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EL TECHO DEL MUNDO

David Zurdo / Ángel Gutiérrez

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Fragmento

Apenas había amanecido y el frío era húmedo y cortante. Las calles grises de la ciudad parecían aún más oscuras de lo habitual. El vaho emergía de las alcantarillas como el aliento de un dragón dormido en las profundidades de la tierra. En fila sobre una acera mojada, varios cientos de hombres, mal abrigados y con rostros graves, aguardaban ante la oficina de contratación. Ésta no era más que una caseta de madera en una de las esquinas del enorme solar que había dejado la demolición del antiguo hotel Waldorf Astoria, en el corazón de la isla de Manhattan.

Como una cansina onda a merced del viento gélido, los hombres iban avanzando poco a poco, a medida que los que estaban delante llegaban a la oficina y cambiaban su mala suerte por un empleo o se marchaban de allí mirando al suelo, bajo el mismo cielo gris que los afortunados.

Un hombre alto y delgado, de pelo castaño, con la mirada de quien ha visto cosas que hubiera preferido no ver, esperaba su turno hacia la mitad de la fila. Su nombre era Tom Carter. Acababa de llegar a Nueva York, recién salido de la penitenciaría estatal de Filadelfia. En ella había cumplido diez años de reclusión y trabajos forzados por un delito del que era culpable, pero el cual volvería a cometer. Ahora era un hombre libre. Igual de libre e igual de desesperado que todos los de aquella fila. Conocía los oficios de carpintero y albañil y, durante el largo tiempo pasado en la cárcel, había aprendido mucho sobre la construcción de edificios. Pero le había sido imposible encontrar trabajo. Nadie quería contratar a un ex presidiario. Y menos en los tiempos que corrían.

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Por eso estaba frente al solar del viejo hotel Astoria. Había oído que allí iba a construirse el rascacielos más alto del mundo, el Empire State Building, y que no harían ascos a un hombre fuerte y sano como él. Todo lo contrario de quien lo precedía, un tipo bajo y extremadamente delgado, con la piel de un malsano color pálido, que avanzaba cojeando y parecía a punto de derrumbarse. Quizá fuera por la mala alimentación. O quizá porque estaba enfermo. O borracho como una cuba. ¿Qué más daba? Nadie tenía ya espíritu para preocuparse por alguien que no fuera él mismo o los suyos.

La fila avanzó un poco más. El hombre de delante seguía tambaleándose. De pronto, sus piernas no fueron ya capaces de sostenerle y se desplomó como un fardo sobre la acera, cubierta por la humedad casi helada. Muchos giraron su cabeza para mirar, pero ninguno abandonó su puesto para ayudarle. Tampoco Tom Carter, que había estado todo el tiempo detrás de él. La línea de rostros serios y ateridos simplemente desvió la atención hacia el hombre que había caído y volvió a cerrarse.

Al principio de la fila, alguien consiguió o no trabajo, y se marchó. Los demás adelantaron dos nuevos pasos para ocupar el hueco. Lo mismo hicieron en cuanto Tom abandonó, por fin, su lugar y se acercó al hombre que seguía tirado en el suelo. Se agachó junto a él y miró su rostro. Estaba gris y sudoroso, a pesar del frío. El cuerpo le temblaba. Sus labios eran una fina línea oscura. Entreabrió los ojos un momento. Intentaba decir algo que Tom no era capaz de oír. Aproximó un oído a su boca para distinguir un hilo de voz.

—Mi… hija…

Los de la fila seguían mirando, sin hacer nada.

—Mi niña… Yo soy todo… lo que tiene en el mundo. Mi… cartera.

Tom metió la mano en su chaqueta y sacó una cartera desgastada y vieja, atada al bolsillo con una cuerda. Ignoraba qué pretendía aquel pobre diablo. En la cartera había algo de dinero y un papel con una dirección.

—Mi hija… Dios, no dejes que…

Después de una convulsión muy leve, un último intento de robar algo de aire, el hombre dejó de respirar. Sus ojos quedaron abiertos, y en ellos, la imagen de la muerte. Tom no intentó cerrarlos. Simplemente se levantó con la cartera en la mano. En la fila, hubo quien agachó la cabeza o se quitó la gorra, en señal de respeto. Algún otro quizá rezó en silencio una oración. Tom no. Sabía que Dios no le escucharía. Ni a él ni a nadie.

En ese momento, un policía de ronda se le acercó, con las manos dentro de su abrigo azul marino casi negro. Tom se apresuró a guardarse la cartera antes de que llegara hasta él y el cadáver de su dueño.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó el agente con sequedad y un movimiento de cabeza. Sus manos seguían protegidas en los bolsillos del gabán.

—Creo que ha muerto.

Durante unos segundos el policía miró el cuerpo con indiferencia.

—¿Tú lo conocías?

—No. Sólo estaba detrás de él en la fila.

—Bien. Entonces, apártate. Esto no es asunto tuyo.

En otra época, Tom no habría tolerado aquel tono ni esas malas maneras. Sabía cómo tumbar a un hombre de un puñetazo. Lo había aprendido en prisión. Pero también había aprendido a morderse la lengua. Se separó del policía y regresó hasta el sitio que había ocupado en la fila, por delante de un tipo grueso y fuerte, de ojos saltones. Al intentar meterse en el que había sido su lugar, éste le empujó y le dijo:

—¡Eh! ¿Adónde crees que vas?

—Yo estaba aquí.

—Eso. Estabas. Pero ya no estás, ¿verdad?

—Tú me has visto. Ese hombre…

—¡Y a mí qué! Te has ido, ¿no? No haberlo hecho.

Tom miró hacia el policía, que le devolvió la mirada con desinterés. No discutió más. Enzarzarse en una pelea sólo le llevaría a pasar la noche en una celda y, al fin y al cabo, a aquel hijo de mala madre no le faltaba razón: había abandonado la fila. Caminó hasta el extremo trasero de ésta y se puso al final. Necesitaba trabajo. No le importaba qué tuviera que hacer. Sólo le importaba poder llenar el estómago y tener un lugar donde cobijarse.

Pasó el resto de la mañana a la intemperie, bajo un frío que hacía encogerse el alma; recorriendo de nuevo, paso a paso, el mismo asfalto. Empezó a nevar. Enfrente, una lustrosa tienda de embutidos mostraba sus suculentos géneros en el escaparate. Más adelante había también una frutería con las manzanas más rojas y brillantes que pudieran imaginarse. Seguramente el infierno, de existir, sería como esa calle, repleta de tentaciones inalcanzables.

La nieve caía ya con fuerza cuando Tom llegó por fin hasta la oficina de contratación. El encargado apuntó en una lista al hombre que lo precedía. Quizá hubiera suerte también para él. Pero cuando le llegó el turno, aquél se levantó de la silla y negó con la cabeza.

—Los demás, volved mañana —dijo en voz alta.

Tom se quitó la gorra y la retorció entre sus manos. Era un gesto de sumisión que había repetido muchas veces en los últimos tiempos.

—Por favor… Necesito el empleo.

No sentía ningún odio por quienes le habían robado su puesto en la fila. Ni siquiera sentía pena por el hombre que murió en sus brazos. Lo único que sentía de verdad era hambre. Y frío.

—¡La lista está cerrada por hoy! —gruñó el encargado—. Vuelve mañana.

Tom se quedó quieto unos segundos delante de la ventanilla cerrada. Por supuesto que haría lo que había dicho el hombre. No podía hacer otra cosa. Se dio la vuelta y se alejó, con la cabeza gacha. A unos metros de allí sacó del bolsillo la cartera del hombre muerto y miró el papel con la dirección anotada en él. El tipo había mencionado una hija; una niña que seguramente lo esperaba en ese lugar. Su padre nunca más volvería a casa. Tom pensó, por un instante, en ir a darle la noticia. Pero eso era complicarse. Ya se las apañaría esa niña de algún modo.

En la cartera también había algún dinero: dos billetes de un dólar, una moneda de diez centavos y cuatro centavos sueltos. Los cogió y los apretó en el puño antes de volver a guardárselos. El incesante viento gélido, proveniente del norte, le hizo embutirse aún más dentro de su abrigo. ¿Sería verdad que todos los hombres son hermanos? Quizá lo fue, pero ya no lo era. Ahora no, bajo ese cielo gris que robaba la esperanza.

Tom recordó que, muchos años atrás, alguien le había prometido que nunca volvería a pasar hambre ni frío. La única persona que de verdad le había querido. Pero, como todo lo bueno, fue mentira.

Miró hacia arriba, tratando de imaginar cuál sería la altura del edificio cuando estuviera construido. El Empire State iba a ser un símbolo de superación en medio de la peor crisis económica de la historia. Durante un segundo, un tímido rayo de sol atravesó las nubes e iluminó sus ojos. El destino no siempre está escrito. A veces lo imposible se hace realidad. A veces, incluso, los milagros existen.

PRIMERA PARTE

1

Año 1910

El golfillo corría como un demonio, con una billetera aferrada en una mano y su gorra en la otra. Atravesó las calles, sin fijarse en los caballos y tranvías, hacia la desembocadura de la calle Locust en el parque de Rittenhouse, en Filadelfia. Ni siquiera miraba atrás mientras iba saltando por encima de los setos, aún nevados, y esquivando hábilmente a los paseantes. Los gritos de su perseguidor habían alertado a un policía que esperaba oculto detrás de un seto y le salió al paso de pronto. De un certero empujón hizo que cayera al suelo de bruces.

El niño soltó lo que llevaba en las manos y quedó tendido sobre el camino de tierra helada. Trató de revolverse y levantarse para huir, pero el agente se lo impidió poniéndole una bota en la espalda. El niño volvió la cabeza y lo miró aterrorizado. Eso hizo que el policía sonriera, satisfecho de su captura a la vez que mostraba su porra en forma amenazadora.

Enseguida llegó el hombre que corría tras el niño. Tenía algo más de treinta años y cara de buena persona. Jadeaba por el esfuerzo entre la nube de vaho que le salía de la nariz y la boca. Aún se agarraba el sombrero con una mano mientras intentaba recuperar el aliento. Iba vestido como un caballero de provincias, pulcro aunque con prendas algo pasadas de moda.

—Gracias —le dijo al policía, tratando de evitar que sus palabras le salieran entrecortadas.

Emitió un largo suspiro, que le permitió recuperarse un poco, y luego recogió su cartera del suelo y comprobó que no faltaba nada.

—¿Qué quiere que haga con él? —preguntó el agente refiriéndose al chico.

La mirada del hombre se cruzó por un instante con la del niño. No debía de tener más de diez u once años. Estaba muy flaco y llevaba un abrigo viejo y harapiento.

—Déjelo ir. No quiero denunciarle.

El policía torció el gesto. Le desagradaban esos buenos deseos que no tenían en cuenta la realidad. La realidad de su trabajo en el día a día, con toda clase de maleantes de cualquier edad, expuesto a recibir un balazo o a que le partieran la crisma. Aquel pequeño no podía hacer nada de eso, desde luego. Todavía no. Pero algún día acabaría pudiendo, a no ser que se le enderezara.

—Habría que darle un escarmiento —musitó el policía, contrariado.

Su bota se clavó aún más en la espalda del niño, que seguía tratando de escabullirse.

—De veras, agente, no tiene importancia —dijo el hombre, al que estaba empezando a molestar la innecesaria brutalidad del policía—. Le agradezco su ayuda, pero creo que con el susto será suficiente. Deje que se levante. Yo mismo le acompañaré a casa y hablaré con sus padres.

—Es una pérdida de tiempo, pero allá usted.

El hombre agarró la mano del niño para ayudarle a incorporarse. Éste intentó salir corriendo de nuevo, pero no consiguió zafarse de aquella mano grande y recia, con la piel áspera y curtida de un hombre de campo.

—¿Ve a qué me refiero? —insistió el policía—. Son como animales. —Y dirigiéndose al niño, añadió—: Ay de ti si te vuelvo a coger…

Tras un último gesto de agradecimiento hacia el agente, el hombre se marchó con el niño bien agarrado. Caminaron juntos en dirección al río, al sudoeste. Casi todo el tiempo en silencio, salvo cuando el hombre le preguntaba por dónde debían continuar y el niño le respondía en un murmullo. Así fueron atravesando una calle tras otra, adentrándose en barrios cada vez menos recomendables, donde la basura se amontonaba por todas partes y las fachadas eran tan negras como el humo que salía de las chimeneas.

Llegaron a un solar abandonado, que se adentraba bajo uno de los arcos de un puente. El niño se detuvo, aunque allí no había ninguna casa. Al hombre le pareció que intentaba engañarle. Se agachó para poder hablar con el muchacho, cogiéndole por los hombros huesudos. Le miró con expresión seria. A esa corta edad, la responsabilidad de un comportamiento como el suyo era siempre culpa de los padres. Aunque seguramente fueran pobres y sus circunstancias impedían que hicieran las cosas mejor. A él no le gustaba juzgar a nadie. Sólo Dios tenía ese derecho. Lo había aprendido en la Biblia.

—No quiero que te castiguen o que te peguen. No voy a contar a tus padres lo que ha ocurrido. Sólo les diré que te encontré por ahí solo y que tendrían que preocuparse más por ti. No deberías robar a la gente…

—Tenía hambre —susurró el niño, avergonzado.

—¿Dónde vives?

—Aquí —dijo el muchacho, y señaló con la mirada unos maderos colocados, a modo de cabaña, debajo del puente.

—¿Vives ahí con tus padres?

El niño bajó la cabeza.

—Mis padres están muertos.

—¿Y quién cuida de ti? ¿Tienes abuelos, algún hermano, un tío…?

—No, señor.

El hombre asintió. Ahora era él quien sentía vergüenza. La vida había sido generosa en su caso. No era rico, aunque tampoco pobre. Poseía una granja con buenas tierras cerca de las Montañas Pocono. Tenía un hijo más o menos de la misma edad que aquel niño. Y también una hija algo menor. Dios había querido llevarse a su esposa, que murió al dar a luz a la niña, pero nunca se lo echó en cara. Desde entonces vivía por y para sus hijos. Ellos lo eran todo para él. No podría imaginárselos solos en el mundo, sin nadie que les diera su cariño y cuidara de ellos. Aquel pequeño no era hijo suyo, pero todos somos hijos de alguien. El hombre alzó una de sus manos y la dirigió hacia su rostro. Iba a darle una palmada cariñosa, pero el niño creyó que tenía intención de pegarle y cerró los ojos al tiempo que apartaba la cara. Al hombre, ese gesto le encogió el corazón.

—Tranquilo, hijo. No voy a hacerte daño.

De nuevo, el niño abrió los ojos. Había desconfianza en su mirada. Pero se calmó al ver la franca sonrisa que le dirigía el hombre.

—Tengo dos hijos. El mayor es de tu edad. Vivimos en una bonita granja. ¿Quieres venir conmigo y conocerlos?

El pequeño se mantuvo en silencio. Nunca había tenido razones para creer que los milagros existieran.

—En la granja no volverás a pasar hambre. Ni frío. Te lo prometo. —El hombre guardó silencio un momento—. No me has dicho tu nombre ¿Cómo te llamas, hijo?

—Tom.

La granja de Frank Carter estaba situada en uno de los extremos de un pueblo llamado Sunnyside, en el condado de Monroe. Un bonito rincón de prados verdes y suaves colinas, cubiertos parcialmente por la nieve en aquella época del año. El pueblo no era grande, pero disponía de todo lo necesario y se trataba de una comunidad de gente decente y trabajadora. Un pequeño rincón donde llevar una vida agradable y provechosa.

En el coche de Frank, modesto y de un solo caballo, dejaron el pueblo a un lado y siguieron hacia el camino que llevaba hasta la granja. Poco más que dos rodadas de carro con un montículo en el centro, flanqueado por árboles y vegetación escarchada. Al final del camino atravesaron un arco de madera que daba acceso a la propiedad de los Carter. Al fondo se veía una casa pintada de blanco, un granero de color rojo oscuro con el techo muy empinado, un establo y un corral. Frank detuvo el carro junto a la entrada de la casa. Fiona, el ama de llaves, abrió la ventana de la cocina y sacó la cabeza con el mismo gesto que un hurón husmeando.

—He llegado… —gritó Frank. Echó el freno, bajó del carro y ayudó a Tom a descender—. ¡Jay! ¡Beth! ¿Es que no vais a salir a recibir a vuestro padre?

Los dos niños aparecieron corriendo desde la puerta, al encuentro de su progenitor. Beth se lanzó sobre él. Se había agachado para abrazarla y a punto estuvo de perder el equilibrio. Jay, sin embargo, se quedó quieto, de pronto, antes de alcanzarlo. Había visto a Tom.

—¿Quién es este niño? —preguntó Beth ingenuamente, con su dulce vocecilla.

—Es Tom —dijo el padre—. Va a quedarse a vivir con nosotros.

—Encantada, Tom —dijo la niña con solemnidad, como una pequeña señorita. Lo había aceptado al instante.

Jay, sin embargo, seguía inmóvil, mirando hacia Tom, receloso y con el ceño fruncido.

—Acércate, hijo —le exhortó el padre—. Saluda a Tom, no vaya a pensar que eres un maleducado.

El niño obedeció de mala gana. Se aproximó muy despacio y tendió la mano al recién llegado. Ambos se dieron un apretón leve, casi con las puntas de los dedos.

—Estoy seguro de que os haréis muy buenos amigos —dijo Frank sonriendo.

Tenía a Beth en brazos. Aun así, consiguió agacharse lo suficiente para colocar las manos en la espalda de los niños, en un gesto afectuoso.

—Tom no tiene a nadie. Espero que lo acojáis como si fuera vuestro hermano —añadió, mirando alternativamente a Jay y a Beth.

—¿Sabes jugar al escondite? —preguntó la niña de repente, con desparpajo.

—Claro que sé —repuso Tom casi a la defensiva.

Jay seguía ceñudo. Su padre le hizo un gesto para que también él dijera algo.

—Apuesto a que no eres capaz de encontrarme.

Frank se sintió orgulloso de sus hijos. Tardarían un tiempo en acostumbrarse a Tom, pero estaba claro que tenían el mismo buen corazón que su madre. Pensó un momento en ella, mientras los niños corrían a jugar, con tristeza y alegría simultáneas. Fiona apareció en ese momento ante él como siempre lo hacía, sin el menor ruido.

—¿De dónde ha salido ese niño? —preguntó.

—Es un huérfano que intentó robarme la cartera en la ciudad.

—¿Un huérfano?

—Sí. Lo encontré en la calle. No pude dejarle allí.

—Pues sí que le salió bien el robo…

Frank apretó los labios ante el comentario del ama de llaves.

—No sea mordaz, Fiona. El pobrecillo no tiene a nadie en el mundo.

—Bueno, ahora ya sí, ¿no es cierto?

—Eso. Ahora ya sí. Ésta será su nueva familia. Usted también.

La mujer asintió con los brazos en jarras. Otro niño le daría más trabajo, pero en el fondo aprobaba el acto de su patrón.

—¿Qué es ese olor tan delicioso que llega hasta aquí? —dijo Frank, sonriendo a la buena mujer y su fingida cara de perro.

—Estofado. Como si no lo supiera…

—Un estofado es justo lo que necesito. El viaje me ha dejado hambriento. Hoy podría comerme una vaca entera. Aunque habrá que repartirlo. Ahora somos uno más en la familia.

Mientras los niños jugaban y empezaban a conocerse, Frank entró en la casa. Se quitó el abrigo en el salón y se dirigió a su despacho, una pequeña sala donde tenía su vetusta caja de caudales y una mesa de robusta madera. Cerró la puerta tras de sí. Tenía que hacer unas anotaciones en el libro de cuentas. Las cosas en la granja no iban demasiado bien. Los costos subían, los precios bajaban año tras año, y el país no crecía tanto como debiera. Frank estuvo unos momentos de pie con la mirada perdida, tratando de aferrarse a la esperanza de tiempos mejores. Luego se sentó al escritorio, en su sillón, y una vez más centró sus pensamientos en Elisabeth. Antes de morir, ella le hizo prometer que cuidaría de sus hijos y no dejaría que nada malo les ocurriera. Aunque estuviera solo y tuviera que hacerse cargo de todo. Algo difícil sin ella a su lado, y más ahora, con otra boca que alimentar.

Pero iba a cumplir su promesa. Como fuera. Ése era su único motivo para luchar. Y el que le daba esperanza.

2

Año 1915

—¡Vamos, Jay, corre!

Los gritos de Tom, por delante de Jay, iban envueltos en carcajadas. Tras ellos corría Jennifer Sprintze, una chica larguirucha y deslenguada, que vestía pantalones de peto y llevaba el pelo cortado a trasquilones. Los insultaba mientras los perseguía y, si llegaba a atraparlos, era muy capaz de darles unos buenos puñetazos. Eso a pesar de que era la mejor amiga de los dos, que con ella formaban un trío inseparable.

Jay tropezó y cayó al suelo. Al verlo, Jennifer dejó de gritar y se lanzó sobre su espalda.

—¡Au! ¡Tom, ayúdame! ¡Tooom!

—¡De nada te va a servir llamar a ese cobarde!

Los golpes de Jennifer en la espalda y la cabeza de Jay eran como pedradas. Le estaba clavando los nudillos. Sabía bien que así dolía más. Lo sabía por su padre.

—Vamos, Jennifer, déjalo —dijo Tom, que había vuelto sobre sus pasos, aunque sin atreverse a acercarse demasiado.

—Tú te callas. Luego me ocuparé de ti.

Atenazado por las piernas de la chica, Jay trató de darse la vuelta. En el fondo, a pesar de los golpes, le gustaba tenerla encima. Antes no la veía como una chica, sino como un amigo más. Sin embargo, en los últimos tiempos empezaba a sentir que le atraía. Tom, en cambio, parecía totalmente ajeno a sus incipientes encantos femeninos.

Hacía ya cinco años que Tom había llegado a Sunnyside. La vida en la granja de Frank Carter era dura, pero incomparablemente mejor que en las calles de Filadelfia. Tom no tuvo unos comienzos fáciles. Los malos hábitos aprendidos en las calles de la gran ciudad no iban a borrarse de un plumazo, como por arte de magia. El niño seguía recelando y comportándose de un modo taciturno y reservado. Llegó a robar pedazos de pan y queso, que escondía debajo del colchón de su cama, y parecía en todo lo demás como si creyera que aquello no iba a salir bien. Nunca había tenido la oportunidad de vivir en una familia, de modo que carecía de una base de comparación. Pero eso no duró mucho. Tom acabó por adaptarse. A Frank le maravillaba aquel niño, de corazón fuerte e íntegro, a pesar de las pequeñas picardías de su vida anterior, que fueron desapareciendo gracias al cariño incondicional de su nueva familia. Algo que nadie le había dado hasta entonces.

Jay y Tom se habían convertido en auténticos hermanos. Y Beth, cuatro años menor, lo cuidaba como una mamá en miniatura, que se reía de él cuando no utilizaba bien los cubiertos o por alguna de sus salidas de pilluelo. Frank se alegraba de haberlo acogido, a pesar de los problemas en la granja. Y hasta Fiona, el ama de llaves, le había tomado cariño. Nunca le oyó chistar porque una comida no le gustara, o porque le encargaran trabajos pesados como ordeñar las vacas o limpiar el cobertizo. Si había algo que reprocharle era su comportamiento díscolo en la escuela. Él nunca había asistido a un colegio propiamente dicho. Las monjas que lo acogieron en Filadelfia, antes de que se fugara del orfanato para vivir en la calle, intentaron enseñarle a leer y a escribir y las cuatro reglas del cálculo. Pero apenas lo consiguieron. Tom leía con mucha dificultad y sus letras parecían las marcas de una oruga errando por la tierra. Sumar y restar sí sabía, más o menos, pero multiplicar y dividir eran para él misterios insondables. No obstante, en la escuela de Sunnyside progresó con rapidez gracias a la dedicación y el empeño de Rachel Cavendish, la maestra, una mujer joven, bonita y amable, que daba clases en una sola aula a alumnos de distintas edades. A pesar de ello, Tom nunca dejó de ser travieso, y eso le valía castigos cada poco tiempo, que Frank le imponía para disciplinarlo, por más que le costara hacerlo.

Una única vez lo castigó por algo importante. Tom sólo llevaba en la granja unas semanas. La primavera estaba en su esplendor, con sus múltiples aromas y el florecimiento de toda clase de plantas. Un día caluroso, más de lo normal para las fechas, Frank se sobresaltó al escuchar los gritos de Fiona. Sus chillidos hicieron que corriera desde su despacho hasta el exterior de la casa. Lo que vio al salir le dejó clavado en los escalones del porche: un humo denso emergía del tejado del establo, acompañado por unas tímidas llamas que no tardaron en hacerse patentes. En el interior, los animales se revolvían enloquecidos, bramando de pánico.

Frank dejó a un lado a Fiona, que tenía en sus brazos a Beth, y corrió en dirección a la puerta para liberarlos. El establo estaba perdido, pero los animales aún podían salvarse. No había llegado a la puerta cuando ésta se abrió desde dentro. Al otro lado estaba Tom, que se quedó mirando fijamente a Frank con cara de espanto. No tuvo que decir nada. Su expresión lo delató. Pero no era momento de hacer nada que no fuera sacar a los animales de aquel infierno. Frank apartó a Tom a un lado y entró en el establo. A toda prisa, sin reparar en su seguridad, fue liberando a los animales. A medida que lo hacía, éstos huían despavoridos del fuego hacia la seguridad del exterior. Frank cruzó al otro lado del establo, y allí vio a Tom imitándole. Lo hacía con torpeza, temblando y asustado. Entre los dos, sin embargo, terminaron el trabajo. Jay apareció entonces, cuando ya casi habían acabado. Él estaba al otro lado de la granja, en el corral, y regresó corriendo cuando vio el humo y las llamas.

Ya fuera, con las caras manchadas de tizne y la respiración entrecortada, contemplaron el final del incendio. Ni siquiera trataron de apagarlo. El establo se consumió como una tea pero, al menos, los animales estaban vivos. En los ojos de Frank no sólo se reflejaban las llamas. Si alguien hubiera mirado dentro de ellos habría visto tristeza y una aguda preocupación. Aquél era un momento muy malo para que sucediera algo así. Por eso no fue capaz de contenerse. Llevó a Tom a su despacho, le hizo sentarse en una de las sillas frente al escritorio y le preguntó qué había pasado.

Tom tenía la mirada en el suelo. Se limpió la nariz, que le moqueaba, y confesó que él era el responsable del incendio sin mirar en ningún momento a Frank. Le había cogido un poco de tabaco del cajón de su mesa para liarse un cigarrillo. Se escondió en el establo, donde nadie pudiera verlo, y allí lo encendió con un fósforo. Cuando terminó, se deshizo de los restos en una esquina. Creyó haberlos apagado bien, pero debieron de prender en alguna brizna de paja y él siguió con sus tareas sin darse cuenta de ello hasta que fue demasiado tarde. Cogió un cubo y trató de apagar el fuego, inútilmente, con el agua del abrevadero.

El niño acabó de contar lo sucedido temblando y lleno de angustia. Frank lo escuchó todo con gesto grave. Él nunca había pegado a sus hijos. Ni una sola vez. Pero aquello había sido más que una travesura. Se levantó con intención de cruzar la cara a Tom de una bofetada. Ése fue el único instante en que el niño apartó la mirada del suelo. Por fortuna, Frank pudo contenerse, aunque no lo bastante para que Tom se diera cuenta de sus intenciones. Eso hizo a Frank detenerse en seco y apretar los puños. Aquel niño era ahora también su hijo. Se agachó junto a él, como hiciera en Filadelfia cuando lo acogió, pero esta vez no para ofrecerle su cariño. Lo hizo para pedirle perdón.

Eso era lo último que Tom esperaba. En las calles de la gran ciudad no había lugar para esa clase de sentimientos. Allí todo se hacía sin más objetivo que sobrevivir. Tom volvió a agachar la cabeza, pero algo cambió dentro de él. No se libró del castigo, que fue severo, aunque desde entonces supo que aquélla era realmente su familia y deseó que Frank Carter fuera su verdadero padre.

El castigo por quemar el establo fue dulce para el niño. Lo cumplió con un rigor que sorprendió al mismo Frank. Sobre todo en la parte que incluía la reconstrucción del establo. Hasta el carpintero del pueblo, un tipo enorme y rubicundo llamado Max Sorensen, le dijo que tenía manos para construir cosas. También se acabaron sus recelos y sus pequeñas travesuras. Al menos durante un tiempo…

Poco antes de su primer verano en Sunnyside, Tom se ganó una buena reprimenda de la maestra. Ésa fue la primera vez que habló con Jennifer. Aunque eran compañeros en la escuela, la niña apenas se relacionaba con los demás y, si lo hacía, era sólo con los chicos, no con las otras niñas, cuyos entretenimientos la aburrían soberanamente. Durante el recreo se había puesto a jugar a las canicas con Jay, al que engañó con un truco sucio. Tom lo vio todo y decidió intervenir. La discusión acabó con los dos sangrando por la nariz y castigados el resto del día con los brazos en cruz. Pero, desde entonces, ya nunca se habían separado.

Y ello a pesar de que, con apenas once años, Tom y Jay creían que las chicas eran tontas y unas pesadas. Cuando Beth se empeñaba en obligarlos a jugar con ella, siempre se trataba de un juego de niñas, como hacer de papás y mamás o imaginar que tomaban té con pastas en el porche. Pero con Jennifer era distinto. Jennifer era como una potrilla salvaje. Era como ellos. Igual que cualquier otro chico, e incluso más divertida. Le gustaban las mismas cosas, escupía más lejos que nadie, y no dudaba en escalar picachos, subirse a los árboles o lanzarse en trineo ladera abajo cuando había nieve. Quizá se comportara así porque su madre la había abandonado cuando era muy pequeña y fue su padre quien tuvo que hacerse cargo de su educación. Él nunca fue un hombre bueno ni cariñoso. El alcohol lo había ido destruyendo poco a poco. Estaba amargado, por lo que ocuparse de la niña no fue nunca una de sus prioridades, salvo para darle una paliza y descargar en ella sus propias frustraciones.

Por ese motivo Jennifer pasaba todo el tiempo que podía con sus dos inseparables amigos: el bueno de Jay y el duro de pelar de Tom, que, ahora, a los quince años, se había convertido en un jovencito bien parecido, educado y responsable, aunque seguía teniendo ese punto aventurero y revoltoso sin la menor malicia. Frank siempre le pedía que cuidara de Jay, que no era tan arrojado como él pero sí algo alocado y menos previsor de las consecuencias de sus actos. Como aquella mañana, de principios del verano, en que había tenido la infeliz idea de provocar a su indomable amiga.

—¡Déjalo, Jennifer! Vas a hacerle daño… —gritó Tom, y apenas fue capaz de contener las carcajadas.

La chica seguía dándole a Jay una buena tunda.

—¡Pues claro que le voy a hacer daño! Bien merecido se lo tiene —replicó, con el muchacho aún debajo de ella.

Él y Tom acababan de gastarle una broma pesada. A Jennifer le molestaba mucho asustarse con las cosas que asustaban a las demás jovencitas. Tom le dijo que Jay tenía una cosa muy importante que enseñarle. Fueron a un grueso árbol, bajo cuyas ramas solían jugar, y allí Jay sacó algo de uno de sus bolsillos. Lo agarró con ambas manos, cubriéndolo. Era algo secreto que no podría contarle a nadie, según dijo. Cuando Jennifer se acercó, intrigada, él le lanzó una rana en pleno rostro. Su reacción fue instantánea: gritos y un impetuoso movimiento como de espasmo. Le horrorizaba esa clase de bichos.

Pero en cuanto se recobró de la impresión, miró a ambos muchachos con una nube tormentosa en los ojos. Apretó la mandíbula y los puños mientras bufaba, y les juró que se las pagarían. Y ahora Jay estaba pagándoselas con creces.

—Vamos, Jennifer —dijo Tom—, no tienes por qué enfadarte tanto. Al fin y al cabo eres una chica y no tienes por qué avergonzarte de haberte asustado.

Sus ojos se encendieron de cólera más de lo que ya estaban. Levantó la mirada hacia Tom, dejó a Jay y se lanzó hacia él con toda su furia. El muchacho se mantuvo quieto y se dejó coger, seguro de que era más fuerte que ella. La agarró de ambos antebrazos y trató de inmovilizarla con una sonrisa en los labios.

—Ya está bien, Jennifer, sólo ha sido una bro…

No pudo terminar la frase. Una certera patada en la entrepierna le hizo retorcerse como una lombriz y caer al suelo. Fue una reacción tan vehemente que hasta Jennifer se asustó, creyendo que quizá le había golpeado demasiado fuerte. Se arrodilló junto a él y le pidió perdón.

—Lo siento, Tom. Es que…

Quería justificarse, pero no le salían las palabras. Lo que sí hizo fue, instintivamente, mover el brazo con intención de ponerle la mano en la zona dolorida. Se detuvo al tomar conciencia de cuál era esa zona dolorida.

—¿Qué haces, Jennifer? —dijo Tom como asustado.

—Lo siento… —repitió ella y retiró el brazo, ruborizada.

—Vale, está bien. Está bien. ¡Au, cómo duele!

A su lado, Jay, que se había puesto en pie, ayudó a su hermano a levantarse. Tom se irguió como un viejo al que le costara mantenerse derecho. Pero, en el fondo, consideró que estaban en paz.

—Maldita sea, Jennifer —dijo—, no deberías darle a un hombre en sus partes. ¿Y si me quedo herniado, como el caballo de tu padre?

—Tú no eres un hombre… —replicó ella.

Una voz en su interior se dispuso a llevarle la contraria, pero se apresuró a acallarla.

Fue Jay quien contestó.

—¡Ni creo que llegue a serlo con esas patadas tuyas!

Los tres rieron. Su amistad era genuina. Los enfados duraban menos que un suspiro y no dejaban ninguna huella. Aunque poco podían imaginar que eso iba a cambiar muy pronto.

—¿Vais a venir conmigo al taller de Zeb? —habló de nuevo Jay.

—Yo sí —dijo Tom.

—Y yo —se apuntó también Jennifer.

Hacía un par de meses que Jay ayudaba en su taller de bicicletas a Zebulon Wilkins, un hombre de mediana edad y rostro arrugado, que en su juventud estuvo en el ejército y sirvió en las últimas batallas contra los indios, en el Oeste. Jay ganaba algún dinero con ello y disfrutaba arreglando toda clase de artefactos mecánicos. Además, Zeb tenía un viejo coche que se caía a pedazos pero con el que aseguraba que, algún día, participaría en una carrera. Y Jay lo creía, aunque el pobre coche apenas fuera capaz de andar. Soñaba con ser él su piloto y llevarlo a una épica victoria.

Antes de ir al taller entraron un momento en la tienda de comestibles de Hollander para comprar regaliz. Jennifer nunca tenía dinero, así que fue Tom quien, esta vez, le compró el suyo. Jay y él se turnaban cuando tenían dinero. A la chica no le agradaba que lo hicieran, pero le encantaba el regaliz y eso hacía inclinarse la balanza. En realidad era la única cosa que aceptaba, de ellos o de cualquier otra persona.

A Tom le parecía que era excesivamente orgullosa, pero no le disgustaba que se comportara así. Y le hacía pensar en sí mismo y en su vida en la granja. Frank no le pedía mucho, sólo que ayudara en las labores diarias, igual que Jay. Le alimentaba, le vestía y le daba algo de dinero para sus pequeños gastos. Algún día, pensaba Tom, le devolvería con creces lo que estaba haciendo por él. Jennifer, por el contrario, se encargaba de todas las tareas en su casa, y además tenía que preocuparse de ir a la escuela, arreglarse la ropa y cuidar a su padre, que casi nunca le daba ni un centavo.

Por suerte para ella, la mujer de Hollander, el dueño de la tienda de comestibles, le vendía de vez en cuando, muy barata, algo de ropa usada de sus hijos. Daniel Hollander, su marido, no sólo era el dueño de la tienda de comestibles, sino también del restaurante y la única pensión del pueblo, lo que equivalía a decir que era el segundo hombre más rico de Sunnyside, detrás del banquero Gordon Williams. La señora Hollander le hubiera regalado la ropa a Jennifer, pero la única vez que lo intentó ella se negó en redondo y hasta se mostró indignada. Así era Jennifer. Nunca pensaba dos veces antes de abrir la boca.

La generosa mujer comprendió sus motivos y cambió de estrategia. En cierta ocasión le vendió unos pantalones de peto en los que, previamente, había deslizado un billete de dólar en un bolsillo. Imaginó que la chica, al encontrarlo, pensaría que se lo había dejado allí olvidado. Y así fue. Lo que no supuso es lo que ocurrió después. Jennifer apareció al día siguiente en la tienda con el billete en la mano. Lo dejó en el mostrador y, sin mediar palabra, dio media vuelta y se fue. Desde ese momento, la mujer de Hollander siempre le hacía un precio especial en todo lo que compraba. Lo cierto era que ella y su marido eran dos buenas personas.

Cuando los tres amigos llegaron al taller de Zeb, fueron recibidos por una solitaria rueda de bicicleta, que salió rodando por la puerta como si tuviera vida propia. Tras ella apareció Zeb, medio desequilibrado. De su boca salían todo tipo de exabruptos, para deleite de Jennifer, Tom y Jay.

—¡Maldito cacharro del demonio! —juró el hombre, que al darse cuenta de la presencia de los chicos contuvo su ira y los saludó—: Eh, Jay… y compañía.

—Hola, Zeb —correspondió éste.

—¿Qué ha pasado? —dijo Tom.

—Que ya estoy viejo para levantar una bicicleta con una mano y sacar la rueda con la otra. Casi me caigo, diablos.

Jennifer había ido por la rueda, que sólo se detuvo en el otro lado de la calle, al chocar contra la puerta de la tienda de comestibles. La trajo y todos pasaron al taller. El interior era oscuro y mugriento, y estaba lleno de cachivaches sin ningún orden. Salvo las herramientas. Zeb era meticuloso con ellas. Las cuidaba como pequeños trofeos. El olor a aceite y caucho lo inundaba todo. A Jay le volvía loco ese aroma, a Tom le producía indiferencia y a Jennifer le hacía sentir algo muy próximo a la repugnancia. Aunque de ningún modo quería que los otros lo notaran. Eso sería, para ella, comportarse como una chica. Por eso siempre se mantenía cerca del umbral de la entrada.

—¿Has hecho algo más con el coche? —preguntó Jay, mirando hacia el fondo del taller, donde una lona cubría a medias un Ford modelo T.

—Oh, sí. Ayer estuve hasta tarde revisando la dirección y la suspensión. No tenemos mucho tiempo…

Tom y Jennifer se miraron con extrañeza, sin comprender a qué se refería, mientras los ojos de Jay se iluminaban.

—Échale un vistazo a esto —dijo Zeb, al tiempo que le tendía una hoja impresa al chico.

Éste la examinó y la releyó, incrédulo. Era el anuncio de una carrera amateur que se celebraría un par de semanas después, en una localidad cercana a Sunnyside.

—¡Vas a participar!

La exclamación de Jay no era una pregunta, aunque Zeb asintió de todos modos.

—Eso es, muchacho. Tú lo has dicho.

—¿Y yo podré…?

—Claro, Jay. Tú vendrás conmigo y me harás de mecánico. Si tu padre te da permiso, naturalmente.

Los saltos del chico le hicieron tropezar con una lata llena de aceite viejo, que se volcó, salpicando a Jennifer en los pantalones.

—¡Eh, idiota, mira lo que haces!

Jay se rió. Cogió a Jennifer del brazo y la zarandeó, poniéndole cara de que no se enfadara. Estaba tan contento que parecía a punto de estallar como un cohete de feria.

—¡Vamos a ganar! —gritó—. ¿Está todo en orden? ¿El motor, la culata, el distribuidor, la bomba de combustible, los frenos, la…?

—Calma, chico, tenemos dieciséis días para poner a punto este bólido. Pero no te hagas ilusiones. Con terminar la carrera me conformo. Las cosas, paso a paso.

Tom, al que Jay sí había logrado contagiar su entusiasmo, comentó sonriente:

—¿Cómo que paso a paso, Zeb? ¡Pero si tú siempre lo haces todo a la vez!

—Sí, chico, ya lo sé. Pero eso no quiere decir que sea el modo correcto. Aprende esto: como dice el Señor, lo bien hecho bien parece.

Ninguno de los tres amigos confiaba demasiado en la piedad de Zeb, siempre soltando juramentos y pisando la taberna mucho más que la iglesia. Aunque, en ese momento, tomaron en serio sus palabras. Era una buena enseñanza. Lo hubiera dicho o no el Señor, y estuviera escrito o no en algún libro sagrado.

Desde que Zeb Wilkins le había dicho a Jay que se proponía disputar la carrera con el viejo Ford T, el chico se pasaba horas y horas en el taller. Era verano y no había colegio. Se levantaba muy pronto, hacía sus tareas en la granja a toda prisa y luego se marchaba para ayudarle a poner a punto el coche. Pero aún no le había pedido permiso a su padre para acompañarlo a la carrera. Le daba miedo que no se lo diera, así que había ido retrasando el momento cada vez más.

Tom y Jennifer estaban sorprendidos. Jay nunca se había mostrado tan constante en nada de lo que había hecho. En el colegio siempre pasaba raspando los exámenes. En la granja hacía los trabajos de mala gana. Incluso jugando, lo más habitual era que Jay fuera el primero en cansarse y abandonar. Tom solía decirle que Jennifer era más hombre que él, lo que le enfurecía sobremanera, con gran regocijo de la chica.

Llegó el día de probar el Ford. Zeb y Jay habían desmontado y limpiado cada pieza del motor, ajustado la amortiguación y la dirección, comprobado las ruedas y los frenos. Todo había sido engrasado y revisado. Fueron juntos a una carretera de tierra bien compactada, a las afueras del pueblo. Zeb dio a Jay un cronómetro y le dijo que fuera anotando el tiempo que tardaba en ir desde la valla que había al principio de la carretera hasta un árbol que se encontraba al final. El mecánico había medido la distancia con un rodete y calculado la media de velocidad que sería aceptable para la carrera. Tom y Jennifer los acompañaron en esa ocasión. Querían ver si el coche aguantaba o se deshacía en pedazos.

—Bien, Jay —dijo Zeb desde el puesto de conducción, con una gorra a cuadros y gafas protectoras—. Cuando pase por la línea que hemos dibujado en el suelo, pon el cronómetro en marcha. Mide los parciales y anótalos en la libreta. Voy a dar cinco o seis vueltas. ¿Okey?

—Okey, Zeb.

El automóvil ya estaba en marcha. Zeb lo había arrancado unos minutos antes, en el taller, usando la manivela. Siempre lo hacía con precaución. Aún recordaba la primera vez que encendió un motor y puso el dedo pulgar sobre el codo de la palanca. Al girar, ésta dio un latigazo y se lo rompió como si fuera de mantequilla. Había sido una estupidez que no tenía intenciones de volver a cometer.

—¡Vamos allá!

Los cuatro cilindros y veinte caballos de potencia rugieron con cierta ronquera. Zeb había aumentado el cubicaje del motor y la carrera de los pistones. Estaba seguro de que así podría superar los ochenta kilómetros de velocidad punta. Inició con un tirón el recorrido y atravesó la línea marcada en el suelo. Jay puso el cronómetro en marcha y lo siguió con la mirada hasta que desapareció por un recodo.

—¿Le has dicho ya a Frank lo de la carrera? —dijo Tom, detrás de él.

—¿Eh?

Jay estaba absorto en la esfera del cronómetro.

—¿Que si se lo has dicho a Frank? ¿Lo de ir a la carrera?

—Sí, sí… Claro. Ya lo he hecho.

—¿Y? —dijo Jennifer, con gesto de no creerse ni una palabra.

—No hay problema. Al principio no le gustó la idea, pero luego le convencí.

La cara de Tom decía lo mismo que la de Jennifer.

—¿Seguro?

—Que sí, que me deja ir.

—Bueno…

Zeb apareció de nuevo por la curva, en sentido contrario. Avanzaba levantando polvo y corrigiendo la trayectoria con el volante como un auténtico piloto de competición. Pasó de nuevo frente a los chicos y continuó hacia la otra marca. Dio la vuelta y regresó para cumplir su primera vuelta. Jay paró el crono y anotó el tiempo. Jennifer se ofreció a ayudarle, pero él no la dejó.

—Si apenas sabes escribir tu nombre…

—¡Escribo mejor que tú, idiota! —vociferó la chica y apretó la mano, con ganas de atizarle un buen puñetazo.

Fue Tom quien la agarró del brazo y evitó que le pegara. Jennifer opuso resistencia. No tanto porque insistiera en golpear a Jay, sino por hacer que el contacto de Tom se prolongara un poco más. Últimamente empezaba a gustarle que la tocara, tenerlo cerca. Y eso la confundía.

Cuando Zeb terminó la prueba —al final dio ocho pasadas—, estacionó junto a los chicos a un lado del camino, detuvo el motor y bajó del coche. Al hacerlo lo acarició como se acaricia a un fiel caballo.

—Te has portado bien, chico —dijo, con una última palmada en la chapa del capó—. ¿Qué tiempos he hecho?

—En la primera vuelta, un minuto y veintisiete segundos —respondió Jay, comprobando sus anotaciones.

—Ésa no cuenta. Salía de parado. Dime las otras.

—Uno diecinueve, uno dieciocho, uno dieciséis, uno veinte…

—En ésa tuve un fallo al dar la vuelta. Frené muy tarde y casi me salgo de la carretera. Sigue.

—Uno quince, uno once y uno catorce.

—Muy bien. A ver…

Zeb levantó la mirada y puso un gesto muy gracioso, como si estuviera rezando, cosa que los chicos nunca le habían visto hacer. Tomó el tiempo de la mejor vuelta y calculó mentalmente la velocidad media. Le salían más de ochenta y cinco kilómetros por hora.

—¡Que me ahorquen! —exclamó—. ¡Mejor de lo que pensaba! Si este viejo cacharro aguanta las cien millas de la carrera, no creo que lo hagamos mal.

La sonrisa de Jay fue luminosa. Sentía de veras pasión por las carreras. De nuevo se repitió que, algún día, pilotaría un gran bólido por los circuitos de todo el país y lo llevaría de victoria en victoria. Aunque para eso faltaran todavía algunos años.

Frank Carter estaba en el porche de la casa, sentado en su mecedora y fumando una pipa de aromático tabaco de Virginia. Había cenado a solas con Beth, porque Jay y Tom no se molestaron en aparecer. Él era un hombre comprensivo. Sabía que, a esas edades y en plenas vacaciones veraniegas, los horarios y las responsabilidades no son una prioridad. Aun así tenía intención de reprenderlos para que no se convirtieran poco a poco en unos desobedientes.

Pero, ahora, otras cuestiones mucho más graves ocupaban sus pensamientos. La última cosecha no había sido buena y se vio obligado a sacrificar a varios de sus animales, que cayeron enfermos. Su situación económica empezaba a ser alarmante. Sus ingresos se habían reducido, al contrario que los intereses de su préstamo, y cada vez tenía más gastos. Como las clases de canto y danza de la pequeña Beth, que ya había cumplido once años y a la que Frank no quería dar el disgusto de pedirle que desistiera de ellas. O el tejado del granero, que había necesitado unos arreglos para no tener que ser reemplazado por completo en unos pocos meses. Y eso sin contar con que necesitaba comprar otro caballo. Para pagarlo todo se había visto obligado a vender algo muy preciado: el reloj de oro que le dejó en herencia su padre, ferroviario desde los dieciséis años. Un Hamilton con el que midió los horarios de los trenes hasta que su corazón dijo basta.

También estaba el «asunto» de la señorita Rachel Cavendish, la maestra. Ya no podía seguir engañándose a sí mismo. Debía reconocer que, desde hacía algún tiempo, sentía algo especial hacia ella. Al principio le costó vencer el remordimiento. Era como si estuviera siéndole infiel a su esposa, Elisabeth, aunque llevara muerta más de diez años. Veía a la maestra cuando llevaba a Beth a sus clases de piano, y también cada domingo, en los oficios religiosos. Tan serena, tan pura, tan hermosa… Tenía que atreverse a dar un paso adelante.

Un leve ruido interrumpió sus cavilaciones. La pipa se le había apagado durante su ensoñación. Debía tratarse de Jay y de Tom, que regresaban por fin a casa.

—¿Sois vosotros? —preguntó desde la mecedora.

Las figuras de ambos muchachos se recortaron a la luz del crepúsculo. Ninguno de los dos dijo nada. Se acercaron hasta el porche con la cabeza gacha, conscientes de la reprimenda que les esperaba por llegar tan tarde.

—¿Qué habéis estado haciendo? —continuó Frank cuando los tuvo cerca—. ¿Es que no sabéis que os esperábamos a la cena?

—Perdone, padre —dijo Jay, con voz de chico bueno.

—Esta noche os quedaréis sin cenar. Y espero que reflexionéis sobre vuestro comportamiento. Cada vez sois más indisciplinados.

La voz de Frank sonó inflexible, aunque en el fondo contaba con que Fiona les daría algo, a escondidas, para que no se fueran a la cama con el estómago vacío.

—Nosotros… —intentó decir Tom.

—No hay más que hablar. Pasad adentro e id directos a acostaros.

Los muchachos obedecieron, esta vez sin chistar, y Frank volvió a encender la pipa. Saboreó el humo dulzón del tabaco mientras sus pensamientos regresaban a la maestra. Y también a su mujer, a sus hijos y a Tom, al que quería como si fuera realmente suyo. Si ellos supieran los quebraderos de cabeza que dio a su propio padre cuando tenía su edad, no aceptarían tan fácilmente sus castigos. Pero, por suerte, no lo sabían.

A la mañana siguiente, Beth despertó a Tom y a Jay con golpes en la puerta de su habitación. Era domingo.

—¡Dormilones! Si no os levantáis, vamos a llegar tarde a la iglesia.

En la cocina, Frank apuraba un vaso de leche. Estaba vestido con su mejor traje. Los dos chicos se sentaron a la mesa después de lavarse y ponerse también la ropa de fiesta. Fiona les sirvió leche, unas gachas de avena y pan tostado. Beth ya había terminado su desayuno.

—Padre, ¿quiere que enganche el caballo al carro? —dijo Jay con la boca llena.

Por la velocidad a la que éste comía, podría pensarse que era él, y no Tom, quien había pasado hambre.

—Ya lo he hecho yo hace un rato, hijo. Y no es educado hablar cuando se tiene comida en la boca.

Frank se levantó y fue hasta el espejo de la entrada. Comprobó un par de veces el lazo de su cuello y que la chaqueta estaba bien limpia y sin arrugas.

—Va usted muy guapo, no se preocupe —dijo Fiona, que acababa de pasar hacia la cocina pero reculó al verlo.

—¿De qué tengo que preocuparme yo, si puede saberse? —inquirió Frank con cierto embarazo—. ¿A qué se refiere, Fiona?

—A naaada… —contestó ella desde la cocina, alargando la última palabra.

Los puños de Frank se crisparon, al tiempo que las venas del cuello se le hinchaban, llevando sangre suficiente a sus mejillas para hacerlas enrojecer. Pero fue capaz de contenerse y no responder al ama de llaves. Contó mentalmente hasta diez y apartó de su mente los poco cristianos pensamientos que le venían a ella.

—Y, vosotros dos, a ver si termináis de una vez el desayuno —dijo desde el salón, con la mirada puesta en Tom y Jay.

Durante el trayecto al pueblo, Frank se mantuvo en silencio. No era un hombre muy hablador, y menos camino de la iglesia, pero aquella mañana estaba especialmente callado. Fue Beth la que rompió el silencio.

—¿Qué quería decir Fiona antes, padre?

Él la miró y negó con la cabeza. Ése era su gesto para decirle que no insistiera. Nadie dijo nada más hasta que llegó el momento de los saludos frente al templo y de las oraciones en su interior. Fue durante el sermón del pastor cuando Tom, que se aburría con la solemnidad de sus palabras, se dio cuenta de que Frank no quitaba ojo a la maestra. Ella estaba sentada dos bancos más adelante, al otro lado del pasillo que dividía la nave en dos mitades. Durante el oficio, los labios de Frank recitaban las oraciones como si fuera un autómata, hasta que un «amén» a destiempo le hizo embarazarse y volver al presente.

Terminada la homilía, Frank aprovechó su despedida del pastor para dirigirse a la maestra. Esperó a que ella saliera, dejó al sacerdote a medias con sus felicitaciones por el sermón, y se acercó a saludarla. La sonrisa pícara, que no había abandonado el rostro de Tom desde su «descubrimiento», se acentuó al reparar en las torpes maniobras de aproximación de su padre adoptivo. Era realmente gracioso ver cómo un hombre como él, hecho y derecho, sereno y equilibrado, se mostraba tan inseguro y nervioso en aquella situación. Lo mismo que la maestra, que le dedicó una mirada entre tímida y sugerente.

El revelador encuentro apenas duró un minuto, pero le cambió a Frank la expresión de la cara. Sus ojos delataban que se sentía contento y satisfecho. Y, sobre todo, ajeno a que había estado siendo escrutado por Tom.

—Hijos, me marcho a casa —dijo a los chicos cuando volvieron a estar solos—. Si vais a quedaros en el pueblo, no lleguéis tarde a la comida. No quiero tener que castigaros otra vez.

—Yo también vuelvo a casa —dijo Beth—. Tengo que ensayar unos pasos de baile.

Por su parte, Tom y Jay se despidieron y se quedaron esperando a Jennifer. Ella solía ir a buscarlos cuando terminaba el oficio. No iba nunca a la iglesia, al igual que su padre. Los dos muchachos se sentaron en los escalones de la entrada, sin el menor remordimiento por que Fiona tuviera después que restregar sus pantalones de domingo para quitarles la porquería.

—Oye, Jay, ¿tú has notado algo raro en Frank? —dijo Tom.

—¿En padre? ¿Algo raro? ¿Cuándo? ¿El qué?

—¿No has visto cómo miraba a la maestra?

—¿Cómo…? ¿A la maestra?

—Sí, sí, a la maestra. Y deja de poner esa cara de pez, que pareces bobo.

—¿Es que tú crees que…?

—Claro. Estaba tembloroso como un pudín cuando se ha despedido de ella. ¿De verdad que no te has fijado?

—Ahora que lo dices, sí… Pero… ¡Dios mío, a mi padre le gusta la maestra!

Tom rió con ganas.

—Bueno, Jay, eso no es tan malo.

—¡Pero si son dos viejos! Ella debe de tener, por lo menos, treinta o treinta y cinco años.

Tan ensimismados estaban con la novedad, que ninguno de los dos oyó a Jennifer aproximarse desde la parte de atrás de la iglesia.

—¿Qué os pasa? —dijo la chica—. ¿Qué hacéis ahí, cuchicheando como dos viejas?

—Es que a Frank le… —empezó a decir Tom.

Un certero codazo en las costillas por parte de Jay interrumpió la confesión.

—¡Calla! —gruñó éste, entre malhumorado y sorprendido.

—A ver, un momento… ¿Qué diablos ocurre aquí? —insistió la chica.

Jay no quiso dar su brazo a torcer.

—No podemos decírtelo, Jennifer. Cosas de chicos.

Ésas fueron las palabras clave para hacerla enfurecer.

—¡¿Cómo que cosas de chicos?! Dímelo ahora mismo o te sacudo un…

—Tranquila, Jennifer. Es sólo que a Frank le gusta la maestra —dijo Tom, terminando de revelar el secreto.

Los ojos de Jay se encendieron de rabia como los faros de acetileno del coche de Zeb.

—¡Te he dicho que no se lo contaras!

—Bueno, hombre. No pasa nada. Y hay algo más…

Jennifer estaba a punto de reírse, pero se contuvo, expectante. También lo estaba Jay, a pesar de su enfado.

—¿Algo… más? —preguntó, casi atragantándose.

Frente a él y a Jennifer, Tom hizo una pequeña pausa para aumentar el suspense.

—Que yo creo que a ella también le gusta Frank.

3

Pasaron los días y llegó la víspera de la carrera. Ya no había tiempo para más dilación. Jay tenía que pedir permiso a su padre para acompañar a Zeb al día siguiente. Esperó a la cena. Cuando llegó el momento, comió poco y estuvo todo el rato en silencio. Beth se dio cuenta de que le pasaba algo y le preguntó, pero el chico dijo que no le ocurría nada. Sólo hacia el final logró reunir el coraje suficiente para dirigirse a Frank.

—Padre, hoy Tom y yo hemos estado en el taller de Zeb.

A Tom esa mención a su persona le sonó un poco chusca. Era cierto que había estado en el taller, pero sólo porque Jay se lo pidió. Necesitaba su ayuda para levantar la carrocería del coche, que Zeb había modificado al estilo «cola de avispa», y colocarla en su lugar. También ayudó a pintar la ...