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EL DíA QUE SE PERDIó EL AMOR

Javier Castillo

5


Fragmento

Introducción

Nueva York, 14 de diciembre de 2014

Eran las diez de la mañana del 14 de diciembre. Un pie descalzo pisó el asfalto de Nueva York y una sombra femenina se dibujó frente a él. El otro pie se posó con cuidado, tocando el suelo con sus finos dedos llenos de suciedad. Estaba desnuda, con la piel pálida, las piernas y los pies renegridos y su largo cabello castaño bailando al son de los vehículos. Su cintura se contoneaba suavemente de lado a lado con cada paso que daba; pisaba despacio, como si no quisiera hacer ruido. La chica cruzaba la carretera mientras los vehículos la rozaban, haciendo vibrar su corazón. Se detuvo un segundo en mitad del carril central y observó cómo un autobús pegó un volantazo y la esquivó en el último momento.

Sonrió.

Una mujer que caminaba por la acera con su hijo pequeño le tapó los ojos. Los pitidos de los vehículos que se daban de bruces con ella comenzaron a ser ensordecedores y cada vez había más curiosos que miraban la escena con la boca abierta. Un motorista se tiró a un lado de la carretera para no atropellarla, deslizándose por la calzada y estampando su moto contra un coche que estaba aparcado.

Los coches avanzaban por la avenida como fulminantes apisonadoras, aunque ninguno la rozó. En ese momento el tráfico en la ciudad era rápido, pero llegó al otro lado y, al poner un pie sobre la acera, se le erizó la piel de todo el cuerpo al ver que varios agentes del FBI ya habían salido para taparla y arrestarla. Algunos incluso la apuntaban con la pistola, pensando que quizá fuese armada, pero la chica les sonrió y negó con la cabeza.

—No seréis capaces —dijo.

Uno se abalanzó sobre ella con una camisa verde para cubrir su cuerpo desnudo, pero la chica alzó el brazo derecho mostrando unos papeles en la mano.

—¡Alto! —gritó uno de ellos.

Ella lo miró a los ojos y le sonrió. Un instante después, abrió la mano y los papeles amarillentos comenzaron a planear hacia el suelo, unos más rápido, otros más lento, frenándose con el aire y bailando por el camino, pero todos con la intención de cambiar la historia.

Capítulo 1
Bowring

Nueva York, 14 de diciembre de 2014

—¿Y dices que se ha presentado aquí desnuda? —dijo el inspector Bowring con cara incrédula y sonrisa jocosa mientras avanzaba por el pasillo.

—Así es —respondió su ayudante.

—¿Y la habéis detenido?

—Alteración del orden público, señor. Poca cosa, pero también tiene signos de agresión. Presenta arañazos en los brazos y en la espalda.

—Una perturbada exhibicionista. ¿Para esto me llamáis? Sabéis que los viernes por la tarde me despido para no volver.

—Hay algo más, señor —dijo su ayudante arqueando las cejas con aire preocupado.

—¿El qué?

—Es mejor que lo vea usted mismo.

Al inspector Bowring Bowring no le gustaban las sorpresas. Odiaba la manera en que siempre lo transportaban a un lugar inesperado, o lo metían en problemas. Lo que él buscaba era el aburrimiento, lo perseguía de manera premeditada, pero este tenía la costumbre de huirle cada vez que trataba de alcanzarlo. Ese día, sin ir más lejos, pensaba pasarse la tarde en casa revisando y observando una lámina de sellos sin valor que acababa de caer en sus manos. La había colocado con entusiasmo, el día anterior, sobre la mesa de su estudio, junto a su prominente lupa estática, sus gafas lupa, su lupa cuentahílos, el flexo lupa, y todos los demás cachivaches a los que se les pudiese adjuntar una lupa. Una lámina completa, de una tirada numerosa, de un sello ampliamente utilizado en la última década. «No hay nada mejor para perder el tiempo», se decía. Ahora que su ayudante lo miraba con ojos de preocupación, intuía que su plan perfecto para matar el tiempo estaba a punto de esfumarse.

Bowring caminó junto a él, algo tenso. Le exasperaba el secretismo, pero la solemnidad de una pregunta sin respuesta siempre le dejaba un buen sabor de boca.

—¿En qué sala está?

—La 3E. La del final de las cloacas.

—¿A esa sala no habían llevado los archivos de desapariciones?

—Cierto, jefe.

—¿Y cómo la interrogáis ahí?

—Hemos sacado algunas estanterías para que cupiese una mesa y un par de sillas, y ya sirve como sala de interrogatorios. No nos ha dado tiempo a quitar mucho, aún quedan estanterías con algunos archivos, pero hay suficiente espacio.

—¿Y por qué diablos habéis hecho eso?

—Lo ha pedido ella.

—¿Quién?

—La exhibicionista, jefe.

—A ver si lo he entendido bien. ¿Me estás diciendo que habéis movido los archivos policiales para reutilizar una sala de interrogatorios que llevaba casi veinte años sin usarse, a la que casualmente hace una semana le dimos otra utilidad, porque una loca exhibicionista os lo ha pedido?

—No lo entiende, señor —dijo nervioso y algo preocupado—. Cree que sabe lo que va a pasar.

—¿Qué?

—El futuro. Ella dice que cree saber lo que va a ocurrir. Nos ha contado que es importante para todos nosotros que sea en esa sala.

Bowring permaneció en silencio. Siempre había despotricado sobre el deterioro que había sufrido el entrenamiento del FBI, permitiendo que jóvenes como Leonard, patosos, ingenuos y manipulables, llegasen a formar parte del cuerpo. Leonard caminó junto a él, lanzándole miradas de reojo al tiempo que tragaba saliva.

Al llegar a la sala 3E, Bowring se asomó por el ventanuco de la puerta. El interior era un completo desastre. Había estanterías llenas de expedientes antiguos, varias mesas con papeles por todas partes, sillas rojas apiladas en un rincón. Cualquiera hubiera deducido en un instante que aquella no era una sala para mantener detenido a ningún sospechoso. Había cajas apiladas por el suelo de cuyo interior sobresalían papeles y bolsas transparentes numeradas que guardaban pruebas de algunos casos. Pero lo que más llamó la atención de Bowring no fue el evidente desorden de la sala, sino la absoluta tranquilidad con la que una joven morena lo esperaba sentada mirándolo a los ojos. Tenía veintipocos años, y una larga melena castaña que le caía enmarañada sobre una camisa verde a la que le sobraba tela y dignidad por todas partes. Frente a ella había otra silla, vacía, y Bowring vio cómo su tarde revisando curiosidades filatélicas se desvanecía definitivamente. El inspector se volvió con mirada de incredulidad.

—¿Qué diablos le habéis puesto?

—Lo primero que hemos encontrado, jefe. Una camisa del agente Ramírez. Ya sabe, con la talla que tiene pensamos que la taparía entera. —Leonard sonrió.

—Consigue ropa de mujer. Un vestido, o una camiseta y unos jeans, pero no me jodáis vistiéndola así.

—Ahora mismo, inspector —dijo preocupado—. Pero tome esto, lo va a necesitar.

Leonard se sacó un taco de papelitos del pantalón. A primera vista parecían tarjetas de visita a las que el tiempo, sobre todo el mal tiempo, hubiese deteriorado hasta el punto de comerse los bordes y corroer la tinta que se apelotonaba en el centro.

—¿Qué es esto? —preguntó el inspector.

—Por lo visto las ha escrito ella. Cada una tiene el nombre de una persona y una fecha. Ya estamos comprobando quiénes son, pero no hemos sacado nada en claro.

—¿Y no os ha dicho qué significan? Tal vez sean citas con sus amantes.

—No se lo va a creer, jefe —dijo Leonard, inseguro.

—¿El qué?

—Ella dice que van a morir.

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