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BRASIL

Lilia M. Schwarcz / Heloisa M. Starling

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Fragmento



Índice

Brasil. Una biografía

Acervos investigados y sus abreviaturas

Nota de las autoras

Introducción: "Brasil queda muy cerca de aquí"

1. Primero fue el nombre, después una tierra llamada Brasil

2. Tan dulce como amarga: la civilización del azúcar

3. Toma lá dá cá: el sistema esclavista y la naturalización de la violencia

4. ¡Es oro! El sertón de los “cataguás”

5. Revueltas, conjuraciones, motines y sediciones en el paraíso de los trópicos

6. Hombres a la vista: una corte al mar

7. Don João y su reino americano

8. El que se fue a Portugal perdió el lugar: se va el padre, queda el hijo

9. Habemus independencia: inestabilidad combina con Primer Reinado

10. Las regencias o el sonido del silencio

11. Segundo Reinado: por fin una nación en los trópicos

12. Va a caer: el fin de la monarquía en Brasil

13. La Primera República y el pueblo en las calles

14. Samba, malandraje y mucho autoritarismo en la génesis del Brasil moderno

Recibe antes que nadie historias como ésta

15. Yes, tenemos democracia

16. Los años 1950-1960: bossa, democracia y país subdesarrollado

17. En el filo de la navaja: dictadura, oposición y resistencia

18. Rumbo a la democracia: la transición hacia el poder civil y las ambigüedades y herencias de la dictadura militar

Conclusión: La historia no es una cuestión de suma

Referencias bibliográficas

Agradecimientos

Imágenes

Sobre este libro

Sobre las autoras

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Notas

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Para Luiz y Otávio, porque, como decía Guimarães Rosa:

“El libro puede valer por lo mucho que en él debió caber”.

Acervos investigados
y sus abreviaturas

AAC: Acervo Abril Comunicações S.A. – San Pablo

ABLRAM: Acervo Barry Lawrence Ruderman Antique Maps Inc. – La Jolla, CA, EE.UU.

ACL: Academia das Ciências de Lisboa

ACM: Acervo Cildo Meireles

AFMS: Acervo Família Murgel Starling

AHU: Arquivo Histórico Ultramarino – Lisboa

AJR: Acervo João Ripper/Imagens Humanas – Río de Janeiro

AMRJ: Arquivo Municipal do Rio de Janeiro

AMVK: Acervo Marta e Victor Klagsbrunn

AN: Arquivo Nacional – Río de Janeiro antt: Arquivo Nacional Torre do Tombo – Lisboa

ANV-FEB: Associação Nacional dos Veteranos da feb – Belo Horizonte

AOG: Arquivo O Globo – Río de Janeiro

APEB: Arquivo Público do Estado da Bahia – Salvador

APERJ: Arquivo Público do Estado do Rio de Janeiro

APESP: Arquivo Público do Estado de San Pablo

APM: Arquivo Público Mineiro – Belo Horizonte

APR: Acervo do Projeto República – Belo Horizonte

ARM: Academia Real Militar – Río de Janeiro

AS: Acervo Hermínio Sacchetta – Campinas

BAS: Biblioteca Azeredo da Silveira do Ministério das Relações Exteriores – Brasilia

BBGJM: Biblioteca Brasiliana Guita e José Mindlin – San Pablo

BDCH-USP: Biblioteca Digital de Cartografia Histórica da USP

BHL: Biodiversity Heritage Library

BI: Brasiliana Itaú – San Pablo

BMA: Biblioteca Mário de Andrade – San Pablo

BNF: Biblioteca Nacional da França – Paris

BNP: Biblioteca Nacional de Portugal – Lisboa

BPNY: Biblioteca Pública de Nova York

CACI: Centro de Arte Contemporânea Inhotim – Brumadinho (mg)

CAJS: Coleção Apparecido Janniz Salatine

CAV-MDB: Centro de Artes Visuales Museo del Barro – Assunção

CBMPC: Coleção Beatriz e Mário Pimenta Camargo – Salvador

CENIMAR: Centro de Informações da Marinha – Río de Janeiro

CMT: Câmara Municipal de Tiradentes

CPDOC-FGV: Centro de Pesquisa e Documentação de História Contemporânea do Brasil da Fundação Getúlio Vargas – San Pablo

CPDOC-JB: Centro de Pesquisa e Documentação do Jornal do Brasil – Río de Janeiro

DCDP: Divisão de Censura de Diversões Públicas —Brasilia

EC: Estadão Conteúdo

FBN: Fundação Biblioteca Nacional – Río de Janeiro

FCFA: Fundação das Casas de Fronteira e Alorna – Lisboa

FCP: Fundação Cultural Palmares – Brasilia

FIOCRUZ: Fundação Instituto Oswaldo Cruz – Río de Janeiro

FJP: Fundação João Pinheiro – Belo Horizonte

FLLB: Fondazione Lelio e Lisli Basso – Roma

FP: Folhapress – San Pablo

FPA: Fundação Padre Anchieta – San Pablo

FPR: Fundação Projeto Rondon – Brasilia

GI: Getty Images – San Pablo

IACJ: Instituto Antônio Carlos Jobim – Río de Janeiro

IAP: Instituto Astrojildo Pereira – San Pablo

IB: Instituto Butantan – San Pablo

IBAD: Instituto Brasileiro de Ação Democrática

IDB: Instituto Dom Barreto – Teresina

IEB-USP: Instituto de Estudos Brasileiros – San Pablo

IGHB: Instituto Geográfico e Histórico da Bahia – Salvador

IHGB: Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro – Río de Janeiro

IHGSP: Instituto Histórico e Geográfico de São Paulo

IMS: Instituto Moreira Salles – Río de Janeiro

IMSB: Igreja e Mosteiro de São Bento – Salvador

INCOR: Instituto do Coração – San Pablo

IPHAN: Instituto do Patrimônio Histórico e Artístico Nacional, MinC – Brasilia

IPES: Instituto de Pesquisa e Estudos Sociais

ISEB: Instituto Superior de Estudos Brasileiros – Río de Janeiro

ITV: Instituto Teotônio Vilela – Brasilia

IVH: Instituto Vladimir Herzog – San Pablo

JCBL: John Carter Brown Library – Providence, ri, EE.UU.

MAPRO: Museu Mariano Procópio – Juiz de Fora

MAM-RJ: Museu de Arte Moderna do Rio de Janeiro

MASP: Museu de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand

MBB: Museu Boijmans van Beuningen – Rotterdam

MCM: Museus Castro Maya – Río de Janeiro

MCPT: Museu Casa do Padre Toledo – Tiradentes

MHN: Museu Histórico Nacional – Río de Janeiro

MI: Museu da Inconfidência – Ouro Preto

MIESP: Museu da Imigração do Estado de São Paulo

MIMP: Museu Imperial de Petrópolis

ML: Museu do Louvre – París

MMGV: Memorial Minas Gerais Vale – Belo Horizonte

MNBA: Museu Nacional de Belas Artes – Río de Janeiro

MND: Museu Nacional da Dinamarca – Copenhague

MN-UFRJ: Museu Nacional da Universidade Federal do Rio de Janeiro

MPR: Museu do Primeiro Reinado – Río de Janeiro

MP-USP: Museu Paulista – San Pablo

MRBAB: Museu Real de Belas Artes da Bélgica – Bruselas

MV: Museu de Versalhes

NMM: National Maritime Museum – Londres

OI: Olhar Imagem – San Pablo

PA: Palácio da Alvorada – Brasilia

PC: Palácio do Catete – Río de Janeiro

PDL: Palácio da Liberdade – Belo Horizonte

PESP: Pinacoteca do Estado de São Paulo

PG: Palácio Guanabara – Río de Janeiro

PI: Palácio do Itamaraty – Brasilia

PIF: Palácio da Ilha Fiscal – Río de Janeiro

PL: Palácio Laranjeiras – Río de Janeiro

PN: Palácio das Necessidades – Lisboa

PNA: Palácio Nacional da Ajuda – Lisboa

PNM: Palácio Nacional de Mafra

PNQ: Palácio Nacional de Queluz

PP: Palácio do Planalto – Brasilia

PPI: Palácio Piratini – Porto Alegre

PR: Palácio do Ramalhão – Lisboa

PSC: Palácio de São Cristóvão – Río de Janeiro

PT: Palácio Tiradentes – Río de Janeiro

SK: Staatliche Kunstsammlungen – Dresden

UFMG: Universidade Federal de Minas Gerais – Belo Horizonte

UKGAC: United Kingdom Government Art Collection – Londres

Nota de las autoras

Queridos lectores, la introducción de este libro no es teórica sino interpretativa. Sugerimos a quienes prefieran iniciar la lectura por el Capítulo 1 y continuar por los siguientes, más narrativos, emprender un recorrido (apenas) un poco diferente. Después de haber leído los dieciocho capítulos que componen el volumen y apreciado las imágenes y leyendas, por favor retornen a la introducción. De este modo podrán cotejar nuestra interpretación y verificar si bien vale una biografía.

Introducción:
“Brasil queda muy cerca de aquí”

Era bueno saber que la alegría que la Ley de Abolición de 1888 llevó a la ciudad fue general en el país. Tenía que serlo, porque ya había entrado en la convivencia de todos su injusticia originaria [la de la esclavitud]. Cuando llegué a la escuela, una escuela pública en la calle Rezende, la alegría entre el niñerío era grande. Nosotros desconocíamos el alcance de la ley, pero la alegría reinante nos capturó. Creo que la maestra, doña Tereza Pimentel do Amaral, una señora muy inteligente, nos explicó la importancia del asunto; pero, con esa mentalidad característica de los niños, una sola cosa me quedó clara: ¡libres!¡libres! Pensé que podríamos hacer todo lo que se nos antojara; que de allí en adelante no habría limitación alguna para los progresistas de nuestra fantasía. ¡Pero qué lejos estamos, aún hoy, de eso! ¡Cómo todavía nos enredamos en las telarañas de los preceptos, las reglas y las leyes! […] Esos recuerdos son buenos; tienen un perfume de añoranza y nos hacen sentir la eternidad del tiempo. El tiempo inflexible, el tiempo que, como el joven es hermano de la Muerte, va matando aspiraciones, eliminando urgencias, trayendo desaliento, y sólo nos deja en el alma esa nostalgia del pasado, a veces compuesto por acontecimientos fútiles, pero que siempre es bueno recordar.[1]

El autor de este relato es Lima Barreto. Periodista, ensayista, cronista de la ciudad de Río de Janeiro, fue uno de los pocos escritores brasileños que se definió como negro —a sí mismo y a su literatura— a pesar de vivir en un país cuyos datos censales indicaban la existencia de una amplia mayoría negra y mestiza. El relato no parece haber sido escrito para ser recordado o legado a la posteridad. Por el contrario, fue un desahogo garabateado en el reverso de un folio del Ministerio de Guerra, institución en la que Lima trabajaba como amanuense: un funcionario público de posición no muy elevada en la jerarquía del Estado (véase imagen 2).

Su padre, João Henriques de Lima Barreto, fue uno de los primeros desempleados de la República debido a sus vínculos con la monarquía; empezó a trabajar como almojarife y luego como administrador en un manicomio, y ya en 1912 se había jubilado del servicio público con un diagnóstico de “insania mental”. La locura —en aquella época uno de los estigmas característicos de la degeneración de las razas mestizas— perseguiría desde entonces a Lima Barreto, quien además fue internado en el Hospital Nacional de Alienados en dos ocasiones, en 1914 y 1918. “Locura”, “desaliento”, “desigualdad”, “exclusión” eran palabras comunes en el vocabulario del escritor y definían cabalmente a su generación.

El documento no parece azaroso, mucho menos arbitrario. Revela ciertas características persistentes de nuestra breve historia, al menos de la historia fechada a partir del descubrimiento de Brasil —para algunos, para otros el término correcto sería “invasión”— en el año 1500.[2] Si bien los acontecimientos y los contextos políticos y culturales que marcan esos más de cinco siglos de existencia nacional son numerosos, algunos rasgos insisten obstinados en comparecer en la agenda local. Uno de ellos es, precisamente, nuestra difícil y tortuosa construcción de la ciudadanía. En el transcurso de este libro tendremos además la oportunidad de acompañar manifestaciones de claro civismo y entusiasmo público, como la promulgación de la ley que en 1888 abolió la esclavitud, mencionada por Lima Barreto. En esa ocasión, el pueblo llenó todos los rincones de la plaza donde, desde su balcón, la princesa Isabel anunció la novedad largamente esperada. Resultado de un acto de gobierno pero sobre todo de la continua presión popular y civil, la Ley Áurea era poco ambiciosa —a pesar de su enorme importancia—en cuanto a prever la inserción de aquellos en cuya jerga no habían figurado, durante tanto tiempo, la ciudadanía y los derechos. Y precisamente por eso es un caso ejemplar. Porque recuerda que actos como ese, no pocas veces, fueron seguidos por reveses políticos y sociales que comenzaron a gestar un proyecto de ciudadanía inconclusa, una república de valores fallidos, como escribía nuestro autor.

Es por esta razón que las idas y vueltas, los avances y retrocesos, forman parte de esta historia nuestra que ambiciona ser mestiza como lo somos en muchas maneras los brasileños: ofrece respuestas múltiples y en ocasiones ambivalentes sobre el país; no se apoya en fechas y acontecimientos seleccionados por la tradición; no propone un trazado exclusivamente objetivo o nítidamente evolutivo puesto que conlleva un tiempo híbrido que puede agenciar diversas formas de memoria. Más aún, es mestiza porque no sólo anticipa la mezcla sino también la rotunda separación. En una nación que se caracteriza por el poder de los grandes terratenientes, muchos de ellos dueños de inmensos y aislados latifundios que a veces tenían el tamaño de una ciudad, el autoritarismo y el personalismo siempre fueron realidades fuertes que debilitaban el libre ejercicio del poder público y desincentivaban el fortalecimiento de las instituciones y, con eso, la lucha por los derechos. Dice un proverbio popular que, en Brasil, “el que roba poco es ladrón y el que roba mucho, barón”, como legitimando la idea —hoy discutida y politizada— de que en nuestro país el solo hecho de ser acaudalado es prueba de exención y de ciudadanía que está por encima de cualquier sospecha.

Pero vale la pena señalar otro rasgo que, si bien no es natural —aquí nos ocupamos de construcciones sociales, no biológicas—, resulta escandalosamente resistente y ocupa un lugar selecto en la historia brasileña. Cierta lógica y cierto lenguaje de violencia conllevan una determinación cultural profunda. Como un verdadero nudo nacional, la violencia está clavada en la más remota historia de Brasil, un país cuya vida social fue marcada por la esclavitud. Fruto de nuestra herencia esclavócrata, la trama de esa violencia es común a toda la sociedad: se propagó por el territorio nacional y fue naturalizada. Y si bien la esclavitud quedó en el pasado, su historia continúa escribiéndose en el presente. La experiencia de violencia y dolor se repite, resiste y se propaga en la trayectoria del Brasil moderno, fragmentada en millares de modalidades de manifestación.

Brasil, el último país en abolir la esclavitud en Occidente, sigue siendo campeón en desigualdad social y hoy practica un racismo silencioso pero igualmente perverso.

A pesar de que en el cuerpo de la ley no existen formas de discriminación, los pobres, y sobre todo las poblaciones negras, son los más culpabilizados por la Justicia, los que mueren más temprano, los que tienen menos acceso a la educación pública superior o a puestos más calificados en el mercado de trabajo. Marca fuerte y persistente, la herencia de la esclavitud condiciona incluso nuestra cultura, y la nación se define con un lenguaje pautado según colores sociales. Nosotros nos clasificamos en tonos y medios tonos, y hasta hoy sabemos que quien se enriquece, casi siempre, emblanquece, y que lo contrario también es verdadero. Aunque la frontera del color es porosa entre nosotros y no nos reconocemos por criterios exclusivamente biológicos, aunque la inclusión cultural es una realidad en nuestro país y se expresa en numerosas manifestaciones que la singularizan —la capoeira, el candomblé, el samba, el fútbol—, aunque nuestra música y nuestra cultura son mestizas en su origen y su particularidad, no podemos olvidar los numerosos procesos de exclusión social. Estos se expresan en el acceso todavía diferente a mejoras estructurales en el ocio, el empleo, la salud y la tasa de nacimiento, o incluso en las intimidaciones y los allanamientos cotidianos de la policía, maestra en el lenguaje del color.

De tanto mezclar colores y costumbres hicimos del mestizaje una suerte de representación nacional. Por un lado, la mezcla se consolidó mediante prácticas violentas, con el ingreso forzado de pueblos, culturas y experiencias en la realidad nacional. A diferencia de la idea de armonía, la mezcla fue una cuestión de arbitrio en estos lares. Es el resultado de la compra de africanos, que vinieron aquí obligados y en mayor número que hacia otros lugares. Brasil recibió el 40% de los africanos que dejaron compulsivamente su continente para trabajar en las colonias agrícolas de la América portuguesa, bajo régimen de esclavitud, sumando un total cercano a 3,8 millones de inmigrantes.[3] Hoy, con el 60% de su población compuesto por pardos y negros, Brasil puede considerarse el segundo país africano más poblado después de Nigeria. Además, y a pesar de los números controvertidos, se estima que en el año 1500 la población nativa oscilaba entre un millón y ocho millones de personas y que el “encuentro” con los europeos habría diezmado entre el 25 y el 95 por ciento.[4]

No obstante es innegable que esa mezcla sin igual generó una sociedad definida por uniones, ritmos, artes, deportes, aromas, cocinas y literaturas mixtas. Tal vez por eso, el alma de Brasil está cribada de colores. Nuestros varios rostros, nuestros rasgos diferenciados, nuestras muchas maneras de pensar y sentir el país comprueban la mezcla profunda que dio origen a nuevas culturas, híbridas de tantas experiencias. La diversidad cultural, expresada en el sentido único del término, es quizás una de las grandes realidades de un país totalmente marcado y condicionado por la separación pero también por la mezcla resultante de ese largo proceso de mestizaje.

Construida en la frontera, el alma mestiza de Brasil —resultado de la mezcla original de amerindios, africanos y europeos— es producto de prácticas discriminatorias centenarias que, al mismo tiempo, conducen a crear nuevas salidas. Como decía Riobaldo Tatarana, personaje dilecto del escritor Guimarães Rosa, “por estar cautivo en su pequeño destino de suelo es que el árbol abre tantos brazos”, y aunque el alma es híbrida, los brazos de Brasil son muchos. Brasil con frecuencia elude las dos caras de la moneda construyendo prácticas culturales que definen barreras más obvias, y así nos distinguen y nos incluyen en el mundo, siempre en carácter de brasileños.

Pero existen todavía otras facetas que forman parte del rostro (y la expresión) del país. Sarcástico, Lima Barreto concluye su texto con tono de desahogo: “Tenazmente continuamos vivos, esperando, esperando… ¿qué? Lo imprevisto, lo que puede ocurrir mañana o después: ¿quizás el premio gordo de la lotería o un tesoro descubierto en el jardín?”. Esa manía nacional nuestra de esperar el milagro del día, la salvación imprevista, que el historiador Sérgio Buarque de Holanda, en su clásico Raízes do Brasil (1936), denomina “bovarismo”. Esa palabra también fue utilizada por el literato carioca, quien a partir del mismo concepto critica nuestro vicio de “extranjerismo” y de “copiarlo todo como si fuera nuestra materia prima”. Ya Buarque de Holanda afirmaba que el concepto refería a “un invencible desencanto frente a nuestras condiciones reales”.[5]

El término proviene del famoso personaje Madame Bovary, creado por Gustave Flaubert, y define precisamente esa alteración del sentido de realidad: cuando una persona cree ser otra que en realidad no es. Ese estado psicológico genera una insatisfacción crónica, producto del contraste entre ilusiones y aspiraciones y, sobre todo, de la continua desproporción frente a la realidad. Pero imaginemos que ese mismo fenómeno se traslada del individuo a toda la comunidad, que se concibe siempre diferente de lo que es o espera que algo inesperado altere la condena de la realidad. Según Holanda (y Barreto), los brasileños tendrían un “no sé qué” de Bovary.

En el fútbol, suerte de gran metáfora de la nacionalidad brasileña, siempre esperamos que “ocurra algo” que resuelva el partido. Rogamos que caiga del cielo algún elemento mágico e imprevisto —que suspenda el malestar y solucione los problemas—, en vez de planificar cambios sustantivos y duraderos. Hace un tiempo nos pareció bien identificarnos como BRICS, apostando a la noción de que el hecho de ser economías que han alcanzado un crecimiento inédito y en cierto modo más autónomo nos une a países como India, China, Rusia y Sudáfrica. Si bien Brasil ha tenido un crecimiento realmente asombroso, si bien ya se comporta como la séptima potencia mundial y cuenta con muchos recursos, todavía poco explotados, no debemos descuidar algunos temas decisivos de nuestra agenda social —en las áreas de transporte, salud, educación y derecho a la vivienda— que, a pesar de las innúmeras y reconocidas mejoras, continúan afectando negativamente la vida cotidiana nacional.

El “bovarismo” sirve incluso para nombrar un singular mecanismo de evasión colectiva que nos permite rechazar el país real e imaginar un Brasil diferente del que es, dado que aquel no nos satisface y, peor aún, nos sentimos impotentes para modificarlo. Entre lo que somos y lo que creemos ser, ya fuimos casi todo en la vida: blancos, negros, mulatos, incultos, europeos, norteamericanos y BRICS. Curioso dislocamiento tropical del famoso “ser o no ser”, en Brasil “no ser es ser”. O, en palabras de Paulo Emílio Sales Gomes, sería “la penosa construcción de nosotros mismos [que] se desarrolla en la enrarecida dialéctica entre no ser y ser otro”.[6] 

El concepto explicaría también una antigua manía local, la de mirarnos al espejo y vernos siempre diferentes. Ora más portugueses, ora franceses, ora más americanos; ora más atrasados, ora incluso adelantados, pero siempre diferentes. Este tipo de construcción idealizada del país se transformó en “fermento” de la nacionalidad en varios contextos de nuestra historia.

De todos modos, y a pesar de las ambigüedades constitutivas de esos discursos nacionales, cabe señalar que las naciones de pasado reciente y colonial, por ejemplo la nuestra, tienen la manía de equiparar la identidad con un colchón inflable y dar por sentado —y sentir profundamente— que esta siempre está en cuestión. Sin embargo, sabemos que las identidades no son fenómenos esenciales y mucho menos atemporales. Por el contrario, representan respuestas dinámicas, políticas y flexibles dado que reaccionan y negocian ante diversas situaciones. Quizá por eso preferimos aferrarnos a la idea de que la plasticidad y la espontaneidad son parte de nuestras prácticas y conforman un ethos nacional. A juzgar por esa muletilla, seríamos el país de la improvisación que resulta bien, lo que también explicaría el proverbio —que mal esconde la certeza— de que “Dios es brasileño” y toda suerte de promesas, plegarias y rezos que, una vez más, mezclan creencias dispares a la hora de apostar al milagro.

El bovarismo nacional va aparejado a otra característica que nos define como nacionalidad: el “familismo”, o la arraigada costumbre de transformar las cuestiones públicas en cuestiones privadas. Para nosotros, el buen político es un familiar; pocas veces lo llamamos por su apellido, ya que lo reconocemos mejor por su primer nombre o por un apodo: Dilma, Jango, Juscelino, Lula, Getúlio. No por casualidad llamábamos a los generales de la dictadura por su apellido: Castelo Branco, Costa e Silva, Geisel, Médici y Figueiredo. Según propone Sérgio Buarque de Holanda, nuestro país siempre estuvo marcado por la preeminencia de los afectos y el inmediatismo emocional sobre la rigurosa impersonalidad de los principios, que usualmente organizan la vida de los ciudadanos en las naciones más diversas. “Nosotros daremos el hombre cordial al mundo”, decía Buarque de Holanda, no celebrando sino lamentando nuestra difícil entrada en la modernidad y reflexionando críticamente sobre el tema. La palabra “cordial” deriva del latín “cor, cordis”, pertenece al plano semántico vinculado al “corazón” y refleja el supuesto de que, en Brasil, todo pasa por la esfera de la intimidad —aquí hasta llamamos a los santos por un diminutivo—, revelando una impresionante falta de compromiso con la idea de bien público y una clara aversión a las esferas oficiales de poder. Lo peor de todo es que el propio Buarque de Holanda fue reprobado por la ideología del sentido común. Su noción de lo “cordial” adoptó un sentido inverso en la visión popular. Fue reafirmada como libelo de nuestras relaciones cordiales, sí, pero cordiales en el sentido de armoniosas, siempre receptivas y contrarias a la violencia, en vez de entendérsela como una crítica a nuestra dificultad para gestionar las instancias públicas. Otro ejemplo de cuán duraderas son nuestras representaciones es la manía de congelar la imagen de un país opuesto al radicalismo y afín al espíritu pacífico, por más que innumerables rebeliones, revueltas y manifestaciones atraviesen nuestra historia de punta a punta. Somos y no somos, y esa ambigüedad es mucho más productiva que un puñado de imágenes oficiales congeladas.

Las buenas ideologías son, entonces, como un tatuaje o una idea fija: tienen el poder de sobreponerse a la sociedad y generar realidad. De tanto escuchar, terminamos creyendo en este país donde es mucho mejor oír que ver.[7] Hemos construido una imagen tantas veces soñada de un país diferente —por obra de la imaginación, la alegría y una manera particular de enfrentar las dificultades— que terminamos reflejándola. Ahora bien, todo eso puede ser muy bueno y vale un retrato. Pero Brasil también es, hay que repetirlo, campeón en desigualdad social y continúa luchando con tenacidad para construir valores republicanos y ciudadanos.

Una vez reconocidas ciertas características que funcionan como una suerte de dialecto interno, el segundo paso será comprender quizá cómo y de qué forma esos fenómenos no son exclusivamente internos. El país siempre fue definido por una mirada proveniente del exterior. Ya desde el siglo XVI, momento en que “Brazil” no era “Brasil” sino una América portuguesa profundamente desconocida, el territorio era observado con considerables dosis de curiosidad. Brasil, el “otro” de Occidente, aparecía representado por estereotipos que lo designaban como una enorme e inesperada “falta” —de ley, de jerarquía, de reglas— o bien por el “exceso”: de lascivia, de sexualidad, de ocio o de festejos. De creer en esta perspectiva, seríamos algo así como una periferia del mundo civilizado habitada por una brasilidad gauche, desordenada pero muy alegre, pacífica y feliz. En la propaganda, en los discursos que llegan del exterior, nuestro país todavía es presentado como un lugar hospitalario, de valores exóticos, donde puede buscarse una especie de “nativo universal”, ya que por estos lares se encontraría una “síntesis” de los pueblos “extraños” de todos los lugares.

Pero si bien es innegable que Brasil comprende una serie de “milagros”, inscriptos en su clima siempre agradable —una “eterna primavera”, dirían los viajeros del siglo XVI— y en la ausencia de catástrofes naturales —huracanes, maremotos o terremotos— y de odios declarados reafirmados en el cuerpo de la ley, tampoco es la tierra prometida o del eterno futuro. Tanto que hay quienes se esfuerzan por ver en el país una posible solución a los conflictos y contradicciones de Occidente. Inspirados en la idea del canibalismo —noción empleada por los primeros viajeros, explotada por el filósofo Montaigne y debidamente releída en el siglo XX, sobre todo por Oswald de Andrade en su “Manifiesto antropófago” (1928)—, los brasileños tienen la manía de reinventarse y traducir sus fallas en virtudes y pronósticos. Canibalizar costumbres, desafiar convenciones y sesgar supuestos sigue siendo una característica local, un ritual de insubordinación y de inconformismo que quizá nos distingue o al menos mantiene encendida la llama de la buena utopía, que siempre es bueno admirar y resguardar.

Y así ha sido desde la llegada de las carabelas de Cabral: para unos, breve paraíso; para otros, infierno interminable o una suerte de purgatorio en la Tierra, la historia sigue siendo actual a pesar de estar inscripta y diseñada en el pasado. Ya en 1630, fray Vicente do Salvador, un franciscano que fue probablemente nuestro primer historiador, escribió un bello opúsculo titulado História do Brazil. El nombre del país aún no se escribía con “s”, y el fraile concluía: “Ningún hombre en esta tierra es repúblico, ni cela o trata del bien común, sino cada uno del bien particular”.

Desde el principio de esta breve historia de cinco siglos y unos años se hizo evidente, durante la exploración de las tierras que luego constituirían Brasil, un difícil proceso de construcción de formas compartidas de poder y protección del bien común. Al contrario de lo que suponía fray Vicente, sin embargo, hay virtud republicana en nosotros. Crear trayectos imaginativos para la construcción de la vida pública es un remedio típicamente brasileño para afrontar o, mejor dicho, eludir el estancamiento generado dentro de una sociedad con numerosos encuentros y algunos desencuentros.

Por eso, el país se desarrolló —como veremos— a partir de ambivalencias y contrastes. Brasil es una nación que se caracteriza por sus amplias brechas sociales y elevados índices de analfabetismo, pero también por tener uno de los sistemas más modernos y confiables de evaluación de votos. Un país que introdujo velozmente los adelantos de la modernidad occidental en su parque industrial y ocupa el segundo puesto en accesos a Facebook, pero mantiene congeladas en el tiempo áreas enteras del territorio nacional, sobre todo en la Región Norte, donde sólo se comercia a base de pequeñas jangadas a remo. Un país regido por una Constitución avanzada —que impide cualquier forma de discriminación— pero que practica un prejuicio silencioso y perverso y, como ya dijimos, duradero y enraizado en la vida cotidiana. Lo tradicional convive con lo cosmopolita, lo urbano con lo rural, lo exótico con lo civilizado —y lo más arcaico y lo más moderno coinciden y persisten en el otro, como un interrogante.

La historia de Brasil no cabe en un libro. Porque no existe una nación cuya historia pueda contarse en forma lineal, progresiva o de una sola manera. Por lo tanto no pretendemos contar aquí la historia de Brasil, sino hacer de Brasil una historia. Al contar una historia, tanto el historiador como el lector aprenden a “entrenar la imaginación para salir de visita”, como diría Hannah Arendt.[8] Y precisamente porque toma en serio esa noción de “visita”, este libro ignorará el objetivo de construir una “historia general de los brasileños” para concentrarse en la idea de que la biografía puede ser otro buen camino para intentar comprender a Brasil desde una perspectiva histórica: conocer los numerosos eventos que afectaron nuestras vidas, y de tal modo, que aún continúan vigentes en la agenda actual.

Una biografía es la evidencia más elemental de la profunda conexión existente entre las esferas pública y privada, que sólo estando articuladas consiguen componer el tejido de una vida y volverla real para siempre. Escribir sobre la vida de nuestro país implica cuestionar los episodios que conforman su trayectoria en el tiempo y escuchar lo que tienen para decirnos sobre las cosas públicas, sobre el mundo y el Brasil donde vivimos —para poder comprender a estos brasileños que somos y a los que deberíamos o podríamos haber sido.

La imaginación y la multiplicidad de fuentes son dos aspectos importantes para la composición de la biografía. En ella caben los grandes tipos, los hombres públicos, las celebridades, pero también personajes menores, casi anónimos. En ninguno de los casos, sin embargo, se trata de una tarea simple: reconstituir el momento que inspiró el gesto es muy difícil. Hay que “calzarse los zapatos del muerto”, según la preciosa definición de Evaldo Cabral; hay que conectar lo público con lo privado para entrar en un tiempo que no es el nuestro, abrir puertas que no nos pertenecen, sentir con los sentimientos de otros e intentar comprender la trayectoria de los protagonistas de esta biografía —los brasileños— en la época en que vivieron, para entender las intervenciones que realizaron en el mundo público de cada período con los recursos entonces disponibles y su determinación de vivir según las exigencias de su tiempo —y no de acuerdo con las del nuestro—. Implica, además, no ser indiferentes al dolor o la alegría del brasileño común, invadir el espacio íntimo de los personajes relevantes y escuchar también el sonido de las voces sin fama. El historiador debe enfrentar siempre esa línea difusa entre rescatar la experiencia de quienes vivieron los hechos y, reconociendo el carácter quebradizo e inconcluso de esa experiencia, interpelar su sentido. Precisamente porque presta atención a todo eso, la biografía es también un género de la historiografía.

Por este motivo no avanzaremos de manera sistemática más allá del período que marca el final de la etapa de redemocratización, consolidada con la primera elección de Fernando Henrique Cardoso y su llegada a la presidencia en 1995. Entendemos que la historia de los gobiernos de FHC y de Lula todavía está haciéndose y que está comenzando un novísimo período en la vida del país. El tiempo presente contiene un poco de cada uno, y quizá les corresponda a los periodistas comunicarlo con precisión y crítica.

Queda claro, entonces, que no pretendemos dar cuenta de toda la historia de Brasil. Antes bien, y teniendo presentes las cuestiones ya señaladas, narraremos la aventura de la construcción de una compleja “sociedad en los trópicos”. Como decía el escritor Mário de Andrade, Brasil derrumba cualquier idea que nos hagamos de él. Lejos de la imagen de país pacífico y cordial, o de la alentada democracia racial, la historia que contaremos aquí describe las vicisitudes de una nación que, aun siendo profundamente mezclada, aceptó y construyó —al mismo tiempo— una rígida jerarquía condicionada por valores compartidos internamente, como un idioma social. Visto desde esa perspectiva, y conforme provocaba Tom Jobim, el país “no es para principiantes” y por lo tanto necesita una buena traducción.

1

Primero fue el nombre, después una tierra llamada Brasil

Pedro Álvares Cabral, un joven que estaba huyendo de la calma,

encontró la confusión, es decir, encontró a Brasil.

STANISLAW PONTE PRETA

DE LAS VICISITUDES DE UN NUEVO MUNDO, NUEVO

Es difícil imaginar el impacto y el significado del “descubrimiento de un Nuevo Mundo”. Nuevo por no figurar en los mapas europeos; nuevo por estar repleto de animales y plantas desconocidos; nuevo por estar poblado por hombres extraños que practicaban la poligamia, andaban desnudos y tenían por costumbre hacer la guerra y comerse unos a otros. Eran caníbales —afirman los primeros relatos—, llenos de curiosidad, exotismo e imaginación.

Fue el propio navegante genovés Cristóbal Colón, responsable de comandar la primera flota que alcanzó el continente americano el 12 de octubre de 1492 bajo las órdenes de los reyes católicos de España —Fernando e Isabel—, quien acuñó el nombre “caníbal”. La palabra tiene su origen en la lengua arawak, hablada por tribus indígenas de América del Sur, los pueblos caraíbas antillanos, cuya derivación española “caribal” (del Caribe) fue luego asociada a prácticas reportadas por algunos viajeros europeos que referían, preocupados, las costumbres antropofágicas locales. El nombre también se vinculó a la palabra española “can” (perro) y a Cam, personaje bíblico mencionado en el libro del Génesis. Hijo menor de Noé, Cam, Canaán, se burló de la embriaguez de su desatinado padre y por esa razón fue maldecido y condenado a ser “siervo de los siervos”. Así se pavimentó la senda religiosa hacia las futuras justificaciones de la esclavitud, no sólo de los indios sino también de los negros africanos, ambos supuestos descendientes de la maldición de Cam.

En el diario de su primer viaje al Caribe (realizado entre 1492 y 1493), el explorador menciona, entre curioso e indignado, que los nativos de las islas tenían la costumbre de comer carne humana y los llama “caribes” o “canibes”. El nombre devino adjetivo durante el segundo viaje de Colón a las Antillas, que habría ocurrido entre 1493 y 1496, y la difusión de la práctica del canibalismo en las Américas contribuyó a consolidar un nuevo propósito: el de esclavizar a los nativos. En la carta que escribió a la Corona, Colón afirmaba que los indígenas eran perezosos, andaban desnudos, carecían de vergüenza, se pintaban el cuerpo para la guerra y sólo usaban tatuajes, brazaletes y colores para cubrir sus partes íntimas. Y argumentaba que si bien los caníbales eran ajenos a los valores de la humanidad occidental, no obstante podían ser útiles como buenos esclavos.

Américo Vespucio también reafirma en sus misivas la presencia de caníbales en América. Una supuesta carta de su autoría, dirigida a Lorenzo di Pierfrancesco de Médici y publicada en 1504 como libro bajo el título Mundus Novus, se transformó en un gran éxito y fue editada en distintos lugares de Europa. Las observaciones de Vespucio causaron todavía mayor impacto que las de Colón porque describían escenas de canibalismo a partir del testimonio personal del autor y estaban ilustradas con grabados. La convincente argumentación de Vespucio, acompañada por una narrativa visual igualmente seductora, contribuyó de manera decisiva a difundir una imagen negativa de los nativos americanos como hombres sin orden y sin fe, sin ideas de propiedad, territorio y dinero, e ignorantes de instituciones como la familia y el matrimonio.[1] Además, la imagen de la nueva tierra quedó vinculada a la de un gentío decadente. Era otra humanidad, que parecía adormecida frente a los valores del Viejo Mundo.

Las noticias que llegaban acerca de esa porción portuguesa de las Américas, cuya naturaleza paradisíaca contrastaba con las prácticas humanas consideradas diabólicas, encendieron la imaginación europea, y la idea de la existencia de un territorio hasta entonces desconocido para los ojos y el corazón dio comienzo a otro capítulo en la historia de la humanidad. La historia de Brasil, la canónica, sería contada por los “descubridores”, que no sólo inauguraron sino que dieron un sentido al nuevo territorio portugués y sus poblaciones. Paradójicamente, sin embargo, esa narrativa oficial y metropolitana fue alterada para siempre con la entrada de esos personajes, esa porción perdida de la humanidad que no se sabía cómo clasificar, entender o nombrar.[2]

Pero si bien la reacción de espanto marcó el tono general —las crónicas de viajeros describen monstruos marinos, animales gigantescos y un pueblo guerrero y caníbal—, hoy ya no se sustenta la tesis de que el hallazgo de las tierras haya sido obra del azar. Una vez establecida la ruta marítima a las Indias por Vasco da Gama en 1499, la Corona portuguesa organizó una nueva expedición basada en las informaciones recogidas por el navegante. Era la mejor salida para el pequeño reino portugués estratégicamente localizado en la boca del Atlántico, a un salto del mar. El país había atravesado una precoz unificación nacional, resultado de los años de lucha por la reconquista del territorio peninsular ocupado por los moros, proceso que concluyó en 1249 con Afonso III y la recuperación definitiva del Algarve. La unificación y el desarrollo naviero y de instrumentos marítimos convirtieron a Portugal en un país adecuado para las grandes navegaciones. Y no es mera coincidencia que el marco inicial para la formación del Imperio portugués —el imperio colonial más duradero, con dominios en los cuatro continentes— haya sido la conquista de Ceuta, sobre la costa occidental de África, en 1415.

Desde un comienzo el impulso expansionista portugués estuvo pautado por intereses comerciales, militares y evangelizadores, en buena medida equilibrados. Pero, entre los siglos XIV y XV, lo que más animó a los portugueses a buscar nuevas rutas fue el mercado de especias de Oriente. El término “especias” designaba una serie de productos de origen vegetal, de aroma o sabor acentuados, que se utilizaban como aderezos y para conservación de alimentos pero también como aceites, ungüentos, inciensos, perfumes o medicamentos. El consumo se desarrolló particularmente durante las Cruzadas, y las especias tropicales —pimienta del reino, clavo de olor, canela y nuez moscada— eran las más estimadas a fines del siglo XIV. Nativas de Asia, eran muy valoradas por entonces y su precio aumentaba a ojos vistas. Terminaron por transformarse en moneda y en parte de la dote de nobles y princesas, herencias, reservas de capital y divisas del reino. También se las utilizaba en trueques y permutas —para pagar servicios, hacer acuerdos, sellar obligaciones religiosas o redimir impuestos— e incluso como soborno de altos funcionarios.

Sin embargo, con la toma de Constantinopla por los turcos otomanos el 29 de mayo de 1453, ese rico comercio encontró serios obstáculos, pues las rutas cayeron bajo el control turco y quedaron bloqueadas para los mercaderes cristianos. Portugal y España comenzaron a organizar expediciones de exploración para afrontar el problema, con la expectativa de encontrar rutas alternativas por tierra y mar. Ese fue el objetivo que impulsó a Portugal a invertir en una nueva vía, con la intención de garantizarse el monopolio final del comercio. Optó entonces por una ruta que implicaba una inédita y arriesgada maniobra: circundar el desconocido continente africano, cuyo recorrido completo demoró más de un siglo en realizar. Pero la demora fue provechosa, y Portugal instaló “factorías” en la costa africana, vale decir que estableció puntos estratégicos para la colonización presente y futura.

La llegada a Oriente consolidó la ruta, luego denominada Periplo Africano. La palabra “periplo” expresaba el buen augurio de la empresa, ya que define un largo viaje del que se retorna con éxito al punto de origen. Pero, como el lenguaje siempre está sujeto a las oscilaciones y los humores de la época, la falta de progresos en la empresa acarreó la adición de un nuevo sentido (más negativo) al término: la noción de “mal de Sísifo”. Siguiendo el ejemplo del mito griego —en que el héroe, aunque por poco tiempo, consigue desafiar y vencer a la muerte—, la expresión pasó a designar a todos aquellos que realizaban hazañas superiores a sus fuerzas. En el caso de Portugal, donde cundía el escepticismo general, hacía referencia a un “periplo” sin fin que no conducía a ningún lugar. Pero las cosas resultaron de otro modo: la ruta generó extraordinarios dividendos, marcó simbólicamente el ingreso de Portugal en la era moderna y constituyó el punto de partida para la construcción de un vasto y poderoso imperio.

En aquel momento, España también atravesaba un proceso de expansión colonial. El reino español, que se había unificado como Estado nacional en 1492, se lanzó al mar en busca de una nueva ruta a Oriente a través de Occidente. Y para evitar otras guerras en una Europa habituada a las batallas entre naciones en litigio, el 7 de junio de 1494 se firmó un acuerdo —el Tratado de Tordesillas— cuyo propósito era dividir las tierras “descubiertas y por descubrir”, fuera del Estado, entre ambas Coronas. El acuerdo fue resultado inmediato de la respuesta portuguesa a las pretensiones de la Corona española, que un año y medio atrás había llegado a lo que se creía eran las Indias pero en realidad era un Nuevo Mundo, al que reclamó oficialmente para Isabel la Católica. Aunque no se sabía dónde terminaba ese mundo, ya tenía dueño y certificado de origen.[3]

El Tratado de Tordesillas tuvo un antecedente: la bula Inter Caetera, firmada por el papa Alejandro VI el 4 de mayo de 1493, que dividía las nuevas tierras del globo entre Portugal y España. En la práctica, las tierras situadas hasta cien leguas al oeste a partir de las islas de Cabo Verde serían de Portugal, y las que quedaran más allá de esa línea pertenecerían a España. Por recelo a perder posibles conquistas, Portugal propuso una revisión que logró modificar los términos de la bula papal. El Tratado de Tordesillas, firmado por las dos Coronas, definió como línea de demarcación el meridiano localizado 370 leguas al oeste de una isla no especificada del archipiélago de Cabo Verde, que por entonces pertenecía a los portugueses. De esta forma, la línea imaginaria quedó a medio camino entre el archipiélago y las islas de los Caraíbas descubiertas por Colón. El tratado legisló, además, que los territorios ubicados al este de ese meridiano pertenecían a Portugal y los del oeste, a España. Fue ratificado por España el 2 de junio y por Portugal el 5 de septiembre de 1494, como si el mundo —real o tantas veces imaginado— pudiera dividirse en dos, en dos mitades, sin mayores cuestionamientos.

Brasil, que en aquella época no existía en los mapas de los grandes cosmógrafos y aún no había entrado en la historia occidental, ya estaba incluido en el paquete: la línea del tratado trazaba el límite del país en las proximidades de las actuales Belém (Pará) y Laguna (estado de Santa Catarina). Pero Portugal parecía tener escaso interés en explorar su mapa imaginario, al menos en aquel momento, quizá porque con las riquezas y lucros obtenidos le cerraban las cuentas. No obstante organizó una nueva expedición en el año 1500, esta vez al mando del capitán mayor Pedro Álvares de Gouveia, un miembro de la pequeña nobleza que llevaba el apellido de su madre, doña Isabel de Gouveia. El navegante adoptó luego el de su padre —Fernão Cabral, alcalde de la ciudad de Belmonte—, y desde entonces se lo conoce como Pedro Álvares Cabral. Pero es poco lo que sabemos de él, como de muchos otros navegantes. Enviado a la corte de Afonso v en 1479, cuando tenía doce años, Cabral se educó en Lisboa, donde estudió humanidades y se preparó para tomar las armas por la patria.

El 30 de junio de 1484, a punto de cumplir los diecisiete años, Cabral fue nombrado moço-fidalgo de primer grado de la nobleza de la casa de João II —título sin mayor relevancia y que por lo general se concedía a los nobles jóvenes— y recibió una tença —un favor real en reconocimiento por los servicios prestados— por valor de 26 mil réis.[4] De hidalgo de la casa real llegaría a caballero de la Orden de Cristo en 1494, la orden de caballería más importante de Portugal. Recibió además un subsidio anual de 40 mil réis, valor seguramente estipulado en base a los viajes que Cabral, siguiendo el ejemplo de otros jóvenes nobles, emprendiera al norte de África. A pesar de que no ha quedado ninguna imagen detallada del navegante, se sabe que era de complexión fuerte y tenía la estatura de su padre, un metro noventa. Los relatos de la época lo describen como un hombre culto, cortés, tolerante con sus enemigos y bastante vanidoso, rasgo característico de los hidalgos que alcanzaban posiciones relevantes. Más allá de eso, se lo consideraba un “hombre avisado” y “de buen saber” y, aunque no tuviera mucha “experiencia”,[5] fue puesto al mando de la flota más numerosa que zarpó de Portugal rumbo a lugares tan lejanos como desconocidos.

Pero quedaron pocos documentos sobre los criterios que empleó el gobierno portugués para escoger a ese navegante como comandante de la expedición a India. El decreto que lo nombra capitán mayor sólo menciona “mérito y servicios”. También sabemos que el rey conocía bien a su corte, además de ser famosa la lealtad de la familia Cabral a la Corona portuguesa. Y el hidalgo integraba el consejo del soberano, lo que puede haber contribuido a desempatar una cuestión cargada de intriga política. Hay quienes dicen que habría sido una maniobra deliberada para equilibrar facciones nobles, dado que, más allá de sus virtudes personales, Cabral no tenía gran experiencia en el comando de este tipo de expediciones. En última instancia cabe recordar que navegantes más experimentados —como Bartolomeu Dias, Diogo Dias y Nicolau Coelho— fueron designados capitanes de navíos y navegaron bajo la conducción del hidalgo en ese viaje.

La jerarquía también era determinada por criterios económicos. El salario más alto era el del capitán mayor: Cabral recibió 10 mil cruzados (antigua moneda portuguesa que equivalía a 35 kilos de oro) y obtuvo el derecho a comprar treinta toneladas de pimienta y diez cajas de cualquier otra especia por cuenta propia para luego revenderlas en Europa sin pagar impuestos. Así, aunque el viaje conllevó muchos peligros, garantizó que Cabral, ya de regreso, se volviera un hombre verdaderamente rico porque las especias, a pesar de su muy alta demanda, eran extremadamente raras.[6] Los capitanes de cada barco recibieron mil cruzados por cada cien toneles de arqueo, como asimismo “seis cajas y cincuenta quintales de pimienta”.[7] Cada marinero ganaba diez cruzados por mes y diez quintales de pimienta; cada grumete, la mitad de eso, y cada paje, un tercio. El contramaestre y el guardián recibían el equivalente de “un marinero y medio”. También embarcaron curas —que cumplían el papel de médicos y consejeros espirituales en alta mar— y prostitutas, muchas veces escondidas entre la tripulación. Masculino por excelencia, ese mundo no prescindía de las “mujeres sospechosas” que muchas veces quedaban embarazadas y parían sus hijos en medio del mar.

El emprendimiento contó con una tripulación compuesta por cerca de mil hombres, setecientos de ellos designados como soldados aunque no eran sino plebeyos comunes, hijos de campesinos, muchas veces reclutados por la fuerza y sin mayor entrenamiento. Y cabe mencionar que en esta verdadera ciudadela flotante tampoco faltaban los problemas. Uno de los más graves era la escasez de comida. El sacerdote Fernando Oliveira, que acostumbraba acompañar esa clase de viajes, aconsejaba previsor: “En el mar no hay almacenes, ni buenas posadas en las tierras del enemigo, por eso cada uno va provisto de su casa”.[8] El capitán era el único que tenía el privilegio de embarcar gallinas —que casi siempre se utilizaban para alimentar a los enfermos—, cabritos, cerdos y a veces vacas. Pero este tipo de equipaje no se compartía con la tripulación, que en general pasaba hambre.

En un viaje sin incidentes, la comida embarcada apenas alcanzaba para satisfacer las necesidades básicas de los marineros. El escenario empeoraba notablemente cuando el mar estaba calmo o debido a la impericia de los pilotos, que provocaban demoras indeseables e inesperadas ocasionando una carestía general. El alimento principal era el bizcocho seco, cuya historia se confunde con la de la navegación. El vino también era una presencia obligada y la ración diaria se calculaba en una caña (un cuarto de litro por persona), en la misma proporción que el agua potable que se usaba para beber y cocinar. El agua se acumulaba en toneles no siempre adecuados a tal propósito, lo cual estimulaba la proliferación de bacterias que causaban infecciones y diarreas en la tripulación. La carne era controlada y distribuida cada dos días. A falta de carne se ofrecía queso o pescado y arroz, si es que había. Otro problema frecuente era el almacenamiento. Dado que el grueso de los alimentos embarcaba junto con la tripulación, al comienzo del viaje eran comunes las plagas de ratones, cucarachas y escarabajos que se disputaban la comida con los tripulantes con igual voracidad. En estos barcos no había baños: se colgaban pequeños asientos sobre la amurada, lo que dejaba un hedor permanente en la popa.

Con tantos problemas de higiene, las enfermedades tenían una presencia garantizada durante las travesías. El escorbuto —también llamado mal de Luanda o mal de encías—, provocado por la falta de vitamina C, y las enfermedades pleuropulmonares eran los más frecuentes. En vista de las muertes prácticamente diarias, la única solución era colocar los cadáveres en hilera sobre la popa hasta que el religioso rezara una breve oración y por fin fueran arrojados al agua.

En la ruta de esos mares desconocidos tampoco faltaron escenas de violencia, robos y toda clase de corrupción. Cuanto mayor la incertidumbre, mayor el número de crímenes, agresiones y desavenencias. Para lidiar con tamaña inseguridad quedaban pocas diversiones: juegos de naipes, teatro colectivo, lectura de libros religiosos y profanos, y procesiones alrededor de la popa.

La exploración marítima era una actividad privada, pero enteramente financiada por la familia real y supervisada de cerca por el propio rey. Implicaba inversiones abultadas y representaba un enorme riesgo personal que, para valer la pena, necesitaba ser bien recompensado. A cambio, la monarquía se reservaba el derecho de controlar cualquier conquista, distribuir las tierras y tener el monopolio de las ganancias. Por todas estas razones, también era necesario conmemorar ritualmente una partida como aquella.

La armada que zarpó del Tajo el 9 de marzo de 1500, bajo el sol del mediodía, era de monta: estaba compuesta por trece barcos, probablemente diez naos y tres carabelas. El año era una fecha redonda, lo que prometía buenos augurios, y la estación adecuada para una travesía en el Atlántico Sur, que todavía sorprendía a los incautos con numerosos y desagradables acontecimientos. El día anterior la tripulación había recibido una despedida pública, que incluyó celebraciones de tenor diverso y una misa con la presencia del rey. Desde que el navegante portugués Bartolomeu Dias recorriera el extremo sur del continente africano en 1488 y lo bautizara Cabo de las Tormentas —un homenaje al revés que aludía al “mal de San Cosme”, cuyas lluvias fétidas manchaban la ropa y provocaban abscesos en la piel de los marineros—, y sobre todo después de que la noticia recorriera el mundo y llegara a oídos del rey João II, que cambió el nombre del accidente geográfico a Cabo de Buena Esperanza, los portugueses se creían señores de los mares y favorecidos por la suerte.

Al fin de cuentas, cualquiera fuera el nombre, ese cabo era la ruta que vinculaba los océanos Atlántico e Índico: el mundo nunca les había parecido tan navegable a los portugueses, e incluso pequeño. Pero los océanos continuaban escondiendo misterios, monstruos, tormentas, mares que terminaban en inmensas cascadas y toda clase de peligros. El Atlántico era “un mar incognito”, como lo describiera Valentim Fernandes en el acta notarial del 20 de mayo de 1503.[9] Durante los diez años transcurridos entre el paso de Bartolomeu Dias por el sur de África y la partida de la armada de Vasco da Gama en 1497, el océano funcionó como un laboratorio de experimentación. No obstante, si bien no existían certezas, tampoco imperaba el azar absoluto. Por eso, la escuadra de Cabral navegó directamente hacia el archipiélago de Cabo Verde, evitando la costa africana para eludir las temidas calmas ecuatoriales. Todo indica precisión y la noción de que el comando seguía un derrotero conocido.

La flota pasó por Gran Canaria a la mañana del 14 de marzo y continuó rumbo a Cabo Verde, una colonia portuguesa en el oeste de África, donde llegó a puerto el 22 de marzo. Al día siguiente, una de las naos que integraban la misma expedición, con 150 tripulantes a bordo y comandada por el experimentado Vasco de Ataíde, desapareció sin dejar rastro. Malos presagios se abatieron entonces sobre la tripulación, temerosa de ese mar nuevo y poco navegado. En general, los tripulantes eran muy cautos respecto de los objetivos de la empresa. A falta de noticias ciertas sobre aquellas regiones del mundo, compensaban el desconocimiento y las dudas con una sobrecarga de ideas fantasiosas, que iban desde tesoros y montañas de oro al alcance de los exploradores hasta monstruos —cualquier pez de cierto tamaño ya cumplía ese papel— y toda suerte de peligros ignorados.

Sin embargo, en este caso, la imaginación tuvo su correlato en la realidad. Los naufragios y accidentes no eran excepciones: muy por el contrario. Según datos de la Corona, entre 1497 y 1612, de los 620 navíos que zarparon del Tajo, 381 no regresaron a Portugal; de esos, 285 quedaron en Oriente, 66 naufragaron, 20 arribaron a puerto, 6 se incendiaron y 4 fueron tomados por enemigos.[10] Las tempestades, la sobrecarga, las malas condiciones de navegación y la mala calidad de la madera de las carabelas —que en general toleraban un solo viaje marítimo prolongado— cumplieron un papel decisivo en esta agenda de infortunios.

A pesar de tantos contratiempos, la flota portuguesa continuó firme y cruzó la línea del Ecuador el 9 de abril, alejándose del continente africano. Utilizaron la técnica de “volta mar”, una maniobra preferida de los portugueses que consistía en describir un amplio arco para evitar la zona central de calma y aprovechar los vientos y las corrientes favorables.

La maniobra dio resultado. El 21 de abril, Caminha dejó constancia en su bitácora de “algunas señales de tierra”: algas marinas y suciedad en el mar. El día 22, la armada de Cabral, que seguía rumbo a las Indias, se topó con tierra en occidente. Primero vieron algunas aves, a las que llamaron “fura-buxos”; después, un gran monte, muy alto y redondo, luego llamado monte Pascual (porque era la semana de Pascua); finalmente bautizaron el lugar como tierra de Vera Cruz. La reacción inicial fue de encantamiento ante esa “tierra nueva, que se encontró en esta navegación”, pero también de ansia de posesión; por este motivo, inmediatamente se inventaron nombres para todo lo que se “descubría”.

Existen dos narrativas sobre este nuevo dominio, escritas entre el 26 de abril y el 1º de mayo en el actual estado de Bahía. El español João Faras o João Emeneslau, más conocido como Mestre João, hizo la primera descripción del cielo y las estrellas del Nuevo Mundo, considerando definitivamente nuevas a estas últimas: “Principalmente las de la Cruz”. Fue la primera observación europea de la Cruz del Sur, constelación que se transformaría en marca y símbolo del país. Pero Vaz de Caminha, el escribano de la armada de Cabral, que ya tenía cerca de cincuenta años cuando lo designaron para cumplir sus funciones en aquel viaje, era hombre de confianza, por haber trabajado como caballero de la casa de Afonso v, de los reyes João II y Manuel i. Es el autor de la “Carta” dirigida al rey de Portugal, hoy considerada oficialmente una suerte de certificado de nacimiento de Brasil, un documento fundador y marco de origen de nuestra historia. En ella, Caminha realiza una larga y deslumbrada descripción. Testimonia con tono exultante “el hallazgo de esta Vuestra tierra nueva, que en esta navegación se encontró”. A los ojos de la tripulación y de su portavoz, definitivamente se trataba de un lugar nuevo, recién “hallado”. Como dice el dicho, “lo que se encuentra no se roba”, y por eso la idea era registrar la propiedad aunque no se supiera qué se iba a encontrar.

Lo que se “encontró” fue una supuesta “nueva” humanidad. Y poco después los portugueses comenzaron a divulgar varias teorías curiosas sobre el origen de los indios. Paracelso, en 1520, creía que no descendían de Adán y que eran como los gigantes, las ninfas, los gnomos y los pigmeos. Cardano, en 1547, apostaba que los indígenas surgían por generación espontánea a partir de la descomposición de materia muerta, como los gusanos y los hongos. Y Pero Vaz relató así lo que vio:

[…] todos pardos, todos desnudos, sin nada que cubra sus vergüenzas […] Y Nicolau Coelho les hizo señas para que bajaran los arcos. Y ellos los depusieron. Pero no puede salir de ellos habla ni entendimiento que aproveche. Sólo les dio un birrete rojo y una caperuza de lino que llevaba en la cabeza, y un sombrero negro. Y uno de ellos le dio un sombrero de plumas de ave, largas, con una copa de plumas rojas y pardas, como de papagayo.

La descripción da comienzo a un tópico todavía frecuente en nuestro país, que entiende la conquista como un “encuentro pacífico” a pesar de las diferencias políticas, culturales y lingüísticas.

Esta gente nueva despertó la curiosidad de Caminha: “Son de complexión parda, un tanto rojiza, rostros buenos y buenas narices, bien formados. Andan desnudos, sin nada que los cubra. No les importa cubrir ni mostrar sus vergüenzas, y tienen tanta inocencia respecto de eso como de mostrar la cara”. El escriba se asombra ante las “pieles rojizas y los cabellos escurridizos” y ante el hecho de que sean bellos de cuerpo y alma. Esta percepción dio inicio a cierta letanía de larga vida que construye la imagen del “buen salvaje” brasileño, ampliamente retomada en los relatos franceses y sobre todo por Rousseau en el siglo XVIII. Pero lo que para Rousseau sería apenas un buen modelo para criticar a Europa y a la civilización —sin ninguna relación con la observación directa— adquiere aquí carácter de realidad. Los nativos eran buenas personas que podían ser catequizadas y adoptar la fe verdadera. Tanto es así que el domingo de Pascua se erigió un altar de madera para que curas y sacerdotes pudieran oficiar misa. Allí estuvieron el capitán y la bandera de Cristo, vinculando los hechos humanos con las hazañas divinas: “Y rezó una solemne y provechosa plegaria, de la historia evangélica, y al finalizar habló de nuestra vida y del hallazgo de esta tierra, refiriéndose a la Cruz”.

El viernes, primer día de mayo, salieron a buscar río arriba el mejor lugar para enarbolar una cruz, con la consigna de que pudiera verse desde todas partes. Hecha la cruz y la divisa de la monarquía, fray Henrique ofició una misa que fue acompañada, siempre según Caminha, por “cincuenta o sesenta de ellos, todos de rodillas” junto a los miembros de la escuadra. Durante la lectura del Evangelio, cuando todos se pusieron de pie con las manos alzadas, el escriba anotó el mismo gesto en los nativos. Incluso se acercaron a comulgar, se asombra: “Uno de ellos, un hombre de cincuenta o 55 años, se quedó con los que se quedaron […] Y andando así entre ellos, hablándoles, señaló el altar con el dedo, y después elevó el dedo al cielo, como si les dijera algo bueno; ¡y así lo tomamos nosotros!”

Evidentemente deslumbrado, el relato de Caminha inaugura también otro mito recurrente, el de la naturaleza pacífica, la conquista sin violencia, la comunión que unificó a todos en un mismo corazón y una misma religión. Extraño proceso que definiría a Brasil como un país de ausencia de conflicto, como si los trópicos —por algún milagro o dádiva— tuvieran el poder de aliviar tensiones e inhibir guerras. En Europa, las luchas dividían y desangraban naciones enteras; en el Nuevo Mundo, si es que había guerras, eran —siempre según los relatos europeos— sólo internas. El encuentro habría de ser sin igual y entre iguales, por más que el tiempo demostrara lo contrario: genocidio por un lado, conquista por el otro.

A esta altura, los portugueses ya se sentían dueños y señores de los destinos de la nueva tierra, de sus límites y sus nombres. Sin embargo, el descubrimiento no modificó de inmediato la rutina y los intereses de los lusitanos, que por entonces sólo tenían ojos para Oriente. Por eso, durante cierto tiempo, la vasta región quedó reservada al futuro. Pero la concurrencia internacional, las amenazas extranjeras y los cuestionamientos al bilateral Tratado de Tordesillas impidieron que la calma reinante fuera eterna. Los españoles ya estaban en la costa nordeste de América del Sur y los ingleses y los franceses, en respuesta a la división luso-española del globo, comenzaron a invadir diferentes puntos de la costa. Francisco i de Francia, cuestionando el famoso acuerdo, acuñó una frase lapidaria: “Me gustaría ver la cláusula del testamento de Adán que divide el mundo entre Portugal y España y me excluye del reparto”.

Y ya en la década de 1530, João III comprendió a ciencia cierta que la soberanía del papa que legitimaba el tratado no ahuyentaría a los corsarios franceses, que cada vez con mayor frecuencia se establecían en las posesiones americanas. La solución fue crear varios frentes colonizadores, básicamente independientes, casi siempre más y mejor comunicados con la metrópolis que entre ellos. Se adoptó el sistema administrativo de capitanías hereditarias, que ya se utilizaba con bastante éxito en otros dominios portugueses como Cabo Verde y la isla de Madeira. La filosofía era simple; puesto que los recursos y el personal disponibles eran limitados, la Corona delegó la tarea de colonización y exploración de vastas áreas a individuos particulares, donándoles a cambio lotes de tierra con posesión hereditaria.

A partir de 1534, la metrópolis dividió a Brasil en catorce capitanías, quince lotes y doce donatarios. Puesto que se desconocía el interior del territorio, la solución fue imaginar franjas paralelas que se adentraban en el “sertón” desde la línea de la costa. Todos los beneficiados por la medida eran parte de la pequeña nobleza lusitana: siete miembros destacados en las campañas de África e India y cuatro altos funcionarios de la corte. El sistema preveía que el donatario tuviera poder supremo y de jurisdicción sobre su capitanía, con potestad para desarrollar la tierra y esclavizar a los indígenas. Pero el aislamiento era inmenso y nocivo. Tanto que, en 1572, la Corona dividió la administración en dos gobiernos generales: el Gobierno del Norte, con capital en Salvador, estaba encargado de cuidar la región que abarcaba desde la capitanía de Bahía de Todos los Santos hasta la capitanía de Maranhão, y el Gobierno del Sur, con sede en Río de Janeiro, controlaba la región que abarcaba desde Ilhéus hasta el Sur. Se crearon así territorios dentro de territorios, regiones que apenas se reconocían como pertenecientes a un mismo espacio administrativo y político.

Por cábala, una vez “encontrado” ese extraño mundo camino a las Indias, al menos había que nombrarlo.[11] Durante mucho tiempo los portugueses habían tenido poca o ninguna idea sobre el territorio y mantenido la indefinición. Por ese motivo, y para menguar el desconocimiento, las expediciones enviadas desde 1501 para barrer la costa empezaron a dar nombre a los accidentes geográficos y también a medir y clasificar latitudes, apostando a la idea de que efectivamente se trataba de un nuevo continente. A pesar de que no había tanto interés en esa tierra, incluso porque no encontraron de inmediato las riquezas en oro y plata que poco después volverían locos de alegría a los españoles, era necesario bautizarla. Tanto Mestre João como Pero Vaz de Caminha, en sus cartas, la llamaron de Vera Cruz: de la verdadera cruz. Pero el nombre continuó en disputa y después de 1501 se la llamó tierra de los Papagayos —en honor al ave de todos los colores que además hablaba por más que nadie entendiera lo que decía— o bien tierra de Santa Cruz, que fue además el nombre que utilizó don Manuel en la misiva que enviara a los reyes católicos. Esa fue la designación del lugar donde se realizó la primera misa, extensamente descripta por Caminha e interpretada como el nacimiento militar y cristiano del territorio. Según el relato coetáneo de João de Barros, Cabral la habría llamado “de Santa Cruz” en honor al Madero Sagrado y asociado el acto de la misa con el sacrificio de Cristo en la tierra “encontrada”. Por lo tanto, había que confiarla a Dios en su totalidad, y su mayor expresión sería la conversión de la gente.[12]

Pasados los primeros tiempos de noticias desencontradas y boatos, fue menester garantizar lo encontrado e impedir los ataques extranjeros. Había que poblar y colonizar la tierra, pero también encontrar algún tipo de estímulo económico. Además de papagayos y monos, sólo abundaba allí una “madera de teñir” conocida en Oriente como buena especia, que podría alcanzar altos precios en Europa. Así, poco después del viaje de Cabral, otras expediciones portuguesas izaron sus velas para explorar el nuevo territorio y extraer la planta nativa.

El palo brasil (o pernambuco) fue originariamente llamado “ibirapitanga”, nombre que daban los indios tupíes de la costa al árbol que predominaba en la larga franja litoral. La especie, que podía alcanzar quince metros de altura, tenía el tronco, las ramas y las vainas cubiertos de espinas. Su madera se utilizaba mucho para la fabricación de muebles finos y de su interior se extraía una resina bermeja usada para teñir telas. Se calcula que en aquella época existían 70 millones de especímenes, luego diezmados por el extractivismo producto del trueque y el trabajo de la población nativa. Ya en el siglo VIII el producto figuraba en los registros de las Indias Orientales, entre una serie de plantas que posibilitaban la producción de colorante bermejo. Tanto la madera como el colorante eran conocidos por distintos nombres —“brecillis”, “bersil”, “brezil”, “brasil”, “brazily”—, todos ellos derivados de la palabra latina “brasilia”, cuyo significado es “color brasa” o “bermellón”. El primer registro del desembarco de una “kerka de bersil” en Europa, más específicamente en Francia, data de 1085. Y, en 1501, Américo Vespúcio anota la presencia de la rica madera en una embarcación durante la expedición de Gaspar de Lemos.

En 1502, los colonizadores portugueses iniciaron la explotación sistemática del palo brasil, emprendimiento que, a pesar de atribuírsele a su madera un valor bastante inferior al de las mercaderías orientales, suscitó gran interés, y por otras vías se regresó al comercio de especias. La Corona portuguesa anunció poco después que la explotación del palo brasil era monopolio real y que, por tanto, la actividad sólo podía desarrollarse previo pago de impuestos. La primera concesión se hizo en 1501 a Fernando de Noronha, quien también recibió una isla —la de São João—, que más tarde se convertiría en capitanía bajo el nombre del donatario. Los trabajos se llevaron a cabo con mano de obra indígena, mediante la práctica del trueque. Los indígenas talaban los árboles y los llevaban hasta los barcos portugueses anclados a orillas del mar y a cambio obtenían cuchillos, navajas, espejos, retazos y otras menudencias. 1511 es el año de la primera exportación de palo brasil a Portugal, en la nave Bretoa, que zarpó de Bahía con destino a Lisboa. Allí se fueron 5 mil pedazos de madera, monos saguíes, gatos, muchos papagayos y cuarenta indígenas que atizaron la curiosidad europea.[13]

A partir de 1512, a raíz de la introducción del producto en el mercado internacional, el término “Brasil” pasó a designar oficialmente a la América portuguesa. Pero las fluctuaciones en la nomenclatura, que muchas veces combinaban distintos nombres, continuaron; tal fue el caso de la tierra Sante Crusis del Brasil y de Portugal. Al conflicto terminológico subyacía una disputa más compleja entre el poder secular y el poder espiritual. La cruz otrora erguida en el yermo local duró poco y el demonio empezó a reinar en la nueva tierra. Decían disconformes los cronistas cristianos que, a medida que aumentaban los cargamentos y el comercio, los intereses materiales vencían al madero donde había muerto Jesús. João de Barros, por ejemplo, lamentaba que se otorgara más importancia “al nombre de un árbol que tiñe telas” que al “de aquel madero que dio su tintura a todos los sacramentos por los que fuimos salvos, por la sangre de Cristo que se derramó sobre él”.[14]

Comenzaba así la disputa entre la sangre derramada de Cristo y el bermellón de la tintura, que sería crecientemente asociado al diablo, sobre todo a partir de la obra de Pero de Magalhães Gândavo, probablemente un copista portugués de la Torre do Tombo y autor de História da província de Santa Cruz. Gândavo defendía la vuelta al primer nombre, afirmando que intentar extinguir la memoria de la Santa Cruz sólo podía ser obra del demonio. Pero la querella se fue desgastando porque la colonización se impuso y hubo que unir el sentido mercantil con la tarea religiosa, misionera y catequista. El diablo seguía presente, pero la lucha también era santa. La ambigüedad impregnó la disputa por el nombre, que no era sino una proyección de otras inquietudes que se cernían sobre la nueva colonia.

En aquel momento, las representaciones comenzaban a mezclar los productos con la tierra y los nativos del Nuevo Mundo. Sérgio Buarque de Holanda, en Visão do Paraíso,[15] recuerda una antigua tradición celta que explicaría el origen del nombre de nuestro país partiendo de otra interpretación: la paradisíaca. Según esta versión, existirían islas atlánticas perdidas en el tiempo y el espacio, cubiertas de plantas como la urzela (Roccella tinctoria) y de otra sustancia para tinturas conocida como “sangre de dragón”, puesto que de ambas se extraía una resina color púrpura. El historiador llegó a afirmar, incluso, que el topónimo provendría de dos expresiones irlandesas —“Hy Bressail” y “O’Brazil”— cuyo significado era “isla afortunada”.

Las islas son los lugares por excelencia de la proyección idealizada de la utopía. La isla del “Brazil” de los irlandeses es originariamente una isla fantasmagórica que sufre un dislocamiento y reaparece en el siglo XV próxima a las Azores y al mito de la Isla de los Bienaventurados de San Brandán. La perfección del lugar descripto por Caminha se acerca a la utopía de la isla de “Brazil”. Esto también explicaría, a su vez, el nombre “Obrasil” que aparece en varios mapas de comienzos del siglo XVI. La inspiración irlandesa, de carácter religioso y tradición paradisíaca, perseguía con obstinación a los cartógrafos del período. Apareció por primera vez en 1330 para designar una isla misteriosa y todavía figuraba en 1353 en una carta inglesa. De todas formas, en la época del “hallazgo” ya existía esa clara asociación entre los indígenas —de vida larga y edénica— y otras tierras misteriosas. El misterio permanecería intacto por mucho tiempo, así como la ambivalencia que dejaba irresuelta la disputa entre el palo bermejo (en brasa) y el madero de Cristo. Lo mejor era “encenderle una vela a Dios y soplar otra para el Diablo”.[16]

PARAÍSO O INFIERNO: LA NATURALEZA Y LOS NATURALES EN LOS RELATOS SEISCENTISTAS

Brasil, tierra de Santa Cruz, tierra de los Papagayos, América portuguesa o cualquiera fuese el nombre escogido, designaba una ambivalencia pero también una certeza: ese lugar había desempeñando desde su nacimiento el papel de un “otro”, ya fuera en su naturaleza o en sus naturales.[17] No obstante, si bien la naturaleza podía considerarse edénica —una eterna primavera tapizada de animales pacíficos—, la humanidad generaba desconfianza. Religiosos, soldados, comandantes, corsarios o meros curiosos legaron relatos que pasaron ávidamente de boca en boca. Cierta visión fantasiosa, que iba mucho más allá de lo que veían los ojos o la razón aceptaba, alimentó las narrativas extravagantes de una serie de viajeros, casi siempre por completo imaginarias e incluso sobrenaturales como las que se leen en el Navigatio Sancti Brendani Abbatis, la Cosmographia de Ético, la Imago Mundi de Pierre d’Aily o los viajes de John Mandeville, entre tantas otras obras divulgadas a comienzos del siglo XVI (véase imagen 3).[18]

En medio de esas regiones maravillosas podía estar el paraíso terrestre, con sus campos fértiles y sus fuentes de juventud, pero también una tierra inhóspita habitada por monstruos deformes. La literatura insistía tanto en la existencia de raros seres de cuatro brazos, un solo ojo en la frente, andróginos, pigmeos, sirenas encantadas, que no es extraño que Colón, en una de sus primeras cartas ya en América, haya admitido, aliviado aunque un poco decepcionado, que no había encontrado monstruos humanos y que, por el contrario, todas las personas que conocía tenían cuerpos muy bien formados.[19] Pero los monstruos continuaron existiendo en los dibujos y mapas de la época, como asimismo asociados a los relatos sobre las prácticas de antropofagia, y terminaron motivando discusiones filosófico-religiosas sobre la índole de los nativos: descendientes de Adán y Eva para algunos, bestias feroces para otros.

Esa literatura proliferaría notablemente en los siglos XVI y XVII con los primeros viajeros que llegaron al Nuevo Mundo. El encuentro con América fue el hecho más grandioso de la historia moderna occidental, cuando el pensamiento europeo se dirigió —entre asustado y maravillado— a esa nueva tierra.[20] Por eso mismo, las narrativas de viaje buscaron en la naturaleza americana aquello que previamente creyeron reconocer, un dislocamiento del mito del paraíso terrenal.[21] La curiosidad humana acerca de esa nueva gente comenzó a suscitar otro tipo de reacción. Y si bien las imágenes negativas no tuvieron el mismo impacto que las visiones edénicas, las fantasías sobre los nativos equiparaban la región a un antiparaíso o incluso al infierno. Esa humanidad —que practicaba el canibalismo y la hechicería y actuaba con lascivia— debía ser condenada.[22]

A partir del siglo XVI surgió una serie de textos sobre la nueva frontera de la humanidad. Dado que no existía el concepto de autoría, lo más habitual era que cada relato fuera reproducido y aumentado en otro conformando un imaginario común que crecía como una espiral. La primera carta sobre el país, la misiva de 1500 escrita por Pero Vaz de Caminha, quedaría inédita hasta 1773. Pero ya en las cartas de Américo Vespucio dirigidas a Lorenzo di Pierfrancesco de Médici aparecían menciones no sólo a la tierra de Santa Cruz sino a sus habitantes. Estos documentos se fundamentan —como ya hemos visto— en las ideas que propagara el primer diario de Colón, a su vez basado en los relatos de viaje de Marco Polo y Mandeville. Por entonces se difundió la idea de que el paraíso terrenal y la fuente de la juventud estarían cerca de ese lugar, al igual que las bravías amazonas que allí tenían su morada. Por otro lado, los sucesivos navíos de varias nacionalidades que pasaron por aquí deben haber consolidado cierta fórmula que el italiano Pigafetta supo condensar en 1519: “Los brasileños y las brasileñas andan desnudos, y viven hasta 140 años”.[23]

Recién desde la década de 1550 en adelante el conocimiento sobre Brasil suscitó una literatura más específica; por un lado, los autores ibéricos, cuyos intereses estaban volcados a la colonización; por otro, los “no ibéricos”, sobre todo los franceses, que basándose en la experiencia de Brasil hicieron de los indios su tema de reflexión. Entre los textos portugueses, el más conocido es el del ya citado Pero Magalhães Gândavo, criado y mozo de cámara de don Sebastião, proveedor de Fazenda y copista de la Torre do Tombo que dio forma cuasi canónica al debate que, desde Caminha y Vespucio, estudiaba la colonia a partir de la ambivalencia entre edén y barbarie. ¿Brasil era el paraíso o el infierno? ¿Sus habitantes eran ingenuos o depravados? Gândavo describió la fertilidad de la tierra y el clima ameno y receptivo pero también generó una visión pesimista sobre la gente de Brasil, ya que fue uno de los primeros autores en discurrir sobre la “multitud de bárbaros gentíos”. Redactó su Tratado da tierra do Brasil en la década de 1570, y en 1576 escribió su História da província de Santa Cruz, obras que aspiraban a estimular la inmigración y las inversiones portuguesas en la colonia americana, a imagen y semejanza de lo que habían hecho los ingleses en Virginia. Si el imaginario portugués se concentraba en las Indias, los españoles, franceses e ingleses habían puesto sus miras en el Nuevo Mundo, cada cual en una región particular: la América de los españoles sería Perú y México; la de los ingleses, Florida, y la de los franceses, Brasil.[24]

En sus libros, Gândavo no se cansa de elogiar las “virtudes del lugar”: “Esta tierra es tan deleitosa y templada que nunca en ella se siente frío ni exceso de calentura”. Esa era la región de la abundancia y la eterna primavera. Pero economiza elogios en lo que atañe a los “indios de la tierra”: “La lengua de este gentío es una sola en toda la costa: carece de tres letras —no se encuentra en ella F, ni L, ni R, cosa digna de espanto, porque así no tienen Fe, ni Ley, ni Rey, y de esta manera viven sin Justicia y en desorden”.[25] Esos eran los “naturales de la tierra”, que se caracterizaban por la noción de “falta”.[26] Su naturaleza era paradisíaca, los salvajes eran como mínimo extraños en cuanto a sus costumbres: moraban en aldeas “repletas de gente”, armaban redes y dormían “todos juntos sin que existan reglas”. Además, siempre según Gândavo, eran “muy belicosos”, mataban a sus prisioneros y se los comían “más por venganza y por odio que por hartarse”. A propósito, en el desarrollo del libro, el copista no revela ningún rasgo de simpatía con los “salvajes”: “Son estos indios muy inhumanos y crueles, no los mueve ninguna piedad: viven como brutos animales sin orden ni concierto de los hombres, son muy deshonestos y dados a la sensualidad y se entregan a los vicios como si en ellos no hubiera razón de humanos”.[27]

Gândavo retomó esos mismos argumentos en su História da província de Santa Cruz a que vulgarmente chamamos Brasil. También en este libro se detiene en los “naturales de la tierra”, individuos de color mate y cabello lacio, de rostro aplastado y facciones “chinas”. Destaca que “viven todos muy descansados y son inconstantes y mutables”, y “no adoran nada, no respetan a su rey u otro género de justicia”. El copista insiste en la pereza y la lascivia simbolizadas por la hamaca de red, omnipresente en los grabados de la época, como si los americanos esperaran acostados la llegada de Europa. Sus rituales, que los representantes de la Iglesia cristiana veían como prácticas de mera idolatría y sacrificio humano, eran considerados falsas religiones practicadas por gente adoradora del diablo y que nada tenía que ver con el mensaje de salvación y sacrificio del hijo de Dios que había redimido a la humanidad. Por eso mismo, esos cultos conllevaban un retroceso inaceptable; eran vistos como peligros potenciales y traicioneros para la población recién conquistada.[28]

Los relatos portugueses eran muchas veces pesimistas en lo atinente a los hombres y optimistas cuando se trataba de “propagandear” la naturaleza de Brasil (incitando a la inmigración); la liter ...