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HACIA LOS MARES DE LA LIBERTAD (TRILOGíA DEL áRBOL KAURI 1)

Sarah Lark

0


Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Agradecimientos

DIGNIDAD

1

2

3

4

5

6

7

8

BONDAD

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

FORTALEZA

1

2

3

4

5

6

7

8

9

LA FIEBRE DEL ORO

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

LA VOLUNTAD DE LOS DIOSES

1

2

3

4

5

6

7

8

MANA

1

2

3

4

Nota de la autora

Agradecimientos

Es imposible escribir en solitario un libro como este.

Por esta razón, doy las gracias a todos los que me han ayudado, en especial a mi editora Melanie Blank-Schröder, a mi correctora de texto Margit von Cossart y a mi agente y taumaturgo Bastian Schlück. Pero también a los diseñadores que han concebido las cubiertas y dibujado los mapas; al departamento de marketing, tan rebosante de ideas; y, naturalmente, a la distribuidora y a todos los libreros que, finalmente, ponen el libro en el mercado. Como siempre, agradezco a Klara Decker la lectura del manuscrito y que haya encontrado respuestas en internet cuando yo ya no progresaba en mis investigaciones. Los caballos no se aprovecharon cuando cabalgando mis pensamientos vagaban hacia Nueva Zelanda. Y los perros me devolvían una y otra vez a la realidad para que les diera de comer a su hora.

Pienso en Jacky y Grizabella.

SARAH LARK, octubre de 2009

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DIGNIDAD

Irlanda - Condado de Wicklow

1846-1847

1

Aunque el corazón le latía desbocado, Mary Kathleen se obligó a caminar lentamente hasta quedar fuera de la vista de la casa señorial. No porque nadie la hubiese sorprendido. Además, si la cocinera hubiese sospechado algo, comparado con lo que la vieja Grainné sisaba del presupuesto doméstico de los ricos Wetherby, dos pastelillos de té no tenían la menor importancia.

Mary Kathleen no temía, pues, que alguien estuviera realmente persiguiéndola cuando se escondió, temblorosa, detrás de uno de los muros de piedra que ahí, como por toda Irlanda, limitaban los campos. Protegían contra el viento y las miradas curiosas, pero no contra el sentimiento de culpabilidad que sentía la joven.

Ella, Mary Kathleen, la alumna modelo de las clases de Biblia del padre O’Brien, ella, que en la confirmación había antepuesto orgullosa el nombre de la Madre de Dios al suyo propio... ¡ella había robado!

Todavía no lograba comprender qué le había sucedido, pero cuando había llevado la bandeja con los pastelillos a las dependencias de la distinguida lady Wetherby, su deseo había sido demasiado poderoso. Scones recién horneados de harina blanca y un azúcar no menos blanco, servidos con una mermelada que no habían elaborado hirviendo simplemente bayas, sino que había llegado en unos preciosos tarritos de vidrio de Inglaterra. Según la etiqueta, que Kathleen con tanto esfuerzo había descifrado, se había confeccionado con «naranjas». Fuera lo que eso fuese, ¡estaría riquísimo!

Necesitó de toda su voluntad para colocar la bandeja sobre la mesita de té entre lady Wetherby y su invitada, hacer una reverencia y susurrar un cortés «¡Para servirles!» sin ponerse a babear como el perro del pastor. Solo de pensarlo se le escapaba una risita nerviosa. Pero se había enorgullecido un poco de sí misma cuando había vuelto a la cocina, donde la vieja Grainné estaba saboreando uno de los sabrosos pastelillos. Sin ofrecer ni una sola migaja, naturalmente, a Kathleen o a la ayudante de cocina.

—¡Ya podéis dar gracias a Dios, muchachas —solía sermonearles Grainné—, de haber pillado este empleo en esta casa! Aquí siempre sobra un trozo de pan para vosotras. Ahora, cuando las patatas se pudren en los campos y la gente se muere de hambre, ¡esto puede salvaros la vida!

Kathleen lo reconocía. De todos modos, la suerte había favorecido a su familia. Su padre ganaba algo de dinero como sastre. Los O’Donnell no solo dependían de las patatas que la madre y los hermanos de Kathleen cultivaban en su diminuto terreno. Cuando la necesidad era muy grande, James O’Donnell recurría a sus ahorros y compraba un puñado de grano a lord Wetherby o a su administrador, el señor Trevallion. La joven no tenía ningún motivo para robar, mas lo había hecho.

Pero ¿por qué lady Wetherby y su amiga tenían que dejar intactos dos pastelillos? ¿Por qué no prestaron atención mientras Mary Kathleen recogía la mesa? Las señoras se habían ido a la sala de música, donde lady Wetherby se había puesto a tocar el piano. Los scones sobrantes no les interesaban y Grainné, de eso la chica era consciente, tampoco iba a desconfiar. Lady Wetherby era joven y golosa. Pocas veces dejaba un dulce en el plato.

Así que Kathleen lo había hecho. Se había metido los scones en el bolsillo del bonito uniforme de criada, luego los había escondido entre los pliegues del raído vestido azul y, para acabar, había cometido otro robo más al apoderarse del tarro de mermelada casi vacío en lugar de lavarlo como había ordenado Grainné. Pero este era un pecado venial; lo devolvería limpio cuando lo hubiese rebañado. El hurto de los scones, sin embargo, le remordería en la conciencia hasta que el sábado se confesara con el padre O’Brien. Si es que se atrevía. Desde luego, se le caería la cara de vergüenza.

Mary Kathleen se arrepentía profundamente de su pecado, y eso que aún ni siquiera se había comido los scones. Pero suspiraba por su sabor y su aroma. «Ayúdame, Dios mío», rogó para sus adentros mientras pensaba en si regalar los pastelillos a sus hermanos pequeños quitaría gravedad al pecado. Eso sería al menos un arrepentimiento real, y una penitencia más dura que rezar veinte avemarías. Pero sin duda los niños presumirían de aquellas exquisiteces y cuando los padres de Kathleen se enterasen... ¡No, eso empeoraría las cosas!

Mientras cavilaba piadosamente cómo expiar su culpa, de pronto surgió en ella un deseo que le produjo más inquietud. ¿O culpabilidad? ¿O simplemente... alegría?

¡Se repartiría los pasteles con Michael! Michael Drury, el hijo del campesino de al lado, que vivía en una cabaña todavía más pequeña, más ahumada y más miserable que la de Kathleen. Seguro que ese día Michael todavía no había probado bocado, salvo tal vez unas espigas que iría mordisqueando mientras recogían la cosecha para lord Wetherby. Solo eso ya se consideraba un delito, que el señor Trevallion sancionaba con azotes si pillaba a alguien in fraganti.

Los cereales para los patrones; las patatas para los criados. Y si las patatas se pudrían, los campesinos tenían que buscarse la vida. La mayoría se resignaba. La madre de Michael, por ejemplo, veía el hecho de que las patatas se pudriesen misteriosamente en el campo como un castigo divino e intentaba averiguar con la oración diaria qué había enfurecido tanto al Señor para que arrojase tal infortunio sobre ellos. Michael y otros jóvenes montaban en cólera contra el señor Trevallion y lord Wetherby, quienes recogían complacidos una abundante cosecha de trigo, mientras los hijos de los arrendatarios se morían de hambre.

Mary Kathleen evocó, soñadora, la expresión atrevida de Michael cuando criticaba a los patrones, el ceño fruncido bajo el cabello oscuro y revuelto, y los relucientes ojos azules echando chispas. ¿Consideraría Dios que repartir los scones con su amigo era un acto de contrición? Sin duda así satisfaría el hambre de él y su propio deseo de estar con el alto y flaco joven, cuya profunda voz la fascinaba. Ansiaba sentir el roce de sus manos y abandonarse en sus brazos.

En épocas mejores, Michael, junto con su padre y el viejo Paddy Murphy, tocaba música de baile los sábados por la tarde o en la fiesta anual de la cosecha. Los aldeanos bailaban, bebían y reían, y después, al anochecer, Michael Drury cantaba baladas mientras miraba a Kathleen O’Donnell...

Pero a esas alturas a nadie le quedaban fuerzas para bailar. Y ya hacía mucho que Kevin Drury y Paddy Murphy se habían ido a las montañas. Corrían rumores de que tenían una próspera destilería de whisky. Se decía que Michael vendía las botellas bajo mano en Wicklow. Fuera como fuese, el padre de Kathleen no quería tener nada que ver con los Drury y había censurado severamente a su primogénita cuando la vio hablar con Michael el domingo en la iglesia.

—Pero yo creo que Michael va a pedir mi mano —había protestado Kathleen con las mejillas arreboladas—. De forma... oficial y decente.

El sastre O’Donnell resopló, y su figura alta y delgada se estremeció de desdén.

—¿Cuándo un Drury ha hecho algo de forma oficial y decente? Toda la familia es pura gentuza: violinistas, flautistas y destiladores de whisky. Todos maleantes. Ya a su abuelo lo querían enviar a las colonias. Mira que yo aprecio poco a los ingleses, pero ¡qué favor nos hubiesen hecho! Al final se marchó a Galway y de ahí sabe Dios adónde. ¡Y lo mismo el inútil de su hijo! En cuanto les amenaza un peligro, se esfuman. Eso sí, ¡ninguno deja menos de cinco hijos a sus espaldas! Aparta los ojos del joven Drury, Kathie, y aún más las manos. ¡Con lo guapa que eres, tendrás a quien quieras!

Kathleen se ruborizó de nuevo, avergonzada de que su padre hubiese mencionado su belleza. Bastante desprestigio era eso a ojos del padre O’Brien. Una joven doncella debía ser virtuosa y aplicada, repetía, y jamás debía mostrar sus encantos.

En el caso de Mary Kathleen, eso no era fácil de evitar. No podía andar todo el tiempo escondiéndose para impedir que los hombres observasen su dulce rostro, el cabello sedoso y rubio como la miel y sus atractivos ojos verdes. Michael había comparado su color con el verde oscuro del valle al ponerse el sol. Y a veces, cuando las pupilas de la joven reflejaban alegría y sorpresa, él descubría en ellas unas chispas que brillaban como el primer verdor primaveral en los prados.

¡Oh, Michael sí que sabía decir cosas bonitas! Ella se negaba a creer que fuera un granuja como afirmaba su padre. A fin de cuentas, trabajaba duramente en los campos de lord Wetherby. Además tocaba el violín el fin de semana en los pubs de Wicklow, adonde tenía que ir andando cuando nadie le prestaba un mulo o un burro. A veces Roony O’Rearke, el jardinero de los Wetherby, se ofrecía a hacerlo. Roony tenía fama de borrachuzo, pero Kathleen no quería pensar en serio que hubiese relación entre el préstamo del burro y el whisky clandestino.

Se puso en pie y se encaminó hacia el pueblo. Un bosquecillo separaba las propiedades de los Wetherby de las cabañas de sus arrendatarios. Los patrones no deseaban tener a la vista las viviendas de sus empleados. Poco a poco, Kathleen fue sintiéndose mejor, lo que sin duda se debía a que no caminaba directamente hacia el pueblo y la casa de su familia, sino hacia los campos de trigo más allá de las cabañas. Los hombres todavía estarían trabajando allí, pero el sol estaba poniéndose pausadamente. Trevallion no tardaría en enviarlos a casa.

El crepúsculo siempre creaba un dilema al codicioso administrador: por una parte todavía había luz suficiente para trabajar y lord Wetherby no tenía nada que regalar; pero, por la otra, la penumbra facilitaba los robos. Los trabajadores se metían puñados de espigas en los bolsillos o se escondían tras los muros de piedra para cogerlas al amparo de la oscuridad.

Kathleen esperaba que Trevallion enviara pronto a sus hombres a casa, aunque eso pudiera agudizar el hambre. A fin de cuentas, las familias aguardaban expectantes el botín obtenido por padres y hermanos. Ni siquiera el padre O’Brien podía condenar en serio la conducta de los aparceros, aunque, por supuesto, siempre les impusiera una penitencia cuando le confesaban sus pequeños hurtos. Como consecuencia, los buenos padres de familia pasaban de rodillas medio domingo en la iglesia. A esas horas, los hombres jóvenes como Michael deambulaban por los campos intentando birlar unas espigas más en ausencia de los señores, que aprovechaban el domingo para salir a caballo o a cazar con amigos.

Y en efecto, la luna llena, que se alzaba en esos momentos sobre la montaña sustituyendo al crepúsculo, parecía justificar los temores de Trevallion ante los robos. Sabía que los hombres, sus esposas e hijos encontrarían fácilmente al claro de luna las espigas escondidas, y que algunos, desesperados, intentarían aprovechar la noche para sus hurtos. Kathleen sospechaba que el administrador, celoso en exceso, planeaba tomar un tentempié temprano y hacer una siestecita antes de pasarse media noche patrullando.

Tuvo que hacer un esfuerzo para no gritar cuando lo vio llegar de frente sentado en el pescante del último carro de la cosecha, mientras los agotados trabajadores regresaban andando a sus casas desde los campos.

—¡Vaya, si es la pequeña Mary Kathleen! —la saludó afablemente el administrador—. ¿Qué te trae por aquí, Ricitos de Oro? ¿Ya te han echado de la casa? ¡Anda que no sisáis en la cocina! ¡Apuesto a que la vieja Grainné no solo se abastece a ella misma, sino a todos sus hijos y nietos, con el pan de sus señores!

—Los señores prefieren pasteles... —se oyó decir desde el grupo de labriegos que avanzaban extenuados tras el carro de Trevallion.

Kathleen reconoció la voz de Bill Rafferty, un hijo de Grainné, la cocinera. Billy no era un genio, pero sí era socarrón, y se sentía bien en el papel de bufón.

—Como debería saber usted mejor que nadie, Trevallion —prosiguió Billy—. ¿O es que no se sienta a su mesa?

El comentario fue celebrado con sonoras carcajadas. De hecho, el lord inglés no trataba mucho mejor a su administrador irlandés que a sus arrendatarios. Por supuesto, Trevallion ocupaba un cargo especial y no pasaba hambre. Pero no gozaba del favor de su señor, que en ningún momento se había planteado la posibilidad de elevarlo a la nobleza como, de vez en cuando, caía en suerte a los administradores de las grandes propiedades. Lord Wetherby era de la nobleza, pero su familia era insignificante en Inglaterra. Los terrenos de Irlanda procedían de la dote de su esposa y eran más bien pequeños.

—¡Al menos en mi mesa no falta comida! —replicó Trevaillion—. También hay pasteles, pequeña Kathleen, en caso de que busques a un hombre capaz de ofrecerte algo...

Kathleen se puso como la grana. Pero no, ese sujeto no podía saber nada de los pastelillos de té que parecían quemarle en los bolsillos del vestido. ¡No debía mostrarse culpable! Virtuosamente, bajó la mirada. Por lo general, Kathleen no respondía cuando Trevallion le hablaba, en particular cuando decía esa clase de impertinencias.

Trevallion, en sí, no tenía nada que pudiese interesar a una muchacha. Era bajito, nervudo y pelirrojo como un leprechaun, aunque carecía de la chispa de los mitológicos duendecillos del bosque. Los irlandeses acomodados les construían casas en sus jardines para que los ayudaran en las faenas del campo y, especialmente, en la destilación del whisky. Supersticiones antiguas, por supuesto, como solía señalar el padre O’Brien antes de contarles a los niños pequeños en clase alguna historia sobre esos seres insolentes vestidos de verde.

Trevallion no tenía nada de divertido. Era totalmente servil ante los patrones ingleses, y duro e infame con los arrendatarios. Ni siquiera cuando el señor y la señora no se alojaban en sus propiedades irlandesas, lo que sucedía la mayor parte del año, hacía la vista gorda como los demás encargados. En períodos de hambruna, especialmente, los administradores miraban para otro lado cuando los trabajadores salían de caza o una parte de la fruta y la verdura de los campos de los señores acababa en las ollas de las esposas de los aparceros. Trevallion se peleaba por cada zanahoria, cada manzana y cada judía de la tierra de su patrón, quien solo aparecía para la cosecha y la temporada de caza. La gente lo odiaba y si una muchacha se entregaba a un sujeto como él, no era sin duda por amor, sino por necesidad.

—¿O es que tienes a tu galán aquí en los campos? —añadió Trevallion con un guiño malicioso—. ¿Hay algo que tenga que saber, ya que soy la vista y el oído del patrón?

El señor era quien tenía que autorizar las bodas y, naturalmente, solía tener en cuenta las sugerencias de Trevallion.

Kathleen no se dignó contestar.

—De acuerdo, me parece que tendré que hablar en serio con el sastre O’Donnell... —observó el administrador antes de dejar marchar por fin a Kathleen. Con el rabillo del ojo la muchacha vio cómo se relamía los labios.

A Kathleen el corazón le latía con fuerza. ¿Acaso aquel tipo querría realmente pedir su mano? Su padre no hacía más que hablar del «buen partido» con el que ella, gracias a su belleza, haría fortuna, siempre que se limitara a esperar obediente y virtuosa al hombre adecuado. Pero no se referiría a Trevallion, ¿verdad? ¡Antes de casarse con ese asqueroso, se metería a monja!

Se detuvo cabizbaja al borde del camino y dejó pasar al resto de c

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