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CUATRO MILLONES DE GOLPES

Eric Jiménez

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Fragmento

Prólogo

La importancia de llamarse Ernesto

y la estupidez de llamarse Eric

Quiero dejarlo claro desde el principio: la música no me ha salvado la vida.

Corre el año 2013, y estoy a bordo de un avión que me lleva a Barcelona para tocar con Los Planetas en el Primavera Sound. El festival celebra el decimoquinto aniversario de Una semana en el motor de un autobús, considerado uno de los mejores discos del pop en español. Voy un poco dolido. Por cuestiones internas de la banda he estado a punto de no tocar en este concierto, lo que me habría producido una gran tristeza, pero pesaban mucho más las razones para estar en Barcelona interpretando las canciones de este álbum y sentir el calor del público.

En realidad llego a Barcelona un día antes. El bolo no es hasta mañana, pero me gusta pillar un pelotazo veinticuatro horas antes de cada concierto, porque, como bien dice mi gran amigo Antonio Arias, de Lagartija Nick, así toco como «toro apuntillao», más calmado. Si subiera al escenario borracho y drogado, como piensa la gente, no sería capaz de llevar ningún ritmo. Eso es solo una leyenda; yo lo hago veinticuatro horas antes. Nos hospedamos en el hotel Barcelona Princess, frente al Fórum, donde tiene lugar el Primavera Sound. Las vistas de la suite dan al festival. Me asomo a la ventana y recuerdo todas las veces que he tocado allí. Bajo a dar una vuelta por el recinto, saludo a los típicos artistas de turno y empiezo mi particular pelotazo. Toca Wilco, y no sé por qué cojones pero siempre que coincidimos en el mismo festival me tropiezo con ellos en el ascensor del hotel, algo que, por supuesto, sucede también esta noche. En otro de mis ridículos encuentros de ascensor coincidí con Manolo Escobar después de un bolo en Valencia. Yo no había dormido esa noche. Llamé al ascensor, y de buenas a primeras apareció él. Estábamos solos en el ascensor, pero juro que no hubo un momento Axe. Él me miraba como diciendo: «Soy Manolo Escobar». Y yo lo sabía, joder, pero a mí no me apetecía saludarlo de ninguna manera. ¿Qué coño le iba a decir? «¿Buenos días, don Manuel? ¿Dónde está su carro?» Fueron los treinta segundos más horribles que he vivido en un ascensor. Quería que bajara a la velocidad de la luz y que ambos siguiéramos por nuestro camino, que es exactamente lo que pasó. Me refiero a lo de seguir nuestros caminos, lo otro creo que todavía es imposible.

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Cuando me cruzo con Wilco esa noche no sé que acabaré en su concierto imitándolos como si el que cantara fuera Albertucho. No puedo entender que haya tanta gente flipándolo con ellos, así que salto lo máximo posible y en el momento más álgido grito: «¡Wilco, catetos!». Siempre he pensado que todos los folkies son unos catetos porque llevan la misma ropa que los granjeros de Estados Unidos y cantan canciones de campo y todas esas mierdas.

Ya empiezo a sentir el pelotazo. Los pelotazos dependen de en qué circunstancias de tu vida te encuentras. Influye mucho el estado anímico. Cualquier droga es un potenciador de tu estado anímico. Si estás depresivo, provocará que te sientas aún peor. Si estás bien, te encontrarás mucho mejor. A menudo, cuando la gente tiene la intención de pillarse un pelotazo, suele empezar con tres cañas y tres tapas. Así hasta beberte nueve cervezas, y luego whisky, ron y ginebra. Pero yo odio el alcohol. Odio su sabor, solo lo bebo por el efecto que causa. Por eso mezclo en una misma noche alcohol blanco y oscuro, para potenciar al máximo la sensación.

La siguiente fase en mi pelotazo es la imitación. Me encanta imitar a la gente. De hecho, antes de insultar a alguien, interpreto su personaje y no lo insulto hasta el momento en que lo imito. Me gusta meterme en la piel e imitar los gestos de cualquiera para descubrir así la pedrada psicológica que tiene en su cerebro. A todas las personas que he insultado en mi vida, antes las he imitado. También es verdad que, en otras ocasiones, al hacerlo he descubierto que en su interior hay una gran persona. Mi don de la imitación llega a tal punto que soy capaz de coger una guitarra y en un segundo cantar igual que el artista que me pidan. Los camerinos e infinidad de habitaciones de hotel de todo el mundo han sido testigos de tal espectáculo. Además de eso, soy capaz de preguntarle a la gente que está observando el número de qué quieren que hable la próxima canción e inmediatamente saco un hit. Básicamente compongo éxitos. Sin descanso. A eso me dedico. Os estaréis preguntando por qué entonces no soy yo el que compone los temas en los grupos de los que formo parte. Es muy sencillo: siempre es mejor que componga el cantante, porque quien vaya a interpretarlo tiene que creerse lo que canta. Y, en realidad, prefiero dedicarme a la batería, que es lo que mejor se hacer.

Una juerga conmigo es una mezcla entre estar con Buñuel y Peter Sellers. Me declaro fan incondicional de ambos. Mi padre tenía un aire a Peter Sellers, pero el día en que lo imité, cuando era pequeño, descubrí una cobardía dentro de él que me provocó un rechazo absoluto hacia su persona. Jamás volví a imitarlo. A día de hoy sigo pensando que no hay nada mejor que meterte en la piel de alguien para criticarlo o aprender de él.

Al haber tenido muchos altibajos desde bien pequeño, por diferentes razones que contaré más adelante, era una persona muy retraída, lo que me llevó a probar las drogas prematuramente. Las drogas me enseñaron cómo quería ser yo, hasta que aprendí a ser yo sin necesidad de ingerirlas; porque si las tomo no soy yo, sino superyo. Ahora lo más nocivo que tomo es un Danonino.

Quizá por el ejercicio de la batería siempre he tenido una gran velocidad mental, y cuando me tomo unas copas esa velocidad aumenta. Igual que en los conciertos. Allí debo llevar ritmos con mucha rapidez tanto física como mental, y me gusta mucho improvisar. En mitad de una canción, en cuestión de una milésima de segundo, mi cerebro me dice: «Tienes que pasar a otra parte totalmente diferente y en menos de un segundo darle a cinco platos de la batería». Y lo hago. Pase lo que pase. Igual me sucede cuando estoy en pleno pelotazo. Un año, en Benicasim, vi a unos moteros muy grandes, con la piel cubierta de tatuajes y una pinta poco aconsejable para entablar una conversación. Por supuesto, me acerqué a ellos y le dije a uno:

—Oye, nene, ¿cuántos Phoskitos te has tenido que comer para llenarte el cuerpo de calcomanías?

Claro, en ese instante procedieron a darme una hostia, pero como yo era más veloz que ellos, salí corriendo.

Si estoy en pleno pelotazo y en ese segundo, a una velocidad devastadora, se me ocurre algo sobre la vida de la persona que tengo enfrente, cojo y la suelto. Me viene a la memoria el año 83. Estaba en la discoteca Jackie O’, un local en el que se ponía una música diferente a lo que sonaba entonces en Granada: The Cure, Joy Division, Love and Rockets y un largo etcétera. Aquella música hacía frente a la famosa movida madrileña. Recuerdo a Ricardito, un tonto pollas que iba siempre vestido con camisas de abogado laboralista. Por lo visto desapareció quince días porque se fue a Madrid, y cuando volvió apareció vestido de Peter Pan, un estilo muy de esa época. Yo respeto muchísimo cómo se viste la gente y todas las tendencias posibles, pero, claro, cuando vi a Ricardito en aquella discoteca con una pluma en la cabeza sencillamente le dije: «¿Qué cojones haces, Ricardito? Pareces gilipollas». Lo perdí como amigo. De aquello aprendí que es preferible criticar por la espalda que insultar a la cara; eso sí, imitando antes a la víctima.

El pelotazo de la noche previa a nuestro concierto en el Primavera Sound, después de Wilco, acaba sin heridos, pero podría haber sucedido cualquier cosa, como siempre. Amanezco en la suite del hotel. Tengo resaca, pero eso es algo bastante normal. Estoy habituado a ella. Paseo despacio por la suite con un cigarro en la boca mientras pienso en la actuación que me espera esa noche. Enciendo el hilo musical y cambio de emisora varias veces hasta dar con una en la que suena Siouxsie and the Banshees.

Cuando tenía catorce años comencé a imitar a Budgie, el batería de Siouxsie and the Banshees. Copiaba sus movimientos y su actitud. No llegué a alcanzar su técnica hasta después de muchos años. Mientras los escucho en la radio recuerdo el concierto que cambió mi vida, el día en que Budgie se convirtió en una de mis influencias. Aquella noche fue un antes y un después en mi manera de tocar la batería. Corría el año 82. O eso creo. No soy bueno para las fechas, es probable que la mitad me las invente o sean aproximadas, pero poco importa eso. Esto es mi biografía y no la enciclopedia de la Segunda Guerra Mundial. El concierto era en el Rock-Ola, en Madrid, y tocaban ellos, Siouxsie and the Banshees, la banda rival de Blondie. Entonces yo tenía apenas catorce años y tocaba con los KGB. Estábamos de viaje en Madrid porque íbamos a grabar un tema para una recopilación que se llamaba Punk Qué? Punk. Nos acompañaban los 091, que iban a grabar su primer single. Cogimos el tren García Lorca, que era un expreso que salía de Granada a las once de la noche. Era el primer desplazamiento que hacía con la banda. Tardé muchos años en dejar de mearme en la cama y tenía miedo de que me pasara en el tren. Por eso en ese tipo de ocasiones directamente lo que hacía era no dormir para evitarlo. Así estuve mucho tiempo. Gracias a los conciertos dejé de mearme encima. A nivel psicológico me ayudaron a detener ese trauma.

Habíamos firmado con la casa DRO para grabar el LP. Estuvimos grabando por la noche en un estudio de las afueras de Madrid que se llamaba Colores y 091 lo hacía al día siguiente, el del concierto. Recuerdo a la perfección muchas cosas de ese viaje: el sonido del tren, las tertulias con los chicos de 091 y KGB en los pasillos, el olor a bocadillo de chorizo de los obreros que cogían a diario ese expreso, los hombres que olían a Varón Dandy y a tabaco, y las mujeres que atufaban a Maderas de Oriente, un perfume casposo de aquella época. Todos nos sentíamos muy nerviosos porque íbamos a Madrid, la ciudad donde estaban pasando todas las cosas importantes del país. La parada del tren en Alcázar de San Juan era bastante mítica. Allí se subía siempre un hombre cargado con bocadillos para vender. A las ocho de la mañana el comentario de la gente era siempre el mismo:

—¡Mirad, mirad la nube de polución! ¡Ya estamos en Madrid!

Me impactó mucho ver el escaléxtric de la capital. Yo llevaba los ojos bien abiertos, pues era la primera vez que iba a una ciudad como Madrid y todo era una novedad para mí. Unos cuantos años más tarde viajaría a Nueva York con Los Planetas para grabar Una semana en el motor de un autobús. Algo que en ese momento no podía ni sospechar.

La compañía DRO tuvo el detalle de invitarnos al concierto de Siouxsie and the Banshees, en el que interpretaban el disco Once Upon a Time: The Singles. Yo no los había oído nunca y les dije que prefería quedarme a ver y escuchar la grabación de 091. No daban crédito, y me insistieron en que tenía que ir a ese concierto, a descubrir a la chica que estaba haciendo la música más interesante del momento y conocer la famosa sala Rock-Ola. Me convencieron, aunque tenía el problema de la edad para entrar. Por suerte yo había sido previsor y días antes había solicitado el DNI en la comisaría. Tardaban unos días en expedirlo, y mientras tanto te daban un justificante de que tu documento estaba en trámites; ya me había encargado yo de falsificarlo para no tener problemas. Recuerdo que el Rock-Ola estaba en la calle Padre Xifré. El colorido del ambiente era acojonante. Hasta esa edad todos mis recuerdos son en sepia, el tono que ofrecía la televisión, cuyos dos únicos canales empezaban a evolucionar a otros muchos. De pronto mi vida empezó a tener color. Mis ojos ya no se encontraban solo con reuniones de tunos y obreros en las calles, ahora percibía la variedad de las tribus urbanas de Madrid congregadas en un mismo lugar, el Rock-Ola: mods, technos, rockers, after-punks, siniestros... Aquello era un espectáculo de luz y color para mi vista. Además, allí podías ver a gente conocida como Ricardo Texidó, de Danza Invisible, Alaska, Ana Curra, entre otros muchos, que eran fans de Siouxsie and the Banshees. Todo el mundo se tomaba las primeras cervezas en el bar de al lado, y ahí descubrías que no eras el único que había venido de fuera a disfrutar de aquella noche, de aquel lugar.

Entramos en el hall del Rock-Ola, cuyas paredes estaban cubiertas de fotografías con todas las bandas que allí habían tocado. Por ese lugar había pasado la crème de la crème. Era una de las primeras salas de Madrid donde había una programación alucinante. Yo no era muy alto, y el local comenzó a llenarse de punks con sus Martens y sus crestas peinadas a la perfección. Recuerdo el momento en que se apagaron las luces y oí cuatro golpes de caja. En realidad, eran los cuatro palillazos de entrada del concierto. Imaginad cuando de verdad entró todo el sonido de Israel; con la primera canción que sonó aquella noche me quedé acojonado. Allí estaba Budgie. Llevaban al guitarrista de Ultravox con una borrachera considerable. Se tambaleaba sin cesar. Siouxsie apareció bailando con unas maracas. En aquel entonces, en lugar de aplaudir, si te gustaba el concierto tenías que escupir. Era una manera de agradecer al grupo lo que el público estaba recibiendo. Con mi problema de edad y de estatura comencé a recibir pisotones de los punkis que se movían al ritmo del bombo. Allí aprendí a llevar el contratiempo de la batería; tenía que saltar así, porque si saltaba a la vez me pisaban. Siouxsie recibió una lluvia de escupitajos y, cabreada, dijo: «Españolos, idiotos». Supongo que ella venía del punk de 1977, y aquí la moda de escupir llegó un poco tarde. Además, yo si ...