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EL CAFé DE LOS PEQUEñOS MILAGROS

Nicolas Barreau

4


Fragmento

Prólogo

A Nelly le gustaba hacer todo despacio. Iba a todas partes tranquila en vez de correr, y solía pensar mucho las cosas antes de tomar una decisión. Cuando aquel claro día de otoño paseaba por la orilla del Sena y la caravana de coches que se deslizaba a lo largo del quai se detuvo entre bocinazos, tuvo que pensar en Paul Virilio y sus teorías de la velocidad.

Sí, era horrible que el ser humano siempre tratara de adelantarse a sí mismo, la creciente aceleración del mundo no podía traer nada bueno. Pero su trabajo de fin de carrera sobre Virilio había llevado a Nelly hasta Daniel Beauchamps, y eso sí era algo muy bueno. Hacía ya once meses, tres semanas y cinco días que trabajaba para el catedrático de filosofía, y ese era exactamente el mismo tiempo que llevaba enamorada de él en secreto.

Bueno, muy en secreto. A veces Nelly trataba de convencerse a sí misma de que pensar en la felicidad futura era casi más bonito que llegar a alcanzarla algún día. ¿Había algo más delicioso que estar por la noche en la cama, bajo un cielo nocturno lleno de posibilidades, y soñar cosas que podrían ocurrir?

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Una tímida sonrisa cruzó el rostro de Nelly mientras agarraba inconscientemente más fuerte la correa de cuero de su bandolera. ¡Aquella mañana Daniel Beauchamps le había dejado un mensaje en el teléfono porque quería comentarle algo! ¿Era su imaginación o esta vez la voz del profesor sonaba distinta a otras veces?

Ese hombre alto y atento que arrastraba levemente la pierna derecha (secuela de un accidente de bicicleta de juventud) y la había hechizado al instante con su intensa mirada azul. Nelly jamás olvidaría que, en su primer día de trabajo, él había ido antes a la universidad expresamente para darle la bienvenida. Aquel día, hacía ya casi un año, Nelly, tal vez con demasiada puntualidad, subió a toda prisa las escaleras hasta el departamento para comprobar con asombro que los despachos de la facultad de filosofía estaban todavía vacíos. Solo en la secretaría parecía haber algo de vida: una solitaria taza de café au lait humeaba sobre la mesa, pero no se veía a nadie. Y también madame Borel, a quien Nelly debía ir a ver en realidad, se hacía esperar. Indecisa, Nelly recorrió varias veces el pasillo arriba y abajo, hasta que finalmente llamó a la puerta de Beauchamps. Justo cuando se disponía a abrirla apareció el profesor al final del pasillo avanzando deprisa hacia ella con su inconfundible y suave cojera.

—Me lo imaginaba —dijo, y sus ojos brillaron amables por encima de sus grandes gafas—. Mi nueva becaria ya está aquí y no hay nadie para recibirla. —Sonriente, le tendió la mano antes de abrir su despacho e invitarla a entrar—. ¡Pase, por favor, mademoiselle Delacourt, entre! Lamento que haya tenido que esperar. A veces mi gente interpreta con demasiada generosidad lo que significa llegar «a tiempo». —Acercó una silla a su escritorio repleto de papeles y luego se dejó caer en su sillón de cuero—. Bueno, en cualquier caso: ¡bienvenida a nuestro desordenado mundo! Tengo la sensación de que con usted mejorará. ¿Puedo ofrecerle un café antes de que madame Borel se deje ver por aquí? Me temo que tardará todavía un rato. —Y le guiñó un ojo.

Ese fue el momento en que le robó el corazón.

No era la primera vez que Nelly se enamoraba. Durante la carrera le había gustado algún que otro compañero..., pero esto de ahora era la vida de verdad. Tenía un trabajo de verdad. Y el profesor Beauchamps era un hombre de verdad, no un chico enamorado que intentaba manosearla torpemente o no sabía muy bien qué decirle a una mujer.

Como hija de una librera apasionada que en su librería de Quimper colocaba el parque de la pequeña Nelly junto a los estantes repletos de libros y que mientras leía una emocionante novela podía olvidarse de la tranquila niña (que sacaba un libro tras otro de la estantería y jugaba con ellos ensimismada), Nelly amaba los libros por encima de todo. Y como hija de un cariñoso ingeniero civil, que por las noches hacía cabalgar a la pequeña sobre sus rodillas y había muerto demasiado pronto (un trágico accidente que se había llevado a los dos padres y sobre el que Nelly jamás hablaba), ahora se había enamorado de este hombre mayor, pero no viejo, culto, pero no arrogante, y que estaba claro que entendía a las mujeres (de lo que Nelly tomó nota con un cierto recelo).

Afortunadamente, el profesor Beauchamps no era un hombre guapo. Nelly Delacourt desconfiaba profundamente de los tipos guapos. Solían ser muy engreídos y no tenían nada en la cabeza porque la vida se lo ponía todo demasiado fácil. Con su andar torpe y su marcada nariz de boxeador sobre unos labios finos encogidos en un gesto de concentración, seguro que Beauchamps no habría ganado un concurso de belleza, pero su mirada inteligente y su encantadora sonrisa hicieron que Nelly encontrara irresistible a este profesor que en sus clases hablaba de forma tan interesante y amena sobre Paul Virilio y Jean Baudrillard.

En las siguientes semanas recogió discretamente información sobre su nuevo mentor, que —casado una vez y divorciado una vez— vivía sin pareja estable cerca del Parc des Buttes Chaumont y, según Nelly averiguó, era un gran fan de Frank Sinatra. Un buen comienzo.

Y es que Nelly conocía todas las canciones de Frank Sinatra. Y eso era así porque de pequeña su padre, en ocasiones muy especiales, le dejaba poner los viejos discos de su colección. Con cuidado y muy concentrada, Nelly apoyaba la delicada aguja de zafiro sobre el negro disco de vinilo tal como papá le había enseñado y escuchaba con atención el apagado crujido que acompañaba a la voz aterciopelada de Frank Sinatra. Era como un pequeño hechizo que envolvía toda la habitación, y la pequeña niña de rizos castaños se sentaba con las piernas dobladas en el gran sillón de orejas y contemplaba cómo sus padres se deslizaban por todo el salón al ritmo de Somethin’ Stupid o Strangers in the Night. Entonces todo estaba en orden, y Nelly aún recordaba aquellas tardes en que la música y la penumbra la envolvían como un capullo de seda y se sentía más segura que nunca. De aquello solo le quedaban las canciones de Sinatra y una extraña melancolía que la invadía cuando las escuchaba.

¡Y ahora encontraba a alguien a quien le gustaba el viejo Frank Sinatra tanto como a ella! A veces Nelly se imaginaba bailando con el profesor con la música de Somethin’ Stupid de fondo..., su canción favorita. Y esa era tan solo una de las cosas que compartía con Daniel Beauchamps. Frank Sinatra, las viejas películas de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, la soupe de poisson avec rouille (¡eso era algo muy, muy bretón!) y la tarta de pera. Y, como ella, él prefería el mar a la montaña, admiraba al pintor español Sorolla (cuando todo el mundo hablaba solo de los impresionistas franceses) y, antes de que se conocieran, había comprado en la Galerie 21 de la Place des Vosges un cuadro de Laurence Bost (Nelly solo tenía un catálogo de la pintora, ¡pero menuda casualidad!). Tomar el café crème con una cucharada de azúcar era otro punto que tenían en común. ¡Y Paul Virilio, naturalmente! Para ser exactos, Nelly había oído hablar por primera vez de este pensador, cuya mirada crítica sobre el mundo posmoderno apreciaba en gran medida por motivos personales, en una conferencia de Beauchamps, y también esto le parecía un guiño del destino.

En los últimos meses Nelly había elaborado con gran rigor científico una «lista de coincidencias», y quien la leyera no tendría ninguna duda de que el profesor y ella estaban hechos el uno para el otro. La base de toda buena relación es tener preferencias e intereses similares... Ya lo decía su abuela bretona, Claire Delacourt, una mujer valiente y con una gran experiencia de la vida a quien Nelly siempre había apreciado mucho.

Nelly volvió a sujetar la correa de su pesado bolso, que amenazaba con escurrirse otra vez por el hombro de su gabardina, y las comisuras de sus labios vibraron divertidas. Seguro que el profesor Beauchamps se sorprendería bastante si su tímida ayudante le enseñara su «lista de coincidencias». En realidad, las cosas entre ellos estaban tan claras como aquel brillante día de otoño parisino, pero ¿cuándo iba a confesarle el profesor por fin su amor? Ese hombre grande y torpe que era amable con ella de un modo que siempre le daba motivos para crear escenarios románticos (que lamentablemente solo existían en su imaginación) y que nunca (¡ni una sola vez!) había traspasado los límites del decoro..., excepto aquella vez tras la fiesta de verano en la que quizá sujetó su mano un poco más de tiempo de lo habitual.

—Lleva usted un vestido muy bonito, mademoiselle Delacourt, encantador. Le sienta muy bien no trabajar tanto —le había dicho cuando se despidieron delante del Rosa Bonheur, un pequeño restaurante muy agradable que estaba en pleno Parc des Buttes Chaumont y en el que Beauchamps había invitado a la gente de su departamento para celebrar el final del semestre—. Créame, ningún libro del mundo se merece que alguien deje de vivir por él. ¡Salga más a menudo, diviértase!

Nelly había sonreído contenta y había observado con timidez los bonitos farolillos de colores que estaban repartidos entre los árboles creando el escenario perfecto para un romántico paseo nocturno. Pero no había sido lo suficientemente atrevida como para responder algo así como: «¿Es eso una proposición, monsieur Beauchamps?».

Era lo que habría hecho Lauren Bacall y luego, con un gesto provocativo, habría dejado que él le ofreciera fuego para encender un cigarrillo. Ella, en cambio, se había quedado allí plantada, sin ningún cigarrillo en la mano, muda como una oveja, rezando para no ponerse roja como un tomate. Aunque luego había dicho:

—Pero a mí me gusta mucho trabajar, ya lo sabe usted...

¡Pero a mí me gusta mucho trabajar! Esa frase rompía toda la magia. Era mucho más que aburrida. ¡Solo le faltaban unas enormes gafas negras de empollona! Furiosa consigo misma, Nelly se imaginó saltando de noche por el parque como Rumpelstiltskin.

Beauchamps la había observado un instante con gesto pensativo.

—A veces me gustaría saber qué ocurre tras la retina de esos bonitos ojos —había comentado luego sonriendo.

—Es un secreto —había respondido Nelly cohibida, y seguro que no hace falta decir que se había llevado consigo a casa esa frase nada aburrida del profesor como si fuera un valioso tesoro y había estado dándole vueltas durante mucho tiempo.

Y luego había seguido haciendo aquello en lo que era realmente buena: había trabajado más duro que todos los demás, había trabajado más tiempo que todos los demás —apenas lograban convencerla de que se tomara unas vacaciones— y había esperado una señal, ese momento único y decisivo. Confiando en hacerse imprescindible y crearle a ese momento el espacio que necesitaba para surgir, estaba siempre en su puesto, y pocas veces era tan feliz como al final de un largo día cuando, una vez que los demás se habían marchado, podía intercambiar unas palabras con Daniel Beauchamps, quien empezaba a preguntarse, algo preocupado, si esa guapa e inquietantemente concienzuda joven tenía en realidad una vida privada.

A diferencia de muchas personas de hoy en día, para las que nada ocurre suficientemente deprisa, Nelly Delacourt dominaba el arte de lo que ella llamaba la «espera adecuada». Pero once meses, tres semanas y cinco días de dulce espera incluso a ella le parecían más que adecuados, y ahora, mientras avanzaba por la orilla del Sena, tuvo de pronto la sensación de que ese día iba a suponer un cambio fulminante. El profesor Beauchamps quería «comentarle» algo... Nelly sintió que el corazón le daba un salto de alegría.

Estaba tan sumida en sus pensamientos que hasta el último momento no vio la multitud que se agolpaba en el Pont Neuf. Se oían gritos de asombro, los transeúntes miraban hacia arriba extasiados, por un momento todos se quedaron como en una burbuja de aire, como si ahí arriba se estuviera produciendo un prodigioso milagro.

Nelly se puso la mano en la frente a modo de visera, guiñó los ojos por la luz y entonces lo vio ella también: un vistoso globo aerostático flotaba en el aire por encima del río. Sus resplandecientes tonos rosas y dorados brillaron con el sol del atardecer antes de continuar su lento y silencioso viaje sobre París.

¡Qué maravilloso debía de ser volar así por el cielo azul, a poca altura, de forma ingrávida y ligera y desprendido de todo! ¡Bastaría con estirar los dedos para poder tocar las nubes como un corazón enamorado en su cariñoso viaje! Durante unas décimas de segundo Nelly se vio a sí misma volando ahí arriba. Luego sacudió la cabeza con un pequeño escalofrío.

—Yo jamás podría —murmuró. Y se quedó mirando el globo de aire caliente hasta que desapareció en el horizonte.

1

Lo bueno de creer en las señales es que pueden orientarte en el desconcertante mapa de la vida. Lo malo de ellas es que reflejan nuestras propias deficiencias, y siempre justo cuando no estamos en condiciones de captar su mensaje orientador.

Lo había fastidiado todo. Había sido su gran oportunidad y la había desaprovechado. Cinco días enteros con el profesor Beauchamps, los dos, al otro lado del Atlántico... Nelly dejó escapar un pequeño gemido de desesperación mientras deambulaba aturdida por las animadas calles del Quartier Latin. Parejas de enamorados, por todas partes parejas de enamorados paseando por delante de los cafés y restaurantes cogidos de la mano o lanzándose intensas miradas por encima de una copa de vino tinto. ¡Era horrible! ¡Insoportable! Y por si todo eso no fuera suficiente, al final de la rue Julien le Pauvre, cerca de la librería Shakespeare and Company, había un estudiante americano tocando la guitarra y cantando con gran entusiasmo Come fly with me[*], de Sinatra.

«Let’s fly, let’s fly away...». El joven de rizos rubios balanceaba el cuerpo muy animado, y sonrió a Nelly ya de lejos. Cuando ella se acercó, él puso todo su encanto melodioso en las siguientes palabras. «Once I get you up there... I’ll be holding you so near...». Entonces el chico rubio le guiñó un ojo con complicidad y acompañó el «up there» con un movimiento de cadera. Nelly le lanzó una mirada enfurecida y por un instante pensó en darle una patada al estuche de la guitarra, en el que había algunos billetes y monedas.

«It’s such a lovely day...», siguió cantando el músico callejero a voz en grito, y giró el cuello tras la atractiva joven de la gabardina que, con la espalda estirada y el pelo ondeando al viento, desapareció en el pequeño parque que estaba cerca de la librería y se sentó en un banco.

Nelly estuvo un rato mirando fijamente en silencio sus zapatos de pulsera azul oscuro. Luego murmuró:

—¡No puede ser!

Una hora antes el profesor Beauchamps le había anunciado en su despacho que quería proponerle algo.

—Sé que le coge un poco por sorpresa, pero...

—¿Sí? —A Nelly se le quedó la boca seca de golpe.

—Me preguntaba si no le gustaría venir conmigo a ese congreso de filosofía en Nueva York. Por desgracia, Sabine Marceau, que es quien en realidad debería asistir, no podrá venir. Se tratará, entre otros, el tema de Virilio y las nuevas técnicas de la interactividad actual, y yo daré allí mi conferencia «Dónde estoy cuando estoy en todas partes». Tal vez sería interesante para su trabajo de fin de carrera...

¡Qué pena para Sabine Marceau, qué bien para ella! Nelly había tenido que contenerse para no soltar un fuerte grito de alegría. Se le agolpaban las ideas en la cabeza. ¡Ahí estaba, el momento, la oportunidad que llevaba tanto tiempo esperando!

—Pero eso es..., eso es... —Se puso roja de alegría, y ya se disponía a aceptar entusiasmada, cuando pensó en algo que reventó su felicidad como una pompa de jabón.

Ir a Nueva York significaba volar a Nueva York. Seguro que el profesor Beauchamps no estaba pensando en un pasaje para el Queen Mary. Y volar era lo único que Nelly no haría nunca, jamás y bajo ninguna circunstancia. Ni siquiera por Daniel Beauchamps sería capaz de poner un pie en un avión. Desde que tenía uso de razón a Nelly le aterrorizaba la sola idea de volar..., y eso tenía un motivo (si bien algo extraño, según ella misma admitía). El miedo a volar era un secreto bien guardado que tenía su origen en su niñez. No obstante, a Nelly le avergonzaba mucho su fobia. Era algo que jamás habría confesado..., ni siquiera a ese maravilloso hombre a quien siempre quería impresionar. El miedo a volar era algo ridículo. Ella era ridícula. Hoy en día todo el mundo volaba. Seguro que hasta Paul Virilio, quien una vez dijo que al inventar el avión se inventó su caída (¡algo que a Nelly le había gustado mucho!), volaba tan tranquilo por medio mundo para dar sus conferencias sobre la teoría de la velocidad y los accidentes. Sí, hasta a su abuela Claire, quien con cincuenta y siete años se subió por primera vez a un avión tras la muerte de su marido, le parecía estupendo viajar así.

—Toses una vez... ¡y ya estás en Italia! ¡Ay, Italia! Cuando pienso cuánto tardábamos antes tu abuelo y yo en llegar a Roma en coche...

Aunque procedía del Finistère bretón, era evidente que el sur siempre había sido el gran amor de Claire. ¡Cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de Isquia, la costa de Amalfi, Nápoles o Venecia! En esos momentos Nelly veía de pronto a la joven rubia con falda de lunares y zapatos de tacón a la que solo conocía de verla en fotos antiguas.

Nelly se revolvió incómoda en la silla, delante del escritorio del profesor Beauchamps, y empezó a darle vueltas al anillo adornado con granates que llevaba en el dedo corazón. Se lo había regalado su abuela cuando cumplió veinte años, y al entregárselo Claire, que era una de las pocas personas que sabía que su nieta tenía miedo a volar, le había dicho:

—¡Espero que algún día encuentres a alguien con quien puedas volar, pequeña!

Nelly no descubrió hasta mucho tiempo después las palabras que estaban grabadas en el anillo: Amor vincit omnia.

El amor todo lo puede.

Es posible que el amor todo lo pueda e incluso te haga volar, pero todo lo que vuela se puede caer, pensó Nelly entonces. En aquel momento ni siquiera conocía todavía las teorías de Paul Virilio. Pero la vieja joya con los granates sacada del cofre de su abuela se había convertido en su anillo de la suerte y no se lo quitaba nunca.

Y ahora estaba sentada delante de su profesor, cuyas amables palabras oía como a través de algodones, notando cómo se mareaba solo de pensar en volar de París a Nueva York y estar varias horas sin pisar tierra firme.

—Creo que todavía se pueden cambiar los billetes —continuó Beauchamps—. Bueno, ¿qué dice, mademoiselle Delacourt? ¿Viene conmigo? Me gustaría mucho.

—Eh..., bueno... —respondió Nelly, hojeando descontenta su agenda—. ¿Cuándo sería exactamente? —preguntó.

—Dentro de dos semanas.

—Oh..., sí, bueno... —Nelly agachó la cabeza y siguió hojeando—. Me temo..., o sea, me temo que por desgracia no va a ser posible porque..., por desgracia, no es posible.

Y le contó al profesor una historia bastante confusa acerca de su prima Jeanne, a la que había prometido cuidarle el perro justo durante esa semana del congreso porque tenían que operarla de la rodilla («¡El menisco, una cosa muy fastidiosa!») y era muy, muy importante que supiera que su pequeña Loula estaba en buenas manos.

—No puedo decirle ahora que no, con tan poco tiempo, ¿entiende? —Nelly notó que su voz iba camino de sonar histérica. Carraspeó y trató de volver a encontrar un tono normal—. ¡Bueno! Por desgracia, Loula es muy especial. Una chihuahua... ¿Conoce la raza? Bueno, en cualquier caso, si alguien no le gusta puede convertirse en una auténtica bestia. Por suerte, yo le gusto. Y por eso..., no, lo siento, de verdad. —Nelly suspiró, cerró la agenda con determinación y miró fijamente al profesor.

No todo era inventado en esta historia contada de forma tan apresurada: Jeanne Delacourt, la prima de Nelly, seis años mayor que ella, llevaba varios años viviendo en París y tenía en Saint Germain un pequeño café llamado Les amis de Jeanne, donde trabajaba sin ningún problema de salud ni de rodillas y a donde a Nelly le habría gustado llevar alguna vez al profesor. La especialidad de la casa era una increíblemente exquisita tarta de pera con lavanda. («La pera está infravalorada», solía decir Jeanne cada vez que sacaba del horno una aromática tarta de pera). Y en cuanto a Loula..., era una pacífica y pequeña perrita que cabía en cualquier bolso sin ningún problema.

—Hmmm —murmuró Beauchamps, y su mirada desconcertada se posó un momento en su becaria, que estaba sentada ante él roja como un tomate y visiblemente alterada. Luego añadió en tono tranquilo—: Era solo una idea, mademoiselle Delacourt. Si no le viene bien, no hay ningún problema. Ya encontraré a alguien que tenga tiempo. —El profesor se reclinó en su silla giratoria, juntó las yemas de los dedos y sonrió—. Esa pequeña bestia, Loula, tiene suerte de contar con una cuidadora tan buena. A pesar de todo, es una pena.

—Sí, una pena... —dijo Nelly en tono lastimero.

Las campanas de Notre-Dame sonaron, y Nelly, que seguía sentada en el banco mirándose los zapatos, se preguntó cómo se podía tener un nombre tan rimbombante y ser una fracasada. Porque por desgracia Nelly, que en realidad se llamaba Eleonore, no era tan fuerte y valiente como la famosa Leonor de Aquitania, de quien su madre (que durante el embarazo había leído una biografía de esta gran reina) había tomado el nombre para ponérselo a ella. Como enseguida, y para pena de su madre, se comprobó, la pequeña Eleonore resultó ser más miedosa que valiente y más delicada que fuerte, y no parecía encajar mucho entre las resueltas mujeres bretonas de la familia Delacourt. ¡Eleonore! ¡Cómo pudo hacerle su madre algo así! Furiosa, Nelly apartó una piedrecita con el pie. Siempre había odiado ese nombre, pensaba que ella nunca estaría a su altura. Mientras sus robustas primas se lanzaban a las olas del mar bretón gritando de alegría, la pequeña Nelly huía del agua y se escondía en las dunas. Cuando en la mesa alguien decía algo inoportuno, ella se levantaba de golpe y se encerraba en su habitación. De pequeña se ofendía por cualquier tontería. Y con trece años renunció al legado de su madre y pasó a llamarse simplemente Nelly..., una abreviatura de Eleonore.

Todavía recordaba muy bien las tardes en que, sentada en el desgastado sofá de terciopelo azul que había en la cocina de la vieja casa de piedra, le contaba a su abuela las pequeñas y grandes penas que oprimían su corazón. Claire Delacourt escuchaba con paciencia mientras en el enorme fogón que alimentaba todavía con carbón preparaba unas crepes dulces con almendras y salsa de chocolate cuyo maravilloso olor inundaba enseguida la cocina. Y siempre tenía un consejo para su Nelly, que era su nieta preferida.

—Pequeña —solía decirle (siguió llamándola «pequeña» incluso cuando tenía ya más de veinte años y hacía tiempo que no era una niña)—. Pequeña, no debes tomártelo todo tan a pecho. Si no, la vida te va a resultar muy difícil. —Y le acariciaba el pelo para animarla—. No seas sensible como las mimosas, Nelly. ¡Es mejor que seas una rosa!

Nelly siguió sentada en el banco del parque, girando el viejo anillo, y notó que se le saltaban las lágrimas. ¡Cómo le habría gustado ser una rosa! Pero ella no era una Escarlata O’Hara. Solo era Nelly, que no se atrevía a volar porque le daba miedo. Una lágrima rodaba por su mejilla cuando notó algo blanco delante de la cara. Era un pañuelo.

Sorprendida, levantó la mirada. Delante de ella estaba el músico callejero rubio con la cabeza ligeramente inclinada, apoyado en el estuche de su guitarra y mirándola con compasión.

—Why are you so blue, mademoiselle? Una chica tan guapa como usted no deberría estar tan triste. —Señaló el banco—. ¿Puedo?

Nelly cogió el pañuelo y asintió. Hay situaciones en la vida en las que lo más lógico es dejar que te consuele un músico callejero.

—Well..., what happened? ¿Qué ha pasado? Antes me miró muy mal cuando pasó couriendo.

Nelly tuvo que sonreír.

—Corriendo —le corrigió.

—Yeah..., ¡cor...riendo! —Se rio—. Cielos, por un momento temí que le iba a dar un patado al estuche de mi guitarra. —Hizo una mueca cómica y sus ojos brillaron divertidos—. No cantou tan mal como para que usted llore, ¿no?

Nelly se limpió los ojos y meneó la cabeza.

—Well, entonces me alegrou de nou ser el culpable de que usted lloure, mademoiselle.

Habría sido el momento adecuado para ponerse de pie y despedirse con dignidad. Pero Nelly se quedó sentada.

—¿Usted vuela? —preguntó de repente, mientras seguía mirándose los zapatos.

—¿Quiere decir... con..., eh...? —Se pasó la mano por el pelo—. ¿En avión? Clarou... No he cruzado el Atlántico nadando, ¿no? —Sonrió.

Nelly asintió un par de veces y se volvió hacia él.

—¿Sabe usted realmente lo peligroso que es eso? —Bajó la voz y le miró con los ojos muy abiertos—. Cuando se inventó el avión, se inventó también su caída.

—¡Oh! —El chico se encogió de hombros—. La vida entera es un peligro. No risk, no fun!

—Yo no vuelo nunca, ¿sabe? ¡Jamás lo haría! ¡Por nada del mundo!

Él la observó con atención.

—Y eso... la hace infeliz, ¿no? —preguntó alzando las cejas.

«Alguien debe de haberle dicho que en francés hay que añadir un “¿no?” después de cada frase», pensó Nelly. Se dejó caer sobre el respaldo del banco y suspiró.

—Podría haber volado a Nueva York..., pero he tenido que decir que no, ¿entiende?, porque no puedo subirme a un avión..., y ahora estoy enfadada conmigo misma. —Volvió a apartar una piedrecita con la punta del zapato.

—Hey, nou, no debe usted enfadarse, mademoiselle. No worries! Y además... ¿qué iba a hacer usted en Nueva York? ¡Yo estoy aquí! —bromeó el americano.

Nelly ignoró su intento de ligar.

—Iba a ir con alguien que me gusta mucho, ¿entiende?

—¿Y sabe ese... alguien... que a usted le da miedo volar?

—¡No! —Nelly le miró horrorizada—. ¡No debe saberlo!

—Oh..., well. —El músico callejero pensó un instante—. ¿Y qué tal un simulador de vuelo? —añadi ...