Desde hace días recuerdo de forma obsesiva cuando me aseguras que tengo una parte oscura que no sabes cómo gestionar y, detrás de esta confesión, sospecho tu miedo a mirar al monstruo a los ojos tal y como deben de medir el peligro los valientes. Yo lo soy, tú eres el miedo que me ha henchido de valor, porque hay que tenerlo para empujar esta puerta ignorando lo que me aguarda al otro lado. Lo hago, y acto seguido desemboco en una habituación decorada en tonos grises donde luce una única lámpara en un espacio en penumbra. Al fondo destaca un ventanal, a través de cuya persiana se filtran tenues hilos de luz horizontales. Junto a ella un hombre trajeado se gira hacia mí.

Durante unos segundos interminables medimos nuestras respiraciones en silencio. Supongo que dará vueltas a lo mismo que yo, ¿quién de los dos tomará la iniciativa?

—¿En qué pensabas mientras venías? —arranca él.

Lo primero que me sorprende es su tono de voz. Su envergadura física no armoniza con semejante timbre adolescente. Lo segundo, su rapidez al escupir las sílabas como los humos de un tubo de escape defectuoso.

—Una pregunta imprecisa —apunto por decir algo, eso sí esforzándome en dotar de gravedad la frase.

—¿El último pensamiento? —también es ágil razonando.

—Has consumido tu turno. Me toca a mí. ¿Por qué lo haces?

—¿Por qué lo hago? —repite histriónico—. Las mujeres sois unas curiosas impenitentes. ¿Y si respondo que porque me da la gana? Me aburre lo vulgar. ¿Y tú?

—O me equivoco o me da la sensación de que estamos compitiendo.

—¿Cuándo no competimos los hombres y las mujeres? —A continuación avanza un paso y suelta a bocajarro—: ¿Llevas sujetador? Me gustan las tías que no lo usan porque se rebelan contra él; en cambio, aborrezco a las que no se lo ponen por simple dejadez.

Soy incapaz de responder. No sé qué espera de mí, si que me muestre más ingeniosa que él o que sea yo quien empiece el juego de una vez. Además detecto en su forma de hablar una agresividad latente que me arroja a la intemperie. Nada resulta como lo había planeado.

—Estás a contraluz, no te veo. —Necesito saber có­mo es.

—Y tú en sombra. Lo dejamos en tablas.

Esta es una de esas veces en que conviene empezar por el final, lector. Mi nombre es Abigail y te invito a acompañarme a lo largo de un relato en el que me arrancaré la piel a jirones. Si bien he optado por presentarme ante ti sin máscaras, reconozco que sí he preservado otras identidades por seguridad. Pronto entenderás los mo­tivos.

Te diré también que la historia que empiezas a leer está inconclusa y me sacude como si acabara de producirse. Como si girase en un bucle del que me resulta imposible huir. Soy de la convicción de que hay instantes capaces de dar la vuelta al calcetín de una vida, que tras ellos jamás volverá a ser la misma. Eso fue lo que pasó. Ignoro si al dictador del destino no se le debe discutir o si el libre albedrío nos convierte en responsables directos de nuestros errores, pero presumo que no tuve otro camino que tomar.

Por otra parte, y puesto que mi narración se ajusta a los hechos, y estos son crudos, me siento en el deber de pedirte disculpas, en ocasiones por mi lenguaje, al que he restado artificio, lo que, a veces, lo vuelve áspero, y en otras por aproximarte a un territorio sórdido. Los lugares y escenarios conservan sus nombres y resultaría fácil dar con ellos, otra cosa sería franquearlos, vagar por un campo minado que atrae al ser humano usando oscuras artimañas. No obstante, a pesar de cualquier singularidad en mi historia, enseguida descubrirás que su punto de partida es relativamente vulgar y nace de un engaño que casi nadie esquiva con éxito; por ello te pediría que trates de ponerte en mi lugar y, a medida que avances en la lectura, más que empatía, emplees conmigo la compasión.

Mi naufragio me ha convertido en una mujer rota, pero la imperfección es también una forma de vivir.

Aquella caja de galletas no sale de mi cabeza. Mi madre solía guardarlas en un estuche de latón donde se comercializaba el Cola Cao. Era un recipiente rectangular azul con la imagen de una mujer que alejaba de las manos de sus hijos una bandeja cargada con un par de tazas y el bote de cacao en polvo. Recuerdo que en casa se escondía en un rincón de la balda superior, en un armario de cocina. «Ni se te ocurra encaramarte ahí. Son para la merienda, no vayas a comértelas y te empaches», advertía ella por sistema.

Cumplí años y la caja se transformó en el metafórico ojo de una cerradura, por el que tenía prohibido mirar.

La verdadera diferencia entre los seres humanos estriba en la forma en que reaccionamos ante la caja de galletas del altillo, ya que observo dos reacciones que describen a sendos tipos de personas: las que cumplen dócilmente la norma y quienes la burlan. Quienes reprimen sus deseos y quienes buscan como sea una banqueta con la que acceder al estante, coger la caja y darse un atracón a hurtadillas. Dos clases de adultos: los que dan la espalda a la puerta vedada y siguen con su vida, o los que, apenas el vigilante se distrae, se abalanzan sobre ella para curiosear qué se esconde al otro lado.

Yo siempre codicié las galletas y las llaves de todas las puertas. Desde niña me vencía un impulso, esa fuerza que no para ante nada ni entiende de razones, que me impelía a descubrir qué ocultaba aquel lugar, físico o emocional, cuyo acceso me negaban. Supongo que la culpa de esto la tiene mi enfermizo morbo.

Y ahora termino, aunque necesito advertirte algo: antes de aventurarte en este texto conviene que sepas a cuál de los dos grupos perteneces.

Con honestidad, dime... ¿qué harías tú ante la caja de galletas?

1

Orquídea Negra

Si te hubiese hecho caso y hubiera comprado una impresora nueva, en lugar de activar una y otra vez el botón de encendido hasta lograr que funcionase la vieja. Si no hubiera postergado los informes en mi vicio de dejar todo para última hora... Si no te hubieras ido.

—Niña, ya te estoy echando de menos —me has susurrado en la misma entrada del aeropuerto, mientras acariciabas mi trasero mordiéndome los labios.

Lo chocante no ha sido oírtelo decir, pues las personas manoseamos las palabras a nuestro antojo, sino el fogonazo de verdad que sorprendí en tu mirada, ¿o se trataba de un derroche de sentimentalismo apresurado por tu viaje? Llevo tanto tiempo sintiéndome como si deambulara por un áspero páramo sin emociones, y de repente me han abofeteado unas cuantas de golpe para que no me olvide de que amar es lo que da sentido a un matrimonio.

También me ha extrañado que me llamaras «niña». Nunca empleas ese apelativo conmigo y me ha resultado fuera de lugar. ¿Niña, cuando acabo de cumplir cuarenta años resistiéndome a soterrar los treinta? ¿Cuando el espejo me recuerda que para lucir mi aspecto debo ser fiel a la dieta, al gimnasio o al dermatólogo? Los seres humanos somos un manojo de imposturas socialmente aceptadas, pero mentiras al fin y al cabo.

¿Dios, por qué te echo de menos si no estoy enamorada? Supongo que tú tampoco, de lo contrario no sé qué pinta este mail en la bandeja de entrada.

—¿Has guardado la camisa vaquera que te regalé en Reyes?

—Es un poco gruesa. Allí es verano.

—No te gusta.

—Sí, claro que me gusta.

—No. No te gusta porque estamos en febrero y no la has estrenado.

—Joder, Abi, qué pesada eres.

—¿Para qué me has pedido que te ayude, si no paramos de discutir?

—No lo he hecho. Tú has insistido. —Ahí me has arrancado las corbatas de la mano y tras elegir una a boleo has lanzado el resto al vestidor—. Es un mes, no necesito tantas.

—Esa es de sport. ¿Y si te invitan a una cena formal?

No hemos dejado de reñir desde que despanzurramos la maleta como una tripa abierta sobre la cama. Por un lado me sentía enojada por no conocer la duración exacta de tu viaje hasta última hora, por otro me apiadaba verte preparar el equipaje con semblante afligido, igual que un expatriado que arrastrase la melancolía del destierro por los rincones del dormitorio. Siempre ideé que serían dos semanas e imagino que tú también, no quiero sospechar lo contrario, me niego a creer que supieras desde el principio cuánto tiempo estarías fuera y me lo ocultaras a sabiendas. En cualquier caso ten presente que ningún cambio es neutro porque desata inesperados movimientos a su alrededor.

—¿Un mes? ¿Al final te vas un mes entero? ¿Hasta el... dieciocho?

—Sí, no me perdonaría no estar con Lucas el Día del Padre.

Me habías revelado la fecha de vuelta hace solo cuatro días y lo que más me desconcertó fue constatar tu ausencia el próximo dieciséis de marzo. El día en que cumplirás cuarenta y dos años.

—¿Y tu cumpleaños?

—¡Vaya! Lo celebraremos al volver —aseguraste sin inmutarte mientras grapabas los dosieres que preparabas para llevarte.

—¿Te das cuenta de que va a ser tu primer cumpleaños separados desde que nos conocemos?

No respondiste. Si a ti no te importa que llevemos catorce años soplando velas crecientes y deseos menguantes a mí tampoco.

Esta mañana, cuando me quitaste las corbatas de entre las manos con esa insolencia tuya de niño malcriado, abandoné la alcoba protestando. «Es tu equipaje, haz con él lo que quieras. Ya es hora de que crezcas, de que tomes decisiones por ti mismo. ¡No soy tu madre!», me escucharías rumiar por el pasillo mientras me dirigía al cuarto de Lucas, donde el niño jugaba con Mariana. «Qué raro se me haría viajar al hemisferio sur. Es dar la vuelta al calendario: cuando aquí nos morimos de frío, allí lo hacen de calor», apunté sentándome junto a ellos en la alfombra. Ella humilló la mirada, guardando silencio. La mujer es leal aunque limitada, por tanto me dispuse a describir dónde se ubica ese remate de tierra que convierte la punta de América en el encaje de una prenda de ropa puntillosa, pero mi lección de geografía no le interesó.

—Siempre me olvido del nombre de su pueblo.

—Pacayacu, en Riobamba, al sur de Quito.

—Con ese nombre cualquiera lo recuerda. ¿Y hace mucho que no va?

—Tres años. —Parecía estar a punto de llorar—. Mi niño enfermo vive allá con mis papás. Mi papá también está mal; me da mucha pena pensar que vaya a morir sin verle.

Nunca sé si miente; ni siquiera pondría la mano en el fuego por afirmar que existe ese niño, cuyo origen me parece un enigma porque jamás ha mencionado marido, novio o algún sucedáneo de pareja. En momentos así detecto en Mariana cierta impostura con la que trata de apelar a nuestra conmiseración.

—Saque la vajilla del lavaplatos, que habrá terminado. Yo vigilo a Lucas —propuse para quedarme a solas con él.

A menudo me asalta esa necesidad de abrazar con ansiedad a mi hijo y la asemejo a la pulsión de saciar un hambre intempestiva. Empieza por una desazón, un nerviosismo que me lleva a separar al niño de lo que esté haciendo, incluso a arrancarle de tus propios brazos, y no se calma hasta que lo estrujo entre los míos y hundo mi nariz en su cuello como si su olor a cachorro humano me alimentara. Me temo que se debe a mi mala conciencia de mujer trabajadora, de madre que delega los cuidados de su hijo en una extraña; algo que hoy día resulta de lo más frecuente; sin embargo, mi yo más íntimo me dicta que no es lo natural.

—No me gusta Chile —confesé al oído de Lucas—. No sé qué mierda se le ha perdido a tu padre allí.

—Si les interesa tu oferta, ¿cuál sería el siguiente paso?

—Lo iríamos viendo —has respondido mientras manipulabas la radio del coche antes de encontrar una canción de tu agrado y canturrearla—. «That life happens for reason. I don’t, I don’t, I don’t.»1

—«Todo pasa por alguna razón.» ¿Va con segundas o qué?

—Me gusta esta canción, sin más —y has continuado desafinándola.

Madrid llevaba días dentro de una burbuja nutrida por la atmósfera lechosa que se volatiliza a través de sus alcantarillas. Habitamos una ciudad más agujereada que un queso gruyere, así me lo explicó una vez un cliente asegurándome que el centro de la capital está horadado por decenas de túneles bajo los cuales se sepultan miles de cadáveres, y no contento con esto se animó a relatarme unas cuantas leyendas truculentas. Cómo hubiera disfrutado mi abuela al oírlas, porque a ella lo que más le atrae de mi trabajo son las historias de trastienda. A mi madre, en cambio, el dinero que gano vendiendo pisos.

Apenas hemos salido del garaje han caído cuatro gotas que no han hecho más que enguachinar el asfalto, pero al entrar en la M-40 ha roto a llover a cántaros, y desde ahí he conducido hacia el aeropuerto con la pelea de los limpiaparabrisas contra el agua a modo de banda so­nora.

—Dicen que la nueva terminal puede estar abierta a final de este año. Creo que es impresionante.

—No me has respondido, Fernando —he insistido.

—Es que no sé qué me estás preguntando.

—Muy fácil: si les interesa el proyecto y quieren sacarlo adelante, ¿quién lo haría? ¿Tú? ¿Ellos? ¿Desde aquí? ¿Abrirían una oficina en Madrid? ¿Tendrías que pasar un tiempo allí?

—¿Qué estás insinuando, Abigail? ¿Acaso te molesta que pueda obtener un trabajo? ¿Te recuerdo tus charlas diciéndome que alguien como yo no puede pudrirse como un jubilado? ¿Se te olvidan tus reproches?

—¡¡Nunca te he reprochado que estés en paro!!

—Por favor, háblame en castellano no en histérico. ¿Acaso crees que no noto ese tonillo de «yo soy la que ingresa el dinero a fin de mes, yo mantengo a esta familia»?

—Te lo estás inventando porque yo nunca —he objetado a la defensiva—, te he flagelado con algo así.

De repente el coche ha empezado a enfangarse más que el pavimento. ¿Soy estúpida o qué? Pues no te he sermoneado justo sobre aquello de lo que evitamos hablar; sobre ese nubarrón que enrarece nuestra pareja y termina ahogándonos. Ridículo. Una parte de mí soltaba necedades y la otra quería coserse la lengua al paladar.

—¡Ostras, no discutamos, Abi! —has esgrimido, condescendiente—. Estoy a punto de coger un avión. No puedo irme amargado por haber tenido una bronca con mi mujer minutos antes. ¿Y si explota la cabina porque unos yihadistas han puesto goma-2 en sus portátiles? ¿Y si desaparezco en mitad del Atlántico, como en Lost? Te quedarías con la culpa...

—¡¡Eres un capullo!!

¿Cómo se te ocurre? ¿Has olvidado que Madrid sigue en shock desde el mes de marzo porque el miedo es sinuoso y se cuela por cualquier resquicio? Al advertir mi conmoción deslizaste una mano sobre mi muslo, lo que agradecí con una caricia. «No bajes», me pediste tras llegar y estacionar en doble fila, pero te acompañé a escasos metros de las puertas de acceso. Después vino ese impulso tuyo de agarrarme el culo mientras me besabas que llegó a excitarme. Lo admito, sí. Bastante. Me temo que, de habernos encontrado solos, lo hubiera hecho allí mismo, de pie, porque el sexo vertical apremia a una célere entrega que no encuentro en el día a día. A veces me siento tan agotada que al tumbarme sobre la cama termino dormida.

Recuerdo a una mujer mayor que se bajó de un taxi, mal tapada por un espantoso gorro impermeable, y al rebasarnos se nos quedó mirando con esa nostalgia que empaña a quienes se dan cuenta de que un día tuvieron algo parecido y no supieron retenerlo. Como quien contempla las piezas de su jarrón favorito tras quebrarse.

Hasta hace un minuto hubiera preferido mil veces nuestra precariedad antes que convertirme en la señora del ridículo gorro de plástico; en cambio, ahora mi mundo se ha hecho añicos igual que la porcelana de la mujer. Supongo que la decepción es un remedio muy amargo, pero cura la ingenuidad.

Entonces, según se cerraban las puertas automáticas, te giraste y repetiste: «Niña, hazme caso: ya te estoy echando de menos.»

Entre unas cosas y otras he malgastado la tarde: me he dado un baño, he ojeado revistas atrasadas y zapeado un rato, mi madre me ha tenido una hora al teléfono detallando las excentricidades de la abuela y, en torno a las nueve, con Lucas acostado y un plato de croquetas sobre la mesa del office, he abierto mi correo a fin de imprimir la información de los nuevos inmuebles y revisarla tumbada en el sofá. Sin embargo, el artilugio ha vuelto a fallar.

He grabado los datos en un pen y me he dirigido a tu despacho. Antes de entrar me ha sacudido un escalofrío y me he quedado paralizada en el umbral. No sé, algo me sugería que no lo hiciera, que no lo cruzara, que se trataba de tu privacidad y mi obligación pasaba por respetar «tu espacio»; sin embargo, al principio nunca hubo cuartos cerrados entre nosotros. Durante un tiempo éramos una única persona, dos enfermos de amor. Pero hace tanto de esto. Hace tanto de todo.

Tu despacho recuerda a un recinto profesional convencional: la mesa que heredaste de tu padre, y él del suyo, situada frente a la puerta; una boiserie de madera cargada de libros y fotografías, cubriendo dos de sus paredes; el óleo de Viola, regalo de boda de tus amigos de la universidad —y que juzgo oscuro y tristísimo—, dominando una pared, y en la otra, el ventanal, cegado ahora por las cortinas. Bajo él un tablero a modo de mesa auxiliar almacena unos proyectos que te resistes a dar por perdidos. En la librería guardas las colecciones encuadernadas de El Víbora2 y tus artículos en La Luna de Madrid,3 donde llegaste a colaborar. «Soy ingeniero, pero en este cuerpo habita un artista capado por su madre. Busco a una mujer que me rescate de ella. ¿Crees que podrías serlo tú?», expusiste cuando nos conocimos, como tarjeta de presentación.

¿Para qué necesita tu ordenador un código de acceso si aparte de mí la única que podría curiosear en él es Mariana y no la supongo dotada de dicha habilidad? Es lo primero que me he preguntado al descubrirlo. «¿Usuario?» «Fernando Dávila» he escrito a continuación, dispuesta a abrirlo. «¿Ha olvidado su contraseña?» «Sí», he añadido. De inmediato he acudido a tus keywords, intuyendo que habrías elegido alguna fecha familiar, pero he leído «Match Point» sin comprender nada.

Tras rondar estas cuatro paredes y atemperar mi mal genio contra las esquinas de las alfombras, termino repasando las fotografías de las baldas. Descubrirte en ellas hace que me enamore de ti en cinco minutos para desenamorarme cinco después, y durante este lapso de tiempo experimento tantas sensaciones que si las condensara escribiría tratados de amor. Dios, cómo me fastidia reconocer la de cosas que todavía me cautivan de ti: el modo en que te despeinas, tu tormentosa barba de días, esa intención en tu mirada... En un impulso escojo una foto reciente tomada en Sevilla, donde apareces sentado en la butaca de un hotel, y yo, detrás, echándote una lazada al cuello, mientras de tus rodillas penden las acreditaciones de la Copa Davis. Esto me lleva a desunir el papel del marco movida por una corazonada. Al momento tecleo en el ordenador la fecha que anotaste en su reverso, como sueles hacer. «Incorrecto.» No puede ser porque el éxito de Rafael Nadal sí que fue un auténtico Match Point. Entonces lo he intentado añadiendo un cero a un día del pasado mes de diciembre: 05122004.

Al principio apenas distingues sombras, bultos imprecisos cuyo significado te resulta obtuso. El esfuerzo por aguzar la vista para que entre la oscuridad vayan tomando forma los secretos del otro lado es ímprobo, porque asomarse a través del ojo de una cerradura deviene en una actividad de riesgo.

Nunca esperes encontrar un paraíso, pues te toparás con un escenario cavernoso del que te costará salir. Puede que la luz se vuelva tinieblas cuando abras una puerta, como la de este despacho, y lo que halles te fuerce a atrancarla después con mil candados. Y es previsible que trates de darle la espalda; sin embargo, por más intentos que hagas, aquello que averiguaste permanecerá en ti como el síndrome del miembro ausente. Y aún tardarás en comprender que lo que te ha dirigido hasta allí, que ese ansia por desentrañar lo que ignoras de la otra persona, no responde a otra razón que querer averiguar más sobre ti misma.

Esta es mi tormenta ahora y no te culpo porque la he desatado yo sola, y eso que, a priori, he tratado de no desviarme del camino marcado: he activado la impresora, he seleccionado el documento, lo he impreso... Sin más pretensiones. Pero a medida que la máquina soltaba los folios, la pantalla se ha ido transformando en un cerrojo demasiado atractivo como para no mirarlo. Entonces me he dicho «un vistazo, solo uno», dejando que mi morbo husmeara por ella.

Hubiera valido cualquiera de las carpetas o los documentos alineados por orden alfabético; sin embargo, he optado por un sobre parpadeante en la barra de herramientas y he clicado sobre el icono.

Ante mí aparece una lista de direcciones de correo —alguna me es conocida, otras no—. Me intereso por un mensaje sin leer recibido en una cuenta familiar: fda vila@hotmail.es.

Último correo de Orquídea Negra.

Asunto: Despertar al lado de vos


1 Canción «Just feel better» de Steven Tyler & Carlos Santana. 2005. Arista Records.

2 El Víbora era una revista española sobre historietas y cómics adultos, editada entre 1979 y 2005.

3 La Luna de Madrid era una publicación española emblema del movimiento contracultural conocido como «La movida madrileña», editada entre 1982 y 1988.

2

Una fecha te encadena al calendario

Dime, ¿mientras recibías sus mensajes mirabas la foto de nuestra boda o la girabas sobre la mesa para no cruzar la vista conmigo?

Yo lo he hecho y el cristal se ha resquebrajado. Un augurio. Malísimo. Seguro que mi abuela entonaría una jaculatoria a la virgen de Otero y conjuraría al espíritu de Xavier Cugat para que desde la ultratumba velara por su única nieta. La abuela hace bien en amar al fantasma del artista, porque los amores de piel de cordero se reencarnan en diablos. Dímelo a mí.

Mi boca es un estropajo, sobre mis ojos se teje un doloroso velo, y en mis huesos, un frío de siglos. Dentro me ha crecido tal bloque de hielo que si necesitara orinar me lo haría encima. Lo sé, estoy siendo presa de un ataque de pánico. Cómo no lo voy a saber si soy psicóloga. Obtuve un notable de media en la carrera, cualquiera en mi caso diagnosticaría unos síntomas de libro aunque no ejerza. Además, me considero lista, rematadamente aviesa cuando toca tomar una decisión o arriesgar. Soy valiente, no una melindrosa que busca amparo en los hombres. Lo soy en mi trabajo, comprando inmuebles a precios ajustados y vendiéndolos con soltura y, por si fuera poco, me jacto de esquivar los problemas. ¡¿Cómo coño no he visto este?! Acaso porque he preferido vivir en los márgenes y no enfrentarme a lo que se atrinchera tras nuestra fachada de matrimonio feliz, del pálido calco de lo que un día fuimos. Porque he ido sorteando lo que nos golpea como quien huye de una matanza.

De continuar este espantoso malestar, ¿podría enfermar? Seguro que sí, seguro que el amor frustrado hiere y el desamor, mata.

Amado mío:

No debiera de escribirte pero vos no sabés lo eterna que se me hace la espera. Creí que nunca llegaría el instante de olerte en mi almohada, prepararte las viandas que he ensayado durante meses o una vida entera, porque a veces creo que estás en ella desde siempre. Mi corazón parece una bomba atronando allá donde voy. ¿Pensás en mí como yo lo hago en vos? Sos mi obsesión apenas abro los ojos, porque el rato del sueño lo paso imaginando que dormís entre mis pechos. Como entonces, cuando tu huracán me arrolló.

Por fin. Por fin. Por fiiiiiiin llegás, amor.

Le conté a mi mamá que estos días andaré difícil de localizar para que no se inquietara, que es tiempo de acondicionar la casa de la playa antes del invierno y debo de aprovechar ahora que hay menos trabajo. Deduje que vos no querrás verla. Ella es linda, pero un poco copuchenta, que decimos acá, y lo mismo le da por chasconear lo que no debe.

Apúrese mi rey, no veo la hora de abrazarte. Si tuviera alas te recogería en cualquiera de esas nubes donde andás. Te estoy besando el alma.

Siempre tuya. Orquídea Negra.

Leer tanta cursilería atenaza mi estómago, así que me arrastro hasta el aseo y, derrengada sobre el inodoro, expulso lo poco que queda en su interior.

Ahora entiendo la divergencia entre saber y conocer: puedo saber todo de ti, sin llegar a conocerte; de hecho acepto tus errores, al fin y al cabo llevo años perdonándolos, pero la mentira, no, Fernando, porque es una decisión premeditada, cargada de crueldad. ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde ha salido? Trato de vislumbrar entre líneas algo que permita saciar mis preguntas, y lo único es que sus expresiones me recuerdan con envidia a la complicidad de nuestros inicios. ¿Sabes cuánto ha transcurrido desde que lo hicimos por primera vez? Catorce años. Dos veces siete. Dos crisis de las que anuncian los agoreros en los libros de autoayuda. ¿Se trata de eso? ¿De que navegamos entre rompientes y en tu huida hacia delante has resuelto serme infiel?

Yo, en cambio, siento un estrepitoso vacío dentro. Un océano helado. Supongo que todos los matrimonios son complicados, pero algunos se despeñan ellos solos.

Con enorme esfuerzo me yergo para ver mi apariencia en el espejo, que refleja la misma oscuridad que Orquídea Negra. Me doy cuenta de que aún no he aclarado la mascarilla del pelo y su humedad me sacude en repentinos escalofríos.

Temo haber despertado a Lucas, de modo que me dirijo a su alcoba y, por suerte, permanece tranquilo en su cuna. Junto a ella, una cama individual espera a mi hijo. Fue tan largo el proceso hasta que llegó a nuestra vida, sumas de ilusiones diluidas en mi propia sangre, tratamientos sin éxito y abortos que me doblaban por la mitad, persuadida de que nunca sería madre, que mi instinto de protección le protege, coartando lo inevitable. Los hijos tendrían que evolucionar hacia una suerte de adorables perros viejos a los que nunca dejarías de acunar. «Tú no buscabas un hijo, sino una mascota», me soltó tu madre un día, y lo llevo grabado en el alma.

Fue al poco de empezarle a salir los primeros dientes. Ahora tiene algo más de dos años y es un calco de ti.

—¿Lo ves? Ahí, ese punto blanco sobre la encía superior. Si ponemos a Lucas bajo el foco se ve mejor —anuncié—. Cógelo y, si sigue llorando, dale el mor­dedor.

—¿En serio tienes que irte? —inquiriste con gesto de ahogo.

De sobra sabías que sí y la pregunta atacaba a mi línea de flotación: la culpabilidad de una madre que antepone el trabajo a su hijo de cuatro meses, y en la balanza de una mujer en inestable equilibrio ese dilema estraga. Aquella mañana me tocaba rubricar la venta de una vivienda que estaba apalabrada mediante un contrato de arras, pero cuyos matices la convertían en terreno resbaladizo. En teoría se trataba de un empresario dispuesto a regalar un lujoso apartamento a su ahijada; en la práctica un cliente pagaba en ladrillos los servicios a una puta que parecía su nieta, y en este oficio pronto aprendes que los hombres encoñados dejan de estarlo en menos que chasquean sus dedos. Si no acudía yo en persona y disipaba sus dudas sobre la operación, existían bastantes probabilidades de que se echara atrás. Tú lo sabías y la duda sobraba; sin embargo, la expusiste según escrutabas la cuna como quien contempla una ecuación sin solución.

Por respuesta te arrojé una batería de preguntas: ¿Quién adquirió este ático? ¿Quién sufraga la hipoteca? ¿Quién paga la fiesta en que vivimos? Como cualquier contestación hubiera sido humillante para ti, salí de casa sin esperarla, y a mi vuelta estaba ella. Mantengo fresca la estampa con la que me di de bruces al entrar: Leonor sostenía a Lucas en brazos, mientras tú firmabas no sé qué papel al pediatra de urgencias y la chica de entonces —¿se llamaba Cora, Corina, Coral...? ¡Bah, qué más dará! Era mema— se enjuagaba el llanto en el delantal.

—Le ha subido la fiebre, nada le apaciguaba —te excusabas igual que un crío pillado en falta.

—Fernando ha hecho muy bien en llamarme, puesto que tú no estabas. Le he sugerido contactar con un pediatra que descartara algo peor.

En la mirada del médico constaté que se adhería a su rejón. Tu madre avanzó hacia mí y me sepultó bajo un manto de lava incandescente.

—Debería darte vergüenza, abandonar a tu hijo todo el día. Espero que te coman los remordimientos porque, de lo contrario, serías un cacho de carne con ojos. Los hombres están hechos para una cosa, y nosotras para otra. A ver si lo entiendes: Fernando no ha nacido para pasar el aspirador o cambiar pañales, y menos para ser tu «perrito faldero». Penita me da Lucas. Tú no buscabas un hijo, sino una mascota.

Tras darme una ducha y prepararme una infusión, vuelvo a sentarme en tu escritorio. Necesito saber, casi tanto como calmar mi angustia.

Estoy convencida de que este mensaje es el último de una cadena que te has encargado de borrar. Su «no debiera de escribirte», me reafirma en que le has debido de conminar a que no lo hiciera, pero una mujer enamorada comete muchas torpezas. Introduzco su nombre en la lupa, a fin de rastrear algún mail más; sin embargo, el ordenador, de orquideanegra@yahoo.cl, solo conserva el leído y la papelera está vacía. En «no deseado» hay tres correos: uno de publicidad bancaria, otro ofreciendo una tirada gratis del tarot y el último de una compañía que promociona «un seguro de hogar y gana un viaje a América». Tú me has enviado a Marte de una patada y solo quiero averiguar el modo de regresar indemne.

Queda certificado tu empeño por hacer desaparecer cualquier pista. Es más, aunque exista un modo de recuperarlas, mis parcos conocimientos en informática me impiden desentrañarlo. Por ahora. De momento se me ocurre investigar el historial de búsquedas en Google, y me topo con el muro en que te has transformado súbitamente: lista de lecturas vacía.

En mi cabeza planean mil escenarios posibles, como que no te hayas marchado a Chile y, apenas arranqué el coche, hubieras abandonado el aeropuerto por otra salida, de manera que, en este momento, podrías encontrarte en... Málaga o en Burgos o... recluido en el piso de abajo, ¿por qué no? De hecho, que Orquídea Negra se exprese empleando modismos chilenos no acredita nada. Al momento me digo que nadie urdiría un plan tan bien orquestado para verse con una amante a pocos kilómetros. Derrotada, ovillo la cabeza entre mis brazos. Quisiera retrasar las manijas del reloj cuatro horas o diez o un día, para romper tu billete en pedacitos y atarte a mi cama. ¿Dios, por qué te echo tanto de menos si no estoy enamorada?

A las once y cuarenta pruebo suerte con las otras cuentas. Además de fdavila@hotmail.es, acumulas ocho más. La que sigue en la lista es la herencia de tu paso por la empresa familiar de ingeniería —fernando2@davila&wilkins.com—, y tras ella se sitúan dos correos adscritos a la inmobiliaria: contabilidad@at.proyectosinmobiliarios.es y fernando@at.proyectosinmobiliarios.es. A continuación, siguen unas de nombres rarísimos; al pulsar el doble clic sobre ellas, el sistema me pide una contraseña. Pruebo de nuevo y sucede lo mismo.

La pantalla es un fondo azul limpio, salvo en la esquina superior derecha, donde cuento nueve iconos, seis carpetas y tres accesos directos. Empiezo por estos: uno me lleva a una web de descargas ilegales que pregunta si deseo continuar viendo el capítulo de Perdidos que dejaste inconcluso. No acabo de entender por qué no acudes al canal de pago, al cual estamos suscritos. La web del Colegio de Ingenieros aparece al pinchar el segundo, y la de la revista AD, el tercero.

Lo siguiente es abrir las carpetas, que utilizan numeración en lugar de título y son archivos ZIP —sé que permiten la comprensión del material porque alguna vez llegan imágenes en alta definición de las viviendas por este método—. Cliqueo uno al azar y me solicita un código, al igual que el resto. Estoy anonadada... Se trata de archivos encriptados, como los de las películas, aunque me propongo encontrar sus claves como sea. Para ello vuelco las cajas de clips, los portalápices, cualquier cosa, segura de que no existe un ser humano que no se dedique al espionaje capaz de memorizar tantísimas contraseñas sin contaminarlas con el pin del teléfono, el de la tarjeta de crédito o la lista de aniversarios y cumpleaños, imprescindible para subsistir en pareja. Sin éxito, me concentro en los cajones, pero, al intentar abrir el primero de la derecha, constato que está cerrado; pruebo con el inferior a él y después con el siguiente. Igual. Entonces me dirijo a los de la izquierda y obtengo el mismo resultado. ¿Desde cuándo se bloquean con llave? No recuerdo que fuese así. Antes, no. Seguro que no.

Descubrir cuánto ignoro, no ya de ti sino de mi propia vida, me golpea como si un brutal mazazo hubiese reventado la mitad de mis vísceras. «Te odio», pronuncio para mí, y un regusto a hiel vuelve a quemarme la garganta. Si alguien cree que «odiar» resulta furibundo, peor es decir «te quiero» con la trascendencia con la que uno se come un bocadillo. Intuyo que desde ahora, averigüe lo que averigüe, tan importante será aclarar hasta dónde llega tu hermetismo como determinar cuándo empezó a descarrilar nuestra pareja, porque ambas cosas están relacionadas. Estoy segura de que tuvo que producirse algo que me ha pasado inadvertido, un hecho o una fecha que cambió todo entre nosotros, porque llegar a admitir que siempre fuiste una mentira me aniquilaría. Deberíamos disponer de un radar para la vileza, un detector de maltratadores, misóginos, extorsionadores emocionales, celosos impenitentes, adúlteros, arteros y demás fauna nociva que pulula por el universo amoroso. Claro que, de no existir ese momento preciso en que alguien se extravía, ¿entonces lo llevaría inscrito en el ADN, a modo de gen latente, como la basura del cáncer o el germen del Alzheimer? ¿Como el estigma del mal o la psicopatía?

Finalmente, ayudada por un destornillador, presiono la madera bajo el sobre de cristal de la mesa y de inmediato surge una bandeja extraíble que corona la fila de cajones. Consiste en una lámina de roble que se usa como tablero auxiliar para depositar papeles mientras se trabaja. A medida que la deslizo hacia mí asoma la hendi ...