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FUEGO, HIERRO Y SANGRE

Theodore Brun

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Fragmento

Prólogo

Prólogo

La carcajada ascendió por su garganta, alegre y salvaje.

A su alrededor, el rocío del atardecer se pulverizaba en gotas de plata mientras sus piernas agitaban los helechos.

Miró hacia atrás.

A lo lejos languidecía el más veloz de sus compañeros. Los había dejado a todos atrás, exhaustos. Ahora no eran más que pequeñas sombras corriendo entre los árboles.

Continuó hacia delante, con los muslos ardiendo por el esfuerzo. Se sentía vivo. A su lado corría su adorado perro de caza. El animal tenía solo un ojo; quizá la mitad de la visión de otros perros, pero el doble de corazón.

Hasta el momento la caza había sido escasa: un par de zorros y un ciervo era todo lo que tenían después de una larga jornada. Pero esto iba a convertirlo en un día que merecería ser recordado.

Por delante de él, la bestia huía a través de la maleza. Un venado magnífico, coronado con enormes astas de una docena de puntas.

El rey del bosque.

«Y un premio digno del hijo de un rey», pensó el joven, sin aliento. Los dioses sabían que hacía tiempo que no se celebraba un festín en la mesa de su padre. ¡Si consiguiera una buena línea de tiro! Lo único que necesitaba era una oportunidad.

De repente, ahí la tenía.

Se paró. Su perro se detuvo a su lado.

El viento había cesado, el aire estaba ahora quieto como si todo hubiera muerto. El venado, a menos de cincuenta pasos de distancia, resollaba contra el suelo presa del pánico. El príncipe se sorbió la nariz con satisfacción. Había supuesto que conseguiría su oportunidad. Con aquella cornamenta, el animal no iba a llegar muy lejos.

El único ojo del perro lo miraba fijamente, con lealtad, paciente como siempre. El príncipe le hizo un guiño como gesto de buena suerte.

Con sigilo, preparó una flecha y se deslizó un poco a la derecha para tener un mejor ángulo de disparo. El perro le imitó, cauto como un fantasma. Delante, el venado había encontrado unos arándanos y los estaba mordisqueando. La luz estaba menguando. Aquel sería su último disparo del día. El último, y el mejor.

Calmó el ritmo de su corazón, estiró la cuerda del arco, inhaló y contuvo la respiración.

«Solo... uno... más...»

De pronto, la cabeza del animal se alzó. Durante un efímero instante, sus ojos atravesaron la penumbra. La punta de la flecha del príncipe osciló arriba y abajo. Y por un segundo se le heló la sangre.

El venado tenía ojos de hombre.

Sin duda había sido una ilusión. Pero antes de que pudiera mirar de nuevo, la bestia arremetió hacia él.

Dio un paso atrás. Solo un paso, pero lo bastante para perder la concentración. Podía disparar a un objetivo móvil, pero los venados deberían huir de sus perseguidores, no correr hacia ellos.

El perro gruñó mientras la mente de su amo flirteaba con la empuñadura de la espada. Pero no había tiempo. El venado avanzaba recto hacia él, y sus músculos se ondulaban bajo su piel.

Volvió a alzar la punta de la flecha, fijó su objetivo, percibió el poder de su arco. Un disparo.

De repente, el venado hizo un viraje brusco y cruzó su campo de visión. El príncipe echó un vistazo a su flanco, giró su arma concediéndole al animal algo de ventaja.

Y soltó la cuerda.

La flecha voló como un cometa. Pero en el último instante el venado giró a la izquierda. La punta rozó sus cuartos traseros, pero no se clavó y la flecha siguió su vuelo hasta perderse en la oscuridad. El animal lanzó un bramido de protesta y cargó. El arco parecía ahora terriblemente vacío. El joven retrocedió, con el pánico creciendo en su interior, pero trastabilló y se precipitó al suelo.

Un golpe sordo de hueso contra madera. Su cabeza explotó de dolor mientras se desplomaba contra el tronco, solo para ver que el animal agachaba su matojo de cuernos. Apenas tuvo tiempo de gemir antes de que la cornamenta le golpease. Gritó, con el dolor extendiéndose por todo su torso como una marea ardiente. Percibió el sabor de la sangre. El perro estaba ladrando.

«Haz algo», suplicó en su mente. Pero, por una vez, su fiel amigo le falló. El joven yacía estupefacto. Sangrando.

Muriendo.

El venado retrocedió con lentitud, como si considerase la posibilidad de arremeter de nuevo. Pero, por el momento, se mantuvo apartado. En lugar de atacar, estiró el cuello para contemplarlo de cerca, lanzando su cálido aliento contra la cara del príncipe.

Gruñó. Sentía su cuerpo en llamas. Y entonces vio otra vez aquellos ojos. El mismo terror de antes se apoderó de él, y mientras observaba a través de una neblina causada por el dolor, le pareció que el animal se transformaba. Su poderoso lomo se contrajo, las patas adquirieron volumen y longitud. El pelaje se marchitó, volviéndose firme y suave. El hocico se desvaneció. Solo los ojos permanecieron igual.

Sin hacer el menor ruido, la criatura se echó hacia atrás. El perro dejó escapar un gañido y se escabulló en la penumbra. El corazón del príncipe latía agitado. No podía creer lo que le mostraban sus ojos. Y, sin embargo, tenía que hacerlo. No había posibilidad de error.

El venado se había transformado en un hombre.

La figura estaba frente a él, su cuerpo desnudo manchado de suciedad, con un reguero de sangre cayendo de su hombro. En su mano aferraba un trozo de la cornamenta, cuyas puntas estaban ensangrentadas.

El príncipe sintió que sus entrañas se licuaban. Aquello no era real. No podía serlo. Era el material de las viejas canciones.

«El material de las pesadillas.»

La figura se estremeció por un escalofrío y, entonces, lentamente, se inclinó hacia delante. El príncipe se puso rígido de horror al reconocerlo:

—¡Tú!

El destello de una sonrisa recorrió los labios blancos y fríos. Luego una mano se cerró en torno a su garganta. Tosió, y sintió que la sangre salpicaba sus labios. Aquello no era como se suponía que había de ser. Él era el hijo de un rey, heredero del reino. Pero el cambiaformas se limitó a gruñir y le clavó el cuerno en el estómago, hundiéndolo hasta el fondo.

Sintió que el hueso giraba. Percibió el hedor de sus propias entrañas. Trató de apartar al hombre, pero sus brazos no le respondieron.

Oyó voces, pisadas sobre la maleza. Intentó gritar, pero lo único que brotó de su garganta fue un quejido deformado.

—Silencio. —La voz sonó fría como el invierno. Una mano le tapó la boca. Su corazón golpeaba contra sus costillas como una mula. Los sonidos se hicieron más débiles. Sus párpados se cerraron.

Y entonces ya no oyó nada más.

Primera parte. Hijo elegido

PRIMERA PARTE

HIJO ELEGIDO

Capítulo 1

1

Cuatro meses antes, en la lejana tierra de los jutos, la alquería de Vendlagard era un torbellino de excitación. Eran los últimos y ajetreados días anteriores a la Fiesta de los Juramentos.

Los gansos aleteaban y las gallinas chillaban perseguidos por todo el corral por esclavos de barbillas peludas. Las mujeres, con los brazos sumergidos hasta las axilas en cubos rebosantes de espuma, limpiaban sus mejores galas: hermosos vestidos de lana cosida a mano, cintas de seda para el pelo o costosos chales con los que adornarse para las fiestas. Las espadas, pulidas como si fueran espejos por los criados de los guerreros, proyectaban destellos de luz que bailaban por todas partes. Todos querían lucir su mejor aspecto.

A los chicos y chicas se les encargó recoger flores y hiedra de los bosques, y brezo que crecía salvaje en el páramo que había al oeste. Los más pequeños chillaban de felicidad por el corral, esparciendo hojas a su paso.

No pasó mucho antes de que el salón de Vendlagard fuese un estallido de color, con sus columnas oscuras engalanadas con flores rojas y azules, blancas y amarillas, pero los rostros grabados en el hastial mantenían su aspecto de enfado, pese a los colores que jugaban cerca de sus orejas.

Llevaban esperando aquel día desde hacía mucho. En diecinueve años de servicio, Tolla había visto a muchos jóvenes frente a su señor realizando sus juramentos delante de sus familiares. Tan solo unos muchachos, todos ellos. Algunos aún vivían, muchos otros habían caído. Así eran las cosas. El Dios Supremo hacía su elección, y no había nada que nadie pudiera hacer al respecto.

Pero esa noche era especial. Esa noche era el turno de Hakan de realizar sus juramentos y comprometer su sangre y su hierro a su señor padre. Tolla sintió una punzada de orgullo. Después de todo, ¿acaso no amaba ella a Hakan como si fuera suyo? Quizás incluso más que eso.

Y ahora todos los miembros de la familia Vendling vendrían, y también muchos miembros de otras familias de jutos, para verle convertido en un hombre. La noticia había llegado a todos los rincones de Jutlandia. El hogar de lord Haldan rebosaría de felicidad. No quedaría un asiento libre.

«Y ya ha pasado el mediodía.»

La idea le hizo sentirse de repente enferma. Faltaba muy poco para que llegasen los primeros invitados y todavía quedaba mucho por hacer.

¿Dónde estaba Inga? La joven prima de Hakan era voluble como una golondrina. Siempre la tenías encima cuando querías perderla de vista, y nunca podías encontrarla cuando había alguna tarea que hacer.

—¡Einna! —gritó a la escuálida doncella que transportaba a toda prisa un cubo de leche por el patio—. ¿Has visto a esa condenada de Inga?

—También a mí me gustaría ponerle las manos encima —repuso la chica, con las mejillas coloradas—. Me prometió que haría la mitad de mis tareas y no le he visto el pelo en toda la mañana.

El maestro de lanzas de lord Haldan pasó a su lado dando grandes zancadas.

—No habrás visto tú a Inga, ¿verdad, Garik?

—Mira en los establos. Apostaría mi mano a que se ha ido con Sorvind. Y que Hakan está con ella.

La mayoría de las veces aquella era una apuesta casi segura, pero Tolla acababa de pasar por los establos y el adorado semental de Inga estaba amarrado allí.

—Esa se cree que es demasiado importante para rebajarse a hacer el trabajo duro —dijo Einna, dejando el cubo de leche y apartándose el alborotado pelo de la cara.

—Solo necesita que la domestique el tipo adecuado. —Sonrió Garik, pasándose la lengua por un diente mellado—. Sea cual sea vuestra sangre, siempre ocurre igual con todas vosotras.

—Sigue tu camino, bruto lascivo —le espetó Tolla, dedicándole un gesto para que se largase—. Y ten cuidado con hablar así de un miembro de la familia de lord Haldan. Especialmente hoy.

Garik le guiñó un ojo.

—Todas tienen que aprenderlo tarde o temprano, querida —dijo con una carcajada, y se alejó con pasos airados.

«Tal vez —pensó Tolla—. Pero no Inga. Aún no.»

¿Dónde demonios se había metido esa chica?

—Van a descubrirlo —se rio Inga, haciendo aún fingidos esfuerzos para repeler las insistentes manos de Hakan.

—¡Nunca! —Se rio también Hakan—. Ni siquiera encontrarían una aguja aunque se les clavase en el ojo. —La empujó contra el árbol. El aroma dulce y pegajoso del pino se mezclaba con el aire salado del mar. Esta vez ella cedió, y levantó la mirada hacia él. Hakan meneó la cabeza, maravillado ante aquellos ojos de cervatillo. En ellos veía tanto a una chica como a una diosa. Todo lo que siempre había querido.

—Necesitas una correa. —Sonrió ella, mordiéndose el labio—. Y Tolla, ella siempre lo vigila todo. Debemos tener cuidado.

—¡Bah! ¡Que el infierno se lleve a los cuidadosos! Ven aquí. —Hakan la rodeó con un brazo y tiró de ella para atraerla. En su pelo notó el olor del mar. Sus labios se encontraron y se abrieron. El sabor de Inga era salado. Su lengua toqueteó los dientes de él, un juego que habían descubierto juntos ese mismo verano.

Habían descubierto muchos juegos.

—Los mejores besos son los de después de un baño —murmuró ella.

—Sí, y más que solo besos —gruñó Hakan, mientras tiraba ansioso de su pantalón.

—¡Aquí no! Ahora no. Podría venir alguien. —Inga lanzó una mirada inquieta por encima del hombro de Hakan hacia la casa.

—La otra noche no pareció importarte.

—Eso era diferente. —Sonrió al recordarlo—. Además, me están esperando. Probablemente Tolla ya estará deseando darme unos azotes.

—Solo un poco más —murmuró Hakan, con el rostro hundido en los rizos de ella.

—No puedo —insistió Inga, apartándolo de un empujón—. Hay mucho que hacer.

—Mierda de caballo.

—Bueno, no deberías quejarte, primo. Es todo por ti, ¿o no? —Se zafó y empezó a pavonearse de un lado a otro—. Esta noche debes convertirte en un hombre, Hakan —bramó, emulando la voz del padre de Hakan.

—Ya soy un hombre —repuso Hakan, molesto por la broma. ¿Acaso no lo había convertido ella en uno?

¿Solo hacía dos meses? Aquella mañana habían salido hacia el Skaw, la punta más septentrional de Jutlandia; parecía que hubiera transcurrido una vida entera desde ese día. Entonces eran dos personas diferentes, cabalgando hacia el norte. Hacia el lugar donde los mares chocan. Ese día eran primos, los compañeros más próximos durante la infancia. La de Inga era la primera cara que él podía recordar, la última que jamás olvidaría. Pero ese día, bajo la sombra de la hierba agitada por el viento, Hakan había probado su sabor por primera vez. Había sido capaz de mostrarle el amor que siempre había sentido por ella.

Cuando regresaron a Vendlagard, al antiguo hogar de sus padres, como habían hecho tantas otras veces antes, ambos lo sabían: el mundo ya nunca sería el mismo.

—No te enfades —dijo Inga, acariciándole la mejilla con la yema de los dedos—. Vamos. —Le cogió de la mano—. ¿Estás nervioso? —preguntó, mientras le introducía la túnica por encima de la cabellera húmeda.

—¿Nervioso?

—Por lo de esta noche —explicó, mientras peleaba con los broches que mantenían su ropa en posición.

—Puede. Un poco —dijo él, encogiéndose de hombros—. Todo el mundo me estará mirando. Pero no tien

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