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EL ENVíO

Sebastian Fitzek

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Fragmento

Prólogo

Cuando Emma abrió la puerta de la habitación de sus padres no imaginaba que lo hacía por última vez. Con su elefante de peluche, nunca más se acurrucaría junto a su madre a las doce y media de la noche, procurando cuidadosamente no despertar a papá mientras se deslizaba entre las sábanas; su padre, que en sueños pataleaba, murmuraba palabras incoherentes o hacía rechinar los dientes.

Ese día no pataleaba, ni murmuraba ni rechinaba los dientes. Ese día solo gemía.

—¿Papá?

La niña entró sigilosamente en la habitación desde el oscuro pasillo. El brillo plateado de la luna llena, que en esas noches primaverales de Berlín brillaba como un sol de medianoche, penetraba a través de los visillos cerrados.

Con los ojos entornados, por encima de los cuales el flequillo le colgaba como una cortina de color castaño, podía distinguir el entorno: el arcón de junco de Indias a los pies de la cama, las mesillas de noche de cristal que flanqueaban la amplia cama, el armario de puertas correderas donde antes a veces se escondía.

Hasta que Arthur entró en su vida y le quitó las ganas de jugar al escondite.

—¿Papá? —susurró Emma, y tanteó buscando el pie desnudo de su padre que asomaba por debajo de la manta.

Ella misma solo llevaba un único calcetín, que apenas le colgaba de los dedos del pie. Había perdido el otro mientras dormía, en algún punto del trayecto entre el castillo resplandeciente del unicornio y el valle de la plateada araña voladora, que a veces la asustaba en sueños.

«Pero no me da tanto miedo como Arthur», pensó. Él no dejaba de asegurarle una y otra vez que no era malvado, pero ¿podía confiar en él?

Emma presionó el elefante contra su pecho. Notaba su lengua como un trozo de goma de mascar que se pegaba al paladar. Apenas había oído el hilo de su propia voz, así que volvió a intentarlo.

—Despierta, papá.

Le tiró del dedo gordo. Él retiró el pie y se volvió de lado sin dejar de gemir. Al hacerlo, levantó la manta y entonces Emma percibió el olor de su padre dormido; estaba segura de que podría reconocerlo solo por ese olor, incluso con los ojos cerrados y en medio de otros adultos, gracias a ese aroma, esa mezcla de tabaco y agua de colonia que le era tan familiar, que tanto le agradaba.

Reflexionó un instante: tal vez sería mejor intentarlo con su madre. Ella siempre estaba ahí para ella, mientras que su padre se enfadaba a menudo. En general, Emma no tenía idea de qué había hecho cuando las puertas se cerraban con tanto estrépito que toda la casa temblaba. Después su madre decía que su padre tampoco lo sabía con exactitud. Que se trataba de una «corlirica», o algo por el estilo, y que luego se arrepentía de haberse enfadado. Y de vez en cuando, muy rara vez, incluso se lo decía él mismo: entraba en la habitación de Emma, le rozaba la mejilla anegada en lágrimas, le acariciaba el pelo y le decía que ser adulto era muy complicado debido a las responsabilidades, los problemas y esas cosas. Para Emma, esos escasos momentos eran los más dichosos del mundo, y ahora lo que ansiaba era un momento de esos.

Justo ese día hubiese significado mucho para ella.

«Porque tengo tanto miedo...»

—Por favor, papá, yo...

Quiso acercarse al cabecero de la cama para tocarle la frente, pero tropezó con una botella.

«¡Oh, no...!»

Debido a su inquietud, había olvidado que mamá y papá siempre dejaban una botella de agua junto a la cama, por si tenían sed durante la noche. Para Emma, cuando la botella cayó y rodó por el parqué, fue como si un tren de mercancías recorriera la habitación: el ruido parecía ensordecedor, como si la oscuridad lo aumentara todavía más.

La luz se encendió.

Del lado de su madre.

Emma soltó un gritito.

—¿Ratoncito? —oyó que preguntaba su madre, que, iluminada por su lámpara de lectura, parecía una santa. Una santa despeinada con los pliegues de la almohada marcados en la cara.

Entonces el padre despertó y también abrió los ojos, sobresaltado.

—¿Qué demonios?, maldita sea... —exclamó y miró en derredor, tratando de orientarse.

Era evidente que acababa de despertar de una pesadilla, en la que tal vez aún estaba sumido. Se incorporó.

—¿Qué te pasa, cielo? —quiso saber su madre.

Antes de que Emma pudiera contestar, su padre gritó:

—¡Maldita mierda!

—¡Thomas! —lo reprendió su mujer.

Él alzó la voz aún más y agitó las manos señalando a su hija.

—¡Mierda! ¿Cuántas veces te he dicho...

—¡Thomas!

—... que de noche has de dejarnos en paz?

—Pero mi... mi armario... —balbuceó Emma, y sus ojos se humedecieron.

—¡No, otra vez no! —siguió vociferando su padre.

Los intentos de apaciguarlo de su madre solo parecían enfurecerlo más.

—Arthur —explicó Emma—. El fantasma. Vuelve a estar ahí, en el armario. Debéis venir conmigo, por favor, o tal vez me haga daño de verdad.

Su padre jadeaba y su mirada se ensombreció, sus labios temblaban. Durante un instante se pareció a Arthur, tal como Emma se lo imaginaba: como un pequeño diablo sudoroso, panzón y calvo.

—Y una mierda: no vamos a ir. Emma, lárgate ahora mismo o yo te haré daño. ¡Y no tal vez, sino con toda seguridad!

—¡Thomas! —volvió a exclamar su madre, y Emma se tambaleó hacia atrás.

Las palabras la golpearon, con mayor violencia que la esquina de la mesa de pimpón contra la que el mes anterior se había golpeado la cara accidentalmente. Los ojos se le llenaron de lágrimas y la mejilla le ardió, como si su padre la hubiese abofeteado, aunque él ni siquiera había alzado la mano.

—No puedes hablarle así a tu hija —dijo su madre, temerosa y en voz baja, casi suplicando.

—Le hablo como me da la gana. Es hora de que aprenda que no puede irrumpir aquí todas las noches...

—Es una niña de seis años.

—Y yo soy un hombre de cuarenta y cuatro, pero supongo que en esta casa mis necesidades no cuentan, ¿verdad?

Emma dejó caer su elefante y ni siquiera se dio cuenta. Se dirigió a la puerta y abandonó la habitación como arrastrada por el invisible hilo de una marioneta.

—Thomas...

—Deja de repetir «Thomas» —replicó él—. Solo hace media hora que pegué ojo. Si mañana por la mañana no estoy en forma en el juzgado, si pierdo este juicio, entonces se acabará el bufete y tú podrás olvidarte de todo esto: la casa, tu coche, el bebé...

—Sé que...

—No sabes nada. Emma ya nos cuesta mucho dinero, pero tú te empeñaste en tener un segundo mocoso que no me dejará dormir nunca más. Joder, aquí soy el único que gana dinero, como tal vez hayas notado. ¡Y necesito dormir!

Emma ya había recorrido la mitad del pasillo, pero la voz de su padre no disminuyó de volumen. Solo la de su madre.

—Tranquilo, Thomas, cariño, relájate.

—¡¿Cómo quieres que me relaje?!

—Deja que me ocupe de ti, por favor. Ahora me ocuparé de ti, ¿vale?

—¡¿De mí?! Desde que has vuelto a quedar embarazada solo te ocupas de ti misma...

—Lo sé, lo sé. Ese fue mi error. Vamos, deja que...

Emma cerró la puerta de su habitación y dejó fuera las voces de sus padres. Al menos fuera de su habitación, aunque no

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