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EL ARTE DE MORIR DOS VECES

Alonso Barán

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Fragmento

1.ª edición: noviembre, 2017

© 2017, Alonso Barán

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 9788490698907

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

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Contenido

Portadilla

Créditos

 

Prólogo

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Epílogo

Ve a por tus sueños y no permitas que los hombres pequeños te contagien su inmundo veneno, pues no pararán hasta transmitirte su resentimiento y su maldita castración. Que no te preocupe fracasar porque siempre ganarás y siempre perderás. Ríe, llora, sufre, vence y di a las personas lo que sientes por ellas. Acumula experiencias, no esperes a que sucedan, porque la única verdad es que el tiempo se va y la muerte viene.

1

—Todos morimos un poco cada día desde que na­cemos.

—No estoy para monsergas existencialistas. Alex White debe morir ya.

Solomon sonrió.

—Traeré su cabeza como trofeo.

—Esta vez prefiero que te limites a traer un par de fotos.

2

Todo se iba a precipitar y Alex no lo sabía. Conducía su viejo Chevrolet por una de las largas filas de coches que circulaban por el Spaghetti Junction de la autopista interestatal 85. Le hastiaba Atlanta y pasar su vida ence­rrado en aquel ataúd de metal. «Mi vida tiene un significado que detesto», pensó y tomó la salida que le llevaba al concesionario de coches en el que trabajaba.

El aparcamiento de Shapiro Motor Sales estaba repleto de automóviles con los precios escritos en los parabrisas, y Alex detuvo su vehículo frente al edificio de la oficina.

Se encontró a Louis Shapiro sentado con los pies encima de la mesa mientras hablaba por su teléfono móvil y se hurgaba con el dedo la nariz.

—Espera un segundo —dijo, al ver a Alex—. Mi padre quiere verte.

Louis siguió con su conversación telefónica y Alex fue hasta el despacho de Bruce Shapiro, un cubículo de vidrio y aluminio al fondo de la sala. Su jefe escribía algo que no acertó a ver y advirtió que se había cortado el pelo.

—¿Nuevo look?

—No te sientes —dijo, sin levantar la cabeza y sin dejar de escribir—. Quiero que laves los coches.

—¿Para eso no están los lavacoches?

Bruce dejó de escribir, se repanchingó en su sillón de cuero y cruzó los brazos sobre su enorme barriga.

—Escúchame bien, muchacho. —Apretó los labios y sus redondos mofletes se hincharon más—. ¿En el letrero de la entrada está escrito Shapiro o White?

—Sabes perfectamente lo que pone.

—No has contestado a mi pregunta.

—Shapiro —contestó, aburrido.

—Eso es porque este es mi negocio. ¿Entiendes lo que me importa si te gusta o no lo que te digo que hagas?

Alex le aguantó la mirada, exhaló aire por la nariz y relajó su gesto.

—Me pondré a ello.

—Buen chico. —Forzó una sonrisa.

Alex salió del despacho y pasó junto a Louis, que seguía hablando por su Smartphone.

—Sí, una auténtica guarra la tía esa. Espera, que me llaman al móvil del trabajo —dijo y cogió su otro terminal. Alex le contempló hablar por un teléfono mientras se apoyaba el otro en el pecho, se preguntó por qué pensaría que así tapaba el micrófono y no le escuchaban al otro lado de la línea. No le dio más importancia y se encogió de hombros, dejó su cazadora de cuero sobre la silla de su escritorio y se desabrochó la camisa para disponerse a lavar los coches.

—Joder... —susurró.

—¿Qué tal el fin de semana? —le preguntó Louis, que ya había dejado de hablar por teléfono.

—En casa, leyendo.

—Deberías leer menos y vivir más. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y pocos? ¿Y ya llevas vida de viejo? Mírame a mí. Tengo cuarenta y cuatro años, salgo de juerga casi todas las noches y soy adicto a la putaína. —Louis cogió un peine y un espejo de mano que tenía en su mesa, y comprobó que su tupé no se había despeinado.

—Pues tendrás muchos amigos —dijo, con desin­terés.

—¿Amigos? Nadie es amigo de nadie. La gente solo es tu amiga cuando necesita llenar su tiempo con el tuyo.

—¡Louis! ¡Ven aquí! —gritó Bruce desde su despacho.

—Tu padre te llama.

—Seguro que el viejo quiere ponerme a trabajar. —Louis se incorporó—. Sube esto arriba, ¿quieres? —Le acercó con el pie una voluminosa caja de cartón que había en el suelo.

Alex cruzó la oficina hasta una puerta que daba al segundo piso, subió las escaleras y entró en una sala en la que había un sofá viejo y un armario archivador. Le pareció escuchar a Bruce Shapiro. Agudizó el oído y descubrió que a través del conducto del aire acondicionado podía escuchar lo que ocurría abajo en el despacho. Se acercó hasta la rejilla que estaba encima del sofá y prestó atención.

—Esta noche no puedo. Tengo planes —dijo Louis.

—¿Planes? ¡Emborracharte y salir a buscar zorras! —contestó Bruce.

—¿Te parece poco?

Alex perdió el interés por la conversación, dejó la caja en el suelo y fue al aparcamiento a lavar los coches.

El sol caía cuando terminó su jornada laboral en el concesionario y llegó a Joyland. Las calles carecían de iluminación pública y las casas tenían encendida la luz del porche para evitar que los drogadictos se ocultaran en la oscuridad. Pasó junto a una vivienda que la policía había precintado con cinta perimetral y supuso que habrían vuelto a disparar a alguien en el barrio. Un grupo de chicos afroamericanos estaban sentados en las escaleras de la entrada a un edificio, Alex sabía que traficaban con crack. Los muchachos le miraron desafiantes y él fingió no darse cuenta.

—Joder... —susurró y aparcó detrás del Acura que estaba frente a la puerta de su vivienda. Dos corpulentos hombres, vestidos con vaqueros y cazadoras de cuero, bajaron del Acura y subieron a la parte de atrás del Chevrolet.

—¿Qué tal estás, Alex?

—Ahora peor, Niall.

—Me lo tomaré como un cumplido. —Se inclinó hacia delante y apoyó los codos en los respaldos de los asientos—. Debe ser una putada estar sin blanca.

—No sé por qué piensas eso.

Niall sonrió y su diente de oro asomó en su amarillenta dentadura.

—No hay que ser un genio. Tienes un aviso de desahucio pegado en tu puerta.

—Mierda... —Alex bajó la cabeza y ocultó el rostro entre sus manos.

—Parece que me he convertido en tu oportunidad —dijo, con sarcasmo, Niall.

—Gracias, pero podré a apañármelas solo.

—No eres un mal tipo, solo eres pobre. —Niall se pasó las manos por su escaso cabello rubio—. Este es un sistema jodido para los pobres. No está hecho para que tengamos una segunda oportunidad. Un error, un accidente, una enfermedad, cualquier imprevisto nos puede mandar directos al arroyo. ¿Verdad, Alex?

—Niall quiere ayudarte. Escúchale —intervino Earl.

—No lo sé —contestó Alex y se frotó l

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