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EMMA (LOS MEJORES CLáSICOS)

Jane Austen

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Fragmento

Índice

Emma

Introducción

Cronología

Emma

Libro primero

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Libro Segundo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Recibe antes que nadie historias como ésta

Libro tercero

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Notas

Biografía

Créditos

Jane Austen (1775-1817), nacida en Steventon, Inglaterra, ocupa un lugar destacado en la historia de la literatura inglesa. Interesada especialmente en la psicología de los personajes y en las relaciones humanas, cultivó el retrato íntimo y el estudio de la vida doméstica, apoyándose en un estilo depurado y en una indudable perfección técnica. Es autora de seis novelas, todas ellas publicadas en Penguin Clásicos: Sentido y sensibilidad (1811), Orgullo y prejuicio (1813), Mansfield Park (1814), Emma (1815), La abadía de Northanger (1818) y Persuasión (1818).

Fiona Stafford es catedrática de lengua y literatura inglesa en la Universidad de Oxford.

Título original: Emma

Edición en formato digital: junio de 2015

© 1996, 2003, Fiona Stafford, por la introducción

© 2006, 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 1978, José María Valverde, por la traducción

© 2015, Sílvia Pons Pradilla, por la traducción de la introducción

Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial

Fotografía de portada: © Amy Weiss / Arcangel Images

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ISBN: 978-84-9105-992-0

Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

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cover.jpg JANE AUSTEN

Emma

Introducción de

FIONA STAFFORD

Traducción de

JOSÉ MARÍA VALVERDE

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www.megustaleerebooks.com

INTRODUCCIÓN

Desde su aparición a finales de diciembre de 1815, Emma ha sido criticada por su falta de acción y elogiada por su ajustada descripción de la vida cotidiana.1 A Walter Scott, uno de sus primeros críticos, le pareció que la obra tenía «incluso menos argumento» que Sentido y sensibilidad o que Orgullo y prejuicio, pero aun así admiró el «conocimiento del mundo por parte de la autora, y el tacto característico con el que presenta a unos personajes que el lector reconoce de inmediato».2 Casi dos siglos después, actitudes parecidas se encuentran entre los lectores en general, que siguen deleitándose en la habilidad de Austen para crear personajes y situaciones verosímiles, y entre críticos de orientación histórica, que acuden a sus novelas en busca de información sobre el estilo de vida de la gente en el siglo XIX. Emma ha alimentado obras como A Jane Austen Household Book, de Peggy Hickman, en la que el orgullo del señor Woodhouse por el cerdo de Hartfield dio lugar a la publicación de una serie de libros sobre platos de carne del período de la Regencia, así como estudios más eruditos como el de Oliver MacDonagh, Jane Austen: Real and Imagined Worlds, en el que se toma a Highbury como modelo de «la organización social y las costumbres de las pequeñas ciudades y pueblos del sureste de Inglaterra durante las guerras napoleónicas».3

Esta clase de propuestas descubre un deseo persistente de los lectores de Emma por situar la novela en el «mundo real», lo que, a su vez, lleva a un estudio minucioso de cualquier detalle que pueda fijarla en un momento y un lugar específicos. No basta con que la novela sea más o menos contemporánea a la época de su creación (entre el 21 de enero de 1814 y el 29 de marzo de 1815); las referencias internas a acontecimientos tan reconocibles como la unión entre Gran Bretaña e Irlanda, la abolición de la esclavitud o la publicación de Irish Melodies, de Moore, han llevado a los especialistas a recorrer de 1800 a 1808, y hasta 1813, sin que los resultados hayan arrojado necesariamente mucha luz sobre la propia obra.4 También la geografía de Surrey ha atraído a generaciones de lectores deseosos de seguir los pasos del señor Elton o de Jane Fairfax, de explorar Box Hill o visitar la Crown. Como si descubrir la situación exacta y el plano de Highbury ayudara a explicar la novela, aunque el editor más distinguido de Austen, R. W. Chapman, admitiera hace algunos años que «las indicaciones no bastan para construir un mapa».5

Paradójicamente, es el propio tono evasivo de Emma el que ha propiciado estos decididos esfuerzos por establecer la autenticidad de ese retrato del Surrey de principios del siglo XIX; y a lo largo de las dos últimas décadas, se ha instaurado una tradición alternativa entre aquellos lectores que no están interesados en los detalles realistas del texto, sino en sus acertijos, anagramas y juegos de palabras.6 Si bien hay quienes todavía consideran la obra de Austen como una ventana al pasado, muchos críticos se muestran ahora dispuestos a aceptar la falta de resolución del texto, considerando las palabras del narrador (e incluso del señor Knightley) como parte de una serie de discursos enfrentados y enigmas lingüísticos, y no como indicadores de la intención de la autora.

Si los lectores del siglo XIX y principios del XX veían a Austen como una defensora de los valores morales del siglo XIX, en los últimos tiempos los críticos han insinuado que su obra es «subversiva», puesto que, como Joseph Litvak sostiene, Emma es «un circuito de ficción, interpretación y deseo potencialmente infinito».7 Tal vez en respuesta a la larga tradición de énfasis en el realismo de la obra, en la década de 1980 se desarrolló una tendencia a convertir Emma en una obra independiente de lugar, período o incluso autora, a considerarla un texto autónomo que debía ser tratado en sí mismo, sin tener en cuenta el contexto histórico de la obra ni las siempre inaccesibles opiniones de Jane Austen.8

Por supuesto, la dificultad reside en que ambos enfoques extraen buenos resultados de Emma, una obra en la que se provoca de forma continuada al lector con pistas realistas e ironías deliberadas. Un emplazamiento clave como Box Hill, por ejemplo, no presenta problema alguno para quienes están dispuestos a leer la novela como una historia social. Anne-Marie Edwards ha observado que Austen visitó a sus parientes, los Cook, en la rectoría de Great Bookham en junio de 1814, y opina que la experiencia contribuyó de manera directa a la obra que nos ocupa:

Había empezado a escribir Emma a principios de enero de ese mismo año. Tal vez fuera durante esa visita cuando decidió situar una de las escenas más importantes de la novela, el desastroso picnic en el que Emma es tan desagradable con la señorita Bates, en la cercana Box Hill. Este conocido lugar de excepcional belleza natural era entonces tan atractivo como lo sigue siendo ahora, y Jane debió de participar en una «excursión de exploración» (en palabras de la señora Elton) que le permitió admirar los precipicios sombreados por árboles y detenerse, como hace Emma, en la ladera que domina Dorking, para observar tranquilamente las hermosas vistas a sus pies.9

Sin embargo, el hecho de que Box Hill sea un lugar «real» y Jane Austen lo conociera no significa que su inclusión sea un recurso de verosimilitud, aunque puede ayudar a mantener la credibilidad del lector en la narración. Emma contiene nombres de lugares reales e imaginarios, pero los primeros pueden recordarse tanto por su significado metafórico secundario como por cualquier razón biográfica en particular (Richmond10 es sin duda un lugar apropiado para la señorita Churchill, mientras que Kingston11 resulta una parada apropiada para los patriotas ingleses Robert Martin y George Knightley). La propia colina de Box Hill12 ofrece múltiples posibilidades, ya que su nombre no solo remite a la pelea verbal y al daño que sufren allí los personajes de Austen, sino también a la sensación de claustrofobia —de estar encajonado— que se evoca de manera tan brillante, mientras el mismo grupo de gente se dispone a emprender otra frívola excursión. Si hay o no más referencias implícitas, por ejemplo en la escena en que se esconden detrás de la mata13 en Noche de reyes (que además contiene elementos de comedia bufa a partir de situaciones cargadas de bromas a costa de otros presentes), es debatible, porque cuando se empiezan a desvelar los constantes y traviesos juegos de palabras, todo parece posible, aunque sea por un instante.14

No son tan solo los nombres de los lugares los que parecen confundir lo real con lo metafórico. Weston, por ejemplo, es el apellido de una antigua familia de Surrey que aparece en la obra de Thomas Fuller The Worthies of England, de 1662, mientras que el nombre Randalls era el de una casa cercana a Leatherhead.15 También Knightley puede relacionarse con la historia de la región, ya que un Robert Knigthly se convirtió en representante de la Corona en Surrey en 1676, y el púlpito de la iglesia de Leatherhead fue restaurado por un tal señor Knightley en 1761.16 Sin embargo, estos hechos no disminuyen el potencial imaginativo de los nombres, y son muchos los lectores que han tratado de descifrar sus significados aparentemente alegóricos.

Por lo que respecta a George Knightley,17 parece combinar las ideas de un pasado caballeresco con la estabilidad tranquilizadora de la agricultura, por lo que su nombre resulta idóneo para el perfecto caballero. No obstante, antes de suponer que Austen está fomentando un ideal seguro y feudal, merece la pena considerar las asociaciones contemporáneas con ese nombre: a Jorge III, apodado el Granjero, lo habían declarado loco en 1810, mientras que el estilo de vida de su sucesor, el extravagante príncipe regente (a quien Austen dedica Emma), no podría considerarse estable ni conservador.18 Los «caballeros» que aparecen en la obra de Austen —sir Thomas Bertram y sir Walter Elliott— también presentan muchas imperfecciones, y tanto en Mansfield Park como en Persuasión, los baronets salen perdiendo en la comparación con los oficiales de la Armada, cuyos títulos tienen su origen en los méritos personales.19 Incluso en Emma, con su aparente desdén hacia la altanera señora Elton, se apunta a que la influencia de Knightley, aunque plenamente inglesa, tiene aspectos menos positivos. El hecho de que los gitanos, que tanto asustan a Harriet Smith, decidan acampar en el camino puede apuntar a la pérdida de tierras comunales como resultado de los continuos cercamientos de terrenos que se insinúan en los comentarios de Knightley acerca de cambiar veredas y de la rotación de cultivos.20 Además, sus gestos caritativos, aunque admirables en muchos sentidos, están subordinados a la pobreza a la que se alude discretamente a lo largo de la novela. Incluso el tradicional final feliz, en que la heroína se une a su «caballeroso» pretendiente, propicia la asimilación del terreno independiente de Hartfield en las hectáreas patrimoniales de Donwell.

El hecho de que Austen terminara Emma el año de la batalla de Waterloo ha estimulado el interés por reconocer referencias políticas en la novela y, de nuevo, muchos lectores han encontrado alusiones significativas en los nombres. La evidente asociación entre George Knightley y la anglicanidad (respaldada por el elogio de Donwell Abbey: «Era una grata vista; grata a los ojos y al ánimo. Verdor inglés, cultura inglesa, bienestar inglés») ha llevado a la ecuación contraria en el caso de Frank Churchill con Francia, en particular según el juicio de Knightley: «No, Emma, su amable joven puede ser amable solo en francés, no en inglés. Puede ser muy aimable, tener muy buenas maneras y ser muy agradable, pero no puede tener delicadeza inglesa hacia los sentimientos de otros».21 Teniendo en cuenta los recientes acontecimientos en el Canal de la Mancha, y la importancia que tienen la clase social y la herencia en la novela, es posible interpretar alusiones políticas en la «indiferencia ante una confusión de clases» de Frank Churchill, o en su alegre deseo de convertirse en un «verdadero ciudadano de Highbury». Sin embargo, aunque «Frank» pueda relacionarse de manera bastante clara con Francia, no hay ninguna explicación evidente para Churchill ni para el nombre por parte de su padre, Weston. También cabe la posibilidad de que su nombre sea tan irónico como «George», puesto que la franqueza no es una de las características más destacadas de su personalidad.

Es posible que los nombres de los personajes principales representen una trama oculta de relevancia política, moral o social, lo cual indicaría que todo el texto es un elaborado acertijo para ser resuelto al final. Sin embargo, si los nombres que Austen utiliza parecen animar al lector a la búsqueda de significados y códigos ocultos, también insinúan que tales lecturas son tan absurdas como el comportamiento que se ridiculiza sutilmente en la propia novela. El descubrimiento por parte de Margaret Kirkham de que algunos de los nombres más importantes de Emma (Knightley, Cole, Campbell, Perry) aparecen en las columnas de sociedad del Bath Journal de 1801-1802 insinúa la posibilidad de que la elección obedezca más a la casualidad que a la premeditación, y el hecho de que algunos nombres cristianos aparezcan en varias de sus novelas y coincidan con los de familiares de la autora hace que las explicaciones alegóricas resulten decididamente dudosas.22 Y si analizamos los excesos anagramáticos de lectores como Grant Holly, quien sostiene que Emma significa «Am me»,23 que la madera y la casa24 son símbolos de la sexualidad femenina, y que Knightley es a la vez «la figura caballeresca y quien la visita por las noches»,25 es difícil no sentir tanta intriga como escepticismo.26

Uno de los problemas de aceptar los juegos de palabras en Emma es que resulta algo embarazoso, similar al hecho de tener que explicar un chiste, ya que el humor se esfuma con la explicación. Sería sencillamente demasiado torpe señalar que al final de la novela, tanto Emma como Knightley han «hecho bien».27 La narrativa de Austen se caracteriza por su ligereza y velocidad, por lo que insistir en exceso en las connotaciones de una determinada palabra entorpece la lectura, incluso aunque solo sea el fugaz momento de autofelicitación que se produce al desentrañar un juego de palabras. El hecho de dar vueltas a los significados de Knightley o Woodhouse nos trae el fastidioso recuerdo de Harriet Smith tratando de adivinar la charada del señor Elton: «¿Puede ser Neptuno? ¡Míralo allí, monarca de las aguas! ¿O un tridente? ¿O una sirena? ¿O un tiburón?», mientras que Emma mantiene una actitud distante: «Mi querida Harriet, ¿en qué piensas?».

Los juegos de palabras en Emma son esencialmente sobrios, y no se observa ninguna intención de hacer alarde de lo ingenioso del texto. Con la excepción del espantoso cumplido que el señor Weston dedica a Emma, que resulta exagerado en su alabanza tanto para ella como para el autor («¿Cuáles son las dos letras del alfabeto que expresan la perfección? […] Se lo diré. M y A. Em-ma. ¿Entiende?»), el texto nunca se detiene para asegurarse de que el lector ha entendido los juegos.28 Cuando Emma fija su mirada en las pesimistas «perspectivas» de un invierno sola en Hartfield, por ejemplo, recoge la metáfora visual de la frase anterior, que a su vez evoca la escena inicial de la novela y la primera aparición de Knightley:

La imagen que entonces se había trazado de las soledades del invierno inminente resultó errónea; ningún amigo les había abandonado, ningún placer se había perdido. Pero temía que sus actuales presentimientos no recibirían semejante contradicción. La perspectiva por delante de ella, ahora, era amenazadora hasta un punto que no cabía disipar del todo, ni aun podía aclararse parcialmente.

Depende únicamente del lector reparar o no en la importancia de la «perspectiva», que afecta a las diversas ideas de previsión, aspiración, observación y creación artística que han aparecido a lo largo del texto. No hay perspectiva… perspectiva, ¿entiende? En realidad, a muchos de los dobles sentidos se accede tan solo tras una segunda lectura, como cuando Frank Churchill, que ha invitado a Emma a bailar, se disculpa con la señora Elton y «se jactó de que ya estaba comprometido». Más adelante, el mismo juego de palabras adopta un tono más sombrío cuando la señorita Bates describe el futuro empleo de Jane Fairfax como institutriz y recuerda con cierta perplejidad que, con anterioridad, su sobrina había decidido que «nada la induciría a entrar en ningún compromiso por ahora».

Aunque Austen declaró «no escribo para elfos tan insulsos que no posean una gran dosis de ingenio», el placer del texto no depende en ningún caso del reconocimiento de los juegos de palabras y las alusiones.29 Si bien es posible que algunos lectores disfruten con los acertijos y los juegos de palabras, otros están más interesados en la comedia costumbrista, el análisis psicológico o la satisfacción de la trama romántica. Uno de los asuntos fundamentales en Emma es la subjetividad de la percepción y el modo en que los juicios dependen de la personalidad y los prejuicios del juez. Así pues, hay que ser un lector osado para pasar por alto la continua descripción de personajes que malinterpretan situaciones, conversaciones, e incluso a sí mismos, a fin de llegar a una interpretación «correcta» de la novela.

Muchas escenas parecen desarrollarse a más de un nivel, pero si el lector se siente tentado a adoptar una posición de superioridad respecto de los protagonistas, hay alusiones constantes a la naturaleza limitada de la reacción estética. Por ejemplo, cuando Emma realiza un retrato de Harriet ante un admirado señor Elton (6), parece una comedia de situación basada en la ingeniosa representación de los malentendidos que se producen entre los tres personajes. Aquí más que en ningún otro momento se ofrece al lector una de las imágenes precisas de la vida que tanto apreciaban Walter Scott y sus sucesores; parece incluso apreciarse una declaración por parte de la autora sobre la importancia del realismo en el arte, en el comentario del narrador «un retrato le gusta a todo el mundo». No obstante, si se toma en su contexto, esta aparente apología de la mímesis puede interpretarse de manera muy distinta, como cuando los dos admiradores más entusiastas de Emma observan su carpeta de dibujos: «Ambos estaban en éxtasis. Un retrato le gusta a todo el mundo, y las realizaciones de la señorita Woodhouse debían ser estupendas». Tal afirmación, que parece destinada a representar una verdad universal, se vuelve incierta, y en lugar de sugerir una intromisión en la narración, parece introducir la voz del señor Elton convertido en experto en estética, o la de la señorita Smith, que extiende su fascinación por Emma al mundo en general.

La complejidad de la frase se hace más obvia unos párrafos más adelante, cuando se repite y se trata con ironía en la respuesta de quienes se han reunido para ver el retrato que Emma ha hecho de Harriet: «Todos los que lo veían estaban encantados, pero el señor Elton estaba en éxtasis continuo, y lo defendía de toda crítica». En este momento, «todos» se refiere, sin duda, al círculo de Hartfield —la señora Weston, el señor Woodhouse y el señor Knightley—, y enseguida se pone de manifiesto que el placer que obtienen con el retrato poco tiene que ver con la exactitud de la representación de la figura de Harriet. Mientras que la señorita Weston admira que Emma haya mejorado sus cejas y sus pestañas, el señor Woodhouse se debate entre la satisfacción ciega con todo lo que pueda hacer su hija y la preocupación por el hecho de que la señorita Smith aparezca al aire libre «solo con un pequeño chal por los hombros». El señor Knightley es el único que se atreve a sacar un defecto al retrato, pero su brusco comentario «La ha hecho demasiado alta, Emma» encuentra una defensa inmediata en la frase que el señor Elton repite: «Nunca he visto tal parecido». En unas pocas líneas, los personajes centrales se descubren mediante su reacción ante el retrato, que está claramente influenciada por sus propias ideas preconcebidas, su opinión sobre la artista y la relación que mantienen los unos con los otros. Por consiguiente, cualquier lector que confíe en su habilidad para reconocer la capacidad mimética se detendrá en el entusiasta comentario del señor Elton: «Nunca he visto tal parecido». Sin embargo, quienes estén decididos a encontrar indeterminación, con toda probabilidad se centrarán en la artista en esa escena. Tal vez deba considerarse que la valoración que se haga a este respecto de Emma es una metáfora elaborada de la valoración que hacemos de Emma.

Una escena que, en un principio, parece fomentar el realismo tanto en su contenido como en su estilo («Un retrato le gusta a todo el mundo») se despliega para insinuar que la percepción de la credibilidad depende tanto del observador como del creador. Si al lector la escena le resulta convincente o «realista» probablemente sea por la idea preconcebida que tiene de la novela y de su autora. El diálogo parece verosímil, no solo porque puede recordar al lector a conocidos suyos, sino porque mantiene la ilusión que se ha creado en capítulos anteriores. La actitud del señor Woodhouse concuerda a la perfección con la representación que se ha hecho de su personalidad en las páginas iniciales de la novela: afectuoso, preocupado y siempre reacio a la idea de alejarse de su chimenea. La respuesta de la señora Weston también refleja la opinión que expresa al señor Knightley con relación a que las atenciones relativamente arrogantes de Emma en el trato con Harriet solo pueden resultar beneficiosas para la humilde joven (5). La misma conversación nos viene a la cabeza cuando el señor Knightley observa «La ha hecho demasiado alta»; desaprueba que Harriet sea elevada por encima del lugar que ocupa. Así pues, el placer que obtiene el lector por la verosimilitud de la escena no es tan solo cuestión de que tenga una apariencia real, sino de reconocer la coherencia entre la representación que se hace aquí y en pasajes anteriores.

Pese a la plenitud del texto, una lectura centrada en su contexto histórico resulta interesante. Los logros artísticos de Emma, por ejemplo, como tantos otros detalles de la novela, pueden contemplarse en el contexto de los debates de la época sobre la educación de la mujer, y en obras como Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft, publicada en 1792.30 Las actividades del señor Elton, a su vez, pueden interpretarse como un comentario acerca del papel del clérigo a principios del siglo XIX, tema que Austen ya había explorado en su novela anterior, Mansfield Park.31 Incluso los comentarios que se hacen durante esa escena cobran relevancia a la luz de ese período: la preocupación de la señora Weston por los ojos de Harriet, por ejemplo, por ser un elemento característico en la noción de belleza femenina, o el comentario del señor Woodhouse sobre la escasa vestimenta de la joven, que puede relacionarse con el hecho de que el chal fuera una incorporación relativamente nueva, y extranjera, a los armarios ingleses.32 Además, introducida de manera cómica en las opiniones encontradas del señor Knightley y la señora Weston, se encuentra la cuestión central de si el arte debería representar la naturaleza con exactitud, o si el artista debería intentar mejorar el objeto de acuerdo con una belleza ideal, un asunto que había desconcertado a los esteticistas a lo largo del siglo XVIII.33

La valoración que Jane Austen hace de sus esfuerzos creativos en comparación con los de su sobrino, James Edward Austen, ha alimentado la creencia de que ella tenía como objetivo el retrato realista de una parte reducida y familiar de la vida de la época:

¿Qué tendría que hacer yo, mi queridísimo E., con tus masculinas y vigorosas escenas, tan llenas de ímpetu y de vida? ¿Cómo podría insertarlas en ese pedacito de marfil, de dos pulgadas de ancho, en el que trabajo con un pincel tan fino que tras mucho esfuerzo apenas produce ningún resultado?34

El «pedacito de marfil» hace referencia al popular arte de la miniatura en esa época, en el que muchos lectores han encontrado un paralelismo ajustado con las meticulosas recreaciones que Austen hace de la sociedad de clase media alta.35 Cabe considerar las ironías inherentes en su comentario, no solo con relación a la autocrítica en la comparación con su sobrino, sino también en que su última novela publicada, Emma, había ocupado unas mil páginas en su formato original de tres volúmenes.

Si bien la técnica de Austen tiene algo en común con la de los miniaturistas, su obra presenta también analogías con gran variedad de estilos artísticos. Así como la señorita Woodhouse prueba «Miniaturas, medio cuerpo, cuerpo entero, lápiz, carbón y acuarelas», Emma exhibe una extraordinaria diversidad de estilos y voces, y a menudo pasa de uno a otro en un solo párrafo. Al igual que su carpeta, la novela está llena de «comienzos», y los efectos imaginativos son más un producto de los contrastes de su prosa que de una postura narrativa establecida. Con frecuencia se sugieren paralelismos implícitos con el arte visual, mediante las imágenes pictóricas, el lenguaje especializado o la disposición de las escenas, que recuerda a pinturas contemporáneas:

El aspecto de la salita, al entrar, era la tranquilidad misma. La señora Bates, privada de su tarea acostumbrada, dormitaba junto al fuego; Frank Churchill, en una mesa a su lado, estaba atareado en sus gafas, y Jane Fairfax, de pie de espaldas a ellos, observaba su pianoforte.

Las escenas compuestas al detalle de Emma, evocadoras de los interiores domésticos del pintor coetáneo David Wilkie, a menudo ocupan tan solo una escena, pero, como Frank Churchill observa: «Señorita Woodhouse, usted tiene el arte de dar imágenes en pocas palabras».

El retrato que hace de los personajes es igualmente sucinto. Así, describe a Harriet Smith como una muchacha «baja, rolliza y atractiva, con un hermoso color, ojos azules, pelo claro, facciones regulares, y un aire de gran dulzura», que contrasta con Jane Fairfax y sus «pestañas y cejas oscuras», cuyas facciones «no eran regulares, pero de una belleza muy agradable».

Con frecuencia, los fragmentos visuales están creados adrede para producir un efecto cómico, como el encuentro de Harriet con los gitanos, que se describe con el lenguaje propio de lo pintoresco de finales del siglo XVIII:

Cerca de media milla más allá de Highbury, dando un brusco recodo, con profunda sombra de álamos a los dos lados, se volvía muy escondido durante un largo trecho, y cuando las señoritas avanzaron un tanto por él, de repente habían observado, a poca distancia por delante de ellas, en un claro más ancho con hierba, un grupo de gitanos. Un niño que estaba alerta acudió hacia ellas a pedir limosna.

Sin embargo, ese paisaje sentimental se ve perturbado por la reacción al estilo de Rowlandson36 de la acompañante de Harriet:

Y la señorita Bickerton, enormemente asustada, lanzó un gran chillido, y, gritando a Harriet que la siguiera, subió corriendo por una ladera abrupta, pasó un pequeño seto que había en lo alto, y volvió a Highbury lo antes que pudo por un atajo.

Aunque se explotan las ventajas artísticas de lo pintoresco, también se ridiculiza su falsedad en un momento en que ha empezado a introducirse una percepción más cómica del comportamiento humano en los ideales del arte contemporáneo.

La fluidez de la novela permite abarcar, dentro de un mismo párrafo, imágenes y actitudes opuestas, y la sorpresa así como la incongruencia producen un efecto cómico.37 Si La abadía de Northanger había jugado de manera explícita con las convenciones literarias y la parodia, Emma, de manera similar, aunque con más sutileza, bromea sobre la naturaleza del arte mediante la introducción y la inmediata sustitución de un estilo en particular por otro. La alteración de lo pintoresco en este pasaje tal vez insinúe la defensa de una visión menos idealizada de la vida, pero, curiosamente, el aparente énfasis en el realismo cómico depende de que el lector identifique tanto la convención que se está alterando como la alternativa a la que se yuxtapone.

La evocación de distintos estilos artísticos funciona de un modo similar a los juegos de palabras: ambos recursos provocan al lector con semejanzas insinuadas que solo pueden debilitarse mediante la contradicción y la incerteza. No bien hemos interpretado como cómica la aventura de Harriet, se ofrece la lectura totalmente distinta de Emma, que no presenta el episodio como pintoresco o burlesco, sino como romántico. Para ella, los gitanos no son más que un recurso para reunir al héroe y a la heroína «un joven extraordinario y una deliciosa joven tropezándose de tal modo»; para una persona imaginativa, como se considera a sí misma, las posibilidades son irresistibles. Y aun así, cuando Emma reproduce el incidente a otros, este adopta un cariz literario distinto:

En su imaginación mantenía su importancia, y Henry y John seguían preguntando todos los días la historia de Harriet y los gitanos, y corrigiéndola tenazmente si se apartaba en el menor detalle de su versión original.

El rápido cambio también se refleja en la propia prosa, que, de manera similar, sorprende al lector con su proteica negativa a mantener una voz o un tono constante. Si las escenas visuales se ven alteradas por la súbita introducción de un elemento inesperado, el relato en tercera persona también se rompe una vez tras otra con la irrupción de un estilo libre indirecto, diálogos, citas o cartas. En ocasiones, el diálogo se convierte en un monólogo teatral, con discursos (en particular los de la señora Elton o la señorita Bates) que se prolongan a lo largo de más de una página llena de entusiasmo galopante. En otras escenas los intercambios son más breves y resultan más teatrales, particularmente en la primera edición, en la que la disposición de la página permitía solo ocho palabras en cada línea.38 Hay incluso acotaciones:

—[…] Bueno, señorita Woodhouse —con un suave suspiro—, ¿qué piensa de ella? ¿No es muy encantadora?

Hubo cierta vacilación en la respuesta de Emma.

—¡Ah, sí, sí, una joven muy agradable!

—Me parece bella, muy bella.

—Muy elegantemente vestida, desde luego: un traje realmente elegante.

—No me sorprende nada que él se haya enamorado.

—¡Ah, no! No hay nada que pueda sorprender. Una linda fortuna, y le salió al paso a él.

Las desviaciones de la narrativa lineal no son siempre tan claras. Con frecuencia, un aforismo al estilo de Samuel Johnson se cuela de manera casi imperceptible en el monólogo interior («La felicidad perfecta no es corriente, ni siquiera en el recuerdo; y había dos puntos en que no estaba muy tranquila»), mientras que buena parte de la aparente narración omnisciente refleja las opiniones y los prejuicios de la heroína epónima. En realidad, muchos de los personajes secundarios ni siquiera aparecen, y a algunos de los que aparecen no se les conceden intervenciones directas. El lector llega a familiarizarse con un numeroso grupo de personajes —William Larkins, las señoritas Cox, los Campbell y los Dixon, la señorita Hodges, Serle, los Churchill, la señorita Nash, los Suckling, el señor Wingfield, James y Hannah— sin que el narrador los describa.39 Incluso el señor Perry, que parece una presencia casi ubicua en Highbury, existe solo en los pensamientos y diálogos de los principales personajes con voz propia, y cuando al fin aparece en persona, permanece en un segundo plano: «Al entrar en los terrenos de la casa, pasó el señor Perry a caballo. Los caballeros hablaron de su caballo».

A lo largo de la novela, el lector se siente, a un mismo tiempo, reconfortado por la ilusión de una acogedora comunidad rural de personajes familiares y perturbado al descubrir que esas figuras son producto de su imaginación, a las que conoce solo a través de las alusiones hechas por otros personajes de ficción.

La dificultad de conectar el lenguaje con una fuente determinada forma parte de la continua exploración de la naturaleza de la lectura, así como de la amable exposición de la limitada comprensión de la novela por parte del lector. Entre las alteraciones más evidentes en el texto (con la consiguiente satisfacción del lector) figuran las adivinanzas y poemas que Emma gusta de coleccionar. La charada del señor Elton, por ejemplo, destaca entre los párrafos anteriores y sigue apareciendo en las páginas siguientes, cuando Harriet, en su desconcierto, la cita una y otra vez. Si el lector se siente desconcertado, Emma proporciona rápidamente la solución a la adivinanza, aunque, en realidad, no soluciona todas las incógnitas que el poema del señor Elton plantea. El texto no aclara si el poema lo ha compuesto el vicario de Highbury, o si lo ha copiado de una antología o una revista, o si lo ha creado a partir de versos contemporáneos. Si bien contiene un sentimentalismo exagerado de manera ridícula, su calidad técnica es mejor de lo que cabría esperar, lo que nos permite especular sobre su origen.40

Es igual de desconcertante, aunque por razones distintas, el acertijo favorito del señor Woodhouse, «Kitty, una bella y gélida doncella». Aunque Emma lo identifica como obra de David Garrick y la solución largo tiempo aceptada es que se refiere a la palabra «deshollinador», resulta desconcertante, ya que el poema original incluye insinuaciones sexuales, por lo que sorprende que sea el preferido del señor Woodhouse. El hombre ha olvidado el resto de las estrofas, por lo que lo inapropiado de su elección puede interpretarse como una broma a su costa; sin embargo, también podemos pensar que le aporta una dimensión distinta, por lo demás un personaje hasta cierto punto caricaturesco, sobre todo porque lo relaciona con el recuerdo de su difunta esposa.

Un ejemplo más cómico de la introducción de la sexualidad mediante una cita es la destacable mención que la señora Elton hace de las fábulas de John Gay para referirse al romance entre Jane Fairfax y Frank Churchill:

Porque cuando se trata de una dama

ya es sabido que todo cede el paso.

Aunque la señora Elton, al igual que el señor Woodhouse, ha olvidado de dónde proceden esos versos, muchos lectores de la época debieron de reconocer que pertenecen al discurso, ligeramente distinto, del «toro majestuoso», que tiene entre manos un asunto urgente:

El amor me llama aquí; una hermosa vaca

me espera junto al granero de la cebada:

Y cuando se trata de una dama

ya se sabe, todo cede el paso.41

El texto no menciona la fuente, pero la extraordinaria yuxtaposición del refinamiento y la involuntaria ordinariez de la señora Elton divierten y sorprenden al lector, incluso cuando la historia se descubre. En realidad, la torpe alusión literaria enfatiza, en retrospectiva, otros momentos en que los personajes han utilizado la expresión «cuando se trata» para referirse a relaciones amorosas no reconocidas. Sin embargo, ella es la única que saca a la superficie el constante trasfondo de excitación sexual de la novela y, al hacerlo, altera la sutil corriente de discreción, incluso cuando comenta sobre sí misma: «¿Estoy muy animada, no?».

A lo largo de Emma se sugiere constantemente la posibilidad de descubrir demasiado, y los momentos de mayor vergüenza se producen cuando un personaje cruza la línea de la reticencia a descubrir algo que permanecía oculto. Ya sea el señor Elton declarando su pasión en el coche, o Frank Churchill componiendo la palabra «Dixon» en un juego de letras, la sensación incómoda de romper las normas es la misma, y el texto está lleno de episodios en los que los personajes principales se sonrojan, se ruborizan, se ponen rojos o se les enciende el rostro. Tal vez por ello en la parte final de la novela, donde se supone que se ha descubierto todo, el relato se sitúa tras la pantalla de cartas y diálogos, dejando que el lector adivine la naturaleza exacta de los «malentendidos» entre Jane y Frank, o la reconciliación entre Harriet y Robert Martin. Incluso en el momento culminante en que Emma acepta a Knightley, sus palabras no se revelan sino que se dejan a la imaginación: «¿Qué dijo? Lo que debía, claro. Una dama siempre lo hace así».

En una obra que se deleita en el coqueteo y el bochorno, el lector se ve inmerso en juegos para tratar de descubrir qué está sucediendo exactamente. De la misma manera que los personajes principales, bastante propensos todos ellos a malinterpretar las situaciones, parecen obsesionados en observarse los unos a los otros y determinar lo sincero de sus sentimientos e intenciones, nos dejamos llevar por el intento de resolver palabras, escenas, citas o acciones. Sin embargo, como cada lector repara en aspectos distintos de la obra e interpreta las palabras de manera subjetiva, el final de la novela es una invitación a regresar al principio e intentar definir su significado nuevamente.

No se trata de un «retrato» claro de representación artística y objeto representado que «le gusta a todo el mundo», sino de la constante desviación de correspondencias de una idea a otra, de efecto tan deslumbrante que resulta tentador escoger una línea de interpretación y pasar por alto las contradicciones. Sin embargo, esta opción implica negarse a jugar, y aunque nos evita la vergüenza de malinterpretar las cosas, también nos priva del gozo interminable y de la irrefrenable diversión que proporciona Emma.

FIONA STAFFORD

2003

CRONOLOGÍA

1775 Nace Jane Austen el 16 de diciembre, es la segunda niña y la séptima hija del reverendo George Austen y su esposa, Cassandra Leigh. Su padre era el rector de la parroquia de Steventon, en Hampshire. La familia, aunque bien relacionada, no era rica. Dos de sus hermanos ingresaron en la Armada y uno de ellos alcanzó el rango de almirante de la flota.

1776 Declaración de Independencia de los Estados Unidos.

1778 Frances Burney publica Evelina.

1785-1786 Jane Austen asiste junto a su hermana Cassandra a la escuela en la Abadía de Reading.

1787 Austen empieza a escribir piezas breves y paródicas de ficción que se conocen como sus «obras de juventud».

1789 Estalla la Revolución francesa.

1792 Mary Woolstonecraft publica Vindicación de los derechos de la mujer.

1793 Gran Bretaña entra en guerra con la Francia revolucionaria.

1794 Ann Radcliffe publica Los misterios de Udolfo.

1795 Austen escribe «Elinor y Marianne», una primera versión de Sentido y sensibilidad.

1796 Auge de Napoleón en Francia.

1796-1797 Austen escribe «Primeras impresiones», una primera versión de Orgullo y prejuicio.

1797 Ofrece «Primeras impresiones» a un editor, que rechaza la obra.

1798-1799 Escribe «Susan», una primera versión de La abadía de Northanger.

1801 El padre de Austen se jubila y la familia se traslada a Bath.

1802 Austen acepta la propuesta de matrimonio de Harris Bigg-Wither, pero cambia de opinión al día siguiente. En Francia, Napoleón es nombrado cónsul vitalicio.

1803 Vende «Susan» por diez libras al editor Crosby, quien no la publica.

1804 Austen escribe la novela inacabada Los Watson. Napoleón es coronado emperador.

1805 Muere el padre de Austen. Batalla de Trafalgar.

1807 Austen se traslada con su madre y su hermana a Southampton.

1809 Austen se traslada con su madre y su hermana a una casa en el pueblo de Chawton, Hampshire, propiedad de su hermano Edward, donde vive el resto de su vida.

1811 Se publica Sentido y sensibilidad. La enfermedad del rey Jorge III hace que el príncipe de Gales sea nombrado príncipe regente.

1813 Se publica Orgullo y prejuicio.

1814 Se publica Mansfield Park.

1815 En diciembre se publica Emma (fechada en 1816) y dedicada, a petición suya, al príncipe regente. Wellington y Blücher vencen a los franceses en la batalla de Waterloo, poniendo así fin a las Guerras napoleónicas.

1816 La salud de Austen empieza a deteriorarse; termina Persuasión. Compra «Susan» a Crosby. Walter Scott escribe una elogiosa reseña de Emma en el Quarterly Review.

1817 De enero a marzo, Austen trabaja en Sanditon. Muere el 18 de julio en Winchester, donde había ido a recibir asistencia médica, y es enterrada en la catedral de Winchester. En diciembre, su hermano Henry supervisa la publicación de La abadía de Northanger y Persuasión (fechadas en 1818), con una reseña biográfica sobre la autora.

Emma

Esta obra está dedicada a su Alteza Real,

el príncipe regente, con el permiso de su Alteza Real

y con el mayor respeto por parte de su fiel, obediente

y humilde servidora, LA AUTORA.

LIBRO PRIMERO

1

Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con un hogar agradable y un temperamento feliz, parecía reunir muchas de las mejores bendiciones de la vida; llevaba viviendo cerca de veintiún años en este mundo sin nada apenas que la agitara o la molestara.

Era la menor de las dos hijas de un padre cariñoso y tolerante, y, a consecuencia del matrimonio de su hermana, llevaba mucho tiempo como señora de la casa de su padre. La madre había muerto también hacía demasiado tiempo como para que ella conservara más que un confuso recuerdo de sus caricias: su lugar había sido ocupado por una institutriz, mujer excelente, a quien le faltaba muy poco del cariño de una madre.

Dieciséis años llevaba la señorita Taylor en la familia del señor Woodhouse, menos como institutriz que como amiga, muy encariñada con las dos hijas, pero especialmente con Emma. Entre ellas había más bien la intimidad de unas hermanas. Aun antes de que la señorita Taylor dejara de ejercer el cargo nominal de institutriz, la bondad de su carácter apenas le consentía imponer ninguna restricción; y ahora que su sombra de autoridad había acabado hacía mucho, vivían juntas como amigas muy unidas, haciendo Emma lo que se le antojaba, con una elevada estimación del juicio de la señorita Taylor, pero guiándose principalmente por el suyo.

En efecto, los verdaderos males de la situación de Emma eran su capacidad de imponer demasiado su voluntad, y su tendencia a pensar demasiado bien de sí misma; esos eran los inconvenientes que amenazaban teñir sus muchas buenas cualidades. Sin embargo, ese peligro era en ese momento tan poco advertido, que de ningún modo tales cosas alcanzaban en ella categoría de desgracias.

Una tristeza sobrevino, una amable tristeza, pero de ningún modo en forma desagradable: la señorita Taylor se casó. La pérdida de la señorita Taylor fue lo primero que le producía dolor. Fue en el día de la boda de esa querida amiga la primera vez que Emma se quedó sentada con tristes reflexiones de larga duración. Pasada la boda y habiéndose ido los invitados de la novia, su padre y ella se quedaron solos para comer, sin perspectiva de nadie más que animara una larga velada. Su padre se preparó para dormir después de la comida, como de costumbre, y a ella no le quedó sino estarse sentada pensando en lo que había perdido.

El acontecimiento prometía toda clase de felicidades para su amiga. El señor Weston era un hombre de carácter irreprochable, suficiente fortuna, edad apropiada y modales agradables; y había cierta satisfacción en considerar con qué abnegada y generosa amistad Emma había deseado siempre y estimulado esa unión; pero fue para ella una mañana negra. La falta de la señorita Taylor se sentiría a cada hora de cada día. Emma recordaba sus pasadas bondades, la amabilidad, el cariño de dieciséis años, cómo le había enseñado y cómo había jugado con ella desde sus cinco años, cómo había dedicado toda su capacidad a unirse a ella y a entretenerla, cuando estaba buena, y cómo la había cuidado en las diversas enfermedades de la niñez. Una amplia deuda de gratitud quedaba ahí como saldo, pero el trato de los últimos siete años, el pie de igualdad y la absoluta falta de reservas que se había establecido muy poco después de la boda de Isabella, al quedarse solas la una para la otra, era un recuerdo aún más querido y más tierno. Había sido una amiga y una compañera como se tenían pocas, inteligente, bien informada, útil, amable, conocedora de las costumbres de la familia, interesada en todos sus asuntos, y especialmente interesada en ella, en todos los placeres y proyectos de Emma; alguien con quien ella podía expresar todos sus pensamientos tal como surgían, y que tenía tanto cariño por ella que jamás la encontraría en falta.

¿Cómo iba a soportar el cambio? Es verdad que su amiga iba a estar solo a media milla de ellos, pero Emma se daba cuenta de que debía de ser grande la diferencia entre una señora Weston a solo media milla de ellos, y una señorita Taylor en la casa; y aun con todas sus cualidades, naturales y cultivadas, estaba en gran peligro de sufrir de soledad intelectual. Quería mucho a su padre, pero él no era un compañero para ella. No podía estar a su nivel en la conversación, ni razonable ni en broma.

El inconveniente de la diferencia efectiva de sus edades (y el señor Woodhouse no se había casado pronto) se aumentaba mucho por su carácter y costumbres; pues habiendo estado delicado de salud toda su vida, sin actividad mental ni corporal, era un hombre mucho más viejo de maneras que de años, y aunque le querían en todas partes, por la amabilidad de su corazón y su temperamento amigable, sus talentos no le podrían haber servido de recomendación en ningún momento.

La hermana de Emma, aunque relativamente poco alejada por su matrimonio, al establecerse en Londres, solo a dieciséis millas, estaba, con mucho, más allá de su alcance cotidiano; y habría que luchar en Hartfield con muchas largas veladas de octubre y noviembre antes que la Navidad trajera la próxima visita de Isabella con su marido y sus niñitos: para llenar la casa y volverle a dar compañía agradable.

Highbury, la amplia y populosa aldea, casi un pueblo, a que pertenecía realmente Hartfield a pesar de la separación de sus prados y sus arbustos y su nombre, no le ofrecía nadie de su categoría. Los Woodhouse eran allí los primeros en importancia. Todos les miraban de abajo arriba. Tenían muchos conocidos en el lugar, pues su padre era cortés con todo el mundo, pero nadie entre ellos que pudiera ser aceptado en lugar de la señorita Taylor ni por medio día. Era un cambio melancólico, y Emma no podía menos de suspirar por ello y desear cosas imposibles, hasta que su padre despertó, haciendo necesario estar de buen humor. El ánimo de él necesitaba apoyo. Era un hombre nervioso, fácilmente deprimido; aficionado a todas las personas a quienes estuviera acostumbrado, y detestando separarse de ellas; enemigo de toda clase de cambios. El matrimonio, como origen de cambios, le era siempre desagradable; no se había reconciliado de ningún modo con que su propia hija se hubiera casado, ni podía hablar nunca de ella sino con compasión, aunque había sido un matrimonio por amor; y ahora estaba obligado a separarse también de la señorita Taylor; y por sus costumbres de amable egoísmo y de no suponer nunca que los demás pudieran sentir algo diferente que él mismo, estaba muy dispuesto a creer que la señorita Taylor había hecho algo tan desgraciado para ella misma como para ellos, y habría sido mucho más feliz si hubiera pasado el resto de su vida en Hartfield. Emma sonrió y charló tan animadamente como pudo para evitarle tales pensamientos, pero, cuando llegó el té, le fue imposible a él no decir exactamente lo mismo que había dicho en la comida:

—¡Pobre señorita Taylor! Ojalá estuviera aquí otra vez. ¡Qué lástima que el señor Weston pensara jamás en ella!

—No puedo estar de acuerdo contigo, papá; ya sabes que no. El señor Weston es un hombre de tan buen humor, tan agradable y excelente que merece de sobra una buena esposa, y ¿querrías que la señorita Taylor hubiera vivido con nosotros para siempre, aguantando todos mis malos humores, cuando podía tener una casa propia?

—¡Una casa propia!, pero ¿dónde está la ventaja de una casa propia? Esta es tres veces mayor. Y tú nunca tienes malos humores, querida mía.

—¡Cuántas veces iremos a verles y ellos vendrán a vernos! ¡Siempre nos estaremos reuniendo! Tenemos que empezar, tenemos que ir muy pronto a hacerles la visita de después de la boda.

—Querida mía, ¿cómo voy a ir yo tan lejos? Randalls está a una buena distancia. Yo no podría andar ni la mitad.

—No, papá, nadie ha pensado que fueras andando. Tenemos que ir en el coche, claro.

—¡El coche! Pero a James no le gustará enganchar los caballos para tan poco camino, ¿y dónde van a estar los pobres caballos mientras hacemos nuestra visita?

—Los pondrán en la cuadra del señor Weston, papá. Ya sabes que eso lo hemos decidido ya. Lo hemos hablado anoche con el señor Weston. Y en cuanto a James, puedes estar muy seguro de que le gustará siempre ir a Randalls, porque su hija está allí de criada. Lo único que dudo es que nos quiera llevar nunca a otra parte. Eso lo hiciste tú, papá. Tú le buscaste a Hannah ese buen sitio. Nadie se acordó de Hannah hasta que tú la recordaste. ¡James te está tan agradecido!

—Me alegro mucho de haber pensado en ella. Fue una gran suerte, porque no me gustaría que el pobre James pensara de ningún modo que se le tenía en menos; y estoy seguro de que ella hará una criada muy buena; es una chica bien educada y bien hablada; tengo muy buena opinión de ella. Siempre que la veo, me hace una reverencia y me pregunta qué tal estoy, de un modo muy bonito; y cuando la llamaste aquí para que hiciera labor, me fijé en que da vuelta al pestillo de la puerta como es debido, sin dar nunca un portazo. Estoy seguro de que hará una criada excelente; y será un gran consuelo para la pobre señorita Taylor tener alrededor a alguien que esté acostumbrada a ver. Siempre que vaya James a ver a su hija, ya sabes, ella tendrá noticias nuestras. Él le podrá decir cómo estamos todos.

Emma no ahorró esfuerzos para mantener ese rumbo más feliz de ideas, y sintió esperanzas, con ayuda del juego del chaquete, de hacer que su padre superara decentemente la velada, sin ser atacada por más tristes sentimientos que los suyos propios. Se puso la mesa del chaquete, pero inmediatamente después entró un visitante y lo hizo innecesario.

El señor Knightley, hombre muy sensato, de unos treinta y siete o treinta y ocho años, era no solo un amigo muy antiguo y muy íntimo de la familia, sino especialmente relacionado con ella por ser el hermano mayor del marido de Isabella. Vivía como a una milla de Highbury, venía a menudo de visita y siempre era bienvenido, y esta vez más que de costumbre, por venir derecho de ver a sus comunes familiares de Londres. Había comido tarde, después de regresar tras unos días de ausencia, y ahora había llegado a pie hasta Hartfield a contar que todos estaban bien en Brunswick Square. Era una circunstancia feliz y animó al señor Woodhouse durante algún tiempo. El señor Knightley tenía unos modales de buen humor que le sentaban muy bien, y las muchas preguntas sobre la «pobre Isabella» y los niños obtuvieron respuestas muy satisfactorias. Esto terminado, el señor Woodhouse observó, con gratitud:

—Es mucha bondad suya, señor Knightley, venir tan tarde a visitarnos. Me temo que ha debido de tener un paseo desagradable.

—Nada de eso, señor Woodhouse. Hace una hermosa noche de luna, y tan templada que me tengo que apartar de su gran fuego.

—Pero ha debido de encontrarlo todo muy húmedo y embarrado. Ojalá no se haya resfriado.

—¡Embarrado! Mire mis zapatos. Ni una mota hay en ellos.

—¡Bueno!, es sorprendente, porque hemos tenido mucha lluvia aquí. Ha llovido terriblemente fuerte durante media hora, mientras estábamos desayunando. Yo quería que aplazaran la boda.

—A propósito… no les he felicitado a ustedes. Dándome mucha cuenta de qué clase de alegría deben de sentir los dos, no he sentido mucha prisa en felicitarles. Pero espero que todo haya salido bastante bien. ¿Cómo se portaron todos ustedes? ¿Quién lloró más?

—¡Ah! ¡Esa pobre señorita Taylor! Es un triste asunto.

—Pobres señor y señorita Woodhouse, si no les parece mal, pero de ningún modo puedo decir «pobre señorita Taylor». Siento una gran estimación por usted y por Emma, pero ¡cuando se trata de la cuestión de la dependencia o la independencia! En todo caso, debe de ser mejor tener solo uno a quien complacer, que dos.

—¡Especialmente cuando uno de esos dos es un ser tan caprichoso y enredoso! —dijo Emma, en tono de broma—. En eso es en lo que piensa, ya lo sé… y eso es lo que diría sin duda si no estuviera mi padre delante.

—Creo que es verdad, querida mía, en efecto —dijo el señor Woodhouse con un suspiro—. Me temo que a veces soy muy caprichoso y enredoso.

—¡Pero, queridís ...