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EL MUñECO DE NIEVE (HARRY HOLE 7)

Jo Nesbo

0


Fragmento

1

Miércoles, 5 de noviembre de 1980.

El muñeco de nieve

Fue el día que llegó la nieve. A las once de la mañana empezaron a caer los copos densamente y sin previo aviso desde un cielo incoloro y, como un ejército espacial, conquistaron los campos, los jardines y los prados de Romerike. A las dos, las quitanieves ya estaban funcionando en Lillestrøm y cuando, a las dos y media, Sara Kvinesland conducía con cautela su Toyota Corolla SR5 por entre los chalés de la calle Kolloveien, la nieve de noviembre ya se había extendido como un edredón por el paisaje ondulado.

Le parecía que las casas tenían un aspecto diferente a la luz del día. Tan diferente que estuvo a punto de pasarse la entrada del garaje. El coche patinó al frenar y oyó un suspiro desde el asiento trasero. En el retrovisor vio la cara de desagrado de su hijo.

—No voy a tardar mucho, cariño —dijo.

Delante del garaje se distinguía un amplio espacio negro de asfalto en la blancura, y supo que allí había estado aparcado el camión de la mudanza. Se le hizo un nudo en la garganta. Esperaba no haber llegado tarde.

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—¿Quién vive aquí? —oyó preguntar desde el asiento trasero.

—Nadie, un conocido mío —dijo Sara comprobando con un gesto automático en el retrovisor si llevaba bien el pelo—. Diez minutos, mi vida. Dejo la llave en el contacto para que puedas oír la radio.

Se alejó sin esperar respuesta y fue de puntillas, procurando no resbalarse, hasta la puerta que tantas veces había cruzado, aunque nunca como en ese momento, nunca a pleno día, a la vista de las miradas curiosas de los vecinos del barrio. No es que las visitas nocturnas fueran más inocentes pero, de algún modo, le parecía más apropiado cometer esa clase de actos al amparo de la oscuridad de la noche.

Oyó el zumbido del timbre en el interior, como el de un abejorro atrapado en un tarro de mermelada. Mientras esperaba sintió crecer su desesperación, y miró hacia las ventanas del vecino. No dejaban ver nada, solo le devolvían el reflejo de unos manzanos desnudos y negros, el cielo gris y un paisaje lechoso. Al fin, oyó pasos tras la puerta y respiró aliviada. Un segundo después estaba dentro y en sus brazos.

—No te vayas, mi amor —dijo, notando cómo el llanto le atenazaba las cuerdas vocales.

—Tengo que hacerlo —dijo él como entonando un estribillo del que ya estuviera harto.

Sus manos buscaron aquellos caminos tan conocidos, unos caminos de los que nunca se cansaba.

—No, no tienes por qué —le susurró ella al oído—. Pero quieres hacerlo. No te atreves a seguir.

—Esto no tiene nada que ver con nosotros.

Ella se dio cuenta de que la irritación empezaba a empañarle la voz al mismo tiempo que la mano, esa mano fuerte pero suave, bajaba por la piel de la espalda y se adentraba por la cinturilla de la falda y los leotardos. Eran como una pareja de baile bien entrenada que conocía el menor movimiento del otro, los pasos, la respiración, el ritmo. Primero la pasión blanca. La buena. Luego la negra. El dolor.

Él le pasó la mano por el abrigo, buscándole los pezones por debajo de la gruesa tela. Siempre le fascinaron sus pezones, siempre volvía a ellos. Quizá porque él no los tenía.

—¿Has aparcado delante del garaje? —preguntó, pellizcándola con fuerza.

Ella asintió, y notó que el dolor le salía disparado como una flecha de deseo y se le clavaba en el cerebro. Tenía el sexo preparado para recibir sus dedos, que no tardarían en adentrarse en él.

—El niño me está esperando en el coche.

La mano se paró de repente.

—No sabe nada —jadeó ella al notar que él dudaba.

—¿Y tu marido? ¿Dónde está?

—¿Tú qué crees? Trabajando, naturalmente.

Ahora era ella quien parecía irritada. Tanto porque hubiera mencionado a su marido como por lo difícil que le resultaba aludir a él sin irritarse. Y porque su cuerpo exigía poseerlo ya, inmediatamente. Sara Kvinesland le bajó la bragueta.

—No… —empezó a decir él mientras le sujetaba la muñeca.

Ella le soltó una sonora bofetada con la otra mano. La miró sorprendido mientras se le enrojecía el pómulo. Ella sonrió, le agarró el pelo abundante y negro y lo atrajo hacia sí.

—Dejaré que te vayas —siseó—. Pero antes me vas a follar. ¿Lo has entendido?

Ella notó su respiración en la cara. Empezaba a jadear intensa y entrecortadamente. Le dio otra bofetada y sintió cómo la polla le crecía en la mano.

Él empezó a empujar otra vez, más fuerte a cada embestida, pero ya se había acabado todo. Ella se quedó rígida. La magia había desaparecido, se relajó la tensión y solo quedó la angustia. Lo había perdido. Allí mismo, mientras estaba tumbada, lo había perdido. Tantos años como llevaba esperando, tantas lágrimas como había derramado, las locuras que había hecho por él. Sin recibir nada a cambio. Salvo esa única cosa.

Él se puso a los pies de la cama y la penetró con los ojos cerrados. Sara le miró el pecho. Al principio le resultaba extraño, pero con el tiempo le empezó a gustar la piel blanca intacta de los pectorales. Le recordaba a las estatuas antiguas en las que no tallaban los pezones por respeto al pudor de la gente.

Él empezó a jadear con más ímpetu. Sara sabía que pronto vendría el grito. Ese grito que tanto le había llegado a gustar. La expresión siempre sorprendida, extática, casi doliente, como si cada orgasmo superase sus mayores expectativas. Ya solo quedaba ese último grito, un rugido de adiós en aquel cubo frío que tenía por dormitorio, sin cuadros ni cortinas ni alfombras. Luego se vestiría y se marcharía a otra parte del país, donde, según él, le habían ofrecido un puesto que no podía rechazar. Pero eso sí que lo podía rechazar. Eso. Y aun así, gritaría de placer.

Ella cerró los ojos. Pero no hubo grito. Él se había parado.

—¿Qué pasa? —preguntó ella abriendo los ojos.

Efectivamente, él tenía el rostro distorsionado, pero no de placer.

—Una cara —susurró.

Ella se estremeció.

—¿Dónde?

—En la ventana.

La ventana estaba a la altura del cabecero de la cama, justo encima de la cabeza de ella. Se dio la vuelta, notó cómo él se salía, ya fláccido. La ventana quedaba demasiado alta en la pared como para que ella pudiera mirar hacia fuera. Y como para que alguien pudiera ver desde fuera el interior.

Puesto que la luz diurna ya estaba desapareciendo, solo podía ser el reflejo de la lámpara del techo en doble exposición.

—Eras tú —le dijo ella con tono quejoso.

—Eso es lo primero que he pensado —dijo sin apartar la vista de la ventana.

Sara se puso de rodillas para incorporarse y miró al jardín. Y allí estaba, allí estaba la cara.

Rió aliviada. Era una cara blanca, con los ojos y la boca formados con piedras de grava negra, probablemente de la entrada. Y los brazos eran dos ramas de manzano.

—Pero, por Dios… —suspiró—. Si solo es un muñeco de nieve.

Y la risa se convirtió en llanto, en sollozos de impotencia hasta que notó que él la abrazaba.

—Tengo que irme —gimió.

—Quédate un poco más —dijo él.

Ella se quedó un poco más.

Cuando Sara volvía al garaje, vio que habían pasado casi cuarenta minutos.

Él le prometió que la llamaría. Siempre había sido muy bueno mintiendo y, por una vez, se alegró de ello. Incluso antes de llegar al coche vio la cara pálida del niño mirándola desde el asiento trasero. Fue a abrir la puerta y notó sorprendida que tenía puesto el seguro. Lo miró a través de los cristales empañados. Pero el niño no le abrió hasta que ella no golpeó la ventanilla.

Se sentó en el asiento del conductor. La radio estaba apagada y el interior del coche, helado. Vio la llave en el asiento del copiloto. Se volvió hacia él. El niño estaba blanco y le temblaba el labio.

—¿Te ha pasado algo? —preguntó ella.

—Sí —dijo él—. Lo he visto.

Le oyó en la voz un débil tono estridente como de miedo, un tono que no recordaba haberle oído desde que era pequeño, cuando se acurrucaba entre los dos en el sofá delante del televisor y se tapaba los ojos con las manos. Y ahora le estaba cambiando la voz, había dejado de darle el abrazo de buenas noches y empezaba a interesarse por los motores y las chicas. Y un buen día, se subiría a un coche con una de ellas y él también la dejaría.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, metió la llave en el contacto y la giró.

—El muñeco de nieve…

El motor no respondió y el pánico se apoderó de ella de pronto. No sabía exactamente de qué tenía miedo. Miró al parabrisas y giró la llave otra vez. ¿Se le habría agotado la batería?

—¿Y cómo era ese muñeco de nieve? —preguntó, pisando el acelerador a fondo y girando la llave con tal desesperación que creyó que la iba a partir.

El niño respondió, pero sus palabras se confundieron con el rugido del motor al arrancar.

Sara pisó el acelerador y soltó el embrague como si de repente tuviese prisa por alejarse de allí. Las ruedas patinaron en la nieve recién caída, blanda y pastosa. Pisó más a fondo, pero seguían sin moverse, mientras la parte trasera del coche se deslizaba lateralmente. Por fin, los neumáticos se agarraron al asfalto y el coche salió rápido hacia delante derrapando hasta la carretera.

—Papá nos está esperando —dijo ella—. Tenemos que darnos prisa.

Puso la radio, subió el volumen para llenar el aire gélido con sonidos distintos a los de su propia voz. Un locutor dijo por enésima vez que esa noche Ronald Reagan había ganado a Jimmy Carter en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

El niño volvió a decir algo, y ella miró al retrovisor.

—¿Qué has dicho? —preguntó levantando la voz.

Él lo repitió, pero ella seguía sin oírlo. Bajó el volumen de la radio mientras conducía en dirección a la carretera principal y al río, que discurrían por el paisaje como dos cintas negras de luto. Y se sobresaltó cuando se dio cuenta de que él se había inclinado entre los asientos. El niño le susurró secamente al oído. Como si fuera importante que nadie más los oyera:

—Vamos a morir.

2

2 de noviembre de 2004.

Día 1. Los ojos de grava

Harry Hole se llevó un sobresalto y abrió los ojos. Hacía un frío del demonio, y en la oscuridad se oía la voz que lo había despertado. Anunciaba que el pueblo de Estados Unidos iba a decidir ese día si George Walker Bush sería su presidente durante los próximos cuatro años. Noviembre. Harry pensó que, claramente, estaba empezando el periodo más oscuro del año. Apartó el edredón y puso los pies en el suelo. El linóleo estaba tan frío que escocía. Dejó las noticias sonando en la radio del despertador y fue al cuarto de baño. Se miró en el espejo. También allí era noviembre: demacrado y pálido y nublado. Tenía los ojos enrojecidos como siempre y los poros de la nariz eran cráteres grandes y oscuros. Las ojeras que subrayaban sus ojos azules, con el iris aclarado por el alcohol, desaparecerían cuando se hubiera lavado la cara con agua caliente y después de desayunar. O eso suponía él. Harry no estaba del todo seguro de qué pinta tendría su cara a lo largo del día ahora que ya había cumplido los cuarenta. Si se le alisarían las arrugas y la paz se extendería sobre aquella expresión estresada con la que se despertaba tras cada pesadilla. La expresión que tenía después de casi todas las noches. Porque iba evitando los espejos cuando salió del apartamento de mobiliario espartano donde vivía, en la calle Sofie, para asumir su papel de comisario en el grupo de Delitos Violentos de la Comisaría General de Oslo. Allí se dedicaba a mirar las caras de los demás para detectar su dolor, su talón de Aquiles, sus pesadillas, sus motivos y sus razones para traicionarse, mientras él oía aquellas mentiras tediosas y trataba de encontrar sentido a lo que hacía: encerrar a personas que llevaban mucho tiempo encerradas en sí mismas. En cárceles de odio y de autodesprecio que él conocía más que de sobra. Se pasó la mano por el pelo rubio, recio y cortado al cepillo, que le crecía exactamente a 193 centímetros de las plantas de los pies, ahora congeladas. La clavícula le sobresalía como una percha por debajo de la piel. Había entrenado mucho después del último caso. Frenéticamente, decían algunos. Además de hacer bicicleta, había empezado a levantar pesas en el gimnasio del sótano de la comisaría. Le gustaba el dolor, cómo le quemaba e inhibía los pensamientos. A pesar de todo, seguía perdiendo peso. La grasa desaparecía y los músculos se le quedaban como varillas entre el esqueleto y la piel. Aunque antes tenía la espalda ancha y, como decía Rakel, era de porte atlético, ahora empezaba a parecerse a un oso polar despellejado que había visto en fotos; un animal salvaje, musculoso, pero de una delgadez chocante. En otras palabras, estaba empezando a desaparecer. Y, de hecho, no importaba. Harry suspiró. Noviembre. Los días iban a ser más oscuros aún.

Fue a la cocina, se tomó un vaso de agua para el dolor de cabeza y miró sorprendido hacia la ventana. El tejado del edificio que se alzaba al otro lado de la calle Sofie estaba blanco y la luz se reflejaba intensamente y le molestaba. Esa noche había caído la primera nevada. Estaba pensando en la carta. Recibía cartas como aquella de vez en cuando, pero en esta ocasión era diferente. Hablaba de Toowoomba.

En la radio acababa de empezar un programa sobre naturaleza y un locutor entusiasmado describía la vida de las focas. «En verano, las focas Berhaus se reúnen en el estrecho de Bering para aparearse. Puesto que los machos son mayoría, la lucha por una hembra es tan dura que los que lo logran se quedan con su pareja hasta que la cría nace y se hace independiente. No por amor a la hembra, sino por amor a sus propios genes. Según la teoría de Darwin, eso significa que la razón de que las focas Berhaus sean monógamas es la selección natural en la lucha por la supervivencia, y no la moral.»

«Qué cosas», pensó Harry.

La voz de la radio casi sonó en falsete por el entusiasmo. «Pero antes de que las focas se marchen del estrecho de Bering para buscar alimento en mar abierto, el macho intentará matar a la hembra. ¿Por qué? ¡Porque una hembra Berhaus nunca se apareará dos veces con el mismo macho! Para ella, se trata de una diversificación del riesgo biológico del material genético, exactamente igual que en el mercado de valores. Para ella la promiscuidad es biológicamente racional, y el macho lo sabe. Matándola, pretende evitar que otras crías de foca compitan con su progenie por el mismo alimento.»

«A nosotros también nos afecta la lógica darwinista, así que ¿por qué el hombre no actúa como esas focas?», dijo otra voz.

«¡Pero si es lo que hacemos! Nuestra sociedad no es en absoluto tan monógama como parece, y nunca lo ha sido. Según una investigación sueca reciente, entre el quince y el veinte por ciento de todos los hijos tienen un padre distinto del que ellos creen, y, por lo demás, distinto de quien cree ser el padre. ¡El veinte por ciento! ¡Eso es uno de cada cinco! Unos hijos que viven en la mentira. Y que contribuyen a la variedad biológica.»

Harry giró el sintonizador en busca de una emisora con música soportable. Se detuvo en una versión de «Desperado» que grabó Johnny Cash en sus últimos años.

Llamaron con fuerza a la puerta.

Harry entró en el dormitorio, se puso los vaqueros, volvió al pasillo y abrió la puerta.

—¿Harry Hole?

El muchacho llevaba un mono azul y miraba a Harry desde detrás de unas gafas de cristales gruesos. Tenía los ojos claros como los de un niño.

Harry asintió.

—¿Tienes hongos?

El joven hizo la pregunta con una sonrisa. Un mechón del flequillo le cruzaba la frente de lado a lado. Debajo del brazo llevaba una carpeta de plástico y encima una hoja llena de anotaciones cogida con una pinza.

Harry esperaba que continuara con una explicación que no llegó a producirse. El muchacho seguía allí con esa mirada clara y directa.

—Me parece que eso es estrictamente personal —dijo Harry.

El joven esbozó una sonrisa como si fuera un chiste del que ya estuviera harto.

—Hongos en el apartamento. Moho.

—No tengo ninguna razón para sospechar que haya hongos —dijo Harry.

—Eso es lo que pasa con el moho. Rara vez se da uno cuenta de que lo tiene.

El muchacho se pasaba la lengua por los dientes y se balanceaba sobre los talones.

—¿Pero? —dijo Harry finalmente.

—Pero lo tienes.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Tu vecino los tiene.

—¿Ah, sí? ¿Y crees que puede haberse propagado?

—El hongo que produce el moho no se propaga. El hongo de la madera, sí.

—¿Y entonces?

—Hay un fallo estructural en el sistema de ventilación que recorre las paredes del edificio. Facilita las condiciones de crecimiento del hongo. ¿Puedo echarle un vistazo a la cocina?

Harry se apartó. El joven se encaminó a la cocina y aplicó a la pared un aparato naranja parecido a un secador de pelo. Pitó dos veces.

—Un medidor de humedad —dijo, y miró algo que debía de ser un indicador—. Justo lo que yo creía. ¿Estás seguro de que no has olido ni has visto nada extraño?

Harry no tenía ni idea de lo que podía ser.

—Una capa como la que aparece en el pan de varios días —dijo el muchacho—. Un olor a podrido.

Harry negó con la cabeza.

—¿Te han dolido los ojos? —preguntó—. ¿Te has sentido cansado? ¿Has tenido dolor de cabeza?

Harry se encogió de hombros.

—Por supuesto. Desde que me alcanza la memoria.

—¿Quieres decir desde que vives aquí?

—Puede ser. Oye…

Pero el joven no lo oía, había sacado una navaja del cinturón. Harry guardó silencio y se quedó mirando la mano que sostenía la navaja, que el joven levantó y clavó con fuerza. Cuando atravesó la placa de yeso que cubría el papel pintado, sonó como un suspiro. Extrajo la navaja, volvió a clavarla y sacó un trozo de yeso medio pulverizado que dejó un agujero negro en la pared. Cogió un bolígrafo fino con linterna e iluminó el agujero. Frunció el ceño y se le dibujó una profunda arruga entre los gruesos cristales de las gafas. Pegó la nariz al agujero y olisqueó.

—Eso es —dijo—. Hola, chicos.

—¿A quién le dices hola? —preguntó Harry acercándose.

—Son Aspergillus —dijo el joven—. De la familia del moho. Hay de trescientas a cuatrocientas especies diferentes entre las que elegir y resulta difícil decir con seguridad a cuál pertenece este, porque en este tipo de superficies duras crece en capas tan finas que es casi invisible. Pero el olor es inequívoco.

—¿Y eso supone un problema? —preguntó Harry tratando de recordar cuánto le quedaba en la cuenta corriente después de, a medias con su padre, pagarle un viaje a España a Søs, su hermana pequeña, que según sus propias palabras, sufría «un toque de síndrome de Down».

—No es como el auténtico hongo de la madera, no va a destruir el edificio —dijo el joven—. Pero a lo mejor a ti sí.

—¿A mí?

—Si tienes predisposición. Hay quien enferma al respirar un aire contaminado por el moho. Esas personas pueden pasarse años sintiéndose indispuestas y, por supuesto, las acusan de hipocondriacas, puesto que ningún médico encuentra la causa y los demás habitantes del edificio están sanos. Y, además, esos bichitos se comen el papel pintado y las placas de yeso.

—Ya. ¿Y qué me sugieres?

—Acabar con la plaga, por supuesto.

—Y de paso con mi economía, ¿no?

—Lo cubre el seguro del edificio, así que no te va a costar ni una corona. Todo lo que necesito es tener acceso al apartamento durante los próximos días.

Harry cogió la copia de las llaves que tenía en el cajón de la cocina y se la dio.

—Vendré yo solo —dijo—. Te lo digo porque pasan muchas cosas raras.

—¿De verdad?

Harry sonrió con tristeza, y miró por la ventana.

—¿Cómo?

—Nada —dijo Harry—. De todas formas, aquí no hay nada que robar. Tengo que irme.

El sol de la mañana brillaba a media altura en todas las ventanas de la comisaría, el cuartel general del distrito policial de Oslo, que llevaba cerca de treinta años en el mismo lugar, en la cima de la colina de Grønlandsleiret. Desde allí —y sin que esa fuera la intención— la policía se encontraba cerca de los focos de mayor criminalidad de la zona este, al mismo tiempo que tenía por vecino más próximo el Bayern, la cárcel de Oslo. Rodeaba la Comisaría General un prado de césped marchito, arces y tilos que, en el transcurso de la noche, se habían cubierto de una fina capa de nieve grisácea, y el parque parecía el ajuar de una herencia bajo las sábanas.

Harry subió por el camino de negro asfalto que conducía a la puerta principal y entró en el vestíbulo, donde los surtidores de agua de los murales de porcelana, obra de Kari Christensen, susurraban eternamente sus secretos. Saludó al guardia de seguridad de la recepción y cogió el ascensor hasta el grupo de Delitos Violentos, en el sexto piso. A pesar de que hacía casi medio año desde que le asignaron el nuevo despacho en la zona roja, estuvo a punto de entrar en el cuchitril sin ventana que había compartido con el policía Jack Halvorsen. Ahora era el policía Magnus Skarre el que lo ocupaba. Y Jack Halvorsen yacía bajo tierra en el cementerio de Vestre Aker. Al principio, los padres de Halvorsen querían enterrar a su hijo en Steinkjer, su ciudad natal, puesto que Jack y Beate Lønn, jefa del grupo de la policía científica, no estaban casados y ni siquiera vivían juntos. Sin embargo, cuando supieron que Beate estaba embarazada y que el hijo de Jack nacería en verano, acordaron que la tumba debía estar en Oslo.

Harry entró en su nuevo despacho, que para él siempre sería nuevo, igual que el campo de fútbol del Barcelona, que tenía cincuenta años y seguía llamándose Camp Nou. Se desplomó en la silla y puso la radio mientras saludaba a las fotos que tenía en la estantería, apoyadas en la pared, y que algún día, en un futuro ignoto, cuando se acordara de comprar chinchetas, podría colgar. Ellen Gjelten y Jack Halvorsen y Bjarne Møller. Así estaban colocados, en orden cronológico. El Club de los Policías Muertos.

En la radio, los políticos y los sociólogos noruegos opinaban sobre las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Harry reconoció la voz de Arve Støp, el propietario de la exitosa revista Liberal, conocido como uno de los creadores de opinión más informados, arrogantes y entretenidos del país. Harry subió el volumen hasta que las voces retumbaron en las paredes, y cogió las esposas Peerless que tenía encima de la mesa. Hacía prácticas de cómo esposar a la gente con rapidez; practicaba con la pata de la mesa, que ya estaba astillada debido a esa mala costumbre que había adquirido en Chicago, en un curso del FBI, y que había perfeccionado durante las noches solitarias en un apartamento putrefacto de Cabrini Green, con las peleas de los vecinos y Jim Beam como única compañía. La idea era colocar el grillete abierto en la muñeca del detenido y, con la misma mano, hacer un giro alrededor de la muñeca hasta que el cierre hiciera clic. Con la precisión y la fuerza adecuadas, y un simple movimiento, era posible esposar a un detenido antes de que pudiera reaccionar. Harry no había tenido ocasión de utilizar esta táctica estando de servicio, y al otro procedimiento que había aprendido allí, cómo capturar a un asesino en serie, solo había recurrido en una ocasión. Las esposas se cerraron en torno a la pata de la mesa y la voz de la radio emitió un zumbido.

«Arve Støp, ¿a qué crees que se debe el escepticismo que George Bush inspira a los noruegos?»

«A que somos un país sobreprotegido que, en realidad, nunca ha participado en ninguna guerra, sino que se ha limitado a permitir que otros lo hagan por él. Inglaterra, la Unión Soviética y Estados Unidos. Sí, llevamos desde las guerras napoleónicas resguardándonos detrás de nuestros hermanos mayores. Noruega ha basado su seguridad en que otros se responsabilicen cuando las cosas se ponen difíciles. Y lleva ocurriendo tanto tiempo que hemos perdido el sentido de la realidad y creemos que el mundo, en el fondo, está poblado de personas que nos quieren bien, al país más rico del mundo. Noruega, una rubia cabeza hueca que dice sandeces y se ha perdido en un callejón del Bronx, y que ahora se indigna cuando el guardaespaldas trata a sus atacantes con brutalidad.»

Harry marcó el número de Rakel. Aparte del de Søs, era el único que se sabía de memoria. Cuando era joven e inexperto, creía que la mala memoria era una desventaja para un investigador. Ahora sabía que no.

«¿Y el guardaespaldas son Bush y Estados Unidos?», preguntó el moderador.

«Sí. Lyndon B. Johnson dijo en una ocasión que no era un papel que Estados Unidos hubiera elegido, pero que ningún otro país podía asumirlo, y tenía razón. Nuestro guardaespaldas es un neocristiano con complejo paternal, problemas con el alcohol y una capacidad intelectual limitada, y sin los arrestos suficientes como para hacer el servicio militar de forma honrosa. En resumen, debemos estar contentos de que hoy reelijan a este tío como presidente de Estados Unidos.»

«Doy por hecho que lo dices irónicamente.»

«En absoluto. Un presidente débil hace caso de sus consejeros, y la Casa Blanca tiene los mejores. Créeme. A pesar de que en esa ridícula serie de televisión sobre el despacho oval puede dar la impresión de que los demócratas tienen el monopolio de la inteligencia resulta que, por sorprendente que pueda parecer, los cerebros más brillantes se encuentran en el ala derecha de los republicanos. La seguridad de Noruega está en las mejores manos.»

—Una amiga de una amiga se ha acostado contigo.

—¿En serio? —dijo Harry.

—Contigo no —dijo Rakel—. Estoy hablándole al otro. A Støp.

—Sorry —dijo Harry, y bajó el volumen de la radio.

—Después de una conferencia en Trondheim. La invitó a su habitación. Ella estaba interesada, pero le contó que le habían quitado un pecho. Él dijo que se lo pensaría y se fue al bar. Y volvió por ella y se fueron juntos.

—Ya. Espero que estuviese a la altura de sus expectativas.

—Nada está a la altura de las expectativas.

—No —dijo Harry preguntándose de qué estaban hablando.

—¿Cómo quedamos esta noche? —preguntó Rakel.

—A las ocho en el Palace Grill me parece bien. Pero ¿qué tonterías son esas de que no se puede reservar?

—Le da al local un toque de elegancia, supongo.

Acordaron verse en la barra. Cuando colgaron, Harry se quedó pensando. Rakel parecía contenta. O despreocupada. Animada. Trató de decidir si podía alegrarse por ella, por que la mujer a la que tanto quería fuera feliz con otro hombre. Rakel y él tuvieron sus momentos. Y él tuvo sus oportunidades. Y las había agotado todas. Así que ¿por qué no alegrarse de que ella estuviera bien? ¿Por qué no abandonar la idea de que las cosas podrían haber sido diferentes, y seguir con su vida? Se prometió que lo intentaría con más empeño.

La reunión matutina terminó muy rápido. Gunnar Hagen, comisario jefe y responsable del grupo de Delitos Violentos, repasaba los casos en los que estaban trabajando. Que no eran gran cosa, porque de momento no tenían ningún nuevo caso de homicidio que investigar y los homicidios eran lo único que aceleraba el pulso del grupo. Participó Thomas Helle, un policía del grupo de Personas Desaparecidas del turno de guardia, que informó de que una mujer faltaba de su domicilio desde hacía un año. No había indicios de violencia, no había ni rastro de un asesino y no había ni rastro de ella. Era ama de casa y la vieron por última vez cuando fue a llevar a sus hijos a la guardería una mañana. El marido y las personas de su entorno tenían coartada y estaban fuera de toda sospecha. Acordaron que el grupo de Delitos Violentos examinaría el caso.

Magnus Skarre les dio recuerdos de Ståle Aune, el psicólogo adscrito a Delitos Violentos, al que había visitado en el hospital de Ullevål. Harry notó una punzada de remordimientos. Ståle Aune no era solo su asesor en asuntos criminales, sino su mejor apoyo en la lucha contra el alcohol y lo más parecido que tenía a un amigo. Aune llevaba más de una semana ingresado con un diagnóstico poco claro, pero Harry todavía no había logrado superar su aversión a los hospitales. El miércoles, pensó. O el jueves.

—Tenemos un nuevo oficial de policía —dijo Gunnar Hagen—. Katrine Bratt.

Una mujer joven de la primera fila se levantó sin que se lo pidieran, y sin sonreír. Era muy guapa. Guapa sin intentar parecerlo, pensó Harry. El pelo fino, casi ralo, le caía sin vida a los lados de una cara bien perfilada, pálida, con una expresión seria, tristona, que Harry había observado en otras mujeres guapísimas, tan acostumbradas a que las miraran que ya les era indiferente. Katrine Bratt llevaba un traje azul que realzaba su feminidad, pero ahuyentaba las posibles sospechas de que quisiera sacar partido de ello con unas medias, gruesas y negras, que se veían por debajo de la falda, y unos botines cómodos. Se quedó de pie y paseó la mirada por los allí reunidos, como si se hubiese levantado para verlos, y no al revés. Harry supuso que había preparado tanto su atuendo como la pequeña representación de su primer día de trabajo en comisaría.

—Katrine ha estado cuatro años trabajando en la comisaría de Bergen con casos de delitos sexuales, aunque también pasó un periodo en Delitos Violentos y en Personas Desaparecidas —continuó Hagen, mientras echaba un vistazo a un documento que Harry supuso que sería su currículo—. Se licenció en derecho por la Universidad de Bergen en el 99, cursó estudios en la Escuela Superior de Policía y aquí la tenemos ahora como oficial. De momento no tiene hijos, pero está casada.

Katrine Bratt arqueó casi imperceptiblemente una ceja finísima y, ya fuera porque lo vio, ya fuera porque a él mismo le pareció que la última parte de la información era superflua, el caso es que Hagen añadió:

—Por si a alguien le interesa…

En el silencio opresor y elocuente que siguió al comentario, Hagen comprendió que no había hecho sino empeorarlo, así que carraspeó sonoramente un par de veces y dijo que aquellos que aún no se hubiesen apuntado a la cena de Navidad debían hacerlo antes del miércoles.

Resonó el ruido de las sillas al moverse y Harry ya estaba en el pasillo cuando oyó una voz a su espalda:

—Parece que soy tuya.

Harry se volvió y vio la cara de Katrine Bratt. Y se preguntó cómo de guapa sería si se esforzara por serlo.

—O tú mío —añadió enseñando una hilera de dientes uniformes sin que la sonrisa aflorase a los ojos—. Supongo que depende de cómo se mire.

Hablaba con acento de Bergen y con una erre parisina atenuada, y Harry habría apostado cualquier cosa a que era de Fana, de Kalfaret o de cualquier otro barrio de la alta burguesía.

Él siguió andando y ella se apresuró a alcanzarlo.

—Se ve que al comisario jefe se le ha olvidado informarte.

Lo dijo pronunciando con énfasis cada una de las sílabas del grado policial de Gunnar Hagen.

—Pero se supone que tienes que enseñarme la comisaría y hacerte cargo de mí los próximos días. Hasta que pueda desenvolverme por mí misma. ¿Crees que serás capaz?

Harry sonrió. Por ahora le gustaba pero, naturalmente, estaba abierto a un cambio de opinión. Harry siempre estaba dispuesto a darle a la gente una segunda oportunidad de acabar en la lista negra.

—No lo sé —dijo, y se detuvo al lado de la máquina de café—. Vamos a empezar por aquí.

—No tomo café.

—No importa. No hay nada que decir de la comisaría. Ni de la mayor parte de las cosas que pasan por aquí. ¿Qué piensas del caso de la desaparición?

Harry pulsó el botón de «americano», que en aquella máquina era tan americano como el café de un transbordador noruego.

—¿A qué te refieres? —preguntó Bratt.

—¿Crees que sigue viva?

Harry intentaba decirlo de una forma verosímil, para que no se diese cuenta de que se trataba de una prueba.

—¿Crees que soy tonta? —dijo ella, y miró con asco la máquina que carraspeaba y escupía el líquido negro en el vaso de plástico blanco—. ¿No has oído al comisario jefe? Me he pasado cuatro años trabajando con delitos sexuales.

—Ya —dijo Harry—. ¿Muerta?

—Como un arenque —dijo Katrine Bratt.

Harry levantó el vaso blanco. Vislumbró la posibilidad de tener una colega a la que podría llegar a apreciar.

Cuando Harry se fue a casa aquella tarde, la nieve había desaparecido de calles y aceras, y los leves copos que se arremolinaban en el aire se esfumaban engullidos por el asfalto mojado en cuanto tocaban el suelo. Entró en su tienda de discos favorita, en la calle Akersgata, y compró el último disco de Neil Young, a pesar de que tenía la sospecha de que sería una porquería.

Al entrar en el apartamento notó algo diferente. Que sonaba distinto. O a lo mejor era que olía distinto. Se paró en seco en el umbral de la cocina. Una de las paredes había desaparecido. Es decir, que donde aquella mañana había dejado unas placas de yeso cubiertas de un papel estampado de flores claras, ahora había ladrillos rojos, mortero gris y una armazón amarillenta con los agujeros que le habían dejado los clavos. Vio en el suelo la caja de herramientas del tío de los hongos y, en la mesa de la cocina, una nota que decía que volvería al día siguiente.

Se fue a la sala de estar y puso el cedé de Neil Young en el reproductor. Deprimido, lo quitó un cuarto de hora después y puso uno de Ryan Adams. No se explicaba de dónde le había venido la idea de tomarse una copa. Cerró los ojos y se concentró en aquel dibujo danzante de sangre y ceguera negra. Volvió a pensar en la carta. La primera nieve. Toowoomba.

El sonido del teléfono partió en dos «Shakedown on 9th Street» de Ryan Adams.

Una voz de mujer se presentó como Oda, dijo que llamaba de la redacción de Bosse y le dio las gracias por atenderlos. Harry no la recordaba, pero sí se acordaba del programa de televisión. Fue la primavera anterior, y querían contar con él para que hablara de asesinos en serie, puesto que era el único policía noruego que había estado en el FBI para estudiar ese tipo de asesinos en particular y, además, el único que había atrapado a uno. Y Harry fue lo bastante tonto como para aceptar. Se había convencido de que lo hacía para decir algo importante y más o menos autorizado sobre las personas que matan, no para que lo vieran en el programa de televisión más popular del país. A posteriori, ya no estaba tan seguro. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que se había tomado una copa antes de la emisión. Harry estaba seguro de que solo fue una. Pero en el programa parecía que se hubiera tomado cinco. Habló con una dicción clara, como siempre, pero tenía la mirada perdida, hizo un análisis poco consistente y nunca llegó a las conclusiones, porque el presentador tuvo que dar paso al siguiente invitado, el último campeón europeo de decoración floral. Harry no dijo nada, pero sus gestos indicaban claramente qué opinión le merecía el debate floral. Cuando el presentador preguntó sonriendo a medias qué relación tenía un investigador de asesinatos con la decoración floral noruega, Harry contestó que al menos las coronas de los entierros mantenían alto el listón noruego en el ámbito internacional. A lo mejor fue el estilo algo achispado y desenfadado de Harry, que cosechó las carcajadas del público presente en el estudio y las palmaditas aprobatorias de los responsables del programa después de la emisión. Dijeron que había «cumplido con las expectativas». Se fue con unos cuantos al restaurante Kunstnernes Hus, ellos se encargaron de la cuenta, y al día siguiente, cuando se despertó, todas las fibras de su cuerpo exigían, necesitaban, vociferaban pidiendo más. Era sábado y siguió bebiendo hasta el domingo por la noche. Estuvo en el Schrøder pidiendo cerveza a gritos mientras las luces parpadeaban indicando que era la hora de cierre, y Rita, la camarera, se le acercó y le dijo que le negarían la entrada la próxima vez si no se marchaba y, preferiblemente, se metía en la cama. La mañana siguiente, Harry se presentó en el trabajo a las ocho en punto. Como investigador, resultó inútil, vomitó en el lavabo después de la reunión matinal, se quedó pegado a la silla del despacho, bebió café, fumó y volvió a vomitar, esta vez en el retrete. Y esa fue la última recaída, no había probado ni una gota de alcohol desde abril.

Y ahora querían que volviese a la pantalla.

La mujer le contó que el tema era el terrorismo en los países árabes y lo que llevaba a personas de clase media con estudios superiores a convertirse en máquinas de matar. Harry la interrumpió antes de que terminara:

—No.

—Pero es que tenemos muchas ganas de volver a tenerte con nosotros, eres tan… tan… ¡total!

Se rió con un entusiasmo cuya autenticidad Harry no pudo determinar, pero entonces reconoció su voz. Estuvo en el Kunstnernes Hus aquella noche. Era guapa de una manera joven y aburrida, hablaba de una manera joven y aburrida, y había mirado a Harry con apetito voraz, como si fuese un plato exótico y no pudiera decidir si le parecía exótico en exceso.

—Llama a otra persona —dijo Harry y colgó.

Luego cerró los ojos y oyó a Ryan Adams preguntar: «Oh, baby, why do I miss you like I do?»

 

 

El chico levantó la vista hacia el hombre que estaba a su lado, delante de la encimera de la cocina. La luz del jardín cubierto de nieve iluminaba la piel sin cabello y tensa alrededor del cráneo compacto del padre. Su madre decía que su padre tenía la cabeza tan grande porque era todo cerebro. Él le preguntó una vez por qué decía que «era cerebro» y no que «tenía cerebro», y entonces ella se echó a reír y le pasó la mano por la frente diciendo que eso les ocurría a menudo a los profesores de física. En ese momento, el cerebro estaba lavando patatas debajo del grifo y metiéndolas en una olla.

—¿No vas a pelar las patatas, papá? Mamá normalmente…

—Tu madre no está aquí, Jonas. Así que lo hacemos a mi manera.

No levantó la voz, pero aun así tenía un tono de irritación que hizo que el niño se encogiera en la silla. Nunca entendía del todo qué hacía que su padre se enfadara. Y, a veces, ni siquiera sabía si estaba enfadado. Hasta que veía que a su madre se le pintaba en las comisuras de los labios aquella expresión angustiada, con la que solo conseguía irritar a su padre todavía más. Esperaba que su madre llegase pronto.

—¡Esos no son los platos planos que usamos, papá!

El padre cerró la puerta del armario con fuerza, y Jonas se mordió el labio. El padre bajó la cabeza y puso la cara a la altura de la suya. Podía ver las chispas a través de los finísimos cristales cuadrados de las gafas.

—No se dice «plato plano», sino «plato llano». ¿Cuántas veces te lo tengo que decir, Jonas?

—Pero mamá dice…

—Mamá no habla correctamente. ¿Lo entiendes? Mamá viene de un lugar y de una familia donde no se preocupan mucho por la lengua.

El aliento del padre olía a algas saladas y podridas.

Alguien entró por la puerta principal.

—Hola —se oyó desde el pasillo la voz cantarina de la madre, y Jonas estuvo a punto de salir corriendo a su encuentro, pero el padre lo retuvo señalando la mesa sin poner.

—¡Qué aplicados sois!

Jonas pudo percibir a su espalda la sonrisa en la voz de su madre, que hablaba sin aliento desde el umbral, mientras él se apresuraba a poner los cubiertos y los vasos tan rápido como podía.

—¡Y qué muñeco de nieve tan grande y tan bonito habéis hecho!

Jonas se volvió extrañado hacia su madre, que se había desabrochado el abrigo. Era muy guapa. Tenía la piel y el pelo morenos, igual que él, y era suave, con una suavidad que casi siempre se manifestaba en los ojos. Casi siempre. No estaba tan delgada como en las fotos de cuando ella y su padre se casaron, pero el niño se había dado cuenta de que los hombres la miraban cuando los dos iban al centro a dar un paseo y pasarlo bien.

—No hemos hecho ningún muñeco de nieve —dijo Jonas.

—¿No?

La madre arrugó la frente mientras se desenrollaba la bufanda grande y rosa que él le había regalado por Navidad.

El padre se acercó a la ventana.

—Habrán sido los chicos del vecino —dijo.

Jonas se subió a una de las sillas de la cocina y miró por la ventana. Y, en efecto, allí, en el césped, había un muñeco de nieve. Era como había dicho su madre: grande. Le habían hecho los ojos y la boca con piedras y la nariz era una zanahoria. El muñeco de nieve no tenía sombrero, ni gorro ni bufanda, y solo un brazo, una ramita delgada que Jonas supuso que procedía del seto. Pero había algo extraño en aquel muñeco. Estaba mal colocado. No sabía por qué, pero debería mirar hacia la calle, hacia el espacio abierto.

—¿Por qué…? —empezó a decir Jonas, pero su padre lo interrumpió.

—Voy a hablar con ellos.

—¿Por qué? —dijo la madre desde la entrada mientras Jonas oía cómo se bajaba la cremallera de las botas altas de piel negra—. Si da igual.

—No quiero que esa gente se meta en nuestro jardín. Me encargaré cuando vuelva.

—¿Por qué no mira hacia fuera? —preguntó Jonas.

La madre suspiró desde la entrada.

—¿Y cuándo vuelves, cariño?

—Mañana.

—¿A qué hora?

—¿Por qué lo preguntas? ¿Tienes alguna cita? —La frialdad del tono de voz del padre hizo que Jonas se estremeciera.

—Es para tener lista la cena —dijo la madre, que en ese momento entró en la cocina, miró lo que había en las cacerolas y subió la temperatura de dos de los fuegos.

—Tú tenla lista —dijo el padre, y se volvió hacia la pila de periódicos que había sobre la encimera—. Ya llegaré.

—De acuerdo. —Ella se le acercó y lo abrazó por la espalda—. Pero ¿de verdad tienes que ir a Bergen esta noche?

—La conferencia de profesor visitante es mañana a las ocho —dijo el padre—. Tardo una hora en llegar desde el aeropuerto a la universidad, así que no me daría tiempo aunque tomase el primer avión de la mañana.

Por los músculos de la nuca de su padre, Jonas advirtió que se estaba relajando; que, una vez más, su madre había logrado escoger las palabras adecuadas.

—¿Por qué está mirando el muñeco de nieve hacia nuestra casa? —preguntó Jonas.

—Ve a lavarte las manos —dijo la madre.

Comieron en silencio, solo interrumpidos por las preguntas de la madre sobre cómo le había ido el día en el colegio, y las respuestas breves y ambiguas de Jonas. Sabía que unas respuestas demasiado detalladas podían incitar a su padre a hacerle preguntas muy molestas sobre lo que aprendían o dejaban de aprender en aquel «triste colegio». O rápidos interrogatorios sobre el niño con el que Jonas hubiera estado jugando ese día, a qué se dedicaban sus padres y de dónde eran. Preguntas a las que Jonas nunca era capaz de contestar satisfactoriamente, según su padre.

Cuando Jonas se fue a la cama, oyó a los padres despedirse en el piso de abajo. La puerta se cerró y el coche arrancó antes de alejarse. Estaban solos otra vez. La madre encendió la tele. Pensó en algo que le había preguntado. Por qué ya casi nunca traía amigos a casa. No supo qué contestarle, porque no quería que se pusiera triste. Pero, ahora, el que se puso triste fue él. Se mordió el interior de la mejilla, notó un dolor bueno y malo a la vez que le irradiaba hacia los oídos, miró los tubos metálicos del carillón que colgaba del techo junto a la puerta. Se levantó y se acercó a la ventana.

La nieve del jardín reflejaba suficiente luz como para distinguir desde allí el muñeco de nieve. Parecía tan solitario… Alguien debería ponerle una gorra y una bufanda. Y tal vez el palo de una escoba para que se sujetara. En ese momento, la luna salió de detrás de las nubes. Jonas vio la dentadura negra. Y los ojos. Inspiró aire como por un acto reflejo y dio unos pasos hacia atrás. Se apreciaba un brillo tenue en los ojos de piedra. No miraban solo a la fachada de la casa, miraban hacia arriba. Hacia él. Jonas echó las cortinas y se metió en la cama.

3

Día 1.

Cochinilla

Harry se sentó en uno de los taburetes de la barra del Palace Grill mientras leía las plaquitas de los ruegos que amablemente hacían a los clientes del bar: «No pidas que te fíe», «No disparen al pianista» y «Be Good Or Be Gone». Todavía era temprano y los únicos clientes del bar eran dos chicas sentadas a una mesa, cada una tecleando en su móvil, y dos chicos que jugaban a los dardos con una elegancia muy estudiada en cuanto a la pose y a cómo apuntar, pero con pésimos resultados. Dolly Parton, que, según tenía entendido, volvía a contar con la aprobación de los jueces del buen gusto de la música country, cantaba por los altavoces con un acento sureño y nasal. Harry miró el reloj otra vez y se apostó consigo mismo a que Rakel Fauke aparecería por el umbral de la puerta a las ocho y siete minutos. Notaba el crepitar de la tensión que siempre sentía cuando iba a volver a verla. Se dijo que solo era un reflejo condicionado, como el de los perros de Pavlov, que empezaban a salivar al oír la señal que anunciaba la comida, aunque no se les diera de comer. Y esa noche no habría comida. Es decir, solo iban a comer. Y a mantener una agradable conversación sobre la vida que llevaban ahora. O, mejor dicho, sobre la vida que ella llevaba ahora. Y sobre Oleg, el hijo que ella había tenido con su ex marido ruso cuando trabajaba en la embajada noruega de Moscú. Aquel niño de carácter sensible y ensimismado al que Harry había logrado acercarse y con el que, andando el tiempo, había establecido una relación más estrecha en muchos aspectos que la que había tenido con su padre. Y cuando, al final, Rakel no aguantó más y lo dejó, él no supo cuál de las dos pérdidas le resultaba más dolorosa. Pero ahora lo sabía. Porque eran las ocho y siete minutos, y ella estaba en el umbral de la puerta, con ese porte erguido, la espalda sinuosa cuyo tacto aún podía sentir en las manos y los pómulos altos bajo una piel ardiente que todavía notaba en la suya. Había abrigado la esperanza de que no tuviera tan buen aspecto. Que no pareciera tan feliz.

Ella se le acercó y sus mejillas se rozaron. Él procuró apartarse primero.

—¿Qué miras? —preguntó Rakel desabrochándose el abrigo.

—Ya lo sabes —dijo Harry, y sintió que debería haberse aclarado la voz antes de hablar.

Ella dejó escapar una risa suave que surtió en él el mismo efecto que el primer sorbo de un Jim Beam; sintió calor y paz.

—No —dijo ella.

Sabía perfectamente lo que significaba ese «No». No empieces, no lo hagas embarazoso, no vamos a ir por ese camino. Lo dijo bajito, con voz casi imperceptible, y aun así a él le sentó como una sonora bofetada.

—Estás más delgado —dijo ella.

—Eso dicen.

—¿Y la mesa…?

—El camarero vendrá a avisarnos.

Se sentó en un taburete enfrente de él y pidió un aperitivo. Un Campari, por supuesto. Harry solía llamarla «Cochinilla» por el pigmento natural que le daba a esa bebida su color característico. Porque le gustaba vestirse con ropa de un rojo intenso. Rakel insistía en que lo utilizaba como color de advertencia, como los animales emplean colores fuertes para avisar de que hay que guardar cierta distancia.

Harry pidió otro refresco.

—¿Por qué has adelgazado tanto? —preguntó ella.

—Por los hongos.

—¿Cómo?

—Parece que me están devorando. El cerebro, los ojos, los pulmones, la concentración. Absorben los colores y la memoria. El hongo crece. Yo desaparezco. Él se convierte en mí, y yo en él.

—¿De qué tontería estás hablando? —soltó ella con una mueca que pretendía ser de asco, pero Harry advirtió la sonrisa en sus ojos.

A ella le gustaba oírlo contar historias, incluso cuando no eran más que sandeces. Le contó lo de la invasión de hongos en el apartamento.

—¿Qué tal vais? —preguntó Harry.

—Bien. Yo estoy bien. Oleg está bien. Pero te echa de menos.

—¿Te lo ha dicho?

—Tú sabes que es verdad. Deberías dedicarle un poco más de tiempo.

—¿Yo? —Harry la miró asombrado—. Esto no lo he elegido yo.

—¿Y qué? —dijo ella cogiendo la copa que le ofrecía el camarero—. Que tú y yo ya no seamos pareja no significa que Oleg y tú no tengáis una relación importante. Para ambos. Ninguno de los dos tenéis facilidad para entablar relación con otras personas, así que deberíais cuidar las que habéis conseguido fraguar.

Harry tomó un sorbo de refresco.

—¿Qué tal se lleva Oleg con tu médico?

—Se llama Mathias —dijo Rakel con un suspiro—. Están en ello. Son… diferentes. Mathias quiere que funcione, pero Oleg no se lo pone fácil.

Harry notó una punzada dulce de satisfacción.

—Y Mathias trabaja mucho también.

—Pensé que no te gustaba que tu pareja trabajara demasiado —dijo Harry, y se arrepintió en el mismo momento en que lo dijo.

Pero, en vez de enfadarse, Rakel suspiró con tristeza.

—No se trataba de que trabajaras mucho, Harry, es que estabas poseído. Eres tu trabajo, y lo que te hace funcionar no es el amor o el sentido de la responsabilidad. O de la solidaridad. O el deseo de venganza. Ni siquiera son ambiciones personales. Es la ira. Y la necesidad de venganza. Y eso no está bien, Harry, no puede ser. Tú sabes lo que pasó.

«Sí —pensó Harry—. Permití que la enfermedad entrase también en tu casa.»

Carraspeó.

—Pero tu médico sí tiene las motivaciones adecuadas, ¿verdad?

—Mathias sigue haciendo guardias nocturnas en urgencias. De forma voluntaria. Y además da clases a jornada completa en el Anatómico Forense.

—Y dona sangre y es miembro de Amnistía Internacional.

Ella suspiró.

—El B negativo es un tipo de sangre muy poco frecuente, Harry. Y tú también apoyas a Amnistía Internacional, lo sé.

Ella removió el contenido del vaso con un agitador naranja de plástico rematado por un caballo. El líquido rojo daba vueltas alrededor de los cubitos de hielo. Cochinilla.

—¿Harry? —dijo ella.

Percibió un timbre en su tono de voz y se puso tenso.

—Mathias y yo nos vamos a vivir juntos. Después de navidades.

—¿Tan pronto? —Harry se pasó la lengua por el paladar en busca de algo húmedo—. Solo hace un año que os conocéis.

—Un año y medio. Pensamos casarnos este verano.

Magnus Skarre observaba cómo el agua caliente le caía en las manos y de ahí en el desagüe del lavabo. Por donde desaparecía. No. Nada desaparecía, solo se iba a otro lugar. Como ocurría con esas personas sobre las que se había pasado las últimas semanas recabando información. Porque Harry se lo había pedido. Porque Harry le había dicho que ahí podía haber algo. Y que quería un informe antes del fin de semana. Lo que significaba que Magnus tendría que trabajar horas extra. Aunque sabía que Harry les encargaba ese tipo de tareas para mantenerlos activos en aquellos tiempos en que se pasaban los días con los pies encima de la mesa. El pequeño grupo de Personas Desaparecidas, formado por tres agentes, se negaba a hurgar en asuntos antiguos, tenían de sobra con los nuevos.

Mientras volvía por el pasillo desierto, Magnus observó que la puerta de su despacho estaba entreabierta. Él sabía que la había cerrado y eran más de las nueve, así que los de la limpieza habían terminado hacía rato. Dos años antes habían sufrido varios robos en los despachos. Magnus Skarre abrió la puerta con determinación.

Allí estaba Katrine Bratt, que se volvió enarcando las cejas, como si fuera él quien hubiese entrado en el despacho de ella. Le volvió a dar la espalda.

—Solo quería verlo —dijo ella, paseando la mirada por las paredes.

—¿Ver el qué?

Skarre miró a su alrededor. Su despacho era igual que todos los demás, con la única diferencia de que no tenía ventana.

—Este era su despacho, ¿verdad?

Skarre frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A Hole. Este fue su despacho durante muchos años. ¿También cuando investigaba los asesinatos en serie de Australia?

Skarre se encogió de hombros.

—Eso creo. ¿Por qué lo preguntas?

Katrine Bratt deslizó una mano por la superficie de la mesa.

—¿Por qué cambió de despacho?

Magnus pasó a su lado y se sentó en la silla.

—Este no tiene ventana. Y además ascendió a comisario.

—Y lo compartió primero con Ellen Gjelten y luego con Jack Halvorsen —dijo Katrine Bratt—. Y a ambos los asesinaron.

Magnus Skarre cruzó las manos detrás de la cabeza. La nueva policía tenía clase. Un escalón o dos por encima de él. Apostaría a que su marido era jefe de algo y tenía dinero. El traje que llevaba parecía ...