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EL PUENTE DE LOS TESOROS

Óscar Rojo

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Fragmento

1.ª edición: noviembre, 2017

© 2017, Óscar Rojo

© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

ISBN DIGITAL: 9788490698983

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Contenido

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1

Era una noche de finales de enero de 1986 y en Madrid hacía un frío que pelaba. Marga y su hermano Martín salieron de la estación de autobuses y entraron en el primer bar abierto que encontraron. Marga pidió una hamburguesa con patatas fritas y una Fanta de naranja y Martín un par de filetillos de lomo adobado también con patatas fritas y una Coca-Cola. Con el estómago lleno y algo más de calor en el cuerpo se dirigieron a la plaza situada enfrente del bar, al otro lado de la calle, donde estuvieron haciendo tiempo confiando en que la noche pasara rápido.

—¿Y qué vamos a hacer cuando lleguemos al pueblo? —preguntó Marga con voz temblorosa.

—Iremos a Las Cepas. Pediré trabajo a los señores y todo volverá a ser como antes —dijo Martín con tono firme.

—Pero dijeron que no nos podíamos quedar —le recordó Marga.

—Nos aprecian, Marga. Y apreciaban a madre. Seguro que nos dejan quedarnos. Ya lo verás —dijo Martín.

Martín cogió de la mano a su hermana y la besó en la frente y eso a ella le produjo una agradable sensación de seguridad.

—Vamos a ese portal —señaló Martín— que aquí a la intemperie no hay quien esté.

Se pusieron al resguardo y se arrimaron el uno al otro para darse calor.

El frío y las tiritonas despertaron a Marga a traición. Amanecía. Martín no estaba a su lado, estaba fuera del portal mirando nervioso a un lado y a otro de la calle.

—¿Qué pasa, Martín? —preguntó Marga alarmada.

Cuando Martín se giró Marga pudo ver la desesperación en sus ojos.

—¡Las maletas! ¡No están! ¡Nos las han robado! —dijo Martín de forma atropellada.

En un principio Marga no calibró la magnitud del problema.

—¡Todo lo que teníamos estaba en esas maletas! —clamó Martín.

Y estalló en lágrimas...

El día antes por la mañana Marga y Martín metieron sus pertenencias, que no eran muchas, en dos maletas y abandonaron la finca Las Cepas en los Montes de Toledo. Después de morir su madre los señores les habían dicho, muy a su pesar, que tenían que dejar la casona. Martín les pidió trabajo a lo que respondieron, sin comprometerse a nada, que tal vez tuvieran algún quehacer temporal pero solo hasta que encontraran un nuevo hogar.

Mientras bajaban por la ladera que conducía al pueblo de Los Yébenes, Marga miraba a su hermano con la gran pregunta en sus ojos, «¿Y ahora qué vamos a hacer?». Pero él nunca decía nada. Seguía meditabundo y perdido en sus pensamientos. El director del colegio, conocedor de su tragedia, propuso recomendarles para un centro de acogida en Toledo, donde aseguró que estarían bien atendidos, y una hermana de su abuela les ofreció cobijo por un tiempo... Hubo quienes les brindaron su ayuda condicional pero los propósitos de Martín eran otros bien distintos.

Lo primero que Marga y Martín hicieron cuando llegaron al pueblo fue dirigirse al banco. El director, como sabía por lo que estaban pasando los chicos, no puso demasiadas objeciones para entregarles el millón y medio de pesetas que su madre tenía ahorrados. Martín los escondió dentro de una de las maletas, luego se dirigieron a la estación de autobuses, compraron dos billetes para Madrid y esperaron sentados en un banco.

—¿Adónde vamos, Martín? —preguntó Marga con el temor que a una niña le provoca lo desconocido.

—A buscar a mi padre —respondió él.

Forzó una sonrisa tranquilizadora, le pasó el brazo por encima del hombro y la estrechó en su regazo.

Camila Barrios Fonseca era la guardesa de la finca Las Cepas, famosa por ser la que más hectáreas de coto de caza ocupaba en los Montes de Toledo. Era la encargada de mantener en orden la casona y de atender a los señores y a los invitados en la temporada de caza. Los señores, un matrimonio de cincuentones, vivían la mayor parte del año en Madrid y solo se acercaban a los Montes de Toledo cuando la veda lo permitía. Mientras tanto Camila era la responsable de la limpieza y del mantenimiento esmerándose para que todo estuviera en perfecto estado cuando llegaran los cazadores. Era entonces cuando había más trabajo porque a las faenas habituales se le unían las de adecentar las habitaciones de los invitados, cocinar... y un sinfín de tareas para las que contaba con la ayuda de sus hijos Martín, de quince años, y Margarita, tres años menor que él.

Pasaban solos gran parte del año en medio del monte, lo que se hacía especialmente aburrido durante los inviernos. Era la misma situación que la del personaje Jack Torrance en la película El Resplandor. Al igual que él y su familia cuidaban del hotel Overlook en las temporadas invernales en las que permanecía cerrado al público, así lo hacían ellos en la enorme casa de la finca. Podrían atravesar corriendo con los ojos cerrados pasillos, habitaciones y recovecos sin toparse con un solo mueble o esquina. Se conocían de memoria cada rincón y cada detalle de la vivienda. Los fines de semana y los días que no había colegio a veces pasaban el rato jugando a un escondite absurdo en el que a quien le tocaba ligarla nunca lograba encontrar a quien le tocaba esconderse. Era tan difícil saber en qué escondrijo se ocultaban Marga, Martín o Camila que muchas veces, hartos de esperar, tenían que dejarse localizar si querían que el juego continuara.

Lo del colegio era harina de otro costal. Se veían obligados a caminar ladera abajo hasta la escuela del pueblo de Los Yébenes durante una hora larga, y eso si el tiempo lo permitía, porque en los días de tormenta o de nevada era imposible recorrer aquellos vericuetos. A veces Jeremías, uno de los trabajadores del coto, les bajaba a la escuela en el Land Rover. Pero esto solo sucedía cuando se abría la veda del venado.

A pesar de las penurias y de las estrecheces económicas que su madre se empeñaba en recordarles cada dos por tres, Marga era una niña feliz. Pero todo eso iba a cambiar.

Camila ya andaba renqueando a la entrada del otoño. Decía que era un catarro normal y corriente y que con aspirinas, mucha agua y reposo se le iría pasando. Pero no fue así. El catarro fue de mal en peor hasta el punto que parecía estrangularla y dejarla al borde de la asfixia. Martín llamó por teléfono al médico, pero la tormenta de nieve hacía imposible subir hasta la casona. Aun así Martín descendió hasta el pueblo en plena ventisca y se presentó en el ambulatorio al borde de la hipotermia. Tardó una eternidad en regresar con las medicinas que le prescribió el doctor. Pero ya era demasiado tarde. Marga no hacía más que llorar y rezar para que su madre se pusiera buena, pero también era tarde para la ayuda divina.

Cuando la tormenta amainó y la asistencia sanitaria pudo acceder a la finca, hacía ya varias horas que Camila no respondía. El médico solo pudo certificar su fallecimiento por neumonía el diecisiete de enero de 1986.

2

Tras la muerte de su madre Martín le contó a Marga muchas cosas que no sabía acerca de ella y algunas que ni siquiera imaginaba. Le dijo que había tenido un novio, Andrés Picazo Villarino. Estaban muy enamorados y después de varios años de noviazgo tomaron la decisión de casarse, pero una serie de aciagos acontecimientos truncaron la boda. El abuelo tuvo un infarto que su avanzada edad no pudo soportar. La abuela también había fallecido poco tiempo atrás de un cáncer de páncreas. El abuelo había sido jardinero en Las Cepas durante más de veinte años y los dueños de la finca, apiadándose de su única hija, ahora huérfana, le ofrecieron el trabajo de guardesa. El sueldo era pequeño pero con lo que sacara por la venta de la casa de los abuelos podría casarse, pagar el banquete y aguantar unos años sin problemas. Pero los planes de Andrés cambiaron. Un día se presentó en la finca y le dijo a Camila que se iba a Madrid en busca de mejor suerte. No podía soportar que su novia tuviera un trabajo y que él anduviera zanganeando por ahí. En Los Yébenes ya le señalaban como un «mantenido» y bien es sabido que, cuando se trata de chismorrear, la gente en los pueblos es muy cruel y hace mucho daño. Con el corazón destrozado Camila le dejó marchar sin ponerle un solo pero, ni siquiera el de que estaba embarazada de Martín.

Mermada en lo emocional y también cada vez más en lo físico, la descorazonada mujer sacó adelante el trabajo de la casa y a su hijo. Los dueños de la finca estaban muy contentos con su labor y, como prueba de ello, le ofrecían todo tipo de regalos: comida de la buena, alguna joya desechada por la señora, juguetes para el niño y, de cuando en cuando, algún que otro sobresueldo. Estaba tan emocionada con la actitud de los señores que no se daba cuenta de que todos esos agasajos eran una trampa de la que no iba a poder escapar. Camila era una mujer muy guapa, pequeñita pero muy guapa, y no tardarían en encapricharse de ella algunos de los invitados al coto de caza que no dudaban en lanzarle los tejos a las primeras de cambio. En más de una ocasión Martín le pilló encamada con alguno de los invitados. Y fruto de esas malsanas relaciones nació Marga.

Marga y Martín llegaron a Madrid a media tarde. Martín compró unos bocadillos y unas Coca-Colas en la cafetería de la estación y comieron tan ricamente. Después de una corta sobremesa salieron a la calle Méndez Álvaro y cogieron el Me ...