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EL REY (LA HERMANDAD DE LA DAGA NEGRA 12)

J.R. Ward

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Fragmento

GLOSARIO DE TÉRMINOS Y NOMBRES PROPIOS

glosario.tif

ahstrux nohtrum (n.). Guardia privado con licencia para matar. Solo puede ser nombrado por el rey.

ahvenge (n.). Acto de retribución mortal, ejecutado por lo general por un amante masculino.

chrih (n.). Símbolo de una muerte honorable, en Lengua Antigua.

cohntehst (n.). Conflicto entre dos machos que compiten por el derecho a aparearse con una hembra.

Dhunhd (n. pr.). El Infierno.

doggen (n.). Miembro de la clase servil en el mundo de los vampiros. Los doggen conservan antiguas tradiciones para el servicio a sus superiores. Tienen vestimentas y comportamientos muy formales. Pueden salir durante el día, pero envejecen relativamente rápido. Su esperanza de vida es de aproximadamente quinientos años.

ehros (n.). Elegidas entrenadas en las artes amatorias.

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Elegidas, las (n.). Vampiresas criadas para servir a la Virgen Escribana. Se consideran miembros de la aristocracia, aunque sus intereses son más espirituales que temporales. Tienen poca, o ninguna, relación con los machos, pero pueden aparearse con miembros de la Hermandad, si así lo dictamina la Virgen Escribana, a fin de perpetuar su clase. Algunas tienen la habilidad de vaticinar el futuro. En el pasado se usaban para satisfacer las necesidades de sangre de miembros solteros de la Hermandad y en los últimos tiempos esta práctica ha vuelto a cobrar vigencia.

esclavo de sangre (n.). Vampiro hembra o macho que ha sido subyugado para satisfacer las necesidades de sangre de otros vampiros. La práctica de mantener esclavos de sangre ha sido prohibida recientemente.

exhile dhoble (n.). Gemelo malvado o maldito, el que nace en segundo lugar.

ghardian (n.). El que vigila a un individuo. Hay distintas clases de ghardians, pero la más poderosa es la de los que cuidan a una hembra sehcluded.

glymera (n.). Núcleo de la aristocracia equivalente, en líneas generales, a la crema y nata de la sociedad inglesa de los tiempos de la Regencia.

hellren (n.). Vampiro macho que se ha apareado con una hembra y la ha tomado por compañera. Los machos pueden tomar varias hembras como compañeras.

Hermandad de la Daga Negra (n. pr.). Guerreros vampiros muy bien entrenados que protegen a su especie de la Sociedad Restrictiva. Como resultado de una crianza selectiva dentro de la raza, los miembros de esta Hermandad poseen inmensa fuerza física y mental, así como la facultad de curarse rápidamente. En su mayor parte no son hermanos de sangre, y son iniciados en la Hermandad por nominación de otros miembros. Agresivos, autosuficientes y reservados por naturaleza, viven separados de los civiles y tienen poco contacto con miembros de las otras clases, excepto cuando necesitan alimentarse. Son protagonistas de leyendas y objeto de reverencia dentro del mundo de los vampiros. Solo pueden ser asesinados por medio de heridas graves, como disparos o puñaladas en el corazón y lesiones similares.

hyslop (n. o v.). Término referente a un error de cálculo que por lo general compromete las operaciones mecánicas o la posesión de un vehículo u otro medio motorizado de transporte. Por ejemplo, dejar las llaves en un coche mientras está aparcado en el exterior de la casa familiar durante la noche, y que ese descuido provoque el robo del mismo.

leahdyre (n.). Persona poderosa y con influencias.

leelan (n.). Palabra cariñosa que se puede traducir como «querido/a».

lewlhen (n.). Regalo.

lheage (n.). Apelativo respetuoso usado por un esclavo sexual para referirse a su amo o ama.

Lhenihan (n. pr.). Bestia mítica famosa por sus proezas sexuales. En el argot moderno, se emplea este término para hacer referencia a un macho de un tamaño y una energía sexual sobrenaturales.

lys (n.). Herramienta de tortura empleada para sacar los ojos.

mahmen (n.). Madre. Es al mismo tiempo una manera de decir «madre» y un término cariñoso.

mhis (n.). Especie de niebla con la que se envuelve un determinado entorno físico; produce un campo de ilusión.

nalla o nallum (n.). Palabra cariñosa que significa «amada» o «amado».

newling (n.). Muchacha virgen.

Ocaso, el (n. pr.). Reino intemporal donde los muertos se reúnen con sus seres queridos para pasar la eternidad.

Omega, el (n. pr.). Malévola figura mística que busca la extinción de los vampiros debido a una animadversión contra la Virgen Escribana. Vive en un reino intemporal y posee enormes poderes, aunque no tiene el poder de la creación.

periodo de fertilidad (n.). Momento de fertilidad de las vampiresas. Por lo general dura dos días y viene acompañado de intensas ansias sexuales. Se presenta aproximadamente cinco años después de la «transición» de una hembra y de ahí en adelante tiene lugar una vez cada década. Todos los machos tienden a sentir la necesidad de aparearse si se encuentran cerca de una hembra que esté en su periodo de fertilidad. Puede ser una época peligrosa, pues suelen estallar múltiples conflictos y luchas entre los machos contendientes, particularmente si la hembra no tiene compañero.

phearsom (adj.). Término referente a la potencia de los órganos sexuales de un macho. La traducción literal sería algo como «digno de penetrar a una hembra».

Primera Familia (n. pr.). El rey y la reina de los vampiros y todos los hijos nacidos de esa unión.

princeps (n.). Nivel superior de la aristocracia de los vampiros, superado solamente por los miembros de la Primera Familia o las Elegidas de la Virgen Escribana. Se debe nacer con el título; no puede ser otorgado.

pyrocant (n.). Se refiere a una debilidad crítica en un individuo. Dicha debilidad puede ser interna, como una adicción, o externa, como un amante.

rahlman (n.). Salvador.

restrictor. m. Humano sin alma que, como miembro de la Sociedad Restrictiva, persigue a los vampiros para exterminarlos. A los restrictores hay que apuñalarlos en el pecho para matarlos; de lo contrario, son inmortales. No comen ni beben y son impotentes. Con el tiempo, su cabello, su piel y el iris de sus ojos pierden pigmentación hasta que acaban siendo rubios, pálidos y de ojos incoloros. Huelen a talco para bebé. Tras ser iniciados en la Sociedad por el Omega, conservan su corazón extirpado en un frasco de cerámica.

rythe (n.). Forma ritual de salvar el honor, concedida por alguien que ha ofendido a otro. Si es aceptado, el ofendido elige un arma y ataca al ofensor u ofensora, quien se presenta sin defensas.

sehclusion (n.). Estatus conferido por el rey a una hembra de la aristocracia, como resultado de una solicitud de la familia de la hembra. Coloca a la hembra bajo la dirección exclusiva de su ghardian, que por lo general es el macho más viejo de la familia. El ghardian tiene el derecho legal de determinar todos los aspectos de la vida de la hembra y puede restringir a voluntad toda relación que ella tenga con el mundo.

shellan (n.). Vampiresa que ha elegido compañero. Por lo general las hembras no toman más de un compañero, debido a la naturaleza fuertemente territorial de los machos que tienen compañera.

Sociedad Restrictiva (n. pr.). Orden de cazavampiros convocados por el Omega, con el propósito de erradicar la especie de los vampiros.

symphath (n.). Subespecie de la raza de los vampiros que se caracteriza, entre otros rasgos, por la capacidad y el deseo de manipular las emociones de los demás (con el propósito de realizar un intercambio de energía). Históricamente han sido discriminados y en ciertas épocas han sido víctimas de la cacería de los vampiros. Están en vías de extinción.

trahyner (n.). Palabra que denota el respeto y cariño mutuo que existe entre dos vampiros machos. Se podría traducir como «mi querido amigo».

transición (n.). Momento crítico en la vida de un vampiro, cuando él, o ella, se convierte en adulto. De ahí en adelante debe beber la sangre del sexo opuesto para sobrevivir y no puede soportar la luz del sol. Generalmente ocurre a los veinticinco años. Algunos vampiros, en particular los machos, no sobreviven a su transición. Antes de la misma, los vampiros son físicamente débiles, no tienen conciencia ni impulsos sexuales y tampoco pueden desmaterializarse.

Tumba, la (n. pr.). Cripta sagrada de la Hermandad de la Daga Negra. Se usa como sede ceremonial y también para guardar los frascos de los restrictores. Las iniciaciones, los funerales y las acciones disciplinarias contra miembros de la Hermandad son algunas de las ceremonias que allí se realizan. Solo pueden entrar a ella los miembros de la Hermandad, la Virgen Escribana y los candidatos que van a ser iniciados.

vampiro (n.). Miembro de una especie distinta del Homo sapiens. Los vampiros tienen que beber sangre del sexo opuesto para sobrevivir. La sangre humana los mantiene vivos, pero la fuerza no dura mucho tiempo. Tras la transición, que ocurre a los veinticinco años, no pueden salir a la luz del día y deben alimentarse de la vena regularmente. Los vampiros no pueden «convertir» a los humanos por medio de un mordisco o una transfusión de sangre, aunque en algunos casos raros son capaces de procrear con otras especies. Los vampiros pueden desmaterializarse a voluntad, aunque deben ser capaces de calmarse y concentrarse para hacerlo, y no pueden llevar consigo nada pesado. Tienen la capacidad de borrar los recuerdos de los humanos, siempre que estos sean a corto plazo. Algunos vampiros pueden leer la mente. Su expectativa de vida es superior a los mil años y, en algunos casos, incluso más.

Virgen Escribana, la (n. pr.). Fuerza mística que hace las veces de consejera del rey, guardiana de los archivos de los vampiros y dispensadora de privilegios. Vive en un reino intemporal y tiene enormes poderes. Fue capaz de un único acto de creación, que empleó para dar existencia a los vampiros.

wahlker (n.). Individuo que ha muerto y ha regresado al mundo de los vivos desde el Ocaso. Son muy respetados y reverenciados por sus tribulaciones.

whard (n.). Equivalente al padrino o la madrina de un individuo.

PRÓLOGO

prologo.tif

Siglo XVII, Viejo Continente

Larga vida al rey!».

Al oír aquel grito profundo y grave, Wrath, hijo de Wrath, tuvo el instinto de mirar a su alrededor en busca de su padre…, con la esperanza de que no hubiese fallecido y el gran legislador estuviese todavía con ellos.

Pero, claro, su amado padre seguía muerto y descansando en el Ocaso.

¿Cuánto tiempo más duraría esta triste búsqueda?, se preguntó Wrath. Era tan inútil, en especial cuando era él quien llevaba encima las vestiduras sagradas del rey de los vampiros, y cuando las fajas incrustadas de joyas, la capa de seda y las dagas ceremoniales adornaban su cuerpo. Sin embargo, a él no le importaban nada aquellas pruebas de su reciente coronación…, o tal vez era su corazón el que permanecía inmutable ante todo lo que ahora lo definía.

Querida Virgen Escribana, sin su padre él se encontraba tan solo, incluso a pesar de estar rodeado de gente que le servía.

—¿Mi lord?

Mientras recuperaba la compostura de su expresión, Wrath se giró. En el umbral de la cámara real se encontraba su consejero más cercano, cual columna de humo, aquella figura alta y delgada envuelta en ropajes oscuros.

—Es un honor saludaros —murmuró el macho, al tiempo que hacía una reverencia—. ¿Estáis listo para recibir a la hembra?

No.

—Desde luego.

—¿Damos, entonces, inicio a la procesión?

—Sí.

Cuando su consejero volvió a inclinarse y se retiró, Wrath empezó a pasearse por el salón forrado de paneles de madera de roble. La luz de las velas se agitaba gracias a las corrientes de aire que se colaban por las paredes de piedra del castillo y el fuego que chisporroteaba en la inmensa chimenea parecía ofrecer solo luz, pero no calor.

En realidad, no tenía deseos de tener una shellan, o compañera, como parecía inevitable que ocurriera. Para ello hacía falta amor y él no tenía amor que ofrecer a nadie.

Por el rabillo del ojo, Wrath vio un destello de luz y, para pasar el tiempo antes de que tuviera lugar su temido encuentro, se acercó a mirar las joyas que yacían desplegadas sobre el escritorio de madera tallada. Diamantes, zafiros, esmeraldas, perlas…, la belleza de la naturaleza capturada y retenida por oro forjado.

Las más valiosas eran los rubíes.

Al estirar la mano para tocar aquellas piedras del color de la sangre, Wrath pensó que era demasiado pronto para esto. El hecho de ser rey, este apareamiento arreglado, las miles de exigencias distintas que tenía que satisfacer ahora y sobre las cuales entendía tan poco.

Necesitaba más tiempo para aprender de su padre…

Cuando reverberó por el salón el primero de tres fuertes golpes, Wrath dio gracias por que nadie lo hubiera visto estremecerse.

El segundo golpe fue igual de fuerte.

Al tercero tendría que responder.

Wrath cerró los ojos y sintió que le costaba respirar a causa del dolor que atravesaba su pecho. Quería tener a su padre junto a él; esto debía ocurrir más adelante, cuando él fuera mayor, y no estuviera bajo la tutela de un cortesano. El destino, sin embargo, había privado a aquel gran hombre de un futuro que le pertenecía y, a su vez, había sometido al hijo a una especie de asfixia, a pesar de que tenía alrededor suficiente aire para respirar.

No puedo hacerlo, pensó Wrath.

Y, sin embargo, cuando cesó la reverberación del tercer golpe a los paneles de la puerta, Wrath enderezó los hombros y trató de imitar la forma en que su padre siempre hablaba.

—Adelante.

Al oír su orden, la pesada puerta se abrió de par en par y sus ojos se encontraron con un séquito completo de cortesanos, cuyas sombrías togas eran idénticas a la que usaba el consejero que los precedía a todos. Pero eso no fue lo que llamó su atención. Detrás del grupo de aristócratas venían otros individuos de tremenda estatura y ojos entrecerrados…, y esos fueron los que empezaron a cantar en un rugido concertado.

Honestamente, Wrath sentía miedo de la Hermandad de la Daga Negra.

Siguiendo la tradición, el consejero declaró con voz fuerte y clara:

—Mi lord, tengo una ofrenda que brindaros. ¿Me autorizáis a proceder con la presentación?

Como si aquella noble muchacha fuera un objeto. Pero, claro, la tradición y las normas sociales establecían que su propósito era la procreación y, en la corte, ella sería tratada como lo sería cualquier yegua premiada.

¿Cómo iba a hacer él esto? Wrath no sabía nada sobre el acto sexual y, sin embargo, si aprobaba a la hembra, tendría que afrontar aquella actividad en algún momento después de la medianoche de mañana.

—Sí —se oyó decir.

Los cortesanos entraron por la puerta en parejas y luego se separaron hasta formar un círculo alrededor del perímetro del salón. A continuación el canto se hizo más fuerte.

Los magníficos guerreros de la Hermandad entraron entonces en una especie de marcha, con sus formidables cuerpos cubiertos por vestiduras de cuero negro y armas que colgaban de distintos arneses. La cadencia de sus voces y el movimiento de sus cuerpos era tan sincronizado que parecían uno solo.

A diferencia de los miembros de la glymera, los guerreros no se separaron, sino que se quedaron hombro contra hombro, pecho contra pecho, en una formación cerrada que no permitía ver nada de lo que había entre ellos.

Pero Wrath podía sentir el aroma.

Y el cambio que sintió en su interior fue instantáneo e inmutable. En un abrir y cerrar de ojos, la naturaleza lenta y pesada de la vida dio paso a una aguda conciencia…, una conciencia que, a medida que los Hermanos se acercaban, fue madurando hasta convertirse en una sensación de irritación y agresividad que desconocía, pero que no estaba dispuesto a pasar por alto.

Al inspirar de nuevo, un poco más de aquella fragancia penetró en sus pulmones, su sangre y su alma. Pero lo que él estaba oliendo no eran los aceites con los que la hembra había sido frotada, ni los perfumes que habían aplicado a la ropa que cubría su forma. Era el olor de la piel que estaba debajo de todo aquello, la delicada combinación de elementos femeninos que él sabía que eran únicos y exclusivos de ella y nadie más.

La Hermandad se detuvo frente a él y, por primera vez, Wrath no sintió aquella sensación de reverencia por su aura letal. No. Mientras sus colmillos se alargaban dentro de su boca, sintió que su labio superior comenzaba a levantarse para lanzar un rugido.

Wrath llegó a dar incluso un paso hacia delante, dispuesto a acabar con aquellos machos uno por uno para poder llegar hasta lo que ellos le estaban ocultando.

El consejero se aclaró la garganta, como si quisiera recordarle a la audiencia allí reunida su importancia.

—Señor, el linaje de esta hembra os la ofrece para que tengáis la bondad de considerarla con miras a la procreación. En caso de que deseéis inspeccionar…

—Déjennos solos —gritó Wrath—. De inmediato —agregó, mientras se formaba a su alrededor un silencio de perplejidad que él no tuvo inconveniente en pasar por alto.

El consejero bajó la voz.

—Mi lord, si tuvierais la bondad de dejarme terminar la presentación…

El cuerpo de Wrath se movió por voluntad propia, girando sobre los talones hasta quedar frente a aquel macho.

—Largo. Ya.

Detrás de él se oyó una risita que provenía de la Hermandad, como si les gustara que aquel señorito fuera puesto en su lugar por el soberano. El consejero, sin embargo, no estaba contento. Pero a Wrath no le importó.

Tampoco había nada más de qué hablar: el cortesano tenía mucho poder, pero no era el rey.

Los machos de toga gris salieron del salón, haciendo venias, y luego quedaron solo los Hermanos. Ellos dieron de inmediato un paso al costado y…

En medio de ellos apareció una forma delgada y envuelta en ropajes negros de la cabeza a los pies. Comparada con los guerreros, la prometida era de talla mediana, de huesos mucho más delgados y complexión menuda, y sin embargo esa fue la presencia que lo sacudió.

—Mi lord —dijo uno de los Hermanos con respeto—, esta es Anha.

Con esa simple y más apropiada introducción, los guerreros desaparecieron y lo dejaron solo con la hembra.

El cuerpo de Wrath volvió a tomar el control, escudriñándola con sus caóticos sentidos, mientras daba vueltas alrededor de ella a pesar de que ella no se movía. Querida Virgen Escribana, Wrath no quería nada de esto, ni esta reacción ante la presencia de la hembra, ni el deseo que se arremolinaba ahora en su entrepierna, ni la agresividad que había mostrado ante los demás.

Pero, sobre todo, él nunca había pensado que…

Mía.

Fue como el estallido de un rayo en el cielo nocturno, algo que cambió su paisaje interno y grabó una cuchillada de vulnerabilidad en su pecho. E incluso con eso, Wrath pensó: «Sí, esto es lo correcto». El antiguo consejero de su padre realmente se preocupaba por sus intereses. Esta hembra era lo que él necesitaba para soportar la soledad: incluso sin ver su cara, ella lo hacía sentir la fuerza de su propio sexo, y aquella figura menuda y frágil lo llenaba por dentro, mientras que la necesidad de protegerla le ofrecía la prioridad y la concentración que tanta falta le hacían.

—Anha —dijo entre dientes, al tiempo que se detenía frente a ella—. Háblame.

Ahí hubo un largo silencio y luego la voz de ella, suave y dulce, pero temblorosa, entró en los oídos de Wrath. Cerrando los ojos, el rey sintió cómo se mecía sobre sus pies, mientras aquella voz resonaba a través de su sangre y sus huesos, el sonido más adorable que jamás hubiese escuchado.

Sin embargo, Wrath frunció de pronto el ceño al darse cuenta de que no tenía ni idea de qué era lo que ella había dicho.

—¿Qué has dicho?

Por un momento, las palabras que salieron de debajo de aquel velo parecieron no tener sentido. Pero luego su cerebro verificó una a una las sílabas:

—¿Deseáis ver a otra?

Wrath frunció el ceño pues no entendía. ¿Por qué querría…?

—No me habéis quitado nada de encima —oyó que ella respondía, como si él hubiese expresado en voz alta sus pensamientos.

Enseguida se dio cuenta de que ella estaba temblando y sus vestiduras repetían el movimiento, lo que explicaba aquel pesado tufillo a miedo que percibía en el olor de la hembra.

Estaba tan excitado que el deseo había nublado su conciencia, pero eso requería rectificación.

Así que Wrath se dirigió hacia el trono y levantó la inmensa y pesada silla de madera tallada para llevarla hasta el otro lado del salón, mientras sentía cómo su voluntad de que ella se sintiera cómoda le concedía una fuerza superior.

—Siéntate.

Ella prácticamente se desplomó sobre el sillón de cuero y cuando clavó sus manos enguantadas sobre los apoyabrazos, Wrath se imaginó sus nudillos poniéndose blancos, como si se estuviera aferrando a la vida.

Wrath se arrodilló frente a ella y levantó la vista para mirarla, mientras pensaba que, aparte de su intención de poseerla, lo único que deseaba era no verla asustada nunca.

Jamás.

Bajo las múltiples capas de sus pesadas vestiduras, Anha se estaba asfixiando por el calor. O tal vez fuera el terror lo que cerraba su garganta.

Ella no deseaba este destino. No lo había buscado. Se lo cedería a cualquiera de las jóvenes hembras que tanto la habían envidiado a lo largo de los años: desde el momento de su nacimiento, se la habían prometido al hijo del rey como su primera compañera, y debido a ese supuesto honor, había sido criada por otros, enclaustrada y aislada de todo contacto. Educada en medio de un confinamiento solitario, no conoció el amor de una madre o la protección de un padre y creció a la deriva, en un mar de serviles desconocidos que la trataban como un objeto precioso y no un ser vivo.

Y ahora, en el momento culminante, en el momento para el cual había sido criada…, todos esos años de preparación parecían haber sido en vano.

El rey no estaba feliz: había expulsado a todos los que estaban en el salón en que se encontraban y no le había quitado ni uno solo de los velos que tenía encima, tal como debía haberlo hecho si quería aceptarla de alguna manera. En lugar de eso se paseaba a su alrededor, mientras la fuerza de su agresividad cargaba el aire.

Y lo más probable es que ella lo hubiese contrariado aún más con su temeridad. No se suponía que nadie le hiciera sugerencias al rey…

—Siéntate.

Anha obedeció y dejó que sus débiles rodillas se aflojaran bajo el peso de su cuerpo. Y aunque esperaba estrellarse contra el suelo frío y duro, cayó sobre un gran asiento acolchado que recibió su cuerpo cuando se desplomó.

El chirrido de las tablas del suelo le informaba de que el rey estaba otra vez dando vueltas a su alrededor, con aquellos pasos pesados y aquella presencia tan magnífica que ella podía percibir su tamaño aunque no pudiera ver nada. Mientras su corazón palpitaba y el sudor le bajaba por el cuello y los senos, ella esperaba el siguiente movimiento del rey…, y temía que fuera violento. Por ley, él podía hacer con ella lo que quisiera. Podía matarla o arrojársela a la Hermandad para que hicieran uso de ella. Podía desvestirla, quitarle la virginidad y luego rechazarla, con lo cual le arruinaría la vida para siempre.

O simplemente podía desvestirla y darle su aprobación, pero respetando su virtud hasta la ceremonia de la noche siguiente. O incluso, quizás…, tal como lo había imaginado en sus sueños más vanos…, él podría mirarla brevemente y recubrirla con regalos de telas suntuosas, lo que indicaría su intención de incluirla entre sus shellans, con lo cual su vida en la corte sería más fácil.

Había oído demasiadas cosas acerca de los cortesanos como para esperar un poco de amabilidad de su parte. Y era muy consciente de que, a pesar de que iba a aparearse con el rey, estaba sola. No obstante, si tuviera alguna dosis de poder, aunque fuera pequeña, tal vez podría apartarse de todo aquello hasta cierto punto y dejarles las maquinaciones sobre la corte y el reinado a hembras más ambiciosas y avaras que ella…

De pronto se detuvieron los pasos y oyó el quejido de las tablas del suelo justo delante de ella, como si él hubiese cambiado de posición.

Este era el momento y ella sintió cómo su corazón se congelaba, como si no quisiera atraer la atención de la daga de Su Majestad…

En un segundo sintió que le quitaban la capucha y una gran corriente de aire frío llegó hasta sus pulmones.

Anha se sobresaltó al ver lo que había frente a ella.

El rey, el soberano, el representante supremo de la raza vampira… estaba de rodillas frente a la silla que le había alcanzado para que se sentara. Y eso ya habría sido suficientemente impactante, pero, de hecho, su actitud aparentemente suplicante no fue lo que más la impresionó.

El rey era increíblemente bello y aunque había intentado prepararse para muchísimas cosas, nunca se le había ocurrido que podría encontrarse frente a una visión tan magnífica.

Tenía los ojos del color de las pálidas hojas de la primavera y estos brillaban como la luz de la luna sobre un lago mientras la observaba. Y su rostro era el más apuesto que hubiese contemplado en la vida, aunque tal vez ese no era ningún cumplido, teniendo en cuenta que nunca antes se le había permitido poner sus ojos en un macho. Y su pelo era tan negro como las alas de un cuervo y le caía por su ancha espalda.

Pero eso tampoco fue lo que penetró con más intensidad en su conciencia.

Lo que más la impactó fue la preocupación que vio en la expresión del rey.

—No tengas miedo —dijo él con una voz que era al mismo tiempo sedosa y áspera—. Nadie te hará daño jamás porque yo estoy aquí.

Anha sintió que las lágrimas afloraban a sus ojos. Y luego su boca se abrió y brotaron estas palabras:

—Mi lord, no deberíais arrodillaros.

—¿Y de qué otra manera podría saludar a una hembra como vos?

Anha trató de responder, pero al sentirse observada de esa manera por el rey, su cabeza se llenó de confusión; este poderoso macho que se inclinaba ante ella no parecía real. Para asegurarse de una vez por todas de que sí lo era, levantó la mano y la movió buscando cerrar la distancia que había entre ellos…

¿Qué estaba haciendo?

—Perdonadme, mi lord…

Él atrapó su mano y el impacto de su piel contra la de él la hizo jadear. ¿O fueron los dos los que jadearon?

—Tócame —le ordenó él—. En donde sea.

Cuando él la soltó, ella puso su mano temblorosa sobre la mejilla de él. Estaba tibia y suave.

El rey cerró los ojos y se inclinó hacia delante, mientras todo su cuerpo se estremecía.

Al ver que él se quedaba así, ella sintió una oleada de poder; pero no era una demostración de arrogancia ni de ambición egoísta. Solo sentía que había logrado apoyar un pie en lo que hasta ahora parecía una caída sin fondo.

¿Cómo era posible algo así?

—Anha… —dijo él entre dientes, como si su nombre fuera una invocación mágica.

No se dijeron nada más porque todo el lenguaje parecía de repente innecesario; los discursos y las palabras eran incapaces de transmitir aunque fuera una mera idea, mucho menos una definición, del vínculo que los estaba uniendo.

Finalmente ella bajó los ojos.

—¿No deseáis ver más de mí?

El rey dejó escapar un rugido ronco.

—Te veré toda entera…, y eso no será lo único que haga.

El aroma de la excitación masculina se hizo más denso en el aire y, de manera increíble, el cuerpo de ella respondió enseguida a aquella llamada. Pero, claro, esa sensual agresividad de él estaba bajo el control de su particular voluntad: él no iba a poseerla de inmediato. No, parecía que iba a respetar su virtud hasta honrarla con una ceremonia de apareamiento apropiada.

—La Virgen Escribana respondió mis plegarias de forma milagrosa —susurró ella, mientras parpadeaba entre lágrimas. Todos esos años de preocupación y de espera, el yunque que había colgado durante tres décadas sobre su cabeza…

El rey sonrió.

—Si yo hubiese sabido que podía existir una hembra como tú, yo mismo le habría suplicado a la madre de la raza. Pero yo no tenía fantasías, y eso está bien. No habría hecho nada más que sentarme a esperar a que te cruzaras en mi destino, desperdiciando el tiempo.

Y con esas palabras el rey se levantó y se dirigió hacia un lugar donde había un montón de ropajes. Todos los colores del arcoíris estaban allí representados y ella había aprendido desde muy tierna edad a saber qué significaba cada color en la jerarquía de la corte.

El rey eligió para ella el rojo. El color más valioso de todos, la señal de que ella sería la favorita entre todas sus hembras.

La reina.

Y ese honor debería haberle bastado. Solo que al pensar en las múltiples hembras que él poseería, ella sintió que se le rompía el corazón.

Cuando el rey regresó a donde estaba ella, debió de percibir su tristeza porque preguntó:

—¿Qué te aflige, leelan?

Anha sacudió la cabeza y se dijo que no tenía derecho a sufrir por tener que compartirlo. Ella…

El rey negó con la cabeza.

—No. Solo serás tú.

Anha se estremeció.

—Mi lord, esa no es la tradición…

—¿Y acaso no soy el soberano de todo? ¿Acaso no puedo ordenar la vida y la muerte de mis súbditos? —Al ver que ella asentía, una expresión de dureza cubrió su cara e hizo que ella sintiera compasión por cualquiera que tratara de contrariarlo—. Entonces yo seré quien determine cuál es la tradición. Y solo tú serás para mí.

Las lágrimas volvieron a inundar los ojos de Anha. Ella deseaba creerle, y sin embargo eso parecía imposible, a pesar de que él la hubiese envuelto, todavía totalmente vestida, con seda del color de la sangre.

—Mi lord, me honráis —dijo ella, mirándolo a la cara.

—No lo suficiente —contestó él, y enseguida, con un movimiento rápido, atravesó el salón hasta una mesa sobre la que había un surtido de gemas preciosas.

El regalo de las joyas fue lo último en lo que Anha pensó cuando él le levantó la capucha, pero ahora sus ojos se sorprendieron con aquel despliegue de riqueza. Ciertamente ella no merecía esas cosas. No hasta que le diera un heredero.

Lo cual, de repente, ya no parecía una tarea tan difícil.

Cuando el rey regresó a su lado, ella se sobresaltó. Rubíes, tantos que no pudo contarlos; de hecho, se trataba de una bandeja entera…, entre los que se encontraba el anillo saturnino que, según sabía, siempre había adornado la mano de la reina.

—Acepta estas y confía en mí —dijo el rey, al tiempo que volvía a postrarse a los pies de ella.

Anha sintió que la cabeza le daba vueltas.

—No, no, estas son para la ceremonia…

—Ceremonia que tendremos aquí y ahora —dijo, al tiempo que le tendía la mano—. Dame tu mano.

Anha sintió cómo le temblaban todos los huesos mientras le obedecía y dejó escapar un gemido cuando el rubí saturnino se enroscó alrededor del dedo corazón de su mano derecha. Al mirar la gema, vio cómo la luz de las velas se reflejaba contra sus múltiples caras, centelleando con la misma belleza con que el amor enciende el corazón desde dentro.

—Anha, ¿me aceptas como tu rey y compañero, hasta que lleguen ante ti las puertas del Ocaso?

—Sí —se oyó decir ella con sorprendente fuerza.

—Entonces yo, Wrath, hijo de Wrath, te tomo como mi shellan, para protegerte y cuidarte a ti y al hijo que podamos tener, con la misma certeza con que cuidaré de mi reino y sus ciudadanos. Serás mía para siempre. Tus enemigos son mis enemigos ahora, tu linaje se mezclará con el mío y solo conmigo compartirás tus amaneceres y anocheceres. Este vínculo nunca será deshecho por ninguna fuerza interna o externa… y —ahí hizo una pausa— a lo largo de todos mis días habrá una y solo una hembra para mí y tú serás la única reina.

Y con esas palabras levantó la otra mano y los dos entrelazaron todos sus dedos.

—Nadie nos separará. Nunca.

Aunque Anha no lo sabía en ese momento, en los años futuros, mientras el destino seguía su camino transformando el presente en historia pasada, regresaría a este instante una y otra vez. Más adelante reflexionaría sobre cómo esa noche los dos estaban perdidos y el hecho de verse el uno al otro fue lo que les dio la fuerza necesaria para seguir adelante.

Años más tarde, mientras dormía al lado de su compañero en su cama matrimonial y lo oía roncar suavemente, ella sabría que lo que le había parecido un sueño había sido en realidad un milagro viviente.

Y mucho más tarde, en la noche en que ella y su amado fueron asesinados, cuando sus ojos se aferraron al rincón donde había escondido a su heredero, su futuro, la única cosa que era más grande que ellos dos…, ella pensaría en que todo esto estaba predestinado. Tanto la tragedia como la fortuna, todo había sido prefigurado y había comenzado ahí, en ese instante, cuando los dedos del rey se entrelazaron con los suyos y los dos se fundieron el uno en el otro para toda la eternidad.

—¿Quién se ocupará de ti esta noche y el día antes de la ceremonia pública? —preguntó el rey.

Ella no quería dejarlo.

—Debo regresar a mis aposentos.

El rey frunció el ceño. Pero luego la soltó y se tomó un tiempo para adornarla con los rubíes hasta que las joyas quedaron colgando de sus orejas y su cuello y sus dos muñecas.

El rey tocó la piedra más grande, la que colgaba sobre el corazón de ella y, cuando sus párpados se cerraron, ella supuso que él debía de estar pensando en algo erótico: tal vez la estaba imaginando sin ropa, sin que nada más que su piel constituyera el marco de aquellas joyas doradas de destellos diamantinos que soportaban esas increíbles gemas rojas.

La última pieza del conjunto era la corona misma y el rey la levantó de su bandeja de terciopelo y se la puso sobre la cabeza, antes de sentarse para contemplarla.

—Tú brillas más que todo eso —dijo.

Anha se miró. Rojo, rojo, por todas partes, el color de la sangre, el color de la vida misma. De hecho, no podía imaginar el valor de las gemas, pero no era eso lo que la conmovía. En ese momento, él le estaba rindiendo unos honores legendarios y, mientras pensaba en eso, Anha deseó que algo así pudiera mantenerse entre ellos para siempre.

Sin embargo, eso no sería posible; y a los cortesanos no les iba a gustar nada de esto, pensó después.

—Te llevaré a tus aposentos.

—Ay, mi lord, no deberíais molestaros…

—No hay nada más que me interese esta noche, te lo aseguro.

Ella no pudo contener una sonrisa.

—Como deseéis, mi lord.

Solo que Anha no estaba segura de poder ponerse de pie con todas aquellas…

En efecto, Anha no logró levantarse y el rey corrió a agarrarla entre sus brazos, alzándola del suelo como si no pesara más que una paloma.

Y enseguida atravesó el salón, abrió la puerta cerrada de una patada y salió al pasillo. Allí estaban todos; el corredor estaba lleno de aristócratas y miembros de la Hermandad de la Daga Negra, ante lo cual Anha giró instintivamente la cabeza contra el cuello de Wrath.

Mientras la educaban para entregársela al rey, siempre se había sentido como un objeto, y sin embargo, esa sensación se había desvanecido al encontrarse a solas con él. Pero ahora, expuesta a las miradas invasivas de los otros, volvía a desempeñar ese papel y se sentía vista como una posesión y no una igual.

—¿A dónde vais? —preguntó uno de los aristócratas al ver que el rey pasaba de largo sin saludarlos.

Wrath siguió caminando, pero era evidente que aquel cortesano no iba a permitir que lo privaran de lo que ni siquiera era su derecho.

El macho se plantó entonces en el camino del rey.

—Mi lord, es costumbre que…

—Yo la cuidaré en mis propios aposentos esta noche y todas las demás.

La sorpresa cubrió aquel rostro afilado y encogido.

—Pero, mi lord, ese honor solo le corresponde a la reina, y aunque vos hubierais poseído a esta hembra, no será oficial hasta…

—Nos hemos apareado propiamente. Yo mismo realicé la ceremonia. Ella es mía y yo soy suyo y estoy seguro de que no queréis interponeros en el camino de un hombre enamorado y su hembra; mucho menos en el del rey y la reina, ¿verdad?

Se oyó un sonido de dientes que entrechocaban, como si alguien hubiese abierto la boca involuntariamente y la hubiese vuelto a cerrar enseguida con prisa.

Al mirar más allá del hombro de Wrath, el macho vio las sonrisas de los Hermanos, como si los guerreros estuvieran de acuerdo con la actitud agresiva del rey. ¿Y los otros togados? Tampoco tenían cara de aprobación. Más bien de impotencia, súplica y rabia sutil.

Ellos sabían quién tenía el poder y sabían que no les pertenecía.

—Deberíais ir acompañado, mi lord —dijo uno de los Hermanos—. No por costumbre, sino por los tiempos que corren. Incluso en esta fortaleza es adecuado que la Primera Familia esté custodiada.

El rey asintió después de un momento.

—Está bien. Seguidme, pero… —dijo y su voz se volvió más un ronquido— no debéis tocarla de ninguna manera. Si lo hacéis, os arrancaré ese apéndice que representa una ofensa física para ella.

Una sensación de respeto verdadero y cierto afecto suavizaron la voz del Hermano:

—Como deseéis, mi lord. ¡Hermandad, venid!

De inmediato las dagas salieron del arnés que cruzaba sus pechos y sus afiladas hojas negras resplandecieron con la luz de las antorchas que bordeaban el pasillo. Mientras los dedos de Anha se clavaban en las preciosas vestiduras del rey, los Hermanos soltaron un grito de guerra y levantaron las dagas sobre su cabeza.

Con una coordinación que habían alcanzado después de pasar muchas horas juntos, cada uno de los grandiosos guerreros se puso de rodillas formando un círculo y enterró la punta de su daga en el suelo.

Bajando la cabeza, dijeron luego al unísono algo que ella no pudo entender.

Y sin embargo toda aquella retahíla era para ella: los guerreros le estaban jurando lealtad como su reina.

Eso era lo que iba a suceder a la noche siguiente, en frente de la glymera, pero ella prefería que hubiera ocurrido aquí. Cuando los guerreros levantaron la mirada, brilló un destello de respeto que iba dirigido a ella.

—Tenéis toda mi gratitud —se oyó decir entonces Anha— y todo mi respeto para vuestro rey.

En segundos, ella y su compañero quedaron rodeados por aquellos tremendos guerreros que, después de aceptar su gratitud, comenzaron a trabajar de inmediato. Flanqueado por todos los lados, tal como ella había estado cuando iba a serle presentada, Wrath prosiguió su marcha.

Más allá del hombro de su compañero, a través de la barrera que formaban los Hermanos, Anha vio cómo iba quedando atrás el grupo de cortesanos, a medida que ellos se alejaban por el pasillo.

El consejero que estaba al frente, con las manos sobre las caderas y el ceño fruncido, no parecía nada feliz.

Anha sintió un estremecimiento de miedo.

—Shh —le susurró Wrath en el oído—. No te preocupes. Seré gentil contigo ahora.

Anha se sonrojó y volvió a hundir la cabeza contra el grueso cuello del rey. Él tenía la intención de poseerla tan pronto llegaran a su destino y su cuerpo sagrado entraría dentro del de ella para sellar visceralmente su unión.

Anha se sorprendió al ver que ella también lo deseaba. Inmediatamente. Con brutalidad…

Y sin embargo, cuando estuvieron de nuevo a solas, acostados en una fantástica cama de plumas y seda…, Anha agradeció que él fuera tan paciente y gentil como había prometido.

Esa fue la primera de las muchas, muchas veces en que su hellren no la decepcionó.

CAPÍTULO

1

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Manhattan, Meatpacking District, en la actualidad

Dame tu boca —ordenó Wrath.

Beth echó la cabeza hacia atrás y se metió entre los brazos de su compañero.

—¿La quieres? Entonces, tómala.

El gruñido que brotó de aquel inmenso pecho fue un recordatorio de que su hombre no era, en realidad, un hombre. Era el último vampiro de raza pura que quedaba en el planeta, y cuando se trataba de ella y el sexo, él era muy capaz de caer sobre ella como una bola de demolición.

Y no precisamente en el estúpido sentido postizo de Miley Cyrus…, y siempre y cuando Beth estuviera de acuerdo, claro. Aunque, en realidad, ¿cuándo tenía una mujer la oportunidad de estar con un macho de más de dos metros de estatura, un cuerpo formidable forrado totalmente en cuero negro, que casualmente tenía unos ojos de un verde pálido que brillaban como la luna y un pelo negro que le caía hasta el poderoso trasero?

La palabra no no solo no formaba parte de su vocabulario; era un concepto que le resultaba desconocido.

El beso que recibió fue brutal y así era como ella lo quería: con la lengua de Wrath penetrando hasta el fondo de su boca, mientras la empujaba hacia atrás por la puerta abierta de su escondite secreto.

¡Pum!

El mejor sonido del mundo. Bueno, sí, en realidad el segundo mejor sonido, pues el primero era el que su hombre hacía cuando estaba dentro de ella.

De solo pensarlo, Beth sintió que su vagina se abría aún más.

—Ay, mierda —dijo él dentro de su boca, cuando deslizó una mano entre los muslos de Beth—. Esto es lo que quiero, sí… Estás lista para mí, leelan.

No era una pregunta. Porque él sabía la respuesta, ¿no?

—Puedo olerte —le gruñó entonces al oído, mientras deslizaba los colmillos por la garganta de Beth—. Y es lo más hermoso del mundo, aparte de saborearte.

Esa voz ronca, la tensión de esas caderas y esa polla inmensa que ejercía presión sobre ella… Beth tuvo un orgasmo ahí mismo.

—Joder, necesitamos hacer esto más a menudo —dijo él entre dientes, mientras ella se frotaba contra su mano, moviendo las caderas—. ¿Por qué diablos no venimos aquí todas las noches?

Pensar en el caos que los esperaba en Caldwell distrajo a Beth por un momento, pero luego él empezó a hacerle un masaje con los dedos, por encima de la costura de los vaqueros, justo sobre la parte más sensible de su cuerpo, mientras penetraba su boca con la lengua, de la misma manera en que lo hacía cuando…, ay, sí.

Vaya, mira lo que tengo, sorpresa, sorpresa… De repente toda la historia relacionada con el hecho de que él fuera el rey, y el intento de asesinato, y la Pandilla de Bastardos simplemente se desvaneció de su mente.

Wrath tenía razón. ¿Por qué demonios no sacaban tiempo para disfrutar de este pedacito de cielo con más frecuencia?

Entregándose al sexo, Beth metió las manos entre el pelo de Wrath, cuya increíble suavidad contrastaba con la dureza de su rostro, la fuerza de su cuerpo formidable y su voluntad de acero. Ella nunca había sido de esas chicas estúpidas que soñaban con un príncipe azul, o una boda de cuento de hadas ni ninguna de esas mierdas de los musicales de Disney. Pero incluso alguien que no había tenido la ilusión, ni la intención, de firmar jamás un certificado de matrimonio, nunca habría podido imaginarse estando con Wrath, hijo de Wrath, el rey de una raza que, hasta donde ella sabía en ese entonces, no era más que una fantasía de Halloween.

Sin embargo ahí estaba, loca por un asesino que tenía vocabulario de camionero, un linaje real tan largo como su brazo y suficiente carácter como para hacer que Kanye West pareciera un acomplejado.

Bueno, Wrath no era tan egocéntrico, aunque, sí, probablemente haría desaparecer a Taylor Swift en un instante, pero eso era porque el rap y el hip-hop eran su música preferida y no porque fuera un hombre agresivo.

Conclusión, su hellren era un tío convencido de tener siempre razón y el trono que ocupaba implicaba que ese defecto de personalidad era reverenciado como si fuera ley natural.

Y hablando de una tormenta perfecta. La buena noticia era que ella era la única excepción, la única persona que podía tranquilizarlo cuando se encrespaba como un dragón. Así era con todos los Hermanos y sus compañeras: los miembros de la Hermandad de la Daga Negra, el grupo de élite de guerreros y asesinos de la raza, no eran famosos por tener precisamente buen carácter. Aunque, claro, nadie quiere a un montón de flojos en la línea de fuego de ninguna guerra, en especial cuando los chicos malos eran de la calaña de los miembros de la Sociedad Restrictiva.

Y de esos malditos Bastardos.

—No voy a llegar a la cama —gimió Wrath—. Necesito estar dentro de ti ya.

—Entonces fóllame en el suelo —dijo Beth, al tiempo que chupaba el labio inferior de Wrath—. Sabes cómo hacerlo, ¿no?

Más gruñidos y un gran cambio en la orientación del planeta, mientras Wrath la levantaba del suelo y la depositaba sobre la madera brillante. El loft que Wrath solía usar como apartamento de soltero parecía salido de una película: tenía un techo tan alto como una catedral, el decorado de una bodega vacía y la pintura negro mate de una Uzi. No se parecía en nada a la mansión de la Hermandad en la que vivían, y ahí estaba la gracia.

A pesar de lo hermoso que era aquel lugar, lleno de laminillas de oro y candelabros de cristal y muebles antiguos, la verdad era que se podía volver un poco pesado…

Riiiiiiiip.

Con ese sonido, Beth perdió otra prenda más de su guardarropa, a pesar de que Wrath parecía muy orgulloso de su obra. Enseñando unos colmillos tan largos como dagas y tan blancos como la nieve, se dispuso a convertir la camisa de seda de Beth en un trapo de limpieza, haciendo volar los botones a todas partes mientras la desgarraba para dejar al aire sus senos.

—Fíjate —dijo entonces Wrath, mientras se desprendía de sus gafas de sol y sonreía exponiendo todo su armamento dental—. Ya no hay nada que se interponga…

Cerniéndose sobre ella, ancló la boca a uno de sus pezones, mientras bajaba las manos hacia la cinturilla de los vaqueros negros de Beth. A pesar de todo, Wrath tuvo la gentileza de desabotonarla y bajar la cremallera, pero ella sabía lo que vendría después…

Con un violento tirón, Wrath convirtió en jirones lo que hasta ese momento habían sido un par de Levi’s con apenas dos semanas de uso.

Pero a ella no le importó. Ni a él.

Ay, Dios, cuánto necesitaba esto.

—Tienes razón, ha pasado demasiado tiempo —siseó ella, mientras Wrath se encargaba de su propia bragueta, reventando los botones para liberar una erección que a ella todavía le quitaba el aliento.

—Lo siento —dijo Wrath entre dientes, al tiempo que la agarraba por el cuello y se montaba sobre ella.

Cuando Beth abrió sus piernas para él, sabía exactamente qué motivaba aquella disculpa.

—No te disculpes… ¡Dios!

La manera salvaje como la poseyó era exactamente lo que ella deseaba, al igual que el orgasmo que le produjo, mientras aquel pesado cuerpo se estrellaba contra el de ella, y su culo desnudo golpeaba contra el suelo a medida que él la embestía, y sus piernas se esforzaban por rodearlo para que él pudiera entrar todavía más hondo. Era una dominación total, con aquel cuerpo inmenso moviéndose como un pistón erótico que iba cada vez más rápido y más fuerte.

Pero a pesar de lo bien que estaba todo esto, Beth sabía cómo llevar las cosas un nivel más allá.

—¿Todavía no tienes sed? —preguntó arrastrando las palabras.

Se produjo una parálisis total.

Como si lo hubiese golpeado un rayo gélido. O tal vez un camión.

Cuando levantó la cabeza, los ojos de Wrath brillaban con tal intensidad que Beth sabía que, si miraba hacia el suelo, podría ver su propia sombra.

Entonces enterró las uñas en los hombros de su hombre, arqueó la espalda para acercarse a él y giró la cabeza hacia un lado.

—¿No quieres nada de beber?

Los labios de Wrath se abrieron para dejar al descubierto sus colmillos, al tiempo que dejaba escapar un siseo de cobra.

El mordisco fue algo parecido a una cuchillada, pero el dolor se desvaneció rápidamente en un dulce delirio que llevó a Beth a otra dimensión. Flotando y firme al mismo tiempo, ella gimió y hundió los dedos entre el pelo de su compañero para acercarlo todavía más mientras él succionaba su garganta y se perdía dentro de su sexo.

Beth tuvo un orgasmo, al igual que él.

Sí.

Dios, ¿cuánto tiempo había pasado desde la última vez que hicieron el amor? Al menos un mes, lo cual era algo inusual en ellos, y Beth se daba cuenta de lo mucho que los dos lo necesitaban. Pero tantas exigencias a su alrededor los limitaban. El estrés contaminaba todas sus horas y recibían tanta mierda tóxica que no tenían tiempo de procesarla el uno con el otro.

Como cuando Wrath recibió un tiro en el cuello. ¿Realmente habían hablado del tema? Claro, habían celebrado su recuperación juntos, pero ella todavía se estremecía cada vez que un doggen abría una botella de vino en el comedor, o cuando los Hermanos se quedaban jugando al billar hasta tarde.

¿Quién iba a pensar que una bola de billar estrellándose contra un taco sonaba exactamente igual que un disparo?

Ella no lo sabía. Por lo menos no hasta que Xcor decidió meter una bala en la yugular de Wrath.

Y esa no era la clase de educación que ella estaba buscando…

Sin ninguna razón aparente, las lágrimas inundaron sus ojos, enredándose primero en sus pestañas y deslizándose luego por sus mejillas, al mismo tiempo que la recorría otro orgasmo.

Y luego la imagen de Wrath herido ocupó toda su visión.

La mancha de sangre en el chaleco antibalas. La sangre que empapaba su camiseta sin mangas. La sangre sobre su piel.

El peligro había llegado a su puerta y la horrible realidad ya no era un monstruo hipotético en su armario mental, sino un grito que desgarraba su alma.

Para ella, el rojo era el color de la muerte.

Wrath se quedó paralizado por segunda vez y levantó la cabeza.

—¿Leelan?

Al abrir los ojos, Beth sintió un pánico súbito al ver que no podía verlo bien, que ese rostro que ella buscaba en cualquier lugar ya no estaba ahí, que esa confirmación visual de su vida ya no estaría más ahí.

Solo que lo único que tenía que hacer era parpadear. Parpadear, parpadear, parpadear…, y Wrath regresó a ella, nítido como el mediodía.

Y eso la hizo llorar más. Porque su amado estaba ciego y aunque, en su opinión, eso no lo convertía en un minusválido, sí lo privaba de algunas cosas fundamentales y eso no era justo.

—Ay, mierda, te hice daño…

—No, no… —Beth le rodeó la cara con las manos—. No pares.

—Debimos haber ido a la cama…

La mejor manera de que Wrath volviera a concentrarse en lo que estaba haciendo era arquear el cuerpo debajo de él, cosa que Beth hizo, ondulando y moviendo las caderas para que su clítoris se frotara contra él. Y, bueno, parece que la fricción tuvo efecto y lo dejó sin palabras.

—No pares —volvió a decir ella, tratando de volverlo a llevar hacia su vena—. No pares jamás.

Pero Wrath se contuvo y le quitó el pelo de la cara.

—No pienses en eso.

—No lo estoy haciendo.

—Sí, sí lo estás haciendo.

No había razón para definir qué era «eso»: planes de traición; Wrath amarrado a ese escritorio tallado y asfixiado por su posición; un futuro desconocido y que no auguraba nada bueno.

—No me voy a ir a ningún lado, leelan. No te preocupes por nada. ¿Me entiendes?

Beth quería creerle. Necesitaba creerle. Pero temía que se tratara de una promesa más difícil de cumplir que de hacer.

—¿Beth?

—Hazme el amor. —Era la única verdad que ella podía esgrimir para no reventar aquella burbuja—. Por favor.

Wrath la besó una vez. Dos. Y luego empezó a moverse de nuevo.

—Siempre, leelan. Siempre.

La mejor noche del mundo.

Cuando Wrath se quitó de encima de su shellan una hora después, no podía respirar, tenía sangre en la garganta y su polla de acero finalmente se había convertido en un espagueti mojado.

Pero conociendo la energía de aquella maldita cosa, tenía apenas cinco, o quizás diez minutos antes de que el Señor Felicidad empezara a sonreír de nuevo.

La gran cama que reposaba en el centro del enorme espacio del loft había sufrido algunas mejoras desde que su Beth se había apareado con él y, mientras se estiraba sobre la espalda, Wrath tuvo que admitir que hacer el amor sobre la cama era mucho mejor que hacerlo en el suelo. Dicho esto, pensó que las sábanas en realidad eran innecesarias, pues habría podido freír un huevo en su pecho después del ejercicio físico que acababa de hacer. Y nada de mantas. Las almohadas habían salido volando rápidamente en la medida en que la cama carecía de cabecera, pero la ventaja era contar con apoyos en cualquier punto cardinal.

A veces le gustaba poner un pie sobre el suelo y apoyarse con fuerza en él.

Beth dejó escapar un suspiro más largo y satisfactorio que un soneto shakesperiano y el pecho de Wrath se infló como un globo.

—¿Te gustó? —preguntó arrastrando las palabras.

—Dios. Sí.

Más sonrisas. Era como ver La Máscara otra vez, solo Jim Carrey y esa sonrisa Profident todo el tiempo. Y ella tenía razón: el sexo había estado fantástico. La había follado en el suelo hasta que llegaron cerca del colchón. Y luego, como el caballero que era, la había puesto sobre la cama… y se la había follado otras tres veces. ¿O cuatro?

Podía hacer eso toda la noche…

Pero de la misma manera en que un eclipse hace desaparecer la luna, aquel estado de relajación cósmica desapareció súbitamente y se llevó toda la buena energía con él.

Wrath ya no disponía de sus noches enteras. No cuando se trataba de estar con su hembra.

—¿Wrath?

—Estoy aquí, leelan —murmuró él.

Mientras Beth se daba la vuelta para quedar de lado, Wrath pudo sentir cómo lo miraba, y aunque su visión finalmente había renunciado a ver formas difusas y había terminado por abandonarlo por completo, pudo imaginarse aquel pelo negro, largo y grueso y los ojos azules de Beth y su hermoso rostro.

—No, no estás aquí.

—Estoy bien.

Mierda, ¿qué hora era? ¿Habría pasado más de una hora? Probablemente. Cuando estaba haciendo el amor con Beth, podía perder la cuenta de los días.

—La una pasada —dijo ella con voz suave.

—Mierda.

—¿Quieres hablar? Wrath…, ¿podrías decirme en qué estás pensando?

Ay, diablos, ella tenía razón. Wrath había estado distrayéndose mucho últimamente. Se retiraba a un lugar de reflexión donde no podía alcanzarlo el caos, ni ninguna cosa mala, pero se trataba de un viaje individual.

—Simplemente no estoy listo para volver al trabajo.

—No te culpo. —Beth se acercó a la boca de Wrath y frotó sus labios contra los de él—. ¿Podemos quedarnos un poco más?

—Sí. —Pero no lo suficiente…

Una alarma sonó en la muñeca de Wrath.

—Mierda. —Wrath sacudió la cabeza—. El tiempo vuela, ¿no?

Y las responsabilidades lo estaban esperando. Tenía peticiones que revisar. Proclamas que escribir. Y los correos de su buzón, esos malditos correos electrónicos que la glymera se sacaba todas las noches del culo…, aunque la verdad es que habían venido disminuyendo últimamente…, señal de que ese montón de imbéciles estaban comunicándose mucho entre ellos. Lo cual no era una buena noticia.

Wrath volvió a soltar un taco.

—No sé cómo lo hacía mi padre. Noche tras noche. Año tras año.

Solo para que lo mataran brutalmente cuando aún era muy joven.

Al menos cuando Wrath el viejo ocupaba su trono, las cosas estaban estables: sus ciudadanos lo amaban y él los amaba a ellos. No había planes de traición cocinándose en ningún salón oscuro. El enemigo provenía de fuera, no de dentro.

—Lo siento —dijo Beth—. ¿Estás seguro de que no hay nada que puedas aplazar?

Wrath se sentó en la cama y se echó el pelo hacia atrás. Mientras miraba al vacío, sin ver nada, deseaba estar fuera peleando.

Pero esa no era una opción para él. De hecho, lo único que tenía en su agenda era regresar a Caldie y volver a encadenarse a ese maldito escritorio. Su destino había sido sellado hacía muchos, muchos años, cuando su madre había entrado en su periodo de fertilidad y su padre había hecho lo que debe hacer un hellren… y, contra toda probabilidad, habían concebido un heredero, que había nacido y se había criado hasta ver cómo los restrictores mataban a sus padres ante sus ojos aún funcionales de pretrans.

Todavía lo recordaba con nitidez.

El defecto ocular solo empezó a manifestarse después de que Wrath sufriera el cambio. Pero esa debilidad, al igual que el trono, eran parte de su legado. La Virgen Escribana había diseñado un plan de crianza que fortalecía los rasgos más deseables de los machos y las hembras, y creaba un sistema de castas que conformaba la jerarquía social. Era un buen plan, pero solo hasta cierto punto. Como solía suceder con la Madre Naturaleza, la ley de las consecuencias imprevistas había decidido hacer una jugarreta y así era como este rey, de «perfecto» linaje, había terminado ciego.

Frustrado, Wrath se levantó bruscamente de la cama y… naturalmente apoyó el pie sobre una almohada en lugar del suelo. Al sentir que perdía el equilibrio, estiró los brazos para tratar de agarrarse a algo, pero como no sabía dónde estaba…

Cuando Wrath se estrelló contra el suelo, sintió un horrible dolor en el costado izquierdo, pero eso no fue lo peor. Enseguida oyó cómo Beth se apresuraba a levantarse para ayudarlo.

—¡No! —gritó, y se echó hacia atrás para que ella no pudiera alcanzarlo—. Yo puedo.

Al sentir cómo su voz rebotaba en el espacio abierto, Wrath deseó poder estrellar su cabeza contra una ventana.

—Lo siento —murmuró, mientras se echaba el pelo hacia atrás.

—No pasa nada.

—No quise gritarte así.

—Has estado muy estresado. Y esas cosas pasan.

Por Dios, como si estuvieran hablando de que no se le había puesto dura durante el sexo.

Cuando Wrath comenzó con toda esa mierda de ser rey, había tomado una decisión y se había comprometido a defender la corona, a ser el líder, a ponerse en la piel de su padre, bla, bla, bla. Pero la realidad es que esta era una maratón que iba a durar toda su vida… y ya estaba flaqueando, después de solo dos años. O tres. Los que fueran.

¿En qué año estamos?

Todos sabían que él siempre había tenido mal carácter, pero el hecho de permanecer encerrado en la cárcel de su ceguera, acompañado solamente por exigencias que no deseaba satisfacer, lo ponía frenético.

No, espera, esa sería una forma muy moderada de definir lo que sentía…, pero en cualquier caso tenía que ver con su personalidad. Su vocación era el combate, no gobernar desde una silla.

El padre había sido un macho afecto a los códigos, pero el hijo era más bien cercano a la espada.

—¿Wrath?

—Perdón, ¿qué has dicho?

—Te pregunté si querías comer algo antes de irnos.

Wrath se imaginó regresando a la mansión, con doggens por todas partes, y los Hermanos entrando y saliendo, y sus shellans por ahí…, y sintió que no podía respirar. Los quería mucho a todos, pero, maldición, allí no había ninguna privacidad.

—Gracias, pero comeré algo mientras estoy trabajando.

Hubo un largo silencio.

—Está bien.

Wrath se quedó en el suelo mientras ella se vestía y escuchó cómo sus vaqueros subían por aquellas piernas tan largas y sensuales como un canto funerario.

—¿Te molesta que me ponga tu camiseta? —preguntó Beth—. Mi blusa quedó destrozada.

—Sí, no hay problema.

La tristeza de Beth olía igual que la lluvia en otoño y se sentía así de fría.

Joder, con la de personas que querían ser rey, pensó Wrath mientras se ponía de pie.

¡Qué locura!

Si no hubiera sido por el legado de su padre, y por todos esos vampiros que habían amado de verdad a su viejo, él habría salido huyendo sin mirar atrás. Pero ya no podía escapar. Su padre había sido un rey para los libros de historia, un macho que no solo ostentaba la autoridad por el derecho que le daba el trono, sino porque inspiraba una sincera devoción.

¿Y si él perdía la corona? Sería como orinar sobre la tumba de su padre.

Cuando la mano de su shellan se deslizó sobre la suya, Wrath se sobresaltó.

—Aquí está tu ropa —dijo ella y se la puso en las manos—. Y yo tengo tus gafas.

Con un movimiento rápido, Wrath la atrajo hacia él y la apretó contra su cuerpo desnudo. Beth era una hembra alta, pero aun así apenas le llegaba al pecho, así que cerró los ojos y la abrazó con fuerza.

—Quiero que sepas algo —dijo contra el pelo de Beth.

Al sentir que ella se quedaba inmóvil, trató de inventarse algo que valiera la pena oír. Unas palabras que reflejaran, aunque fuera mínimamente, lo que estaba sintiendo en el pecho.

—¿Qué? —susurró ella.

—Lo eres todo para mí.

La frase no era nada del otro mundo, pero aun así Beth suspiró y se fundió con él como si hubiera sido lo único que deseaba oír.

Algunas veces tienes suerte.

Y mientras seguía abrazándola, Wrath pensó que eso era algo que debía recordar. Porque mientras tuviera a esta hembra a su lado, sería capaz de superar cualquier cosa.

CAPÍTULO

2

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Caldwell, Nueva York

Larga vida al rey!

Mientras Abalone, hijo de Abalone, decía estas palabras, trataba de calibrar la respuesta de los tres machos que habían venido a golpear a su puerta, habían entrado en su casa y ahora estaban en su biblioteca, mirándolo como si le estuvieran tomando medidas para mandar hacer su sudario.

En realidad no era así. Abalone estaba vigilando solo una expresión, la de aquel guerrero con el rostro desfigurado que se había quedado tras los otros, recostado contra el papel de pared de seda, con sus botas de combate sólidamente apoyadas sobre el tapete persa.

Los ojos del macho estaban ocultos por aquel ceño fruncido que arrojaba una sombra tal sobre los iris que no había manera de saber de qué color eran: si azules, marrones o verdes. Tenía un cuerpo enorme que, incluso en posición de descanso, representaba una amenaza frontal, una granada con un seguro defectuoso. Y ¿cuál había sido su reacción a lo que él acababa de decir?

No había habido ningún cambio en sus rasgos: el labio leporino seguía viéndose apenas como un corte y el ceño seguía igual. El macho no expresaba ninguna emoción.

Pero la mano con la que sostenía la daga se había abierto totalmente para luego cerrarse en un puño.

Claramente el aristócrata Ichan y el abogado Tyhm, quienes habían traído al guerrero, habían mentido. Esta no era una «conversación sobre el futuro». No, algo así sugeriría que Abalone tenía algo que decir.

Esto era una advertencia a todo su linaje, una llamada a la que solo se podía responder de una manera.

Y sin embargo, aquellas palabras habían salido de su boca y ya no había nada que pudiera cambiar eso.

—¿Estáis seguro de vuestra respuesta? —le preguntó Ichan arqueando una ceja.

Ichan era un ejemplar típico de su clase social y económica, refinado hasta el punto de la feminidad a pesar de su sexo, vestido con un traje completo y corbata, y perfectamente peinado. A su lado, Tyhm, el abogado, tenía un aspecto parecido, solo que más delgado, como si sus considerables proezas mentales consumieran toda su ingesta calórica.

Y los dos, al igual que el guerrero, parecían dispuestos a esperar a que cambiara la respuesta que acababan de recibir.

Los ojos de Abalone se posaron sobre un viejo pergamino enmarcado que colgaba de la pared, junto a las puertas dobles. No alcanzaba a leer los diminutos caracteres en Lengua Antigua desde el otro lado del salón, pero no tenía necesidad de acercarse. Los conocía de memoria.

—No tenía conciencia de que me hubieseis hecho una pregunta —dijo Abalone.

Ichan sonrió fingidamente y caminó un poco alrededor, mientras acariciaba un recipiente de plata lleno de manzanas rojas, la colección de relojes Cartier que reposaban sobre una mesita auxiliar y el busto de bronce de Napoleón que había sobre el escritorio, junto a la gran ventana.

—Estamos, desde luego, interesados en vuestra posición. —El aristócrata se detuvo frente a un dibujo a tinta que reposaba en un atril—. Esta es vuestra hija, ¿verdad?

Abalone sintió que el pecho se le cerraba.

—Está a punto de ser presentada en sociedad, ¿cierto? —Ichan miró por encima de su hombro—. ¿Cierto?

Abalone quería apartar al macho de aquella imagen.

De todas las cosas que consideraba «suyas», su preciosa hija, la única hija que habían tenido él y su shellan, era la luna de su cielo nocturno, la dicha que llenaba sus horas cotidianas, su brújula para el futuro. Y él quería muchas cosas para ella; pero no en los términos de la glymera. No, él quería para ella lo que su shellan y él habían encontrado: al menos hasta que su hembra fue llamada al Ocaso.

Deseaba que su hija encontrara el amor verdadero con un macho honorable que la cuidara.

¿Y si no le permitían ser presentada en sociedad? Eso nunca ocurriría.

—Lo siento —dijo Ichan arrastrando las palabras—. ¿Acaso me habéis contestado y no he oído vuestra respuesta?

—Va a ser presentada pronto, sí.

—Sí. —El aristócrata volvió a sonreír—. Sé que os preocupáis mucho por su futuro. Como padre que soy, puedo ponerme en vuestro lugar… Cuando se tienen hijas, uno necesita asegurarse de que se apareen bien.

Abalone contuvo la respiración hasta que el hombre siguió su perezoso paseo por el salón.

—Pero ¿no creéis que disponemos de un cierto grado de seguridad gracias a las demarcaciones tan claras que existen en nuestra sociedad? La crianza correctiva ha producido un grupo superior de individuos y nosotros debemos, por respeto a la tradición y por sentido común, preservar nuestras asociaciones con miembros semejantes de nuestra raza. ¿Podéis imaginaros a vuestra hija casada con un cualquiera?

Aquella última palabra quedó flotando en el aire, con la fuerza de un improperio y la amenaza de un arma cargada.

—No, claro que no os lo imagináis —se respondió Ichan.

En realidad, Abalone no estaba tan seguro. ¿Y si el macho la amara lo suficiente? Pero ese no era el motivo de aquella discusión, ¿o sí?

Ichan se detuvo para mirar los óleos que colgaban frente a la vasta colección familiar de primeras ediciones. Naturalmente, eran retratos de los ancestros y los más prominentes se hallaban sobre la gran chimenea de mármol.

Un famoso macho en la historia de la raza y en el linaje de Abalone. El Noble Redeemer, como se le conocía entre la familia.

El padre de Abalone.

Ichan señaló con un amplio gesto de la mano no solo el salón, sino la casa entera con todo su contenido y las personas que vivían bajo ese techo.

—Todo esto vale la pena conservarlo y la única manera de que eso ocurra es que se respeten las Leyes Antiguas. Los principios que nosotros, la glymera, buscamos preservar son la base misma de lo que esperáis ofrecerle a vuestra hija. Sin ellos, ¿quién sabe dónde podría terminar?

Abalone cerró sus ojos por un momento.

Pero eso no hizo que el aristócrata asumiera un tono de voz más gentil.

—Ese rey del que acabáis de hablar con tanto respeto… se ha apareado con una mestiza.

Abalone abrió los párpados. Como todos los miembros del Consejo, había sido informado de la unión real, pero eso era todo.

—Pensé que se había apareado con Marissa, hija de Wallen.

—Pues no fue así. La ceremonia tuvo lugar justo un año antes de los ataques y se suponía que el rey había honrado la promesa de aparearse con la hermana de Havers. Pero surgieron sospechas cuando Marissa se unió después a un Hermano. Más tarde, supimos a través de Tyhm —dijo señalando al abogado— que Wrath había tomado a otra hembra, que no pertenece a nuestra raza.

Hubo una pausa, como si Abalone tuviera ahora la oportunidad de asombrarse ante aquella revelación. Pero al ver que su interlocutor no se inmutaba, Ichan se inclinó hacia delante y dijo en voz baja, como si le estuviera hablando a un retrasado mental:

—Si tienen un descendiente, el heredero al trono será un cuarto humano.

—Nadie tiene una sangre totalmente pura —murmuró Abalone.

—¿Qué le vamos a hacer? Sin embargo, estaréis de acuerdo en que hay una tremenda diferencia entre tener parientes humanos lejanos… y un rey que lleva en su sangre una cuota significativa de esa horrible raza. Pero aun si eso no os ofende, y estoy seguro de que no es así, las Leyes Antiguas establecen un mandato. El rey debe ser un macho de sangre pura, y Wrath, hijo de Wrath, no puede ofrecernos un heredero.

—Suponiendo que eso sea cierto…

—Lo es.

—¿Qué esperáis de mí?

—Solo quiero que seáis consciente de la situación. No soy más que un ciudadano preocupado.

Entonces, ¿para qué venir con refuerzos armados?

—Bueno, os agradezco que me hayáis informado…

—El Consejo va a tener que tomar medidas.

—¿En qué sentido?

—Pronto habrá una votación.

—¿Para rechazar a un heredero?

—Para derrocar al rey. Su autoridad es tal que puede cambiar las leyes en cualquier momento, anular esa cláusula y debilitar aún más la raza. El rey debe ser depuesto de manera legítima lo más pronto posible. —El aristócrata miró de reojo hacia donde estaba el retrato de la hija de Abalone—. Confío en que durante la sesión especial del Consejo, vuestro linaje esté bien representado por vuestro sello y vuestro escudo.

Abalone miró al guerrero que seguía recostado contra la pared. El macho apenas parecía respirar, pero estaba lejos de estar dormido.

¿Cuándo tiempo pasaría antes de que la ruina cayera sobre su familia si él no comprometía su voto? ¿Y qué forma tomaría esa desgracia?

Abalone pensó en su hija, llorando la muerte de su padre y quedando en el abandono durante el resto de la vida. Y en él mismo siendo torturado y luego asesinado de una manera espantosa.

Querida Virgen Escribana, los ojos entrecerrados de aquel guerrero estaban fijos en él como si fuera un objetivo.

—¡Larga vida a un rey apropiado! —dijo Ichan—. Sería mejor así.

Y con esas palabras, el emperifollado «ciudadano preocupado» se despidió y salió del salón con el abogado.

Abalone sintió que el corazón se le salía del pecho cuando se quedó solo con el guerrero… y después de un momento de tenso silencio, el macho salió de su parálisis y se acercó al recipiente lleno de manzanas.

Con una voz baja de fuerte acento, dijo:

—Supongo que puedo tomar una, ¿verdad?

Abalone abrió la boca, pero lo único que pudo emitir fue un graznido.

—¿Es eso un sí? —se oyó que murmuraba el guerrero.

—En efecto. Sí.

El guerrero se llevó la mano al arnés del pecho y sacó una daga cuya hoja plateada parecía tan larga como el brazo de un macho adulto. Con un movimiento rápido, lanzó la daga al aire, donde brilló con la luz, y con la misma seguridad la atrapó de nuevo por la empuñadura y la clavó en una de las manzanas.

Todo esto sin quitarle los ojos de encima a Abalone.

Después de sacar su manzana del recipiente, sus ojos se dirigieron al dibujo.

—Es muy hermosa. Por ahora.

Abalone se interpuso entre los ojos del guerrero y el cuadro, listo para sacrificarse si era necesario. No quería que aquel macho mirara siquiera la pintura, mucho menos que la comentara… o hiciera algo mucho peor.

—Hasta pronto, entonces —dijo el guerrero y salió con la manzana en alto, incrustada en la daga.

Cuando Abalone oyó que la puerta principal se cerraba, no pudo evitar desplomarse sobre el sofá de seda mientras el corazón se le salía del pecho. Aunque las manos le temblaban, logró sacar un cigarrillo de la caja de cristal y encenderlo con un pesado mechero también de cristal.

Después de inhalar profundamente, se quedó mirando el dibujo de su hija y sintió verdadero terror por primera vez en su vida.

—Querida Virgen Escribana…

Había indicios de agitación desde hacía un año: corrían rumores acerca de que el rey estaba perdiendo el favor de cierta parte de la aristocracia; que había habido un intento de asesinato; que se había formado una camarilla que estaba preparada para tomar medidas. Y, claro, había habido una reunión del Consejo a la que había asistido Wrath con toda la Hermandad y en la que les había planteado una amenaza frontal.

Había sido la primera vez que veían al rey desde…, bueno, desde antes de que Abalone pudiera recordar. De hecho, no podía recordar que alguien hubiese tenido alguna audiencia con el soberano. Siempre había proclamas, desde luego, y edictos que habían impulsado unas medidas progresistas que, en opinión de Abalone, se necesitaban desde hacía tiempo.

Pero otros no estaban de acuerdo con él.

Y obviamente estaban preparados para forzar la respuesta de aquellos cuya forma de pensar no coincidía con la de ellos.

Dirigiendo ahora los ojos hacia el retrato de su padre, trató de hallar algo de coraje en su yo interno, algún fundamento en el cual apoyarse y luchar por lo que sabía que era lo correcto: ¿qué tenía de malo que Wrath se hubiese apareado con una mestiza si la amaba? Muchas de las Leyes Antiguas que él estaba reformando eran discriminantes, y al menos su elección de shellan demostraba que el rey estaba dispuesto a poner en práctica sus propias ideas de modernización.

Sin embargo, el rey también tenía rasgos anticuados. Dos aristócratas habían sido asesinados recientemente. Montrag y Elan. Los dos habían muerto de manera violenta en su casa. Y los dos habían estado asociados con la oposición.

Estaba claro que Wrath no se iba a quedar sin hacer nada mientras se planeaban complots contra él. La mala noticia era que sus enemigos de la corte también estaban tomando medidas y habían reunido su propio ejército.

Abalone metió la mano en el bolsillo de su bata y sacó su iPhone. Buscó un número entre sus contactos, inició una llamada y se quedó escuchando el sonido del teléfono.

Cuando respondió una voz masculina, tuvo que aclararse la garganta.

—Necesito saber si os han visitado.

Su primo no vaciló.

—Sí, así es.

Abalone soltó una maldición.

—No quiero ser parte de esto.

—Nadie quiere. Pero tienen una justificación legal —dijo su primo respirando profunda ...