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BORN TO RUN (EDICIóN EN LENGUA ESPAñOLA)

Bruce Springsteen

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Fragmento



Born to Run

Prefacio

LIBRO I.

GROWIN’ UP

1. Mi Calle

2. Mi casa

3. La iglesia

4. Los italianos

5. Los irlandeses

6. Mi madre

7. El Big Bang (Have you heard the news...?)

8. Días de radio

9. El segundo advenimiento

10. El showman (Señor de la Danza)

11. El blues del hombre trabajador

12. Where the Bands Are

13. Los Castiles

14. Érase una vez un Little Steven

15. Earth

16. El Upstage Club

17. Tinker (Surfin’ Safari)

18. Steel Mill

19. El regreso a casa

20. Endless Summer

21. Beatnik Deluxe

22. California Dreamin’ (Toma dos)

23. Es un bar, idiotas

24. Adelante y hacia arriba

25. Losing My Religion

26. Entrenándonos en la carretera

Recibe antes que nadie historias como ésta

27. The Wild, the Innocent & the E Street Shuffle

28. El Satellite Lounge

LIBRO II.

BORN TO RUN

29. Born to Run

30. Jon Landau

31. Thunder Road

32. Premio gordo

33. La E Street Band

34. Clarence Clemons

35. Nuevos contratos

36. Viviendo con la ley

37. Darkness on the Edge of Town

38. La caída

39. Tiempo muerto

40. The River

41. Hitsville

42. Hello Walls

43. Nebraska

44. Deliver Me From Nowhere

45. California

46. Born in the USA

47. Buona fortuna, fratello mio

48. El gran éxito

49. Yendo a casa

50. Regresar a México

51. Tunnel of Love

52. Goin’ Cali

LIBRO III.

LIVING PROOF

53. Living Proof

54. Revolución pelirroja

55. Cambios

56. Los Ángeles en llamas

57. Camino de la capilla

58. Terremoto Sam

59. «Streets of Philadelphia»

60. The Ghost of Tom Joad

61. Hombre del oeste

62. Mujer del este

63. El rey de Nueva Jersey (Días de Hollywood)

64. Bringing It All Back Home

65. Revival

66. The Rising

67. Salvaje Este

68. Las Seeger Sessions

69. Magic

70. Domingo de Super Bowl

71. Seguir adelante

72. Wrecking Ball

73. Perder la lluvia

74. La gira de Wrecking Ball

75. De cero a sesenta en un suspiro

76. Tierra del garaje

77. High Hopes

78. El frente bélico en casa

79. Long Time Comin’

Epílogo

Agradecimientos

Créditos de las fotos

Imágenes

Sobre el autor

Sobre este libro

Créditos

Notas

Para Patti, Evan, Jess y Sam

Procedo de una población costera donde casi todo tiene un tinte algo fraudulento. Como yo mismo. A los veinte años no era un rebelde conductor de coches de carreras, sino un guitarrista que tocaba en las calles de Asbury Park y ya un miembro destacado de aquellos que «mienten» al servicio de la verdad… artistas, con «a» minúscula. Pero tenía cuatro ases en la manga. Era joven, acumulaba casi una década de experiencia en bandas de tugurios, había un buen grupo de músicos locales en sintonía con mi estilo interpretativo y tenía una historia que contar.

Este libro es a la vez la continuación de esa historia y la búsqueda de sus orígenes. He tomado como parámetros los hechos de mi vida que creo que dieron forma a la historia y a mi trabajo como intérprete. Una de las preguntas que me hacen una y otra vez los fans por la calle es «¿Cómo lo haces?». En las páginas siguientes intentaré aclarar el «cómo» y, más importante, el «por qué».

Kit de supervivencia rock and roll

ADN, capacidad innata, estudio del oficio, desarrollo y devoción por una filosofía estética, un puro deseo de… ¿fama?… ¿amor?… ¿admiración?… ¿atención?… ¿mujeres?… ¿sexo?… y oh, sí… pasta. Luego… si quieres llegar hasta el final mismo de la noche, un furioso fuego en las entrañas que simplemente… no… deja… de… abrasarte.

Estos son algunos de los elementos que resultan de utilidad si te enfrentas a ochenta mil (o a ochenta) fans del rock and roll que aúllan y te esperan para que les hagas tu truco de magia. Esperan que saques algo del sombrero, del mismo aire, algo que no es de este mundo, algo que antes de que los fieles se reuniesen hoy aquí era tan solo un rumor alimentado por las canciones.

Estoy aquí para dar una prueba de vida a ese «nosotros» siempre elusivo, nunca totalmente creíble. Ese es mi truco de magia. Y, como todo buen truco de magia, empieza con una presentación. Así que…

Tengo diez años y me conozco cada grieta, saliente y hendidura de la desmoronada acera que recorre arriba y abajo Randolph Street, mi calle. Aquí, según cómo transcurra la tarde, soy Aníbal cruzando los Alpes, un soldado atrapado en un cruento combate en plena montaña, o innumerables héroes de película de vaqueros recorriendo los pedregosos senderos de la Sierra Nevada. Panza abajo sobre el suelo, junto a los hormigueros que brotan volcánicos donde la tierra y el cemento confluyen, mi mundo se extiende hasta el infinito, o por lo menos hasta la casa de Peter McDermott en la esquina de las calles Lincoln y Randolph, a solo una manzana.

Por estas calles me pasearon en mi cochecito infantil, aprendí a andar, mi abuelo me enseñó a montar en bicicleta y luché y escapé de algunas de mis primeras peleas. Aprendí la hondura y el consuelo de la amistad verdadera, sentí mis primeras agitaciones sexuales y, en las noches anteriores al aire acondicionado, vi llenarse los porches de vecinos que buscaban conversación y alivio del calor veraniego.

Aquí, en torneos épicos de «pelotas fuera», golpeé la primera de las cien pelotas de goma Pinky en el bordillo suavemente moldeado de mi acera. Trepé sobre ventisqueros de nieve sucia, amontonada por las quitanieves por la noche, yendo de una punta a otra de la calle, el Edmund Hillary de Nueva Jersey. Mi hermana y yo nos quedábamos a menudo embobados, espiando a través de las enormes puertas de madera de la iglesia de nuestra esquina, observando el eterno desfile de bautizos, bodas y funerales. Acompañaba a mi apuesto y astrosamente elegante abuelo mientras caminaba precariamente dando la vuelta a la manzana, con el brazo izquierdo paralizado contra el pecho, haciendo sus «ejercicios» después de un ictus debilitante del que nunca se recuperó.

En nuestro patio delantero, a pocos metros del porche, estaba el árbol más imponente del pueblo, una altísima haya roja. Dominaba sobre nuestra casa de tal modo que, de caer un rayo bien dirigido, hubiésemos muerto todos como caracoles aplastados bajo el meñique de Dios. Las noches que tronaba y los relámpagos pintaban de azul cobalto el dormitorio familiar, veía cómo sus ramas se movían y adquirían vida propia entre ráfagas de viento y destellos blancos, mientras yo yacía despierto preocupándome por mi amigo, el monstruo de ahí fuera. En los días soleados, sus raíces eran fortificaciones para mis soldados, corral para mis caballos y mi segundo hogar. Tuve el honor de ser el primero en la manzana en trepar hasta sus alturas. Allí encontré un refugio de todo lo que había abajo. Deambulaba durante horas por sus ramas, oyendo las lejanas voces de mis colegas que llegaban desde la acera a mis pies, intentando seguir mis movimientos. Bajo sus brazos durmientes, las noches de verano nos sentábamos con mis amigos, como la caballería al anochecer, esperando el campanilleo vespertino del vendedor de helados y la hora de irse a la cama. Oía la voz de mi abuela que me llamaba, el último sonido de un largo día. Subía al porche delantero, nuestras ventanas brillantes en la luz del crepúsculo veraniego, dejaba que se abriese la pesada puerta y luego se cerrase detrás de mí, y durante una hora o así nos sentábamos frente a la estufa con mi abuelo, él en su sillón, y veíamos cómo la pantalla del pequeño televisor en blanco y negro iluminaba la sala, lanzando sus espectrales sombras a paredes y techo. Luego, me dejaba llevar por el sueño en el mayor y más triste santuario que yo haya conocido, la casa de mis abuelos.

Aquí vivo con mi hermana Virginia, un año menor que yo, mis padres Adele y Douglas Springsteen, mis abuelos, Fred y Alice, y mi perro Saddle. Vivimos, literalmente, en el seno de la Iglesia católica, pues solo a un chute de pelota a través de un descampado lleno de hierbajos están la iglesia y colegio de Santa Rosa de Lima, el convento de las monjas y la rectoría del párroco.

Aunque él nos observa desde las alturas, aquí Dios está rodeado por hombres… hombres locos, para ser exactos. Mi familia ocupa cinco casas, dispuestas en forma de L, ancladas en la esquina por la iglesia de ladrillo rojo. Somos cuatro casas de antiguos irlandeses, la gente que me crió –los McNicholas, los O’Hagan, los Farrell–, y, al otro lado de la calle, un solitario puesto avanzado de italianos, que salpimentaron mis años mozos. Son los Sorrentino y los Zerilli, venidos de Sorrento, Italia, pasando por Ellis Island y Brooklyn. Aquí viven la madre de mi madre, Adelina Rosa Zerilli, la hermana mayor de mi madre, Dora, su marido Warren (irlandés, claro), y su hija, mi prima mayor Margaret, quien, junto a mi primo Frank, son campeones de bailar el jitterbug y han ganado concursos y trofeos por toda la costa de Jersey.

Aunque no son enemigos, los clanes pocas veces cruzan la calle para socializar los unos con los otros.

La casa en la que vivo con mis abuelos es propiedad de mi bisabuela «Nana» McNicholas, la madre de mi abuela, que sigue vivita y coleando calle arriba. Me han contado que la primera misa y el primer funeral del pueblo se celebraron en nuestra sala de estar. Aquí vivimos bajo la persistente mirada de la hermana mayor de mi padre, mi tía Virginia, que murió a los cinco años atropellada por un camión mientras iba en su triciclo, pasada la esquina de la gasolinera. Su retrato se cierne sobre la habitación, exhalando un aire fantasmal y proyectando su malogrado destino sobre nuestras reuniones familiares.

Es el suyo un retrato formal en tono sepia de una niña pequeña que lleva un anticuado vestido infantil de lino blanco. Su mirada engañosamente benigna, a la luz de los hechos, parece querer decir ahora: «Tened cuidado. El mundo es un lugar peligroso y despiadado que lanzará tu culo desde el triciclo hacia la más desconocida oscuridad, y solo estas almas infortunadas, pobres y extraviadas te echarán de menos». Su madre, mi abuela, había escuchado ese mensaje alto y claro. Tras la muerte de su hija se pasó dos años en cama y envió a mi padre, desatendido y con raquitismo, a las afueras del pueblo con unos parientes, hasta que ella por fin se recuperó.

Pasó el tiempo; mi padre dejó la escuela a los dieciséis y se puso a trabajar como aprendiz en la Karagheusian Rug Mill, una fábrica de alfombras de ensordecedora maquinaria cuyos telares repiqueteaban ruidosos, y que ocupaba ambos lados de Center Street en una zona del pueblo llamada «Texas». A los dieciocho, partió a la guerra zarpando desde Nueva York a bordo del Queen Mary. Sirvió como conductor de camión en la batalla de las Árdenas, vio la pequeña porción de mundo que llegaría a conocer y regresó a casa. Jugaba al billar, muy bien, por dinero. Conoció a mi madre y se enamoró de ella, prometiéndole que si se casaba con él buscaría un empleo serio (¡bandera roja!). Trabajaba con su primo, David «Dim» Cashion, en la cadena de montaje de la planta de Ford Motor en Edison, y entonces llegué yo.

Para mi abuela, yo era el primogénito de su único hijo y el primer bebé en la casa desde la muerte de su hija. Mi nacimiento le devolvió un propósito a su vida. Se apoderó de mí con vehemencia. Su misión era protegerme totalmente del mundo dentro y fuera de casa. Lamentablemente, su devoción obsesiva y ciega la enfrentaría agriamente a mi padre, causando una gran confusión en la familia. Aquello iba a afectarnos a todos.

Cuando llueve, la humedad en el aire cubre nuestro pueblo con el olor de posos de café que llega flotando desde la fábrica Nescafé, situada en el extremo este del municipio. No me gusta el café, pero sí ese olor. Es reconfortante; une al pueblo en una experiencia sensorial común; es una buena industria, como la fábrica de alfombras que colma nuestros oídos, ofrece empleos y señala la vitalidad de nuestro pueblo. Este es un lugar –puede oírse, olerse– donde la gente vive sus vidas, sufre con dolor, disfruta de pequeños placeres, juega a béisbol, muere, hace el amor, tiene hijos, bebe hasta emborracharse en las noches de primavera y hace lo que puede para mantener a raya a los demonios que buscan destruirnos, a nosotros y a nuestros hogares, nuestras familias, nuestro pueblo.

Aquí vivimos a la sombra del campanario, donde el sagrado neumático pisa la carretera, todos engañosamente bendecidos por la gloria del Señor, en esta población de infarto que se baja los pantalones, engendra revueltas raciales, odia a los diferentes, te estremece el alma, genera amor y odio, y te rompe el corazón. Freehold, Nueva Jersey.

Que dé comienzo el servicio.

Es jueves por la noche, la noche de la recogida de basuras. Estamos movilizados y listos para irnos. Subimos al sedán de 1940 de mi abuelo para desplegarnos y escarbar en cada montón de basura desparramado sobre los bordillos del pueblo. Primero nos dirigimos a Brinckerhoff Avenue, pues allí hay dinero y la basura es la mejor. Vamos a por vuestras radios, cualquier radio, sin importar su estado. Las recogeremos de vuestras basuras, las arrojaremos en nuestro maletero y las traeremos a casa, al «cobertizo» de mi abuelo, el cubículo de dos por dos metros hecho de madera en un minúsculo rincón de la casa. Aquí, sea invierno o verano, se hace magia. Aquí, en una «habitación» llena de cables eléctricos y tubos de incandescencia, me siento muy concentrado a su lado. Mientras él conecta cables, suelda y cambia los tubos fundidos por otros nuevos, esperamos juntos el mismo momento: ese instante en que la respiración susurrante, el hermoso y grave zumbido estático y el cálido destello crepuscular de la electricidad volverán a animar los inertes esqueletos de las radios que hemos salvado de la extinción.

Aquí, en la mesa del taller de mi abuelo, la resurrección es real. El silencio del vacío será absorbido y rellenado con las crepitantes y distantes voces de predicadores domingueros, vendedores charlatanes, música de big band, rock and roll primigenio y seriales dramáticos. Es el sonido del mundo exterior que pugna por alcanzarnos, llamando a nuestro pequeño pueblo y, más hondamente, al universo herméticamente sellado del número 87 de Randolph Street. Una vez devueltos al mundo de los vivos, todos esos aparatos serán vendidos por cinco dólares en los campamentos de temporeros que, al llegar el verano, jalonarán los campos de las granjas limítrofes con nuestro municipio. Que viene el «hombre de la radio». Así se conoce a mi abuelo entre la población mayoritariamente negra de migrantes sureños que cada temporada regresa en autobús para recolectar los cultivos del rural condado de Monmouth. Mi madre conduce para llevar a mi abuelo, afectado por un ictus, a fin de que pueda comerciar con «los negros» en sus campamentos «Mickey Mouse», recorriendo los caminos de tierra de las granjas hasta las chabolas emplazadas detrás de estas, donde siguen vigentes las condiciones de vida de la Gran Depresión. Una vez fui con ellos y me quedé aterrorizado, rodeado en la oscuridad por aquellas caras negras y rudas. Las relaciones raciales, que nunca han sido buenas en Freehold, estallarán diez años más tarde en revueltas y tiroteos, pero por el momento solo se nota una tranquilidad estable e incómoda. Yo soy simplemente el nieto, el joven protegido del «hombre de la radio», que visita a los clientes con los que mi familia trata de hacer algo de dinero extra.

Aunque nunca pensé realmente en ello, éramos bastante pobres. No nos faltaba comida, ropa ni cama. Algunos amigos míos, blancos y negros, lo pasaban mucho peor. Mis padres tenían trabajo, mi madre como secretaria legal y mi padre en la fábrica Ford. Nuestra casa era antigua y pronto estaría en un evidente estado de decrepitud. Todo lo que teníamos para calentarla era una estufa de queroseno en la sala de estar. En el piso de arriba, donde la familia dormía, te despertabas en invierno y podías ver tu aliento. Uno de mis primeros recuerdos de niñez es el olor de la estufa de queroseno y mi abuelo allí de pie, cargando el conducto en la parte trasera de la estufa. La comida se preparaba en el hornillo de carbón de la cocina; de pequeño, disparaba con mi pistola de agua a su candente superficie de hierro para ver elevarse el vapor. Sacábamos los restos por la puerta trasera hasta el «montón de cenizas», y todos los días volvía de jugar en esa pila manchado por el polvo pálido de las cenizas del carbón. Disponíamos de un pequeño frigorífico y de uno de los primeros televisores que hubo en el pueblo. Tiempo atrás, antes de que yo naciese, mi abuelo había sido el propietario de la Springsteen Brothers Electrical Shop. Así que cuando surgió la televisión llegó muy pronto a casa. Mi madre me contó que los vecinos de toda la manzana se pasaban para presenciar el nuevo milagro, para ver a Milton Berle, Kate Smith y Your Hit Parade. Para ver a luchadores como Bruno Sammartino enfrentándose a Haystacks Calhoun. A los seis años ya me sabía toda la letra de la emblemática canción de Kate Smith «When the Moon Comes Over the Mountain».

En aquella casa, debido a las circunstancias y el orden de nacimiento, yo era señor, rey y mesías, todo en uno. Como primogénito, mi abuela se aferró a mí para reemplazar a la fallecida tía Virginia. Nada era demasiado para mí. Era aquella una libertad terrible para un niño y la abracé con toda mi alma. A los cinco y los seis años, me quedaba despierto hasta las tres de la madrugada y luego dormía hasta las tres de la tarde. Veía la televisión hasta el final de la emisión y me quedaba allí solo contemplando la carta de ajuste. Comía lo que quería y cuando quería. Mis padres y yo nos convertimos en parientes lejanos, y mi madre, confundida y deseosa de mantener la paz, me cedió al total dominio de mi abuela. Me convertí en un tímido y pequeño tirano, y pronto sentí que aquellas reglas eran aplicables al resto del mundo, al menos hasta que mi papá volvía a casa. Malhumorado, mi padre hacía ostentación de su mando por la cocina, como un monarca destronado por su propio primogénito ante la insistencia de su madre. Nuestra ruinosa casa, y mi poder y mis excentricidades a una edad tan temprana, me avergonzaban y deshonraban. Veía que el resto del mundo funcionaba de otro modo, y mis colegas del vecindario se metían todo el tiempo conmigo por mis hábitos. Me gustaba mi situación, aunque sabía que no estaba bien.

Cuando llegué a la edad escolar y tuve que adaptarme a un horario, sentí una rabia interior que se prolongaría durante todos mis años de escuela. Desde el principio, mi madre sabía que la situación familiar tenía que cambiar y, eso la honra, intentó reclamarme. Nos mudamos de casa de la abuela a una pequeña vivienda en el número 39½ de Institute Street. A cuatro manzanas de mis abuelos, cuatro habitaciones pequeñas, sin agua caliente. Allí mi madre intentó establecer unas reglas convencionales, aunque ya era demasiado tarde. Aquellas cuatro manzanas de distancia bien podrían haber sido un millón de kilómetros, ya que rugía de rabia y añoranza y, a la más mínima oportunidad, regresaba a vivir con mis abuelos. Aquel era mi verdadero hogar y sentía que ellos eran mis verdaderos padres. Ni quería ni podía irme de allí.

Por aquel entonces, solo una habitación de la casa, la sala de estar, era habitable. El resto, descuidado y abandonado, se caía a trozos, con el lavabo azotado por corrientes de aire, el único lugar donde aliviarse, y sin baño en condiciones. Mis abuelos empezaron a desatender su higiene personal, algo que hoy me conmocionaría y repelería. Recuerdo la ropa interior de mi abuela que, pese a estar recién lavada, colgaba manchada en el patio trasero para mi vergüenza y horror, símbolos de una intimidad inapropiada, física y emocionalmente, que hacía de la casa de mis abuelos un lugar tan confuso e irresistible. Pero yo les quería, a ellos y a aquella casa. Mi abuela dormía en un sofá desfondado y yo arropado a su lado, mientras que mi abuelo tenía un pequeño catre al otro lado de la estancia. Eso era todo. Hasta ahí había llegado en mi infancia mimada y sin restricciones. Ahí era donde necesitaba estar para sentirme en casa, seguro, amado.

El poder hipnótico y desastroso de aquel ruinoso lugar y aquellas personas nunca me abandonaría. Hoy sigo visitándolo en mis sueños, vuelvo una y otra vez, anhelo regresar. Era un lugar en el que sentía una seguridad absoluta, con licencia para hacer lo que quisiese y con un horrible pero inolvidable amor sin límites. Me arruinó y me hizo ser quien soy. Me arruinó en el sentido de que durante el resto de mi vida tendría que esforzarme por crearme unas limitaciones que me permitiesen llevar una vida de cierta normalidad en mis relaciones. Y me hizo ser quien soy en el sentido de que me empujó a una búsqueda de por vida de un lugar propio y «singular», un ansia en carne viva que perseguí con empeño a través de mi música. Era un esfuerzo desesperado y vital por reconstruir mi templo seguro e inexpugnable a partir de los rescoldos de la memoria y la añoranza.

Por el amor de mi abuela, abandoné a mis padres, a mi hermana y a buena parte del mundo en sí. Y entonces el mundo irrumpió de forma intempestiva. Mis abuelos enfermaron. Toda la familia volvió a mudarse, a otra pequeña casa, en el 68 de South Street. Pronto nacería mi hermana pequeña, Pam, mi abuelo moriría y el cáncer invadiría a mi abuela. Mi casa, mi patio trasero, mi árbol, mi terruño, mi mundo, mi santuario… todo sería condenado y el terreno vendido para construir el aparcamiento de la iglesia católica de Santa Rosa de Lima.

Montados en nuestras bicicletas, recorríamos un circuito que nos llevaba a dar la vuelta a la iglesia y la rectoría y a regresar por el convento, pedaleando por el bonito camino de entrada de las monjas, cubierto de pizarra azulada. Los bordes ligeramente elevados de la pizarra hacían vibrar el manillar, un pequeño ritmo pulsátil en las manos, bump-ump-ump-ump… cemento, y luego vuelta a empezar. Pasábamos las tardes soñolientas entrando y saliendo a toda velocidad del recinto de Santa Rosa, mientras las hermanas nos reñían desde las ventanas del convento para que volviésemos a nuestras casas y nosotros esquivábamos a los gatos callejeros que deambulaban entre el sótano de la iglesia y mi sala de estar. Mi abuelo, que ya no tenía mucho que hacer, se pasaba el rato en nuestro patio trasero engatusando pacientemente a esas criaturas salvajes para que se le arrimasen. Podía acercarse y acariciar a gatos asilvestrados que no querían nada con ningún otro ser humano. A veces el precio era alto. Una noche apareció en casa con un largo arañazo sangrante en el brazo, causado por un gatito que no parecía estar dispuesto a recibir su afecto.

Los gatos deambulaban de aquí para allá, de nuestra casa a la iglesia, mientras nosotros íbamos al colegio, a casa, a misa, de nuevo al colegio, nuestras vidas inextricablemente vinculadas a la vida de la iglesia. Al principio los curas y las monjas eran solo caras amables que te miraban en tu cochecito, todo sonrisas y plácido misterio, pero al llegar la edad escolar ingresé en los oscuros corredores de la comunión: el incienso, los hombres crucificados, la tortura de memorizar el dogma, el Vía Crucis de los viernes (¡los trabajos escolares!), los hombres y mujeres de vestiduras negras, el confesionario con cortinas, la ventanilla corredera, el rostro en sombras del párroco y el recitado de transgresiones infantiles. Cuando pienso en las horas que pasé inventando una lista de pecados aceptables que pudiese soltar religiosamente… Tenían que ser lo bastante malos para resultar creíbles… pero no demasiado (¡lo mejor estaba aún por llegar!). ¿Cuántos pecados puedes haber cometido en segundo de primaria? Al final, la sagrada exigencia de Santa Rosa de Lima, de lunes a domingo, acabaría por agotarme y hacer que desease escaparme… con todas mis fuerzas. Pero ¿adónde? No hay escapatoria. ¡Vivo aquí! Todos vivimos aquí. Toda mi tribu. Estamos varados en esa esquina que es como una isla desierta, juntos en el mismo barco. Un barco que, según me han instruido mis profesores de catecismo, está en el mar eternamente; la muerte y el día del Juicio Final son solo una selección de sus pasajeros mientras nuestro barco surca de una esclusa metafísica a la siguiente, a la deriva en una sagrada confusión.

Y así… me construí mi otro mundo. Era un mundo de resistencia infantil, un mundo de rechazo pasivo desde muy adentro, mi defensa contra «el sistema». El rechazo a un mundo donde, a ojos de mi abuela y de mí mismo, no se me reconoce por ser quien soy, un niño rey perdido, exiliado a la fuerza diariamente del imperio de sus habitaciones. ¡La casa de mi abuela! Para esos idiotas soy solo otro niño mimado que no se conforma con aquello que a la larga todos tendremos que aceptar, el reino solo circunstancialmente teístico de… ¡EL MODO EN QUE SON LAS COSAS! El problema es que yo no sé una mierda, ni me importa, sobre «el modo en que son las cosas». Yo vengo de las exóticas tierras de… LAS COSAS COMO A MÍ ME GUSTAN. Allí, calle arriba. ¡Acabemos de una vez y vayámonos a CASA!

No importa cuánto lo desee ni cuánto me esfuerce, «el modo en que son las cosas» me elude. Quiero desesperadamente encajar, pero el mundo que he creado con la libertad licenciosa de mis abuelos me ha convertido sin pretenderlo en un rebelde, un niño blandengue, inadaptado y raro, un paria. Soy alienante y alienado, socialmente sin hogar… Tengo siete años.

Entre mis compañeros de clase abundan las buenas personas. Algunos, sin embargo, son rudos, depredadores y crueles. Aquí soy víctima del bullying por el que debe pasar todo aspirante a estrella del rock, sufriéndolo en un silencio humillante, agitado, descarnado, ese «apoyarse en la valla de tela metálica mientras el mundo gira a tu alrededor, sin ti, rechazándote», la soledad a la hora del patio que será combustible esencial para el fuego venidero. Pronto, todo esto arderá y el mundo será puesto patas arriba… pero todavía no.

Las chicas, por otro lado, desconcertadas al encontrar en su entorno lo que parece ser un soñador tímido y de corazón blando, entran en el territorio de la abuela y empiezan a cuidar de mí. Reúno un pequeño harén de niñas que me atan los cordones de los zapatos, me abrochan la chaqueta, me colman de atenciones. Es algo que todos los niños de mamá italianos saben hacer muy bien. El rechazo de los otros chavales es una medalla de sensibilidad que los raritos pueden jugar como un codiciado as. Naturalmente, unos años más tarde, cuando el sexo asome la cabeza, perderé mi privilegiado estatus y me convertiré tan solo en otro tranquilo perdedor.

Los mismos curas y monjas son criaturas de gran autoridad y de misterio sexual desconocido. En su calidad de vecinos de carne y hueso, y de puente local hacia la próxima vida, ejercen una tremenda influencia sobre nuestra existencia diaria. De forma cotidiana y ultramundana, ejercen en el barrio de guardianes de las puertas a un mundo oscuro y beatífico que temo y al que deseo entrar. Es un mundo en el que todo lo que tienes está en riesgo constante, un mundo lleno de las desconocidas dichas de la resurrección, la eternidad, y los inagotables fuegos de la perdición, de la excitante tortura teñida de sexualidad, los milagros y la inmaculada concepción. Un mundo en que los hombres se convierten en dioses y los dioses devienen demonios… y yo sabía que era real. En casa había visto a dioses convertirse en demonios. Había sido testigo de lo que sin duda tenía que ser el rostro posesivo de Satanás: mi pobre padre destrozando la casa en plena noche en un ataque de rabia provocado por el alcohol, aterrorizándonos a todos. Había sentido cómo nos visitaba esa contundente fuerza de las tinieblas bajo la forma de mi frustrado padre… la amenaza física, el caos emocional y el poder de no amar.

En los años cincuenta, las monjas de Santa Rosa podían ser bastante duras. Una vez me enviaron desde la clase de cuarto a la de primero por alguna transgresión. Me instalaron en un pupitre de primer curso y allí me dejaron en adobo. Me gustó pasar allí el resto de la tarde. Hasta que noté que el botón gemelo de alguien reflejaba el sol sobre la pared. Seguí soñadoramente su luz mientras avanzaba más allá de la ventana hacia el techo. Entonces oí que la monja le decía a un corpulento ejecutor sentado en el pupitre central de la primera fila: «Enséñale a nuestro visitante lo que hacemos en esta clase con los que no prestan atención». El joven alumno se me acercó con cara inexpresiva y me dio una bofetada, con la mano abierta pero enérgica, en la mejilla. No creía lo que estaba pasando mientras el bofetón resonaba por la clase. Me sentía estremecido, enrojecido y humillado.

Antes de finalizar la primaria mis nudillos iban a verse golpeados al modo clásico y se me asfixiaría tirándome de la corbata; me pegarían en la cabeza, me encerrarían a oscuras en un armario y me meterían en un cubo de basura diciéndome que era el lugar que merecía. Lo normal en las escuelas católicas durante los años cincuenta. Aun así, me dejó un mal sabor de boca y me distanció para siempre de mi religión.

De vuelta en la escuela, aunque permanecieras intacto físicamente, el catolicismo se infiltraba en tus huesos. Yo era el monaguillo que se despierta en la sagrada oscuridad de las cuatro de la madrugada para arrastrarse por calles ventosas, ponerse la sotana en el silencio matutino de la sacristía y realizar el ritual en la terra firma personal de Dios, el altar de Santa Rosa, prohibido a los civiles. Allí aspiraba el incienso mientras ayudaba a nuestro gruñón monsignor de ochenta años ante un público cautivo de parientes, monjas y pecadores tempraneros. Era tan inepto a la hora de saber dónde debía situarme y estaba tan poco dispuesto a estudiar latín que inspiré a monseñor y este me agarró por el hombro de mi sotana, durante la misa de las seis de la mañana, y me arrastró, ante el asombro de los presentes, hasta dejarme boca abajo ante el altar. Aquel día por la tarde, en el patio de recreo, mi profesora de quinto curso, la hermana Charles Marie, que había presenciado la zurra, me dio una pequeña medalla sagrada. Fue un acto de bondad que no he olvidado. Con los años, como alumno de Santa Rosa, llegué a sentir la fatiga emocional y corporal del catolicismo. El día de mi graduación del octavo curso, salí de todo aquello, harto, diciéndome a mí mismo «Nunca más». Era libre, por fin libre… Y me lo creí… durante bastante tiempo. Sin embargo, conforme me hacía mayor, fui detectando ciertas cosas en mi forma de pensar, reaccionar y comportarme. Y llegué a entender, con perplejidad y tristeza, que un católico lo es para siempre. Y dejé de engañarme. No soy un practicante asiduo de mi religión, pero sé que en algún lugar muy adentro… sigo formando parte del equipo.

Ese era el mundo en el que encontré los orígenes de mi canción. En el catolicismo existían la poesía, el peligro y la oscuridad que reflejaban mi imaginación y mi yo interior. Descubrí una tierra de gran y escabrosa belleza, historias fantásticas, castigos inimaginables y recompensa infinita. Era un lugar glorioso y patético en el que o encajas o te hacen encajar. Ha estado junto a mí como un sueño en vigilia durante toda mi vida. Y ya de joven adulto, traté de darle sentido. Intenté enfrentarme al desafío por la misma razón de que hay almas que se pierden y un reino de amor que conquistar. Expuse lo que había absorbido a través de las duras y desgraciadas vidas de mi familia, mis amigos y vecinos. Lo transformé en algo a lo que pudiese aferrarme, comprender, algo en lo que incluso pudiese tener fe. Por divertido que pueda parecer, tengo una relación «personal» con Jesucristo. Sigue siendo uno de mis padres, aunque, como en el caso de mi propio progenitor, ya no crea en su poder divino. Creo profundamente en su amor, su capacidad de salvarnos… pero no de condenarnos… basta ya de eso.

Tal como yo lo veo, nos comimos la manzana, y Adán, Eva, el rebelde Jesús en toda su gloria y Satanás son todos parte del plan de Dios para hacer de nosotros hombres y mujeres, para concedernos los preciosos dones de la tierra, el polvo, el sudor, la sangre, el sexo, el pecado, la bondad, la libertad, la cautividad, el amor, el miedo, la vida y la muerte… nuestra humanidad y un mundo propio.

Suenan las campanas de la iglesia. Mi clan sale de nuestras casas y se apresura calle arriba. Alguien se casa, ha muerto o ha nacido. Nos alineamos a la entrada de la iglesia, expectantes, y con mi hermana recogemos las flores caídas y el arroz del suelo y lo guardamos en bolsas de papel para otro día que tengamos que lanzarlo sobre desconocidos. Mi madre está emocionada, con el rostro iluminado. Música de órgano, se abren las puertas de madera de nuestra iglesia para que la novia y el novio salgan tras la ceremonia nupcial. Oigo susurrar a mi madre: «Oh, el vestido… qué bonito vestido…». Se lanza el ramo de flores. Se augura el futuro. La novia y su héroe son despedidos en una larga y negra limusina, la que te deposita al principio de tu vida. La otra está a la vuelta de la esquina, esperando ese otro día de lágrimas para llevarte durante el corto trayecto por Throckmorton Street hasta el cementerio de Santa Rosa, a las afueras de la ciudad. Allí, los domingos de primavera, visitando huesos, cajas y pilas de tierra, mi hermana y yo correteamos, jugando felizmente entre las lápidas. De vuelta en la iglesia, la boda ha concluido y tomo la mano de mi hermana. A los nueve o diez años ya lo hemos visto todo muchas veces. Arroz o flores, llegar o partir, cielo o infierno, aquí en la esquina de Randolph y McLean, todo sucede en un día como cualquier otro.

Una erupción de energía nuclear brota constantemente de las boquitas y pequeños cuerpos de Dora Kirby, Eda Urbellis y Adele Springsteen. Mi madre y sus dos hermanas han gritado, reído, llorado y bailado a lo largo de lo mejor y lo peor de los más de doscientos sesenta años, en total, de sus vidas. Nunca paran. Su locura de alto voltaje marxista (de los hermanos Marx) bordea continuamente un estado de histeria apenas controlado. De algún modo esto las ha hecho no solo casi inmortales, sino también triunfar en la vida. Enamoradas todas ellas de irlandeses, han sobrevivido a sus maridos, a la guerra, las tragedias, la pobreza, y se han mantenido indomables, invencibles, incólumes y siempre optimistas. Son LAS MÁS GRANDES. Tres mini Muhammad Ali, acorraladas contra las cuerdas para pegarle fuerte al mundo.

Aquí en la costa, los italianos y los irlandeses a menudo se encuentran y se emparejan. La población costera de Spring Lake se conoce en la zona como la «Riviera irlandesa». Cualquier domingo te puedes encontrar a esos pecosos de piel pálida bebiendo cerveza y poniéndose rojos como langostas a la estela espumosa de los surfistas, frente a las casas victorianas que aún aportan estilo y enjundia a su comunidad. Unos kilómetros al norte está Long Branch, Nueva Jersey, donde antiguamente vivió Anthony «Little Pussy» Russo, vecino de mi esposa Patti Scialfa en Deal, y mafioso del centro de Jersey. Sus playas se llenan de bellezas de piel aceitunada y maridos de panzas rotundas. El seco acento de Jersey de mis hermanos y hermanas italianos revolotea por el aire como la humareda de un puro. Lo tendrían muy fácil aquí si quisieran hacer un casting para Los Soprano.

Mi bisabuelo se apodaba «el Holandés» y supongo que descendía de algunos neerlandeses perdidos que llegaron desde Nueva Amsterdam sin saber dónde se estaban metiendo. Por eso nos llamamos Springsteen, apellido de origen holandés, aunque por aquí se mezclan principalmente las sangres irlandesa e italiana. ¿Por qué? Antes de que los mexicanos y afroamericanos recogieran las cosechas del condado de Monmouth, los italianos trabajaban en los campos junto a los irlandeses que lo hacían en las granjas de caballos de los alrededores. Recientemente le pregunté a mi madre por qué acabaron todas con irlandeses. Me dijo: «Los hombres italianos eran demasiado mandones. Ya estábamos hartas de eso. No queríamos que los hombres nos mandasen». Por supuesto que no lo hicieron. Si alguien mandaba allí eran las chicas Zerilli, aunque un tanto subrepticiamente. Como me contó mi tía Eda: «Papá quería tres chicos, pero tuvo tres chicas y nos educó como a tipos duros». Esto, supongo, explica parte del asunto.

De niño, cuando volvía de cenar en casa de mi tía Dora, llegaba exhausto y con los oídos silbándome. Y de tratarse de una celebración mayor que una simple cena, te jugabas la vida. Te cebaban hasta reventar, te cantaban y gritaban hasta dejarte sordo, y bailabas hasta el amanecer. Y siguen con el mismo desparpajo ahora que todas ellas frisan en los noventa. ¿De dónde proviene todo eso? ¿Cuál es la fuente de su energía y optimismo infatigables? ¿Qué clase de poder habrá sido absorbido desde las esferas para que recorra velozmente sus pequeños huesos italianos? ¿Quién desencadenó todo esto?

Su nombre era Anthony Alexander Andrew Zerilli. Llegó a América con doce años a principios del siglo pasado desde Vico Equense, a un tiro de piedra de Nápoles, en el sur de Italia. Se instaló en San Francisco para luego seguir su camino hacia el este, graduándose en el City College y ejerciendo de abogado en el 303 de la calle Cuarenta y dos Oeste de Nueva York. Era mi abuelo. Pasó tres años enrolado en la Armada, tuvo tres esposas y pasó tres años en Sing Sing por fraude (supuestamente pagó el pato por un pariente). Acabó viviendo en lo alto de una colina verde y hermosa en Englishtown, Nueva Jersey. Tenía dinero. Conservo fotografías de mi madre y su familia vestidos todos de blanco impoluto en Newport, Rhode Island, en los años treinta. Durante su estancia en la cárcel, mi abuelo se arruinó. Su mujer, que no estaba bien de la cabeza, desapareció en combate tras regresar a Brooklyn, abandonando a mi madre y a sus hermanas, por entonces todavía adolescentes, que tuvieron que vivir solas y buscarse la vida en la granja donde crecieron.

De pequeño, aquella modesta granja era para mí una mansión en la colina[1], una ciudadela de riqueza y cultura. Mi abuelo poseía cuadros, buenas pinturas. Coleccionaba arte religioso, tapices y muebles antiguos, y en la sala de estar había un piano. Viajaba, tenía un aire mundano y un poco disoluto. De cabello gris, enormes ojeras por debajo de sus grandes y oscuros ojos italianos, era un hombre de poca estatura con una atronadora voz de barítono que, cuando se dirigía a ti, traía consigo todo el temor de Dios. Solía sentarse en su despacho, como un antiguo príncipe italiano, en una butaca que parecía un trono. Su tercera esposa, Fifi, se sentaba a hacer punto al otro lado de la estancia. Con su vestido ceñido, muy maquillada y lo bastante perfumada como para tirarte de espaldas, cada vez que íbamos de visita me plantaba en la mejilla un cálido beso de pintalabios rojo. Y entonces, desde el trono, se oía una voz que marcaba el «Br» hasta el infinito, añadía y enfatizaba una «a», planeaba largo y grave en la «u» y, finalmente, pronunciaba «ce». «BAAAARRRRUUUUUUUUUUUCE… ¡Ven aquí!» Sabía lo que me esperaba a continuación. En una mano sostenía un dólar. Cada domingo recibía aquel dólar, pero tenía que trabajármelo. Enfrentarme a lo que escondía su otra mano. El «pellizco mortal». En cuanto extendías la mano hacia el dólar, te agarraba con la otra y te retorcía la mejilla entre el pulgar y el nudillo del índice. Primero, el increíblemente tenso pellizco que hacía que se te saltasen las lágrimas, seguido de un movimiento brusco hacia arriba que se convertía abruptamente en un gesto circular descendente. (Ya estoy aullando.) Y luego, «la liberación», un rápido y florido tirón, alejándote y acercándote, y finalizando con un chasquido de los dedos que acompañaba con una risa estentórea: «BAAAARRRRUUUUUUUUUUUCE… ¿QUÉ PASA?». Y, por fin, el dólar.

En las cenas de los domingos recibía a su corte, gritando, ordenando, comentando los sucesos del día a pleno pulmón. Era todo un espectáculo. A algunos les habría resultado abrumador, pero, para mí, ¡aquel pequeño italiano era un gigante! Tenía algo que le hacía parecer augusto, importante, alejado de la errante tribu masculina pasivo-agresiva que poblaría gran parte del resto de mi vida. ¡Era una fuerza de la naturaleza napolitana! ¿Qué más da si se metió en algunos apuros? El mundo real estaba lleno de problemas, y si lo querías, si lo ansiabas, mejor que te prepararas para ello. Debías estar dispuesto a apostar por lo que querías y no dejar que se te escapara, pues «ellos» no iban a regalarte nada. Debías arriesgarte… y pagar el precio. Su pasión por la vida, la intensidad de su presencia, su implicación constante y su dominio sobre la familia hicieron de él una figura masculina única en mi vida. Era excitante, intimidante, teatral, jactancioso, creador de su propia leyenda… ¡como una estrella del rock! Por lo demás, en mi familia, a la que salías de la casa en la cima de la colina y pisabas el pavimento de la carretera, ¡LAS MUJERES GOBERNABAN EL MUNDO! Dejaban que los hombres pensasen ilusos que estaban al mando, pero incluso la observación más superficial te haría ver que no podían aguantar su ritmo. ¡Los irlandeses necesitaban a MAMA! Anthony, en lo alto de su colina, necesitaba a Fifi, ¡LA HOT MAMA! Había una gran diferencia.

En la veintena, Anthony se había separado de su primera esposa, Adelina Rosa, con la que contrajo un matrimonio de compromiso. Ella, una muchacha de Sorrento, había sido enviada a Estados Unidos para ser una de esas novias procedentes del viejo mundo. Vivió más de ochenta años en Estados Unidos sin pronunciar nunca una sola frase en inglés. Cuando ponías un pie en su habitación, entrabas en la Vieja Italia: los rosarios, las fragancias, los objetos religiosos, las colchas, la luz crepuscular que reflejaba otro lugar y otra época. Estoy seguro de que, desgraciadamente, ella interpretó el papel de la «Madonna» mientras Anthony tenía otras inamoratas.

Mi abuela sufrió profundamente el divorcio, nunca volvió a casarse y mantuvo poca relación con el mundo en general. Durante mucho, mucho tiempo, ella y Anthony no volvieron a estar juntos en la misma habitación. Ni en reuniones familiares, ni en bodas, ni en funerales. Todos los domingos después de la iglesia, cuando visitaba a mi tía Dora, allí estaba ella con su redecilla, sus chales y su exótico aroma, cocinando deliciosos platos italianos. Me recibía sonriente, con besos y abrazos, murmurando bendiciones de su país. Hasta que un día, allá arriba en la colina, Fifi murió.

Y entonces, seis décadas después de su divorcio, Anthony y Adelina se volvieron a juntar. ¡Sesenta años más tarde! Convivieron en la «mansión» durante diez años, hasta la muerte de Anthony. Después del fallecimiento de mi abuelo, los veranos iba en bicicleta desde Colts Neck hasta Englishtown para visitarla. Habitualmente estaba allí sola, y nos sentábamos en la cocina y charlábamos chapurreando inglés e italiano. Aseguraba que solo había vuelto con el viejo para proteger la herencia de sus hijas… quizá fuese por eso. Murió plácidamente a la edad de ciento un años, habiendo visto a lo largo de su vida la invención del automóvil y del avión y al hombre pisando la luna.

La casa de Anthony y Adelina en la colina permaneció en un estado de animación suspendida durante veinticinco años. Cuando entré en ella siendo ya un hombre de cincuenta años, se mantenía exactamente igual a como estaba cuando tenía ocho. Para las hermanas… era terreno sagrado. Al final, mi primo Frank, el campeón de jitterbug que me había enseñado mis primeros acordes de guitarra y cuyo hijo, Frank Jr., tocaría conmigo en la Sessions Band, se mudó allí con su familia y volvió a llenar la casa de niños y cocina italiana.

El poder del «pellizco mortal» ha sido heredado por mi tía Dora, que ha desarrollado su propia versión del mismo, «la llave de cabeza letal». Esta viejecita italiana de noventa años, de no más de metro y medio de altura, puede retorcerte el pescuezo hasta causarte una tortícolis permanente, o incluso patearle el culo a Randy «Macho Man» Savage si este fuese lo bastante tonto como para agacharse a darle un beso. Aunque ya no temo el «pellizco mortal» del abuelo, algunas noches, a eso de las ocho y media, Anthony vuelve a la vida… cuando se apagan las luces de la sala, se abren las cortinas del escenario y oigo ese largo e interminable «BAAAARRRRUUUUUUUCE».

Trabajo, fe, familia: este es el credo italiano que nos han inculcado mi madre y sus hermanas. Ellas lo viven. Creen en él. Creen incluso en los momentos en que esos mismos principios las han decepcionado terriblemente. Rezan su credo, aunque nunca de forma estridente, y están convencidas de que es todo lo que tenemos entre la vida, el amor y el vacío que devoró a esposos, hijos, familiares y amigos. En ese espíritu, en esas almas endurecidas, hay una fuerza, un temor y una desesperada alegría que han logrado abrirse paso hasta mi trabajo. Nosotros los italianos empujamos hasta que no podemos ir más allá, nos mantenemos fuertes hasta que los huesos desfallecen, luchamos y aguantamos hasta que nos duelen todos los músculos, bailamos y gritamos y reímos hasta no poder más, hasta el final. Esta es la religión que las hermanas Zerilli nos legaron a través de las duras lecciones de papá y la gracia de Dios, y por la que a diario damos las gracias.

En mi familia teníamos tías que aullaban durante las reuniones familiares, primos que dejaban la escuela en sexto curso y se encerraban en casa para no salir nunca más, y hombres que se arrancaban el pelo del cuerpo y de la cabeza, dejándose grandes y amplias calvas, todo ello en nuestra pequeña media manzana. Cuando había tormenta, mi abuela me cogía de la mano y me llevaba corriendo más allá de la iglesia a casa de la tía Jane. Allí daba comienzo la reunión de mujeres y su magia negra. Murmuraban oraciones mientras la tía Jane nos rociaba con agua sagrada de una pequeña botella. Con cada relámpago, la silenciosa histeria subía de nivel, hasta que parecía que el mismísimo Dios iba a hacernos estallar en nuestro rincón. Se contaban relatos de fatalidades producidas por rayos. Alguien cometió el error de explicarme que el lugar más seguro durante una tormenta eléctrica era un coche, por el aislamiento de los neumáticos sobre el suelo. Después de oírlo, con el sonido del primer trueno, chillaba hasta que mis padres me metían en el coche a esperar que remitiese la tormenta. Luego me dedicaría a escribir sobre coches el resto de mi vida. De niño, era simplemente algo misterioso, embarazoso y normal. Tenía que serlo. Eran personas a las que yo quería.

Somos los afligidos. Mucha aflicción llegó en la sangre de nuestra gente procedente de la Isla Esmeralda. En 1852 mi tatarabuela, Ann Garrity, dejó Irlanda con solo catorce años y con dos hermanas, de doce y diez, y se instaló en Freehold. Esto ocurrió cinco años después de que la hambruna de la patata devastara gran parte de Irlanda. No sé dónde se originó, pero hay una cepa de demencia que afecta a nuestra familia aquí, y que al parecer elige al azar a un primo, una tía, un hijo, una abuela y, por desgracia, a mi padre.

No he sido totalmente justo con mi padre en mis canciones, le he tratado como al arquetipo del progenitor autoritario y negligente. Ha sido una adaptación de nuestra relación al estilo de Al este del Edén, un modo de «universalizar» mi experiencia de la infancia. Nuestra historia es mucho más compleja. No en los detalles de lo que sucedió, sino en el «porqué» de todo ello.

Mi padre

Para un niño, los bares de Freehold eran ciudadelas de misterio, llenas de una magia maligna, de incertidumbre y de la posibilidad de violencia. Una noche, parados ante un semáforo en rojo en Throckmorton Street, mi hermana y yo fuimos testigos de cómo dos hombres, en la acera de delante de la taberna local, se pegaban hasta lo que parecía presagiar una muerte segura. Las camisas rasgadas, hombres alrededor gritando, uno de los tipos agarrando al otro por el pelo y montando a horcajadas sobre su pecho, dándole brutales puñetazos en la cara. La sangre y la saliva se mezclaban visiblemente alrededor de la boca del hombre que trataba desesperadamente de defenderse con su espalda contra el suelo. Mi madre nos dijo: «No miréis». La luz del semáforo cambió y nos pusimos en marcha.

Cuando cruzabas las puertas de un bar en mi pueblo, entrabas en el reino místico de los hombres. En las contadas noches en que mi madre salía a buscar a mi padre, conducía lentamente por el pueblo hasta detenerse frente a una puerta iluminada por una sola luz. Señalaba y decía: «Entra a por tu padre». Acceder a su santuario público me llenaba de excitación y temor. Mi madre me había dado licencia para hacer lo impensable: interrumpir a mi padre cuando él estaba en un lugar sagrado. Empujaba la puerta hasta abrirla, esquivando a los hombres que salían cerniéndose imponentes sobre mí. Les llegaba como mucho a la cintura, por lo que al entrar en el bar me sentía como un Pulgarcito que ha escalado una oscura planta de habichuelas y ha acabado en una tierra de gigantes familiares pero aterradores. A la izquierda, junto a la pared, había una hilera de reservados llenos de citas secretas, amantes de bar, y parejas de marido y mujer que bebían mano a mano. A la derecha, taburetes poblados por una barricada de anchas espaldas de clase trabajadora, murmullos atronadores, vasos tintineantes, inquietantes risas adultas y pocas, muy pocas mujeres. Me quedaba allí de pie, absorbiendo el tenue olor de cerveza, licores, miserias y aftershave; nada en el mundo fuera del hogar olía remotamente como aquello. Se servían sobre todo Schlitz y Pabst Blue Ribbon, cuyo lazo azul estaba estampado en el tirador de cerveza mientras el camarero vertía expertamente el dorado elixir en vasos inclinados que luego depositaba con un golpe seco en la barra de madera. Ahí estaba yo, un pequeño recordatorio en espíritu de lo que muchos de aquellos hombres trataban de olvidar: el trabajo, la responsabilidad, la familia, las bendiciones y las cargas de la vida adulta. Lo recuerdo como una mezcla de tipos en su mayoría corrientes que simplemente necesitaban relajarse al final de la semana, y algunos otros, con motivaciones más graves, que no sabían cuándo parar.

Al final, alguien se percataba de que había entre ellos un pequeño intruso y me llevaba perplejo hasta donde estaba mi padre. Lo que yo veía desde el suelo era el taburete, los zapatos negros con calcetines blancos, las fuertes piernas de mi padre en sus pantalones de faena, el cinturón de trabajo, luego el rostro ligeramente descolorido y deformado por el alcohol, mirándome a través del humo de los cigarrillos mientras yo pronunciaba mis inmortales palabras: «Mamá quiere que vuelvas a casa». No había presentaciones a los amigos, ni palmaditas en la cabeza, ni una entonación suave o un gesto despeinándome el pelo, tan solo: «Ve fuera, ahora salgo». Yo seguía mi rastro de migas de pan hasta la puerta del bar y salía al aire frío de la noche, de vuelta a mi pueblo, que de algún modo se me antojaba tan acogedor como hostil. Cruzaba la acera, saltaba al asiento trasero del coche e informaba a mi madre: «Ahora sale».

Yo no era el ciudadano favorito de mi padre. De niño pensaba que así debían ser los hombres, distantes, taciturnos, absorbidos por las corrientes del mundo adulto. Cuando eres un crío no cuestionas las decisiones de tus padres. Las aceptas. Están justificadas por el estatus divino de la paternidad. Si no te hablan, es que no vale la pena perder el tiempo contigo. Si no te tratan con afecto y amor, es que no te lo mereces. Si te ignoran, no existes. El control de tu propio comportamiento es la única carta que puedes jugar en la esperanza de modificar el suyo. Quizá debas ser más duro, más fuerte, más atlético, más listo, mejor de algún modo… ¿quién sabe? Una tarde mi padre me estaba dando unas lecciones de boxeo en la sala de estar. Me sentía halagado, emocionado por su atención y dispuesto a aprender. Todo iba bien. Y entonces me lanzó unos cuantos golpes con la mano abierta que impactaron sobre mi cara algo más fuerte de lo necesario. Me dolió; no estaba herido, pero se había traspasado una línea. Supe que me estaba comunicando algo. Nos habíamos deslizado hacia la oscura tierra de nadie más allá del padre y el hijo. Sentí que lo aquello comunicaba es que yo era un intruso, un extraño, un competidor en nuestro hogar, y una terrible decepción. Se me rompió el corazón y me desmoroné. Él abandonó la habitación, disgustado.

Cuando mi padre se fijaba en mí, no veía lo que quería ver. Ese era mi crimen. Bobby Duncan era mi mejor amigo en el vecindario. Todos los sábados por la noche iba con su padre al Wall Stadium para ver las carreras de coches tuneados. A las cinco en punto se detenía cualquier actividad que estuviésemos haciendo y a las seis, tras la cena, Bobby bajaba los peldaños de su casa a dos puertas de la nuestra, la camisa planchada, el pelo engominado con Brylcreem, seguido por su padre. Subían al Ford y partían hacia el Wall Stadium… aquel paraíso de alto octanaje y neumáticos chirriantes donde las familias se entremezclaban con los locos del volante que conducían los vehículos de acero americano que habían fabricado en sus garajes y que, o bien rugían dando vueltas sin parar en demenciales círculos, o bien chocaban unos contra otros en el centro del circuito en el derby de demolición semanal. Para ser admitido y tener un lugar entre los elegidos, solo necesitabas un casco de fútbol americano, un cinturón de seguridad y algo que quisieras destrozar… Wall Stadium, aquel círculo de amor humeante y gomas quemadas donde las familias se unían con un propósito común y las cosas eran como Dios manda. ¡Y yo, exiliado del amor de mi padre y del paraíso de los hot rods!

Desgraciadamente, el deseo de mi padre de confraternizar conmigo casi siempre se producía tras el ritual religioso de cada noche, el «sagrado six-pack». Una cerveza tras otra en la oscuridad total de nuestra cocina. Siempre era en ese momento cuando quería verme y siempre ocurría lo mismo. Unos instantes de fingida preocupación paternal por mi bienestar, seguidos del asunto de verdad: la hostilidad y la pura rabia hacia su hijo, el otro hombre de la casa. Era una vergüenza. Me quería, pero no me soportaba. Sentía que competíamos por el afecto de mi madre. Y así era. También veía en mí demasiado de su verdadero yo. Papá tenía la complexión de un toro, vestido siempre con ropa de trabajo; físicamente, era fuerte y formidable. Hacia el final de su vida, luchó muchas veces para escapar de la muerte. Sin embargo, en su interior, más allá de la rabia, albergaba gentileza, timidez, cautela y una ensoñadora inseguridad. Eran esas las cosas que yo mostraba en mi exterior, y ver esas cualidades reflejadas en su chico le repelía. Le enojaba. Era un «blando». Y él detestaba lo «blando». Naturalmente, a él también le habían criado como a un «blando». Un niño de mamá, como yo.

Una noche en la mesa de la cocina, cuando ya estaba enfermo en sus últimos años, me contó una historia de que en una ocasión le habían separado a la fuerza de una pelea en el patio del colegio. Mi abuela había ido desde nuestra casa para llevárselo. Recordó su humillación y dijo, con los ojos humedecidos: «Yo iba ganando… Yo iba ganando». Seguía sin entender que no podía correr riesgos. Era el único hijo que les quedaba. En su confusión, mi abuela no podía comprender que su amor sin medida estaba destruyendo al hombre que estaba criando. Le dije a mi padre que lo entendía, que a los dos nos había criado la misma mujer en los años más formativos de nuestras vidas y que habíamos sufrido muchas de las mismas humillaciones. Sin embargo, en la época en que nuestra relación era más tempestuosa, esas cosas seguían siendo un misterio para nosotros y crearon un legado de incomprensión y dolor.

En 1962 nació mi hermana pequeña, Pam. Yo tenía doce años. Mi madre, treinta y seis. En aquellos tiempos, una edad avanzada para un embarazo. Fue algo maravilloso. Mi madre era un ser milagroso. Me encantaba la ropa prenatal. En los últimos meses de gestación, mi hermana Virginia y yo nos sentábamos en la sala de estar y palpábamos su barriga esperando alguna patadita de nuestra nueva hermanita. Toda la casa vivía atrapada en la emoción del nacimiento de Pam, y aquello unió a nuestra familia. Con mamá en el hospital, mi padre dio un paso al frente y se hizo cargo de nosotros, carbonizando el desayuno y vistiéndonos para ir a la escuela (un día me hizo ir con la blusa de mi madre, y Virginia se tronchaba de risa). La casa se iluminó. Los bebés traen consigo gracia, paciencia, trascendencia, segundas oportunidades, renacimiento y un nuevo despertar del amor presente en tu corazón y en el hogar. Son una segunda oportunidad que te brinda Dios. Mis años de adolescencia tampoco fueron bien con mi padre, pero por lo menos disfrutábamos de la luz y el candor de mi hermanita Pam, prueba viviente del amor en nuestra familia. Yo estaba embobado, y daba gracias por ella. Le cambiaba los pañales, la mecía hasta que se dormía, acudía a su lado cuando lloraba, la tomaba en brazos, y forjé una especial conexión con ella que se mantiene hasta hoy.

Mi abuela, ya muy enferma, dormía en la habitación contigua a la mía. Una noche, cuando tenía tres años, Pam salió del dormitorio de mis padres y, por primera y única vez en su vida infantil, se subió a la cama de mi abuela. Durmió toda la noche a su lado mientras ella agonizaba. Por la mañana, cuando mi madre fue a verla, la encontró inmóvil. Y, al volver de la escuela aquel día, mi mundo se derrumbó. Las lágrimas y la congoja no eran suficiente. Quería morirme. Necesitaba unirme a ella. Incluso siendo ya un adolescente, no podía imaginar un mundo sin ella. Aquello era un agujero negro, un Armagedón, ya nada tenía sentido, la vida se había consumido. Mi existencia se volvió vacía. El mundo era un fraude, una sombra de sí mismo. Lo que me salvó fue mi hermanita y mi recién adquirido interés por la música.

Entonces empezaron a ocurrir cosas extrañas. La desesperación normalmente callada de mi padre se convirtió en alucinación paranoica. Yo tenía un amigo ruso adolescente que él decía que era un «espía». Vivíamos a una manzana del barrio portorriqueño, y mi padre estaba convencido de que mi madre tenía un lío. Un día, al regresar de la escuela, se me puso a llorar sentado a la mesa de la cocina. Me dijo que necesitaba a alguien con quien hablar. No tenía a nadie. A sus cuarenta y cinco años no tenía ni un solo amigo, y debido a sus inseguridades jamás hubo otro hombre en la casa salvo yo. Me abrió su corazón. Aquello me impactó, me incomodó al tiempo que me hacía sentir extrañamente maravillado. Se sinceró ante mí, totalmente desmoronado. Aquel fue uno de los mejores días de mi vida adolescente. Él necesitaba a un «hombre» que fuese su amigo y yo era su única opción en todo el pueblo. Le conforté lo mejor que pude. Yo tenía solo dieciséis años y ambos estábamos siempre peleando. Le dije que estaba seguro de que se equivocaba, y que el amor y la entrega de su esposa hacia él eran absolutos. Esa misma noche se lo conté a mi madre, y por primera vez tuvimos que enfrentarnos al hecho de que mi padre estaba realmente enfermo.

Las cosas se complicaron a causa de algunos extraños acontecimientos ocurridos en torno a nuestra casa. Un sábado por la noche, apenas unos segundos después de que subiera para acostarme, alguien disparó una bala que atravesó la ventana de la puerta de la calle, dejando un perfecto agujero del tamaño de una moneda. La policía venía constantemente a casa, y mi padre nos explicó que había tenido algunos problemas en el trabajo. Esos sucesos alimentaban nuestras fantasías paranoides y crearon un ambiente de terrible malestar en nuestro hogar.

Mi hermana Virginia se había quedado preñada a los diecisiete años, ¡pero nadie se dio cuenta hasta que estuvo de seis meses! Tuvo que dejar el instituto en el último curso, acabar su educación en casa y casarse con su novio y padre de la criatura, Mickey Shave. Mickey era un greaser de Lakewood, arrogante y pendenciero, siempre con chupa de cuero, un jinete de rodeos que al final se reveló como un gran tipo. A finales de los sesenta compitió por todo el circuito de rodeos, desde Jersey hasta Texas ...