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FIN DE GUARDIA (TRILOGíA BILL HODGES 3)

Stephen King

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Fragmento

10 DE ABRIL DE 2009

MARTINE STOVER

La hora más oscura es la que precede al alba.

A Rob Martin le vino esta máxima a la cabeza al volante de la ambulancia, mientras avanzaba lentamente por Upper Marlborough Street camino de la base, el Cuartel de Bomberos número 3. Se dijo que quienquiera que la formulara desde luego había dado en el clavo, porque estaba más oscuro que el culo de una marmota y no faltaba mucho para que amaneciera.

Aunque el día, cuando por fin despuntase, no iba a ser gran cosa; amanecería con resaca, por así decirlo. Se había levantado una niebla densa, cargada con el olor del cercano Gran Lago, en realidad no tan grande. Y para hacerlo todavía más divertido caía una llovizna tenue y fría. Rob cambió el limpiaparabrisas de intermitente a lento. No mucho más adelante surgieron de la negrura dos arcos amarillos inconfundibles.

—¡Las tetas doradas de América! —exclamó Jason Rapsis en el asiento del copiloto. Rob había trabajado con muchos sanitarios durante los quince años que llevaba en Urgencias, y Jace Rapsis era el mejor: de trato fácil cuando no pasaba nada, inalterable y concienzudo cuando ocurría todo al mismo tiempo—. ¡Nos darán de comer! ¡Alabado sea el capitalismo! ¡Para, para!

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—¿Seguro? —preguntó Rob—. ¿Después de la demostración práctica de lo que puede hacerte esa mierda que acabamos de ver?

Volvían de un servicio en una de las McMansiones de Sugar Heights, donde un tal Harvey Galen había telefoneado a Urgencias quejándose de unos dolores atroces en el pecho. Lo encontraron tumbado en el sofá de lo que los ricos sin duda llamaban «el gran salón», como una ballena varada con pijama de seda azul. Su mujer daba vueltas en torno a él, convencida de que estiraría la pata de un momento a otro.

—¡McDonald’s, McDonald’s! —entonó Jason brincando en su asiento. El profesional serio y competente que acababa de tomar las constantes vitales al señor Galen (mientras Rob, justo a su lado, sostenía el maletín de primeros auxilios con el equipo para las maniobras de respiración y los fármacos para el corazón) había desaparecido. Con el flequillo rubio delante de los ojos, Jason parecía un crío de catorce años demasiado grande para su edad—. ¡Te digo que pares!

Rob paró. A él tampoco le vendría mal plantarse ante un McMuffin de salchicha, acompañado quizá de una de aquellas cosas de patata y cebolla que parecían lenguas de búfalo al horno.

Había varios coches en el carril de la ventanilla de autoservicio. Rob se situó al final de la cola.

—Además, lo de ese hombre tampoco era un infarto en toda regla —dijo Jason—. Solo ha sido una sobredosis de comida mexicana. Se ha negado a que lo llevásemos al hospital, ¿no?

Así era. Después de unos eructos vigorosos y un trombonazo por la retaguardia que hizo que su mujer, esquelética y mundana, saliera huyendo a la cocina, el señor Galen se incorporó, anunció que se encontraba mucho mejor y dijo que no, que no veía la necesidad de que lo trasladasen al Kiner Memorial. Una vez que hubo recitado todo lo que había engullido la noche anterior en el Tijuana Rose, Rob y Jason tampoco lo consideraron oportuno. Su pulso era fuerte, y si bien la presión arterial daba mala espina, probablemente la tenía así de alta desde hacía años, y en ese momento permanecía estable. El desfibrilador externo automático no llegó a salir de la bolsa de lona.

—Quiero dos McMuffins con huevo y dos croquetas de patata y cebolla —dijo Jason—. Café solo. Pensándolo mejor, que sean tres croquetas.

Rob no podía quitarse a Galen de la cabeza.

—Esta vez ha sido una indigestión, pero no tardará en sufrir uno de verdad. Infarto fulminante. ¿Cuánto dirías que pesaba? ¿Ciento treinta? ¿Ciento sesenta?

—Ciento cuarenta y cinco, mínimo —contestó Jason—, y no sigas con eso; vas a amargarme el desayuno.

Rob extendió el brazo y abarcó los Arcos Dorados que se elevaban de la niebla procedente del lago.

—La mitad de los problemas de Estados Unidos vienen de este sitio y de todos los nidos de grasa que se le parecen. Como profesional de la medicina que eres, estoy seguro de que lo sabes. Eso que vas a pedir… Vamos, tío, novecientas calorías tirando por lo bajo. Suma la salchicha a los McMuffins con huevo y te plantas en mil trescientas, poco más o menos.

—¿Y tú qué piensas tomar, Doctor Salud?

—Un McMuffin de salchicha. Puede que dos.

Jason le dio una palmada en el hombro.

—¡Así se habla!

La cola avanzó. Estaban a dos coches de la ventanilla cuando, bajo el ordenador integrado en el salpicadero, la radio sonó a todo volumen. Por lo general, los operadores de la centralita se mostraban flemáticos, pausados y serenos, pero esa voz en particular parecía la de una locutora a la que se le hubiera ido la mano con el Red Bull.

—¡A todas las ambulancias y todos los vehículos de bomberos! ¡Tenemos un INV! ¡Repito: INV! ¡Esto es un aviso de máxima prioridad para las ambulancias y los vehículos de bomberos!

INV: las siglas de Incidente con Numerosas Víctimas. Rob y Jason intercambiaron miradas. Accidente de avión, accidente de tren, explosión o atentado terrorista. Era una de esas cuatro posibilidades casi seguro.

—Ubicación: Centro Cívico de Marlborough Street. Repito: Centro Cívico de Marlborough. Insisto: se trata de un INV, probablemente con múltiples víctimas mortales. Extremen las precauciones.

Rob Martin sintió un nudo en el estómago. Nadie advertía de la necesidad de cautela cuando el destino era el escenario de un accidente o una explosión de gas. Solo cabía, pues, un atentado terrorista, y tal vez siguiera en marcha.

La operadora había reiniciado la comunicación. Jason encendió las luces y la sirena mientras Rob giraba el volante y, rozando el parachoques del coche de delante, incorporaba la ambulancia, una Freightliner, al carril que bordeaba la hamburguesería. Se hallaban a apenas nueve manzanas del Centro Cívico, pero como Al Qaeda estuviese tiroteando el recinto con Kalashnikovs, lo único con lo que podrían devolver el fuego era su fiel desfibrilador externo.

Jason cogió el micro.

—Recibido, centralita, aquí la veintitrés, del Cuartel Tres. Tiempo estimado de llegada: seis minutos.

Otras sirenas se oían ya desde distintas partes de la ciudad, pero, a juzgar por el sonido, Rob dedujo que ellos eran los que más cerca se hallaban del lugar de los hechos. Empezaba a filtrarse en el aire una claridad del color del hierro fundido, y cuando abandonaban el McDonald’s y accedían a Upper Marlborough, un coche gris se perfiló en la niebla gris, un sedán grande con una abolladura en el capó y la calandra muy oxidada. Los faros de alta intensidad, con las largas puestas, los enfocaron de frente por un momento. Rob tocó el doble claxon y viró. El coche —parecía un Mercedes, aunque no estaba seguro— volvió a su carril de un volantazo y enseguida se redujo a unas luces de posición que se perdían en la niebla.

—Dios, qué poco ha faltado —dijo Jason—. ¿No habrás visto la matrícula?

—No. —A Rob le palpitaba el corazón con tanta fuerza que se notaba el pulso a ambos lados del cuello—. Estaba ocupado intentando salvarnos la vida. Oye, ¿cómo es posible que haya múltiples víctimas en el Centro Cívico? Si a estas horas aún están poniendo las calles. Tiene que estar cerrado.

—A lo mejor ha sido un accidente de autobús.

—Prueba con otra cosa. Los autobuses no empiezan a circular hasta las seis.

Sirenas. Las sirenas convergían por todas partes como señales luminosas en la pantalla de un radar. Un coche patrulla los adelantó a toda velocidad, pero, que Rob viera, aún llevaban ventaja al resto de las ambulancias y los camiones de bomberos.

Lo que nos da la oportunidad de ser los primeros en caer cuando algún árabe loco dispare o detone una bomba al grito de Allahu akbar, pensó. Qué suerte la nuestra.

Pero el trabajo era el trabajo, así que dobló en la empinada cuesta que conducía a los edificios principales de la administración municipal y el monstruoso auditorio en el que había votado hasta que se mudó a las afueras.

—¡Frena! —exclamó Jason—. ¡Jesús, joder, Robbie, FRENA!

Decenas de personas emergían de la niebla en su dirección. Algunas se precipitaban prácticamente sin control debido a la pronunciada pendiente; había quien gritaba. Un hombre cayó, rodó por el suelo, logró levantarse y siguió adelante a toda prisa con el faldón de la camisa rasgado y ondeando por debajo de la chaqueta. Rob vio a una mujer con las medias hechas jirones, las espinillas ensangrentadas y un solo zapato. Llevado por el pánico, frenó. El morro de la ambulancia se hundió y todo lo que no estaba asegurado salió despedido. Medicamentos, botellas de suero intravenoso y paquetes de agujas hipodérmicas de un armario que había quedado abierto —una infracción del protocolo— se convirtieron en proyectiles. La camilla, que no habían tenido que utilizar con el señor Galen, rebotó contra un lateral. Un estetoscopio atravesó la ventanilla del panel divisorio, se estrelló contra el parabrisas y fue a caer en la consola central.

—Avanza despacio —instó Jason—. Despacio, ¿vale? No empeoremos las cosas.

Rob acarició el acelerador y continuó ascendiendo, al paso. Seguía acercándose gente, centenares, al parecer. Algunos sangraban, y si bien la mayoría no tenían heridas visibles, todos estaban aterrorizados. Jason bajó la ventanilla y se asomó.

—¿Qué pasa? ¿Alguien puede explicarme qué pasa?

Se aproximó un hombre jadeante, con la cara roja.

—Ha sido un coche. Ha arremetido contra la multitud como una segadora. Ese puto energúmeno no me ha dado de milagro. No sé a cuántos se ha llevado por delante. Entre los postes que han puesto para organizar la cola, estábamos como cerdos en una pocilga. Lo ha hecho adrede, y están todos ahí tirados como… como… Dios santo, como muñecos llenos de sangre. He visto al menos cuatro muertos. Tiene que haber más.

El tipo empezaba a alejarse, ya sin correr, una vez atenuado el efecto de la adrenalina, cuando Jason se desabrochó el cinturón de seguridad y se asomó de nuevo para preguntarle a voz en cuello:

—¿Ha visto de qué color era? ¿El coche?

El hombre se dio la vuelta, pálido y ojeroso.

—Gris. Era un coche muy grande y gris.

Jason volvió a acomodarse en el asiento y miró a Rob. Ninguno de los dos tuvo que decirlo en voz alta: era el que habían esquivado al salir del McDonald’s. Y estaba claro que la mancha de la calandra no era óxido.

—Sigue, Robbie. Ya nos ocuparemos luego del desastre de ahí atrás. Tú llega arriba sin atropellar a nadie, ¿vale?

—De acuerdo.

Para cuando Rob alcanzó el aparcamiento, ya remitía el pánico. Algunas personas se marchaban despacio; otras intentaban ayudar a los que habían sido arrollados por el coche gris; unas cuantas, los gilipollas presentes en toda multitud, tomaban fotos o vídeos con los móviles. Con la esperanza de que las imágenes se hicieran virales en YouTube, supuso Rob. En el asfalto había postes cromados caídos con cinta amarilla de PROHIBIDO EL PASO prendida.

El coche patrulla que los había adelantado se había detenido cerca del edificio, junto a un saco de dormir del que asomaba una mano blanca y delgada. Un hombre yacía desmadejado encima del saco, en medio de un charco de sangre que iba creciendo. El agente hizo señas a la ambulancia para que pasara y, al resplandor azul de las luces del coche patrulla, dio la impresión de que movía el brazo espasmódicamente.

Rob cogió el terminal de datos portátil y se apeó mientras Jason corría a la parte de atrás de la ambulancia para salir con el maletín de primeros auxilios y el desfibrilador externo. Seguía clareando, de modo que Rob pudo leer el cartel que ondeaba sobre la entrada principal del auditorio: ¡1.000 EMPLEOS GARANTIZADOS! ¡No abandonamos a las personas de nuestra ciudad! RALPH KINSLER, ALCALDE.

Vale, eso explicaba qué hacía tanta gente allí, y tan temprano. Una feria de empleo. Desde el año anterior, cuando la economía había sufrido su propio infarto fulminante, corrían tiempos difíciles en todas partes, pero en especial en esa pequeña ciudad a orillas del lago, donde la sangría de puestos de trabajo ya había comenzado a finales del siglo anterior.

Rob y Jason se encaminaron hacia el saco de dormir, pero el agente negó con la cabeza. Estaba pálido.

—Este hombre y las dos personas que hay dentro del saco están muertos. Su mujer y su hijo, supongo. Imagino que estaba intentando protegerlos. —Emitió un breve sonido gutural, a medio camino entre el eructo y la arcada, y se tapó la boca con la mano. Enseguida la retiró y señaló con el dedo—. Puede que esa mujer siga con vida.

La mujer en cuestión yacía de espaldas, con las piernas torcidas en un ángulo que indicaba traumatismos graves. En la entrepierna del elegante pantalón beige se evidenciaba una mancha oscura de orina. Tenía el rostro —lo que quedaba de él— embadurnado de grasa. Había perdido parte de la nariz y casi todo el labio superior. Sus dientes, de bonitas fundas, quedaban al descubierto en una mueca exánime. También tenía desgarrados el abrigo y la mitad del jersey, de cuello cisne. En el cuello y el hombro comenzaban a aflorar grandes hematomas oscuros.

El puto coche le ha pasado por encima, pensó Rob. La había aplastado como a una ardilla. Jason y él se arrodillaron a su lado al tiempo que se ponían los guantes ...