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EL INSTANTE PRECISO EN QUE LOS DESTINOS SE CRUZAN

Angélique Barbérat

5


Fragmento

1

Willington. Estados Unidos. Costa Este

«Me encantaría volver al instante preciso en que los destinos se cruzan», dijo la madre de Kyle al salir del cuarto de baño con las gafas de sol puestas. Kyle no entendía nada. Claro, tenía cinco años, con cinco años, ¿quién comprende esta clase de cosas? Con cinco años, ¿a quién le extraña que su madre lleve gafas de sol en casa? Con cinco años, ¿cómo no iba a creerla cuando ella le aseguraba que solo le escocían los ojos o que se había dado un golpe?

No. Como todos los niños a esa edad, el pequeño la encontraba guapa. Le gustaba estar cerca de ella. Jugaba con sus coches y levantaba la mirada de vez en cuando. Algunos días la madre de Kyle canturreaba en voz baja… y otros se ponía las dichosas gafas oscuras.

—¿Estás bien, mamá?

—Juega con tus coches, Kyle, por favor.

Su tono de voz era lúgubre, y el niño comprendía que necesitaba silencio. Se callaba para complacerla. Aguardaba —sin saberlo— a que se encontrase mejor. A que saliera del baño sin las gafas. A que se sentase al piano y dejara que sus dedos, largos y finos, se desplazasen por las teclas a toda velocidad. Kyle se preguntaba cómo podía moverlos tan deprisa sin equivocarse. A veces ella cerraba los ojos o miraba al frente. A lo lejos. «Quizá allí donde la lleve la música.» Él se acercaba deslizándose con sigilo. Tenía cuidado de no molestarla. ¡Faltaría más! Cuando su mamá tocaba con tanta ligereza, él hubiera deseado que se quedara así para siempre. La música salía de ella para entrar en él. Se fundían en uno, y su mundo era hermoso. El niño aguardaba el instante en que ella posara las manos sobre las rodillas para ir a sentarse junto a ella en la banqueta. Mamá lo acogía entonces en su regazo y le decía al oído: «Un músico lee con las manos…», «Un músico cuenta la vida con los dedos…», «Un músico respira con la música…».

—Pon los dedos aquí. Así. Eso es. Sin apretar. Relájalos… ¿Lo oyes? ¿Lo sientes?

—Sí —murmuraba él escuchando cómo la nota le subía por dentro.

—La música vive en ti ahora.

—Sí, mamá.

Otro día, sin venir a cuento, le había dicho:

—Kyle, creo que los hombres siempre han necesitado la música.

—¿Los primeros hombres también?

—Sí —contestó la madre riendo—. ¡Los primeros hombres también! Estoy segura de que aprendieron que si golpeaban los troncos podían crear sonidos que les harían bien.

—¿Porque no sabían qué hacer con las manos?

La madre repitió con esa voz suya tan particular: «No sabían qué hacer con las manos…», y luego añadió enseguida:

—Porque la música mata el aburrimiento y porque puede hacerte feliz.

—Pero, mamá, a veces lo que tocas es triste.

—Cuando estás triste, la música… puede evitar que… Te transporta a un mundo donde…

Su voz se hizo inaudible, y Kyle sintió miedo.

—¿Donde qué, mamá?

Ella cerró el piano de golpe. A él no le gustaba que no terminara sus frases y dejara de tocar. La observó mientras volvía a colocar sobre el piano el tapete y la planta. Mientras pasaba una mano por el taburete para quitarle el polvo, lo ponía en su sitio y decía con una voz que ya no era exactamente la misma:

—Ven. Tu padre estará a punto de llegar.

Entonces, en días como esos, su mamá se metía en la cocina, y él comprendía que su ligereza se había esfumado. Sus manos ya no tocaban las cosas con dulzura. Se ponía nerviosa y se miraba el reloj. Echaba un vistazo rápido por la ventana. Al reloj. Por la ventana. Kyle se subía a una silla e intentaba averiguar de qué estaba pendiente su madre. Solo distinguía el arce grande que extendía sus largas ramas sobre la entrada. ¿Vería ella cosas que le daban miedo? ¿Vería arañas peludas y feas?

—¿Qué miras, mamá?

Ella no respondía y se iba a poner la mesa. Colocaba los cubiertos y los vasos con precisión milimétrica. Todo debía estar impecable y perfecto. Cuando no tocaba el piano dedicaba todo su tiempo a las tareas del hogar y a cambiar el agua de los jarrones. Todos los días. Decía que era importante no descuidar las cosas.

—Si tienes una planta o un animal, hay que ser cariñoso con ellos. Darles de comer, hablarles, acariciarlos. Tienes que mimarlos. Decirles que los quieres.

Luego, de pronto, se volvía hacia su hijo.

—¿Me prometes que siempre serás un buen chico, Kyle?

—Pero… yo soy bueno, mamá, ¿no?

La madre no respondía, o lo hacía con tanta indiferencia que el niño sabía que ya no le estaba hablando a él. Que ya estaba en otro lugar. Ella miraba el reloj, y Kyle no entendía por qué tenía tanto miedo. Ni por qué llevaba esas horribles gafas de sol durante días enteros y por qué ya no quería salir a la calle cuando todavía hacía buen tiempo. Ni por qué su dormitorio estaba en la última planta de la casa mientras que el de sus padres estaba abajo del todo…

Kyle solo tenía cinco años. Con cinco años, entiendes algunas cosas… Pero no todas.

Con cinco años, no debes entrar una mañana en el dormitorio de tu madre porque no se ha despertado y tampoco debes ver la mancha roja oscura que se extiende por la almohada. Justo debajo de su melena.

2

—Dígame.

—Mamá está acostada y la almohada está roja.

—¿Tu mamá está dormida?

—Creo que no.

La mujer con la que Kyle hablaba recibió una descarga eléctrica que la recorrió de la cabeza a los pies. Julia Dos Santos siempre había temido oír esas palabras. Se dedicaba a aquel oficio desde hacía cuarenta y cinco años y, cada tarde, volvía a casa repitiéndose como una oración: «Todavía no. Y ojalá que nunca». Aun así, tenía la extraña certeza de que terminaría por suceder.

Era su último día de trabajo. Al día siguiente se jubilaría. Pero… ni el día siguiente ni los posteriores podría quitarse de la cabeza la voz de aquel niño.

—¿Dónde vives, cariño?

—En una casa blanca con rosas.

—¿Dónde?

—En Willington.

—¿Te sabes el nombre de la calle? —preguntó Julia volviéndose inmediatamente hacia el plano de la ciudad.

—No.

—¿Se ve la iglesia desde tu casa?

—Sí. En mi cuarto.

Julia trazó un círculo con el rotulador rojo en el plano de Willington. Luego pidió al niño que describiese algo de la calle que le llamase la atención.

—Hay un garaje con coches rotos.

Julia colocó la punta del rotulador en la entrada de la calle Austin.

—Lo tengo. Y tu casa… ¿qué número es?

—La última.

—Ya sé dónde vives, cariño. ¿Cómo te llamas?

—Kyle Jen-kins —dijo separando las sílabas.

—Kyle, atiende: ¿hay alguien más en la casa contigo?

—No. Solo mamá.

—Cariño, espéranos en la puerta. No te muevas. Vamos enseguida.

—¿Y mamá?

—Ya vamos, cariño. Espéranos fuera.

Kyle no fue al porche a esperar la ayuda. Bajó al dormitorio de su madre. No había cambiado de postura. No oía su respiración. Supo que no volvería a hablar y que pronto ya no la vería nunca más porque la meterían bajo tierra. Entonces trepó a la cama. Apartó la colcha y apoyó la cabeza en su hombro. A lo mejor cantaba… A lo mejor era feliz allí donde estuviera…

Unos minutos después oyó sirenas de coches y pisadas en la gravilla de la entrada. Oyó que se cerraban portezuelas y que lo llamaban a gritos. Los ruidos invadieron su cabeza y alguien abrió la puerta.

3

Birginton, en las afueras de Londres

Coryn tenía cinco años cuando llegó Timmy. Su madre había ido a dar a luz al hospital y ella, junto con sus cuatro hermanos, esperaba a que su padre volviese. En cuanto él cruzó el umbral despachó a la canguro y dijo con una voz que Coryn nunca le había oído:

—¡Todavía sigue igual! ¡Parece que la cosa pinta mal! ¡Niños, dejadme tranquilo! Todos al jardín. Y tú, Coryn, tráeme una cerveza. ¡Ay, maldita santa Contracción! Si supieras lo mucho que sufro por tu madre…

Los chicos corrieron al jardín. A jugar. A reír. Y a hacer el bobo. A ensuciarse como gorrinos y seguir riéndose mientras ella permanecía allí de pie, escuchando las toneladas de palabrotas que su padre iba encadenando. Conforme él movía ollas y cacerolas, la pequeña pensaba en su madre y en santa Contracción.

Coryn era la única niña de la familia Benton. Y por eso le tocaba quedarse en la cocina. Ella pensaba que era lo normal, porque era lo que hacía su madre. Del mismo modo que lo normal era tener más faena cuando, un invierno tras otro, su mamá iba a la maternidad. Durante días enteros, el padre maldecía a santa Contracción, suplicaba a santa Dolores que dejase de torturar a su adorada esposa y certificaba que su mujer —su madre, pensaba Coryn— era sencillamente una «santa» cuando cruzaba el umbral con el recién nacido apretadito como una morcilla entre sus gruesos brazos. Aprovechando el momento, el padre anunciaba que era el regalo de Navidad. Los mayores exclamaban que el padre se burlaba de ellos, y Coryn pensaba que Papá Noel no

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