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EL LIBRO DE LA MADERA

Lars Mytting

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Fragmento

 

El aroma de la leña fresca

El aroma de la leña fresca

pervivirá entre tus recuerdos últimos cuando caiga el velo.

El aroma de la leña fresca y blanca

en la temporada de la savia, cada primavera:

como si la vida misma pasara, descalza

y con rocío en el pelo.

La fragancia extrañamente desnuda

que se postra en tu silencio interior,

delicada, femenina y trigueña,

y toma por flauta de sauce

la caña de tus huesos.

Con la helada bajo la lengua

buscas la yesca que prenda una palabra.

Y, gentil como brisa sureña en el pensamiento,

percibes que aún hay en el mundo

algo digno de confianza.

Hans Børli

La corteza de abedul es impermeable y tiene muchos usos. Aquí se aprovecha para proteger de la lluvia una pila tradicional noruega, un método que se conoce desde hace cientos de años.

Antaño, a las astillas de abeto y álamo temblón se las llamaba «leña de cocina», y era la madera preferida para las estufas de cocina, ya que se quema rápida e intensamente y permite una temperatura estable y fácil de controlar. A los leños gruesos de abedul se los llamaba «leña de salón».

PRÓLOGO: CORTAR LEÑA

La experiencia me dice que cortar leña es algo muy personal. Por eso a menudo me he preguntado si soy un leñador del tipo estoico, como Kjell Askildsen, un escritor noruego capaz de cortar leña durante horas y horas, sin apartar la mente de un único pensamiento. O si soy más bien del tipo sanguíneo, el que se despreocupa de todo mientras las virutas vuelan a su alrededor y las pilas se van haciendo más altas. O tal vez me parezca a mi padre, que respondía al perfil del acumulador medio neurótico, el acaparador, muy representativo de esa generación de noruegos que vivió la Segunda Guerra Mundial y sus estrecheces. Cuando murió, supimos que si aparcaba siempre el Mazda en la calle era porque tenía el garaje lleno de leña, unos 35 o 40 m3. Yo heredé toda esa carga: la llevé a mi casa en un camión y la apilé en el jardín, y en el sótano, y en el trastero. Trece años más tarde, aún guardo algo, y eso que siempre tenemos la estufa calentando a tope.

También está el leñador estético, el poeta, que traba

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