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BERTA ISLA

Javier Marías

4


Fragmento

 

Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido, de manera parecida a como no se sabe, en la duermevela, si se está pensando o soñando, si uno aún conduce su mente o la ha extraviado por agotamiento. A veces creía que sí, a veces creía que no, y a veces decidía no creer nada y seguir viviendo su vida con él, o con aquel hombre semejante a él, mayor que él. Pero también ella se había hecho mayor por su cuenta, en su ausencia, era muy joven cuando se casó.

Estos eran los mejores periodos, los más tranquilos y satisfactorios y mansos, pero nunca duraban mucho, no es fácil desentenderse de una cuestión así, de una duda así. Lograba dejarla de lado durante unas semanas y sumergirse en la impremeditada cotidianidad, de la que gozan sin ningún problema la mayoría de los habitantes de la tierra, los cuales se limitan a ver empezar los días, y cómo trazan un arco para transcurrir y acabarse. Entonces se figuran que hay una clausura, una pausa, una división o una frontera, la que marca el adormecimiento, pero en realidad no la hay: el tiempo sigue avanzando y obrando, no sólo sobre nuestro cuerpo sino también sobre nuestra conciencia, al tiempo le trae sin cuidado que durmamos profundamente o estemos despiertos y alerta, que andemos desvelados o se nos cierren los ojos contra nuestra voluntad como si fuéramos centinelas bisoños en esos turnos nocturnos de guardia que se llaman imaginarias, quién sabe por qué, quizá porque luego le parece que no hayan tenido lugar, al que se mantuvo en vigilia mientras dormía el mundo, si consiguió mantenerse en vigilia y no ser arrestado, o pasado por las armas en tiempo de guerra. Una sola cabezada invencible y por su causa se encuentra uno muerto, o es dormido para siempre. Cuánto riesgo en cualquier cosa.

Cuando creía que su marido era su marido no estaba tan sosegada ni se levantaba de la cama con demasiadas ganas de iniciar la jornada, se sentía prisionera de lo largamente aguardado y ya cumplido y no más aguardado, quien se acostumbra a vivir en la espera nunca consiente del todo su término, es como si le quitaran la mitad del aire. Y cuando creía que no lo era pasaba la noche agitada y culpable, y deseaba no despertarse, para no hacer frente a los recelos hacia el ser querido ni a los reproches con que se castigaba a sí misma. Le desagradaba verse endurecida como una miserable. En esos periodos en que decidía o lograba no creer nada, sentía en cambio el aliciente de la duda escondida, de la incertidumbre aplazada, porque antes o después ésta volvería. Había descubierto que vivir en la certeza absoluta es aburrido y condena a llevar una sola existencia, o a que sean la misma la real y la imaginaria, y nadie escapa enteramente a esta última. Y que la sospecha permanente a su vez no es tolerable, porque resulta extenuante observarse sin cesar a uno mismo y a los otros, sobre todo al otro, al más cercano, y comparar con los recuerdos que jamás son fiables. Nadie ve con nitidez lo que ya no está delante, aunque acabe de suceder o aún floten en la habitación el aroma o el descontento de quien apenas se ha despedido. Basta con que alguien salga por una puerta y desaparezca para que su imagen empiece a difuminarse, basta con dejar de ver para ya no ver claro, o no ver nada; y con oír pasa lo mismo, y no digamos con el tacto. ¿Cómo puede uno, entonces, recordar con precisión y en orden lo ocurrido hace mucho tiempo? ¿Cómo puede representarse con fidelidad al marido de hace quince o veinte años, al que se acostaba en la cama cuando ella ya dormía hacía rato, y le penetraba con su miembro el cuerpo? También todo eso se desvanece y se enturbia, como las imaginarias de los soldados. Acaso es lo que se desvanece más pronto.

 

No siempre lo había poseído el descontento, a su marido a la vez español e inglés, Tom o Tomás Nevinson su nombre. No siempre había desprendido una especie de fastidio invasor, un disgusto de fondo que trasladaba consigo por toda la casa y que por tanto se hacía también de superficie. Llegaba con él como una emanación, al salón, al dormitorio, a la cocina, o como si fuera una tormenta suspendida sobre su cabeza que lo seguía a todas partes y rara vez se le alejaba. Eso lo llevaba a ser lacónico y a contestar a pocas preguntas, por supuesto a las comprometidas pero también a las inofensivas. Para las primeras se amparaba en que carecía de autorización para hacer revelaciones, y aprovechaba para recordarle a su mujer, Berta Isla, que jamás la obtendría: aunque pasaran decenios y estuviera al borde de la muerte, nunca podría contarle cuáles eran sus andanzas presentes, o sus cometidos, o sus misiones, la vida vivida cuando no estaba con ella. Berta debía aceptarlo y lo aceptaba: había una zona o una dimensión de su marido que permanecería siempre en la oscuridad, siempre fuera de su campo visual y de su oído, el relato negado, el ojo entrecerrado o miope o más bien ciego; ella sólo podía conjeturarla o imaginársela.

—Y además más vale que no la sepas —le dijo él en alguna ocasión, el obligado hermetismo no le impedía discursear a veces un rato, en abstracto y sin hacer la menor referencia a lugares ni individuos—. A menudo es poco agradable, contiene historias bastante tristes, condenadas a finales desgraciados, para unos o para otros; de vez en cuando es divertida pero casi siempre es fea, o aún peor, deprimente. Y con frecuencia salgo de ella con mala conciencia. Por fortuna se me pasa pronto, es transitoria. Por fortuna me olvido de lo que he hecho, es lo bueno de los episodios fingidos, no es uno mismo quien los experimenta, o sólo como si fuera un actor. Los actores vuelven a su ser tras concluir la película o la función de teatro, y éstas terminan disipándose siempre. A la larga sólo dejan un vago recuerdo como de cosa soñada e inverosímil, en todo caso dudosa. Incluso impropia de uno, y así uno se dice: ‘No, yo no he podido tener ese comportamiento, la memoria se confunde, era otro yo y es un equívoco’. O es como si fuera uno un sonámbulo, que ni siquiera se entera de sus acciones y pasos.

Berta Isla sabía que vivía parcialmente con un desconocido. Y alguien que tiene vedado dar explicaciones sobre meses enteros de su existencia se acaba sintiendo con licencia para no darlas sobre ningún aspecto. Pero también Tom era, parcialmente, una persona de toda la vida, que se da por descontada como el aire. Y uno jamás escruta el aire.

Se conocían desde casi niños, y entonces Tomás Nevinson era alegre y ligero y sin niebla ni sombra. El Instituto Británico de la calle Martínez Campos, junto al Museo Sorolla, en el que él había estudiado desde el principio, abandonaba o soltaba a sus alumnos a los trece o catorce años, tras lo que se llamaba en la época cuarto de bachillerato. Quinto, sexto y preuniversitario, los tres cursos restantes antes de la Universidad, debían completarlos en otro sitio, y no pocos pasaban al colegio de Berta, el Estudio, aunque sólo fuera porque también era mixto y laico, en contra de la norma en España durante el franquismo, y porque así no se movían de barrio, Estudio tenía su sede en la cercana calle de Miguel Ángel.

A menos que fueran horrendos o sin gracia alguna, los ‘nuevos’ solían arrasar entre los del sexo opuesto, precisamente por novedosos, y Berta se enamoró muy rápido del joven Nevinson, primitiva y obcecadamente. Hay mucho de decisión elemental y arbitraria, también esteticista o presumida (uno mira alrededor y se dice: ‘Quedo bien con este’), en esos amores que por fuerza empiezan con timidez, con miradas no sostenidas, sonrisas y conversaciones leves que disimulan el apasionamiento, el cual sin embargo arraiga en seguida y parece inamovible hasta el fin de los tiempos. Claro que es un apasionamiento teórico y en absoluto sometido a prueba, aprendido de las novelas y las películas, una proyección fantaseada en la que predomina una imagen estática: la muchacha se figura a sí misma casada con el elegido y él con ella, como un cuadro sin desarrollo ni variación ni historia, la visión se acaba ahí, los dos carecen de capacidad para ir más lejos, para verse a unas edades remotas que no les conciernen y se les antojan inalcanzables, para representarse otra cosa que la culminación, tras la que todo es impreciso y se frena; o es consecución, en los más clarividentes u obstinados. En unos tiempos en que aún se estilaba que al dejar la soltería las mujeres añadieran un ‘de’ a su apellido, seguido del del marido, a Berta le influían a favor de su elección hasta los efectos visual y sonoro de su nombre futuro lejano: no era lo mismo pasar a ser Berta Isla de Nevinson, que evocaba aventuras o parajes exóticos (un día tendría una tarjeta de visita que pondría eso exactamente; qué más, ya se vería), que Berta Isla de Suárez, por mencionar el apellido del compañero que le había gustado hasta la aparición de Tom en el colegio.

No fue la única chica de la clase que se fijó en él de ese modo vehemente y resuelto, y que tuvo aspiraciones. De hecho su llegada causó un general revuelo en el microcosmos, que se prolongó durante dos trimestres, hasta que hubo dueña aparente. Tomás Nevinson era bastante bien parecido y algo más alto que la mayoría, con un pelo rubiáceo peinado hacia atrás y anticuado (como de piloto de los años cuarenta, o de ferroviario cuando lo llevaba más corto, o de músico cuando lo llevaba más largo, nunca mucho contra la tendencia que se iba imponiendo; recordaba al del actor secundario Dan Duryea y se acercaba al del actor principal Gérard Philipe, cuando adquiría su volumen máximo: para los que tengan curiosidad visiva o memoria), y toda su persona transmitía la solidez de quien es inmune a las modas y por tanto a las inseguridades, que tantas formas adoptan hacia los quince años, casi nadie escapa a ellas. Daba la impresión de no estar sujeto a su época, o de sobrevolarla, como si no concediera importancia a las circunstancias azarosas, y siempre lo es el día en que uno nace, incluso el siglo. En realidad sus facciones no pasaban de gratas, tampoco es que fuera un ejemplo de belleza juvenil innegable; lindaban con la sosería, que al cabo de un par de decenios se las apropiaría sin remedio. Pero de momento la salvaban de ella los labios carnosos y bien dibujados (que invitaban a ser recorridos con el dedo y palpados, quizá más que besados) y la mirada gris mate o brillante atormentada, según la luz o el tormento incipiente que se le estuviera condensando: unos ojos penetrantes, inquietos y más apaisados de lo habitual, que raramente descansaban y que contradecían el conjunto de serenidad de su figura. En esos ojos se vislumbraba algo anómalo, o tal vez se anunciaban anomalías venideras, entonces sólo acechantes o agazapadas, como si no les tocara despertar todavía y hubieran de madurar o incubarse para alcanzar su plena potencia. La nariz carecía de distinción, más bien ancha y como sin terminar, o por lo menos sin rúbrica. El mentón era vigoroso, tirando a cuadrado, levemente saliente, le confería un aire determinado. Era el todo lo que poseía atractivo, o encanto, y en él imperaba, más que el aspecto, el carácter irónico y liviano, propenso a las bromas suaves y despreocupado, tanto por lo que sucedía en el exterior como por lo que se ventilaba en su cabeza, que no sería fácil de adivinar ni siquiera para él mismo y no lo era para los cercanos: Nevinson rehuía la introspección y hablaba poco de su personalidad y de sus convicciones, como si ambas prácticas le parecieran un juego de niños y una pérdida de tiempo. Era lo contrario del adolescente que se descubre y analiza y observa y trata de descifrarse, con impaciencia por averiguar a qué clase de individuo pertenece; sin darse cuenta de que la pesquisa es inútil porque aún no está hecho del todo, y además ese saber no llega —si llega, y no se va modificando y negando— hasta que se toman decisiones de peso y se obra sobre la marcha, y cuando eso ocurre ya es tarde para rectificar y ser de otra clase. A Tomás Nevinson, en todo caso, no le interesaba mucho darse a conocer ni seguramente conocerse, o bien ya tenía completado el segundo proceso y el primero lo juzgaba costumbre de narcisistas. Acaso era la mitad inglesa de su ascendencia, pero a la postre nadie sabía muy bien cómo era. Bajo su apariencia amistosa y diáfana, incluso afable, había una frontera de opacidad y reserva. Y la mayor opacidad consistía en que los demás no eran conscientes, y apenas se percataban de esa capa impenetrable.

 

Era completamente bilingüe, hablaba inglés como su padre y español como su madre, y el hecho de que hubiera vivido principalmente en Madrid desde que no era capaz de articular palabra, o muy pocas, no mermaba su fluidez ni su elocuencia en la primera de estas lenguas: se había educado en ella durante la infancia y era la dominante en su casa, y todos los veranos desde que tenía memoria los había pasado en Inglaterra. A eso se añadían su facilidad para aprender terceras o cuartas y una extraordinaria habilidad para imitar hablas y cadencias y dicciones y acentos, nada más oír a alguien un rato sabía remedarlo a la perfección, sin previo ensayo ni esfuerzo. Con eso se ganaba simpatías y risas de sus compañeros, que acababan por solicitarle sus mejores interpretaciones. También impostaba la voz con eficacia y así l

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