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CRONOMETRADOS

Simon Garfield

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Fragmento

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INTRODUCCIÓN

MUY, MUY TEMPRANO O MUY, MUY TARDE

 

 

 

Te encuentras en Egipto. No en el Antiguo Egipto, que sería un lugar razonable en el que ambientar las primeras líneas de un libro sobre el tiempo, sino en el Egipto moderno, un Egipto salido de la revista Condé Nast Traveller, con sus playas de arena fina, sus turistas, sus pirámides y su sol cayendo a plomo sobre el Mediterráneo. Estás sentado en un restaurante, a pie de playa, cerca de Alejandría. En la orilla, un pescador lanza la caña con la esperanza de atrapar algo rico para la cena: un buen salmonete, quizá.

Estás de vacaciones después de un año agotador. Tras el almuerzo, paseas hasta donde se encuentra el pescador, que habla un poco de inglés. Te muestra su captura. No ha cogido mucho, pero no pierde la esperanza. Como sobre pesca y sobre ser oportunos algo sabes, le preguntas por qué no se coloca en unas rocas cercanas que se adentran un poco en el mar. Desde ellas podría lanzar el sedal más lejos que desde su viejo taburete plegable. Así cumpliría antes con su captura diaria.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—¿Y por qué iba a querer hacer eso? —te pregunta.

Le explicas que, si pescara peces más rápido, conseguiría una captura más abundante y no solo se llevaría la cena a casa, sino que podría vender el excedente en el mercado. Con las ganancias, podría comprar una caña mejor y una nevera portátil para el pescado.

—¿Y por qué iba yo a querer hacer eso? —insiste.

Pues para capturar más peces, más rápido. Con la venta ganaría usted suficiente para comprar una barca. Así podría pescar en mar adentro y conseguir aún más pescado en un tiempo récord, gracias a esas grandes redes que usan los arrastreros. De hecho, usted mismo podría terminar comprando un arrastrero, y todo el mundo le trataría de capitán.

—¿Y por qué iba yo a querer hacer eso? —vuelve a preguntar con condescendencia. Empieza a resultar molesto.

Vivimos en el mundo moderno, un mundo marcado por la ambición y por el culto a la celeridad, así que presentas tus argumentos con creciente impaciencia. Si tuviera usted un barco, pescaría tanto que, sin duda, se convertiría en un magnate del sector; podría fijar usted mismo los precios, comprar más barcos, contratar empleados y, por fin, haría realidad el sueño de cualquiera: jubilarse pronto y pasar el día sentado al sol, pescando.

—¿Como estoy haciendo ahora mismo, quiere decir?

 

* * *

 

Veamos brevemente ahora el caso de William Strachey. Este nació en 1819 y ya desde la escuela tuvo vocación de servicio público. Mediada la década de 1840, trabajaba en la Oficina Colonial de Calcuta, donde llegó al convencimiento de que los indios, y en particular los habitantes de esa ciudad, habían encontrado el modo de controlar la hora con total exactitud (los mejores relojes de la India, en esa época, probablemente eran, sin embargo, los fabricados en el Reino Unido). Cuando regresó a Inglaterra, tras cinco años en ultramar, decidió seguir viviendo según la hora de Calcuta. Una valiente determinación, pues la diferencia horaria con Londres era, por norma, de cinco horas y media.

William Strachey era tío de Lytton Strachey, el eminente crítico y biógrafo victoriano. El biógrafo de Lytton, Michael Holroyd, ha señalado que a William se le consideraba uno de los más excéntricos de la familia, que ya es decir, dado el amplio abanico de rarezas por las que los Strachey sentían predilección[1].

William Strachey vivió hasta los ochenta y tantos, así que residió más de medio siglo en Inglaterra, pero con la hora de Calcuta: desayunaba a la hora del té, almorzaba a la luz de las velas y se veía obligado a hacer cálculos fundamentales cuando se trataba de tomar el tren y, en general, para cualquier tarea cotidiana, como la compra o el ingreso de un depósito en el banco. No obstante, en 1884 la cosa se complicó aún más, pues la hora en Calcuta se adelantó 24 minutos con respecto a la del resto de la India, de manera que Strachey empezó a vivir 5 horas y 54 minutos por delante de sus conciudadanos. Algunas veces era imposible dilucidar si llegaba muy, muy temprano o muy, muy tarde.

Algunos amigos de Strachey (no es que tuviera muchos) se acostumbraron a esta excentricidad, la misma que puso a prueba la paciencia de su familia cuando se le ocurrió comprar una cama mecanizada en la Exposición Internacional de París de 1867. La cama incorporaba un reloj diseñado para despertar al ocupante a una hora determinada, pero no de cualquier manera: la cama se levantaba bruscamente gracias a un resorte. Strachey modificó el mecanismo para, con el impulso de la cama, volar y aterrizar junto a la puerta del baño. Pese a sus planes, debió de sentarle tan mal despertarse de ese modo la primera vez que la probó que no vio otra opción que destrozar el dispositivo a martillazos. Según Holroyd, William Strachey pasó el resto de su vida en botas de agua y, poco antes de morir, legó a su sobrino una importante colección de calzones de colores.

 

* * *

 

Entre la serenidad del pescador y la locura de Strachey se dirime la vida de todos los seres humanos, obligados siempre a hacer concesiones de un tipo o de otro. ¿Queremos una vida de pescador a la orilla del mar o una vida sometida al reloj? La respuesta es que deseamos ambas. Envidiamos a quienes llevan una existencia despreocupada, pero no tenemos tiempo para darle demasiada importancia al asunto. Queremos que el día tenga más horas, pero tememos terminar, probablemente, desaprovechándolas. Trabajamos todas las horas del mundo para, en algún momento, poder trabajar menos. Hemos inventado el tiempo de calidad para distinguirlo de ese consabido otro tiempo. Colocamos un reloj en la mesita de noche que, al final, siempre deseamos tirar por la ventana.

El tiempo, antaño sujeto pasivo, es hoy un sujeto agresivo. Domina nuestras vidas de un modo que seguramente los primeros relojeros habrían encontrado insoportable. Creemos que el tiempo se nos escapa. La tecnología lo acelera todo y, como sabemos que las cosas irán aún más rápido en el futuro, deducimos que hoy nada es lo suficientemente veloz. Las zonas horarias que poseyeron el alma de William Strachey quedan obsoletas por la luz del día que perpetuamente brilla en internet. Pero lo más extraño de todo esto es que, si pudieran, los primeros relojeros nos dirían que el péndulo se balancea a la misma velocidad que siempre y que los calendarios están fijados con siglos de anticipación. Hemos atraído a nosotros este cáliz de prisas. El tiempo parece pasar más rápido porque nosotros lo obligamos.

Este libro trata sobre nuestra obsesión con el tiempo y sobre nuestro anhelo por medirlo, controlarlo, venderlo, grabarlo, representarlo, inmortalizarlo y darle sentido. A lo largo de las siguientes páginas contaré cómo, durante los últimos 250 años, el tiempo se ha convertido en una fuerza pertinaz que domina nuestras vidas, y me preguntaré por qué, tras decenas de miles de años escudriñando el cielo en busca de señales vagas y volubles, hoy necesitamos exactitud atómica en nuestros teléfonos y ordenadores; y no una vez o dos al día, sino de forma continuada y compulsiva. Este libro tiene dos objetivos sencillos: contar unas cuantas historias esclarecedoras y plantear una pregunta: ¿por qué nos hemos vuelto tan locos?

Hace poco me descargué Wunderlist, una aplicación para teléfonos inteligentes. Está pensada para «clasificar y sincronizar tus tareas domésticas, profesionales y de otros tipos» y te permite «controlar tu lista de tareas pendientes de un vistazo» o «arrastrar desde cualquier aplicación para conocer al momento tus tareas pendientes con nuestro widget “Hoy”». Comprar precisamente esta aplicación, y no otra, no fue una decisión fácil, pues hay muchas: Tick Task Pro, Eisenhower Planner Pro, gTasks, iDo Notepad Pro, Tiny Timer, 2Day 2Do, Little Alarms, 2BeDone Pro, Calendar 366 Plus, Howler Timer, Tasktopus y Effectivator y varios cientos más. En enero de 2016, la sección de Emprendimiento y Productividad de mi proveedor de aplicaciones tenía más productos (la amplia mayoría centrada en el ahorro o la administración del tiempo y la aceleración y optimización de todos los aspectos de la vida) que las de Educación, Ocio, Viajes, Libros, Salud, Deportes, Música, Fotografía o Noticias (todas las cuales también se preocupaban, de alguna manera, por mejorar la eficiencia y ayudar a hacer más cosas, más rápido). Sí, en serio, hay una que se llama «Tasktopus»(1). ¿Cómo hemos llegado a este lugar terrible y emocionante?

 

* * *

 

Cronometrados explora algunos momentos importantes de la historia para intentar dar respuesta a la pregunta anterior. Casi siempre nos acompañarán testigos contemporáneos y modernos, entre los que se cuentan notables artistas, deportistas, inventores, compositores, cineastas, escritores, oradores, sociólogos y, por supuesto, relojeros. Este libro se interesa por las aplicaciones más prácticas del tiempo y no tanto por lo etéreo, y explora el tiempo en cuanto protagonista de nuestras vidas y, a veces, como baremo en virtud del cual juzgamos nuestro valor. Examinamos también unos cuantos casos en que la medición de las cosas temporales, o el concepto de ellas, ha limitado o reestructurado sensiblemente nuestras vidas. Este libro no es una monserga contra quienes viven rápido, aunque muchos de los que aparecen en sus páginas nos darán pistas sobre cómo echar el freno. Tampoco tiene el lector entre sus manos un tratado de física teórica, así que no nos detendremos en dilucidar si el tiempo es real o imaginario ni en preguntarnos qué hubo antes de la gran explosión. Me centraré, por lo contrario, en lo que trajo esa otra gran explosión que fue la Revolución Industrial. No me entretendré tampoco en la ciencia ficción ni en la mecánica del viaje temporal, todo ese «si viajo en el tiempo y mato a mi abuelo, ¿me reencarnaré en otra persona?», o ese despertarse aturdido en plena corte del rey Arturo. Mi punto de vista es racional, concretamente el que expresó Groucho Marx en su famosa frase: «Time flies like an arrow, but fruit flies like a banana»(2)[2].

Cronometrados hace un seguimiento de la flecha del tiempo en la era moderna. En su trayectoria, esa flecha vuela sobre ferrocarriles y fábricas, aunque nuestra gira es principalmente cultural y ocasionalmente filosófica. Ganaremos impulso con las sinfonías de Beethoven y la fanática tradición relojera suiza. Habrá ocasión de empaparse puntualmente de la sabiduría de humoristas irlandeses y judíos. La línea temporal no será tanto lineal como cíclica, dado que el tiempo tiene la manía de plegarse sobre sí mismo (aquí hablaremos, por ejemplo, sobre los inicios del cine antes que sobre los de la fotografía). No obstante, cronológicamente o no, será inevitable, tarde o temprano, topar con el creativo que inventó eslóganes como «Nunca un Patek Philippe es del todo suyo, suyo es el placer de custodiarlo hasta la siguiente generación» e intentar no matarlo. Un poco después, el libro valorará los consejos de los gurús del ahorro de tiempo, descubriremos el motivo por el que un CD dura el tiempo que dura y explicaremos por qué hay que pensárselo dos veces si queremos viajar un 30 de junio.

Ponemos en marcha el reloj, no obstante, con un partido de fútbol, un acontecimiento en el que el tiempo lo es todo.

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Cortesía de Kipper Williams

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1. EL ACCIDENTE DEL TIEMPO

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I. SALIR DEL CAMPO

 

¿Han oído alguna vez aquello de que la comedia es igual a tragedia más tiempo? Esta reflexión apunta a que cualquier desgracia puede resultar divertida si contamos con un periodo de tiempo apropiado para recuperarnos y valorar de nuevo la situación. El director de cine Mel Brooks —a quien el paso del tiempo permitió reírse de Hitler en Los productores— tiene su propia versión: «Tragedia es cuando me corto un dedo. Comedia, cuando por accidente te caes en una alcantarilla y te mueres».

 

* * *

 

Habíamos ido al fútbol. A los tres minutos del tiempo añadido, mi hijo Jake y yo estábamos quitando los candados de nuestras bicis para, acto seguido, poner rumbo a Hyde Park. El primer partido del Chelsea de la temporada había sido pan comido: 2-0 al Leicester, con goles de Costa y Hazard. Estábamos muy contentos por haber vuelto al estadio tras el descanso veraniego. El paseo en bici de regreso a casa también fue muy agradable: un tardío sol de agosto bañaba el parque atestado de turistas.

El día estuvo dominado por el calendario de encuentros hecho público dos meses antes (la hora de inicio del partido fue dictaminada por las televisiones un mes después). Cuando llegó el día del partido, revivimos todos los viejos rituales: a qué hora quedar, cuándo almorzar, cuánto tardarían las pizzas y en traer la cuenta, el paseo hasta el estadio, la longitud de la cola, las canciones que ponían por megafonía antes del pitido inicial (últimamente, Parklife de Blur, acompañada de vídeos de las viejas glorias del equipo en pantalla gigante). Y, por fin, el partido: qué despacio pasa el tiempo cuando ganas y quieres que el árbitro pite ya; qué rápido cuando vas perdiendo.

Decidimos salir un minuto antes para evitar la aglomeración de gente, lo cual fue también una negociación con el tiempo: ¿cómo comparar la posibilidad de perderse un gol en el último minuto con el valor que damos a ahorrarse diez minutos de empujones entre la gente que quiere salir? Parte del público elige salir antes, lo cual estuvo a punto de dar al traste con nuestro propósito. Serpenteamos con nuestras bicis entre la multitud de viandantes de Fulham Road. Mi hijo pequeño, Jake, de 24 años, lleno de energía, pedaleaba un poco por delante de mí, enfilando Exhibition Road y dejando atrás el Albert Hall. Lo estupendo de Hyde Park es la reciente división de la calzada en dos carriles, uno para peatones y otro para ciclistas. Así es fácil rodar hasta la Serpentine Gallery (había una exposición de un artista del que no había oído hablar). Y, de repente, tenía la cara llena de sangre. Noté una brecha abierta que me latía justo por encima del ojo. Mis gafas de sol estaban destrozadas, la bici por el suelo y sentía un intenso dolor sordo en el codo derecho. Alrededor, un grupo de personas con el ceño fruncido. Deduje que la herida que tenía en la frente debía de ser grave. Alguien estaba llamando a una ambulancia y otra persona sacó unos cuantos pañuelos de papel y los apretó contra la herida; los pañuelos se empaparon pronto de rojo.

Era justo como la gente decía: como si el tiempo se ralentizase. Soy capaz de reproducir la caída no exactamente a cámara lenta, sino con todo detalle: todas y cada una de las cosas que estaban ocurriendo en torno al lugar del accidente se alargaron y enlentecieron como si fuera lo último que me tocase vivir. El vuelo desde la bici al suelo (una parábola por los aires más elegante que torpe), el susto y la confusión, la gente repitiendo «ambulancia» una y otra vez. Esta llegó tras seis largos minutos, probablemente por la dificultad de sortear a los hinchas. Recuerdo que me preocupé por mi bici y por quién avisaría a mi mujer. Uno de los técnicos sanitarios de la ambulancia me cortó la manga de la chaqueta y se estremeció imperceptiblemente al comprobar el estado de mi codo. No había huesos al aire, pero tenía una hinchazón del tamaño de un huevo. «Te harán una radiografía, pero te adelanto ya que está roto», dijo el técnico sanitario y, acto seguido, salimos pitando hacia el hospital de Fulham Road, por delante del cual habíamos pasado ni quince minutos antes. Le pregunté si iban a poner la sirena y él me preguntó a mí cómo me había caído.

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El tiempo había sido mi perdición. No iba muy rápido porque el carril estaba atestado. Tenía a Jake delante y había un grupo grande más allá, a nuestra izquierda. Una chica (turista portuguesa, por lo que descubrimos más tarde) se separó medio paso de sus compañeros y se interpuso directamente en mi camino. Yo supe en ese instante que iba a chocar contra ella: no me dio tiempo a frenar ni a sacar la mano, y pareció como si alguien me hubiese arrancado la bici de debajo de las piernas y me hubiese empujado hacia delante. La chica, que tendría veintitantos años, había quedado conmocionada y preocupada. Le dio su número de teléfono a Jake, pero no tenemos ni idea de qué fue de ella. Ya en ese mismo momento, sentado en el césped junto a la Serpentine Gallery, tomé conciencia de que podía haber sido mucho peor y de que, por ejemplo, las gafas se me podrían haber hecho añicos en los ojos y haberme dejado ciego.

Los neurocientíficos deben de estar un poco cansados de escuchar historias sobre la ralentización del tiempo en la escena de un accidente, pero explican gustosos por qué esto ocurre. Los accidentes son acontecimientos que producen alarma y miedo. El cerebro de quienes se caen de una bici o por un precipicio encuentra mucho espacio libre para la impresión de nuevos recuerdos en el córtex. Recordamos estos episodios como acontecimientos importantes, de acción muy vívida, y, cuando los reencuadramos en nuestras cabezas o los narramos a otros, nos parece que son muchas las cosas que ocurrieron en ese lapso de tiempo y que este fue mucho más largo. En comparación con los acontecimientos cotidianos que ya han dejado huella en el córtex y en los que ni siquiera tenemos que pensar (conducir hasta el supermercado mientras pensamos en otra cosa u otras rutinas tan repetidas que podríamos llevarlas a cabo con los ojos cerrados), el suceso novedoso y repentino acapara toda la atención de nuestro cerebro. La silueta poco familiar de una mujer cruzando una línea blanca pintada en el sueño, los guijarros que saltan, el chirrido de los frenos y los gritos de los paseantes: todas estas son cosas poco usuales que debemos procesar mientras intentamos limitar el daño infligido a nuestra vulnerable carne.

Pero ¿qué es lo que ocurre en ese brevísimo lapso? ¿Cómo puede corresponderse un periodo mínimo de tiempo como ese con la larga exposición fotográfica que tenemos en la cabeza? Parece algo imposible. Dos pequeñas porciones de nuestro cerebro llamadas amígdalas (racimos de nervios hipersensibles, incrustados en el lóbulo temporal y dedicados en su mayoría a la memoria y la toma de decisiones) ordenan al resto del cerebro que reaccionen ante las crisis. Esa reacción puede alargarse entre un segundo y cinco (o más), y la desencadenan el miedo o una impresión repentina sobre el sistema límbico, a veces tan fuerte que no la olvidaremos jamás. Sin embargo, la distorsión en nuestra percepción de la duración es solo eso, una distorsión, pues el tiempo del reloj no se digna así como así a ralentizarse o a detenerse para nosotros. Lo que ocurre es que la amígdala registra los recuerdos con mucho mayor detalle; por su parte, la distorsión temporal que percibimos aparece retrospectivamente. El neurocientífico estadounidense David Eagleman, que ha realizado numerosos experimentos sobre percepción del tiempo, vivió ese mismo alargamiento temporal de niño, cuando se cayó de un tejado. En su opinión, es «un truco de la memoria, una interpretación que esta hace de la realidad». Nuestros mecanismos neuronales constantemente intentan calibrar el mundo que nos rodea para crear un relato accesible de la realidad en el tiempo mínimo. Los escritores intentan hacer lo mismo, pues ¿qué es la ficción sino un reposicionamiento del tiempo? ¿Qué es la historia sino el tiempo en retrospectiva, la reevaluación de los acontecimientos en nuestro propio momento?

No estaba yo para demasiadas reflexiones de este tipo, en cualquier caso, mientras la ambulancia me llevaba al hospital. Los técnicos sanitarios siguieron el procedimiento habitual y en urgencias todo el mundo hizo lo propio: allí me quedé sentado durante lo que me pareció una eternidad, esperando a que me vieran. Con mis amígdalas cerebrales ya apaciguadas, me enfrentaba ahora a otro tipo de expansión temporal: la que produce el aburrimiento. Durante dos horas fueron pasando otros pacientes y yo me dediqué a pensar en todo lo que debía cancelar en la ajetreada semana que tenía por delante. Jake había planeado coger el último tren de la tarde a nuestro pueblo, St. Ives, pero lo perdió. Después de un rato llegó mi esposa, Justine. Le conté lo que había ocurrido, todavía con el pañuelo ensangrentado aplastado contra la ceja. Más tarde, las cosas empezaron a moverse y me vi tumbado en una camilla, en un cubículo rodeado de biombos. Una enfermera me preguntó si podía cerrar el puño. Era casi medianoche cuando empezaron a enyesarme el codo para que no lo moviese antes de la operación, y casi la una cuando un médico pasó al final de su turno para decir que tenía que irse a casa con su mujer y su hija de tres semanas, pero que prefería coserme él en vez de que lo hiciera un enfermero en prácticas porque la herida era muy profunda.

Y, entonces, sobre las tres de la mañana, me encontré solo en lo más profundo de los barrios de Chelsea y Westminster. Mi esposa y mi hijo habían tenido que llevar a casa las bicicletas en la parte de atrás del coche y yo no tenía habitación en planta, así que me tuve que quedar tumbado en aquella habitación oscura, atiborrado de analgésicos, con una bata de lunares atada a la espalda, el brazo enyesado apoyado en el pecho y nueve puntos justo por encima de la ceja. Me pregunté cuánto tiempo tendría que pasar allí y cuánto tardarían en operarme. En el exterior de la habitación oía una gotera y a alguien llamando. Me entró un poco de frío.

En esos momentos sentí pasar cada diminuta partícula de tiempo. Ocurrió en agosto de 2014, pero la fecha era irrelevante, arbitraria. Mi mente, siempre subida de revoluciones, se había abierto como un melón y se había quedado patas arriba. En aquel espacio muerto de hospital, me dejé llevar hacia un estado de consciencia en el que el tiempo apremiaba de nuevo, pero, a la vez, imponía una laxitud inédita. Sentí que había regresado a la cuna, a un lugar en el que ya no era dueño de mi tiempo. Me sentí obligado a preguntarme si, de hecho, alguna vez lo había sido. ¿Era todo fortuito o venía predeterminado? ¿Habíamos perdido el control de algo creado por nosotros mismos? Si hubiésemos salido del estadio treinta segundos antes o si hubiéramos pedaleado algo más enérgicamente (apenas una vuelta más de rueda), si el semáforo del Royal Albert Hall nos hubiese retenido, si la chica portuguesa se hubiera deleitado un poco más con la tarta de la merienda o, incluso mejor, si no hubiera viajado a Londres, nada de esto habría pasado, y Jake habría cogido su tren y yo habría visto el resumen del partido en la tele esa noche, y el médico habría llegado un poco antes a su casa para echar una mano a su mujer con la niña. Todo lo que podía entenderse como «tiempo» en una circunstancia como aquella no era sino una autoimposición oficializada por uno mismo: un constructo moderno, calibrado poco a poco a lo largo de generaciones. Me pregunté cómo habría nacido esa alianza entre el ser humano y el tiempo. El tiempo regula el transporte, el entretenimiento, los deportes, los diagnósticos médicos, todo. Este libro se ocupa de las personas y de los procesos que dan carta de naturaleza a ese vínculo.

 

 

II. LA BREVEDAD DE LA VIDA Y CÓMO VIVIRLA

 

Quien alguna vez se haya compadecido de sí mismo en una habitación de hospital hoy haría bien en pensar en Séneca hace dos mil años. Sobre la brevedad de la vida aconsejaba a sus lectores vivir sabiamente, a saber, sin frivolidad. Séneca miraba alrededor y renegaba de cómo la gente gastaba su tiempo: «al uno una avaricia insaciable, al otro una actividad ajetreada los mantienen en tareas superfluas; el uno se empapa de vino, el otro languidece en la holganza»(3). La mayor parte de la existencia, razonaba, no era vida, no era vivir, «sino mero tiempo». Mediada la sesentena, Séneca se quitó la vida cortándose las muñecas en la bañera.

El pasaje más conocido del ensayo de Séneca aparece al principio. Se trata de una famosa cita del médico griego Hipócrates: «La vida es breve, el arte es duradero». Su significado exacto está sujeto a interpretaciones (probablemente no se refería a las colas para entrar en la esperada exposición de Gerhard Richter celebrada recientemente en Londres, sino al mucho tiempo que lleva convertirse en un experto de cualquier campo); de todos modos, el uso que Séneca hace de la frase confirma que la naturaleza del tiempo es un asunto que ya los pensadores de las antiguas Grecia y Roma encontraban sugestivo. Alrededor del 350 a. C., Aristóteles concebía el tiempo como una forma de orden más que como una medida, la disposición según la cual las cosas se relacionan unas con otras. A sus ojos, el presente no era fijo, sino una entidad en movimiento, un componente del cambio continuo, dependiente siempre del pasado y del futuro (y, en especial, del alma). Hacia el 160 d. C., Marco Aurelio expresaba su creencia en la fluidez: «El tiempo es un río y una corriente impetuosa de acontecimientos», opinó. «Apenas se deja ver cada cosa, es arrastrada; se presenta otra, y esta también será arrastrada». Agustín de Hipona, que vivió mucho (entre el 354 y el 430) capturó la esencia efímera del tiempo, que confunde desde entonces hasta al físico cuántico: «¿Qué es, pues, el tiempo? Sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero, cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé».

Mi codo se fabricó el verano de 1959 y se hizo añicos en su quincuagésimo quinto aniversario. Los rayos X mostraban algo parecido a un rompecabezas: los huesos de la articulación estaban hechos pedazos y estos se dispersaban por la radiografía como presos a la fuga. Durante la operación —que, según me aseguraron, sería absolutamente rutinaria— habría que pescar los trocitos y recolocarlos con alambre.

El reloj que llevaba puesto en el momento del accidente también se fabricó en la década de 1950. Se retrasaba entre cuatro y diez minutos al día, dependiendo, entre otros factores, de cada cuánto le diese cuerda. Me gustaba que fuese antiguo (de un reloj así te puedes fiar porque lleva haciendo lo mismo mucho tiempo). Para ser puntual en mis citas tenía que calcular exactamente el retraso del reloj en cada caso. Hacía tiempo que quería llevarlo al relojero, pero nunca encontraba el momento. Disfrutaba mucho de su naturaleza analógica: los muelles, ruedas dentadas y volantes, el hecho de que no necesitara pila. No obstante, lo que más me agradaba era esa connotación de que el tiempo no debía controlar mi vida. El tiempo puede ser una fuerza muy destructiva, y si uno es capaz de guarecerse de sus estragos obtendrá cierta sensación de control, de tener el propio destino entre las manos, al menos horariamente. Lo mejor de todo, en cualquier caso, la definitiva libertad temporal, sería regalar el reloj o tirarlo por la ventana de un tren en marcha.

Cuatro minutos de tiempo, lento o veloz. Fue útil reflexionar sobre ello estando tumbado boca arriba y semiinconsciente, en una habitación a oscuras, dejando que la corriente arrastrase mi barca entre los juncos, buscando el lugar (parafraseando la canción de Clive James) en que intercambiar mis conchas por plumas. Admiro el optimismo de Aristóteles: «Vivimos por los hechos, no por los años; por los pensamientos, no por las exhalaciones; por los sentimientos, no por las marcas del dial. Hay que contar el tiempo en latidos»[3]. Quería unas vacaciones del tiempo y recordé con fruición aquellas palabras de J. B. Priestley: las mejores vacaciones son las que pasamos acompañados de personas cuya noción del tiempo es más vaga que la nuestra.

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Me operaron a la mañana siguiente y, poco después de mediodía, me desperté con la boca seca. Un cirujano se inclinaba sobre mí y una enfermera medía los latidos de mi corazón. La operación había ido bien y podría recuperar un 90 por ciento de la flexibilidad y la pronación en ocho meses, si le daba duro a la fisioterapia.

Entre una sesión de fisioterapia y otra me dediqué a ver mucha más televisión de lo habitual, a enfadarme bastante más de lo que acostumbro y a leer mucho en el Kindle. Era imposible manejar los libros de siempre con una sola mano, como también lo era dar cuerda a mi reloj. Leí Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, el excesivo road trip espiritual de Robert M. Pirsig. Este libro se había convertido en un éxito de ventas explotando una especie de zeitgeist cultural de Occidente, y es un claro ejemplo de lo que los suecos llaman kulturbärer, un libro oportunísimo que cuestiona nuestras premisas sobre los valores culturales. En concreto, la obra de Pirsig desafía el supuesto de que todos queremos tener más y más rápido: más materialismo, una vida más veloz y conectada, más confianza en las cosas que están fuera de nuestro control y comprensión.

En el fondo, Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta trata sobre el tiempo. Empieza con las siguientes palabras: «Sin quitar la mano del manillar izquierdo de la moto, puedo ver en mi reloj que son las ocho y media de la mañana»(4), y durante las siguientes cuatrocientas páginas la tensión apenas afloja. Pirsig nos embarca en una exploración de todo aquello que valoramos y atesoramos en la vida, de lo que vemos y sentimos en el meollo de este viaje. La travesía en moto a través de un paisaje abrasado otorga al viaje una consciencia inmediata. Los motoristas —el autor, su hijo Chris y unos cuantos amigos— cruzan las Grandes Llanuras de Estados Unidos en dirección al estado de Montana y más allá, y no viajan precisamente despacio. «Queremos hacer un buen tiempo, pero para nosotros el énfasis al medirlo está en “buen” más que en “tiempo” y cuando cambias ese énfasis la perspectiva cambia por completo».

Pensé en la persona que había despertado en mí el interés por los libros y las palabras, un profesor de lengua que se llamaba John Couper. En las clases de preparación para el acceso a la universidad, el señor Couper me dejó llevar la letra de «Desolation Row», la canción de Bob Dylan, que analizamos como si se tratase de un poema de Shelley (obviamente, era mucho mejor). Una mañana, el señor Couper se subió al estrado del salón de actos y pronunció un discurso sobre el tiempo. Creo recordar que empezó con un par de citas famosas: «El tiempo que pasamos riendo es tiempo que pasamos con los dioses» (anónima); «Guárdate de la aridez de la vida ajetreada» (Sócrates). Acto seguido, leyó una lista de verbos que recuerdo como sigue: «El tiempo. Podemos dedicarlo, perderlo, ahorrarlo, derrocharlo, ralentizarlo, acelerarlo, vencerlo, ganarlo, controlarlo o matarlo». Dio otros bien traídos ejemplos de usos metafóricos de la palabra tiempo, pero el mensaje global consistía en que nosotros, los alumnos, éramos unos privilegiados por ser jóvenes y tener el tiempo de nuestro lado, pues este no espera a ningún hombre (yo asistía a un colegio que por entonces era masculino). Podíamos hacer lo que quisiéramos con ese tiempo, salvo malgastarlo. Ese consejo se me quedó grabado, pero no es nada fácil aplicarlo en la vida diaria.

A veces me da la impresión de que podría contar mi infancia mediante imágenes relacionadas con la medida y el paso del tiempo. Quizá todos podamos. Un día, cuando tenía yo tres o cuatro años, mi padre trajo a casa un reloj de mesa de oro que venía en una caja forrada de terciopelo martelé color carmesí. Cuando con el dedito apretaba el botón de la parte superior, una campana daba la hora. Recuerdo también el reloj del salón de actos del colegio, el de la cocina y el reloj con alarma que tenía en mi mesita de noche, modelo Big Ben, marca Westclox[4].

Un día estábamos viendo en la televisión el programa del humorista irlandés David Allen. Ver a David Allen en mi casa era bastante arriesgado: era un cómico «peligroso» al que le gustaba escandalizar a los creyentes, que bebía y fumaba en el escenario y que solía alargar los chistes hasta altas horas de la noche. Tenía un aspecto levemente disoluto y había perdido la punta del índice izquierdo, según contaba él mismo, en un escalofriante accidente relacionado con su oficio de humorista (más tarde se supo, no obstante, que se lo cercenó el engranaje de una máquina cuando tenía seis años).

Una noche, en uno de sus programas, Allen se levantó de su silla alta, dejó en la mesa el vaso de cristal tallado y comenzó una de sus anécdotas sobre la peculiar manera en que solemos ordenarnos la vida. «Veamos», decía, «vivimos atados al reloj, de muñeca o de pared. Se nos cría al pie del reloj, se nos cría para respetar al reloj, para admirarlo. La puntualidad. Vivimos la vida en torno al reloj». Allen agitaba el brazo derecho asombrado por tanta locura. «Fichamos en el reloj del trabajo. Volvemos a casa a la hora que nos dice el reloj. Comemos, bebemos y nos acostamos según el reloj. […] Te pasas cuarenta años haciendo lo mismo, te jubilas y ¿qué te regalan? ¡Un puto reloj!».

El taco motivó muchas llamadas de espectadores (había gente que se colocaba cerca del teléfono cuando Allen estaba en directo, como si su programa fuera un concurso). Sin embargo, nadie olvidó el chiste, ni el perfecto manejo que Allen hizo de los tiempos (cada pausa como un redoble de tambor).

Durante la convalecencia me dediqué a perder el tiempo con el iPhone. Una noche, en la cama, sentí la apremiante necesidad de ver películas del actor Bill Nighy. Bajé el brillo de la pantalla y me hice un maratón de YouTube: películas dirigidas por Richard Curtis, y Skylight, la obra de teatro de David Hare. Cuando terminé, hice algo imperdonable: pagué para descargar Una cuestión de tiempo, de Curtis. Es una absurda película sobre una familia, la de Nighy en la ficción, en la que los varones tienen la capacidad de viajar en el tiempo para corregir errores del pasado —una palabra mal elegida por aquí, una cita echada a perder por allá— y alcanzar el deseado final feliz. Como señaló el crítico de cine Anthony Lane, lo normal sería mirar el periódico del día al que viajamos y apostar en el hipódromo a todos los caballos ganadores, al estilo de Regreso al futuro, pero como ha quedado claro tras un siglo de ficciones de todo pelaje, quienes consiguen viajar en el tiempo no suelen ser demasiado astutos. Obviamente, yo deseé poder viajar en el tiempo para no hacer clic en el botón «Comprar» de aquella película.

No obstante, no solo pensé en Nighy por su trabajo como actor. En una ocasión cené con él y con su esposa de entonces, Diana Quick. Lo encontré exactamente igual a como aparece en la mayor parte de sus películas y obras de teatro: traje (cómo no) inmaculado y sólidas gafas; impecable flema y modales ingleses, y una gentileza que te hace creer que todo lo que dice es bien revelador, bien hilarante. Lo que más me gustó de Nighy fue que parecía tener perfectamente cartografiada su vida. Cuando le pregunté a qué dedicaba el tiempo libre, respondió que veía mucho fútbol por la televisión, especialmente los partidos de la Liga de Campeones. Le fascinaba la Liga de Campeones. De hecho, medía el tiempo que le restaba en este mundo en temporadas de la Liga de Campeones. Nighy daba por buenos sus siguientes 25 años, el resto de su vida mortal, siempre que el Barça fuese capaz de entretener a un espíritu elegante, pero exhausto como el suyo, con un fútbol veloz y de toque, y que el equipo obligara por ley a que el balón no estuviera en posesión de un mismo jugador más de siete segundos.

Fui recuperándome, mi codo mejoró y pude sostener libros de papel de nuevo. Me di cuenta de que en casi todo lo que me daba por leer subyacía la exploración del tiempo: en cada historia y en cada libro. Y también en todas las películas que veía: todas las tramas hacían referencia al tiempo o dependían de él, y lo que no estaba ambientado en un tiempo imaginario constituía una ficción histórica. En periódicos y televisión, pocas noticias podían destacarse que no estuvieran relacionadas con un aniversario de algo.

La palabra tiempo domina, además, el idioma. Cada tres meses el Oxford English Dictionary añade unas 2.500 definiciones nuevas o revisadas a la versión en línea de su tercera edición (la versión impresa de la segunda tiene veinte tomos que contienen 615.000 lemas). Muchas de las nuevas palabras son argot y muchas otras derivan de la cultura popular o de las nuevas tecnologías. En contraste con las palabras nuevas, el más famoso de los diccionarios ingleses mantiene también una lista de los vocablos más usados del idioma, que son los esperables: the («el», «la», «los», «las»), be («ser»), to («a») y, por supuesto, and («y»). Pero ¿cuáles son los sustantivos más usados? Month («mes») aparece en el puesto número 40. Life («vida»), en el 9. Day («día»), en el 5, y year («año»), en el 3. Person («persona») alcanza el puesto número 2. Pero la palabra más usada en inglés es time («tiempo»)(5).

El Oxford English Dictionary observa que el léxico inglés utiliza time no como una palabra, sino como una filosofía. Del tiempo y sus derivados dependen muchas acciones descritas por expresiones diversas: On time («a tiempo», «a su hora»), last time («la última vez que…»), fine time («un rato agradable»), fast time («un buen tiempo [en una carrera]»), recovery time («tiempo de recuperación [de una enfermedad]»), reading time («hora de leer»), all-time («de todos los tiempos»). La lista de expresiones y frases hechas con time en inglés es eterna. No permite ni por un instante olvidar la irrefutable presencia del tiempo en nuestras vidas. Basta leer el comienzo de esta lista para imaginar que hemos ido demasiado lejos, que estamos viajando demasiado rápido hacia la reinvención del tiempo o a su completo detenimiento. No obstante, como veremos en el capítulo siguiente, hubo una época en que creímos que ambos hechos eran posibles y deseables.

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Contrarrevolucionario: el reloj de diez horas encuentra un nuevo admirador.
Cortesía de Simon Garfield

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2. DE CÓMO LOS FRANCESES ECHARON A PERDER EL CALENDARIO

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Pedo de lobo, nuez, trucha, cangrejo de río, alazor, nutria, cesto de oro, trufa, arce azucarero, prensa de vino, arado, naranja, cardón, aciano, tenca. A finales de enero de 2015, Ruth Ewan colocaba el último de sus 360 objetos en una amplia y luminosa sala que daba a Finchley Road, en Londres, para intentar dar la vuelta al tiempo. Ewan, nacida en la ciudad escocesa de Aberdeen en 1980, es una artista muy interesada en el tiempo y en sus radicales ambiciones. Ese nuevo proyecto, titulado Back to the Fields («De vuelta a los campos») ilustraba una regresión histórica tan audaz y perturbadora que el visitante casual posiblemente calificase aquella instalación de brujería o de locura.

Sí que parecía brujería. Entre los objetos, colocados en su mayoría sobre el suelo de parqué, se contaban también una calabaza, escaravía, malvavisco, escorzonera, un cesto de pan y una regadera. Algunas de estas verduras y hortalizas se estropeaban con facilidad en el interior, así que en la muestra se veía algún que otro hueco. Las uvas, por ejemplo, se pudrían rápido, por lo que la artista o alguno de los empleados del Camden Arts Centre tenían que ir cada tanto a un supermercado cercano a por más. Los objetos hacían pensar en una fiesta de la cosecha como las que se celebran en las escuelas e iglesias británicas, pero carecían de cualquier motivación religiosa. Además, los productos no se habían elegido ni dispuesto de forma aleatoria. Por ejemplo, entre la cebada tremesina y la castellana se habían colocado deliberadamente el salmón y los tubérculos, y, entre el champiñón y la chalota, mediaban 60 productos diferentes.

Estos aparecían separados en grupos de 30, en representación de los días del mes. Cada mes se dividía, a su vez, en tres semanas de diez días, aunque el número de días por año fueran los de siempre, 365 o 366. El desfase de cinco o seis días del cálculo hecho por Ewan se compensaba con una serie de días festivos inventados, dedicados, respectivamente, a la Virtud, el Talento, el Trabajo, la Convicción, la Opinión y, en los años bisiestos, a la Revolución. El concepto en sí era, en realidad, revolucionario y, en definitiva, iba más allá del mero arte demasiado historiado o pensado para provocar. Se trataba de una representación vívida de una idea: que el tiempo puede empezar de nuevo y la modernidad, correr libre por los campos y la naturaleza.

Ruth Ewan había recreado el calendario republicano francés. Este calendario fue una muestra más del rechazo político y académico al ancien régime y consecuencia práctica de la propuesta de asaltar el tradicional calendario gregoriano como lo habían sido antes la Bastilla y las Tullerías.

Sorprendentemente, este nuevo calendario caló durante un tiempo (quizá no tan sorprendentemente: la guillotina seguía resplandeciendo al sol del otoño). Se hizo oficial el 24 de octubre (el día poire [«pera»] de brumario) de 1793, aunque, en realidad, comenzó a contar desde el 22 de septiembre (raisin [«uva»] de vendimiario) de 1792, fecha que marcó el inicio del Año I de la República. Este cambio radical se mantuvo durante doce años, hasta el 1 de enero de 1806, cuando Napoleón Bonaparte presumiblemente pensó ça suffit.

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Aparte de esta obra agraria y de temporada, en el exterior de la sala, Ruth Ewan había instalado una segunda recreación. Colgó bien alto un reloj que tenía solamente diez horas. La obra se inspiraba en otro experimento de los revolucionarios franceses, también abocado al fracaso: la decimalización de la hora, que habría supuesto una completa reconfiguración del día.

Cuatro años antes, Ewan había intentado confundir a todo un pueblo con unos reloje ...