Loading...

EL LIBRO DE LOS SUEñOS

Juan Carlos Martínez Barrio

0


Fragmento

1

Todo comenzó, si mi memoria no me traiciona, a mediados de noviembre de 1929.

La ciudad de Burgos se despertó triste y gris. El viento sorteaba los chapiteles de la catedral y azotaba los edificios de la ciudad. Las calles comenzaban a poblarse de gente envuelta en sus abrigos. Aquella mañana, había quedado con mi amigo Gustavo en una céntrica cafetería de la ciudad, el café Salionca. Me iba a proponer un asunto a fin de aliviar mi apurada situación económica, aunque él me lo había explicado de otra manera, evitando mencionar mi necesidad. Había perdido mi empleo como bibliotecario del ayuntamiento hacía ya algunos meses y mis recursos se habían reducido en extremo. Y no es que el salario fuera espectacular, más bien todo lo contrario, pero carecer del mismo suponía una barrera difícil de superar.

Gustavo era un buen amigo, nos conocíamos desde la más temprana juventud. Los años y las experiencias compartidas habían consolidado una bella y sincera amistad. Él era un joven abogado y una buena persona a pesar de su fingido desdén hacia el mundo. Disfrutaba mostrándose insensible ante lo que sucedía a su alrededor. Y aunque exhibía una fachada ruda y un trato distante, gozaba de un alma compasiva y una clara idea de la justicia. Así era Gustavo Hernández.

Cuando llegué a la cafetería ya estaba esperándome. Tras un tosco saludo, comenzó a hablarme con una vaguedad perfectamente medida. Una vez superado el ritual de rigor me expuso el asunto de nuestra cita. Conocía a un rico anticuario de Madrid, el señor Monsalve, interesado en conseguir libros antiguos; por tanto, aprovechando el amplio conocimiento que yo tenía en ese campo, se trataba de ayudar a Gustavo a buscar cualquier libro o publicación con una fecha de impresión lo suficientemente pretérita para considerarse objeto de coleccionismo. La idea no me entusiasmó en exceso pero, en cualquier caso, no tenía nada mejor que hacer, por lo que acepté la oferta de mi amigo.

Mientras nos terminábamos los cafés, comenzamos a establecer nuestro plan de trabajo.

—Yo creo que lo mejor es empezar nuestra búsqueda por las librerías y establecimientos de antigüedades de la ciudad. Más adelante ya indagaremos por el resto de la provincia.

—Excelente idea, Gustavo. Aunque creo que las posibilidades de recoger frutos fuera de Burgos es sensiblemente inferior.

Al menos eso es lo que pensábamos; confundíamos aglomeración con calidad, aunque me temo que eso, lejos de haberse corregido, se ha acentuado en mis torturados días.

El día siguiente lo pasé encerrado en mi habitación, hurgando entre mis terriblemente desordenados archivos y carpetas. Formaban parte del botín de la biblioteca municipal que generosamente me había adjudicado para celebrar mi despido. Sabía que podía conseguir sin salir de mi propia casa la mayor parte de la información que necesitábamos, o al menos la principal. Tras varias horas de búsqueda y bastante paciencia, conseguí unas cuantas direcciones en apariencia interesantes, la mayor parte de las cuales se encontraban en Burgos capital. Lo consideré suficiente para comenzar. Así que, empujado también por el estado lamentable de mi habitación, decidí salir al encuentro de Gustavo.

Era ya bastante tarde. El crepúsculo dejaba paso a la oscuridad de la noche. A medida que iba acercándome a la casa de mi amigo, la luz artificial de los faroles se hacía cada vez más visible. La ciudad comenzaba a recogerse. La cercanía del invierno se percibía en el reducido número de viandantes que quedaban en las calles. Curiosamente esta era una de las épocas del año que más me gustaban. Saboreaba días como aquel, a pesar de su triste grisura y corta duración. El recuerdo de ese atardecer permanece extrañamente inalterable. Sea como fuere, supone la última parcela inmaculada de mi memoria, dado que, a partir de entonces, el resto de las imágenes proyectadas por mi mente aparecen mancilladas por lo que habría de venir, marcando el final de mi vida y el comienzo de mi agonía.

La puerta se abrió permitiendo que la luz del interior del piso perfilara ante mí la figura de Gustavo. Tras invitarme a pasar se internó en la vivienda sin preocuparse de que yo le siguiera o de cerrar la puerta. Aquello eran formulismos para él. Una vez dentro pude comprobar que su casa presentaba un aspecto casi tan desastroso como la mía. No obstante, he de admitir que igualarme en esta materia era humanamente imposible. Por lo visto, los años no habían hecho mella en su parsimonia, en ese caso, confundida con descuido y desorden.

—¿Qué tal? ¿Qué te trae por aquí? —me preguntó mientras intentaba mejorar la apariencia de su salón, no de gran tamaño pero magnificado por una bella lámpara que le había regalado su tía Eugenia el día que se graduó.

—He estado todo el día buscando en mis archivos y tengo algunas direcciones por las que podemos comenzar nuestro itinerario.

—Eso es estupendo, Ismael. Suerte tengo de tus grandes recursos de bibliotecario. Me he buscado un buen socio — añadió, con los brazos en jarra y dedicándome la mejor de sus sonrisas. Tal alegría y agradecimiento denotaban la gran satisfacción que sentía Gustavo.

—Estaría bien que les echáramos un vistazo, ¿no crees? — le dije obviando sus cumplidos. Aunque siempre he intentado hacer gala de una gran humildad, las palabras de mi amigo habían compensado mi laboriosa tarea.

—Sí, claro — repuso, haciendo sitio en la mesa.

La medianoche nos sorprendió elaborando nuestro plan de trabajo. Su premura en comenzar la búsqueda de inmediato reveló que su situación económica era tan precaria como la mía. De ahí su alegría de tenerme como socio. Hasta aquel momento había pensado que era nuestra amistad lo que le había movido a proponerme aquel negocio. Pobre Gustavo. Aunque nuestra relación era estrecha, siempre había sido muy celoso de su intimidad; y no era la desconfianza lo que le llevaba a ello, sino más bien una sana intención de no molestar a los demás con sus

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta