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BLUE

Danielle Steel

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Fragmento

A mis queridos hijos:

Beatie, Trevor, Todd, Nick,

Samantha, Victoria, Vanessa,

Maxx y Zara.

La vida se compone de momentos especiales,

momentos de dicha o de dolor,

golpes de suerte fabulosos,

gestos de una amabilidad increíble,

momentos inolvidables cuyo efecto se deja sentir

a lo largo de toda la vida, momentos valiosísimos.

Que todos vuestros momentos especiales sean

valiosos y felices, que os afecten de la mejor manera

y sean una bendición.

Que dejéis una huella positiva en los demás,

que la de ellos en vosotros sea siempre afectuosa,

y que siempre, siempre, sepáis y recordéis

que os quiero con un amor infinito,

con toda mi alma, ahora y siempre.

Con todo mi amor,

MAMÁ/D. S.

1

Habían tardado siete horas en todoterreno desde la aldea de las inmediaciones de Luena hasta Malanje; a partir de allí el viaje continuaba en tren hasta Luanda, la capital de Angola, en el sudoeste de África. El trayecto desde Luena era largo y dificultoso debido a las minas terrestres que quedaban sin explotar en la región, lo que requería extremar las precauciones durante el camino para evitarlas. Después de cuarenta años de conflictos y una guerra civil, el país estaba asolado y necesitaba con urgencia toda la ayuda exterior posible. Por eso se encontraba allí Ginny Carter, como enviada de SOS Human Rights, una fundación privada con sede en Nueva York que enviaba a trabajadores humanitarios por todo el mundo. En general las misiones duraban entre dos y tres meses, puntualmente más. Formaba parte de un equipo de apoyo cuyo objetivo era defender los derechos humanos que estuvieran vulnerándose o en peligro; ella solía asistir a mujeres y a niños, pero a veces también se ocupaba de las necesidades físicas más urgentes de un foco problemático en algún rincón del mundo, como la falta de alimento, agua, medicamentos o refugio. A menudo intervenía en cuestiones legales, como cuando visitaba a presas, hablaba con abogados o intentaba que aquellas mujeres tuvieran un juicio justo. Aunque la organización cuidaba mucho a sus trabajadores y actuaba con responsabilidad, en ocasiones el trabajo entrañaba peligro. Antes de su primera misión, Ginny había recibido un curso muy completo en el que le habían enseñado de todo, desde cavar zanjas y potabilizar agua, hasta primeros auxilios. Sin embargo, nadie la había preparado para lo que verían sus ojos. Desde que empezó a trabajar para SOS/HR había aprendido muchísimo acerca de la crueldad de los hombres y las dificultades a las que se enfrentaba la gente en los países emergentes o en vías de desarrollo.

Cuando dejó atrás el control de aduanas del aeropuerto JFK de Nueva York, llevaba veintisiete horas de viaje a sus espaldas, contando el vuelo de Luanda a Londres, las cuatro horas de escala en Heathrow y el vuelo hasta Nueva York. Vestía vaqueros, botas de montaña y una pesada parca de algún excedente militar; el pelo, largo y rubio, lo llevaba recogido en un moño sin orden ni concierto que se había hecho al despertarse en el asiento del avión, justo antes de aterrizar. Había estado en África desde agosto, cuatro meses, más de lo habitual, y llegaba a Nueva York el 22 de diciembre. Había abrigado la esperanza de que estaría de nuevo en alguna misión en el extranjero para esas fechas, pero iba a tener que enfrentarse a unas Navidades sola en la gran ciudad.

Podría haberse marchado a Los Ángeles para pasar las fiestas con su padre y su hermana, pero eso le parecía aún peor. Había dejado Los Ángeles hacía casi tres años y no sentía el menor deseo de regresar a la ciudad en la que se había criado. Desde que se marchara de allí, vivía como una nómada, como decía ella, trabajando para SOS Human Rights. Le encantaba su trabajo, y el hecho de que fuera tan absorbente que prácticamente le impedía pensar en su vida personal, una vida que nunca, ni en sus sueños más disparatados, había imaginado que llevaría, trabajando en esos países que ya conocía tan bien. Había ayudado a comadronas a traer niños al mundo o, cuando no había nadie más a mano, ella misma había hecho de partera. Había sostenido en sus brazos a niños moribundos, había consolado a sus madres y había cuidado de huérfanos en campamentos de desplazados. Había estado en zonas desgarradas por la guerra, había vivido dos levantamientos populares y una revolución, había sido testigo de una angustia, una pobreza y una devastación que de otro modo no habría conocido jamás. Todo aquello le permitía relativizar el resto de las cosas. En SOS/HR agradecían su disposición a viajar a algunas de las peores zonas en las que proporcionaba asistencia, por muy inhóspitas o peligrosas que fueran, por muy duras que resultasen las condiciones de vida. Cuanto más duras eran y cuanto más ardua su labor, más le gustaba.

No le importaban nada los peligros a los que se exponía. De hecho, había desaparecido durante tres semanas en Afganistán, y la oficina central creyó que la habían matado. En Los Ángeles, su familia también temió que hubiera corrido esa suerte. Pero regresó al campamento, débil y enferma, después de que la acogiera una familia local, que la había cuidado hasta que le bajó la fiebre. Parecía aceptar lo peor que SOS/HR tenía para ofrecer con los brazos abiertos y de buen grado. Siempre podían contar con ella cuando necesitaban a alguien que se ofreciese voluntario y aguantase hasta el final sobre el terreno. Había estado en Afganistán, en distintas partes de África y en Pakistán. Sus informes eran precisos, perspicaces y útiles, y en dos ocasiones presentó su trabajo en la sede del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, y una, ante el Comisionado para los Derechos Humanos en persona, en Ginebra. Su forma de describir el sufrimiento de las personas a las que ayudaba, sin restar un ápice de crudeza y patetismo, resultaba impactante.

Cuando aterrizó en Nueva York, estaba cansada física y mentalmente. Le había dado pena despedirse de las mujeres y los niños que había tenido a su cargo en un campamento de refugiados de Luena, Angola. Los cooperantes habían estado tratando de realojarlos, a pesar de las cortapisas que planteaba la maraña de trámites burocráticos. Le habría gustado quedarse seis meses o un año más. Los tres meses que solían durar las misiones le resultaban siempre demasiado cortos. Apenas tenían tiempo de familiarizarse con las condiciones del país antes de que los reemplazasen, aun cuando su cometido consistía tanto en informar con precisión acerca de las condiciones de vida como en cambiarlas. Hacían lo que podían mientras estaban allí, pero era como vaciar el mar con una cuchara. Había tantas personas con necesidades desesperadas, y tantas mujeres y niños viviendo en circunstancias extremas...

Aun así, Ginny era capaz de hallar motivos de alegría en lo que hacía y siempre aguardaba con impaciencia cada nuevo destino. Deseaba pasar el menor tiempo posible en Nueva York, y la perspectiva de las vacaciones la aterraba. Habría preferido pasarlas trabajando hasta la extenuación en algún lugar donde no existiera la Navidad, como no existía para ella en esos momentos. Qué mala suerte que hubiera aterrizado en Nueva York a tres días de las fiestas, las peores fechas del año para ella. Lo único que deseaba hacer era dormirse nada más llegar a su apartamento y despertarse cuando hubiera terminado todo. Las vacaciones, en su caso, eran sinónimo de sufrimiento.

Aparte de las figurillas de madera que le habían tallado los niños del campamento de refugiados, no tenía ningún objeto que declarar en el control de aduanas. Sus tesoros en esos momentos eran los recuerdos que llevaba consigo allá adonde iba, de las personas a las que había conocido por el camino. Las posesiones materiales no le interesaban y lo único con lo que viajaba era una maleta pequeña y ajada y la mochila que acarreaba a la espalda. Nunca tenía tiempo para mirarse en el espejo mientras trabajaba, y tampoco le importaba. Una ducha caliente era su mayor lujo y placer, cuando podía darse una; el resto del tiempo se duchaba con agua fría, con el jabón que llevaba consigo. La ropa que tenía, es decir, los vaqueros, sudaderas y camisetas, estaba siempre limpia, pero nunca planchada. Le bastaba con tener ropa que ponerse, lo cual ya era más de lo que poseía mucha de la gente con la que trabajaba. Y con frecuencia regalaba su ropa a personas que la necesitaban más que ella. Salvo por una intervención en el Senado en la que habló con elocuencia, hacía tres años que no se ponía un vestido, zapatos de tacón o maquillaje. Cuando había presentado sus informes ante las Naciones Unidas o la Comisión de Derechos Humanos, había ido con unos viejos pantalones negros, jersey y zapatos planos. Lo único que le parecía importante era lo que tenía que decir, el mensaje que debían oír y las atrocidades que había presenciado a diario en el desempeño de su trabajo. Ginny observaba desde primera fila las crueldades y los crímenes cometidos contra mujeres y niños a lo largo y ancho del planeta. Y a ellos debía hablarles en su nombre cuando, al regresar a casa, le pedían que hablase. Sus palabras eran siempre contundentes, bien escogidas, y h

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