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EL ARTE DE MORIR DOS VECES

Alonso Barán

0


Fragmento

1.ª edición: noviembre, 2017

© 2017, Alonso Barán

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 9788490698907

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Contenido

Portadilla

Créditos

 

Prólogo

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Epílogo

Ve a por tus sueños y no permitas que los hombres pequeños te contagien su inmundo veneno, pues no pararán hasta transmitirte su resentimiento y su maldita castración. Que no te preocupe fracasar porque siempre ganarás y siempre perderás. Ríe, llora, sufre, vence y di a las personas lo que sientes por ellas. Acumula experiencias, no esperes a que sucedan, porque la única verdad es que el tiempo se va y la muerte viene.

1

—Todos morimos un poco cada día desde que na­cemos.

—No estoy para monsergas existencialistas. Alex White debe morir ya.

Solomon sonrió.

—Traeré su cabeza como trofeo.

—Esta vez prefiero que te limites a traer un par de fotos.

2

Todo se iba a precipitar y Alex no lo sabía. Conducía su viejo Chevrolet por una de las largas filas de coches que circulaban por el Spaghetti Junction de la autopista interestatal 85. Le hastiaba Atlanta y pasar su vida ence­rrado en aquel ataúd de metal. «Mi vida tiene un significado que detesto», pensó y tomó la salida que le llevaba al concesionario de coches en el que trabajaba.

El aparcamiento de Shapiro Motor Sales estaba repleto de automóviles con los precios escritos en los parabrisas, y Alex detuvo su vehículo frente al edificio de la oficina.

Se encontró a Louis Shapiro sentado con los pies encima de la mesa mientras hablaba por su teléfono móvil y se hurgaba con el dedo la nariz.

—Espera un segundo —dijo, al ver a Alex—. Mi padre quiere verte.

Louis siguió con su conversación telefónica y Alex fue hasta el despacho de Bruce Shapiro, un cubículo de vidrio y aluminio al fondo de la sala. Su jefe escribía algo que no acertó a ver y advirtió que se había cortado el pelo.

—¿Nuevo look?

—No te sientes —dijo, sin levantar la cabeza y sin dejar de escribir—. Quiero que laves los coches.

—¿Para eso no están los lavacoches?

Bruce dejó de escribir, se repanchingó en su sillón de cuero y cruzó los brazos sobre su enorme barriga.

—Escúchame bien, muchacho. —Apretó los labios y sus redondos mofletes se hincharon más—. ¿En el letrero de la entrada está escrito Shapiro o White?

—Sabes perfectamente lo que pone.

—No has contestado a mi pregunta.

—Shapiro —contestó, aburrido.

—Eso es porque este es mi negocio. ¿Entiendes lo que me importa si te gusta o no lo que te digo que hagas?

Alex le aguantó la mirada, exhaló aire por la nariz y relajó su gesto.

—Me pondré a ello.

—Buen chico. —Forzó una sonrisa.

Alex salió del despacho y pasó junto a Louis, que seguía hablando por su Smartphone.

—Sí, una auténtica guarra la tía esa. Espera, que me llaman al móvil del trabajo —dijo y cogió su otro terminal. Alex le contempló hablar por un teléfono mientras se apoyaba el otro en el pecho, se preguntó por qué pensaría que así tapaba el micrófono y no le escuchaban al otro lado de la línea. No le dio más importancia y se encogió de hombros, dejó su cazadora de cuero sobre la silla de su escritorio y se desabrochó la camisa para disponerse a lavar los coches.

—Joder... —susurró.

—¿Qué tal el fin de semana? —le preguntó Louis, que ya había dejado de hablar por teléfono.

—En casa, leyendo.

—Deberías leer menos y vivir más. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y pocos? ¿Y ya llevas vida de viejo? Mírame a mí. Tengo cuarenta y cuatro años, salgo de juerga casi todas las noches y soy adicto a la putaína. —Louis cogió un peine y un espejo de mano que tenía en su mesa, y comprobó que su tupé no se había despeinado.

—Pues tendrás muchos amigos —dijo, con desin­terés.

—¿Amigos? Nadie es amigo de nadie. La gente solo es tu amiga cuando necesita llenar su tiempo con el tuyo.

—¡Louis! ¡Ven aquí! —gritó Bruce desde su despacho.

—Tu padre te llama.

—Seguro que el viejo quiere ponerme a trabajar. —Louis se incorporó—. Sube esto arriba, ¿quieres? —Le acercó con el pie una voluminosa caja de cartón que había en el suelo.

Alex cruzó la oficina hasta una puerta que daba al segundo piso, subió las escaleras y entró en una sala en la que había un sofá viejo y un armario archivador. Le pareció escuchar a Bruce Shapiro. Agudizó el oído y descubrió que a través del conducto del aire acondicionado podía escuchar lo que ocurría abajo en el despacho. Se acercó hasta la rejilla que estaba encima del sofá y prestó atención.

—Esta noche no puedo. Tengo planes —dijo Louis.

—¿Planes? ¡Emborracharte y salir a buscar zorras! —contestó Bruce.

—¿Te parece poco?

Alex perdió el interés por la conversación, dejó la caja en el suelo y fue al aparcamiento a lavar los coches.

El sol caía cuando terminó su jornada laboral en el concesionario y llegó a Joyland. Las calles carecían de iluminación pública y las casas tenían encendida la luz del porche para evitar que los drogadictos se ocultaran en la oscuridad. Pasó junto a una vivienda que la policía había precintado con cinta perimetral y supuso que habrían vuelto a disparar a alguien en el barrio. Un grupo de chicos afroamericanos estaban sentados en las escaleras de la entrada a un edificio, Alex sabía que traficaban con crack. Los muchachos le miraron desafiantes y él fingió no darse cuenta.

—Joder... —susurró y aparcó detrás del Acura que estaba frente a la puerta de su vivienda. Dos corpulentos hombres, vestidos con vaqueros y cazadoras de cuero, bajaron del Acura y subieron a la parte de atrás del Chevrolet.

—¿Qué tal estás, Alex?

—Ahora peor, Niall.

—Me lo tomaré como un cumplido. —Se inclinó hacia delante y apoyó los codos en los respaldos de los asientos—. Debe ser una putada estar sin blanca.

—No sé por qué piensas eso.

Niall sonrió y su diente de oro asomó en su amarillenta dentadura.

—No hay que ser un genio. Tienes un aviso de desahucio pegado en tu puerta.

—Mierda... —Alex bajó la cabeza y ocultó el rostro entre sus manos.

—Parece que me he convertido en tu oportunidad —dijo, con sarcasmo, Niall.

—Gracias, pero podré a apañármelas solo.

—No eres un mal tipo, solo eres pobre. —Niall se pasó las manos por su escaso cabello rubio—. Este es un sistema jodido para los pobres. No está hecho para que tengamos una segunda oportunidad. Un error, un accidente, una enfermedad, cualquier imprevisto nos puede mandar directos al arroyo. ¿Verdad, Alex?

—Niall quiere ayudarte. Escúchale —intervino Earl.

—No lo sé —contestó Alex y se frotó las sienes preocupado.

—No lo pienses mucho. Mi generosidad no es eterna y ya no tienes casa. —Le dio una palmada en el hombro y bajó del coche. Earl le siguió, subieron al Acura y Alex esperó hasta que el automóvil se hubo alejado para bajar del Chevrolet y correr hasta la puerta de su casa.

—¡Será hijo de puta! —dijo y arrancó la nota de desa­hucio. Metió las llaves en la cerradura e intentó abrir la puerta—. ¡Será cabrón! —Buscó en la agenda de su teléfono móvil el contacto «Hank casero» y llamó.

—Dime, Alex —contestó Hank al otro lado de la línea.

—¡Has cambiado la cerradura! ¡Mis cosas están dentro!

—No quiero tu basura en mi casa. Te doy dos días para que te la lleves a un vertedero.

—¡Eres un cabrón! ¡Juro que...!

—Dos días.

Hank colgó. Alex llamó de nuevo, pero su casero no le cogió la llamada. Guardó su Smartphone en el bol­sillo de su chaqueta y regresó a su vehículo. Permaneció muy quieto, pensativo, con la vista fija en la desierta calle y las manos sobre el volante.

—Maldito cabrón... —Puso el motor en marcha y aceleró. Las ruedas derraparon en el asfalto y el olor a neumático quemado llenó el habitáculo.

Alex conducía sin rumbo a través de Atlanta. Sus pensamientos se sucedían unos a otros como si fueran un caótico enjambre de abejas. La visión de los rascacielos del Midtown se mezclaba en su mente con las palabras de Niall: «Este es un sistema jodido para los pobres. No está hecho para que tengamos una segunda oportunidad.» Una viscosa amargura se solidificaba poco a poco en su ánimo, su respiración se hizo más rápida y entrecortada, los rascacielos se volvieron borrosos, la angustia le atenazaba, pensaba que podría morir en aquel mismo instante, pisó el pedal del freno y las ruedas chirriaron contra el asfalto hasta que el coche se detuvo en mitad de la calle. Un todoterreno le esquivó y el sonido recriminatorio de su claxon se alargó en la noche. Alex se llevó la mano al pecho, sentía su corazón palpitar muy rápido y le sobrevinieron unas arcadas.

—Joder... —dijo y se derrumbó sobre el volante. Los otros conductores de la avenida le insultaban y hacían sonar sus bocinas cuando le sobrepasaban. Alex era ajeno al mundo que le rodeaba. Se incorporó y se miró en el espejo retrovisor. Tenía el cabello despeinado y los ojos enrojecidos. Movió el espejo para no verse reflejado y puso en movimiento el Chevrolet.

Minutos después, detuvo el coche frente a una licorería y bajó del vehículo. Al entrar en el establecimiento, la luz de los fluorescentes le cegó. Una sensación de debilidad se había apoderado de sus extremidades y su cuerpo temblaba como si una corriente eléctrica recorriera sus nervios. Cogió una botella de Jack Daniels y el contacto de su piel con el vidrio le resultó extraño como si fuera la botella la que tocaba su mano y se fundiese con frío en su piel. Fue hasta la caja registradora y el dependiente, un judío ortodoxo, con larga barba y dos rizos que asomaban bajo su kippa, le sonrió.

—Buenas noches, amigo. Son veintiséis dólares con treinta centavos.

Alex pagó con un arrugado billete de veinte dólares y otro de cinco. Buscó las monedas en el bolsillo de su pantalón vaquero y las volcó sobre el mostrador.

—¿Puedes darme un vaso de plástico?

—Los vendo en paquetes de diez.

—Yo solo quiero uno.

—No puedo dar un vaso a todo el que me lo pide —dijo y guardó la botella en una bolsa de papel marrón.

Alex abandonó la tienda y, nada más subir a su coche, dio dos largos tragos de bourbon. Bebió otra vez y empezó a notar cómo la embriaguez relativizaba sus preocupaciones. Contó su dinero, le quedaban un par de billetes de cinco dólares más las monedas del bolsillo. Recordó que había una autocaravana en el aparcamiento del concesionario y se dijo a sí mismo que podría usarla por las noches hasta que encontrase un nuevo alojamiento. Giró la llave del contacto y puso rumbo a Shapiro Motor Sales.

Estacionó lejos del concesionario, imaginaba que Bruce llegaría temprano al día siguiente y no quería que se encontrase con su Chevrolet. Bajó de su automóvil y caminó encogido hasta el recinto como si de ese modo se camuflase en la noche. Miró por encima de su hombro para asegurarse de que nadie le observaba, abrió la puerta de la valla y entró. Cruzó rápido el aparcamiento hasta el edificio de la oficina, tecleó la contraseña de la alarma al entrar y no encendió las luces de la estancia. Usó la pantalla de su teléfono como linterna, fue al despacho de Bruce y buscó las llaves de los automóviles en los cajones de su escritorio. Reparó en la pesada caja fuerte que había en una esquina y cayó en la cuenta de que las llaves de la autocaravana estarían allí dentro.

—Joder... —susurró y, derrotado, se dejó caer en el sillón de su jefe y el cuero crujió bajo su peso. Le vino a la memoria el sofá en la habitación del piso de arriba y se dirigió a la planta superior.

Puso la alarma de su Smartphone a las siete de la mañana, convencido de que le sobraría tiempo para salir de allí antes de que llegase alguno de los Shapiro. Se acomodó en el sofá, usó los vaqueros como almohada y se arropó con su cazadora. Se quedó a oscuras con sus pensamientos, su respiración y el sonido de sus sorbos a la botella de bourbon. Recordó la época en la que tuvo que vivir en un cámping de la beneficencia católica, pensó que era un consuelo que por el momento no tuviera que subordinarse a la filantropía humana. Bebió y el ardor del bourbon en su garganta le hizo toser un par de veces, carraspeó y se tapó la boca con la mano. Le había parecido escuchar que alguien entraba a la oficina. Se incorporó y, de un salto, se plantó en la puerta de la habitación. La entornó y oyó el sonido del teclado de la alarma.

—¡Otra vez has olvidado ponerla!

—¡No me toques las pelotas, papá!

Alex reconoció las voces de los Shapiro en el piso de abajo y cerró la puerta con cuidado. Cogió su ropa, la botella de Jack Daniels y se escondió detrás del sofá. Se pegó todo lo que pudo contra el suelo como si pudiera mimetizarse con él.

—Cierra la puerta.

Alex advirtió que padre e hijo se encontraban abajo, en el despacho, y los oía a través del conducto del aire acondicionado.

—Vamos a darnos prisa. Tengo ganas de irme a la cama.

—Guardo el dinero en la caja fuerte y nos vamos.

—Parece que hay más fajos que otras veces.

—Justo el doble.

—¿Un millón? ¡Joder! ¿Cómo blanquearemos tanta pasta?

3

Bruce Shapiro sacó de su maletín los fajos de billetes de cien dólares y los guardó en la caja fuerte. Cerró la puerta blindada y su hijo le acompañó fuera del despacho. Louis empezó a marcar en el teclado de la alarma y su padre le apartó de un empellón.

—Déjame a mí. —Tecleó el código y, cuando fue a abrir la puerta, su hijo se le adelantó y le cedió el paso.

—Pase, rey del castillo del motor —dijo Louis e hizo una exagerada reverencia—. Por favor, eminencia.

—Se dice majestad, ignorante.

En el piso de arriba, Alex oyó la puerta cerrarse.

—¡Un millón de pavos! —exclamó. Imaginó la caja fuerte llena de billetes y las pupilas se le dilataron—. Un millón de pavos...

Salió de detrás del sofá y abrió la puerta de la habitación, dio un paso adelante y recapacitó que haría saltar la alarma si salía de allí. Cerró la puerta y se tumbó de nuevo en el sofá. Cogió la botella y dio un trago de Jack Daniels. Elucubró que con ese dinero podría liquidar sus deudas y aún le quedaría mucho para ir tirando. Abrió la aplicación de la calculadora de su móvil y restó a un millón el importe de sus deudas.

—Joder... —dijo al comprobar que la cantidad de dinero sobrante era muy inferior a la que había imaginado. Dio un sorbo de bourbon y le vinieron a la cabeza las palabras de Niall: «Este es un sistema jodido para los pobres. No está hecho para que tengamos una segunda oportunidad.» Asintió en silencio y apretó los dientes—. Qué razón tiene —susurró.

A la mañana siguiente, la claridad que entraba por la ventana le despertó. Alex estiró los brazos y se desperezó. Le dolía el cuello y no reconocía el lugar en el que se encontraba. Los recuerdos del día anterior aparecieron poco a poco como si atravesaran la maraña de un zarzal. En su mente apareció la imagen de la caja fuerte repleta de dinero y se incorporó como si le hubieran clavado una inyección de adrenalina directa al corazón. Miró su móvil y comprobó que no tenía batería.

—¡Mierda! —Se puso en pie y se vistió. Se acercó a la puerta y la abrió con cuidado. Escaleras abajo, vio pasar a Louis Shapiro vestido con un traje beige. Cerró la puerta despacio y retrocedió un par de pasos—. ¡Joder! —Giró sobre sus talones y fue hasta la ventana. Se asomó y midió la distancia que había hasta el suelo. Se sentó en el alféizar y se agarró con ambas manos al quicio de la ventana. Estiró las piernas, se descolgó cuan largo era y se sujetó solo con la fuerza de sus dedos. Respiró hondo un par de veces y se dejó caer, un segundo después sus pies tocaron el suelo y un intenso dolor en los tobillos le hizo trastabillarse y golpearse la cabeza contra el pavimento. Permaneció en el suelo, aturdido, sin poder respirar. Miraba el cielo azul, una nube pasó por delante del sol y oscureció el día por un instante. Se puso en pie, se llevó la mano a la nuca y comprobó que no tenía sangre. Se sacudió la ropa y caminó hasta la entrada de la oficina, cada paso que daba hacía que le doliese la rabadilla como si un aguijón se le clavase en el hueso. Louis Shapiro arrugó la frente, extrañado, al ver que cojeaba.

—¿Te han dado un mal viaje, julandrón? —pre­guntó.

—No es lo que parece. ¿Tu padre está en el des­pacho?

—El viejo está en su cueva.

Alex cruzó la oficina y entró en el despacho de su jefe.

—Tengo que hablar contigo.

Bruce resolló y se reclinó en su sillón.

—Sorpréndeme, muchacho.

Alex se percató de que había ido hasta allí con la intención de averiguar algo más sobre el dinero y no había pensado qué hacer.

—Eh, quiero un aumento de sueldo.

—No.

—Tengo algo que decir.

—Te lo guardas. He dicho que no. Si no te gusta el sueldo, puedes largarte cuando quieras.

—¿No me vas a escuchar?

Bruce apretó los labios y le clavó una iracunda mi­rada.

—¿Qué es tan importante?

Alex desvió la vista hacia la caja fuerte y de nuevo a los ojos de su jefe.

—Merezco un aumento porque hago muchas más funciones de las que me corresponden como vendedor y...

—¡Lárgate fuera de mi vista o te echo a la calle!

Alex obedeció y cerró la puerta al salir. Fue hasta su mesa y sintió un dolor en la rabadilla, como un latigazo, al sentarse.

—¿Le has pedido pasta al viejo?

—¿Cómo lo sabes?

—Es por lo único que grita así ese tacaño. Si tuviera que pagar por el tiempo, elegiría morirse el muy cabrón.

A Alex no le extrañó que Bruce no le encargase cerrar el concesionario aquella tarde. Estacionó su Chevrolet a un par de manzanas de Shapiro Motor Sales y esperó dentro del coche. Al cabo de veinte minutos, Louis pasó a bordo de su Audi y, poco después, vio acercarse el Mercedes Benz de Bruce. Su jefe se detuvo en un semáforo a escasos metros de él y Alex se echó sobre el asiento del copiloto. Permaneció tumbado boca abajo con la palanca del freno de mano clavándosele en el estómago. Imaginó que Bruce Shapiro le había visto, se había bajado de su coche y le espiaba a través de la ventanilla, perplejo al hallarlo en esa posición. Se giró y le alivió no ver a su jefe. Descendió de su vehículo y caminó hasta el concesionario. Según se acercaba al recinto, notaba cómo se le resecaban los labios y un calor le recorría la espalda. Introduj­o su llave en la cerradura, entró en el edificio y desactivó la alarma. En la oficina reinaba la quietud y el silencio. Cruz­ó la sala hasta el despacho de Bruce, intentó girar el pomo, pero la puerta estaba cerrada con llave. Observó la caja fuerte y sopesó sacarla de allí para abrirla con tranquilidad en otra parte. Desechó la idea al reflexionar que pesaba demasiado y no podría moverla sin la ayuda de una grúa. Pegó la frente contra el cristal y se dio golpes contra el vidrio.

—Tiene que haber un modo de hacerlo. —Se separó unos pasos de la puerta e imaginó a Bruce sentado en su sillón mientras guardaba los fajos de billetes en la caja fuerte. Se acercó de nuevo al cristal, miró hacia el techo del despacho y luego al sillón y al teclado de la caja de caudales, y sus ojos se iluminaron al ocurrírsele una idea.

4

Una etapa de la vida llegaba a su fin. Alex se acercó a su casero, que le esperaba en la puerta de su casa y le sonreía burlón, y se le encaró hasta que sus narices se rozaron. Su aliento olía a tabaco y tenía los poros de la piel peludos y sucios. Hank empezó a golpearle con su oronda barriga, sabía que los desahuciados eran fáciles de provocar y esperaba recibir un puñetazo que le permitiese demandarle. Alex no mostraba emoción alguna ante sus provocaciones y eso le crispaba.

—Cuando termines de hacer el payaso me gustaría seguir con mi vida.

Hank se detuvo y le miró con asco.

—Coge tus cosas y no vuelvas por aquí —dijo y le abrió la puerta.

—Lo dices como si me interesara tu estercolero. —Entró y recogió las cartas que había en el suelo. Fue a su dormitorio. Sacó una maleta del armario, la puso sobre la cama y la llenó con su ropa—. Apártate —dijo a su casero, que le observaba desde la puerta de la habitación, y se dirigió al salón para coger su ordenador portátil.

—El televisor estaba aquí cuando llegaste.

—Nunca lo he usado.

—¿El resto de tu basura no te la llevas?

—Para ti la porca miseria. —Alex salió por la puerta y no volvió la vista atrás. Guardó la maleta y el ordenador en el maletero del Chevrolet, subió a su coche, puso el motor en marcha y bajó la ventanilla del copiloto—. ¡Eres una rata miserable! —gritó a Hank, que le miraba desde la puerta de la casa.

—¡Y tú un perdedor!

—Lo mío tiene solución, lo tuyo es congénito —dijo y pisó el acelerador. El Chevrolet se alejó por la calle, Alex miró el espejo retrovisor y contempló el reflejo de su casero, que se hacía cada vez más pequeño.

Condujo hasta la avenida Piedmont y estacionó frente a un edificio blanco de viviendas de estilo colonial. Revisó el correo que había recogido del suelo y chistó disgustado al comprobar que todas las cartas eran letras de la hipoteca de una casa que ya no tenía y facturas médicas de un tratamiento que fue inútil. Miró el contenido de su cartera, solo le quedaban dos dólares. Descendió del coche y se dirigió al parque Piedmont. El sol se ocultaba tras los rascacielos del One Atlantic Center y Alex pensó que aún podría deambular un par de horas por el parque antes de que echasen el cierre. Aceleró el paso hasta la entrada que había junto al Willy’s Mexicana Grill y caminó por el sender­o empedrado que serpenteaba entre los frondosos robles. De vez en cuando se cruzaba con personas que practicaban running con zapatillas de brillantes colores y ropa deportiva ajustada. Una pareja joven se acercaba al trote hacia él, calculó que tendrían unos veintiocho años. Ella era esbelta, sus carnes prietas apenas se movían con el ejercicio y su coleta danzaba de un lado a otro con cada paso que daba. Su compañero llevaba el cabello engominado y la cara bien afeitada. Alex pudo oler su colonia cuando se cruzó con él y escuchó un retazo de su conversación sobre stock options. Sintió que no pertenecía a aquel lugar, que no era de las personas que tenían una casa a la que volver cuando cerrase el parque.

Llegó hasta el embarcadero de madera, el agua del lago reflejaba las nubes teñidas de naranja por el atardecer. Se sentó en el suelo y se clavó una astilla en la mano. Se apretó la carne con los dedos y extrajo con los dientes el puntiagudo trozo de madera. Lamió la sangre de la pequeña herida y saboreó su regusto metálico. Fijó la vista en el sol poniente y le vino a la mente que, aunque consiguiese robar el millón de dólares, no podría usarlo para deshacerse de sus deudas sin levantar sospechas sobre cómo había conseguido el dinero. Apretó los puños con fuerza y la pequeña herida le dolió. El cielo se ennegrecía por momentos. Alex se puso en pie y regresó sobre sus pasos. Sentía frío al caminar junto a la orilla del lago y corrió para entrar en calor. Cavilaba sobre cómo hacerse con el dinero y llegó al linde del parque convencido de que si no actuaba, la muerte era lo único que podría liberarle de la pobreza.

—¿Y si...? —susurró y se frenó en seco, abstraído en sus pensamientos—. Puede hacerse... —Reanudó su marcha despacio, pensativo. Pasó por enfrente del Willy’s Mexicana Grill y observó la terraza del establecimiento. Las puertas de cristal del restaurante estaban abiertas y de ellas se escapaba una música de estilo mariachi. Alex contemplaba el ambiente mexicano cuando le punzó una idea nítida y esclarecedora.

5

El sonido metálico y ronco del aluminio contra el suelo retumbaba contra las paredes del local al hacer rodar Gary un barril de cerveza a través de la sala del Keegan’s Irish Pub.

—¿Por qué cojones tienes que hacer tanto ruido? —gritó Earl desde la barra.

Gary cesó de empujar el barril y se giró. Se limpió las manos en su camiseta del grupo ZZ Top y la grasa de su barriga vibró.

—Porque seas un gigantón psicópata a mí no me acojonas —dijo e hizo crujir sus nudillos.

—Gordo asqueroso... —Earl le lanzó su cigarrillo a la cara.

—¿Eso es todo lo que puedes hacer? No eres más que un muerto de hambre.

Los azules ojos de Earl se abrieron mucho y los múscu­los de su cuello se tensaron. Se acercó a Gary, que levantó los puños y se puso en guardia.

—¿Por qué siempre estáis montándola, putos irlandeses del norte? —dijo Niall, que había salido de su despacho—. ¿Qué cojones creéis que pensará la gente cuando entre en el pub y vea a dos matones sangrando? ¡Que han entrado en la guarida de unos putos gánsteres! —Fue hasta ellos y les propinó una bofetada a cada uno—. Earl, coge el barril. ¡Y tú friega el suelo! Parece que se hayan meado en él.

—¿Por qué se te fue la olla con la camarera? —preguntó Gary y se llevó dos dedos a la sien como si fuesen el cañón de una pistola—. ¡Este puto trabajo es asqueroso!

Niall se encaró con él.

—No vuelvas a pedirme explicaciones o te lleno de cemento el estómago... —dijo, con rabia contenida.

—Perdona, Niall, lo siento —contestó Gary con voz temblorosa—. De verdad que lo siento.

Niall lo miraba con fiereza, tenía la boca abierta y exhalaba aire con fuerza y, de pronto, estalló en una estruendosa carcajada.

—¡Estaba de broma! —dijo y dejó de reírse—. Ándate con cuidado, Gary. —Le dio una suave bofetada—. ¡Y ahora limpia el puto suelo!

Gary asintió y fue a por la fregona. Earl cogió el barril, lo levantó por encima de su cabeza y lo llevó a la barra del bar. Escuchó que alguien llamaba a la puerta y miró a través del trébol de cuatro hojas de la vidriera, descubrió que era Alex y abrió.

—¿Qué quieres?

—Vengo a ver a Niall.

—Vuelve cuando el pub esté abierto. —Intentó cerrar la puerta, pero el pie de Alex se lo impidió.

—Le gustará lo que tengo que decirle.

—¿Quién es, Earl? —dijo Niall desde el otro lado de la sala y vio a Alex—. ¡Chico! Adelante. —Hizo un gesto con la mano para que se aproximase. Alex cruzó la sala, las suelas de los zapatos se le pegaban al suelo como si caminara sobre chicle—. Has entrado en razón, ¿verdad, chico?

—Digamos que ahora lo veo como una buena oportunidad.

—Vayamos a mi despacho. —Pasó una mano sobre el hombro de Alex.

—El suelo necesita que lo frieguen.

—Eso mismo creo yo. —Niall miró furibundo a Gary, que agachó la cabeza—. Pasa a mi despacho. —Abrió una puerta situada al fondo de la estancia y entró a un pequeño cuarto pobremente decorado con un escritorio, un viejo sofá y una estantería con documentos de contabilidad. Niall se sentó en el sillón que había tras el escritorio y cerró su ordenador portátil.

—¿No me digas que descargas pelis piratas? —bromeó Alex.

—Yo uso la red oscura. Google es para niños.

—¿Qué es la red oscura?

—No soy un jodido profesor. Al grano, ¿qué te ha hecho cambiar de idea?

—¿Tú que crees?

—Vaya país este. Nadie hace nada gratis. —Niall hizo una mueca que parecía una sonrisa—. ¿Cuántos coches puedes meter en el sistema?

—¿De dónde proceden?

—Eso no te importa. Tú solo tendrás que hacer que parezcan ventas legítimas. Siete coches a la semana.

—Tres a la semana. Los Shapiro se darán cuenta si nos pasamos.

Niall torció el gesto.

—Si dicen algo, los quito de en medio. Tú tranquilo.

—Y a mí también, de eso no tengo duda.

Niall miró fijamente a Alex a los ojos, que desvió la mirada.

—Serán siete coches a la semana.

—Cinco.

—Sabes contar, ¿no? —Levantó siete dedos en el aire—. He dicho que serán siete hasta que yo lo diga.

—De acuerdo. Como quieras. —Alex sonrió—. Ahora hablemos del dinero.

—Cobrarás cuando los coches sean legales.

—La pasta por adelantado o no hay trato. He aceptado la cantidad de coches y entenderás que no confíe en unos criminales.

—¿A quién llamas criminales? —Niall se puso en pie.

—Quería decir, que...

—¿Me estás llamando criminal?

Alex palideció.

—No sé a qué te dedicas, pero...

—¿Me estás interrogando? ¿Llevas un puto micro? —Se acercó a Alex, le levantó la camiseta y le dio un golpe en la cabeza con la mano abierta—. ¿Eres un soplón, chico? —Le agarró la cara y le miró a los ojos—. ¿Lo eres? Contesta, ¿eres un jodido chivato?

—Yo..., yo nunca te denunciaría —dijo Alex, con voz trémula.

Niall guardó silencio unos segundos.

—¡Estaba de broma! —Soltó a Alex y se carcajeó—. ¡Solo era una broma! Sé qué nunca me denunciarías, ¿verdad? —dijo, con rabia contenida.

—Nunca, de verdad.

—Debes tener cuidado, chico. Hay mucho psicópata suelto en Atlanta. —Sacó un fajo de billetes de un bolsillo de su pantalón y quitó la pinza de oro con forma de trébol que los aprisionaba—. Quinientos pavos por coche, la mitad ahora, la otra mitad cuando estén dentro del sistema.

—Quiero seiscientos por coche. Soy yo quien arriesga.

Niall dejó de contar los billetes y miró a Alex, que le aguantó la mirada.

—Seiscientos... —Cogió seis billetes más y le dio el dinero—. Hablaremos pronto.

Alex se levantó de la silla y fue hasta la puerta.

—Gracias, Niall.

—Lo que sea por ayudar. —Sonrió con malicia. Alex le dejó solo, pasó junto a la barra del bar y se despidió de Earl, que bebía una pinta de cerveza negra. Salió al exterior y palpó los billetes de su bolsillo.

Horas más tarde había anochecido y el áspero chirriar de la taladradora contra el yeso rompía la oscura quietud en Shapiro Motor Sales. Alex estaba subido a una escalera y agujereaba el techo del despacho de su jefe. Hizo un diminuto boquete en la esquina opuesta a la caja fuerte e introdujo una mini cámara en él. La conectó y esperó a que la imagen del teclado de la caja fuerte apareciese en la pantalla de su móvil. Cogió el mando a distancia de la mini cámara y comprobó que la podía encender a su antojo. Observó de nuevo la imagen del teclado en su teléfono móvil y el pequeño agujero en el techo. Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar que ese orificio podría ser el vórtice a una nueva realidad.

Subió al segundo piso de la oficina. Se sentó en el sofá y conectó su ordenador portátil a la red wifi del concesionario. La única luz de la habitación era el resplandor de la pantalla. Trazó en Google Maps un itinerario para llegar a México, sabía que las autopistas tenían cámaras de vigilancia y estudió el camino más corto sin tener que pasar por carreteras interestatales. La ruta le llevaba a cruzar la frontera por Laredo en Texas. Tomó nota del trayecto e introdujo en Google las palabras «comprar pasaporte falso» y aparecieron cientos de resultados relacionados con su consulta.

—No puede ser tan fácil... —Entró en varias webs y sospechó que podían ser trampas para atrapar o timar a ingenuos. Tecleó en el buscador las palabras «red oscura». Lo primero que encontró fue un artículo en Wikipedia que explicaba que la red oscura era un conjunto de redes y tecnologías que usaban quienes pretendían preservar su anonimato al intercambiar información en Internet—. Qué cabrón el irlandés... Descubrió que el proyecto TOR tenía como objetivo el desarrollo de una red de comunicaciones, superpuesta sobre Internet, en la que el intercambio de los mensajes no revelaba la dirección IP de los usuarios y mantenía el secreto de la información que viajaba por ella. Accedió a la web del proyecto TOR y con un solo clic descargó el programa que le daba acceso a la red oscura. Buscó en Youtube un tutorial para configurar su ordenador y, tras quince minutos de seguir las instrucciones de un adolescente con acento neozelandés, accedió a la Hidden Wiki donde aparecían direcciones de webs relacionadas con todo lo que era ilegal en la sociedad. Navegó un poco y le llamó la atención un anuncio que rezaba: «Documentos de los Estados Unidos. Máxima calidad. Nuevas identidades con presencia en las bases de datos del Gobierno. Total confidencialidad.» Envió un e-mail a quien se encontraba detrás de ese anuncio y apagó el ordenador. La habitación se quedó a oscuras y se tumbó en el sofá. De repente, la estancia se iluminó y Alex se sobresaltó. Su ordenador se había encendido y en la pantalla aparecía el rostro del fantasma de un hombre, de tez cetrina y putrefacta, con unos mechones de pelo largo que le caían sobre la cara. Unas pequeñas pupilas rojas resaltaban en las oscuras cuencas de los ojos. El espectro sonrió y mostró una enorme boca repleta de afilados dientes.

—Hola —dijo, con una voz grave y mecanizada.

—¿Cómo has encendido mi ordenador?

—Pon tu pulgar sobre la cámara del portátil.

—¿Para qué?

—Voy a comprobar que no seas un poli.

—¿Y si no lo hago?

El ordenador se apagó y la habitación quedó sumida en las tinieblas. Alex pulsó el teclado y el botón de encender, no ocurrió nada. Un par de segundos después, el fantasma reapareció en la pantalla.

—Última oportunidad.

—No soy un poli.

—Pon la huella de tu pulgar derecho sobre la cámara o se terminó esta conversación. —El espectro mostraba una sonrisa maléfica. Alex miró su dedo y pensó que solo se trataba de una pequeña acción. Posó su pulgar sobre la cámara y oyó el sonido que imitaba el de un obturador fotográfico al cerrarse—. Gracias —dijo el fantasma y desapareció. Alex esperó a que regresase el espectro y, tras varios minutos, empezó a elucubrar que tal vez aquella aparición era una trampa que el FBI había puesto en la red oscura. Imaginó que se había metido en la boca del lobo y que en ese momento un agente cotejaba su huella dactilar. El fantasma apareció de nuevo—. Hola, Alex White.

—¿Cómo debo llamarte yo?

—Soy Prince Suleyman. Te he investigado. Veo que estás divorciado, tienes una hipoteca ejecutada que sigues pagando y que tu exmujer se ha vuelto a casar.

—Su nuevo marido no se quedó sin casa por la crisis. No le reprocho que se casase con un tío con dinero, vivir no es fácil.

—También debes mucha pasta por varios tratamientos de quimioterapia y operaciones quirúrgicas para una tal Kelly White.

—Era mi madre.

—No acabaste la universidad.

—El cáncer no es barato. A unos les cuesta la vida y a otros la ruina.

—No te van bien las cosas, Alex.

—Eso es asunto mío.

—¿Qué necesitas del príncipe?

—Un pasaporte y un carnet de conducir.

—¿Solo eso?

—Con otro nombre.

—Entiendo que quieres una nueva identidad.

—Sí.

—Serán once mil dólares. Mil dólares por cada documento y nueve mil por introducir al nuevo Alex en el sistema. Tendrás número de la seguridad social, una biografía e incluso multas de aparcamiento.

Alex dudó unos instantes. Pensó que, hasta que no consiguiese todo el dinero, lo más prudente era no endeudarse con un hacker que se mantenía en el anonimato.

—Por ahora solo necesito los documentos, tal vez más adelante quiera todo el pack.

—Enciende la luz, voy a hacerte unas fotos para los documentos.

Alex se puso frente a la cámara del ordenador y oyó el sonido de un obturador al cerrarse.

—¿Cuándo estarán terminados?

—Volveremos a hablar. —El fantasma desapareció y en la pantalla del ordenador apareció la interfaz de inicio.

6

—¿Un millón de dólares ha dicho?

—A nombre de la Sociedad Americana Contra el Cáncer —respondió Alex—. Pagaré en efectivo la cuota de la póliza.

—Perdone la indiscreción, pero ¿por qué lo hace? —El agente de seguros no salía de su asombro.

—¿Y por qué no? —Alex sacó el dinero que le había dado Niall y contó los billetes.

Firmó los documentos y los guardó con las otras dos pólizas de seguros de vida que había contratado. Salió de la oficina de la aseguradora Atlanta Insurance Company y caminó hasta el aparcamiento en superficie en el que había estacionado el Chevrolet. Accedió al edificio por una de las rampas destinadas al tránsito de los coches y sus pisadas resonaron contra el asfalto. Un todoterreno le sobrepasó, giró en un recodo y el agudo chirrido de sus ruedas se perdió por la diáfana planta. Alex llegó a su vehículo, dejó la carpeta con las pólizas de seguros en la guantera y consultó su teléfono móvil. La cámara instalad­a en el despacho de Bruce Shapiro mostraba el teclado de la caja fuerte. Rebobinó la grabación y dio un respingo al comprobar que la caja estaba abierta. Contuvo el aliento, siguió rebobinando y dio un puñetazo en el techo del Chevrolet al ver el dedo de su jefe tecleando la combinación de la caja. La euforia le impedía permanecer sentado y descendió de su vehículo.

—¡Sí, sí, sí! —El eco le devolvía quintuplicado cada «sí» que profería y lo convertía en una monosilábica letanía que parecía provenir de cada rincón.

—Hay que empezar a limpiar el dinero. —Alex sintió que el corazón le daba un vuelco al escuchar la voz de Bruce Shapiro. Echó hacia atrás la grabación de su teléfono móvil y pulsó el play—. Hay que empezar a limpiar el dinero. —Alex tragó saliva y miró en todas direcciones con la esperanza de que nadie hubiera escuchado la frase de Bruce Shapiro.

Subió al Chevrolet y cerró la puerta. Rebobinó el vídeo, vio que Bruce sacaba de la caja las llaves de los coches del concesionario y que el teléfono de su escritorio empezó a sonar.

—¿Dígame? —contestó Bruce—. No creo que... —Dejó de hablar durante unos segundos—. Sí, señor Schwarz, lo que usted ordene. —Colgó y pulsó un número de dos cifras en el teléfono—. Louis, ven aquí.

—¿Ahora qué quieres? —dijo su hijo cuando entró en el despacho.

—Hay que empezar a limpiar el dinero.

—¿Cómo siempre?

—Schwarz ha llamado. Quiere la colada limpia cuanto antes. Compra diez coches y ponlos a la venta.

—Los importaré de Europa.

—¿Dónde está ese gilipollas de Alex?

—Ha llamado. Está enfermo y no vendrá en un par de...

La grabación se detuvo y en la pantalla del teléfono apareció la llamada entrante de «Niall Móvil».

—Dime, Niall —contestó Alex.

—Mañana es el primer día del resto de tu vida.

—¿Qué quieres decir?

—Empieza nuestro jueguecito.

—¿Tan pronto? —preguntó, sorprendido—. Pensé que...

—Tu problema es que piensas demasiado.

—¡Pero es muy pronto! Necesito un par días para...

—Mañana empezarás a ganarte el dinero que te di. —Niall colgó.

Alex se llevó las manos a la cara, angustiado. Escuchaba el aire de su respiración contra sus dedos y se concentró en el cadencioso rumor de su aliento. Pensó que debía precipitar su plan o el dinero volaría y él se convertiría en el esclavo de un gánster irlandés. Ordenó en su mente los pasos que debía seguir y escribió un correo electrónico en su Smartphone: «Hola. Necesito los documentos ahora. Es imprescindible. El tiempo apremia. Pagaré el doble por ellos si los tengo hoy. Ponte en contacto conmigo.» Envió el e-mail y puso en marcha el motor del Chevrolet. A través del parabrisas vio el número de la plaza en la que había estacionado: «321».

La noche llegó a Atlanta y Alex esperaba en el interior de su vehículo frente al concesionario de coches. Cada vez que miraba el reloj de su teléfono móvil, constataba que su jefe y su hijo deberían haber abandonado el establecimiento horas atrás. Le desesperaba imaginar que se retrasaban porque realizaban las operaciones para blanquear el dinero y que, tal vez, no encontrase ni un dólar en la caja fuerte. Se frotó la frente, nervioso, al recapacitar que había encargado documentación falsa a un hacker que era capaz de manipular las bases de datos del Gobierno, tenía una cámara en el despacho de una persona que se dedicaba a blanquear dinero y un psicópata irlandés descubriría al día siguiente que no podría cumplir su trato.

—En menudo lío me he metido... —Intentó tragar saliva y sintió como si la garganta se le hubiera estrechado.

Dos horas más tarde, los Shapiro abandonaron el concesionario en sus coches. Alex esperó hasta que se hubieron alejado, cogió la bolsa azul de deporte que había comprado para transportar el dinero y descendió de su automóvil. Oteó a ambos lados de la calle y comprobó que estaba desierta. Empezó a caminar despacio y, sin darse cuenta, aumentó el ritmo de sus pasos hasta terminar corriendo. Alcanzó la verja que rodeaba el concesionario, se cercioró de que nadie le veía y accedió al recinto. Atravesó el aparcamiento hasta la oficina. Le temblaba el pulso y no acertaba a meter la llave en la cerradura. Abrió la puerta y tecleó la contraseña en el panel de la alarma. La sala estaba a oscuras y en silencio. Contemplaba desde la puerta el acristalado despacho de su jefe cuando su móvil empezó a vibrar y, al sacarlo del bolsillo, se le escurrió de las manos y dio contra el suelo. El terminal quedó boca arriba y en la pantalla apareció la fantasmagórica imagen de Prince Suleyman, que parecía flotar en las tinieblas de la estancia.

—Mete el dinero en un sobre y ve al Opera Nightclub en el 1150 de la avenida Crescent. Tienes una hora. Un segundo más tarde, no estaré.

—¡No podré llegar! ¡Dame más tiempo! —contestó Alex.

—Te tengo geo localizado. Sé que ahora estás en Shapiro Motor Sales. Una hora es más que suficiente para llegar.

—¡Necesito más tiempo!

—He visto el vídeo de tu teléfono móvil. Muy ingenioso. Trae mi pasta o te denunciaré a la policía.

—¡Espera, espera! —El teléfono se apagó y la oficina volvió a sumirse en la oscuridad. Alex tanteó el suelo hasta encontrar su Smartphone, que se iluminó al tocarlo—. ¡Hijo de puta! —En la pantalla aparecía un cronómetro que contaba una hora hacia atrás. Alex intentó reiniciar el teléfono sin conseguirlo, la cuenta atrás secuestraba su móvil. Le quedaban cincuenta y siete minutos. Atravesó la sala hasta el despacho, abrió la puerta de una patada, se agachó frente a la caja de caudales y, en ese instante, recordó que no había memorizado el número de la combinación porque tenía pensado usar la grabación de su teléfono—. ¡Mierda! ¡Puto Suleyman! —Pulsó frenético la pantalla de su Smartphone en un vano intento por detener la cuenta atrás. Quitó la batería del dispositivo y volvió a colocarla—. Funciona, por favor... —En la pantalla apareció el relo­j que marcaba cincuenta y tres minutos—. ¡Joder! —Amagó con tirar su móvil contra la caja fuerte. Cerró los ojos, respiró hondo varias veces y se masajeó las sienes—. Piensa, piensa... —Inspiró aire y lo expiró con fuerza. Abrió los ojos y vio el teléfono del escritorio de su jefe. Le vino a la memoria la costumbre de Louis Shapiro de apoyarse en el pecho su móvil personal cuando mantenía una conversación por el de trabajo—. ¡Eso es! —Corrió hasta la mesa de Louis, abrió el primer cajón del escritorio y encontró material de oficina. El segundo compartimento contenía contratos de compraventa y el espejo de Louis. Tiró del último cajón, pero no consiguió abrirlo porque estaba cerrado con llave. Comprobó la pantalla de su teléfono, la cuenta atrás marcaba algo más de cincuenta minutos. Pensó que necesitaba algo contundente para forzar la cerradura y sabía donde hallarlo. Corrió fuera de la oficina, zigzagueó entre los coches del aparcamiento hasta el edificio del taller mecánico y usó su llave para abrir la puerta peatonal. Encendió la luz, los fluorescentes titilaron y mostraron el Mercedes CLA plateado que se encontraba en el elevador. Se acercó al banco de herramientas y reflexionó que podría introducir un destornillador en la cerradura y martillearlo para reventarla. Cogió un destornillador, pero lo soltó al ver algo que llamó su atención. Agarró una palanca de acero y abandonó el garaje. Rehízo sus pasos hasta la mesa de Louis y vio que ya solo le quedaban cuarenta y seis minutos. Metió la palanca en el quicio del cajón metálico, junto a la cerradura, y tiró con todas sus fuerzas. El compartimiento saltó con estrépito, le golpeó en la tibia y un agudo dolor le subió hasta la rodilla. Encontró el teléfono de Louis bajo una carpeta, le quitó la batería y extrajo la tarjeta de memoria y la tarjeta SIM. Introdujo las de su Smartphone y pulsó el botón de encendido. Las manos le temblaban y apenas podía sujetar el teléfono. Notaba la camiseta empapada de sudor y la angustia subirle por la espalda. En la pantalla apareció la instrucción: «Introduzca su número PIN.» Contuvo un grito de alegría y marcó los cuatro dígitos de su clave de acceso. En la pantalla apareció: «Le quedan dos intentos.» Chasqueó la lengua y tecleó de nuevo: «Le queda un intento.» Alex no daba crédito e imaginó que Prince Suleyman había cambiado su contraseña o introducido un virus en la tarjeta SIM.

7

El pánico se había propagado por su organismo como una enfermedad. A pesar de que Alex resollaba sofocado, el aire apenas entraba en sus pulmones. Dejó el teléfono sobre la mesa y se frotó las manos. Las abrió y cerró con fuerza varias veces hasta que sus dedos perdieron el temblor que los sacudía. Cogió el terminal, pulsó cada dígito de su contraseña y esperó. El Smartphone de Louis se reinició y apareció la interfaz de inicio.

—¡Joder! ¡Sí! —Buscó el vídeo con la combinación de la caja fuerte y suspiró aliviado al comprobar que estaba intacto. Recogió su teléfono y la bolsa de deporte, entró hasta el despacho de Bruce Shapiro y se arrodilló frente a la caja de caudales. Introdujo en el teclado los números de la combinación y oyó el sonido de un resorte metálico al saltar. Tragó saliva, movió el picaporte, la puerta se abrió y dejó a la vista un millón de dólares en billetes de cien. Sintió que su cuerpo se revitalizaba con una descarga de alegría, pero la ansiedad le abatió al recordar la cuenta atrás. Abrió la bolsa de deporte en el suelo, metió la mano hasta el fondo de la caja fuerte, barrió con el brazo los fajos y el dinero cayó como una verde cascada. Cerró la cremallera de la bolsa de deporte, cogió un sobre del escritorio de su jefe y se marchó. Al llegar al aparcamiento, contempló la luna brillar en el cielo. Sintió que le vigilaba como si supiera el robo que acababa de perpetrar. Se detuvo en la puert­a del recinto y esperó a que se alejase un coche que circulab­a por la calle. Creía que mil ojos le observaban y caminó deprisa hasta su Chevrolet, abrió el maletero, apartó su or­denador portátil y dejó la bolsa. Cogió un fajo de billetes, separó cuatro mil dólares, los metió en el sobre de papel y se lo guardó en un bolsillo de la cazadora. Observó la bolsa durante unos segundos, una voz en su interior le decía que la escondiese. Levantó la tapa del doble fondo, apartó la rueda de repuesto y depositó la bolsa de deporte en el hueco. Colocó la rueda sobre la bolsa, el neumático no encajaba bien. Sacó el gato mecánico, movió la rueda y encajó. Subió a su coche y conectó su Smartphone, la cuenta atrás le apremiaba a llegar al Opera Nightclub en menos de treinta y dos minutos, pensó que no llegaría a su cita, que Prince Suleyman le denunciaría a la policía y que Niall lo mataría.

—Tengo que desaparecer esta noche... —susurró y puso rumbo al Opera Nightclub.

El ruido del motor del Chevrolet retumbaba entre los edificios de la calle Junperl. A través del parabrisas, Alex veía los rascacielos del Midtown cada vez más cerca. Comprobó que le quedaban veinte minutos para encontrarse con Prince Suleyman y pisó a fondo el acelerador. El motor subió de vueltas y empezó a dar pequeños tirones que, poco a poco, aumentaron en frecuencia e intensidad. El auto­móvil vibraba con tanta violencia que Alex veía borroso y no se percató de que pasó a toda velocidad frente a un coche de policía que se incorporaba desde una calle perpendicular. El coche patrulla aumentó la velocidad hasta situarse tras su estela. El aullido de la sirena y los destellos rojos y azules inundaron el habitáculo del Chevrolet.

—Mierda... —Se detuvo en el carril derecho, junto a la marquesina de una parada de autobús en la que dormía un hombre gordo y borracho. El agente de policía descendió de su vehículo, se acercó al Chevrolet e iluminó con su linterna el rostro de Alex.

—¿Va a apagar un fuego? —preguntó.

—No, agente. Sé que iba rápido, pero tengo mucha prisa y...

—Documentación y permiso de conducir.

Alex intentaba ocultar sus nervios, se decía a sí mismo que debía moverse con la calma de quien no ha robado un millón de dólares. Buscó en la guantera el seguro y los papeles del coche, y se los tendió al policía junto con su carnet de conducir.

—Verá que está todo en regla —dijo, con fingido tono despreocupado—. Siento haber ido tan deprisa. Aceptaré la multa sin rechistar.

—Salga del vehículo y abra el maletero. —El policía dio un paso atrás y se llevó la mano al revólver.

—¿Qué...? —Sintió que se le paralizaba el corazón—. ¿Qué...? —Empalideció y tuvo que agarrar el volante para evitar que le temblaran las manos.

—Ya me ha oído.

Alex asintió y abrió la puerta. Descendió despacio como si cada segundo que arañaba a lo inevitable pudiera traer el milagro que le salvase de la cárcel. Rodeó el coche y puso la mano sobre el maletero.

—¡Déjele tranquilo, maldito represor! —dijo el borracho de la parada de autobús.

—¡Usted quédese ahí y cierre la boca!

—¡Represor! ¡A mí no me diga que me calle!

—¡Qué cierre la boca le he dicho! —El agente le apuntó con la linterna y cegó al hombre, que se cubrió la cara con el dorso de la mano—. ¡Y usted abra el maletero!

—De acuerdo. —Alex obedeció. El haz de luz de la linterna cayó sobre el ordenador portátil. El agente palpó la moqueta del maletero, levantó la tapa del doble fondo y encontró la rueda de repuesto.

—Puede cerrarlo. —El agente fue a su vehículo y comprobó que la documentación del Chevrolet estaba en regla. Alex apenas podía contener la euforia, el millón de dólares había pasado desapercibido y una sensación de pleno éxito le había invadido.

Minutos después, reemprendía su marcha con una multa por exceso de velocidad. Conducía lento, sin sobrepasar el límite de treinta millas por hora. El reloj marcaba que le quedaban menos de diez minutos para llegar a su cita con Prince Suleyman.

—¡A la mierda! —Pisó el acelerador y el motor del coche rugió.

Nueve minutos más tarde, estacionó el coche en la calle West Peachtree. Miró la cuenta atrás, los segundos llegaron a cero y en la pantalla apareció la interfaz de inicio. Alex corrió hasta el edificio de ladrillo rojo sin ventanas que albergaba la discoteca. Su arquitectura decimonónica e industrial destacaba entre los modernos rascacielos de acero y cristal que lo rodeaban. La entrada al local se encontraba en un primer piso sobre unos soportales al que se accedía por una escalera metálica de hierro forjado que de­sembocaba en una marquesina con un escueto letrero color naranja que rezaba: «Opera.» Dos porteros, de aspecto fiero y vestidos con ropa ajustada negra, guardaban la entrada. Alex subió con premura las escaleras y sus pasos resonaron metálicos contra los escalones.

—Buenas noches.

—¿Qué busca? —dijo uno de los porteros con un fuerte acento hispano y le cerró el paso.

—Mis amigos están dentro.

—Está completo. Márchese.

—Vengo a celebrar mi cumpleaños. —Alex sacó el fajo de billetes y dio cien dólares a cada portero.

—Felicidades. Disfrute —dijo el portero y le abrió la puerta. La música house salió del interior. Alex accedió al local. Las paredes del vestíbulo eran blancas y de ellas colgaban cuadros de pintura abstracta. Un sofá de terciopelo rojo estaba en medio de la sala como si fuera una obra de arte expuesta al público. Un portero, vestido con esmoquin, esperaba junto a una gruesa puerta metálica que contenía la música de la pista de baile. Al abrirla, unos ritmos cibernéticos inundaron el vestíbulo. Alex torció el gesto y el portero se encogió de hombros. La pista de baile estaba abarrotada de personas que no superaban la treintena. El ambiente era una mezcla de hípsters y jóvenes urbanos vestidos con ropa de diseño. Alex observó que bebían cócteles y tenían el aspecto despreocupado de quien lleva una vida satisfactoria. En ese instante, una lluvia de confeti plateado cayó del techo en una explosión de luces verdes y humo frío. Las personas que abarrotaban la pista de baile alzaron los brazos y gritaron. Una chica salió apresurada del danzante barullo y chocó contra Alex.

—¡Disculpa! —Le gritó ella al oído—. ¡No te había visto! ¡Esto es una locura!

Él asintió. La muchacha le resultaba atractiva. Tenía los ojos azules y las cejas rubias. Llevaba el pelo corto, teñido de moreno y un largo flequillo que le caía como una ola sobre el rostro. Alex pensó que le recordaba a un ratoncillo, que era demasiado delgada y pálida, pero que tenía una belleza fresca y desenfadada. La chica le sonrió y el piercing de su labio resaltó. Él se hizo a un lado y ella continuó su camino. Alex la siguió con la mirada. La chica atravesó un grupo formad ...