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EL VERANO DE LAS FLORES SILVESTRES

Kathryn Taylor

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Fragmento

1

Zoe corrió por el sinuoso y angosto sendero que discurría por la colina cubierta de hierba y no se detuvo hasta que llegó a las ruinas de la torre de piedra, al borde del acantilado. Absolutamente sin aliento se llevó las manos al dolorido costado y contempló el mar.

El sol acababa de salir y el aire todavía era fresco, aunque ya se percibía el calor que les depararía ese día. Olía a sal y a flores silvestres, que en esa zona brotaban por doquier y cuyo aroma le recordó las innumerables veces que había estado allí con Jack. Era su rincón secreto, el lugar al que acudían cuando querían estar solos, y Zoe había esperado encontrarlo allí. Pero no lo vio por ningún sitio y la desesperación se apoderó de ella.

¿Dónde estaría? Tenía que hablar urgentemente con él y ya lo había buscado por todas partes. Sin embargo, no lo había encontrado en la pensión ni en la granja ni en ningún otro sitio.

—¡Jack! —gritó tan fuerte como pudo, y prestó atención, pero salvo el murmullo de las olas, que batían abajo, en la playa bañada por las olas, no se oía nada.

Agotada, Zoe apoyó la espalda en el muro de piedra y se deslizó hasta el suelo. Estaba tan confusa, feliz y desdichada al mismo tiempo, que estallaría si no encontraba inmediatamente a Jack y le contaba que iba a marcharse con él a Canadá.

Al principio, solo había sido uno de sus alocados proyectos. Jack Gallagher estaba lleno de ideas, rebosaba de ideas, y precisamente eso era lo que Zoe amaba de él. Pero no era un soñador, sino un hombre de acción, llevaba a término sus propósitos, y en ese momento estaba firmemente decidido: quería marcharse de Cornualles, que se le había quedado demasiado pequeño, y ver, por fin, algo de mundo. Ya había reunido la documentación y dinero suficiente para comenzar. Pronto se pondría en marcha, en apenas dos semanas, y quería que Zoe lo acompañara.

«Jack», pensó ella, sintiendo que se le encogía el corazón debido a una intensa añoranza, a pesar de que solo había pasado un par de horas desde la última vez que se habían visto. Era su gran amor y estaba dispuesta a arriesgarse por él, pues sería difícil convencer a su padre de que iba en serio. George Bevan no tenía una gran opinión de Jack, quien, siendo hijo de granjeros, no era a sus ojos lo suficientemente bueno para su hija. Desde un principio, el padre de la joven se había opuesto a la relación, y aunque Zoe iba a cumplir los dieciocho años en unos pocos días y podría hacer lo que quisiera, le daba un poco de miedo enfrentarse a él. Era poco probable que su madre la apoyara. Pocas veces contradecía a su marido, pero Zoe había esperado que al menos su hermano estuviera a su favor. Chris era buen amigo de Jack y sabía lo que ella sentía por él.

No obstante, cuando la noche anterior le había pedido consejo, su reacción había sido radicalmente distinta de lo que ella esperaba. En lugar de apoyarla, le había echado en cara que fuese tan egoísta y que no pensase en lo que significaba para la familia que se marchara con Jack. Y había añadido que en la vida uno no puede hacer siempre lo que le apetece. Zoe se había sentido terriblemente decepcionada y, antes de salir indignada de la habitación, le había gritado que era un cobarde y que estaba sometido a la voluntad de su padre, quien había predeterminado la vida de ambos. Durante las horas que siguieron, en las que había estado dando vueltas en la cama pensando sobre todo lo ocurrido, había visto con claridad que tras esa reacción negativa de Chris se escondía algo. Por lo general, nunca se portaba así, y ella se propuso hablar otra vez con él del tema y averiguar qué le ocurría. Pero primero tenía que encontrar a Jack y comunicarle la decisión que había tomado. Porque daba igual cuál fuera la postura de Chris o lo mucho que su padre despotricara, ella, fuera como fuese...

Zoe alzó la cabeza al percibir un ruido. Había resonado muy tenuemente sobre el murmullo de las olas, pero se diría que alguien hablaba a gritos. Por lo visto, había gente abajo, en la bahía.

Se levantó llevada por la curiosidad y recorrió el breve trecho hasta llegar al borde del acantilado. Allí no había protección, solo encima de la playa principal, por lo que pudo mirar directamente hacia abajo, hacia las estrechas bandas de arena interrumpidas por voluminosas rocas. Habitualmente la playa era más ancha, pero la marea había subido, el agua cada vez conquistaba más terreno y pronto lo bañaría todo hasta volver a retirarse con la bajamar.

A esa hora, poco antes de que el océano se apropiase de la cala, nadie solía detenerse allí. Sin embargo, en ese momento aquello era un hervidero de hombres. Habían descubierto algo cerca de un gran peñasco. Zoe intentó distinguir lo que era y, cuando la imagen logró adquirir nitidez en su cerebro, tuvo que inspirar hondo.

Alguien yacía inerte allí abajo, en la arena, con los brazos y las piernas extrañamente torcidos. Justo a su lado se hallaba al menos una docena de personas. Algunas de ellas llevaban uniforme de policía y corrían de un lado a otro como hormigas, al tiempo que se gritaban las unas a las otras algo que Zoe no alcanzaba a entender desde donde se hallaba. Pero sí comprendió lo que todo eso significaba. Era obvio que alguien había caído desde allí arriba. Alguien que llevaba tejanos. Y una chaqueta de piel oscura que recordaba a la de Jack...

Se le paró el corazón. De inmediato dio media vuelta y corrió hacia el lugar desde el cual se podía alcanzar la playa por un estrecho y empinado camino. Al final de él había unos escalones excavados en la piedra desnuda, tan resbaladizos que estuvo a punto de caer varias veces. Por fin llegó abajo y corrió a ciegas hacia la gente, abriéndose paso a través de la arena húmeda y viscosa, que solo le permitía avanzar desesperadamente despacio. El oleaje resonaba más fuerte, al igual que las voces de los que se habían reunido en el lugar.

—¡Jack! —volvió a gritar, y el estómago se le contrajo al pensar que podía ser él quien yacía allí tendido. «Por favor, que sea otra persona», suplicaba en su interior mientras apretaba aún más el paso.

Sus gritos debieron de llegar hasta la gente, pues alguien se apartó del grupo y fue hacia ella. Su silueta le pareció familiar, y cuando estuvo lo bastante cerca reconoció su forma de caminar y el cabello cobrizo...

—¡Jack! —Una oleada de alivio la recorrió y se lanzó hacia el joven para arrojarle los brazos al cuello—. Temí que fueras tú —balbuceó, y hundiendo el rostro en su cuello, respiró su familiar olor. Los latidos de su corazón fueron sosegándose lentamente.

Jack la estrechó entre sus brazos, cuando la soltó volvió a mirar hacia el lugar donde la gente se concentraba.

—Lo he encontrado yo —dijo con la voz empañada, y Zoe tragó saliva mientras seguía su mirada.

—¿Se ha caído por el acantilado?

Jack asintió. Estaba blanco como un muerto y su rostro parecía petrificado.

Zoe se acercó instintivamente un poco más a él y le colocó las manos en el pecho, quería consolarlo al tiempo que buscaba su propia protección. El joven no llevaba más que una camiseta, y ella recordó por qué había sentido tanto miedo.

—Estaba arriba, en lo alto del acantilado, y pensé que eras tú el que estaba aquí tendido. —Un escalofrío le recorrió la espalda—. Porque la chaqueta que lleva se parece a la tuya.

Se estiró para intentar ver algo, pero la gente le tapaba la vista. Lo que tal vez estuviera bien, pues nunca había visto a un muerto y, si esa visión había trastornado tanto a Jack, no estaba segura de que ella debiera acercarse más. Era de suponer que la policía tampoco se lo permitiría, bastante complicado era todo. No neces

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