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EL BRILLO DE LAS LUCIéRNAGAS

Paul Pen

4


Fragmento

1

Se lo pregunté a mi padre la noche en que mi familia cumplía cinco años en el sótano. Cinco años desde el fuego. Yo llevaba algo menos. Nací poco después de que ellos entraran.

—¿Por qué no podemos salir?

Papá cambió el calendario de la pared y se sentó a la mesa. La grande que había en la estancia principal donde confluían salón, cocina y comedor.

—¿Para qué quieres salir? —contestó—. Toda tu familia está aquí.

Mamá bajó la cabeza, llevándose la barbilla al pecho. Creo que también cerró los ojos. No había mucha luz allá abajo, tan sólo la de las bombillas desnudas que colgaban del techo. A veces pensaba en ellas como suicidas, cuerpos de cristal que se balanceaban ahorcados por un cable.

—Ven, hijo.

Papá empujó su silla hacia atrás y dio un par de palmadas a una de sus rodillas. Me acerqué a él arrastrando los pies. Noté el frío del suelo a través de uno de los agujeros del talón de mi pijama. Aún utilizaba de esos que llevan el calcetín incorporado. Papá me agarró por las axilas, me levantó, y me sentó sobre su regazo. Como solía hacer al principio, llevé mi mano hasta su cara. Me gustaba el tacto de su piel quemada. Desde su ojo izquierdo hasta la comisura de sus labios, los pliegues irregulares de su rostro deformado resultaban llamativos al tacto de un niño.

—Déjame —se quejó mientras bajaba mi brazo—. Quiero que mires a tu alrededor. A tu familia.

Los rostros de mamá, de mi hermano y de la abuela se volvieron hacia mí. Todos menos el de mi hermana, que miraba a algún otro lado.

—Y esa que no te mira —dijo mi padre—, también es de esta familia.

La máscara blanca giró entonces sobre su cuello, y fijó sus ojos en mí.

—¿Los ves? —preguntó papá—. Ellos, tú y yo, somos todo lo que necesitamos. Arriba no hay nada que merezca la pena. ¿Te acuerdas cuando tu madre te salpicó con el aceite hirviendo mientras cocinaba?

Había ocurrido unas semanas antes, mientras mamá preparaba el desayuno. La oscuridad del sótano y las sombras que bailaban deformando la realidad con cada ligero balanceo de las bombillas, complicaban algunas tareas. La mañana que me salpicó con el aceite yo estaba entre sus piernas y la hice tropezar; en realidad fue culpa mía.

—¿Recuerdas lo mucho que te dolió la ampolla que te salió aquí? —continuó mi padre.

Extendió los dedos de mi mano para examinar el dorso. Señaló el punto justo donde había aparecido la ampolla, de la que ya no quedaba ni rastro.

—Estás lleno de baba, ¿cuándo vas a dejar de chuparte los dedos? —Apenas movió la cabeza, pero dirigió la mirada hacia mi madre durante un segundo—. ¿Recuerdas entonces lo mucho que dolía esa burbujita de líquido? —volvió a preguntarme mientras pellizcaba el dorso de mi mano—. Pues el mundo de arriba está hecho de esas burbujitas. Pero no burbujitas pequeñas como la tuya —sus dedos pellizcaron con más fuerza, haciendo que el dolor comenzara a encenderse como si la ampolla hubiera vuelto a crecer—, lo que hay allí arriba, allí fuera, son burbujas cien veces más grandes, es un dolor que no podrías soportar —comenzó a retorcer los dedos—, un dolor que acabaría contigo en cuanto pusieras un pie fuera de este sótano.

Abrí la boca pero no dije nada. Me lo impidió el dolor en el dorso de la mano, mucho más fuerte que el que me había provocado la ampolla cuando aún estuvo allí, y el de la muñeca que papá me aplastaba sin darse cuenta. Recuerdo el sonido mucoso de mi garganta rasgándose. La humedad de mis mejillas.

—Para, por favor.

Fue mamá quien dijo aquello, su voz apenas un susurro. Papá dejó de apretar. El dolor duró un rato más.

—¿Ves como no quieres salir de aquí? Si apenas aguantas esto, ¿qué sería de ti allí fuera? —Acarició mi muñeca. Besó el lugar donde había estado la ampolla, de nuevo enrojecido por el pellizco—. No es nada, campeón, no es nada. Papá no quiere hacerte daño. Sólo quiere enseñarte. Tienes que aprender que éste es el mejor lugar en el que podrías estar. El mejor lugar del mundo. ¿Quieres tocarme la cara?

Dirigió mi mano a la parte quemada de su rostro y dejó que la acariciara. Sabía que aquello me gustaba. Consiguió que me relajara. Solía detenerme en una línea de pelo duro que emergía entre un pliegue que cruzaba su mejilla y que papá no podía afeitar. Era como una cicatriz de pelo. Me gustaba recorrerla con la yema de los dedos.

—Además —dijo mientras sacudía la cabeza y apartaba mis dedos—, ¿quién te ha dicho que no puedes salir?

Mi abuela recogió las manos de golpe. Vi cómo desaparecían bajo la mesa. Algo cambió también en la postura de mis hermanos. Se incorporaron y dejaron la espalda rígida. Mamá permaneció con la cabeza agachada.

—La puerta está ahí —continuó mi padre. Con una mano la señaló y, con la otra, me agarró la cabeza para obligarme a mirarla—. Está a tres pasos de aquí. Y está abierta. Siempre ha estado abierta. ¿Quién te ha dicho lo contrario? —En silencio, realizó una panorámica de la mesa—. ¿Ha sido tu madre? ¿O alguno de tus hermanos? ¿Ha sido ella? —Señaló a mi hermana con la barbilla—. A ella le gusta hablar de más. Porque no creo que haya sido la abuela, ella sabe perfectamente que la puerta siempre ha estado abierta.

Mi padre volvió a agarrarme de las axilas para empujarme, hacer que bajara de sus rodillas, y dejarme de pie en el suelo. De nuevo sentí el frío de las baldosas.

—Vamos —me dio una palmada en el culo—, ve a la puerta. Compruébalo tú mismo.

Quise mirar a mi madre, pero papá me sujetó la cabeza y me obligó a mirar al frente.

—Venga, vete de aquí si quieres. —La segunda palmada en el culo fue más fuerte, tanto que tuve que dar un paso para evitar caerme—. Abre esa puerta y vete. Eso es lo que quieres, ¿no? Pues hazlo. Vete y olvídanos. Nosotros preferimos quedarnos aquí.

A mis espaldas, escuché una silla arrastrándose, como si alguien fuera a levantarse. Pero nadie lo hizo. Di otro paso más. El sótano olía a zanahoria. Me encantaba ese olor. Era el olor de la noche. Sólo la mancha de sol que recorría el suelo del salón de una pared a otra, y que se colaba por alguna rendija en el techo, me permitía saber cuándo era de día y cuándo era de noche. El olor a zanahoria siempre empezaba al desaparecer la mancha. Si salía del sótano no volvería a comer la crema de zanahoria de mamá. Una inesperada sensación de pérdida detuvo mi camino. Tenía ganas de volver al regazo de papá y raspar mis dedos contra su cicatriz de pelo.

—¿Pero aún sigues ahí? —gritó él—, corre a la puerta, anda. Ábrela y vete. Sal de este sótano si tantas ganas tienes de saber lo que hay fuera.

Avancé hasta la puerta sin detenerme. Nunca antes me había acercado tanto. Una puerta pierde su significado si no la atraviesas a menudo. Se convierte en pared. De pie frente a ella, comencé a chuparme los dedos. Estaba sudando. Observé a los de la mesa. Mamá había alzado de nuevo el rostro. Dos puntos blancos titilaban ahora en medio de sus ojos. Papá estaba sentado con las piernas abiertas, girado sobre su asiento. Alzó una mano y la agitó para despedirse.

La baba se me escurría ya por el antebrazo. Miré otra vez hacia la puerta. Saqué los dedos de la boca y levanté mi mano hacia el pomo, que quedaba a unos dos palmos por encima de mi cabeza. La primera vez que intenté agarrarlo, la sal

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