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CONDENADOS (TRILOGíA CONDENADOS 1)

Glenn Cooper

0


Fragmento

1

Emily oyó los pasos que se acercaban desde lejos. Antes de girarse para enfrentarse a la amenaza, tensó los músculos y contuvo el aliento después de llenarse los pulmones.

Dejó escapar todo el aire de golpe al ver a un hombre con un cuchillo.

Desde niña le habían enseñado a huir del peligro, no a encararse a él, pero ahora no había otra alternativa. Lo tenía casi encima y la velocidad jugaba a favor de él.

El entrenamiento recibido guio su reacción.

Desvió la mano con la que su agresor empuñaba el cuchillo con un movimiento lateral del brazo izquierdo y utilizó el derecho para atacarle, golpeándole en el cuello con la parte inferior de la palma de la mano.

En cuanto él empezó a tambalearse hacia atrás, ella afianzó los pies en el suelo y lanzó una violenta patada con la pierna derecha que impactó de lleno en la entrepierna del agresor.

Este se desplomó.

Todavía tenía el cuchillo en la mano, pero no por mucho tiempo. Ella le dio otra patada y cuando el pie le golpeó en la muñeca, soltó el arma.

Ella escapó.

La sala se llenó de aplausos y vítores.

—Así se hace, señoras y señores, en esto consiste el Krav Maga —anunció John Camp con su voz ronca alzándose sobre el barullo—. Buen trabajo, doctora Loughty. ¿Os habéis fijado en el modo en que se ha defendido y ha atacado simultáneamente? Eso es lo que quiero que aprendáis a hacer todos.

Emily aceptó los elogios con elegancia y, al pasar junto a John, le sonrió cuando este le dio una discreta palmadita en el culo. Se situó junto al resto de los aprendices y el atacante se recolocó las protecciones para recibir la respuesta de la siguiente víctima.

Al finalizar la clase, los alumnos recogieron sus pertenencias y salieron del gimnasio. Emily se lo tomó con calma y cuando ya solo quedaban allí ella y John, él se le acercó sin prisas y la abrazó con ternura.

—Hubiera podido repeler tu ataque —dijo ella cuando sus labios se separaron.

—Me alegro de que no me hayas arreado una patada en las pelotas.

—Vaya, veo que ya empiezas a dominar el inglés británico…

—La vida consiste en aprender cada día.

Hacían buena pareja. Ella era alta, pero él la superaba en treinta centímetros. Su tez era oscura, tenía el cabello castaño, muy corto y espeso como la crin de un caballo, y los ojos a juego. Ella era pálida, una rubia natural de ojos azules con un suave acento regional, una terquedad heredada de su padre escocés y un aspecto físico y un estoicismo heredados de su madre sueca. Él era estadounidense de pura cepa. Se complementaban a la perfección. El trabajo de él siempre había sido físicamente exigente y a los cuarenta y tres años seguía en plena forma, con sus largas extremidades y su espalda ancha. Ella tenía treinta y siete y un trabajo sedentario. Debía esforzarse por mantenerse en forma y la clase de tácticas de defensa personal al estilo israelí que le daba John era una manera de conseguirlo.

—Tengo que irme —dijo ella.

—¿Qué haces esta noche?

—He de volver al laboratorio. Vamos con dos días de retraso con Hércules.

—Esperaba que pasaras la noche conmigo.

—Estoy loca por ti —dijo ella—, pero en estos momentos Hércules me está volviendo aún más loca.

—¿Estás nerviosa?

—¿Tú qué crees?

—Ayer vi un artículo en uno de esos periodicuchos que aventuraba que Hércules iba a crear pequeños agujeros negros que destruirían el mundo.

—No dejes que te llenen la cabecita de ideas inquietantes —lo tranquilizó ella—. No vamos a volar por los aires nuestro precioso planeta. Me preocupa más que acabemos rompiendo un juguetito de treinta mil millones de dólares. Eso irritaría muchísimo a mamá y a papá. Y por cierto, ¿por qué lees esos infames tabloides?

—Por las chicas que salen en la página tres.

—Lo imaginaba.

—Cuando el experimento esté en marcha y funcione, quiero que recuperemos nuestras fiestas de pijamas.

—Se están convirtiendo en un hábito, ¿no?

John deslizó sus grandes manos por la espalda de Emily.

—Mis vicios son peores que los tuyos. Me han dicho que tengo una personalidad dada a las adicciones.

—Creo que eso te lo dije yo.

—El tabaco: controlado. Las mujeres: creo que, si te exceptúo, también controlado. El alcohol: bueno, en eso todavía estamos trabajando. Mi vida reducida a un listado.

Emily volvió a besarle y se apartó.

—Aparte de añorarme, ¿a qué vas a dedicar la noche?

—Es probable que haga la colada.

—Sobre todo asegúrate de separar la ropa blanca de la de color.

—Viniendo de una física experta en partículas, me tomaré muy en serio ese consejo.

A las ocho de la tarde, el laboratorio principal del MAAC estaba a pleno rendimiento, como si fueran las diez de la mañana de cualquier jornada laboral. El colisionador de partículas llevaba dos años inactivo y había mucha presión por que se reiniciase con éxito y en la fecha prevista. Un problema eléctrico en una bobina había provocado la pérdida de energía de un imán que derivó en una explosión de helio y un incendio. Había costado sesenta millones de dólares reemplazar un centenar de imanes superconductores dañados y sus engastes, y purgar los tubos de vacío contaminados. El daño político no había resultado tan fácil de reparar. Dirigentes de ambos lados del Atlántico vociferaban pidiendo cabezas. Gastar millones en una extraña investigación en partículas subatómicas era algo difícil de vender incluso en tiempos económicamente boyantes.

Como directora del proyecto Hércules, la primera responsabilidad de Emily era poner en marcha las simulaciones iniciales y, para hacerlo, esa noche necesitaba utilizar un elevado porcentaje de la capacidad del ordenador central.

—¿Falta mucho?

Emily no apartó la mirada de la pantalla.

—Casi está, Henry. Unos cuarenta minutos más deberían bastar.

Henry Quint, de mandíbula cuadrada y voluntad inquebrantable, jamás elogiaba o menospreciaba a ninguno de sus subordinados de forma directa. Pese a la reputación que tenían los directores estadounidenses de no andarse por las ramas, Quint prefería un modo más rebuscado de manejar a su equipo y optaba por hacer que sus subordinados supieran lo que pensaba de un modo tangencial, a través de terceros.

—Ya veo. Los ingenieros están en ello. Necesitan un montón de energía para probar las bobinas.

—Cuarenta minutos.

—Ya me lo ha dicho. Les pediré que contacten directamente con usted si este margen resulta problemático.

Quint, el director general del MAAC, se alejó sin prisa mientras ella mascullaba comentarios nada amables. Hacía seis años que ese hombre era su superior jerárquico, pero Emily nunca había llegado a sentirse cómoda con él. A diferencia de su anterior jefe, un físico de partículas íntegro, Quint era, a aquellas alturas de su carrera, más gestor que científico. Y muy al contrario de lo que sucedía con su sociable predecesor, Emily no mantenía relación alguna con Quint fuera del trabajo. Echaba tanto de menos a Paul Loomis que le resultaba hasta doloroso. Lo único que la motivaba a seguir adelante era Hércules y la esperanza de que se produjera la fusión.

Con suerte, todo sería más grato después de la fusión. Al menos ella tendría que rendir cuentas ante un nuevo director general.

El colisionador masivo angloamericano, el MAAC, era el primo grandullón del LHC, el gran colisionador de hadrones del CERN en Suiza. El colisionador suizo fue en su día un auténtico mastodonte que trazaba una circunferencia de veintisiete kilómetros en túneles excavados en las profundidades de la campiña suiza y francesa. El MAAC era más de seis veces más grande ya que medía unos ciento ochenta kilómetros. Los túneles, que seguían más o menos el trazado de la autovía M25, rodeaban la gran ciudad de Londres a unos ciento cincuenta metros bajo tierra. El principal laboratorio del complejo estaba al este, en Dartford, en un conjunto de edificios anodinos a las afueras de la ciudad.

El MAAC había sido construido para superar al LHC en plan «el nuestro es mayor que el vuestro» como solo los estadounidenses son capaces de hacer. Cuando resultó políticamente complicado encontrar una ubicación para el programa dentro del territorio estadounidense, se incorporó a los británicos como socios y, después de billones de dólares gastados y de una década dedicada a la construcción, el MAAC volvía a estar listo para ponerse en marcha. Si todo iba bien, el Hércules I lanzaría protones con sus dos haces de veinte TeV, teraelectrovoltios, a toda velocidad bajo la campiña inglesa para colisionar con mucha más energía de la que el LHC había conseguido. Y si el experimento se desarrollaba sin problemas significativos, el Hércules II elevaría la energía hasta la teórica capacidad máxima de treinta TeV por haz. Y con esta potencia, si los gravitones existían, el MAAC tendría muchas posibilidades de dar con ellos.

Gravitones.

Las partículas subatómicas que transmiten fuerza ya se habían descubierto en tres de las cuatro fuerzas fundamentales del cosmos. El electromagnetismo cuenta con el fotón. La poderosa fuerza que mantiene unido el núcleo de los átomos tiene gluones. La débil fuerza responsable de la descomposición radiactiva tiene bosones W y Z. La gravedad es la única excepción. Todas las teorías unificadas de la física predijeron la existencia del gravitón, pero jamás se había podido observar. El gravitón era el premio.

La gravedad era la más débil de las fuerzas fundamentales, y cuanto más débil es la fuerza, más energía se necesita para detectarla. Y ahí aparece Hércules. Los experimentos ATLAS y CMS en el LHC habían logrado por fin descubrir el elusivo bosón de Higgs. Si todo salía bien, los experimentos Hércules del MAAC superarían a los del LHC al descubrir el gravitón.

Emily terminó con las simulaciones y dejó el ordenador central en manos de los ingenieros. Se estiró y luego cruzó el laboratorio hasta el despacho de Matthew Coppens. Matthew había sido la primera persona a la que había contratado en el laboratorio, un joven muy serio licenciado en física por Oxford al que había conocido en el CERN cuando los dos trabajaban en el programa ALICE. Cuando Paul Loomis la contrató para el MAAC, ella se lanzó sobre Matthew y lo convenció para que fuera su adjunto. No le resultó difícil, pues la mujer de Matthew detestaba vivir en Suiza. Su hijo mayor era autista y los colegios suizos les parecían bastante fríos e insensibles.

Matthew, con su incipiente calvicie y su delgadez, estaba inclinado sobre una pila de papeles.

—¿Sigues inquieto por los strangelets?

Él alzó la vista y la miró.

—Me conoces demasiado bien.

—Escucha, Matthew, me alegro de que alguien se preocupe por valorar los peores escenarios posi

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