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EL ÁNGEL (COLOMBA Y DANTE 2)

Sandrone Dazieri

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Fragmento

Antes

Los dos prisioneros que quedan en la celda hablan en voz baja El primero trabajaba en una fábrica de zapatos. Mató a un hombre mientras estaba borracho. El segundo era un policía que denunció a un superior. Se durmieron en la cárcel y se despertaron en la Caja.

El fabricante de zapatos duerme la mayor parte del día, el policía no duerme casi nunca. Cuando ambos están despiertos hablan para mantener a raya las voces. Cada vez son más fuertes, ahora ya gritan todo el tiempo. A veces también hay colores, tan brillantes que los ciegan. Es el efecto de los medicamentos que deben tomar todos los días, es el efecto del casco que les ponen en las cabezas y que hace que se retuerzan igual que gusanos en una sartén ardiendo.

El padre del fabricante de zapatos estuvo en una prisión de su ciudad en la época de la guerra. En los sótanos había una habitación en la que a uno le hacían estar de pie, en equilibrio sobre una tabla, y si se movía, acababa cayendo en el agua gélida. Otra era tan pequeña que los presos solo podían estar acuclillados. Nadie sabe cuántas personas fueron torturadas en los sótanos de aquella casa, nadie sabe cuántas personas fueron asesinadas. Miles, dicen.

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Pero la Caja es peor. Si uno tenía suerte, desde aquel antiguo edificio podía volver a casa. Herido, violado, pero vivo, como el padre del fabricante de zapatos.

En la Caja uno solo puede esperar la muerte.

La Caja no es un edificio, no es una cárcel. Es un cubo de hormigón sin ventanas. La luz del día se filtra a través de las rejillas del patio que está sobre sus cabezas, un patio que quienes son como ellos pueden ver solo una vez, la última. Porque cuando te sacan al aire libre significa que para entonces ya estás demasiado enfermo. Porque atacaste a un guardia, o mataste a un compañero de celda. Porque te has mutilado, o has empezado a comer tus excrementos. Porque ya no reaccionas a los tratamientos y te has vuelto inútil.

El policía y el fabricante de zapatos todavía no han llegado a ese punto, aunque saben que les falta poco. Los han machacado, han implorado y rogado, pero no se han extraviado, no del todo. Y cuando la Chica llegó, trataron de protegerla.

La Chica debe de tener trece años, tal vez menos. Desde que fue trasladada a la celda con ellos no ha dicho ni una palabra. Solo los ha mirado con sus ojos de color cobalto, que con la cabeza rapada parecen enormes.

No interactúa, permanece distante. El policía y el fabricante de zapatos no saben nada de ella, salvo las hipótesis que han atravesado los pasillos de la Caja. Ya puedes encerrar a unos prisioneros en el lugar más impenetrable y cruel, separarlos, esposarlos, arrancarles la lengua: todavía encontrarán la manera de comunicarse. Golpeando en las paredes con el código morse, susurrando en las duchas, enviando notas en la comida o en el cubo de los excrementos.

Algunos dicen que entró en la Caja con toda su familia y es la única superviviente. Algunos, que es una gitana que siempre ha vivido en la calle. Sea cual sea la verdad, la Chica no la revela. Permanece en su rincón, prestando atención a sus movimientos, desconfiada. Hace sus necesidades en el cubo, coge la comida y el agua que le corresponden, sin hablar nunca.

Nadie conoce su nombre.

Han sacado a la Chica tres veces de la celda. Las dos primeras volvió con sangre en la boca y la ropa hecha jirones. Los dos hombres, que creían que ya no tenían nada en su interior, lloraron por ella. La lavaron, la obligaron a comer.

La tercera vez el policía y el fabricante de zapatos se han dado cuenta de que será la última. Cuando los guardias vienen para llevarte al patio, cambia el sonido de sus pasos, cambian sus formas. Se vuelven más amables, más tranquilos, para que no te pongas nervioso. Te hacen recoger tu manta, tu plato de estaño, que apestan a desinfectante y que se asignarán al próximo prisionero, y te llevan arriba.

Al abrirse la puerta, han tratado de levantarse para protegerla, y la Chica por primera vez ha parecido consciente de esos dos hombres que han compartido con ella la celda durante casi un mes. Ha negado con la cabeza, luego ha seguido a los guardias con pasos lentos.

El fabricante de zapatos y el policía han esperado el ruido del camión, el que se lleva los cuerpos desde el patio después de la cuchilla, porque es una cuchilla de carnicero lo que te da la bendición para el último viaje. Un breve trayecto, apenas fuera de los muros, donde hay un campo rodeado por la nieve y por la nada. Fue otro preso el que lo contó, porque estaba en el equipo que entierra los cuerpos. Dijo que hay por lo menos un centenar bajo tierra, y que ya no tienen ni cara ni manos: la Caja no quiere que sean reconocidos, en caso de que los encuentren. Luego el prisionero que enterraba a los muertos se perforó los oídos con un clavo para tratar de acallar las voces. Ahora él también ha hecho el último viaje.

Han pasado veinte minutos, pero el policía y el fabricante de zapatos aún no han oído el viejo motor diésel ponerse en marcha traqueteando. Bajo las voces de sus cabezas, bajo los gritos de las celdas vecinas solo hay silencio.

Luego la puerta de la celda se abre de golpe. No es un guardia, no es uno de los médicos que los visitan regularmente.

Es la Chica.

Lleva el pijama repleto de sangre e incluso una salpicadura le ha llegado a la frente. No parece importarle. Lleva en la mano el gran manojo de llaves que pertenecía al guardia que la ha escoltado al exterior. Las llaves también están manchadas de sangre.

—Es hora de marcharse —dice.

En ese momento el sonido de la sirena rasga el aire.

1.

La muerte llegó a Roma a las doce menos diez minutos de la noche con un tren de alta velocidad procedente de Milán. Entró en la estación de Termini, se detuvo en la vía número 7 y descargó en el andén a una cincuentena de pasajeros con pocas maletas y rostros cansados, que se repartieron entre el último viaje del metro y la fila de los taxis, luego se apagaron las luces de a bordo. Del coche de lujo extrañamente no salió nadie —las puertas neumáticas habían permanecido cerradas— y un somnoliento jefe de tren las desbloqueó desde el exterior y subió para comprobar si alguien se había quedado dormido.

Fue una mala idea.

Su desaparición la detectó al cabo de unos veinte minutos un agente de la Policía Ferroviaria que esperaba al jefe de tren para tomar una cervecita en el bar de los marroquíes antes de acabar el turno. No eran amigos, pero a fuerza de encontrarse entre las vías habían descubierto que tenían cosas en común, como la pasión por el mismo equipo de fútbol y las mujeres con un trasero generoso. Se subió al coche y descubrió a su compañero de copas acurrucado en el pasillo de intercirculación, con los ojos abiertos como platos y las manos en la garganta, como si quisiera estrangularse a sí mismo.

De su boca había salido un chorro de sangre que había dejado un charco en la alfombrilla antideslizante. El agente pensó que era el muerto más muerto que había visto en su vida, pero aun así le tocó el cuello en busca de un latido que sabía que no iba a encontrar. Probablemente un infarto, pensó. Podría haber continuado el examen del convoy, pero existían reglas que debían respetarse y molestias que evitar. De manera que se bajó de inmediato y llamó al Centro de Operaciones para que enviaran a alguien de la Policía Judicial y avisaran al juez de guardia. No vio por tanto el resto del coche ni lo que contenía. Le habría bastado con extender la mano y deslizar la puerta de cristal esmerilado para cambiar su destino y el de los que vinieron después de él, pero ni siquiera se le pasó por la cabeza.

Así que la inspección ocular le tocó a un subcomisario de la sección tercera de la Brigada Móvil —a la que todo el mundo, excepto los policías, llamaba Homicidios—. Se trataba de una mujer que se había reincorporado al servicio después de una larga convalecencia y de una serie de contratiempos que habían sido objeto de debate durante meses en todos los talk shows. Se llamaba Colomba Caselli y, más adelante, alguien consideró que su llegada había sido un golpe de suerte.

Ella no.

2.

Colomba llegó a la estación de Termini a la una menos cuarto con un coche de servicio. El conductor era el agente de primera Massimo Alberti, de veintisiete años y con una de esas caras que parecen de crío incluso en la vejez, con pecas y pelo claro.

Colomba, por el contrario, tenía treinta y tres años en el cuerpo y alguno más en los ojos verdes que cambiaban de tonalidad según su estado de ánimo. Llevaba el pelo negro recogido firmemente en la nuca, lo que evidenciaba más aún sus fuertes pómulos, orientales, tomados de quién sabía qué lejano antepasado. Se bajó del coche y se dirigió hasta el andén en el que permanecía el tren llegado de Milán. Se encontraban allí cuatro agentes de la Policía Ferroviaria, dos de ellos sentados en el ridículo biplaza eléctrico que la policía utilizaba dentro de la estación, y los otros dos al lado de los topes de vía: eran jóvenes y todos ellos estaban fumando. A escasa distancia algún curioso sacaba fotografías con su móvil y un pequeño grupo de unas diez personas entre empleados de la limpieza y paramédicos discutía en voz baja.

Colomba mostró su identificación y se presentó. Uno de los agentes la había visto en los periódicos y esbozó la sonrisa idiota de costumbre. Ella fingió no darse cuenta.

—¿Qué vagón es? —preguntó.

—El primero —respondió el que tenía mayor graduación, mientras los demás se colocaban detrás de él, casi como para usarlo de escudo.

Colomba trató de mirar a través de las ventanillas oscuras, pero no distinguió nada.

—¿Quién de vosotros ha subido?

Hubo una ronda de miradas incómodas.

—Uno de nuestros compañeros, pero ha terminado su turno —dijo el de antes.

—De todas formas no ha tocado nada, solo ha mirado. Nosotros también, aunque desde el andén —dijo otro.

Colomba negó con la cabeza, irritada. Un cadáver significaba pasar la noche en blanco, a la espera de que el juez y el forense terminaran, y una infinidad de documentos e informes que habría que rellenar: no le sorprendió que el agente se hubiera pirado. Podría quejarse a sus superiores, pero a ella tampoco le gustaba perder el tiempo.

—¿Sabéis quién es? —preguntó mientras se ponía los guantes de látex y los cubrezapatos de plástico azul.

—Se llama Giovanni Morgan, formaba parte del personal del tren —dijo el de más alta graduación.

—¿Ya habéis avisado a la familia?

Otra ronda de miradas.

—Está bien, no he dicho nada —Colomba le hizo una señal a Alberti—. Trae la linterna del coche.

Este se marchó y regresó con una Maglite de metal negro, de medio metro de largo, que en caso necesario funcionaba mejor que una porra.

—¿Quiere que suba con usted?

—No, espera aquí y mantén a los curiosos a raya.

Colomba advirtió por radio a la Central de que iba a proceder a la inspección; luego, al igual que quien la había precedido, buscó el latido en el cuello del jefe de tren y, al igual que quien la había precedido, no lo encontró: la piel del muerto estaba fría y viscosa. Mientras le preguntaba a la Central si estaban yendo para allí el forense y el juez de guardia, se percató de un extraño sonido de fondo. Conteniendo la respiración, se dio cuenta de que lo formaban al menos media docena de móviles sonando todos a la vez, en una cacofonía de timbres y vibraciones. Procedía del otro lado de la puerta del compartimento de lujo, el que tenía butacas de cuero y platos precocinados firmados por un chef televisivo.

A través del cristal lechoso, Colomba vio las luces verdosas de las pantallas de los móviles que vibraban proyectando largas sombras. No era posible que todos fueran aparatos olvidados, y la única explicación que se le ocurría le parecía demasiado monstruosa para ser verdad.

Pero lo era, Colomba lo entendió cuando forzó la puerta corredera y la asaltó el hedor de la sangre y de los excrementos.

Todos los pasajeros del vagón de lujo estaban muertos.

3.

Colomba lanzó dardos de luz con la linterna en el interior del vagón, iluminando el cadáver de un pasajero de unos sesenta años con traje gris, que había acabado en el suelo con las manos entre los muslos y la cabeza echada hacia atrás. La sangre brotada de su garganta le había recubierto la cara como una máscara. ¿Pero qué coño ha pasado aquí?, se preguntó.

Se internó lentamente, prestando atención a no pisar nada. Detrás del primer cadáver, tumbado de lado en el pasillo había un jovencito con la camisa abierta y sus ceñidos pantalones blancos empapados de excrementos. Un vaso de vidrio le había rodado hasta delante de la cara, manchándose con la sangre que le salía de la nariz.

A su izquierda había un anciano aún sentado en su sitio, empalado por el bastón de paseo, que tenía metido en la boca por el extremo de la contera; la dentadura le flotaba en el regazo, en medio de un bolo de sangre y vómito seco. Dos hombres de origen asiático, con el uniforme del personal de restauración, yacían echados uno sobre la mesita de servicio y el otro sobre las rodillas de una mujer trajeada y con zapatos de tacón alto, también muerta.

Colomba notó que se le cerraban los pulmones y tomó una profunda bocanada de aire. Ahora que se estaba habituando, notaba en esa peste un extraño regusto dulzón que no pudo reconocer. Le trajo a la mente cuando su madre, siendo ella niña, intentaba cocinar algún pastel que acostumbraba a quemarse en el horno.

Avanzó hacia el otro extremo del vagón. Un pasajero de unos cuarenta años estaba echado con la postura de Superman, el puño derecho hacia delante y el brazo izquierdo a lo largo del cuerpo. Colomba lo dejó atrás y echó un vistazo al baño: un hombre y una mujer, el primero con el mono naranja de los limpiadores, estaban desplomados en el suelo con las piernas entrelazadas. La mujer al caer había golpeado el lavabo con la nuca y el borde estaba manchado de sangre y de cabellos. En ese momento la llamaron de nuevo por la radio. «Su conductor pregunta si puede subir a bordo», graznó la Central.

—Negativo, ya me pongo en contacto con él directamente, cierro —dijo con voz casi normal, luego llamó al móvil de Alberti—. ¿Qué ocurre?

—Doctora… Hay gente que estaba esperando a los pasajeros…, dicen que tendrían que estar en ese tren.

—Espera —Colomba abrió la puerta que comunicaba con el resto del tren y echó un vistazo en el vagón de primera clase. Estaba vacío, y también estaban vacíos los siguientes. Para asegurarse, llegó hasta el último coche, luego volvió atrás—. ¿Iban en el vagón de lujo?

—Sí, doctora.

—Si estás con ellos, aléjate, no quiero que te escuchen.

Alberti obedeció colocándose al lado de la locomotora.

—¿Qué ha pasado?

—Están todos muertos. Todos los pasajeros del primer vagón.

—Oh, joder. ¿Y cómo ha sido?

El corazón de Colomba le dio un vuelco. Se había movido como en trance, pero ahora se daba cuenta de que esos desafortunados que estaban a su alrededor no tenían heridas visibles, aparte del anciano empalado con el bastón. Tendría que haber salido pitando en cuanto vi al revisor.

Aunque probablemente habría sido demasiado tarde de todos modos.

—Doctora…, ¿sigue ahí? —preguntó Alberti preocupado por su silencio.

Colomba se revolvió.

—No sé qué los ha matado, Alberti, pero debe de ser algo que han ingerido o respirado.

—Dios bendito… —Alberti estaba al borde del ataque de pánico.

—Cálmate, porque tienes una tarea importante: debes impedir que nadie se acerque al tren. Ni la Científica, ni el juez, hasta que lleguen los equipos del NBC. Si alguien lo intenta, lo detienes, le disparas, pero no dejes que suba —Colomba notaba cómo le chorreaba el sudor frío por la espalda. Si es ántrax, ya estoy lista, pensó. Si es gas nervioso, tal vez tenga una oportunidad—. Segundo. Tienes que encontrar al agente que subió al tren, que te den su dirección sus compañeros, porque tendrán que someterlo a aislamiento. Tampoco los otros pueden marcharse, en especial si se han estrechado las manos, intercambiado cigarrillos, ese tipo de cosas. Y también los familiares que están allí. Si han entrado en contacto físico con vosotros, tendrás que retenerlos.

—¿Y tengo que contarles la verdad?

—¡Ni lo intentes! Avisa a la Central para que localicen a todo el personal del tren, a todos los que puedan haber estado en contacto con los pasajeros. Pero antes pide que envíen a los equipos de descontaminación. Dilo a través del teléfono, no utilices la radio o se desata el pánico. ¿Me he explicado bien?

—¿Y usted, doctora?

—Ya he hecho la gilipollez de subir. El veneno puede continuar activo y yo podría haberme convertido en un foco de contagio. Ya no puedo salir sin correr el riesgo de contagiar a otra persona. ¿Lo has entendido todo?

—Sí —la voz de Alberti parecía a punto de quebrarse.

Colomba colgó. Volvió al pasillo por donde había entrado y cerró la puerta de acceso al primer vagón tirando de la palanca de emergencia. Luego eligió un asiento libre en el vagón de primera clase, que comparado con el de lujo parecía cosa de pobres, y esperó a saber si iba a sobrevivir.

4.

Los equipos de emergencia de los bomberos, con monos de tyvek y equipos de respiración autónoma, activaron el protocolo de emergencia Nuclear, Bacteriológica y Química. Tomaron el control de la zona estableciendo un perímetro de seguridad, luego recubrieron los vagones de tren con lonas de plástico antitranspirante, y crearon una pequeña cámara de aire en la entrada del primero.

En el interior, Colomba esperaba verificando de modo obsesivo su propio estado de salud, en busca de síntomas de contaminación. Las glándulas parecían funcionar correctamente, no sudaba más de lo normal ni temblaba, pero no sabía cuánto tiempo tardaba el virus o el veneno en hacer efecto. Tras dos horas de paranoia, mientras la peste y el calor se habían hecho insoportables, dos soldados con un mono hermético subieron a bordo. El primero sostenía un mono similar al suyo, el segundo la apuntó con el fusil de asalto.

—Ponga las manos detrás de la nuca —dijo su voz amortiguada tras el equipo de respiración autónoma.

Colomba obedeció.

—Soy la subcomisaria Caselli —dijo—. Soy yo quien ha dado la alarma.

—No se mueva —dijo el militar con un fusil, mientras su compañero la cacheaba con movimientos seguros, a pesar de los gruesos guantes.

Le quitó la pistola reglamentaria y la navaja automática, las metió en una bolsa de plástico con cierre hermético y pasó la bolsa a un tercer militar que se había quedado en los escalones exteriores del tren. Este, a su vez, les tendió una bolsa más grande, que entregó a Colomba.

—Desnúdese por completo y ponga la ropa en la bolsa —dijo—. Luego vístase con el mono.

—¿Delante de vosotros? —preguntó Colomba—. No.

—Si no lo hace, estamos autorizados para dispararle. No nos obligue.

Colomba cerró los ojos por un momento y pensó que había cosas peores que desnudarse en público. Por ejemplo morir vomitando sangre o con una bala en la nuca. De todos modos, señaló con el dedo hacia la Combat Camera que el del fusil llevaba colocada sobre el casco.

—Está bien. Pero tú esa la apagas. No quiero acabar desnuda en internet, por muy viva o muerta que esté.

El soldado tapó el objetivo con una mano.

—Dese prisa.

Colomba se desnudó rápidamente, consciente de las miradas de los hombres sobre ella. Vestida, la musculatura de los muslos y de los hombros la hacían parecer más gruesa de lo que era, pero desnuda recuperaba las proporciones secas de una mujer que ha pasado la vida manteniéndose en forma. Se enfundó el pesado mono y los dos soldados la ayudaron a colocarse el respirador.

Colomba era una buceadora experta, pero la máscara y el sonido de su respiración en sus oídos le provocaron de inmediato una sensación opresiva. Una vez más sintió un pequeño espasmo en los pulmones, pero una vez más fue solo un fantasma que desapareció con rapidez. Los soldados la empujaron afuera, escoltándola a través de los cordones que rodeaban el tren, empaquetado como una obra de Christo.

Alrededor, el Apocalipsis.

Eran las cuatro de la mañana y en la estación iluminada como si fuera de día por grupos electrógenos del ejército tan solo había soldados, carabineros, policías, bomberos y agentes de paisano. No había ningún ruido de trenes que llegaran o que partieran, no había anuncios por los altavoces o charlas de viajeros con sus móviles, sino únicamente el sordo retumbar de las botas que resonaban contra la cúpula, roto por las órdenes gritadas por los oficiales y por las sirenas de los coches patrulla.

Los soldados hicieron subir a Colomba a una autocaravana equipada como laboratorio móvil, aparcada en el centro del pasillo de las taquillas. Un médico militar comenzó a extraerle sangre y fluidos tras abrir un agujero a través de un parche de goma que Colomba tenía sobre el brazo. Mediante el mismo sistema, el médico le puso una inyección que le subió a la boca un sabor ácido.

Nadie le dirigió la palabra. Nadie respondía a sus preguntas ni a sus peticiones, ni siquiera a las más elementales. Al cabo de media hora de ese trato, Colomba perdió el control y empujó al médico contra la pared de la autocaravana.

—Quiero saber cómo estoy, ¿entiendes? ¡Y quiero saber qué he respirado!

Sus ojos se habían convertido en dos trozos de jade.

Dos soldados aferraron a Colomba, aplastándola contra el suelo con los brazos a la espalda.

—¡Quiero respuestas! —gritó ella de nuevo—. ¡No soy un prisionero! ¡Soy una oficial de policía, cojones!

El médico se puso de pie. Bajo la capucha, las gafas se le habían resbalado de la nariz.

—Está bien, está bien —murmuró—. Estamos a punto de darle el alta.

—¡Pues ya podíais haberlo dicho antes, coño!

Los soldados la soltaron, ella se levantó lanzando deliberadamente un codazo en el estómago al que tenía más cerca.

—¿Y mis compañeros?

El médico trató de ponerse otra vez las gafas sobre la nariz sin quitarse los guantes y a punto estuvo de cegarse con la patilla.

—Todos están bien. Se lo aseguro.

Colomba se quitó el casco. Dios, qué bueno era el aire que no olía a su sudor. Cinco minutos después le devolvieron la ropa y pudo volver a sentirse un ser humano y no un pedazo de carne al que pinchar y medir. Tenía un dolor de cabeza espantoso, pero estaba viva y unas horas antes no habría podido jurarlo. En la estación, mientras tanto, habían apagado los grupos electrógenos, aunque seguía reinando una atmósfera irreal de ocupación militar. Los cadáveres estaban dentro de sacos blancos con cierre hermético, alineados junto al tren. Faltaban un par, debido a que ya los habían llevado a otra de las autocaravanas para su examen.

El mando principal Marco Santini se separó del grupo de agentes que estaba junto a la salida del metro y se acercó hasta ella cojeando de la pierna izquierda. Era alto, con un bigote que parecía de alambre y una nariz aguileña. Llevaba un abrigo raído y una gorra plana irlandesa que le daban aspecto de jubilado, aunque si uno lo miraba detenidamente a la cara, se veía que era un peligroso hijo de puta.

—¿Cómo estás, Caselli?

—Dicen que bien, yo tengo que pensármelo.

—Me han dado algo para ti —Santini le entregó la bolsa con las armas que le habían aprehendido—. No sabía que ibas por ahí con una navaja automática.

—Es un talismán —dijo ella, metiéndosela en el bolsillo de la chaqueta—. Y funciona mejor que un trébol de cuatro hojas si alguien te está tocando las pelotas.

—No es exactamente reglamentaria.

—¿Eso te supone un problema?

—No, mientras no me la claves en la espalda.

Colomba enganchó la cartuchera de la Beretta en el cinturón: en situaciones tranquilas la llevaba en el hueco de la espalda para que fuera menos visible. En verano era un drama.

—¿Qué posibilidades hay de que se trate de un accidente? ¿Una fuga química, algo por el estilo?

—Cero —Santini se quedó mirándola—. Ya ha llegado la reivindicación. ISIS.

5.

En el vídeo, que parecía filmado con un teléfono móvil, aparecieron dos hombres de complexión media, que llevaban pantalones vaqueros y camisetas oscuras, capuchas negras y gafas de sol. Por los matices de la piel de los brazos podían ser juzgados como de Oriente Medio. Jóvenes, menores de treinta años, sin tatuajes ni cicatrices en las partes visibles.

Detrás de ellos colgaba una sábana que impedía ver el resto de la habitación.

Los dos dirigieron por turnos un agradecimiento a su Dios; luego, un saludo deferente al califa Abu Bakr al-Baghdadi, el jefe iraquí del ISIS. Ambos llevaban en la mano una hoja que leían levantando de vez en cuando la mirada hacia el objetivo. Hablaban en italiano.

—Somos soldados del Estado Islámico —dijo el que quedaba a la izquierda de la pantalla—. Hemos sido nosotros los que han atacado el tren que se negó a nuestros hermanos emigrantes y que frecuentan los ricos que financian la guerra contra la religión verdadera.

Intervino entonces el de la derecha, que tenía una voz más grave y un acento claramente romano.

—No dejaremos nunca de combatir contra vosotros, en los viajes turísticos, en los de trabajo o mientras estáis durmiendo en vuestras casas. Lo que estamos haciendo es totalmente legítimo, según la ley del Corán. Vosotros atacáis a los verdaderos creyentes, los encarceláis, los bombardeáis: nosotros os atacaremos a vosotros.

El de la izquierda.

—Conquistaremos Roma, destruiremos vuestras cruces y esclavizaremos a vuestras mujeres, con la bendición de Alá. No os sentiréis seguros ni siquiera en vuestras alcobas.

—Por eso llevamos la cara cubierta, para poder seguir actuando hasta que muramos como mártires —concluyó el de la derecha.

El vídeo terminó entre un silencio sepulcral. Se había proyectado en la pantalla LCD del Club de Viajeros Frecuentes de la estación de Termini, custodiado por los hombres del Grupo Especial de Intervención de los carabineros, con el verdugo sobre las caras y los fusiles de asalto. En el interior, unos cincuenta oficiales de las diversas fuerzas de policía y del ejército se apiñaban entre los sofás de diseño ondulado. Cuando se encendieron de nuevo las luces, comenzaron a hablar todos a la vez y el general de los carabineros que presidía la reunión se vio obligado a pedir silencio.

—De uno en uno, por favor.

—¿Creen que representan a un grupo más grande o que son solo ellos dos? —le preguntó un oficial de policía.

—De momento ambas hipótesis son igual de válidas —dijo el general—. Como saben, en la actualidad cualquier loco con ira por desfogar se proclama soldado del Califato. Es cierto que este atentado ha requerido un nivel de preparación mayor y materiales que no resultan fáciles de conseguir. Por lo tanto, la existencia de un vínculo con los mandos del ISIS es posible.

Colomba, que había estado en un rincón, apoyada en una de las paredes de cristal esmerilado, levantó la mano.

—¿Había objetivos sensibles en el tren?

Algunos se dieron codazos al verla, pero el general ni se inmutó.

—No, señora, por lo que nosotros sabemos. Sin embargo, la investigación acaba de comenzar —miró a todo el mundo—. El gabinete de crisis del Ministerio del Interior se acaba de reunir con el primer ministro y el ministro del Interior. Les comunico que el nivel de alerta se ha elevado a Alpha 1, lo que les recuerdo que significa la posibilidad de nuevos ataques terroristas. Se ha movilizado a todas las fuerzas policiales y de seguridad. Roma ha sido declarada zona de exclusión aérea, por el momento el tráfico aéreo se ha restringido en todo el país. La estación de Termini también permanecerá cerrada hasta nueva orden y el metro dejará de funcionar hasta que termine la inspección de los artificieros.

Hubo un instante de silencio mientras los presentes trataban de digerir la gravedad de la situación. Italia se había convertido en zona de guerra.

—¿Qué han utilizado los terroristas? —preguntó el oficial de policía de antes.

El general hizo un gesto a una mujer vestida con traje oscuro. Era Roberta Bartone, del Laboratorio de Análisis Forense de Milán, Bart para los amigos. Colomba sabía bien sus méritos, pero no esperaba encontrarla allí.

—Doctora, por favor —dijo el general—. La doctora Bartone del Labanof está coordinando los exámenes de las víctimas.

Bart ocupó su sitio detrás del mostrador que servía de podio y conectó el portátil a la pantalla LCD.

—Les aviso de que habrá algunas imágenes fuertes.

Pulsó la barra de espacio. En la pantalla apareció la fotografía de lo que parecía una bombona de aerosol de gran tamaño envuelta en cinta de embalar: de la boquilla de la bombona salían dos cables eléctricos conectados a un temporizador que funcionaba con pilas.

Hubo un poco de alboroto mientras los participantes de la reunión se movían para ver mejor; alguien protestó desde atrás porque no veía nada.

—Durante la inspección —dijo Bart—, los artificieros han encontrado esta bombona de aire comprimido de un litro conectada al sistema de ventilación —la fotografía cambió mostrando un panel abierto en la pared del tren: por detrás pasaban cables eléctricos y tubos de goma—. A las 23:35 se ha activado una válvula de solenoide y ha hecho que la bombona liberara el gas que contenía en el interior del vagón de lujo. La válvula estaba conectada a un Nokia 105 de origen francés, un teléfono de usar y tirar, al que probablemente llamaron desde otro también desechable. La Policía Postal lo está investigando.

Bart pulsó de nuevo. La pantalla mostró una imagen de conjunto del vagón tomada desde la puerta por la que también había entrado Colomba. Los primeros cuerpos se veían con claridad. Bart pulsó de nuevo, haciendo pasar las imágenes de los cadáveres. Alguien murmuró.

—El gas ha producido un efecto casi inmediato en cuanto ha sido inhalado: ha provocado convulsiones, relajación de los esfínteres y hemorragias internas.

Otra pulsación. Apareció el viejo con el bastón.

—A pesar de que parece una agresión, la herida es autoinfligida, causada por las convulsiones in limine mortis. Por el aspecto de los cuerpos y dada la rapidez de la defunción, los responsables del NBC pensaron inicialmente que se trataba de gas nervioso, VX o sarín. Por eso se activó el protocolo previsto para el aislamiento total de la zona pulverizada. A mi llegada a la escena, sin embargo, y tras un primer examen de los cuerpos, me percaté de las hipostasis precoces de un rojo claro.

Clic. La mancha rosácea en la espalda desnuda de uno de los cadáveres sobre la mesa de autopsias.

—Y me fijé en la brillantez de la sangre.

Clic. La mancha de sangre en uno de los asientos.

Un policía salió deprisa por las puertas automáticas tapándose la boca.

—Esto me hizo pensar en algo diferente al gas nervioso —continuó Bart—, y, de alguna manera, más clásico, hipótesis que resultó ser exacta tras el examen de las muestras —hizo una pausa—. Cianuro —dijo, con un ligero temblor en la voz.

Clic. El esquema de una molécula.

—Ácido cianhídrico en forma gaseosa —continuó en un tono más firme—. Como muchos de ustedes saben, el cianuro actúa mediante el procesamiento del hierro en las células e interrumpiendo la cadena de la respiración. Las víctimas mueren entre convulsiones, debido a que los glóbulos rojos ya no transportan el oxígeno a los tejidos. Se ahogan a pesar de seguir respirando. El oxígeno permanece en la sangre, que por eso a nuestros ojos parece más brillante de lo normal.

Clic. La imagen de una ventana del coche de lujo.

—El gas en el aire se ha dispersado en el vagón a través de la puerta y las rendijas de las ventanillas, ayudado por el movimiento del tren y por la despresurización operada en los túneles.

Clic. El jefe de tren muerto.

—Aún había una concentración altamente tóxica de gas cuando el jefe de tren abrió las puertas, y por desgracia se vio expuesto a una dosis que resultó mortal. Por suerte, en ese momento el cianuro se había dispersado más en el aire, aunque el agente Polfer, que hizo la primera inspección ocular, inhaló lo suficiente como para tener problemas respiratorios y por ello perdió el conocimiento mientras regresaba a su casa. Fue socorrido inmediatamente y está fuera de peligro.

Hubo más murmullos. Bart hizo una pausa, mientras el general de los carabineros pedía de nuevo silencio y Colomba pensaba en la ley del contrapaso para el escaqueado ese de la Policía Ferroviaria.

—En cualquier caso —continuó Bart—, todos los que han estado en contacto con los cadáveres y el vagón han recibido una profilaxis con Cyanokit. Aparte de unas pocas náuseas o dolor de cabeza, no van a tener problemas.

—¿Por qué el gas se ha extendido solo en el primer vagón? —preguntó el general, después de estudiar las imágenes.

—Porque hemos tenido suerte.

Clic. El dibujo sucinto de una serie de tubos que a Colomba le pareció trazado sobre un trozo de papel con un lápiz, y que probablemente lo era.

—¿Ven el círculo rojo? Aquí se encuentra un intercambiador de calor que divide el flujo de aire que va al vagón de lujo y el que va hasta los otros vagones —Bart señaló con una pluma otro círculo más pequeño—. La bombona se conectó en este punto, cinco centímetros por encima del nudo del sistema de ventilación. Si los atacantes hubieran conectado la bombona por debajo del intercambiador de calor, el gas se habría extendido por todos los compartimentos del tren, incluida la cabina del conductor. El número de muertos sería muchísimo mayor.

Hubo algunas preguntas más, pero el dolor de cabeza de Colomba se había convertido en una tortura y salió de la sala para respirar un poco de aire.

Maurizio Curcio la alcanzó en el umbral unos segundos después y se encendió un cigarrillo. Era el jefe de la Móvil y, desde que Colomba se incorporara de nuevo al servicio, siete meses atrás, la relación entre ellos siempre había sido cordial.

—¿Está usted bien? —preguntó. Se había afeitado el bigote hacía poco y Colomba aún no se había acostumbrado: el labio superior arqueado le daba un aspecto perpetuamente irónico, casi malvado.

—Solo estoy algo atontada. ¿Hay alguna posibilidad de averiguar la procedencia del cianuro?

—No es fácil, según la doctora. Es casero, no industrial. Se obtiene a partir de plantas que crecen por todas partes, como el lauronosequé.

—Lauroceraso —dijo Colomba, que había tenido uno en el jardín cuando trabajaba en Palermo, la única planta que había conseguido que no se le muriera rápidamente—. El ISIS cuenta con un laboratorio en Italia, entonces.

—O tal vez solo un arsenal con provisiones, probablemente lo uno y lo otro, o muchos. La verdad es que no sabemos una mierda —tiró la colilla en una papelera repleta—. Salvo que tarde o temprano tenía que suceder.

—Podía haber sido peor.

—Pero no sabemos lo que tienen en la cabeza ahora esos hijos de puta, y hay que encontrarlos antes de que vuelvan a intentarlo. Vaya a casa a descansar, venga, parece a punto de caerse al suelo.

—No creo que sea el mejor momento, doctor.

—Por lo menos dese una ducha, Colomba. Ya sé que no es amable decirlo, pero apesta usted como un vestuario.

Ella se sonrojó.

—Nos vemos en la oficina.

Se acercó a saludar con rapidez a Bart, quien la abrazó calurosamente («Nunca llamas», etcétera), luego hizo que la llevara a casa un agente casi jubilado temeroso de la Tercera Guerra Mundial, y permaneció con la mirada fija en la ciudad que fluía del otro lado de la ventanilla. Cuando se le cerraban los párpados, reaparecían los rostros contorsionados de los pasajeros envenenados, mientras que el olor a desinfectante que tenía en la ropa volvía a ser el del vagón invadido por la sangre y la mierda. Y luego un hedor más antiguo, el de los muertos quemados y despedazados por el C-4 en un restaurante de París, donde a punto estuvo de perder la vida. El Desastre, como ella lo llamaba.

Vio de nuevo a la anciana estallar y descuartizar con su cuerpo a sus vecinos de mesa, al joven marido que ardía al atravesar la ventana. En un momento dado se quedó realmente adormilada, y se despertó con el sonido de su propia voz en los oídos, y una sensación desagradable en la garganta, como cuando uno habla haciendo esfuerzos. Debía de haberlo hecho de verdad, porque el agente que conducía la observaba con el rabillo del ojo un poco intimidado.

Entró en la casa tambaleándose. Su apartamento estaba en un antiguo edificio en el Lungo Tevere, a escasa distancia del Vaticano, un piso de dos dormitorios amueblado un poco en el mercadillo y un mucho en Ikea. Colomba vivía allí desde hacía casi cuatro años, pero seguía siendo un tanto impersonal y poco vivido, salvo una esquina de la sala de estar con un sillón de cuero rojo rodeado de pilas de viejos libros comprados en los puestos ambulantes. Se los llevaba a sacos, mezclando obras maestras en edición económica con novelitas de autores olvidados. Le gustaban la sorpresa y la variedad y, si no la enganchaban, dado lo limitado del precio, no le suponía un problema tirarlos en el contenedor de papel después de unas pocas páginas. En ese momento estaba avanzando lentamente en el Bel-Ami de Maupassant, en una edición tan deteriorada que a veces las páginas se le rompían al pasarlas.

Se metió bajo la ducha y un poco más tarde, mientras se secaba en un albornoz de estilo japonés, recibió la llamada telefónica de Enrico Malatesta. Enrico era asesor financiero y había sido el novio de Colomba hasta que ella acabó en el hospital después de la explosión de París, destrozada por los sentimientos de culpabilidad y los ataques de pánico. Luego él se escapó, y había vuelto a dar señales de vida un par de meses atrás, con la excusa de una vieja fotografía hallada en el cajón, igual que en una canción de los Pretenders.

Por nostalgia, decía, aunque más probablemente se debiera a que sus nuevas historias iban mal. Colomba no fue capaz de mandarlo al infierno. Lo había querido y había follado muy bien con él, lo que siempre le impedía colgarle el teléfono en los morros.

—Me he enterado de lo del atentado —dijo él. Por los sonidos de fondo, Colomba se dio cuenta de que ya estaba en el parque, probablemente el de Villa Pamphilj. Le gustaba correr temprano por las mañanas, les gustaba a los dos—. En internet dicen que tú también estabas.

—Entonces será verdad.

—Venga, ¿estabas allí o no?

Colomba salió del baño y se sentó en el borde de la cama, que la atraía como un imán.

—Estaba allí.

—Yo pensaba que el rayo nunca cae dos veces en el mismo lugar.

—Qué tacto… De todas formas no es cierto. Con mi trabajo, te conviertes en pararrayos —algunos más que otros, de todas formas.

—¿Cómo era?

—¿Me has llamado para obtener los detalles más apetitosos?

—Sabes que siempre me gustaron —dijo con voz alegre.

¿Me estás lanzando indirectas?, se preguntó con el tono que usaría su madre. ¿Qué se te ha pasado por la cabeza?

—No los hay —zanjó—. Muertos horribles y punto.

—Dicen que corre por ahí una reivindicación.

—Dicen.

—Y que utilizaron gas.

—Sí —luego añadió impulsivamente—: He estado a punto de respirarlo yo también. Mejor dicho, tal vez he respirado una cantidad requetemínima.

—Estás bromeando…

—No.

—¿Cómo estás?

El tono de Enrico se había vuelto cálido y sincero, pero Colomba se preguntó si lo era de verdad o si se trataba de uno de sus jueguecitos. En ese momento decidió creerle y se dejó caer sobre la cama, con el albornoz abierto sobre los muslos. De pronto sintió un deseo tan ardiente por Enrico que se metió una mano entre las piernas.

—Estoy bien, no te preocupes —dijo.

¿Qué coño estás haciendo? ¿Te acuerdas de que este es el capullo que te dejó mientras seguías en el hospital? Se acordaba de ello, pero también se acordaba de otras cosas.

—¿Cómo puedes decirme que no me preocupe? Por supuesto que me preocupo. ¿Estás en casa? Voy a pasar a verte antes de ir a la oficina.

Sí, pasa.

—No, estoy a punto de salir, en otro momento.

No me escuches y pasa.

—Tardo cinco minutos —añadió Enrico, que sentía cómo la resistencia de Colomba iba cediendo.

Sí. Ven. Ahora, pensó.

—No, tengo que irme —y colgó. Eres una zorra, se increpó. ¿Te parece el momento? La cama y la languidez la habían relajado, sin querer cerró los ojos y se deslizó dulcemente en un agujero negro.

Los abrió una hora más tarde con el sonido del teléfono fijo que no reconoció al principio, hasta tal punto estaba poco acostumbrada a utilizarlo. A tientas alcanzó el inalámbrico y casi se le cayó de las manos, que parecían anestesiadas. Era el secretario de Curcio, quien le exigía que se incorporara de inmediato: iban a empezar los registros.

6.

El Departamento de Investigación de la Policía del Estado se encontraba en la quinta planta del antiguo convento dominico que albergaba la comisaría de la Via San Vitale, a dos pasos de las ruinas de los Foros Imperiales. Colomba fue hasta allí a pie para despertarse del todo, una caminata que incluía cruzar la Piazza di Trevi. A las diez y media de una mañana normal habría allí una masa compacta de turistas alrededor de la fuente de Bernini, pero ese día no vio más que a un grupo reducido que parecía divertirse poco. Psicosis de bomba, eviten los lugares públicos, pensó, pese a que no había estallado ninguna bomba. Por el momento, al menos. Tras cinco minutos más de caminata, cruzó el portón con el rótulo SUB LEGE LIBERTAS, y subió hasta la quinta planta, con las nuevas secciones de la Móvil, donde noventa agentes se repartían diecinueve oficinas, dos lavabos, una sala de reuniones, una fotocopiadora y dos impresoras (de las cuales, una estaba permanentemente estropeada), así como una sala de espera para los visitantes y una salita de seguridad. Debido a la emergencia, se habían revocado los permisos y desmontado los turnos, y había más gente de lo habitual por los pasillos. Pocas sonrisas y miradas sombrías, televisores y radios encendidos por todas partes.

Algunos de sus compañeros conocían su mala suerte y trataron de hacerle preguntas, pero ella los dribló y se metió en la sala de reuniones, atestada y calurosa, donde escuchó con otros treinta funcionarios, todos ellos con diferentes grados de cansancio en el rostro, las disposiciones del Ministerio del Interior. Los terroristas no habían sido identificados aún y se había puesto en marcha un operativo para obtener información e identificar a los extremistas islámicos presentes en el territorio, así como a presuntos simpatizantes. En pocas palabras, iban a mirar hasta debajo de las piedras para ver si se encontraba algo que resultara útil.

—La operación ha sido llamada Tamiz —dijo Curcio al tiempo que se volvía hacia el viejo mapa de Roma colgado en la pared junto a otro de Italia todavía más viejo, que se mantenía pegado con cinta adhesiva—. Y está en marcha, o se pondrá en marcha en las próximas horas, en las principales ciudades italianas. Nos hemos dividido Roma con los primos del Arma de los carabineros y los Boinas Verdes. A nosotros nos toca encargarnos de Centocelle, Ostia, Casilina y Torre Angela.

Todos eran suburbios, con una fuerte presencia de la pequeña delincuencia y de tráfico de drogas. Alguien detrás de Colomba se quejó en voz baja.

—Nunca nos toca la Via del Corso…

—Cada equipo —continuó Curcio— tendrá como responsable a un oficial que reclutará a tres agentes de su propia sección. Tendréis el apoyo de las patrullas, de la Unidad de Intervención Rápida y habrá un mediador cultural. Cada equipo estará a cargo de un miembro de la Fuerza Operativa que ha sido creada por el Ministerio del Interior para coordinar nuestros efectivos y los de los otros. No os planteéis temas de graduación y de antigüedad, ya que la responsabilidad de la operación será de ellos y son ellos los que tienen la autorización de los servicios secretos. ¿Hay alguna pregunta?

No había ninguna, al menos ninguna que fuera sensata, y Colomba vio cómo le asignaban la zona de Centocelle, al este de la ciudad, porque allí se hallaba un centro islámico que conocía: uno de los parroquianos había estrangulado a su mujer y fue ella la que lo esposó pocos días después de su reincorporación al servicio.

—Traigamos para casa lo que encontremos, si es que encontramos algo —dijo Santini cuando Colomba fue a su oficina para recibir las últimas indicaciones.

Estaba sentado en su escritorio, con la pierna izquierda apoyada en el tablero. Se la habían operado un año antes, colocándole un trozo de plástico en el lugar de una arteria, y todavía le funcionaba la mitad de lo que debería y le dolía el doble de lo que jamás había sentido. El triple.

—Aunque sea por un permiso de residencia caducado, detienes a todo el mundo y cierras el local.

—Vamos a echar gasolina al fuego —dijo Colomba—. Menuda mierda.

—Así es como funciona el mundo, Caselli. ¿Quieres poner en duda la autoridad superior? —dijo irónico.

Colomba resopló.

—¿Alguna indicación más, jefe?

Él se puso un cigarrillo en la boca. Se lo fumaría delante de la ventana abierta, como hacía siempre, fuera verano o invierno.

—Chaleco para todo el mundo, ¿okey? Y no me vayas por libre como de costumbre.

Colomba salió de la oficina de Santini, recuperó el chaleco antibalas del armario y a los Tres Amigos[1] en la sala común, que se pusieron en pie de un salto en cuanto la vieron. Los Tres Amigos eran Alberti, el inspector Claudio Esposito, calvo y con físico de jugador de rugby, suspendido en dos ocasiones por haberles levantado la mano a sospechosos y a compañeros, y el subcomisario Alfonso Guarneri, un tipo esquelético con barba gris, alegre como un dolor de muelas. El nombre era un invento de Alberti, aunque nadie lo usaba. Colomba pensaba que el más adecuado para ellos sería los Tres Pringaos, ya que de no ser por ella permanecerían en la oficina gestionando el papeleo a la espera de la jubilación.

Mientras viajaban hacia Centocelle, se colocó en el asiento de atrás y leyó las actualizaciones sobre la investigación que había pedido que le imprimieran. El hombre muerto con el traje gris era el doctor Adriano Main, anestesista del Hospital Gemelli y del comité científico de la clínica Villa Regina de Milán, con sesenta y dos años recién cumplidos, que regresaba a casa después de una compleja intervención.

El hombre vestido a la moda, por su parte, era Marcello Perrucca, treinta años, propietario de la discoteca Gold de la Appia Antica y de otros locales nocturnos: le habían quitado el permiso de conducir y tenía que usar el tren.

La mujer de los tacones era Paola Vetri, de cincuenta años, que había sido jefa de prensa, muy conocida en el mundo del espectáculo por haber trabajado para actores de la talla de De Niro y DiCaprio: su muerte era una de las que habían provocado más revuelo.

El viejo con el bastón en la boca se llamaba Dario Ballardini, de setenta y dos años, y había sido un empresario del sector de los muebles, luego lo vendió todo a los chinos antes de la crisis y ahora estaba disfrutando de la jubilación. Iba a Roma para visitar a su hija con el último tren porque, total, sufría de insomnio y le gustaba, evidentemente, tocarle los huevos a la familia. En cambio, Orsola Merli, de treinta y nueve años y esposa de un constructor romano, estaba regresando a casa. El coche se le había estropeado unas horas antes y lo reemplazó en el último momento por el tren. Era a ella a quien se había encontrado en el cuarto de baño.

El hombre con la postura de Superman era Roberto Coppola, de treinta y ocho años, el visual merchandiser más reclamado de Milán, en viaje a Roma para encargarse de la apertura de una nueva boutique francesa de haute couture en la Via del Babuino.

Los otros cuatro muertos tenían mucho menos atractivo: los dos stewards, o comoquiera que se llame a los que preparan el café en los trenes, eran Jamiluddin Kureishi, de treinta años, y Hanif Aali, de treinta y dos, el primero ciudadano italiano y el segundo con permiso de residencia, ambos de origen paquistaní. Los servicios secretos estaban comprobando sus posibles contactos con el extremismo islámico, pero aún no había aparecido nada. Los dos últimos eran el encargado de la limpieza, Fabrizio Ponzio, de veintinueve años, y el jefe de tren que había abierto la puerta del compartimento, cuyo nombre ya conocía Colomba.

Gracias a los llamamientos de televisión y a la cooperación de los Ferrocarriles se había localizado asimismo a la mayoría de los demás pasajeros, si no a todos. Sus declaraciones estaban siendo examinadas de forma minuciosa, aunque sin resultados. Afortunadamente, ninguno de ellos había resultado contaminado, si bien hubo escenas de pánico y asaltos a las salas de urgencias.

También se estaban visionando las miles de horas de grabación recogidas por las cámaras de seguridad repartidas alrededor de la Estación Central de Milán y la de Termini, con la esperanza de descubrir quién había subido al tren para colocar la bombona, pero hasta ese momento había resultado ser solo un trabajo aburrido e inútil. A cambio, eran innumerables los mitómanos y las falsas alarmas en toda la península.

Para hacer frente a la situación, el Ministerio del Interior había establecido una unidad de crisis a cargo de un grupo de jueces que, a su vez, coordinaba la Fuerza Operativa supervisada por los servicios secretos. La cadena de mando se iba ramificando hasta tal punto que Colomba se preguntó quién iba a tomar las decisiones importantes. Tal vez nadie, muy italian style.

En la unidad de crisis, Colomba tuvo la sorpresa de encontrarse también con Angela Spinelli, una jueza con la que había trabado relación en el pasado por los cadáveres sepultados en un lago. Otro de los recuerdos que preferiría no tener y que se le quedó aleteando tras los párpados cuando, sin darse cuenta, se fue deslizando hacia el sueño, acunada por el movimiento del coche. La despertó el contacto ligero e incómodo de Alberti en un brazo.

—Doctora, ya estamos llegando.

Se enderezó, con la cabeza que le pesaba igual que una sandía.

—Gracias.

Esposito, al volante, se sacó de debajo del cuello de la camisa una cruz de oro y la dejó balanceándose en la pechera de su chaleco antibalas, talla XL.

—Para una buena protección —dijo.

—No somos la Inquisición, guárdala —dijo Colomba.

Obedeció de mala gana y se la puso por debajo de la camiseta, en contacto con su pecho velludo: tenía pelo por todas partes, excepto en la cabeza.

—Si quiere mi opinión, doctora, un poco de Inquisición no vendría nada mal. Y también alguna galleta en toda la cara de vez en cuando.

—No quiere tu opinión, Claudio —dijo Guarneri—. A estas alturas ya deberías saberlo.

—Está bien, pero luego no os quejéis si al final acabáis todos en el infierno —gruñó Esposito mientras aparcaba.

El Centro Islámico de Centocelle era un antiguo taller de dos plantas que aún presentaba restos del viejo cartel, donde se veía un 500 y la inscripción Autoalgo, inundada por tags y grafitis de aerosol en árabe e italiano. Estaba al final de un callejón sin salida, que terminaba contra la valla de un campo repleto de basuras y viejos electrodomésticos, lugar al que iban parejitas clandestinas y traficantes por las noches.

Colomba y los Tres Amigos llegar ...