Loading...

ANNA Y EL HOMBRE GOLONDRINA

Gavriel Savit

5


Fragmento

imagen

Cuando Anna Łania se despertó la mañana del 6 de noviembre de 1939 (su séptimo año de vida) había varias cosas que no sabía:

Anna no sabía que el jefe de la Gestapo de la Polonia ocupada había obligado por decreto al rector de la Universidad Jaguelónica a convocar a todos los profesores (entre los que se hallaba su padre) para asistir a una conferencia y posterior debate acerca de la dirección de la Academia Polaca bajo la soberanía alemana que se celebraría a las doce del mediodía.

No sabía que, junto con el resto de los profesores, su padre sería trasladado del aula número 56 a una cárcel de Cracovia, la ciudad donde vivían, y a continuación a distintos centros penitenciarios de toda Polonia, antes de ser deportado finalmente al campo de concentración de Sachsenhausen, en Alemania.

Tampoco sabía que, varios meses más tarde, el grupo de docentes compañeros de su padre que todavía sobrevivía sería destinado al todavía más infame campo de concentración de Dachau, situado en la parte alta de Bavaria, ni que, cuando llegase el momento del traslado, su padre ya no existiría en un estado en el que fuera posible trasladarlo a ninguna parte.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Lo que sí sabía era que esa mañana su padre tenía que ausentarse durante unas cuantas horas.

Hay niñas de siete años de todos los colores. Algunas te dirán que hace tiempo que han madurado, y te costará no darles la razón; otras parecen más interesadas en los secretos escondidos de la infancia que anidan en los recovecos de su mente que en hablar con un adulto, así que no te dirán nada; y aún hay otras (desde luego, el grupo más numeroso) que todavía no han decidido a qué categoría pertenecen y, según el día, la hora e incluso el instante, pueden mostrar un rostro totalmente distinto al que podrías esperar en ellas.

A sus siete años, Anna pertenecía a este último grupo de niñas, y su padre alimentaba esa condición ambivalente. La trataba igual que a una adulta (con respeto, deferencia y consideración), pero, en cierto modo, al mismo tiempo la protegía para que siguiera albergando la sensación de que todo lo que se le presentaba en el mundo era un descubrimiento sorprendente, único e irrepetible a sus ojos.

El padre de Anna era profesor de lingüística en la Universidad Jaguelónica de Cracovia, y vivir con él implicaba que cada día de la semana llegara acompañado de un idioma diferente. Cuando la niña cumplió siete años, hablaba con soltura tanto alemán como ruso, francés e inglés, y tenía bastantes conocimientos de yiddish y ucraniano, además de nociones de armenio y rumano de los Cárpatos.

Su padre nunca le hablaba en polaco. El polaco se filtraría solo, le decía.

Es imposible aprender tantos idiomas como el padre de Anna sin que te guste hablar. La mayor parte de los recuerdos que Anna tenía de su padre eran de él hablando: riendo y bromeando, discutiendo y suspirando, con alguno de los numerosos amigos y contertulios con los que iba entablando conversación por toda la ciudad. En realidad, durante buena parte de los años que vivió con él, Anna pensó que cada una de las lenguas que hablaba su padre estaba hecha a medida, como un traje de confección, para la persona concreta con la que conversaba. El francés no era francés; era monsieur Bouchard. El yiddish no era yiddish; era Reb Shmulik. Cada palabra y expresión en armenio que había oído Anna le recordaba a la cara del viejecillo tatik que siempre les ofrecía a su padre y a ella una taza de café fuerte y amargo. Todas las palabras en armenio le olían a café.

Si la tierna vida de Anna hubiese sido una casa, los hombres y las mujeres con quienes su padre pasaba el tiempo libre dialogando habrían sido sus pilares. Mantenían cada cosa en su sitio: el cielo arriba y la tierra abajo. Y sonreían y le hablaban como si también fuese su hija. El profesor Łania nunca hacía las visitas solo; siempre iban el profesor Łania y Anna. O, según la ocasión, el profesor Łania y Anja, o Khannaleh, o Anke, o Anushka, o Anouk. La niña tenía tantos nombres como idiomas existían, tantos como personas había en el mundo.

Por supuesto, si cada idioma va asociado a una persona, llega un momento en el que una niña se plantea: ¿cuál es el de mi padre?, ¿cuál es el mío?

Sin embargo, la respuesta era fácil: eran hablantes de los idiomas de otras personas. Todos los demás parecían atados a una sola lengua, o, en el mejor de los casos, a dos o tres, mientras que el padre de Anna daba la impresión de ser totalmente ajeno a las fronteras que dividían a todos los demás en el amplio y variado paisaje de Cracovia. No estaba limitado por ninguna manera concreta de hablar. Podía ser todo lo que quisiera. Salvo él mismo, quizá.

Y si ese era el caso del padre de Anna, bueno, debía de ser también el caso de la niña. En lugar de transmitir a su hija una sola lengua que la definiera, su padre le ofreció el amplio espectro de lenguas que él conocía y le dijo: «Elige entre ellas. Moldéalas a tu medida».

Anna no tenía ni un solo recuerdo de su padre en el que no estuviera charlando. En su memoria, vivía como una estatua vibrante, cincelada con la forma de su habitual postura para escuchar: con la rodilla derecha doblada sobre la izquierda, el codo apoyado contra la rodilla, la barbilla sobre la palma de la mano. A menudo adoptaba esa postura, pero, incluso cuando se hallaba en silencio y absorto en lo que estuviera escuchando, no podía evitar comunicarse, y los labios y las cejas se le arrugaban y fruncían como reacción a lo que le decía la gente. Algunas personas habrían tenido que preguntarle qué significaban todos esos tics idiosincráticos y esas muecas, pero Anna también hablaba con soltura ese idioma y no le hacía falta preguntar.

Su padre y ella pasaban mucho tiempo conversando. Charlaban en todos los idiomas, por todos los rincones de su piso y por todas las calles de la ciudad. De todos los interlocutores que tenía el profesor, Anna estaba segura de que ella era con quien su padre prefería hablar.

La primera vez que Anna se percató de que un idioma era un pacto compartido entre distintas personas (que dos personas hablaran el mismo idioma no significaba que tuviesen que ser iguales) fue la única vez que recordaba haberle preguntado algo a su padre que él no supo responder.

Iban de camino a casa y estaba empezando a anochecer. Anna no reconocía la parte de la ciudad por la que caminaban. Su padre la agarraba con fuerza de la mano y sus largas zancadas la obligaban a trotar para seguirle el paso. El profesor apretó el ritmo cuando el sol empezó a esconderse tras los tejados, lo aceleró aún más cuando el sol se coló por detrás de las colinas que quedaban a lo lejos, y cuando ocurrió el incidente prácticamente iban corriendo.

Los oyó antes de verlos. Se oía la risa de un hombre, estruendosa y divertida. Transmitía una alegría tan auténtica que Anna también empezó a sonreír, impaciente por ver qué era lo que le estaba haciendo reír. Pero cuando llegaron a la calle de la que provenían las carcajadas se le congeló de inmediato la sonrisa.

Había tres soldados.

El soldado que se reía era el más bajito. No recordaba a los otros dos soldados con nitidez, salvo la sensación de que eran como dos torres ante ella.

—¡Salta! —ordenó el soldado más bajo—. ¡Salta! ¡Salta! ¡Salta!

El sollozante anciano que tenían delante se esforzaba por cumplir la orden y daba inútiles saltos en el sitio. Sin embargo, se notaba que le pasaba algo en la pierna; quizá fuese una fractura mal soldada. Era evidente que le dolía muchísimo. Sacando fuerzas de flaqueza, el hombre se mantenía en silencio cada vez que sus zapatos impactaban contra los adoquines a pesar del dolor que le retorcía la expresión.

Daba la sensación de que eso divertía todavía más al soldado más bajo.

Tal vez la parte más cruel de aquel recuerdo fuera el alborozo puro y desinhibido de esa risa: en la mente de Anna, el soldado hablaba, y no solo eso, sino que también se reía en el idioma de Herr Doktor Fuchsmann.

Herr Doktor Fuchsmann era un hombre gordo, casi calvo, que siempre iba con chaleco. Llevaba gafas y se ayudaba de un bastón para caminar y desplazarse por su pequeña farmacia, en la que pasaba el día. Herr Doktor Fuchsmann era un hombre risueño, amigo de la risa, y casi siempre tenía la cara enrojecida. En el poco tiempo que hacía que Anna lo conocía, le había regalado a hurtadillas más galletas de las que la niña había visto en ningún otro sitio.

Y ese soldado bajo estaba hablando con Herr Doktor Fuchsmann.

Anna estaba confusa. Era incapaz de comprender al soldado en el contexto del médico ni al médico en el contexto del soldado. Por eso hizo lo que cualquier niño haría en una situación semejante.

Le preguntó a su padre.

Si el padre de Anna no hubiese sido el hombre que era, y si Anna no hubiese vivido rodeada, hubiese hablado y, en parte, también pensado en alemán durante casi todo el período de sus siete años en el que había adquirido el habla (en pocas palabras, si su acento no hubiese sido tan asombrosamente nativo), esta historia podría haber terminado antes de empezar.

—Papá —dijo Anna—, ¿por qué se ríen de ese hombre?

El padre de Anna no respondió. El soldado volvió la cabeza.

—Porque, Liebling, eso no es un hombre. Es un Jude.

Anna recordaba con precisión todas y cada una de esas palabras, porque pusieron su mundo patas arriba. Creía que sabía qué era el lenguaje, cómo funcionaba, de qué modo las personas elegían distintas palabras y las lanzaban al aire en el que las pronunciaban con el fin de definir su contorno.

Pero esto era mucho más complicado.

Reb Shmulik no decía Jude. Reb Shmulik decía yid.

Y ese soldado, hablara el idioma que hablase, no se parecía en nada a Herr Doktor Fuchsmann aunque se esforzara por comunicar al mundo que no se parecía en nada al judío Reb Shmulik.

En 1939, un grupo de personas llamadas alemanes entraron en un país llamado Polonia y tomaron el control de Cracovia, ciudad donde vivía Anna. Poco después, esos alemanes emprendieron una operación llamada Sonderaktion Krakau («Acción Especial Cracovia»), dirigida contra los intelectuales y académicos de la localidad, entre los que se encontraba el padre de Anna.

El día fijado para la ejecución de la Sonderaktion Krakau fue el 6 de noviembre de 1939, el séptimo cumpleaños de Anna, y lo único que la niña sabía esa mañana era que su padre tenía que ausentarse durante unas cuantas horas.

La dejó con Herr Doktor Fuchsmann para que la cuidara poco después de las once y no regresó nunca más.

No era extraño que su padre la dejase con sus amigos cuando tenía un asunto urgente que atender. Confiaba lo suficiente en ella para dejarla sola en el piso si su ausencia iba a ser breve, pero de vez en cuando, por supuesto, necesitaba estar fuera más tiempo. Anna todavía era pequeña, y alguna que otra vez era preciso que alguien cuidase de ella.

El padre de Anna hacía todo lo que estaba en su mano para aislarla de lo que ocurría en la ciudad, pero una guerra es una guerra y es imposible proteger a un niño eternamente de lo que ocurre en el mundo. Había soldados uniformados por la calle y la gente gritaba, y había perros y miedo, y algunas veces se oían disparos, y si a un hombre le encanta hablar, tarde o temprano su hija oye la palabra «guerra» pronunciada de manera furtiva. «Guerra» es una palabra fuerte en cualquier idioma.

Anna recordaba vagamente que había existido un tiempo en que esa palabra tan fuerte había descendido sobre todos los rincones de su ser como los pesos que sujetan las puntas de una red, pero más que la silueta o el rostro de una persona concreta (más incluso que la borrosa imagen que conseguía formarse de su madre) lo que caracterizaba sus recuerdos de esa época era sobre todo la incesante vida al aire libre en una ciudad exuberante: los paseos por los parques y jardines de personas que no paraban de hablar; las jarras de cerveza, las tazas de café o de té, las mesas en la acera de la avenida; madres, amantes y amigos que se llamaban con cariño por las calles adoquinadas que reverberaban con la esperanza de alcanzar a su ser querido y hacerle darse la vuelta antes de que desapareciera al doblar la esquina. A ojos de Anna, eran días de calor y sol perpetuo, pero la guerra, tal como aprendió enseguida, era como el tiempo revuelto: si azotaba de repente, era mejor que no te pillara al aire libre.

Los últimos meses que convivieron, el padre de Anna pasaba bastante tiempo en casa con ella charlando y, cuando se impuso la inevitable necesidad del silencio, leyendo. El profesor lo hacía con la mejor intención, pero casi todos los libros que tenían excedían con creces el nivel de Anna, así que la muchacha pasaba la mayor parte del tiempo releyendo un libro en concreto: un tomo grueso de cuentos infantiles recopilados de distintas fuentes. Ya fueran de Esopo o de la Biblia, de la mitología nórdica o egipcia, todos estaban ilustrados con la misma tranquilizadora mano decimonónica, trazados con tinta y reproducidos en un grueso papel que pesaba.

Anna echó de menos ese libro en cuanto se vio separada de él. Antes incluso de echar de menos a su padre.

Durante las dos o tres primeras horas que siguieron al mediodía del 6 de noviembre, Herr Doktor Fuchsmann actuó igual que siempre con Anna: bromeaba y se reía por encima de las gafas mientras la tienda estaba vacía, y de repente hacía como si no existiera en cuanto sonaba la campanilla de la puerta y entraba un cliente. Ahora tenía muchas menos galletas que en el pasado, pero ella lo entendía; Herr Doktor Fuchsmann había justificado la carencia alegando que era culpa de la guerra. Se había convertido en algo habitual y Anna había llegado a acostumbrarse; cada vez que alguien comentaba que algo se salía de lo normal, parecía que la explicación siempre era la guerra.

Anna continuaba sin estar del todo segura de qué significaba la palabra «guerra», pero parecía, por lo menos en parte, que era un asalto a su provisión de galletas, y por esa sencilla razón no le gustaba en absoluto.

La niña nunca había visto la farmacia tan concurrida como ese día, y las personas que entraban para pedir algún remedio de Herr Doktor Fuchsmann eran sobre todo jóvenes alemanes con uniformes levemente distintos. Incluso algunos de los hombres de más edad que vestían traje entraban hablando en un alemán seco y entrecortado que, aunque sin duda era el mismo idioma que hablaba Herr Doktor, a Anna le parecía que surgía de unos músculos tensos, mientras que el idioma de él era tranquilo, relajado. A la chiquilla le resultaba curiosísimo, pero Herr Doktor Fuchsmann se ponía nervioso cada vez que Anna prestaba demasiada atención a lo que decían los clientes, así que ella se esforzaba por fingir que no estaba escuchando las conversaciones.

El farmacéutico intentó esconder que su ansiedad crecía conforme avanzaba el día, pero, cuando llegó la hora de cerrar el establecimiento y el padre de Anna no había vuelto a recogerla, Herr Doktor Fuchsmann empezó a mostrar su preocupación de forma más abierta.

Por el contrario, Anna no estaba demasiado preocupada. No era la primera vez que su padre se ausentaba tantas horas y, al final, siempre volvía.

Pero ahora se oían disparos en la calle de vez en cuando y los perros no paraban de ladrar. Herr Doktor Fuchsmann se negó en redondo a llevársela a su casa, y eso sembró la primera semilla de preocupación en la niña. Siempre había sido muy cariñoso con ella y la confundía que de repente fuese tan antipático.

Esa noche, Anna durmió debajo del mostrador de la farmacia de Herr Doktor Fuchsmann. No tenía manta, así que pasó frío, unido al miedo a que la vieran o la oyesen hacer ruido, pues conforme avanzaba la noche las calles se llenaron cada vez más de alemanes.

Le costó mucho conciliar el sueño. Su preocupación hacía que su mente estuviera lo bastante activa para no dejarla dormir, pero no lo suficiente para impedir que se aburriese. Fue en ese lapso interminable cuando echó de menos su libro de cuentos.

Casi al final, había una historia que había leído tantas veces que la destartalada encuadernación del libro se había acostumbrado a abrirse por ahí. Trataba de un larguirucho espectro llamado Rey de los Elfos. A Anna le encantaba contemplar la ilustración del fantasma, hasta que su miedo alcanzaba unas cotas insoportables y tenía que cerrar el libro de repente. Así, el miedo desaparecía obedientemente en cuanto lo hacía el Rey de los Elfos, que se quedaba atrapado entre las páginas del libro, y Anna habría deseado poder encerrar con él en ese preciso instante la preocupación que la corroía por dentro.

Por la mañana, Herr Doktor Fuchsmann le trajo algo de comer. Eso la alivió. Sin embargo, al mediodía quedó patente que no tenía intención de dejar que la chiquilla se quedase con él. Se deshizo en disculpas y le dijo que mandaría a su padre a buscarla a casa si volvía a la farmacia a recogerla, pero que no podía dejar que se quedase en el establecimiento más tiempo.

Todo lo que decía tenía lógica. ¿Quién era ella para llevarle la contraria?

Herr Doktor Fuchsmann cerró con llave la puerta de la farmacia al salir para acompañar a Anna a su casa. Cuando llegaron, la niña no tardó en darse cuenta de que su padre también había cerrado con llave la puerta del piso antes de ir juntos al establecimiento de Herr Doktor Fuchsmann el día anterior. Sin embargo, Herr Doktor Fuchsmann no llegó a saberlo, pues en cuanto vio el edificio de pisos donde vivían los Łania se disculpó y se marchó corriendo a la tienda.

Anna se quedó sentada delante de la puerta de su casa durante un buen rato. Una parte de ella seguía convencida de que su padre volvería a buscarla, e intentaba con todas sus fuerzas aplacar la preocupación y alimentar esa certeza para que ocupara el lugar del temor. Claro que sí, no tardaría en regresar.

Pero no volvió.

Cada vez que notaba que su seguridad flaqueaba, Anna probaba a abrir la puerta. Lo intentó repetidas veces, y cada una de ellas procuraba convencerse de que, en realidad, su padre no la había dejado fuera de casa, sino que ella no había girado el pomo con bastante fuerza y por eso no se abría la puerta.

No obstante, por mucho que deseara creerlo, la puerta no cedió en ningún momento. En épocas de paz, algunas veces esas fantasías pueden hacerse realidad. Por el contrario, en épocas de guerra no se cumplen nunca.

A Anna le pareció que llevaba una eternidad sentada allí, y en cierto modo así era. Para una niña, una hora desperdiciada es toda una vida. Permaneció sentada junto a la puerta por lo menos dos o tres horas, y si no hubiera sido por la vieja señora Niemczyk, que vivía enfrente, en el mismo rellano, tal vez habría seguido esperando a su padre en el umbral hasta que la guerra se lo hubiese impedido.

La señora Niemczyk solía quejarse ante el profesor Łania (y ante otras personas) de que su hija y él hablaban a gritos y hasta bien entrada la noche, pero el padre de Anna estaba convencido de que lo que ocurría en realidad era que a la anciana no le gustaba que invitaran a gitanos, armenios y judíos a entrar en el edificio. La señora Niemczyk solo hablaba polaco, y, además, era una mujer de pocas palabras. En toda su vida jamás se había dirigido directamente a Anna, aunque a menudo hablara de ella con su padre en su presencia, en general para decirle que no sabía educar bien a su hija. Huelga decir que a Anna no le hacía demasiada gracia encontrársela, y eso que era una niña a la que le encantaba relacionarse con la gente.

Poco después de que Anna se plantase a esperar delante de la puerta del piso, la señora Niemczyk salió un momento para hacer un recado. Fijó los ojos en Anna unos segundos mientras recorría el pasillo, y, al regresar, no le quitó la vista de encima ni una sola vez hasta que cerró la puerta de su casa.

Anna no estaba segura de qué iba a hacer la señora Niemczyk a continuación, pero el caso es que la anciana empezó a entreabrir la puerta cada pocos minutos para comprobar si la niña seguía sentada en el descansillo y, cada vez que Anna la veía, la franja de rostro de la señora Niemczyk que atisbaba por la rendija de la puerta le parecía más contenta.

Si no hubiera sido por la señora Niemczyk, es muy probable que se hubiese quedado allí a esperar a su padre.

Si no hubiera sido por la señora Niemczyk, es muy probable que Anna nunca hubiese conocido al Hombre Golondrina.

Había montones de pisos y habitaciones, incluso cafeterías y tabernas, por toda Cracovia en los que alguno de los amigos desperdigados de su padre la habría recibido con los brazos abiertos en muchas lenguas distintas y la habría acogido un par de días. Pero, aun con todo, ella decidió regresar al establecimiento de Herr Doktor Fuchsmann. Al fin y al cabo, era allí donde había visto a su padre por última vez. Y era allí adonde él pensaba ir a buscarla.

Empezó a hacerse tarde. Anna tenía hambre y, al ver que el sol emprendía su descenso hacia el horizonte, se preguntó dónde dormiría esa noche. Esa preocupación era una sensación nueva para la niña; hasta la noche anterior, el único lugar en el que había dormido había sido la camita que había detrás de la puerta cerrada de su piso, enfrente del dormitorio de su padre.

Herr Doktor Fuchsmann estaba ocupado con un cliente cuando Anna llegó a la calle de la farmacia y se quedó ante la puerta. Lo veía por la enorme cristalera del escaparate. Hablaba con un hombre trajeado y, aunque el boticario la miraba directamente a ella, no parecía verla.

En la calle hacía frío.

Si bien en muchos sentidos estaba acostumbrada a comportarse como una adulta, a pesar de su tierna edad, Anna todavía conservaba en esa época la obediencia más infantil. Herr Doktor Fuchsmann le había dicho que no podía quedarse en su establecimiento; daba igual que Anna estuviese segura de que ahora las circunstancias eran distintas de las que pensaba el farmacéutico, daba igual lo desesperada que estuviera, no entraría a menos que él le diese permiso.

Eso era lo que los adultos llamaban «ser una buena chica».

Anna se sentó en la calle a esperar a un padre que no iba a aparecer. La calle en la que estaba la farmacia de Herr Doktor Fuchsmann era corta: una calleja zigzagueante y adoquinada, estrecha, que conectaba dos travesías más importantes y que moría al cruzarse con ellas. No había mucho tráfico, aparte de los clientes que entraban en la farmacia y en las otras tiendas que había en los bajos de los edificios. En general, la gente que entraba o salía de la callejuela vivía en calles mejores, así que no se entretenía mucho al llegar ni al marcharse. Anna mantenía la mirada baja mientras suplicaba que nadie de los que pasaban por delante la viera, a menos que fuese su padre. Se entretenía jugueteando con los dedos y buscando hilillos sueltos en la falda de los que pudiera tirar.

El sonido de unos zapatos captó por fin su atención. El rítmico clac clac debía de haber cruzado la calleja arriba y abajo por lo menos cien veces esa tarde, trazando círculos, caminando adelante y atrás, para desaparecer durante un rato y regresar más tarde, antes de que el sonido de esas suelas de madera contra los adoquines de la calle por fin empezara a resultarle familiar. Cuando levantó la cabeza sorprendida, lo hizo con la seguridad de que conocía esos zapatos. Poco después, el hombre que se alzaba sobre esos zapatos se fijó en que ella se había fijado.

El hombre era alto e increíblemente delgado. Llevaba un traje de lana marrón con chaleco que seguro que estaba hecho a medida. A Anna le costaba imaginarse a nadie con semejante talla, y la ropa le sentaba como un guante. Llevaba un viejo maletín grande de médico de piel marrón gastada y de un tono algo más claro que el color del traje. El maletín tenía unos cierres de latón y en el lateral se leían las iniciales SWG en un rojo deslucido, que en origen debía de haber sido del mismo color que la pajarita oscura que lucía el hombre. Llevaba un paraguas largo y negro cruzado entre las dos asas del maletín, listo para ser abierto, a pesar de que el día estaba despejado.

El hombre delgado dejó de andar cuando se dio cuenta de que Anna lo miraba y bajó la vista hacia ella desde una altura terrorífica para escudriñarla con sus gafas redondas de montura dorada. Llevaba un cigarrillo apagado en los labios, que luego cogió entre los dedos largos y espigados para quitárselo de la boca antes de tomar aliento para hablar.

Justo en ese preciso momento, se oyó la campanilla de la tienda y un joven soldado alemán salió de la farmacia de Herr Doktor Fuchsmann. El hombre delgado volvió la cabeza con brío hacia el soldado y se dirigió a él en un alemán seco, autoritario y sorprendentemente elevado para preguntarle si aquel era el establecimiento del famoso doctor que tanto apreciaba todo el mundo. Sin darse cuenta, Anna contuvo la respiración.

El hombre alto y el desconocido intercambiaron unas frases cortas pero cordiales; el soldado alabó la calidad y la celeridad del servicio de Herr Doktor. Al fin y al cabo, era un médico alemán y no podía esperarse que alguno de esos medicuchos polacos compitiera con él.

Tras una pausa premeditada, el hombre delgado dio las gracias al soldado ladeando la cabeza y dirigió la mirada hacia la farmacia. Desprendía autoridad y Anna se preguntó, igual que debía de haberse planteado el soldado, si se suponía que debía saber quién era. El joven soldado, acostumbrado a las formas de un superior, interpretó el movimiento de la cabeza con el que le había dado las gracias como una orden para que se marchara, pero, antes de que se hubiese alejado mucho, el hombre delgado volvió a llamarlo.

—Soldat, tal vez podría encenderme el cigarrillo —le dijo.

El hombre delgado tenía las alargadas manos cruzadas en la espalda. No cabía duda de que él no iba a molestarse en encenderse el cigarro.

El joven soldado obedeció la orden. El hombre delgado no lo miró a los ojos ni le dio las gracias, ni siquiera con un gesto.

Dio una larga calada al cigarrillo.

El soldado desapareció en la ciudad de Cracovia.

El hombre delgado dio otra calada antes de dirigirse a Anna.

—Bueno —dijo en un alemán excelente, en una exhalación en la que salió tanto humo como el sonido de sus labios—. ¿Quién eres?

Anna no tenía la menor idea de cómo contestar a esa pregunta. Abrió la boca poco a ...