Loading...

ESCUELA DE BELLEZA EN KABUL

Rodríguez, Deborah

0


Fragmento

Capítulo

1

Las mujeres llegan al salón justo antes de las ocho de la mañana. De haber sido un día normal y corriente, seguiría en la cama, intentando aprovechar unos minutos adicionales de sueño. Posiblemente estaría maldiciendo al gallo de los vecinos por haberme despertado otra vez al amanecer. Seguramente seguiría incluso quejándome de los verduleros que bajan por la calle a las tres de la mañana con sus ruidosos carromatos tirados por caballos, o del mulá del barrio, que entona su lastimera llamada a la oración a las cuatro y media. Pero hoy se celebra la fiesta de compromiso de Roshanna, de modo que estoy vestida y lista para ponerme a trabajar. Me he fumado ya cuatro cigarrillos y he tomado dos tazas de café instantáneo que he tenido que prepararme yo porque la cocinera no ha llegado todavía. Una prueba más difícil de superar de lo que cabría imaginarse, pues apenas si he aprendido a poner el agua a hervir en Afganistán. Cuando tengo que hacerlo sola, acerco poco a poco una cerilla de madera a cada uno de los quemadores de la estrambótica cocina de gas y voy encendiendo y apagando todos los mandos hasta que acaba prendiendo la llama en uno de los quemadores. Entonces coloco sobre él un cazo con agua y rezo para que la ebullición mate a todas las bacterias que ese día puedan estar flotando en el agua de Kabul.

La suegra es la primera en llegar al salón e intercambiamos el tradicional saludo afgano de bienvenida: nos damos un apretón de manos y luego tres besos en la mejilla. Roshanna aparece tras ella, un diminuto y torpe fantasma azul vestido con el tradicional burka que la cubre por completo de los pies a la cabeza y con sólo un pequeño pedacito de redecilla que le permite ver por dónde pisa. Pero la redecilla está torcida, le queda a la altura de la nariz, y tropieza con el umbral de la puerta. Ríe y agita los brazos en el interior del ondulado tejido mientras dos de sus cuñadas le ayudan a cruzar la puerta. Una vez dentro, Roshanna se quita enseguida el burka, lo dobla y lo deja encima de uno de los secadores.

—Ha sido como volver a la época de los talibanes —exclama, pues no había vuelto a utilizar el burka desde que los talibanes fueron expulsados de Kabul en otoño de 2001. Roshanna suele llevar prendas que cose ella misma: shalwar kameezes[1] de vivos colores o saris en tonos orquídea y melocotón, verde lima y azul pavo real. Roshanna destaca en la suciedad gris y polvorienta de Kabul como una mariposa; destaca incluso también entre las demás mujeres que pasean por las calles vestidas mayoritariamente con prendas oscuras y de tonos apagados. Pero hoy ha decidido observar el comportamiento tradicional de la novia el día de su fiesta de compromiso o de su boda. Ha salido de casa de sus padres cubierta con el burka y saldrá del salón seis horas después cargada de sombra de ojos, con unas pestañas postizas del tamaño de un gorrión, el cabello peinado en un monumental recogido y vestida con prendas más vistosas que una noria. En Estados Unidos, mucha gente asociaría un aspecto semejante con las drag queens que mariposean de un lado a otro en una fiesta temática dedicada a las promociones universitarias de la década de 1950. Aquí en Afganistán, por razones que sigo sin comprender, ese aspecto transmite el halo de misterio de la mujer virgen.

La cocinera llega justo detrás de todas ellas murmurando que enseguida preparará el té, y Topekai, Baseera y Bahar, las demás peluqueras, entran corriendo en el salón y se quitan el pañuelo que les cubre la cabeza. Empezamos entonces la alegre, chismosa y complicada tarea de transformar a Roshanna, de veinte años de edad, en una novia afgana tradicional. La mayoría de salones de belleza cobrarían hasta doscientos cincuenta dólares (cerca de la mitad de los ingresos anuales de un afgano medio) sólo por el servicio que realizan a la novia. Pero yo no sólo soy la antigua maestra de Roshanna, sino que además soy su mejor amiga, aun siendo más de veinte años mayor que ella. Es mi primera y mejor amiga en Afganistán. La quiero con locura, de modo que los servicios que le preste serán uno más de los diversos regalos que tengo para ella.

Empezamos con las partes de Roshanna que nadie, excepto su esposo, verá esta noche. Los afganos tradicionales consideran el vello corporal tanto feo como sucio, de modo que tiene que librarse por completo de él, exceptuando su larga y sedosa melena castaña y el pelo de las cejas. En brazos, axilas, cara o zonas íntimas no puede quedar ni un pelo. Su cuerpo tiene que estar tan suave y desprovisto de pelo como el de una niña impúber. Acompañamos a Roshanna por el pasillo hasta la estancia dedicada a la depilación a la cera (la única que existe en Afganistán, debería añadir), y ella se tiende en la camilla con una mueca.

—Podrías habértelo hecho tú misma en casa —le digo bromeando, y las demás ríen. Muchas novias son demasiado tímidas o tienen demasiado miedo como para dejarse depilar el vello púbico en un salón de belleza, de modo que lo hacen en casa (tirando de él a mano o arrancándolo con chicle). Sea cual sea el método empleado, el proceso resulta siempre terriblemente doloroso. Además, cuando se lo hace una misma, y aun siendo una de las pocas mujeres de este país poseedora de un espejo de tamaño grande, como es el caso de Roshanna, es difícil conseguir un depilado brasileño completo y arrancar totalmente el vello íntimo, tanto por delante como por detrás.

—Al menos sabes que tu marido debe de estar en alguna parte haciendo también lo mismo —dice Topekai, mirando de reojo. Mis chicas ríen al oír esta referencia a la atención que el novio debe prestar hoy a su cuerpo desnudo. También él tiene que eliminar todo su vello corporal.

—¡Pero él sólo tiene que afeitárselo! —se queja Roshanna, y al instante se sonroja y baja la vista. Sé que en presencia de su suegra no quiere mostrarse crítica respecto a su nuevo esposo, a quien no conoce todavía. No quiere dar a la mujer ningún motivo para que pueda encontrarle defectos, y cuando Roshanna vuelve a levantar la vista, me sonríe con cierta ansiedad.

Pero aparentemente la suegra no la ha oído. Se ha quedado cotilleando en la puerta con una de sus hijas. Cuando presta de nuevo atención a lo que sucede en la sala de depilación, mira a Roshanna con expresión de orgullo y propiedad.

La suegra eligió a Roshanna para su hijo hace algo más de un año, en otoño de 2003, después de que Roshanna acabara sus estudios como miembro de la primera promoción de la Escuela de Belleza de Kabul e inaugurara su propio salón de belleza. La mujer era una prima lejana que había ido al salón a hacerse una permanente. Al instante sintió admiración por aquella preciosa y arrojada chica con tantos recursos que había estado manteniendo a sus padres y al resto de la familia desde que escaparon a Pakistán huyendo de los talibanes. Nada más salir del salón de Roshanna, empezó a preguntar más detalles sobre la chica. Y lo que oyó fue de su agrado.

El padre de Roshanna era médico y la familia había llevado una vida privilegiada hasta su huida a Pakistán, en 1998. Allí no obtuvo el permiso necesario para practicar la medicina, la típica historia de cientos de refugiados, y tuvo que ponerse a trabajar como limpiabotas. Cuando regresó a Kabul, su salud estaba tan resentida que no pudo volver a ejercer la medicina. Aun así, siguió ejerciendo incondicionalmente sus deberes paternales, escoltando a Roshanna a todas partes para protegerla. La suegra no había detectado ningún atisbo de escándalo en torno a Roshanna, excepto, tal vez, su amistad conmigo. Pero ni siquiera esto la desanimó, pues las mujeres extranjeras no están sujetas a los rigurosos estándares de las afganas. Somos como de otro género, capaces de ir de acá para allá entre los dos universos aislados de los hombres y las mujeres; cuando hacemos algo escandaloso, como estrecharle la mano a un hombre, se convierte normalmente en un escándalo perdonable y predecible. Incluso era posible que la suegra me hubiese considerado más bien como un activo, una conexión con la riqueza y el poder de Estados Unidos, ya que prácticamente todos los afganos dan por sentado que los norteamericanos somos ricos. Y lo somos, todos, al menos en un sentido material. En cualquier caso, la suegra estaba decidida a asegurarse a Roshanna como primera esposa de su hijo mayor, un ingeniero que vivía en Ámsterdam. Una situación que no tenía nada de atípica. En Afganistán, los primeros matrimonios son en su mayoría concertados, y normalmente recae en la madre del hombre la responsabilidad de seleccionar para él a la chica adecuada. Más adelante, él puede tomar una segunda esposa, o incluso una tercera, pero ese primer cordero virginal pertenece casi tanto a la madre como a él.

Me doy cuenta de que Roshanna titubea ante la mirada de su suegra y hago salir de la sala de depilación a todas las demás mujeres.

—¿Qué le parecería hacerse hoy unos reflejos? —le pregunto a la suegra—. Mis chicas hacen las mechas mejor que cualquier peluquera que pueda encontrar entre aquí y Nueva York.

—¿Mejor que en Dubai? —pregunta la suegra.

—Mejor que en Dubai —le confirmo—. Y mucho más barato.

De nuevo en la principal estancia del salón, me aseguro de que las cortinas estén bien corridas para que ningún hombre que pase por la calle pueda asomar la cabeza y ver a las mujeres con la cabeza descubierta. Ése es el tipo de cosa que podría provocar la clausura tanto de mi salón como de la Escuela de Belleza de Kabul. Enciendo velas para poder apagar las luces del techo. Con toda la electricidad que se necesita para que funcionen la máquina que funde la cera, las lámparas faciales, los secadores y los demás electrodomésticos del salón, no quiero que salten los plomos. Pongo un CD de villancicos. Es el único que encuentro y, de todos modos, ellas no conocen la diferencia. Instalo entonces a la suegra y a las demás integrantes de la comitiva nupcial en sus respectivos lugares, una para hacerse la manicura, otra para la pedicura y otr

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta