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CALIGRAFíA DE LOS SUEñOS

Juan Marsé

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Fragmento

1

La señora Mir y las vías muertas

Torrente de las Flores. Siempre pensó que una calle con este nombre jamás podría albergar ninguna tragedia. Desde lo alto de la Travesera de Dalt inicia una fuerte pendiente que se va atenuando hasta morir en la Travesera de Gracia, tiene cuarenta y seis esquinas, una anchura de siete metros y medio, edificios de escasa altura y tres tabernas. En verano, durante los días perfumados de fiesta mayor, adormecida bajo un techo ornamental de tiras de papel de seda y guirnaldas multicolores, la calle alberga un grato rumor de cañaveral mecido por la brisa y una luz submarina y ondulante, como de otro mundo. En las noches sofocantes, después de la cena, la calle es una prolongación del hogar.

Todo esto sucedió hace muchos años, cuando la ciudad era menos verosímil que ahora, pero más real. Poco antes de las dos de la tarde de un domingo del mes de julio, el sol esplendoroso y un súbito chaparrón se funden durante unos minutos dejando suspendida en el aire una luz encrespada, una transparencia erizada y engañosa a lo largo de la calle. Este verano está siendo muy caluroso y la piel negruzca de la calzada se calienta tanto a esta hora que la llovizna se evapora antes de llegar a tocarla. Sobre la acera del bar-bodega Rosales, cuando ya el chubasco ha pasado, una barra de hielo dejada allí por la camioneta de reparto y mal envuelta en una arpillera empieza a fundirse bajo el sol inclemente. No tarda en salir el gordo Agustín, el tabernero, con un cubo y un punzón, y, en cuclillas, se apresura a trocear la barra.

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Al filo de las dos y media, un poco más arriba del bar y en la acera de enfrente, en el tramo de la calle más propenso al espejismo, la señora Mir sale del portal 117 corriendo visiblemente conturbada, como si escapara de un incendio o de alguna alucinación, y se planta en medio de la calzada en zapatillas y con su blanca bata de enfermera mal abrochada, sin cuidado de enseñar lo que no debe. Durante unos segundos parece no saber dónde está, girando sobre sí misma y tanteando el aire con las manos, hasta que, quieta y con la cabeza gacha, suelta un grito largo y ronco, como salido del vientre, que poco a poco deviene en suspiros y termina en maullidos de gatito. Camina un trecho calle arriba dando traspiés y luego se para, se gira buscando en el entorno algún apoyo, y acto seguido, cerrando los ojos y cruzando las manos sobre el pecho, se agacha replegándose sobre sí misma lentamente, como si en ello encontrara un sosiego o un alivio, hasta recostarse de espaldas sobre los raíles del tranvía incrustados en lo que queda del viejo adoquinado.

Vecinos y algunos viandantes ocasionales, pocos y cansinos a esta hora y en este tramo alto de la calle, no dan crédito a lo que ven. ¿Qué le ha dado de repente a esta mujer? Estirada sobre las vías cuan larga es, que no es mucho, con las rodillas rechonchas y soleadas en la playa de la Barceloneta asomando por la bata entreabierta, con los ojos cerrados y los pies tan juntitos calzados con zapatillas de raso de borlas no muy limpias, ¿qué demonios se propone? ¿Hay que suponer que quiere acabar con su vida bajo las ruedas de un tranvía?

—¡Victoria! —chilla una mujer desde la acera—. ¡¿Qué haces, desgraciada?!

No obtiene respuesta. Ni siquiera un parpadeo. Enseguida se forma en torno a la yacente un grupito de curiosos, la mayoría temiendo ser víctimas de una broma macabra. Un anciano tantea con su bastón la generosa cadera varias veces, como si no acabara de creerse que esté viva.

—Eh, usted, ¿qué bobada es esa? —refunfuña, hostigándola—. ¿Qué diablos se propone?

Dar que hablar, como siempre, pensará más de una convecina: qué no haría esta pelandusca para llamar la atención de su hombre. Cuarentona rubia de chispeantes ojos azules, de natural expansiva y muy popular en el barrio, la gordita señora Mir, que había sido Dama Enfermera formada en un Colegio de la Falange y ahora ejercía como sanadora y quinesióloga de profesión, según decían sus tarjetas de visita, había dado y seguía dando bastante que hablar a causa de sus atrevidas manos aplicando friegas corporales y aplacando ardores diversos, ambiguas destrezas que propiciaban frecuentes devaneos amorosos, sobre todo desde que su marido, ex alcalde de barrio muy mandón y bravucón, había sido recluido en el sanatorio de San Andrés a finales del año anterior. En el bar bodega Rosales, las habilidades manuales de la señora Mir siempre se habían comentado con burlón regocijo, cuando no con despiadado sarcasmo, pero con todo, verla tumbada panza arriba en medio de la calle parodiando un suicidio o deseándolo de verdad, llevada tal vez por un trastorno mental, pero tan firme y decidida en su postura, verla allí tirada en el arroyo con su carita redonda de piel muy clara orlada de rizos y con los morritos atolondrados, siempre sobrados de carmín, superaba cualquier expectativa. Parecía toda ella tan entregada, tan convencida de su fin inminente y horrible bajo la rueda que iba a cercenar su cuello, que costaba creer que tanta serenidad y tan laborioso afán descansara sobre una descomunal incongruencia. Algo terrible y a la vez risible, en efecto, se estaba cociendo debajo de aquellos rizos oxigenados, porque, aunque la primera impresión de los transeúntes, viéndola recostada sobre los raíles con las manos cruzadas sobre el pecho, había sido una mezcla de estupor y de compasión, la terrible escena, contemplada ahora fríamente, era para echarse a reír, pues nadie en sus cabales habría imaginado un dislate semejante, una muerte por atropello más imposible. Años atrás, esa postración habría suscitado mucha más alarma y hasta gritos de horror, y acarreado tal vez consecuencias fatales —aunque, pensándolo bien, la lentitud del tranvía girando en ese tramo lo haría muy improbable—, pero es que hoy sencillamente nada de eso podía ocurrir de ninguna de las maneras, dado que la señora Mir parecía haber olvidado un detalle importante: el raíl sobre el que su cabecita anhelaba el sueño de la muerte, y el otro raíl paralelo sobre el que descansaban sus generosas pantorrillas, era lo único que quedaba en esta calzada del antiguo trazado de la vía, dos barras de acero laminado de apenas un metro de largo cada una, herrumbrosas y casi enterradas entre un bloque de adoquines. Hacía mucho tiempo que la calle había sido asfaltada en su totalidad, pero, inexplicablemente, respetaron ese pequeño tramo adoquinado de unos tres metros de ancho y con los dos pedazos de riel engastados. En el último palmo de su breve y truncada trayectoria calle abajo, los carriles muertos iniciaban un leve giro a la derecha, disponiéndose a doblar la próxima esquina. Eran el testimonio mudo de una ruta abolida y olvidada. Nadie en el barrio sabría explicar por qué no fueron arrancados en su día junto con el resto del trazado vial, qué razón o qué sinsentido dejó abandonados allí esos hierros para que se fueran oxidando y hundiendo un poco más cada día junto con la sucinta muestra del desaparecido empedrado, pero ahora la pregunta más pertinente, la que se hacen algunas vecinas, es: ¿de verdad esa cantamañanas de Victoria Mir espera que pase un tranvía y la mate? ¿Es que también ella, al igual que su marido, ha perdido la chaveta? Bastaría que abriera los ojos para ver que arriba no hay ningún cable eléctrico para enganchar el trole de ningún tranvía.

—¡Jesús y María! ¡Miren esto, por el amor de Dios! —clama una anciana parada al borde de la acera con mantilla negra en la cabeza y un rosario entre los dedos—. ¡Miren a esta infeliz!

La presunta suicida permanece inmóvil sobre las vías y con las manos cruzadas sobre el pecho, la naricilla pimpante y la carnosa boca chupona exhalando quién sabe qué fervor o anhelando qué gracia descendida del cielo azul, pero la tremenda expresividad de los párpados fervorosamente cerrados y untuosos, le prestan al rostro la gravedad de una máscara mortuoria. Un viandante endomingado se inclina sobre ella con expresión compungida.

—Eso no está bien, señora —dice—. Qué ocurrencia, poner en peligro su vida.

—¡Pero qué te pasa, Vicky! —grita una mujer en bata y zapatillas que se acerca presurosa—. ¿Qué haces tirada en la calle? ¿Es una broma? ¡Debería darte vergüenza!

La señora Mir no se digna contestar, pero de pronto se sobresalta y para la oreja, como si le fuera dado escuchar el chirrido de las ruedas del tranvía girando en la curva, y hasta lo viera echársele encima con su estruendo de hierros, porque abre los ojos y sus pupilas reflejan repentinamente un espanto. Entonces, volviendo la cabeza del otro lado y hacia lo alto, lanza ojeadas furtivas al balcón de su casa, en la primera fila de barandillas sobre la calle, y su mirada se vuelve escrutadora y maligna, como queriendo devolver un agravio a quienquiera que pudiera asomarse allí para verla en el trance de ser arrollada por el tranvía. Pero no hay nadie asomado al balcón, y ella vuelve a rendir la cabeza sobre el raíl cerrando los ojos. Alguien comenta que el hombre con el que está liada actualmente, era o había sido conductor de tranvías.

—Ideas de bombero, eso es lo que tiene —gruñe a su lado la peluquera Rufina, que dice conocerla bien—. ¿Estás mal de la cabeza, Vicky? ¿Qué quieres demostrar? ¡Haz el favor de levantarte! ¡Venga ya, mujer! —La coge por los sobacos, pero no consigue moverla—. ¡Mira lo que te digo: si lo que andas buscando es que te pille el tranvía, ya puedes esperar sentada, pero bien sentada, hija mía! —Y cerrando los ojos con expresión lastimera susurra al oído de la mujer que tiene al lado—: Es por ese mangante que se le metió en casa, me juego lo que quieras…

—Ya.

—Déjenla ahí, si es su deseo —propone otra anciana muy entristecida—. Qué más da. La vida es para los jóvenes.

—¿Tu hija está en casa, Vicky? Que alguien vaya a avisarla…

—¡No! —corta ella al instante—. No está en casa… Violeta se fue a la playa con su amiga Merche…

Un muchacho de unos quince años, en mangas de camisa y con un libro en la mano, se para y atisba como quien no quiere los pechos de la yacente que asoman por el escote de la bata, sin rastro de sujetador o cosa parecida, unos pechos de piel rojiza y áspera que le recuerdan la cara fea y pecosa de Violeta. Un podenco flaco y sucio se acerca y olisquea las borlas de las zapatillas de raso descolorido y las manos cruzadas que huelen a embrocación, y luego se pone a dar vueltas en torno al grupo, cuyos comentarios siguen cayendo sobre la señora Mir sin afectarla aparentemente lo más mínimo. Dos convecinas, las señoras Grau y Trías, intercambian sonrisas melifluas mientras hacen por levantarla del arroyo.

—¿Qué te pasa, Victoria? —desliza la señora Grau en su oído—. ¿No quieres decírmelo? Has estado llorando… ¿Te ha pegado ese cojo del demonio?

—¿Por qué miras tanto el balcón? —pregunta la señora Trías—. ¿Está él en tu casa, ahora? ¿Es que todavía le permites la entrada a un sujeto como este? ¿No decías que ibas a dejarle?

—Si es que no escarmientas, mujer.

—¡Ay, Vicky, cuándo bajarás de las nubes!

—Al cabronazo de su marido le gustaría verla así, como está ahora —comenta en tono de guasa el dueño del colmado, parapetado detrás del corro de mujeres—. Así, esperando el tranvía panza arriba. ¡Seguro que le gustaría al mamón del alcalde, si es que le queda un poco de entendimiento!

—Cállese, hombre —le reprochan—, ¿no ve que la pobre ha sufrido algún disturbio cerebral?

—Venga, levántese, haga un esfuerzo —dice el hombre que acudió el primero—. ¿No se da cuenta de dónde está? —señalando con el dedo el raíl sobre el que reposa la cabeza y mirándola con severidad. Parece decidido a imponer la lógica, proponer lo sensato y necesario, decirle por ejemplo, oiga, esta vía no vale para lo que usted se propone, señora, por aquí no pasa ningún tranvía desde hace años, pero sólo añade—: No tiente a la suerte, señora. No lo haga, créame.

—¡Atención, que viene! —exclama el tendero dejando escapar una risita.

—Sáquenla de ahí, a qué esperan ustedes —dice alguien.

—Estás labrando tu propia desgracia, Vicky —le susurra la señora Grau—. Te aviso. A quién se le ocurre una cosa tan vergonzosa y tan horrible.

Cabecea compungida la anciana con mantilla y la reprende:

—Pero mujer, ¿que no sabe usted que el suicidio es pecado mortal, aunque sea en una vía como esta?

—¡Vaya un espectáculo, señora Mir! —exclama con sorna una voz masculina—. ¿No le da vergüenza?

—¡Cuidado, ahora sí que viene el tranvía! —se pitorrea un gracioso asomado a una ventana. El aviso es recibido con risas y algún aplauso, pero no pocos de los presentes que están pisando las vías truncas se sobresaltan.

—Levántese, por favor, sea razonable —suplica una mujer, y añade en tono persuasivo—: ¿Quiere que le diga una cosa? No pasará ningún tranvía hasta dentro de una hora por lo menos.

—¿Está usted segura? —dice otra mujer a su lado—. ¿Y si han cambiado el horario?

—A mí no me consta.

—¿Por qué iban a cambiar nada esos mangantes? —tercia un señor malhumorado—. ¿Desde cuándo el Ayuntamiento se preocupa de las necesidades del ciudadano de a pie?

—Diga usted que sí. Este barrio siempre estuvo dejado de la mano de Dios.

Ahora el muchacho está lo bastante cerca y podría jurar que lo ha oído. Un tanto perplejo, con el manoseado libro bajo el brazo y la camisa blanca oliendo suavemente a tomillo, por un instante cree oír incluso el tintineo metálico del tranvía al girar en la esquina, así que, obedeciendo a un impulso repentino, asegurándose el libro en el sobaco y la mata de tomillo liada con un cordel y colgada al hombro, se acerca un poco más al grupo y para la oreja en un estado casi hipnótico: ¿dicen tales cosas para seguirle la corriente a la pobre pirada, simulando, para conseguir que se levante, que el peligro que corre es real e inminente si persiste en su temeraria actitud, o es que también ellos perciben ya de algún modo ese peligro? Porque viene observando desde hace un rato que algunas personas del grupo que rodean a la insidiosa suicida y fingen sentirse muy angustiadas y horrorizadas, afanándose en la engañifa de apartarla de las vías cuanto antes para salvarla de una muerte estúpida, no pueden reprimir ellas mismas cierto recelo, algunas miradas de soslayo a la esquina, hasta tal punto que, de pronto, toda esta simulación y esta tramoya, lo más convencional y risible de una bienintencionada puesta en escena, lo que hasta ahora había sido espectral y absurdo, parece que se estuviera revelando precisamente como lo más cierto, natural y convincente: que las vías muertas empezaran a comportarse como si estuvieran vivas y en activo, que el tranvía que nunca había de llegar estuviera a punto de asomar en la esquina y arrollarles a todos, y que esto se manifestara así de terrible e inevitable no solamente para la señora Mir, sino para muchos de los congregados en torno a ella. Algunos, rindiéndose ante su terca negativa a levantarse de las vías, han preferido abandonar la calzada y subirse a la acera y desde allí, apretujados, arrimándose unos a otros, insisten todavía en el burdo simulacro, sin poder evitar furtivas miradas a la esquina de vez en cuando.

Adelante, pobre loca, pon el cuello bajo la rueda, haz que lo vean, demuéstrales que puede ocurrir, se oye musitar para sí mismo en un impulso repentino: acaso sea esta la primera vez que este chico intuye, siquiera de una forma imprecisa y fugaz, que lo inventado puede tener más peso y solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, y en consecuencia más posibilidades de pervivencia frente al olvido.

Sentándose sobre los raíles con gran esfuerzo, la mujer parece escuchar una sola voz entre las muchas que la abruman con reproches y preguntas. Un tipo apuesto y bien trajeado, de voz amable y prestancia felina, se inclina ofreciéndole gentilmente su brazo, ánimo, señora, ¿se encuentra bien?, y ella, mientras se incorpora apoyándose en él, sonríe agradecida y recuerda unas friegas a este hombre, o algo más que unas friegas, porque se la oye musitar sin el menor reparo ¿qué tal andan sus hermosas piernas con su rubia pelambre, señor Reich? ¿Mejora la circulación?, y se desentiende de cualquier otra ayuda. Inestable pero erguida, se ajusta la bata sobre el pecho con dedos ateridos y perfumados de esencia de trementina, y enseguida esos mismos dedos tantean los rizos sobre la frente con un gesto característico de coquetería que sus amigas conocen bien. Sin embargo, sus grandes ojos repentinamente acuosos y afligidos, muy separados, de mirada un poco estrábica y párpados parsimoniosos, no expresan nada y miran en torno como si no conocieran a nadie. A él lo mira una sola vez.

—Tú, muchacho —susurra—, tú que sabes leer música, tú me comprendes.

Es un adolescente algo pasmarote y de mirada sombría. Gasta alpargatas de suela de neumático, lleva un lápiz prendido en la oreja y luce abundante pelo rizado que le cae sobre la frente. Sorprendido por las palabras de la señora Mir, da un paso atrás y el libro se le escurre del sobaco, pero lo pilla antes de caer al suelo. Ocurre sencillamente que las brujas saben, eso es todo, se dice. Como suele sucederle en los sueños, percibe en todo lo que está pasando aquí una mezcla de veracidad y de absurdo. Ahora, al observar a la sanadora tanteando el entorno con mano temblorosa, probando un precario equilibrio en medio de la gente, esta mujer se le antoja de pronto una impostora, alguien que se ha apropiado del trastorno mental, la desesperación y los sueños de otra persona. Minutos antes, la fervorosa entrega de su cuerpo a la fatalidad de las vías le había parecido sincera, pero al cabo de un rato ya no sabe qué pensar. Aparentemente la buena señora está como una regadera y ha querido matarse, pero él está aprendiendo a no fiarse de las apariencias. Pensando en los raíles truncados y en el desvarío o la añagaza que la mujer acaba de escenificar para esa gente que ahora se aparta hacia la acera un tanto compungida y amedrentada, siente que otra realidad se le está escurriendo entre los dedos. ¿Podría algún día retener esa otra realidad, se le ofrecería tal cual y sin componendas, desnuda, sin espejismos ni señuelos? Como si formulara con ello una promesa, aprieta con fuerza el maltrecho volumen bajo el brazo para sentirlo vivo, convocando secretamente cerca del corazón el esqueleto seco y helado del leopardo que yace sobre la nieve.

Ajena a los comentarios y a los consejos de las vecinas —no deberías andar sola por ahí, a casita ahora mismo y déjate de bromas, Victoria, imagínate que un tranvía te corta las piernas, qué horror, vaya usted a Las Ánimas a confesarse y se sentirá mejor, que avisen a tu hija y mientras llega tómate una tila—, indiferente a sus cuidados, la señora Mir mira de soslayo el empedrado gris y las vías cortadas como quien mira un signo indescifrable. También él acecha las vías. Mutiladas, girando hacia ninguna parte, paralelas hasta el fin y pudriéndose semienterradas, recibiendo pasivamente los rayos de un sol de castigo que brilla en lo alto del cielo azul, ¿cuál puede ser el reclamo de unos hierros inservibles y olvidados, y qué significa el equívoco o la impostura que han suscitado? ¿El hálito de la muerte alcanzó realmente a esta mujer durante los pocos minutos que ha permanecido recostada sobre tal falacia?

Una mano generosa roza su codo y por un instante la señora Mir se cree sostenida en el aire. No parece escuchar ninguna voz y tampoco parece sentirse desvalida. Mira insistentemente los raíles y su truncado destino, su extraño reclamo incrustado en el arroyo, y finalmente aparta los ojos, rechaza a una vecina que quería acompañarla y se encamina sola, despacio y cabizbaja, hacia su casa. Pero pasa de largo y cruza la calle, enfilando la acera contraria, que la lleva al bar bodega Rosales. El podenco vagabundo que había olisqueado sus zapatillas la sigue a cierta distancia, hasta que se para y se queda mirándola sentado sobre los cuartos traseros y rascándose la oreja con la pata, mientras lo acomete una súbita erección. Desde la puerta del bar, pisando sin darse cuenta el charquito de agua que dejó la barra de hielo, la frustrada suicida se gira para mirar a su vez al perro, ladeando la cabeza como él, y después entra.

No hay que ser adivino para saber que la señora Mir pedirá en la barra una copita de coñac y un vasito de sifón, del que apenas probará un sorbo.

2

Una plaga de ratas azules

—¡Este país de todos los demonios!

Su padre en calzoncillos enciende y apaga la linterna eléctrica por tercera vez verificando su mal funcionamiento, y por tercera vez maldice su suerte. Diríase que el contacto anómalo de una pila desajustada en la vieja linterna obra en su ánimo como una afrentosa metáfora del malhadado país que tanto aborrece. También se podría pensar que lanza señales en clave para alguien oculto en la sombra, si no fuera porque está solo en el dormitorio y con las contraventanas cerradas. Y es que incluso visto así, desgreñado y soñoliento, sentado al borde de la cama, en calzoncillos y con ligas y calcetines en las piernas peludas, persiste en él la imagen del hombre de acción que reniega de la rutina cotidiana y no se resigna a la derrota. Su perfil alerta parece husmear la adversidad, y, presto una vez más a afrontarla, se yergue súbitamente y resopla, guarda la linterna en el maletín abierto a su lado y comienza a vestirse.

Ese maletín ya debe contener el revólver, el veneno y los cepos, piensa su hijo mirando por la rendija de la puerta entreabierta. El chaval espera un minuto, indeciso, y al cabo entra en el cuarto con los puños en los bolsillos y haciéndose el duro.

—Quiero ir contigo, padre. Te ayudaré a matarlas.

—Ni hablar.

Deja pasar unos segundos e insiste con voz lastimera:

—Por favor. Me gustaría mucho.

—No. No te gustaría. No tienes edad para un trabajo como este.

—Podría vigilar la puerta. Siempre hay alguna rata espabilada que intenta escapar. Ya no me dan miedo, ¿sabes?

—Que no, hijo. Además, ya están muertas. Sólo hay que recogerlas.

—¿Todas muertas, seguro? Siempre se escapa alguna…

—¡¿Es que hablo en chino?! Te digo que no.

Es un sábado por la tarde y el chico no tiene colegio. Tiene clase de solfeo y piano, pero, aunque leer partituras y teclear escalas es lo que más le gusta en el mundo, por una vez estaría dispuesto a perderse la lección.

—¿Por qué no quieres que vaya? —lloriquea.

—Te desmayarías nada más entrar.

—¡Qué va! Podría sostener la linterna, mientras tú las rematas…

Su padre ha vuelto a sentarse en la cama con la camisa a medio poner y se rasca la palma de la mano con las uñas grandes y oscuras. Mientras lo hace, cuelga en el vacío una mirada tan repentinamente ajena y pasmada que de pronto no parece la misma persona.

—¿Te pasa algo, padre?

Reacciona en el acto y se incorpora.

—Me pasa que estoy hasta el gorro de muchas cosas. Te he dicho que no, y es que no. —Consulta su reloj y farfulla entre dientes—: Me quedé dormido, me cago en la hostia.

—Lo habías prometido. Dijiste que me enseñarías a cazar ratas azules.

Su padre es el jefe de una brigada de los Servicios Municipales de Higiene, Desinfección y Desratización de locales públicos. Cines, teatros, restaurantes, mercados, almacenes. Cuando el niño lo supo, el mismo día que cumplía ocho años, su madre le previno para que no se lo dijera a sus amigos del colegio y de la parroquia, porque podían burlarse de él por tener un padre matarratas. Por aquel entonces, él se imaginaba a su padre trabajando con una mascarilla antigás en la cara y un garrote en la mano, persiguiendo grandes ratas entre las butacas de un cine, y había alimentado esta idea durante un par de años, pero ahora sospecha que, además de los cebos envenenados y los pesticidas, el exterminador utiliza métodos más contundentes y expeditivos, sobre todo con las ratas azules. A menudo le oye maldecir y blasfemar sobre la terrible y asquerosa plaga de roedores azules que infesta la ciudad por completo, desde el puerto y Montjuich hasta el Tibidabo, pero nunca ha tenido ocasión de encontrarse cara a cara con una rata azul, ni viva ni muerta.

Vuelve a ver a su padre frente al mostrador de la taberna Rosales girándose hacia él muy despacio, enhiesto y achispado, empuñando el vaso de vino sobre el pecho como si temiera que fueran a quitárselo y farfullando al verle abrir la puerta:

—Aquí está mi hijo muy querido —con una sonrisa taimada—. Te gusta Barcelona, ¿verdad, nano? Te sientes muy seguro en la gran ciudad, junto a tu segunda madre que te salvó del hospicio y te quiere mucho y te mima. A que sí.

Él pasa por alto lo del hospicio y la segunda madre. Sigue en el umbral y mantiene la puerta del bar abierta, sin entrar.

—Madre te espera.

—Prefieres vivir aquí, ¿no es cierto? Aquí, en esta hermosa y aborrecida capital de Cataluña. Y todo porque acerté a ver pasar aquel taxi bajo la lluvia…

—Madre dice que vengas a casa, que la mesa está puesta.

—¡No me interrumpas! Vivimos en el culo del mundo, en la última mierda del caballo de Santiago, pero tú la mar de contento. Esta es la ciudad que te vio nacer casi de milagro, y aquí estás, vivito y coleando, y me alegro, hijo, pero que sepas que aquel taxi lo cacé yo… Sí, aquí te harás un hombre de provecho, un famoso pianista admirado por todos los ciudadanos de pro, eso crees, ¿no es cierto? ¡Pues no es exactamente eso, calabacín con patas! ¡Tu ciudad no es más que una cloaca apestosa llena de ratas azules! Te conviene saberlo, los virtuosos del piano de cola sois demasiado sensibles.

Y nuevamente se gira de cara al mostrador, alargando el vaso para que la señora Paquita se lo llene, y van quién sabe cuántos. Yo no llevo la cuenta, dice, la cuenta de los vinos la lleva la conspiración judeomasónica. Oh, vaya, suele soltar esa clase de palabrejas, el temerario Matarratas, y cosas aún más raras, mientras la tabernera y los clientes se ríen e intercambian guiños de complicidad y el chico se pregunta por qué le ríen la gracia, por qué le hacen caso.

—Nunca he visto una rata azul, padre —dice ahora—. Un día, en la sacristía de Las Ánimas, vi una rata gorda que se ponía de pie y mordisqueaba una sotana colgada de una percha. Pero era una rata gris, más bien negra.

—¡Sí, ratas y sotanas, menuda peste! —gruñe su padre mientras se enfunda el mono de trabajo—. Pero no es lo mismo, hijo. ¿Alguna vez has visto una rata gorda y lustrosa reventando envenenada? Se arrastran y chillan como condenadas vomitando sangre por la boca y por el culo. No podrías soportarlo.

—Sí que podría.

—No podrías. Te mearías en los pantalones, seguro.

De un tiempo a esta parte, le fastidia mucho que su padre le considere todavía un niño. Mira el maletín sobre la cama pensando en los misterios que encierra. Su padre agita la cabeza violentamente, como desprendiéndose de un mal sueño. Sus cabellos revueltos, verdosos y como enfurecidos, desprenden un fuerte aroma a torrefacto, y ese es otro misterio. Un secreto, le han dicho, uno más. A veces ha llegado a pensar que la pobreza y todos los males que aquejan a la familia provienen de tantos secretos en la vida de su padre.

—Quédate en casa y repasa tu lección de solfeo —le aconseja—. Do-re-mi-fa-sol, eso es lo tuyo. ¿No dices siempre que de mayor quieres ser músico? Pues hala, a estudiar. Además, tu madre no tardará en volver de la clínica.

—Oh, mierda —se lamenta él en voz baja, y alarga el brazo para acariciar el maletín con la punta de los dedos, imaginando su contenido letal—. ¿Puedo llevarte el maletín de los venenos, por lo menos?

Su padre se calza las botas de agua y resopla impaciente.

—Está bien, pesado. Pero no te hagas ilusiones, me esperarás en la calle.

—¿Todo el rato?

—Todo el rato. No entrarás. Así que te llevas tus partituras y aprovechas el tiempo.

—¿Puedo coger tu revólver un momento?

—¿Qué revólver? ¿Crees que estamos en una película de tiros? ¡Vaya con el famoso pianista aclamado en el mundo entero!

La sombra de la nube remontando despacio la fachada del cine Selecto se le antoja un telón escénico subiendo, cuando, ya solo y resignado a la espera, hinca la rodilla en la acera para atarse el cordón del zapato. Una tarde de abril, soleada y ventosa. El tráfico es escaso y la gente que sube o baja por la calle Salmerón no parece detectar el olor del veneno que sin duda, piensa él, ahora mismo se filtra silencioso y verde como un gas mortífero por debajo de la puerta precintada del cine y por entre las junturas de la ventana de la cabina de proyección. Ve a los hombres de la brigada matarratas entrar uno tras otro por una pequeña puerta lateral. Llega cada uno por su lado a intervalos de medio minuto; son tres, dos con ropa de faena y uno de paisano. Pasan por su lado deprisa y sin fijarse en él, que conoce a los dos primeros. El de paisano se llama Luis y suele venir a desayunar con su padre cuando este pasa temporadas en casa, el otro es Manuel y llega en bicicleta; al último lo incluye en la brigada porque al caminar gasta el mismo aire furtivo que los otros, las manos en los bolsillos del mono azul deslucido y la cabeza hundida entre los hombros, como si se avergonzara públicamente de sus habilidades raticidas. Tiempo atrás, cuando era un crío, había imaginado a los hombres matarratas moviéndose igual que seres metálicos y achaparrados de ojos verdes y con dedos como cuchillos.

Entretiene la espera en la calle cantando con voz nasal y pelma «Soy el rata primero, y yo el segundo, y yo el tercero», parodiando la tonadilla zarzuelera a la que su profesor de solfeo tiene mucho apego y suele entonar al sentarse al piano. Al poco rato se aburre a morir, y entonces se dedica de forma obsesiva y detallada a figurarse lo que está pasando dentro del cine: imagina sentir en la nariz el cosquilleo de los pesticidas flotando sobre la platea, ve las ratas azules estirando la pata con la barriga inflada y vomitando espumarajos sanguinolentos, arrastrándose debajo de las butacas y al pie de la pantalla y también entre bastidores, en los urinarios y en los camerinos de los artistas; ve a su padre con un ejemplar asido por el rabo, una rata grande con papo y un mechón de pelos blancos como la nieve sobre el ojo sanguíneo, enrabietado por el veneno; lo ve todo desde la calle y lo vive intensamente sin que se le escape un detalle, igual que si escuchara una aventi descabellada y macabra del gordo Cazorla.

Está saltando a la pata coja delante del cine, siguiendo escrupulosamente el laberinto que dibujan las baldosas en la acera, y al final del recorrido le espera la tapa de una alcantarilla con su grafía en relieve desgastada y borrosa. Se da media vuelta, siempre sobre un solo pie; repite el viaje una y otra vez, y a cada nuevo giro espera ver a su padre en la puerta del cine haciéndole señas para que entre a ver de cerca la caza y exterminio de las ratas azules. Su padre no aparece, pero desde el cartel multicolor que anuncia la actuación de los artistas de variedades, un bastidor de poco más de dos metros de alto apoyado en la misma fachada del cine, una esbelta y sonriente bailarina con malla negra ajustada al cuerpo reclama imperiosamente su atención.

Chen-Li, la Gata con Botas

bailarina excéntrica y acróbata

La Gata luce bonitas piernas pintadas con purpurina dorada y se exhibe de costado, como sentada en el aire o más bien cayéndose de culo pero sin haber llegado todavía al suelo, la espalda arqueada increíblemente hacia atrás, una pierna estirada y en tensión y la otra encogida debajo de las nalgas. Lleva un gorro negro con antifaz y orejitas, calza botas de media caña acharoladas y rojas y su trasero respingón luce un rabo también rojo. El Selecto es un cine de programa doble con varietés tronadas, y acoge a cantantes melódicos, rapsodas y humoristas que alguna vez gozaron de cierto renombre en las populares y exitosas revistas musicales del Paralelo, pero cuyos días de gloria ya pasaron. Los menores tienen prohibida la entrada, y él lo sabe. En otro panel, clavados con chinchetas, hay fotogramas ampliados de las dos películas de esta semana, El séptimo cielo con Simone Simon y El gato y el canario con Paulette Goddard, dos estrellas gatunas de las que está enamorado y cuyos encantos le han provocado no pocas calenturas entre sábanas, pero ahora sólo tiene ojos para la Gata con Botas. ¿Por qué se le recoge tan dulcemente el vientre entre las ingles? La línea combada de muslos y nalgas le parece extrañamente inmaculada y conmovedora, superior en belleza a cuanto ha visto hasta ahora en carteles de cine o en los programas de mano que colecciona. Con el dedo orilla lentamente el contorno del muslo y luego roza la piel dorada y capta el brío interior que anima el salto en el aire. El reflejo del sol, rebotando desde el cristal de una ventana del otro lado de la calle, chisporrotea un instante en la purpurina, pero no emborrona ni atenúa la vehemente tensión de la cara interna del muslo, una generosa delicadeza muscular que le conturba.

—¿Qué haces, muchacho? ¿Qué miras?

Se vuelve. Un señor menudo, encorvado y de hombros alicaídos, está parado sobre la tapa de la alcantarilla, cortándole el paso. Un doble parpadeo mágico, pero el hombrecito sigue ahí, mirándole severamente.

—¿Yo?

—Tú, sí. ¿Qué estás mirando, se puede saber?

—Yo nada, señor.

—Conque nada. Embobado estás con los meneos de esta chinita.

Ringo vuelve a mirar el cartel.

—Si no se mueve…

—¿Que no? ¿Es que no guipas? Las bailarinas excéntricas nunca están quietas, niño. Y menos si son chinas del Paralelo.

Otro parpadeo, y en efecto, los muslos se mueven. El hombrecito es apenas un poco más alto que él. Entre los dedos de su mano esquelética alzada a la altura del mentón, con gesto delicado y displicente, como si sostuviera un cigarrillo, sujeta una correa que va unida a algo que gruñe a sus pies, un perrito escuálido, de hocico ratonil y rabo escaso, al que le falta una pata trasera.

—¿Qué es eso que asoma en tu bolsillo?

—Mi cuaderno de solfeo.

—Vaya. Eres un chico sensible, ya veo —dice el desconocido en voz casi inaudible—. ¿Verdad que eres un chico sensible? ¿Verdad?

—No sé.

—Y el día de mañana serás un joven guapo, atento y respetuoso. Seguro.

—No, señor. Seré pianista.

—Ah, eso está muy bien. Pianista. —El perro levanta la cabeza y mira al amo con sus ojos amarillos y legañosos—. ¿Y qué haces aquí?

—Estoy esperando a mi padre.

—Pensando cositas feas, eso es lo que haces. Venga, no digas que no. —Debajo de la tapa de la alcantarilla suenan ruidos, como de lija raspada o uñas arañando hierro. Alertado por algo, el hombrecito se vuelve repentinamente y su perfil de pájaro se recorta sobre la soledad gris de la plaza Trilla, que se abre al otro lado de la calle—. Conste que no te lo reprocho, pillastre. Pero escucha lo que te digo —acercándose más al chico, y ahora la voz le sale raspando el aire—: Ella seguramente hace cositas que tú ni siquiera podrías imaginar, aunque estuvieras aquí mirándola durante mil años.

—No diga eso, señor. ¡Ondia! ¡Mil años! ¿Habla en serio, señor? —inquiere impostando la voz—. ¿Podría estar mirándola durante mil años? ¿Y ella podría estar aquí bailando durante mil años, bailando como Salomé la danza de los siete velos? ¿De verdad podría?

Así es como le ven algunos: un chaval despierto y observador, sensible a ciertos desatinos, dotado de una aguda percepción para las expectativas ajenas más extravagantes e imprevisibles y dispuesto a colaborar en cualquier impostura o tramoya que le amplíe el mundo. Así lo recordarán, aplicado, formal, embebido de futuro. No se sonroja ni se traba ni se embarulla con las palabras, en todo momento sabe lo que dice y por qué, y hasta le complace cruzar decididamente el umbral de lo improbable o lo imperceptible. Se queda muy quieto y muy atento frente a su interlocutor, mira los ojos descarnados y sin pestañas en un rostro largo y chupado, mira la boca pequeña y fruncida, el cuello arrugado de la camisa y el terno negro con rodilleras lustrosas en los pantalones demasiado anchos y largos, caídos sobre la triste mansedumbre de unas zapatillas caseras, mira también el perrito cojitranco, y dispone la cara y la voz en consonancia melodramática con lo que ve:

—Es mi hermanastra, ¿sabe? —y se queda pensando, dispuesto a añadir que el verdadero nombre de esta artista es Diana Palmer, que fue la otra novia fiel de Edmundo Dantés y después la novia secreta de Winnetou y ahora es la novia del malvado Rupert de Hentzau, y que podía haber sido su propia hermana, pero de madre china, y que escapó de casa para ser bailarina porque quería ver mundo y se avergonzaba de tener un padre matarratas cuyas manazas huelen siempre a zotal o azufre o a cosas peores. Pero todo eso lo piensa solamente. Lo único que añade es—: Mi pobre hermanastra mayor. Tengo cinco más…

El hombrecito lo ataja con la mano en alto y lo mira con un brillo repentino en los ojos estragados.

—¡Conque mentirosillo! —Contrariado, patea la tapa de la alcantarilla por tres veces, como si hiciera una señal convenida a las ratas que viven en las tinieblas malolientes de la cloaca. Indicando el cartel, el desconocido añade con voz meliflua—: En fin, vamos a lo que importa. Además de bailarina excéntrica, esta monada es contorsionista. ¿Sabes qué significa ser contorsionista?

—Claro.

—Que sabe moverse de un modo especial.

—Claro.

—Y es bonita la chinita, ¿verdad? Tan bonita, que mirarla es un sufrimiento, ¿verdad?

—Oiga, señor, este perro, con tres patas solamente, hay que ver lo b ...