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GUARDAR LAS FORMAS

Alberto Olmos

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Fragmento

POR DENTRO

Has soñado con una escalera de caracol; has soñado con una escalera; has soñado… Manuel va olvidando el sueño a medida que se despierta, algo que hace blanda, dulcemente, como quien toma posesión de una herencia previsible, sin disputa, que se veía venir desde hace años. Así ocupa su cuerpo. Casi siente sus manos deslizarse dentro de las manos, y sus pies dentro de los pies; y el torso, y la cabeza. Sus ojos se abren hacia el techo, pero no pueden en principio distinguir nada, el sueño sigue diluyéndose, uno diría que dentro de sus mismas pupilas.

No siempre sueña, pero cuando lo hace es incapaz de retener lo soñado más allá de esos primeros segundos de conciencia. Sus sueños sólo pueden recordarse una vez, son historias efervescentes, que se aniquilan comunicándose, como si la memoria que los recuperara en ese lapso entre el reposo y la vigilia se arrepintiera de la filtración, de mezclar los dos lados del espejo, y diera marcha atrás con una traición impropia de su naturaleza, el afán de registro.

Cuando dormía con Sara, solía contarle las fantasías que había propiciado la noche, y lo hacía nada más despertarse y verla mirarlo, con rapidez un tanto indecorosa, para que ella pudiera referirle su propio sueño horas después, seguramente desvirtuado y hasta falsificado, extremo que él no podía afearle, pues ya se le había ido de la cabeza tanto su sueño como el relato que del mismo le hizo a Sara.

Desde hace meses, ella ya no está junto a él en la cama. Y desde hace unos pocos minutos, tampoco Elena. A lo mejor es la puerta del apartamento, al cerrarse, lo que le ha despertado, considera. Ella le avisó anoche, mientras subían las escaleras, de que tendría que trabajar al día siguiente. Se pasó un buen rato tratando de que la llave diera con la cerradura, mientras él entremetía las manos por los bajos de su vestido. Mañana trabajo, le dijo de nuevo, con la puerta abierta ya de par en par hacia la resolución de la noche. Parecía no terminar de creerse que, en el último minuto, se llevaba a un hombre a casa. Estarás aquí solo, añadió. Y que había cosas para desayunar, también.

El techo es blanco, equilátero, aburrido. Hay una lámpara que parece un artilugio de infligir torturas; ni una sola grieta. Manuel mira hacia arriba y se acaricia el ombligo con los dedos. Siente en las yemas el vello suave y flexible de su vientre. Pasan por su cabeza imágenes del cuerpo desnudo de Elena, cuarteado por la luz de la calle, que entraba por la ventana con la brisa fresca de la noche, una farola, automóviles, el vecino que no duerme; la confabulación de la penumbra. Nunca pensó que se acostarían, y menos en su segunda cita, que él promovió por correo electrónico, así de escasa era su fe. Quedaron, sin embargo; cenaron y bebieron; se sabían todas las canciones con las que iban cerrando los bares; cogieron el taxi en dirección contraria y vieron pasar avenidas vacías por la ventanilla. Nombraron una calle entre besos. Llegaron y ella tenía que trabajar mañana.

Elena está ahora en una oficina, piensa Manuel; y, a buen seguro, mostrando la más angelical incompetencia.

Tira del elástico de sus calzoncillos y, nada más sentir su retroceso contra el vientre, se pone en pie. El dormitorio es grande, de mobiliario escaso. Se asoma por la ventana y sólo ve un patio de luces con camisetas puestas a secar en los tendales, faldas, un pantalón vaquero; abre el armario y pasa la mano por una sucesión multicolor de vestidos de primavera. Desliza un cajón y luego otro, revuelve las bragas como si debajo de la ropa interior fuera a haber siempre un revólver o medio millón de dólares. Sólo encuentra un bolígrafo promocional de una empresa de transport

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