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AUTOBIOGRAFíA

Charles Chaplin

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Fragmento

Preludio

Antes de que se inaugurase el puente de Westminster, Kennington Road no era más que un sendero cubierto de zarzas. En 1750 se comenzó a construir una nueva carretera a partir del puente que enlazaba directamente con Brighton. Como consecuencia, Kennington Road, donde pasé la mayor parte de mi niñez, presumía de algunas mansiones señoriales de mérito arquitectónico, en cuyas fachadas había balcones con enrejado de hierro, desde los que sus ocupantes quizá vieron a Jorge IV cuando iba en coche a Brighton.

A mediados del siglo XIX, la mayor parte de las casas se habían deteriorado y convertido en pisos de alquiler. Sin embargo, algunas permanecían intactas y habitaban en ellas médicos, comerciantes prósperos y estrellas del vodevil. Los domingos por la mañana se veía a lo largo de Kennington Road una bonita yegua y un coche a la puerta de una casa dispuestos a llevar a algún artista de vodevil a dar un paseo de unas diez millas hasta Norwood o Merton, parándose al regreso en diversos pubs: el White Horse, el Horns y el Tankard, situados todos en Kennington Road.

Cuando tenía doce años me quedaba muchas veces frente al Tankard mirando cómo aquellos ilustres caballeros se apeaban de sus coches para entrar en el bar, donde se reunía la flor y nata del vodevil, como solían hacer los domingos para tomar «la última» antes de regresar a sus casas a comer. ¡Qué llamativos resultaban vestidos con sus trajes a cuadros y sus bombines grises, con sus refulgentes sortijas de diamantes y sus alfileres de corbata! Los domingos el pub cerraba a las dos de la tarde, y sus ocupantes se entretenían unos momentos en la puerta antes de despedirse; yo los miraba fascinado y divertido, por el aire ridículo con que se pavoneaban algunos de ellos.

Cuando ya se había marchado el último, era como si el sol se hubiera ocultado tras una nube, y yo volvía a una hilera de casas viejas y cochambrosas que se hallaban a espaldas de Kennington Road, al número 3 de Pownall Terrace, y subía las desvencijadas escaleras que conducían a nuestra pequeña buhardilla. La casa era deprimente y el aire viciado hedía a gachas rancias y a ropa vieja. Aquel domingo, en concreto, mi madre estaba sentada, mirando por la ventana. Se volvió y me sonrió débilmente. La habitación era agobiante, tenía poco más de doce pies cuadrados, y parecía más pequeña aún, porque su techo abuhardillado reducía su tamaño. La mesa, arrimada a la pared, estaba llena de platos y tazas sucios; y en un rincón, contra la pared baja, destacaba una cama de hierro que mi madre había pintado de blanco. Entre la cama y la ventana había una pequeña chimenea, y a los pies de la cama, un viejo sillón, que se desplegaba y se convertía en una cama, en la que dormíamos mi hermano Sydney y yo. Pero ahora Sydney estaba fuera, navegando.

Aquel domingo la habitación resultaba más deprimente porque, por alguna razón, mi madre no la había limpiado. Generalmente la tenía aseada, pues era briosa, alegre y joven todavía; no había cumplido aún treinta y siete años, y podía hacer que aquella buhardilla miserable brillara con dorada comodidad, sobre todo en las invernales mañanas de domingo, cuando solía traerme el desayuno a la cama, y yo me despertaba en una curiosa y reducida habitación, con la pequeña chimenea encendida, para contemplar el humeante hervidor sobre el fogón y un róbalo o un arenque ahumado junto al guardafuego de la chimenea para que se mantuviera caliente, mientras ella preparaba las tostadas. La alegre presencia de mi madre, la acogedora habitación, el sonido apagado del agua hirviendo que caía en la tetera de barro, mientras yo leía mi tebeo, eran los placeres de una tranquila mañana dominical.

Pero aquel domingo ella estaba sentada, distraída, mirando por la ventana. Durante los tres días anteriores había permanecido sentada junto a la ventana, y se mostraba extrañamente silenciosa e inquieta. Yo sabía que estaba preocupada; Sydney se encontraba en alta mar, no teníamos noticias de él desde hacía dos meses y nos habían quitado la máquina de coser alquilada, con la que ella trabajaba para mantenernos, porque se debían varios plazos (procedimiento al que ya estábamos acostumbrados). Y la aportación de cinco chelines a la semana que yo ganaba dando lecciones de baile había cesado de repente.

Apenas era consciente de la crisis porque vivíamos en una crisis constante, y yo, al ser un niño, me olvidaba fácilmente de nuestras preocupaciones. Como de costumbre, volvía corriendo a casa después de la escuela para hacer los recados a mi madre, retirar los restos de comida e ir a buscar un cubo de agua potable, para echar a correr enseguida a casa de los McCarthy y pasar allí la velada. Cualquier cosa con tal de huir de nuestra deprimente buhardilla.

Los McCarthy eran antiguos amigos de mi madre, a quienes había conocido en sus días de vodevil. Vivían en un piso confortable, en la mejor parte de Kennington Road, y, comparados con nosotros, gozaban de una posición relativamente desahogada. Los McCarthy tenían un hijo, Wally, con quien yo solía jugar hasta el anochecer, y siempre me invitaban a tomar el té. Dado que pasaba allí tanto tiempo comía más de una vez con ellos. De vez en cuando la señora McCarthy me preguntaba por mi madre, a la que no veía desde hacía tiempo. Yo inventaba cualquier excusa, pues desde que mi madre conocía la adversidad veía pocas veces a sus antiguos compañeros de teatro.

Por supuesto, había épocas en que me quedaba en casa, y mi madre me hacía té y me preparaba pan frito untado de mantequilla, que me gustaba mucho. Durante una hora me leía algo, pues era una excelente lectora, y yo me daba cuenta del encanto de su compañía y de que hacía mejor quedándome en casa en lugar de ir a la de los McCarthy.

Pero aquel día, al entrar en la habitación, se volvió y me miró con aire de reproche. Me impresionó su aspecto; estaba delgada y ojerosa y se leía el sufrimiento en su mirada. Me invadió una infinita tristeza y dentro de mí se entabló una lucha terrible entre el impulso de quedarme a hacerle compañía y el deseo de alejarme de toda aquella miseria.

—¿Por qué no te vas a casa de los McCarthy? —dijo, mirándome con indiferencia.

Yo estaba a punto de llorar.

—Porque quiero quedarme contigo.

Se volvió y miró distraídamente por la ventana.

—Vete a casa de los McCarthy y quédate a comer…; aquí no hay nada para ti.

Advertí que en su voz había un tono de reproche, pero no quise entenderlo.

—Iré si así lo quieres… —dije con un hilo de voz.

Sonrió lánguidamente y me acarició la cabeza.

—Si —dijo—, vete.

Y aunque le rogué que me permitiera quedarme, repitió que me fuera. Lo hice con sensación de culpabilidad, dejándola sola, sentada en aquella miserable buhardilla, sin percatarme de que pocos días después le esperaba una suerte terrible.

1

Nací el 16 de abril de 1889, a las ocho de la noche, en East Lane, Walworth. Poco después nos mudamos a West Square, St. George’s Road, Lambeth. Según mi madre mi mundo era feliz. Nuestra situación era, hasta cierto punto, acomodada; vivíamos en tres habitaciones amuebladas con gusto. Entre mis recuerdos más tempranos se cuenta uno en el que todas las noches, antes de que mi madre se fuera al teatro, nos metían a Sydney y a mí en una cómoda cama y quedábamos al cuidado de la criada. En mi mundo de tres años y medio todo era posible; si Sydney, que era cuatro años mayor que yo, podía hacer juegos de manos y tragarse una moneda, haciendo que apareciese luego por la nuca, yo podía hacer lo mismo; por eso un día me tragué una moneda de medio penique, y mi madre tuvo que llamar al médico.

Todas las noches, cuando regresaba del teatro, mi madre tenía la costumbre de dejar golosinas sobre la mesa —un pedazo de pastel napolitano o caramelos— para que Sydney y yo las encontrásemos por la mañana y como garantía de que no haríamos ruido, pues ella solía dormir hasta muy tarde.

Mi madre era actriz cómica en un teatro de variedades, una mujercita mignonne cuando lindaba los treinta años, de piel muy blanca, ojos azul violeta y largos cabellos castaño claro, tan largos que podía sentarse en ellos. Sydney y yo la adorábamos. Aunque no era una belleza excepcional, a nosotros nos parecía divina. Los que la conocieron me dijeron años después que era delicada y atractiva y que tenía un encanto arrebatador. Se enorgullecía al vestirnos para las excursiones de los domingos: a Sydney con un traje Eton de pantalón largo y a mí con uno de terciopelo azul y guantes a juego del mismo color. Esas ocasiones eran verdaderas orgías de presunción cuando paseábamos por Kennington Road.

Por aquellos días Londres era tranquilo y el ritmo de vida apacible; incluso los tranvías tirados por caballos que rodaban por el puente de Westminster marchaban a paso sosegado y daban la vuelta tranquilamente, sobre una plataforma giratoria, en la terminal próxima al puente. En los días prósperos de mi madre también nosotros vivimos en Westminster Bridge Road. Su ambiente era alegre y afable, con atractivas tiendas, restaurantes y music-halls. La frutería de la esquina que daba al puente era un alarde de color, con sus ordenadas pirámides de naranjas, manzanas, peras y plátanos fuera, en contraste con el gris solemne del Parlamento, que se erguía justamente al otro lado del río.

Ese fue el Londres de mi niñez, de mis ánimos y despertares: recuerdos de Lambeth en primavera; de hechos e incidentes triviales; de mis viajes sentado en lo alto de un autobús tirado por caballos, junto a mi madre, intentando alcanzar al paso los árboles llenos de lilas; de los billetes multicolores de autobús —naranja, azul, rosa, verde— que cubrían el pavimento en las paradas; de las rubicundas floristas de la esquina del puente de Westminster, que hacían alegres ramitos para la solapa, manipulando con sus hábiles dedos el papel plateado y el tembloroso helecho; del olor húmedo a rosas recién regadas, que me producía una vaga tristeza; de los domingos melancólicos; de los padres con caras pálidas, cuyos hijos llevaban molinillos de juguete y globos de colores por el puente de Westminster, y los maternales vaporcitos de un penique, que bajaban sus chimeneas al deslizarse bajo el puente. Creo que mi alma nació de estas cosas triviales.

Luego estaban los objetos de nuestra sala de estar, que afectaban a los sentidos: el retrato en tamaño natural de Nell Gwyn, que pertenecía a mi madre, y no me gustaba; las licoreras de cuello largo, colocados sobre nuestro aparador, que me deprimían, y la cajita redonda de música, con su tapa de esmalte representando un grupo de ángeles sobre nubes, que me atraía y me desconcertaba al mismo tiempo. Pero lo que más me gustaba era mi silla de seis peniques, comprada a unos gitanos, porque me daba una extraordinaria sensación de propiedad.

Recuerdos de momentos épicos: una visita al Royal Aquarium,* la contemplación de las barracas a ambos lados de la calle, de la cabeza viviente de una dama que sonreía en medio de las llamas; la pesca afortunada de seis peniques: mi madre aupándome hasta lo alto de un gran barril de serrín para que recogiera un paquete sorpresa, que contenía un silbato de caramelo que no sonaba y un broche de rubíes de juguete. Después una visita al music-hall de Canterbury, sentados en una butaca de terciopelo rojo, viendo cómo actuaba mi padre…

Ahora ya es de noche y estoy envuelto en una manta de viaje, en lo alto de un coche de cuatro caballos, en el que van mi madre y sus compañeros de teatro, agradablemente rodeado por su alegría y sus risas, cuando nuestro postillón, con su ruidoso clarín, nos abre paso a lo largo de Kennington Road, mientras resuenan rítmicamente los arneses y los cascos de los caballos.

Algo sucedió entonces, acaso un mes o unos días después. Fue una súbita revelación de que no todas las cosas marchaban bien entre mi madre y el mundo exterior. Ella había estado fuera de casa toda la mañana con una amiga suya, y regresó muy excitada. Yo estaba jugando en el suelo y me di cuenta de que por encima de mí reinaba una intensa agitación, como si estuviera escuchando desde el fondo de un pozo. Mi madre lloraba y lanzaba apasionadas exclamaciones, mencionando una y otra vez el nombre de Armstrong: ¡Armstrong ha dicho esto, Armstrong dijo aquello, Armstrong es un bestia! Su excitación era tan extraña y tan evidente, que rompí a llorar de tal manera que mi madre tuvo que cogerme en brazos y consolarme. Pocos años después me enteré de la importancia de aquella tarde. Mi madre había vuelto de los tribunales, ante los que había demandado a mi padre por no satisfacer la pensión por alimentos, y el asunto no se había resuelto demasiado bien para ella. Armstrong era el abogado de mi padre.

Yo apenas conocía la existencia de un padre, y no recuerdo que viviera nunca con nosotros. Era también artista de vodevil, un hombre tranquilo, reconcentrado, de ojos oscuros. Mi madre decía que se parecía a Napoleón. Tenía voz de barítono y se le consideraba un buen actor. Incluso en aquellos días ganaba la considerable suma de cuarenta libras esterlinas a la semana. Lo malo era que bebía demasiado, algo que, según mi madre, fue la causa de su separación.

A los artistas de ese género les resultaba difícil no beber en aquella época, pues se vendía alcohol en todos los teatros, y después de su trabajo era corriente que fueran al bar del propio teatro a alternar con los espectadores. Había teatros que sacaban más del bar que de la taquilla, y a algunas estrellas les pagaban sueldos elevados no solo por su talento, sino porque se gastaban la mayor parte del dinero en el bar. Así, más de un artista se echó a perder con la bebida; mi padre fue uno de ellos. Murió a causa de su alcoholismo a la edad de treinta y siete años.

Mi madre contaba historias acerca de él con un humor mezclado con cierto aire de tristeza. Cuando estaba bebido, tenía un genio violento y durante una de sus crisis mi madre se fue a Brighton con unos amigos; en respuesta a su frenético telegrama: «¿Qué estás haciendo? ¡Contesta enseguida!», ella le envió el siguiente: «¡Bailes, fiestas y excursiones, querido!».

Mi madre era la mayor de dos hermanas. Su padre, Charles Hill, un zapatero remendón irlandés, procedía del condado de Cork, en Irlanda. Tenía las mejillas sonrosadas como una manzana, un mechón de pelo blanco y una barba como la de Carlyle en el retrato de Whistler. Iba encorvado a causa del reúma, causado, según él, por dormir en los campos húmedos mientras se ocultaba de la policía durante los alzamientos nacionalistas. Con el tiempo se estableció en Londres y se dedicó al arreglo del calzado en East Lane, Walworth.

Mi abuela era medio gitana, algo que avergonzaba a la familia. Sin embargo, ella se ufanaba de que su familia había pagado siempre el alquiler del terreno donde acampaban. Su apellido de soltera era Smith. La recuerdo como una vivaz viejecita, que siempre me saludaba de manera efusiva, imitando el habla de un bebé. Murió antes de que yo cumpliera los seis años. Estaba separada de mi abuelo por una razón que ninguno de los dos quería aclarar; pero, según la tía Kate, hubo un conflicto doméstico porque mi abuelo sorprendió a mi abuela con un amante.

Calibrar la moral de nuestra familia con arreglo a los modelos ordinarios sería tan erróneo como meter un termómetro en agua hirviendo. Con tal herencia, las dos lindas hijas del remendón abandonaron rápidamente el hogar y se dedicaron al teatro.

La tía Kate, hermana menor de mi madre, era también actriz cómica; pero sabíamos poco de ella, pues entraba y salía de nuestras vidas de forma esporádica. Era guapa y apasionada y nunca se llevó bien con mi madre. Sus escasas visitas terminaban por lo general con brusquedad y de mala manera por algo que mi madre había dicho o hecho.

A los dieciocho años mi madre se fue a África con un hombre de mediana edad. Nos hablaba muchas veces de su estancia allí; vivía lujosamente en medio de plantaciones, criados y caballos de silla.

Cuando mi madre tenía dieciocho años nació mi hermano Sydney. Me dijeron que era hijo de un lord, y que cuando llegara a los veintiún años heredaría una fortuna de dos mil libras esterlinas, información que me agradó y me irritó a la vez.

Mi madre no estuvo mucho tiempo en África; regresó a Inglaterra y se casó con mi padre. Yo no sabía qué motivo puso fin a la aventura africana; pero al vernos en la aguda pobreza en que estábamos, le reprochaba que hubiera renunciado a una vida ta

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