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EL FUTURO TIENE TU NOMBRE

Brenna Watson

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Fragmento

Contenido Portadilla Créditos Dedicatoria 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 Epílogo

A mi abuela Irene,

de quien heredé los sueños y

el amor por las palabras.

1

Inglaterra, 1820

«Ojalá se caiga del caballo y se rompa el cuello —pensó Marian—. Ojalá le alcance un rayo y lo parta por la mitad». Se odiaba a sí misma por tener ese tipo de pensamientos, que seguro la conducirían derechita al infierno en cuanto sus días en la Tierra hubieran concluido. Al paso que iba, eso no iba a tardar mucho en suceder.

Se quitó el camisón y lo dejó sobre la cama revuelta. Luego se volvió y contempló su delgado cuerpo reflejado en la superficie del espejo. El moratón del muslo había comenzado a adquirir un tono amarillento, igual que el que adornaba su costado derecho. En el brazo izquierdo resaltaba, casi como una ofensa, el más reciente, al que hacía compañía uno de igual color en la muñeca. Odiaba aquella maldita vara que siempre llevaba encima el barón. Ya había perdido la cuenta de todas las señales que habían adornado su cuerpo durante los seis últimos años. Al final todas acababan desapareciendo, excepto aquellas que habían horadado su piel hasta hacerla sangrar. Esas siempre estaban ahí: una cicatriz bajo la ceja izquierda, otra en el mentón, una más en el dorso de la mano derecha y otra que cruzaba su espalda de lado a lado, la más dolorosa de todas y también la más antigua. Esa la había recibido la primera vez que trató de escapar de aquella casa.

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Se dio cuenta de que había pasado demasiado tiempo contemplando su paliducho cuerpo en el espejo. Si no se apresuraba no tardaría en recibir algún otro tipo de castigo y los golpes recibidos la noche anterior aún dolían demasiado. Se vistió a toda prisa su ropa sencilla y se peinó con presteza. Hacía tiempo que había renunciado a disponer de doncella; que una extraña pudiera ser testigo de su sufrimiento le producía dolor de estómago. No le quedaba otro remedio que aguantar. Debía hacerlo por Richard.

Bajó presurosa la escalera y en el recibidor se encontró con su cuñada, lady Hamilton, que le lanzó una mirada despectiva que conocía demasiado bien. El tono de su voz, tan agudo y chirriante que le erizaba la piel, barrió de golpe el sol que entraba por los ventanales.

—Es tarde, Marian. Muy tarde. Por tu culpa se enfriará el desayuno y eso es algo que no se puede consentir. En esta casa hay unas reglas y deben acatarse. —El tono de voz bajó una octava—. Ya lo sabes.

—Sí, lady Hamilton —contestó cabizbaja. Jamás, en los seis años que hacía que había desposado al barón de Hartford, se había atrevido a llamar a su cuñada por el nombre de pila. Aquella mujer podría ser su madre, incluso su abuela, y, en otras circunstancias, habría resultado un alivio contar con una aliada en la casa. Pero Ellen Hamilton era tan cruel y déspota como su hermano. De hecho, el moratón que marcaba su costado era obra suya, por no haber supervisado con suficiente esmero la cena del jueves anterior.

—Mi hermano ya ha salido a caballo —anunció irguiéndose y precediéndola hasta el comedor—. Debía inspeccionar unas tierras al norte de la propiedad y ha decidido no esperarnos.

—Está bien, milady —asintió Marian, feliz de no tener que contemplar el rostro de su marido esa mañana.

Ambas comieron en silencio. Marian apenas probó uno de los panecillos, que pellizcaba sumida en sus pensamientos.

—¡Vaya manera de desperdiciar la comida! —espetó su cuñada con acritud—. ¡Cómo se nota que tú no tienes que pagarla!

—Discúlpeme, milady —susurró la joven tratando de volver a concentrarse en su plato.

En realidad le habría encantado poder responderle, decirle que hubiera preferido morir de hambre antes que compartir un pedazo de pan con ella; que, ciertamente, no había pagado un penique por la comida que entraba en aquella casa, pero que, en cambio, había pagado con creces su derecho a desmenuzar un panecillo a la hora del desayuno. Volvió a pensar en Richard, y se preguntó qué estaría haciendo y si al menos él era feliz.

Reprimió con un gesto de la cabeza las lágrimas que amenazaban con subir por su garganta, como si de ese modo pudiera ahuyentarlas. Lady Hamilton le dirigió una mirada reprobatoria mientras sorbía un poco de té, frunciendo aquellos pálidos y rígidos labios en un mohín que a Marian le producía arcadas.

Estaban a punto de finalizar cuando se oyó el ruido de la puerta en el exterior y una serie de voces airadas. Se preguntó a qué se debía el alboroto y temió que alguno de los criados hubiese sufrido la ira del señor. Al paso que iban pronto no habría en Inglaterra personal disponible para el barón de Hartford. En el tiempo que llevaba allí, había conocido a siete mayordomos, cinco cocineras, cuatro palafreneros y un número interminable de sirvientes y criados. Nadie aguantaba mucho tiempo bajo el mando del barón y todos acababan escapando. Incluso ella lo había intentado, dos veces.

Lady Hamilton se irguió y dirigió su mirada hacia la puerta del comedor, como si con ella pudiera atravesar la gruesa madera y fulminar a quien estuviera interrumpiendo el desayuno. Marian observó durante un instante el rígido moño que siempre adornaba la coronilla de su cuñada, obra de su doncella. Se preguntó si no le dolería la cabeza de llevar el pelo tan estirado hacia atrás. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando la puerta se abrió con brusquedad y el caballerizo apareció en el umbral.

—Pero ¡¿cómo se atreve?! —chilló lady Hamilton, colocando ambas manos sobre la mesa, dispuesta a levantarse.

El gesto quedó interrumpido cuando observó el rostro desencajado del hombre, vacilante en el umbral. Las miraba a ambas de forma alternativa, como si no supiera a quién dirigirse. Tal vez así fuera, apenas llevaba tres semanas en la casa. Finalmente decidió optar por la señora mayor, que parecía tener más autoridad.

—Es el señor —balbuceó—. Se ha caído del caballo. Parece estar muy grave...

Lady Hamilton se incorporó como si su silla hubiera entrado en combustión espontánea y cruzó unas palabras con el hombre, que hacía gestos y respondía como buenamente podía. Pero Marian fue incapaz de oír ni una sola de ellas. Otras, mucho más sonoras, habían llenado su cerebro: «Perdóname, Dios mío. Perdóname».

Derek Hamilton llevaba dos meses en Inglaterra. Había abandonado su casa y sus negocios en Boston para pasar una larga temporada en su país natal, cerrando una serie de tratos comerciales que lo habían llevado a Liverpool y a Manchester. Llevaba ya unos días en Londres, donde esperaba poder ultimar algunos acuerdos y visitar a la familia de su madre. Su primo, Lionel Wates, conde de Bridgeport, se iba a comprometer en unas semanas y tenía pensado permanecer allí al menos hasta entonces.

Su primera intención había sido alojarse en un hotel, pero al final optó por alquilar una casa, no muy lejos del domicilio de su tía, Charlotte Wates, condesa viuda de Bridgeport, la hermana de su difunta madre. Hacía diez años que no la veía, desde que había abandonado Inglaterra y todo lo que en ella tenía para buscar fortuna en América. Las cosas le habían ido francamente bien, y había quintuplicado la herencia materna que recibiera al cumplir los veintiuno; la misma que le había permitido abandonar la casa familiar para siempre. No se había arrepentido ni una sola vez.

Londres parecía haber cambiado mucho en la última década. Nuevos edificios, parques, jardines, trazado de calles..., pero cuando esa tarde enfiló la avenida donde se encontraba la casa de su tía fue como regresar a la niñez. Solo recuerdos felices estaban asociados a aquel lugar, donde había podido ser un niño durante las escasas visitas que su padre había permitido a su madre. Hasta que cumplió los ocho años, cuando ella murió y él pasó el resto de su infancia internado en la escuela de Eton, de donde no le habían permito salir más que en Navidad.

El carruaje se detuvo frente a la verja y, antes de haber conseguido bajarse de él, la puerta principal se abrió y una señora elegante y encantadora bajó los escalones y se dirigió con premura en su dirección. Se echó a sus brazos riendo y llorando al mismo tiempo y Derek sintió un extraño nudo en la garganta mientras besaba el cabello cano de aquella mujer que se aferraba a él como si el mundo se estuviera haciendo pedazos.

—Derek, mi pequeño Derek —balbucía Charlotte Wates entre hipidos.

—Ya estoy aquí, tía. —La sujetaba con firmeza, tratando de calmar los temblores de aquella mujer.

—Te he echado tanto de menos... —decía la mujer, que recuperó un poco la calma. Se apartó, se secó los ojos y lo miró de arriba abajo—. Estás hecho todo un hombre, querido.

—Tía, ya he cumplido treinta y dos años —aclaró él con una sonrisa.

—Como si no lo supiera —le recriminó—. Te recuerdo, jovencito, que estuve presente el día en que viniste al mundo.

—Lo sé, tía, lo sé —respondió limpiando con el pulgar los restos de lágrimas de aquel rostro que aún notaba lozano. Un pensamiento fugaz cruzó su mente en ese instante y se preguntó qué aspecto habría tenido su madre entonces si aún estuviera viva. Aunque era cinco años mayor que lady Bridgeport, intuía que su aspecto no habría sido muy distinto.

—¡Estás muy guapo, querido! —le dijo ella, volviendo a echarse hacia atrás.

—Hace que suene como un reproche —advirtió él, divertido.

—Oh, me temo que así es —aseguró ella—. No quiero ni imaginar los estragos que causarás en los jóvenes corazones de esta ciudad.

—No tengo intención alguna de hacer algo semejante —aseguró con convicción.

—Tengas o no intención de hacerlo, créeme, así es como sucederá —anunció ella, categórica—. Y tal vez entre ellos lata el de la futura baronesa de Hartford.

Acompañó sus palabras de un guiño cómplice, pero su rostro se empañó al comprobar cómo se envaraba el cuerpo de su sobrino. A esas alturas ya debería haber contraído matrimonio, o al menos haberse comprometido con alguna mujer de buena cuna. Era evidente que en América no iba a encontrar candidatas adecuadas, pero allí en Londres, con la temporada recién estrenada, había un sinfín de posibilidades. Y Charlotte Wates estaba dispuesta a hacer todo lo posible para que Derek encontrara a alguna mujer que le conviniera y le hiciera feliz.

Lo tomó del brazo y lo acompañó al interior de la casa, parloteando sin cesar sobre los preparativos del compromiso de su hijo mayor, Lionel, con la joven hija del conde de Devonshire. A Derek no le interesaba de forma especial aquella información, pero la escuchó tratando de poner en ella toda su atención. La mujer parecía feliz y sin duda no necesitaba escuchar sus opiniones acerca del matrimonio.

Se detuvo cuando alcanzaron el umbral. El interior de la mansión no parecía haber variado mucho y un cúmulo de recuerdos lo golpearon en el pecho. Sospechaba que algo así podía ocurrir, pero no estaba preparado para la avalancha de sensaciones que lo embargó de repente. Su tía pareció darse cuenta de ello, porque apretó el brazo de su sobrino, lo miró con ternura y lo guio hasta el pequeño salón donde solía reunirse la familia.

Por fortuna, aquel cuarto sí era totalmente diferente. Lo recordaba vestido de tonos azules y grises. Ahora, en cambio, predominaban los verdes y amarillos, proporcionando aún más luminosidad a la estancia. Allí había visto por última vez a su tío, lord Bridgeport, y a su madre, muerta dos años antes que su cuñado. Agradeció que el lugar fuera tan distinto que le costara imaginarlos allí.

Su tía dio orden de que sirvieran un poco de té y ambos tomaron asiento. Ella le preguntó cortés por el viaje y por su vida en América. Él no se extendió mucho, solo le dijo que las cosas le iban muy bien y que pronto le iban a ir aún mejor. No quería hablar con ella de negocios.

—¿Cómo están Lionel y Thomas? —preguntó por sus primos, a los que recordaba con gran afecto. Durante su infancia, muchas veces fantaseó con la idea de que ellos eran sus hermanos pequeños y que vivían todos juntos en aquella casa donde siempre parecía respirarse la alegría.

—Lionel por fin ha sentado cabeza, como te decía en mis cartas —respondió ella—. Anne es una joven encantadora y ambos forman una pareja excelente.

—¿Y Thomas? —inquirió.

—Parece tan poco proclive al matrimonio como tú. —Hizo un ligero mohín con la boca que a Derek le produjo un vuelco en el corazón. Recordaba haber visto ese mismo gesto en el rostro de su madre infinidad de veces.

—No creo que tenga ninguna prisa —aseguró él.

—Ya ha cumplido los veintisiete, Derek. Es cierto que aún dispone de tiempo —reconoció a regañadientes—, pero me gustaría que se lo tomara un poco más en serio.

No añadió nada más, aunque en su fuero interno acariciaba la idea de que aquel año tanto su hijo pequeño como Derek encontraran a una mujer decente, educada y bonita que compartiera con ellos el futuro. Era consciente de que con su sobrino resultaría más difícil, pues él tenía claro que no deseaba volver a instalarse en Inglaterra y no creía que hubiera muchas mujeres dispuestas a emigrar a América, dejando atrás todo lo que habían conocido hasta ese momento. «En fin —se dijo—, ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él».

Derek observaba cómo su tía sorbía el té, ensimismada en sus pensamientos, como si hubiera olvidado que él estaba allí. Intuía que tenía que ver con la conversación que estaban manteniendo y no le alegró en lo más mínimo. Durante los diez años que llevaba fuera se habían escrito con asiduidad y ella había mencionado en más de una ocasión la idea del matrimonio. Él siempre había contestado con vaguedades, era un tema que no pensaba tratar con ella. Tenía muy claro lo que deseaba, y una esposa no entraba dentro de sus planes. Ninguno de los dos oyó el sonido de la puerta y a ambos les pilló por sorpresa la irrupción de su primo Lionel, solo dos años menor que él y tan parecido que podrían haber pasado perfectamente por hermanos.

Derek se incorporó de un salto y se fundió en un abrazo con el hombre, tan corpulento y ancho de hombros como él. En ese instante, durante una breve fracción de segundo, sintió que verdaderamente había vuelto a casa.

—Me temo que no tengo buenas noticias, Derek —anunció Lionel un rato después. Había estado postergando el momento y ya no podía alargarlo más.

—¿Qué ocurre, querido? —preguntó su madre, inquieta de repente.

Pero Lionel no apartó la vista de su primo y Derek supo que tenía que ver con su padre. Una bola de bilis ascendió por su garganta.

—Se trata del barón —anunció, y volvió a quedarse callado, como si fuese incapaz de encontrar las palabras para continuar.

—¿Qué ha hecho esta vez? —El tono de Derek estaba tan cargado de amargura que Charlotte tuvo que hacer un esfuerzo para no alargar el brazo y acariciarle el pelo, como hacía cuando era niño y sufría alguno de los desplantes de aquel hombre.

—Bueno, en realidad, no sé si ha hecho algo... —comenzó a contestar su primo, antes de volver a detenerse.

—Lionel, suéltalo de una vez. —La tensión de Derek iba en aumento.

—Al parecer ha sufrido una caída del caballo y está muy grave —pronunció por fin.

—¿Aquí en Londres? —preguntó su primo.

—No, hace años que no viene por la ciudad —contestó Lionel—. Al parecer ha sido en su propiedad del campo.

Derek no dijo nada. Se repantigó en el sillón y fijó la vista en la taza de té que sostenía entre las manos. Cuando había decidido regresar a Inglaterra había supuesto que, en un momento u otro, oiría hablar de su padre. Era incluso probable que sus caminos se cruzaran. Pero se había preparado para ello. Llevaba diez largos años haciéndolo.

—¿Qué piensas hacer, querido? —preguntó lady Bridgeport al fin, viendo que su sobrino no reaccionaba.

—Nada, ¿qué se supone que debo hacer? —inquirió con cierta sorpresa.

—Deberías ir a verle —contestó ella, como si la respuesta fuese obvia.

—¿Por qué razón?

—Porque es tu padre —respondió ella—. Podría morir en las próximas horas.

—El mundo sería un lugar mejor, sin duda alguna.

—Derek, no te consiento que hables así —le reprendió ella.

—Perdone, tía Charlotte. Pero ya sabe que corté todos los lazos con esa parte de mi familia cuando me marché de aquí —aclaró.

—Soy consciente. Y me consta que motivos no te faltaban.

—Y no sabe usted ni la mitad —susurró él.

—Hijo, me he hecho mayor, pero conservo un oído excelente —le recriminó—. Sé que hubo diferencias entre ambos y que nunca fue lo que se dice un padre modélico, pero ese hombre es tu familia y le debes un respeto.

—Ese hombre no merece ningún respeto por mi parte, tía.

—Pero yo sí, y era el marido de mi difunta hermana. —Su voz sonó estrangulada.

Derek le sostuvo la mirada, incapaz de negarle nada a aquella mujer y sabiendo que tenía razón. Si su padre se hallaba al borde de la muerte, su deber era acudir, despedirse y retomar su vida donde la había dejado, aunque no le apeteciera en absoluto volver a encontrarse con el hombre que había convertido en un infierno su existencia y que, estaba convencido, había conducido a su madre a la muerte.

2

La noche se había hecho larga, muy larga. Marian tenía los músculos entumecidos tras haber permanecido toda la noche sentada en una butaca, vigilando el estado de su marido. Pese a los sesenta y tres años recién cumplidos, William Hamilton, barón de Hartford, gozaba de una excelente forma física. Podía cabalgar horas sin descanso, comía con apetito y poseía una fuerza que ya la hubieran querido hombres treinta años más jóvenes, su propio cuerpo era testigo de ello. La recorrió un escalofrío cuando recordó la última vez que él había acudido a su lecho. «Eso fue ayer —se dijo—. Solo ha pasado un día».

Se incorporó y se sacudió la falda. Se aproximó al cuerpo dormido y comprobó que aún respiraba. Sentía una necesidad imperiosa de acudir al baño, pero temía dejarlo solo. El médico había sido muy claro al respecto. Durante las siguientes horas debían vigilarlo y avisarle si se producía algún cambio. ¿Y si se moría justo cuando ella se encontraba aliviando su vejiga? O lo peor, ¿y si se despertaba y se encontraba solo, con ella desatendiendo sus deberes de buena esposa? Se retorció las manos, barajando la posibilidad de llamar a alguien del servicio, solo unos minutos, el tiempo suficiente como para ir al baño, hacer sus necesidades y tal vez refrescarse y cambiarse de ropa.

Como si sus pensamientos hubieran sido escuchados, la puerta se abrió y lady Hamilton entró en el cuarto como si se tratara del suyo propio. Había pasado parte de la velada allí, para retirarse poco después de la medianoche. No tenía buen aspecto, con el rostro macilento y unas profundas ojeras rodeando su mirada de halcón, pero sin duda lucía mucho mejor que el suyo, a juzgar por cómo se sentía.

La mujer se aproximó al lecho y observó con detenimiento el rostro de su hermano. Ambos guardaban gran parecido, aunque en ese momento no resultara evidente. Marian no dijo nada, se limitó a permanecer allí de pie.

—Me quedaré un rato con él —anunció lady Hamilton sin dignarse mirarla.

—Voy a asearme un poco y volveré tan pronto como pueda.

—Desde luego que sí. Eres su esposa y tu deber es estar aquí con él. —Clavó su mirada rapaz en la joven, que abandonó la habitación con la cabeza baja y el corazón latiendo con furia en su pecho.

Tras la visita al baño decidió bajar a desayunar antes de asearse y cambiarse de ropa, porque una vez regresara al piso de arriba era probable que lady Hamilton volviera a recordarle sus deberes y la obligara a permanecer en la habitación durante todo el día. Tal vez incluso pudiera dar un breve paseo por el jardín, solo para desentumecer los músculos y recibir un poco de aire fresco. Seguro que a lo largo del día lo iba a necesitar.

Unos minutos después, mientras subía la escalera de regreso al piso superior, sonaron unos golpes en la puerta. Miró por encima de la barandilla, pero el mayordomo —no recordaba cuál era su nombre— no aparecía por ningún lado. Se dijo que tal vez se tratara de algún vecino que venía a preguntar por su marido. El día anterior habían recibido algunas visitas y un poco de charla con cualquiera de ellos sería una excusa más que aceptable para permanecer ausente de la habitación de su marido. Decidió que, dadas las circunstancias, podía permitirse abrir la puerta en persona.

El hombre que se encontró al otro lado no era, desde luego, ninguno de sus vecinos. Alto, fuerte, con el pelo castaño y un poco largo, y unos ojos oscuros que parecían dos abismos, la recorrió con la mirada antes de cruzar el umbral y plantarse en el recibidor, como si fuera el dueño de la mansión.

—¿Es usted el ama de llaves? —preguntó mientras le tendía el abrigo y el sombrero y lanzaba una mirada fugaz hacia la escalera.

—¿Cómo dice? —preguntó ella, pasmada, recogiendo las prendas como una autómata.

Él volvió a recorrerla con la mirada y se detuvo un momento más del necesario en sus ojos. Ella sabía que eran uno de sus rasgos más significativos. Grandes, expresivos, rodeados de espesas pestañas y de un color gris oscuro poco usual y muy llamativo. El escrutinio le pareció poco menos que ofensivo, pero no pudo evitar que un estremecimiento la recorriera por entero.

—Demasiado joven para ser el ama de llaves —dijo él—. ¿Alguna de las criadas?

Se inclinó ligeramente hacia ella y Marian pudo percibir un atisbo del olor que emanaba aquel hombre, una mezcla de cuero, sudor y caballo, parecido al que desprendía su marido en muchas ocasiones pero que, a diferencia de aquel, provocó en ella un cosquilleo imposible de explicar.

—¿Va a quedarse ahí plantada? —le preguntó él con sorna.

—Pues no, no tenía intención de hacerlo —contestó ella en el mismo tono—. ¿Quién es usted?

—¿No está lady Hamilton? —inquirió, como si no hubiese oído su pregunta, lanzando otra mirada en dirección a la escalera.

Antes de que Marian pudiera contestar, el hombre hizo ademán de dirigirse precisamente en aquella dirección.

—Oiga, ¿se puede saber qué cree que está haciendo? —preguntó ella tratando de interponerse en su camino.

—He venido a ver a mi padre —respondió él clavando en ella una mirada despiadada—. Soy Derek Hamilton.

Marian se quedó sin palabras. Enarcó las cejas y observó con atención aquel rostro, a escasos centímetros del suyo. No pudo vislumbrar en él ninguno de los rasgos de su marido y eso, no supo bien por qué, le produjo cierta satisfacción.

—¿Está arriba? —preguntó él.

—Sí, en su habitación —contestó ella, aturdida.

El hombre subió las escaleras a grandes zancadas y ella se quedó allí, incapaz de moverse, con el sombrero y el abrigo entre las manos.

Derek no tenía ninguna prisa por encontrarse con su padre y, al mismo tiempo, sentía la imperiosa necesidad de comprobar si realmente se encontraba tan mal como le habían dicho. Su tía Charlotte había logrado convencerle de que lo mejor era presentarse y no había querido dejar pasar más tiempo del necesario. Cuanto antes acabara con todo aquello, mejor para todos.

Durante el camino, que hizo a caballo hasta casi reventar al animal, se había preguntado qué sentiría al volver a entrar en aquella casa. Ya no era el niño asustado e inseguro que había pasado allí cada Navidad, ni el adolescente que había recibido el último golpe de su padre, ni siquiera el joven que había acudido a despedirse cuando decidió poner tierra de por medio. Ahora era un hombre hecho y derecho, fuerte y seguro de sí mismo. Pero, conforme se aproximaba a su destino, los viejos miedos infantiles lo asaltaron de nuevo y tuvo que hacer acopio de toda su entereza para no dejarse vencer por ellos.

Y entonces, aquella criatura le había abierto la puerta del que había sido su hogar. A pesar de su aspecto fatigado, era tan delicada, tan incongruente con aquella atmósfera malsana que parecía envolverlo todo, que todos sus miedos se esfumaron de repente. Era consciente de que no había sido muy cortés, aunque se tratara de una de las criadas, pero la urgencia por ver a su padre y acabar de una vez con aquel trámite no había dejado lugar para los buenos modales. Se prometió que luego se disculparía con ella.

La mansión no había cambiado en nada. Sus ojos volaron hasta la habitación del final del pasillo, la que había pertenecido a su madre, y luego hasta la que había ocupado él mismo durante sus visitas navideñas. Se preguntó en qué estado se encontrarían, si aún conservarían algo de sus antiguos propietarios. El hilo de pensamientos se interrumpió cuando sus ojos se posaron en la puerta del dormitorio de su padre, en el otro extremo del corredor. Se quedó inmóvil unos segundos, tratando de acompasar su respiración. Se dirigió hacia ella, pero no puso la mano en el pomo hasta que estuvo convencido de haber dominado todas sus emociones, y de haberse vaciado por completo.

El cuarto estaba en penumbra y le costó un instante adaptar la vista. Allí estaba su padre, el poderoso barón de Hartford, tan inmóvil como una estatua, y junto a él, la figura medio encorvada de su tía Ellen.

—¡Derek! —exclamó ella, cubriendo con su huesuda mano la boca—. ¡Has venido!

A diferencia de su tía Charlotte, en aquellas palabras no había ni un atisbo de afecto. Eran solo la constatación de un hecho. La mujer acudió a su encuentro y le dio un breve abrazo, tan seco como un sarmiento, y Derek no pudo evitar una nueva comparación.

—Casualmente estaba en Londres —dijo a modo de explicación.

—Vaya, ¿desde cuándo? —inquirió ella con resquemor.

—Llegué hace solo unos días —aclaró él.

Derek se aproximó hasta el lecho, donde su padre parecía dormir de forma apacible. Veía su pecho subiendo y bajando acompasadamente. El tono de su piel era tan pálido que apenas contrastaba sobre las suav ...