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ANNA Y EL HOMBRE GOLONDRINA

Gavriel Savit

5


Fragmento

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Cuando Anna Łania se despertó la mañana del 6 de noviembre de 1939 (su séptimo año de vida) había varias cosas que no sabía:

Anna no sabía que el jefe de la Gestapo de la Polonia ocupada había obligado por decreto al rector de la Universidad Jaguelónica a convocar a todos los profesores (entre los que se hallaba su padre) para asistir a una conferencia y posterior debate acerca de la dirección de la Academia Polaca bajo la soberanía alemana que se celebraría a las doce del mediodía.

No sabía que, junto con el resto de los profesores, su padre sería trasladado del aula número 56 a una cárcel de Cracovia, la ciudad donde vivían, y a continuación a distintos centros penitenciarios de toda Polonia, antes de ser deportado finalmente al campo de concentración de Sachsenhausen, en Alemania.

Tampoco sabía que, varios meses más tarde, el grupo de docentes compañeros de su padre que todavía sobrevivía sería destinado al todavía más infame campo de concentración de Dachau, situado en la parte alta de Bavaria, ni que, cuando llegase el momento del traslado, su padre ya no existiría en un estado en el que fuera posible trasladarlo a ninguna parte.

Lo que sí sabía era que esa mañana su padre tenía que ausentarse durante unas cuantas horas.

Hay niñas de siete años de todos los colores. Algunas te dirán que hace tiempo que han madurado, y te costará no darles la razón; otras parecen más interesadas en los secretos escondidos de la infancia que anidan en los recovecos de su mente que en hablar con un adulto, así que no te dirán nada; y aún hay otras (desde luego, el grupo más numeroso) que todavía no han decidido a qué categoría pertenecen y, según el día, la hora e incluso el instante, pueden mostrar un rostro totalmente distinto al que podrías esperar en ellas.

A sus siete años, Anna pertenecía a este último grupo de niñas, y su padre alimentaba esa condición ambivalente. La trataba igual que a una adulta (con respeto, deferencia y consideración), pero, en cierto modo, al mismo tiempo la protegía para que siguiera albergando la sensación de que todo lo que se le presentaba en el mundo era un descubrimiento sorprendente, único e irrepetible a sus ojos.

El padre de Anna era profesor de lingüística en la Universidad Jaguelónica de Cracovia, y vivir con él implicaba que cada día de la semana llegara acompañado de un idioma diferente. Cuando la niña cumplió siete años, hablaba con soltura tanto alemán como ruso, francés e inglés, y tenía bastantes conocimientos de yiddish y ucraniano, además de nociones de armenio y rumano de los Cárpatos.

Su padre nunca le hablaba en polaco. El polaco se filtraría solo, le decía.

Es imposible aprender tantos idiomas como el padre de Anna sin que te guste hablar. La mayor parte de los recuerdos que Anna tenía de su padre eran de él hablando: riendo y bromeando, discutiendo y suspirando, con alguno de los numerosos amigos y contertulios con los que iba entablando conversación por toda la ciudad. En realidad, durante buena parte de los años que vivió con él, Anna pensó que cada una de las lenguas que hablaba su padre estaba hecha a medida, como un traje de confección, para la persona concreta con la que conversaba. El francés no era francés; era monsieur Bouchard. El yiddish no era yiddish; era Reb Shmulik. Cada palabra y expresión en armenio que había oído Anna le recordaba a la cara del viejecillo tatik que siempre les ofrecía a su padre y a ella una taza de café fuerte y amargo. Todas las palabras en armenio le olían a café.

Si la tierna vida de Anna hubiese sido una casa, los hombres y las mujeres con quienes su padre pasaba el tiempo libre dialogando habrían sido sus pilares. Mantenían cada cosa en su sitio: el cielo arriba y la tierra abajo. Y sonreían y le hablaban como si también fuese su hija. El profesor Łania nunca hacía las visitas solo; siempre iban el profesor Łania y Anna. O, según la ocasión, el profesor Łania y Anja, o Khannaleh, o Anke, o Anushka, o Anouk. La niña tenía tantos nombres como idiomas existían, tantos como personas había en el mundo.

Por supuesto, si cada idioma va asociado a una persona, llega un momento en el que una niña se plantea: ¿cuál es el de mi padre?, ¿cuál es el mío?

Sin embargo, la respuesta era fácil: eran hablantes de los idiomas de otras personas. Todos los demás parecían atados a una sola lengua, o, en el mejor de los casos, a dos o tres, mientras que el padre de Anna daba la impresión de ser totalmente ajeno a las fronteras que dividían a todos los demás en el amplio y variado paisaje de Cracovia. No estaba limitado por ninguna manera concreta de hablar. Podía ser todo lo que quisiera. Salvo él mismo, quizá.

Y si ese era el caso del padre de Anna, bueno, debía de ser también el caso de la niña. En lugar de transmitir a su hija una sola lengua que la definiera, su padre le ofreció el amplio espectro de lenguas que él conocía y le dijo: «Elige entre ellas. Moldéalas a tu medida».

Anna no tenía ni un solo recuerdo de su padre en el que no estuviera charlando. En su memoria, vivía como una estatua vibrante, cincelada con la forma de su habitual postura para escuchar: con la rodilla derecha doblada sobre la izquierda, el codo apoyado contra la rodilla, la barbilla sobre la palma de la mano. A menudo adoptaba esa postura, pero, incluso cuando se hallaba en silencio y absorto en lo que estuviera escuchando, no podía evitar comunicarse, y los labios y las cejas se le arrugaban y fruncían como reacción a lo que le decía la gente. Algunas personas habrían tenido que preguntarle qué significaban todos esos tics idiosincráticos y esas muecas, pero Anna también hablaba con soltura ese idioma y no le hacía falta preguntar.

Su padre y ella pasaban mucho tiempo conversando. Charlaban en todos los idiomas, por todos los rincones de su piso y por todas las calles de la ciudad. De todos los interlocutores que tenía el profesor, Anna estaba segura de que ella era con quien su padre prefería hablar.

La primera vez que Anna se percató de que un idioma era un pacto compartido entre distintas personas (que dos personas hablaran el mismo idioma no significaba que tuviesen que ser iguales) fue la única vez que recordaba haberle preguntado algo a su padre que él no supo responder.

Iban de camino a casa y estaba empezando a anochecer. Anna no reconocía la parte de la ciudad por la que caminaban. Su padre la agarraba con fuerza de la mano y sus largas zancadas la obligaban a trotar para seguirle el paso. El profesor apretó el ritmo cuando el

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