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CONTIGO EN EL MUNDO

Sara Ballarín

5


Fragmento

1

COMENZAR

Estuve pensando qué ponerme durante más de media hora. Me tiré encima de la cama con las domingas al viento, muerta de asco y resoplando. Que me apetecía un montón el momento, irónicamente hablando y tal. No era yo muy fina con la moda, así que no sabía cómo tienes que vestirte para quedar con tu novio cuando vas a dejarle. Deberían publicar un artículo en alguna revista de trapitos aconsejando cómo narices vestirse para joderle la vida a una persona. Debía ir sencilla, supuse, cero maquillaje, zapato plano, o mejor zapatilla. Un poco zarrapastrosa, vaya. Que él no pensara que me estaba tomando a risa el «No eres tú, soy yo…», que es una frase manida que no dice nada, pero, bueno, queda bien antes de romperle el corazón a alguien. «Joder, venga, Vega», me dije, «que no solo eres una rompecorazones sino que además ¡vas a llegar tarde!».

La nuestra era una relación de las denominadas «estables», porque llevábamos tres años saliendo sin altibajos ni tormentos, así que todo el mundo nos hacía compartiendo piso en breve, pasando por el altar y criando descendencia. Pero a mí como que me daba un repelús horroroso pensar en esas cosas porque tenía muy claro que no las quería, y menos con Samuel. Algo había ido apagándose en mí y ya no sentía lo mismo por él. Le había dejado de querer, sí. Y ya no podía más. Tenía treinta años y la sensación de haber cumplido los cincuenta, como una viejoven que no sabe si es una cosa o la otra. Mi relación era absolutamente monótona y predecible; me cortaba las alas, me ahogaba, me aburría y me hacía ver la vida de color gris. Y no es que yo fuera una aventurera, pero sí que me gustaba un poco de emoción, de enamoramiento tontorrón, de independencia y a la vez de compañerismo con tu pareja. Encajar dos personalidades, sin anularlas ni restringirlas; solo acoplándolas a unas necesidades comunes, pero respetando las individuales. Tampoco pedía mucho, ¿no?

Así que en ese mismo instante, con tres años de relación a las espaldas, había decidido ponerme mis leggins y mi camiseta de los Rolling Stones para ir a casa de Samuel a decirle «No eres tú, soy yo…». Él me había invitado a ver una película y yo iba resuelta a dejarle. Madre mía. Me daba mucha pena y un palo tremendo, porque que Samuel fuera un amor de persona no me lo ponía fácil. No puedo decir nada malo de él. Era tierno, atento, divertido, inteligente, me cuidaba, se preocupaba por mí y me apoyaba en todo. Creo que era la mejor persona que había conocido jamás. O, al menos, a mí me lo había dado todo. Pero yo ya no estaba enamorada de él, por mucho que quisiera o por mucha pena que me diera, como en la canción de La Habitación Roja, «Ayer», que resonaba constantemente en mi cabeza esos días. Y él algo se olía, claro. No era tonto y sabía que el «tenemos que hablar» caería un día u otro. Y ese día había llegado.

Samuel me abrió la puerta vestido con una camiseta medio rota, calzoncillos colganderos y calcetines blancos de deporte subidos hasta la espinilla. Joder, a mi libido casi le dio un infarto. Si al menos se hubiera quitado los calcetines… Respiré, pensando que quizá lo habría pillado a medio vestir, pero no. Pasamos al salón, nos sentamos en el sofá y él y sus calcetines blancos seguían ahí. Y es que, por mucha confianza que se tenga con tu pareja, hay unos límites. Estar en calzoncillos y calcetines es uno de ellos. Mear mientras el otro se lava los dientes, otro.

—Samuel, ponte unos pantalones, ¿no? —dije tratando de ser amable. Además, tampoco me apetecía romper con él de esa guisa. Lo veía hasta humillante para él.

—Es que tengo calor.

—Ah.

Bueno, pues… from lost to the river.

—Esto…, Samuel, tenemos que hablar.

Soy de un original… Samuel me miró como un conejito asustado y se me puso un nudo en la garganta.

—Joder —se limitó a decir, porque sabía lo que venía a continuación.

—Samuel, lo siento, de verdad. Lo he pensado mucho, muchísimo, y he intentado recuperar lo que teníamos, pero ya no es lo mismo. Hace un tiempo que la cosa no va bien y yo ya no… Yo… ya no estoy enamorada de ti y creo que es mejor que lo dejemos. Lo siento en el alma, pero no le veo futuro a esto.

Hala, así, a las bravas. Directa, a bocajarro y sin sutilezas. Ay, Vega. Y es que en el fondo no quería llenar el discurso de frases típicas que no dicen nada y que además dan falsas esperanzas. No. Prefería clavar el puñal en un golpe seco, certero y único. Nada de «nos damos un tiempo» o explicaciones enrevesadas sobre sentimientos, porque cuando dejas de querer a una persona no hay más que rascar.

—Joder, Vega. Y me lo sueltas así —dijo.

—Lo siento, en serio. Sabes que no me gustan los adornos y que no tengo tacto. Y sabes que no estamos bien.

—¡Claro que sí, joder!

—No, Samu, no lo estamos. Yo no lo estoy y tú es imposible que lo estés cuando una de las partes de la pareja no está entregada al cien por cien. Tú te mereces otra relación, otra persona. Una que sea tan buena como tú, que no sea tan independiente como yo o que comparta tus planes de vida. Y sabes que yo no soy esa persona.

Se quedó callado. Era perfectamente consciente de lo que había. Habíamos estirado la relación hasta su límite y ya no se podía forzar más.

—¿Por qué no nos damos un tiempo? Un tiempo para que tú te pienses las cosas con tranquilidad.

—Porque sabes que esas cosas no funcionan. No cuando lo tienes claro —dije con un hilo de voz. Él se quedó callado bajando la cabeza—. Samuel, lo siento de verdad, pero con lo distintos que somos, con los planes tan diferentes de vida que llevamos yo… no puedo seguir.

—Pero ¿por qué? —Se levantó del sofá—. ¿Hay otro?

—Claro que no. Es que ya no funciona. Siempre hemos tenido proyectos de vida distintos, y al llegar a una edad en la que hay que empezar a ponerlos en práctica me doy cuenta de que nos están comiendo. Tú quieres casarte, tener hijos e ir a comer a casa de tu madre los domingos y yo no quiero casarme ni tener hijos ni ir a comer a casa de nadie los domingos.

—Joder.

—Lo siento. No es por tu culpa, ni por la mía. Simplemente hay veces en las que las relaciones no funcionan, por muy buenas que hayan sido.

—Pero yo te quiero, Vega.

—Y yo a ti, pero como persona y como alguien que ha estado conmigo tres años, no como novio ni como compañero en la vida. Lo siento. Ojalá quisiera lo mismo que tú y ojalá encuentres quien lo quiera, pero yo… no puedo.

No dijo nada más. Si algo tenía Samuel era orgullo. Odiaba que le dejaran, claro, pero en el fondo se lo esperaba. Quizá le costara más reconocer la realidad que a mí, pero la conocía y sabía que la relación estaba rota hacía tiempo. Así que, viendo que ya no decía nada ni me miraba, decidí que lo mejor que podía hacer era irme.

—Me voy, Samuel —dije levantándome y acercándome a él para despedirme.

—Adiós, Vega —respondió mirando por la ventana y dándome la espalda.

Me encaminé a la puerta del salón y antes de cruzarla me giré. Samuel seguía de espaldas.

—Espero de corazón que todo te vaya muy bien.

—Adiós, Vega.

Asentí en silencio y me fui. Cuando me metí en el ascensor resoplé y sentí que me había quitado un peso gigante de encima. Y no es que yo fuera fría o no tuviera sentimientos, es que había estado tan agobiada y asfixiada que ahora no podía sentirme mal por algo que había hecho aguas tiempo atrás. Llegué a la calle y me encendí un cigarro. Fumaba muy poquito, más de forma social que otra cosa, aunque en esa ocasión lo necesitaba. Suspiré. Pasados los primeros segundos de liberación, me dio un poco de pena Samuel, por ser tan bueno y porque la cosa no hubiera salido bien… para él. No me sentía culpable tampoco. No me gustaba la idea de que Samuel o nadie sufriera por mi culpa, eso desde luego, y me habría gustado que las cosas hubieran sido distintas; pero eso no significaba que tuviera remordimientos. Había tomado una decisión meditada y me sentía liberada. Ahora tenía que recomponer un poco mi vida, renacer, pensar en un plan de trabajo mejor e independizarme cuanto antes.

Y si quería renacer y ser una especie de ave fénix con mi melena morena tenía que buscar un trabajo normal y dejar de hacer el vago. Estaba decidida: se acabó lo de dar clases particulares de violín a los cuatro mocosos que solo eran mis alumnos porque sus papás pensaban que era muy cool decir eso de que sus retoños tocaban el violín o el piano. Se acabó un trabajo de pocas horas y nula estabilidad cuando me había pegado la friolera de catorce años estudiando en el conservatorio una carrera que no m

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