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EL PORTAL DE LOS OBELISCOS (LA TIERRA FRAGMENTADA 2)

N.K. Jemisin

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Fragmento

1

Nassun, en las rocas

Mmm. No, no lo estoy contando bien.

Al fin y al cabo, una persona está compuesta por sí misma, y también por los demás. Las relaciones esculpen la forma definitiva de cada individuo. Damaya era ella, pero también la familia que la rechazó y las personas del Fulcro que la tallaron hasta darle forma. Sienita era Alabastro e Innon y los pobres habitantes de Allia y Meov. Ahora tú eres Tirimo y los que deambulan por las carreteras repletas de ceniza y tus hijos muertos... y también la que queda viva. Esa que has decidido recuperar.

No te estoy destripando nada. Eres Essun, después de todo. Es algo que sabías, ¿verdad?

Vamos con Nassun, pues. Nassun, quien solo tiene ocho años cuando termina el mundo.

Es imposible saber lo que habrá pasado por la cabeza de la pequeña Nassun cuando llegó una tarde a casa de sus prácticas y se encontró a su hermano pequeño muerto en el suelo de la sala de estar, y a su padre al lado del cadáver. Podemos imaginar lo que pensó, lo que sintió, lo que hizo. Podemos especular. Pero no lo sabremos jamás. Quizá sea lo mejor.

Una cosa sé a ciencia cierta: ¿sabes esas prácticas que acabo de mencionar? Nassun se prepara para convertirse en una acervista.

La Quietud tiene una relación complicada con los autoproclamados protectores del litoacervo. Hay registros de acervistas que datan de la remota y mucho tiempo rumoreada Estación de la Cáscara de Huevo. Esa en la que, debido a unas emisiones de gases, todos los niños nacidos en las Árticas durante varios años tuvieron unos huesos delicados que se rompían al tocarlos y se torcían al crecer; eso, los que crecían. (Los arqueomestros de Yumenes discutieron durante siglos si había sido a causa del estroncio o del arsénico, y también si había que considerarlo una Estación, ya que solo había afectado a unos cientos de miles de bárbaros enclenques, pálidos y débiles de la tundra septentrional. Fue en ese preciso momento cuando los habitantes de las Árticas se granjearon la reputación de debiluchos.) Aquello fue hace unos veinticinco mil años, según los propios acervistas, aunque muchos creen que es una mentira descarada. Lo cierto es que los acervistas forman parte de la Quietud desde hace mucho más tiempo. Veinticinco mil años es el período que ha transcurrido desde que su labor devino en prácticamente inútil.

Todavía siguen por el lugar, aunque han olvidado hasta la cantidad de cosas que han olvidado. La orden, si es que puede considerarse una orden, ha sobrevivido a pesar de que desde la Primera a la Séptima Universidad se ha rechazado y considerado apócrifo e impreciso su trabajo, a pesar de que los gobiernos de todas las eras han recurrido a la propaganda para socavar su sabiduría. Y a pesar de las Estaciones, claro. Hubo un tiempo en el que todos los acervistas pertenecían a una raza llamada regwo: habitantes de las Costeras occidentales con piel cetrina y rojiza y de labios negros congénitos que adoraban la conservación de la historia igual que otras personas adoraban a los dioses en épocas menos complicadas. Solían tallar el litoacervo en las laderas de las montañas, en tablillas tan altas como el cielo, con el objetivo de que todos las observaran y adquiriesen la sabiduría necesaria para sobrevivir. Pero ya se sabe: en la Quietud, hasta el mero berrinche de un orogén recién nacido es capaz de destruir montañas. Destruir gente cuesta un poco más.

Los acervistas ya no son regwo, aunque la mayoría de ellos se tiñen los labios de negro en su recuerdo. Eso sí: muchos ya no recuerdan la razón. Es la mejor manera de reconocer a un acervista: por los labios, y también por la pila de tablillas de polímero, y por las ropas desgastadas que suelen llevar, y por el hecho de que no suelen tener apellidos de comu de verdad. Ten en cuenta que no son comubundos. Que, en teoría, la mayoría podría regresar a sus comus si tuviera lugar una Estación, aunque su oficio los lleva a viajar tan lejos que, de hecho, volver les resulta imposible. Las comunidades suelen acogerlos, hasta cuando tiene lugar una Estación, ya que incluso las comunidades más seguras necesitan entretenimiento para las noches largas y frías. Por esa razón, muchos acervistas se forman en las artes: música, comedia y ese tipo de cosas. También hacen de profesores y cuidadores de los más jóvenes cuando nadie se puede encargar de ello y, lo más importante, también sirven para recordar que hay quienes han sobrevivido a cosas peores a lo largo de la historia. Algo que se necesita en todas las comus.

La acervista que se encuentra en Tirimo se llama Renthree Acervista Piedra. (Todos los acervistas usan el apellido de comu Piedra, y también usan Acervista, uno de los de casta al uso menos frecuentes.) La mujer no tiene demasiada importancia, pero hay algo que deberías saber de ella. Hubo un tiempo en el que se llamaba Renthree Semental Tenteek, antes de que se enamorara del acervista que visitó Tenteek, quien sedujo a la entonces joven para que abandonara una vida aburrida como vidriera. Su vida habría sido un tanto más interesante si la Estación hubiese llegado antes de que se marchara, ya que el cometido de un Semental en esas circunstancias está muy claro, y quizás ese fuera el incentivo para marcharse. ¿O quizá fuera una de esas locuras que los jóvenes hacen por amor? Es difícil de determinar. El acervista del que se enamoró Renthree acabó por abandonarla en las afueras de una ciudad de las Ecuatoriales llamada Penphen, con el corazón roto y la cabeza a rebosar de acervo. También con la cartera llena de esquirlas de jade, cabujones y una madreperla ahumada en forma de marquesa. Renthree se gastó la madreperla en unas tablillas que le compró a un esmerador, usó las esquirlas de jade para comprar provisiones para el viaje y quedarse en una posada durante los días en que el esmerador las estuvo preparando y compró todo tipo de bebidas fuertes en una taberna con los cabujones. Luego, con aquel nuevo equipo y las heridas remendadas, se marchó por su cuenta. Así es como se perpetúa el oficio.

Cuando Nassun llega a la estación donde la acervista ha montado su tienda, es posible que la chica le recuerde a sus propias prácticas. (No a la parte de la seducción, ya que a Renthree le gustan las mujeres mayores —mujeres, que quede claro—, sino a lo ingenua y soñadora que ella era también.) El día anterior, Renthree había pasado por Tirimo y comprado en los puestos del mercado, sonriendo animada con los labios embadurnados de negro para hacer notar su presencia en la zona. No vio cómo Nassun se dirigía a casa desde el creche, se detenía y se la quedaba mirando, sorprendida, con una esperanza irracional y repentina.

Aquel día, Nassun se había fugado del creche para acudir al encuentro de ella y llevarle una ofrenda. Es una tradición. La ofrenda, no que las hijas de las profesoras se fuguen del creche. Hay dos adultos de la ciudad que ya han llegado a la estación y se encuentran sentados en un banco mientras oyen hablar a Renthree, y la copa de ofrendas de Renthree ya está llena con esquirlas facetadas y de colores con la marca del cuadrante. Renthree parpadea, sorprendida, al ver a Nassun: una chica larguirucha con las piernas más largas que el torso, los ojos más grandes que el rostro y demasiado joven para estar fuera del creche a esas horas cuando no es temporada de cosecha.

Nassun se detiene a recuperar el aliento en el umbral de la estación, por lo que su entrada es muy dramática. Los otros dos visitantes se giran para mirar a la primogénita de Jija, que suele ser muy tranquila, y la presencia de esas personas es lo único que evita que Nassun suelte allí mismo sus intenciones. Su madre le ha enseñado a ser muy cautelosa. (Su madre se enterará de que se ha fugado del creche. A Nassun no le importa.) Traga saliva y se acerca de inmediato a Renthree mientras le tiende algo: un pedazo de roca negra, en la que se ha incrustado un diamante pequeño y casi cúbico.

Nassun no tiene dinero —aparte de su paga, claro— y ya se la había gastado en libros y dulces cuando se enteró de que había un acervista en la ciudad. Pero nadie en Tirimo sabe que hay una posible mina de diamantes en la región. Nadie excepto los orogenes, por supuesto. Y estos, solo si la buscan a conciencia. Nassun es la única que se ha preocupado en hacerlo en varios miles de años. Sabe que no debería de haber encontrado un diamante así. Su madre le ha enseñado que no dé indicios de su orogenia y que no la use fuera de las sesiones de entrenamiento que realizan en un valle cercano cada pocas semanas. Nadie usa los diamantes como moneda porque no se pueden esquirlar con facilidad para dar cambio. Aun así son útiles para la fabricación, la minería y cosas de esas. Nassun sabe que tienen algo de valor, pero no se imagina que con la piedra bonita que le acaba de dar a Renthree se podrían comprar una o dos casas. Solo tiene ocho años.

Nassun ve que los ojos de Renthree se abren de par en par al ver el quiste brillante que sobresale del pedazo de roca negra. Está tan emocionada que se olvida del resto de regalos que había preparado y espeta:

—¡Yo también quiero ser acervista!

Sin duda, Nassun no tiene ni idea de cuál es el verdadero trabajo de un acervista. Lo único que sabe es que tiene muchísimas ganas de marcharse de Tirimo.

Hablaremos de ese tema más adelante.

Renthree sería estúpida si rechazara la oferta, y no lo es, pero no responde a Nassun en ese momento. En parte porque cree que la niña es adorable y que su aserto no es diferente de la pasión momentánea que experimentan muchos otros niños. (En cierto sentido, tiene razón: el mes anterior, Nassun quería ser geniera.) En lugar de responder, le pide a Nassun que se siente y luego cuenta historias para esa pequeña audiencia durante el resto de la tarde, hasta que el sol alarga las sombras en la ladera del valle y entre los árboles. Cuando los otros dos visitantes se levantan para marcharse a casa, miran a Nassun y sueltan indirectas hasta que la niña se marcha con ellos a regañadientes. De ese modo, los habitantes de Tirimo no podrán decir que le faltaron al respeto a una acervista por dejar a una niña toda la noche hablando con ella hasta la extenuación.

Cuando se han marchado los visitantes, Renthree vuelve a echar carbón al fuego y empieza a preparar la cena con un poco de panceta de cerdo, verduras y harina de maíz que había comprado en el mercado de Tirimo el día anterior. Mientras espera a que la comida esté preparada, se come una manzana y juguetea con la roca que le ha dado Nassun, fascinada. Y también preocupada.

Por la mañana se dirige a Tirimo. Con unas preguntas discretas, localiza la casa de Nassun. A esa hora, Essun ya se ha marchado a dar la última clase de su carrera de profesora de creche. Nassun también se ha ido al creche, aunque no ve el momento de escaparse a la hora de comer para encontrarse de nuevo con la acervista. Jija se encuentra en su «taller», que es como llama a la habitación apartada que sirve de sótano de la casa y donde trabaja por encargo durante el día con sus ruidosas herramientas. Uche está dormido en un camastro en la misma habitación. No hay nada que lo despierte. Las canciones de la tierra s

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