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CAEN ESTRELLAS FUGACES

Jose Gil Romero / Goretti Irisarri

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Fragmento

Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

HORACIO QUIROGA, El almohadón de plumas

Una especie de rastro oscuro y viscoso llevaba desde la puerta abierta del cuarto de baño a la puerta del vestíbulo, y desde aquí al escritorio, donde se había formado un horrible charco. Encima de la mesa había un trozo de papel, garrapateado a lápiz por una repulsiva y ciega mano, terriblemente manchado, también, al parecer, por las mismas garras que trazaron apresuradamente las últimas palabras. El rastro llevaba hasta el sofá en donde finalizaba inexplicablemente.

H. P. LOVECRAFT, Aire frío

—Sí: me duermo… —dijo el herido abatiendo con dulce pereza los párpados—. Cigüela… si ves que duermo demasiado, me despiertas, ¿eh?… no me vaya a quedar muerto…

BENITO PÉREZ GALDÓS, Los duendes de la camarilla

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La zona de nadie empieza tras el palacio, donde los sembrados y la ropa tendida. Allá se está construyendo un puente que llamarán de los Franceses. (Construcción del Puente de los Franceses, de la línea ferroviaria de la Compañía Norte. Fuente: Fonoteca del Patrimonio Histórico. Autor: Charles Clifford)

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Prólogo

La podredumbre se desliza calle abajo, entre restos de mercado y centenarias capas de desechos; Madrid es una cloaca. En 1859 la ciudad está rodeada todavía por una tapia que le impide crecer y atrae más desgraciados de los que puede albergar: emigrantes del rural, buscavidas, prostitutas desdentadas, ladrones y veteranos de guerra, advenedizos que matarían por entrar en la corte. La mitad de la población puede considerarse pobre de solemnidad, son muchos los que deambulan por las calles buscando donde caerse muertos. Casi todas las casas son bajas —Madrid no es Londres ni París—, y alternan con descampados y huertas; solo la silueta del Palacio Real, al fondo, diferencia la capital del reino de un pueblo grande. La zona de nadie empieza tras el palacio, donde los sembrados y la ropa tendida. Allá se está construyendo un puente que llamarán de los Franceses.

Suena un zumbido lejano, grave, y la carreta de un trapero apura el paso; los críos dejan de enredar en el barro, atónitos cuando miran al cielo. A lo largo del mundo, hace ya dos días que ciertos capitanes de barco han anotado en su bitácora luces cobrizas sobre el mar encrespado, fenómenos extraños en el cielo. Algo se está preparando en las estrellas; algo que acaba de estallar esta noche de septiembre. En Madrid, el Real Observatorio pone en marcha el lentísimo engranaje Repsold para estudiar el fenómeno. En otro observatorio, a las afueras de Londres, el astrónomo Richard Carrington examina asombrado el violento comportamiento del sol. Una descomunal llamarada solar ha producido una aurora boreal como la humanidad no ha conocido antes, el fenómeno cubre la bóveda celeste: sobre el telón nocturno se suceden oleadas de luz, se agita bajo el universo una cortina de color sangre. La cruz del chapitel de San Ginés, los pararrayos del Palacio Real, los del Prado reciben estremecedoras descargas, las líneas de telégrafo se cortocircuitan una tras otra por todo el planeta. Sobresaltada por una de esas descargas, se asoma a la ventana una mujer solitaria y contempla la tormenta callada —lo peor es el silencio, como si la tierra entera esperase encogida. ¿Dónde está la lluvia?, ¿dónde los truenos? Apenas silba una brisa grave, un eco siniestro recorre las calles desiertas a lo largo y ancho del mundo—. La mujer estruja la cortina como sujetándose a la nada y se sienta a escribir un poema que le ayude a conjurar el miedo.

Allá donde es de noche, la gente se ha refugiado en sus casas para no enfrentarse al latido de un cielo rojo que ha ocultado la luna. Creyentes de todo el orbe acuden inquietos a las iglesias, sinagogas y mezquitas, convencidos de que aquello es una terrible señal. Rezan porque las estrellas parecen estar descolgándose en el cielo y cayendo a plomo.

Y en sus camastros de la cárcel del Saladero se remueven los presos, inquietos por la insólita tormenta. A través del ventanuco inunda la celda una ola de luz que recorta en la pared las enormes sombras de los reclusos. El estallido les ciega las pupilas, con él viene un estruendo eléctrico que a algunos les parece acompañado de un chillido agudo. Ha caído un rayo allí mismo, claman airados asomándose a las rejas, y alguien ha gritado; parecía una mujer. Los reos se apiñan en los barrotes de las ventanas y miran hacia abajo. Todavía humea el suelo del patio de la cárcel, allí donde acaba de caer el rayo. Entre la humareda aciertan a ver algo. Es un cuerpo desvanecido.

Suenan golpes en la puerta, parece urgente. El regidor comisario, director de la cárcel, rezonga levantándose de la cama y enciende la luz tenue de la palmatoria.

—Por Dios, ¿es un motín, Casio? —pregunta Merceditas mientras lo retiene por el brazo.

—Quédate en la cama, mujer, que no será nada.

Insisten los golpes. Casio Carballeira apenas lleva unos meses en el cargo; a instancias de su mujer, él mismo solicitó el traslado a Madrid desde Galicia. Abre la puerta de sus dependencias contrariado, viste una bata a medio cerrar. Encuentra al otro lado de la puerta al sargento de la guardia de la prisión, a punto de llamar de nuevo.

—Perdóneme, señor director, pero es que no se va a creer usted lo que ha pasado.

Fuera, la madrugada se ilumina de cuando en cuando con fogonazos que caen del cielo. La tormenta se despliega, imponente; tiemblan los cristales de las ventanas. El director se ha puesto una chaqueta y un pantalón encima del pijama, todavía lleva los párpados pegados.

—¿Qué tiempo del demonio es este? Huele a tormenta desde la tarde.

—Esto no es una tormenta, señor —replica el sargento—. Tenemos los rayos encima, pero no llueve.

Por las ventanas del patio asoman entre barrotes las caras de los reos mirando al cielo con el susto metido en el cuerpo. El sargento sale al exterior del patio con pasos decididos. Lo sigue el director de la cárcel, ambos miran hipnotizados hacia arriba, donde se remueve la gigantesca aurora boreal, entre relámpagos. «Por los clavos de Cristo, se está viniendo abajo el cielo».

—Oímos un estallido muy grande —relata el sargento—. Algunos de los muchachos y yo nos asomamos. Algo que venía del mismísimo cielo ha caído aquí abajo, señor director, en el patio, y está ahí despanzurrado.

El sargento guía al director hasta el centro del patio, junto a la fuente seca, inservible. Allí esperan unos guardias apretados entre sí, haciendo corrillo alrededor de algo.

—¡Apartaos, muchachos, que lo vea el señor director!

Cuando los guardias ...