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DIARIO DE UN VAMPIRO EN PIJAMA

Mathias Malzieu

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Fragmento

Para Rosy, mi flor de combate, para mi hermana y mi padre, para todos los superhéroes con y sin bata blanca que no han abandonado el barco durante la tormenta.

¡prospera, libro mío!, despliega las velas blancas, embarcación mía, y atraviesa las olas imperiosas,

canta, navega, surca el azul ilimitado que se extiende desde mí a los siete mares para llevar esta canción a los marineros y a todos sus barcos.

WALT WHITMAN, Hojas de hierba,

traducción de Eduardo Moga

(Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2014)

Era la primera vez que un paciente venía a mi consulta en skateboard.

Profesor PEFFAULT DE LATOUR

Acabo de atravesar el infierno en autoestop. El auténtico infierno. No aquel que tiene fuego y unos tipos con cuernos que escuchan heavy metal, no, sino el infierno del que no sabes si saldrás con vida.

HACER EL TONTO POÉTICAMENTE

ES UN OFICIO ESTUPENDO

6 de noviembre de 2013

«Haces demasiadas cosas al mismo tiempo, ya no tienes veinte años», me decían.

Ya descansaré cuando esté muerto.

Soy un adicto al entusiasmo. Tengo el cráneo tan lleno de cuevas de Alí Babá que casi se me saltan los ojos. Nunca me aburro, salvo cuando me hacen bajar el ritmo. Mi corazón lanza fuegos artificiales. Soy un auténtico hombre-volcán y por mis venas corre lava. Busco la convulsión eléctrica de la sorpresa. No sé vivir de otra forma.

Siempre he soñado con ser un superhéroe, principalmente para salvarme a mí mismo. Pero acabar con mis demonios sería demasiado sencillo, en realidad los necesito. Si los mato, me mato. Por más que he deseado ser inventor, crooner, mediopoeta, ilusionista, patinador en skate de plástico, comedor de mujeres de piel de crepe o imitador de animales salvajes, soy insomne, y estoy angustiado y cansado por haber creído demasiado. Como si me hubiese tomado el pelo a mí mismo.

Perder a mi madre marcó un antes y un después en mi bulimia creativa. Desde entonces no ha dejado de crecer. A cada cual sus muletas, las mías son peonzas eléctricas: solo puedo apoyarme en ellas cuando están en movimiento. Las reglas son simples: no detenerse, tampoco frenar y sobre todo no permanecer encerrado en ninguna parte, ni en sentido literal ni en el figurado. Hacer el tonto poéticamente es un oficio estupendo.

El rock es un oasis de adrenalina para niños perdidos. De existir una carretera para poder dar la vuelta al mundo siguiendo el ecuador, mi grupo Dionysos habría recorrido en camión esos cuarenta y cuatro mil kilómetros más de cuatro veces. Somos una tribu eléctrica formada por amigos desde hace ya veinte años. Siento como en el escenario me crecen alas en la cabeza. La fricción del combustible emocional me transporta. Cuando en la médula de mis huesos siento vibrar el rumor de la multitud, no puedo sino entregarme sin límites. El problema es que doy más de lo que tengo. Soy el más tonto de los dragones. El que escupe chispas y se chamusca las alas con ellas.

Sin embargo, en el horizonte siguen surgiendo maravillosos retos. Viajar al sur, ver a mi familia en un lugar que no sea un camerino después de un concierto, ir al cine en bicicleta y puede que incluso ser padre.

Últimamente todo se interrelaciona. Conducido por la montaña rusa de mi gira-película-libro,[1] me parecía que mi abrumador cansancio era algo más o menos lógico. No he tenido vacaciones en dos años, he descansado poco y he tomado poco sol, aunque sentía una al

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