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EL FERROCARRIL SUBTERRáNEO

Colson Whitehead

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Fragmento

 

La primera vez que Caesar le propuso a Cora huir al norte, ella se negó.

Fue su abuela la que habló. La abuela de Cora no había visto el océano hasta aquella tarde luminosa en el puerto de Ouidah y el agua la deslumbró después del encierro en las mazmorras del fuerte. Los almacenaban en las mazmorras hasta que llegaban los barcos. Asaltantes dahomeyanos raptaron primero a los hombres y luego, con la siguiente luna, regresaron a la aldea de la abuela a por las mujeres y los niños y los condujeron encadenados por parejas hasta el mar. Al mirar el vano negro de la puerta, Ajarry pensó que allá abajo, en la oscuridad, se reuniría con su padre. Los supervivientes de la aldea le contaron que, cuando su padre no había podido aguantar el ritmo de la larga marcha, los negreros le habían reventado la cabeza y habían abandonado el cadáver junto al camino. La madre de Ajarry había muerto años atrás.

A la abuela de Cora la vendieron varias veces en ruta hacia el puerto, los negreros la cambiaron por conchas de cauri y cuentas de vidrio. Costaba decir cuánto habían pagado por ella en Ouidah porque fue una compra al por mayor, ochenta y ocho almas por sesenta cajones de ron y pólvora, a un precio que se fijó tras el regateo de rigor en inglés costeño. Los hombres sanos y las embarazadas valían más que los menores, lo que dificultaba los cálculos individuales.

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El Nanny había zarpado de Liverpool y había hecho dos escalas previas en la Costa de Oro. El capitán alternaba las adquisiciones para no acabar con un cargamento de un único temperamento y cultura. A saber qué tipo de motín podrían tramar los cautivos de compartir un idioma común. Ouidah era la última parada antes de cruzar el Atlántico. Dos marineros de pelo amarillo acercaron a Ajarry al barco en bote, tarareando. Tenían la piel blanca como los huesos.

El aire tóxico de la bodega, la penumbra del confinamiento y los gritos de los demás encadenados la enloquecieron. Dada su tierna edad, sus captores no satisficieron inmediatamente sus impulsos con ella, pero al final, a las seis semanas de travesía, algunos de los oficiales más veteranos terminaron sacándola a rastras de la bodega. Ajarry intentó suicidarse dos veces durante el viaje a América, una privándose de comer y la otra ahogándose. Los marineros, versados en las maquinaciones e inclinaciones de sus esclavos, frustraron ambos intentos. Ajarry ni siquiera alcanzó la borda cuando trató de saltar al mar. Su pose bobalicona y su aspecto lastimero, vistos en miles de esclavos antes que ella, delataron sus intenciones. La encadenaron de los pies a la cabeza, de la cabeza a los pies, multiplicando así el tormento.

Aunque habían intentado que no los separasen en la subasta de Ouidah, el resto de su familia lo compraron los tratantes portugueses del Vivilia, que sería avistado a la deriva cuatro meses después a diez millas de Bermuda. La peste se había cobrado las vidas de todos. Las autoridades incendiaron el barco y lo vieron arder y hundirse. La abuela de Cora ignoraba el destino de la nave. Durante el resto de su vida imaginó que sus primos trabajaban en el norte para amos amables y generosos, ocupados en tareas más indulgentes que la suya, tejiendo o hilando, sin salir a los campos. En los cuentos de Ajarry, Isay, Sidoo y los demás conseguían comprar la libertad y vivir como hombres y mujeres libres en la ciudad de Pennsylvania, un lugar sobre el que una vez había oído hablar a dos blancos. Estas fantasías la consolaban cuando el peso que soportaba amenazaba con romperla en mil pedazos.

La siguiente vez que vendieron a la abuela de Cora fue tras el mes en el lazareto de la isla de Sullivan, en cuanto los médicos certificaron que tanto ella como el resto del cargamento del Nanny no eran contagiosos. Otro día ajetreado en el mercado. Una gran subasta siempre atraía a una multitud variopinta. Comerciantes y proxenetas de toda la costa convergían en Charleston, inspeccionando los ojos, articulaciones y espaldas de la mercancía, recelosos de moquillos venéreos y demás dolencias. Los espectadores comían ostras frescas y maíz caliente y los subastadores voceaban. Los esclavos permanecían desnudos en la plataforma. Estalló una puja muy reñida por un grupo de sementales asantes, esos africanos de renombrada musculatura y laboriosidad, y el capataz de una cantera de piedra caliza compró un puñado de negritos por una ganga. La abuela de Cora vio a un niño entre el público mascando embobado una barra de caramelo y se preguntó qué sería lo que se llevaba a la boca.

Justo antes de anochecer un agente la compró por doscientos veintiséis dólares. Habría costado más de no haber sido por la abundancia de chicas esa temporada. El traje del agente era del tejido más blanco que Ajarry había visto. En sus dedos destellaban anillos con piedras de colores. Cuando le pinzó los pechos para comprobar su estado, Ajarry notó el frío del metal. La marcaron, no por primera ni última vez, y la encadenaron al resto de las adquisiciones de la jornada. La hilera inició la larga marcha al sur esa misma noche, tambaleándose detrás de la calesa del comerciante. Para entonces el Nanny navegaba de vuelta a Liverpool, cargado de azúcar y tabaco. Se oían menos gritos bajo cubierta.

Se diría que la abuela de Cora estaba maldita, de tantas veces como la vendieron e intercambiaron y revendieron en los años siguientes. Sus propietarios se arruinaban con una frecuencia pasmosa. A su primer amo lo estafó un hombre que vendía un artilugio que limpiaba el algodón el doble de rápido que la desmotadora Whitney. Los planos eran convincentes, pero Ajarry terminó liquidada junto con el resto de los bienes por orden del juez. Alcanzó doscientos dieciocho dólares en un apresurado canje, un descenso del precio ocasionado por las circunstancias del mercado local. Otro propietario falleció de hidropesía, tras lo cual la viuda vendió las propiedades para costearse el regreso a su Europa natal, más limpia. Ajarry pasó tres meses como propiedad de un galés que al final la perdió, junto a otros tres esclavos y dos cerdos, en una partida de whist. Y así sucesivamente.

Su precio fluctuó. Cuando te venden tantas veces, el mundo está enseñándote a prestar atención. Ajarry aprendió a adaptarse rápidamente a las nuevas plantaciones, a distinguir a los matanegros de los meramente crueles, a los haraganes de los trabajadores, a los chivatos de los discretos. A amos y amas por sus grados de maldad y diversos estados de ambición y recursos. En ocasiones los hacendados solo querían ganarse la vida modestamente, y luego había hombres y mujeres que querían dominar el mundo, como si fuera cuestión de poseer la cantidad de acres apropiada. Doscientos cuarenta y ocho, doscientos sesenta, doscientos setenta dólares. Dondequiera que fuera había azúcar e índigo, salvo la semana que pasó doblando hojas de tabaco antes de que volvieran a venderla. El tratante llegó a la plantación de tabaco en busca de esclavos en edad de procrear, preferiblemente con la dentadura completa y actitud maleable. Ajarry ya era mujer. La vendieron.

Sabía que los científicos del hombre blanco indagaban bajo la superficie de las cosas para comprender cómo funcionaban. El movimiento de las estrellas por la noche, la cooperación de humores en la sangre. La temperatura adecuada para una buena cosecha de algodón. Ajarry convirtió en ciencia su cuerpo negro y acumuló observaciones. Cada cosa tenía un valor y dado que el valor variaba, todo lo demás también. Una calabaza rota valía menos que una que retuviera el agua, un anzuelo que sujetara al siluro se valoraba más que uno que dejara escapar a su presa. En América lo raro era que las personas eran cosas. Mejor cortar por lo sano con un viejo que no sobrevivirá a la travesía oceánica. Un joven de un linaje tribal fuerte volvía locos a los compradores. Una esclava paridora era un filón, dinero que alumbraba dinero. Si eras una cosa —un carro o un caballo o un esclavo— tu valor determinaba tus posibilidades. Ajarry sabía cuál era su lugar.

Por fin, Georgia. Un representante de la plantación Randall la compró por doscientos noventa y dos dólares pese a que una nueva expresión de perplejidad la hacía parecer corta de luces. En lo que le restaba de vida jamás volvió a poner un pie fuera de la tierra de los Randall. Estaba en casa, en una isla sin nada a la vista.

La abuela de Cora tomó marido tres veces. Sentía predilección por las espaldas anchas y las manos grandes, como el Viejo Randall, aunque el amo y su esclava tenían distintas finalidades en mente. Las dos plantaciones estaban bien surtidas, noventa cabezas de negros en la mitad norte y ochenta y cinco en la sureña. Por lo general Ajarry elegía a su gusto. Cuando no, se armaba de paciencia.

Su primer marido se aficionó al whisky y empezó a emplear sus grandes manos como puños. A Ajarry no le entristeció verlo perderse por el camino cuando lo vendieron a una plantación de caña de azúcar de Florida. A continuación, se juntó con uno de los dulces chicos de la mitad sureña de la plantación. Antes de morir de cólera, a su marido le gustaba contar historias de la Biblia; su antiguo amo tenía una mentalidad más abierta en lo tocante a esclavos y religión. Ajarry disfrutaba de las historias y parábolas y suponía que a los blancos no les faltaba razón: hablar de salvación podía darles ideas a los africanos. Pobres hijos de Cam. A su último marido le perforaron las orejas por robar miel. Las heridas no dejaron de supurarle hasta que falleció.

Ajarry dio a luz cinco niños de esos hombres, todos paridos en los mismos tablones de la cabaña, adonde señalaba cuando los pequeños erraban la conducta. De ahí habéis salido y ahí volveréis si no atendéis. Si les enseñaba a obedecerla, tal vez obedecieran a todos los amos por venir y sobrevivieran. Dos murieron dolorosamente de fiebres. Un chico se cortó el pie jugando con un arado oxidado, que le emponzoñó la sangre. El benjamín no volvió a despertarse después de que un capataz lo golpeara en la cabeza con un madero. Uno detrás del otro. Al menos nunca los vendieron, le dijo una vieja a Ajarry. Lo cual era cierto: por entonces Randall rara vez vendía a los pequeños. Sabías dónde y cómo morirían tus hijos. El que vivió más de diez años fue la madre de Cora, Mabel.

Ajarry murió entre el algodón, las cápsulas cabeceaban a su alrededor como las olas en un océano embravecido. La última de su aldea, cayó de rodillas en los surcos por un nódulo en el cerebro mientras le manaba sangre de la nariz y una espuma blanca le cubría los labios. Como si pudiera haber muerto en otra parte. La libertad estaba reservada para otros, para los ciudadanos de la ciudad de Pennsylvania que trajinaban miles de millas más al norte. Desde la noche que la raptaron la habían valorado una y otra vez, cada día se despertaba en el platillo de una nueva balanza. Si sabes lo que vales conoces tu lugar en el orden de las cosas. Escapar de los límites de la plantación suponía escapar de los principios fundamentales de tu existencia: era imposible.

Había sido su abuela quien había hablado por boca de Cora aquella noche de domingo cuando Caesar le propuso coger el ferrocarril subterráneo y ella se negó.

Tres semanas después aceptó.

Esta vez habló su madre.

GEORGIA

 

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RECOMPENSA DE TREINTA DÓLARES

Fugada del que suscribe, residente en Salisbury, el 5 del presente, muchacha negra que responde al nombre de LIZZIE. Se la supone en los alrededores de la plantación de la señora Steel. Abonaré la recompensa citada a la entrega de la muchacha o a cambio de información de su paradero en cualquier Presidio del estado. Se advierte a cualquiera que la esconda que será castigado de acuerdo con la ley.

W. M. DIXON

18 de julio de 1820

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El cumpleaños de Jockey solo era una o dos veces al año. Intentaban celebrarlo como es debido. Siempre caía en domingo, su medio día libre. A las tres en punto los jefes señalaban el final del trabajo y la plantación norteña corría a prepararse, se afanaba en sus quehaceres. Coser, recoger musgo, arreglar la gotera del tejado. La fiesta tenía prioridad, a menos que alguien hubiera conseguido permiso para ir al pueblo a vender artesanía o lo hubieran contratado fuera. Incluso aunque prefirieras renunciar al sueldo extra —y nadie lo prefería— no existía el esclavo lo bastante insolente para decirle a un blanco que no podía trabajar porque era el cumpleaños de otro esclavo. Todo el mundo sabía que los negros no tenían cumpleaños.

Cora se sentó al borde de su parcela en su tronco de arce azucarero y se limpió la suciedad de debajo de las uñas. Cuando podía, aportaba nabos y verduras al festín de cumpleaños, pero ese día no tenía nada. Alguien gritó al fondo del sendero, probablemente uno de los chicos nuevos, cuya voluntad aún no había sido quebrantada completamente por Connelly, y los gritos degeneraron en disputa. Las voces sonaban más malhumoradas que enfadadas, pero fuertes. Iba a ser un cumpleaños memorable si la gente ya estaba tan irritada.

—¿Si pudieras elegir tu cumpleaños, qué día sería? —preguntó Lovey.

Cora no veía la cara de Lovey porque su amiga estaba a contraluz, pero conocía su expresión. Lovey no se andaba con complicaciones y esa noche tocaba celebración. Disfrutaba de esas escasas evasiones, ya fuera el cumpleaños de Jockey, Navidad o una de las noches de cosecha cuando todo el que tuviera un par de manos seguía recolectando y los Randall mandaban a los jefes repartir whisky de maíz para tenerlos contentos. Era trabajo, pero la luna lo hacía llevadero. Lovey era la primera en pedirle al violinista que tocara y la primera en arrancarse a bailar. Solía arrastrar a Cora de los márgenes, ajena a las protestas de su amiga. Como si fueran a girar cogidas del brazo y Lovey fuera a cruzar la mirada con algún chico en cada vuelta con Cora siguiéndole el paso. Pero Cora nunca bailaba con ella, retiraba el brazo. Observaba.

—Ya sabes cuándo nací —dijo Cora.

Nació en invierno. Su madre, Mabel, se había quejado a menudo de la dificultad del parto, una mañana de escarcha inusitada, con el viento aullando entre las juntas de la cabaña. Cómo había sangrado durante días y Connelly no se había molestado en avisar al médico hasta que ya parecía un fantasma. De vez en cuando la mente de Cora la engañaba y convertía el relato materno en uno de sus propios recuerdos, insertando las caras de los fantasmas, de todos los esclavos muertos, que la miraban con amor e indulgencia. Incluso gente que odiaba, que le había pegado o le había robado comida cuando su madre se marchó.

—Si pudieras elegir —insistió Lovey.

—No se puede —repuso Cora—. Deciden por ti.

—Más vale que mejores ese humor —dijo Lovey.

Y se marchó.

Cora se masajeó las pantorrillas, agradecida de descansar los pies. Fiesta o no fiesta, allí era donde acababa Cora todos los domingos una vez concluida su media jornada: aposentada en su asiento, buscando cosas que arreglar. Se debía a sí misma unas horas cada semana, así lo veía ella, para arrancar hierbajos, matar orugas, entresacar las hojas de las verduras y fulminar con la mirada a cualquiera que planeara una incursión en su territorio. Cuidar del huerto era necesario, pero también un mensaje de que no había perdido su determinación desde el día del hacha.

La tierra a sus pies tenía historia, la historia más vieja que Cora conocía. Cuando Ajarry empezó a plantar allí, al poco de la larga marcha hasta la plantación, la parcela era un montón de tierra y maleza detrás de su cabaña, al final de la hilera de viviendas para esclavos. Más allá, empezaban los campos y, después, el pantano. Entonces, una noche Randall soñó con un mar blanco que se extendía hasta donde alcanzaba la vista y cambió el cultivo de índigo, más seguro, por el de algodón Sea Island. Hizo nuevos contactos en Nueva Orleans, estrechó la mano de especuladores respaldados por el Banco de Inglaterra. El dinero entraba como nunca. Europa ansiaba algodón y había que alimentarla, bala a bala. Un día los hombres despejaron los árboles y al volver de los campos se pusieron a cortar madera para una nueva hilera de chozas.

Ahora, contemplándolas mientras la gente entraba y salía de ellas, preparándose, a Cora le costaba imaginar un tiempo en que las catorce cabañas no existían. Pese al desgaste, a los quejidos de las profundidades de la madera a cada paso, las cabañas poseían la cualidad de eternidad de las colinas del oeste, del arroyo que partía en dos la propiedad. Irradiaban permanencia y a su vez inspiraban sentimientos atemporales en quienes vivían y morían en ellas: envidia y rencor. Si hubieran dejado más espacio entre las cabañas viejas y las nuevas se habrían ahorrado muchos sufrimientos a lo largo de los años.

Los blancos discutían ante jueces reclamando una u otra extensión a cientos de millas de distancia que alguien había delimitado en un mapa. Los esclavos se peleaban con idéntico fervor por sus minúsculas parcelas. La franja entre cabañas servía para atar a una cabra, construir un gallinero, cultivar alimentos con los que llenar el estómago además del puré que repartían en la cocina cada mañana. Si llegabas de los primeros. Cuando Randall, y luego sus hijos, pensaban venderte, el contrato no tenía tiempo de secarse antes de que alguien se hubiera apropiado de tu parcela. Verte en ella en la tranquilidad del atardecer, sonriendo o tarareando, podía despertar en tu vecino la idea de coaccionarte para que renunciaras a la parcela recurriendo a métodos intimidatorios y provocaciones diversas. ¿A quién ibas a apelar? Allí no había jueces.

—Pero mi madre no les dejaba tocar su campo —le contó Mabel a su hija. «Campo» lo decía en broma, puesto que no llegaba a tres metros cuadrados—. Los amenazaba con clavarles un martillazo en la cabeza si lo miraban.

La imagen de su abuela atacando a otro esclavo no cuadraba con sus recuerdos de la mujer, pero en cuanto Cora empezó a ocuparse del terreno comprendió la veracidad del retrato. Ajarry vigilaba su huerto mientras iban sucediéndose las transformaciones derivadas de la prosperidad. Los Randall compraron al norte la finca de los Spencer cuando estos decidieron probar suerte en el oeste. Compraron la siguiente plantación al sur y cambiaron el cultivo de arroz por el de algodón, además de añadir dos cabañas más a cada hilera, pero la parcela de Ajarry siguió en medio de todo, inamovible, como un tocón enraizado demasiado hondo. A la muerte de Ajarry, Mabel asumió los cuidados de los boniatos o el quingombó, lo que más le apeteciera. El lío comenzó cuando la sucedió Cora.

Cuando Mabel desapareció, Cora se quedó sola. Tendría unos diez, once años más o menos; ya no quedaba nadie para confirmarlo. El impacto transformó el mundo en impresiones grises. El primer color que Cora recuperó fue el rojo amarronado de la tierra de la parcela familiar. Volvió a despertarla a la gente y las cosas, y Cora decidió aferrarse a su terruño, incluso a pesar de lo joven y menuda que era y de que nadie cuidaba ya de ella. Mabel era demasiado callada y terca para ser popular, pero la gente respetaba a Ajarry. Su sombra las había protegido. A la mayor parte de los esclavos originales de Randall los habían enterrado o vendido, en cualquier caso, no estaban. ¿Quedaba alguien leal a su abuela? Cora hizo una exploración de la aldea: ni uno. Estaban todos muertos.

Luchó por la tierra. Estaban las plagas menores, los niños demasiado pequeños para trabajar de verdad. Cora espantaba a los críos que pisoteaban sus brotes y les gritaba por arrancar los boniatos germinados empleando el mismo tono que utilizaba en las fiestas de Jockey para convocarlos a carreras y juegos. Los trataba con buenos modos.

Pero aparecieron pretendientes por los flancos. Ava. La madre de Cora y Ava habían crecido en la plantación en la misma época. Receptoras de la misma hospitalidad Randall, donde los engaños eran tan rutinarios y familiares como un tipo de viento y tan imaginativos por su monstruosidad que la mente se negaba a asumirlos. En ocasiones una experiencia así une a las personas; con la misma frecuencia la vergüenza por la indefensión de alguien convierte a los testigos en enemigos. Ava y Mabel no se llevaban bien.

Ava era nervuda y fuerte, con las manos veloces como una víbora. Velocidad que era buena para recolectar y abofetear a sus pequeños por vagancia o cualquier otro pecado. Quería a sus gallinas más que a sus hijos y codiciaba la tierra de Cora para ampliar el gallinero. «Qué desperdicio —decía Ava, chasqueando la lengua—. Todo eso solo para ella.» Por la noche Ava y Cora dormían una al lado de la otra en el desván y, aunque se hacinaban con otras ocho personas, Cora detectaba cada frustración de Ava transmitida por la madera. La respiración de aquella mujer estaba cargada de rabia y amargura. Se empeñaba en golpear a Cora cada vez que esta se levantaba a hacer aguas.

—Ahora vives en Hob —le dijo una tarde Moses cuando Cora acudió a ayudarle a empacar.

Moses había cerrado un trato con Ava, mediante algún tipo de divisa. Desde que Connelly había ascendido al peón de campo a jefe, a esbirro del capataz, Moses se había erigido en tratante de intrigas de cabaña. Había que preservar el orden en las filas, por así decirlo, y un blanco no podía hacer ciertas cosas. Moses aceptó su p ...