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EL SOBORNO

John Grisham

0


Fragmento

1

En la radio por satélite sonaba jazz suave, una solución de compromiso. Lacy, la propietaria del Prius y por tanto de la radio, detestaba el rap casi tanto como Hugo, su copiloto, odiaba el country contemporáneo. No habían conseguido ponerse de acuerdo en los programas de deportes, la radio pública, los éxitos de hoy y de siempre, la comedia para adultos ni la BBC, y ni siquiera habían intentado acercarse al bluegrass, la CNN, la ópera y otro centenar de emisoras más. De resultas de la decepción de ella y el cansancio de él, los dos tiraron la toalla y se decidieron por el jazz suave. Suave, para que no perturbara la larga y profunda siesta de Hugo. Suave, porque a Lacy tampoco le hacía mucha gracia el jazz. Era otra concesión más, una de las muchas que habían apuntalado su trabajo en equipo a lo largo de los años. Él dormía mientras ella conducía y los dos estaban contentos.

Antes de la Gran Recesión, la Comisión de Conducta Judicial disponía de una pequeña flota de automóviles Honda de propiedad estatal, todos con cinco puertas, de color blanco y con pocos kilómetros. Ahora Lacy, Hugo e innumerables funcionarios más de Florida tenían que usar sus vehículos particulares para su trabajo, por lo que luego recibían un reembolso de treinta centavos por kilómetro. Hugo, que tenía cuatro críos y una hipoteca de aúpa, conducía un Bronco del año de la pera que apenas era capaz de llevarle a la oficina, mucho menos le servía para hacer un viaje por carretera. Así pues, él se dedicaba a dormir.

Lacy disfrutaba de la calma. Llevaba la mayoría de los casos sola, al igual que sus colegas. Unos recortes más severos habían diezmado la oficina, y la CCJ había quedado reducida a sus seis últimos investigadores. Siete en un estado de veinte millones de personas, con un millar de jueces que presidían seiscientos tribunales y llevaban medio millón de casos al año. Lacy agradecía enormemente que casi todos los jueces fueran personas honradas y trabajadoras, comprometidas con la justicia y la igualdad. De no ser así, habría dejado su trabajo hacía mucho tiempo. El reducido número de manzanas podridas la tenía ocupada cincuenta horas a la semana.

Tocó con suavidad el mando de los intermitentes y aminoró la marcha en la rampa de salida. Cuando el coche se detuvo, Hugo se incorporó de pronto, como si ya estuviera completamente despierto y listo para la jornada.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—Casi hemos llegado. Veinte minutos. Ahora puedes volverte hacia la derecha y roncar en dirección a la ventanilla.

—Lo siento. ¿Roncaba?

—Siempre lo haces, por lo menos eso dice tu mujer.

—Bueno, en mi defensa he de decirte que a las tres de la mañana estaba dando vueltas por casa con su último hijo en brazos. Creo que es una niña. ¿Cómo se llama?

—¿Tu mujer o tu hija?

—Ja, ja.

La encantadora y perpetuamente embarazada Verna guardaba pocos secretos en lo tocante a su marido. Uno de sus cometidos era mantener a raya el ego de Hugo, lo que no era tarea fácil. En una vida anterior había sido una estrella del fútbol americano en el instituto, luego un fichaje de primera para la Universidad Estatal de Florida y el primer alumno debutante que había formaba parte del equipo titular. Era un defensa durísimo y deslumbrante, al menos durante tres partidos y medio, hasta que lo sacaron del campo en camilla con una vértebra fastidiada en la parte superior de la columna. Juró que volvería a jugar, pero su madre se opuso. Se licenció con honores y luego fue a la facultad de Derecho. Sus tiempos de gloria estaban desvaneciéndose rápidamente, pero siempre conservaría algo de la arrogancia de los jugadores de primer nivel. No podía evitarlo.

—Veinte minutos, ¿eh? —gruñó.

—Claro, o no. Si lo prefieres, te dejo en el coche con el motor en marcha y puedes dormir todo el día entero.

—Quiero otro compañero —dijo después de volverse hacia la derecha y cerrar los ojos.

—Tu idea no está mal, pero el problema es que nadie más quiere trabajar contigo.

—Y que tenga un coche más grande.

—Consume solo unos ocho litros cada cien kilómetros.

Hugo volvió a gruñir y se quedó quieto; luego se contrajo, se sacudió un poco, masculló algo y se sentó erguido.

—¿Qué estamos escuchando? —dijo frotándose los ojos.

—Ya hemos hablado de ello hace mucho rato, al salir de Tallahassee, justo cuando estabas iniciando la hibernación.

—Creo recordar que me he ofrecido a conducir.

—Sí, con un ojo abierto. Qué detalle por tu parte. ¿Cómo está Pippin?

—Llora mucho. Por lo general, y lo digo por mi amplia experiencia, cuando un recién nacido llora es por algo. Comida, agua, el pañal, su mami, lo que sea. Esta no. Berrea porque le da la gana. No sabes lo que te pierdes.

—Si lo recuerdas, he paseado a Pippin en brazos un par de veces.

—Sí, y Dios te bendiga por ello. ¿Puedes venir esta noche?

—Cuando quieras. Oye, es la cuarta. ¿Os habéis planteado eso del control de la natalidad?

—Estamos empezando a hablar de ello. Y ya que estamos, ¿qué tal tu vida sexual?

—Lo siento. Ha sido culpa mía.

Lacy tenía treinta y seis años, era soltera y atractiva, y su vida sexual era motivo de discreta curiosidad en la oficina.

Iban hacia el este, en dirección al océano Atlántico. Saint Augustine estaba a doce kilómetros por aquella carretera.

—¿Y has estado allí alguna vez? —preguntó Hugo, y entonces Lacy apagó por fin la radio.

—Sí, hace unos años. Mi novio de entonces y yo pasamos una semana en la playa, en el apartamento de un amigo.

—¿Mucho sexo?

—Ya estamos otra vez. ¿Siempre estás pensando en lo mismo?

—Bueno, ahora que lo dices, he de reconocer que sí. Además, tienes que entender que Pippin acaba de cumplir un mes, lo que significa que Verna y yo no tenemos relaciones normales desde hace por lo menos tres meses. Sigo manteniendo, al menos ante mí mismo, que me cerró el grifo tres semanas antes de lo debido, pero eso no acaba de estar claro. La verdad es que no puedo dar marcha atrás y ponerme al día, ¿sabes? Así que voy bastante quemado; no sé si ella piensa lo mismo. Tres enanos y un recién nacido son puro veneno para el asunto de la intimidad.

—No creo que yo llegue a averiguarlo.

Hugo intentó centrarse en la autopista un par de kilómetros, pero luego empezaron a pesarle los párpados y comenzó a dar cabezadas. Lacy le miró de reojo y sonrió. En los nueve años que llevaba en la Comisión, Hugo y ella habían trabajado juntos en una decena de casos. Formaban un buen equipo y confiaban el uno en el otro, y ambos sabían que cualquier comportamiento inadecuado por parte de él —algo que nunca se había producido hasta la fecha— llegaría a los oídos de Verna de inmediato. Lacy trabajaba con Hugo, pero cotilleaba y se iba de compras con Verna.

Saint Augustine se promocionaba como la ciudad más antigua de América, el lugar exacto donde Ponce de León desembarcó para iniciar su exploración. Tenía mucha historia y turismo de sobra, y era una ciudad preciosa con edificios históricos y denso musgo español que pendía de unos robles antiquísimos. A medida que se acercaban a las afueras, el tráfico se volvía más lento y los autobuses turísticos se iban deteniendo. A su derecha y a lo lejos, una vieja catedral dominaba la ciudad. Lacy lo recordaba todo muy bien. La semana con aquel novio había sido un desastre, pero tenía gratos recuerdos de Saint Augustine.

Uno de sus muchos desastres.

—¿Y quién es esa misteriosa garganta profunda con la que supuestamente vamos a vernos? —preguntó Hugo frotándose de nuevo los ojos, ahora decidido a seguir despierto.

—Aún no lo sé, pero su nombre en clave es Randy.

—De acuerdo, y haz el favor de recordarme por qué venimos los dos a encontrarnos en secreto con un hombre que utiliza un alias y que aún no ha presentado ninguna denuncia formal contra alguno de nuestros estimados jueces.

—No puedo explicártelo. Pero he hablado tres veces con él por teléfono y parece que, bueno, va bastante en serio.

—Estupendo. ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con un denunciante que no pareciera que, bueno, iba bastante en serio?

—Tú sígueme el rollo, ¿vale? Michael dijo que viniéramos y aquí estamos. —Michael era el director, su jefe.

—Claro. ¿Hay alguna pista sobre la presunta falta de ética?

—Bueno, sí. Randy dijo que era de las gordas.

—Vaya, eso no lo había oído nunca.

Doblaron por King Street y avanzaron lentamente con el tráfico que se dirigía al centro. Estaban a mediados de julio, lo que todavía era temporada alta en el norte de Florida, y por las aceras vagaban turistas en bermudas y sandalias que no parecían ir a ninguna parte en concreto. Lacy aparcó en una bocacalle y se unieron a la masa de turistas. Fueron a una cafetería, dond

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