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HEREDERA DE FUEGO (TRONO DE CRISTAL 3)

Sarah J. Maas

5


Fragmento

CAPÍTULO 1

pleca

¡Dioses!, esta lamentable imitación de reino era un infierno.

O tal vez así le parecía a Celaena Sardothien porque llevaba esperando en el borde del tejado de terracota desde media mañana, haciéndose sombra sobre los ojos con un brazo, mientras se cocía lentamente al sol igual que las hogazas de pan sin levadura que los ciudadanos más pobres de esta ciudad horneaban en sus alféizares porque no podían pagar un horno de ladrillo.

Y, ¡dioses!, ya estaba harta de aquel pan: “teggya”, lo llamaban. Estaba harta del crujiente sabor a cebolla que no se lograba quitar ni con varios tragos de agua. No quería volver a probar otro bocado de teggya en toda la eternidad. Y ni eso sería tiempo suficiente.

Más que nada porque era lo único que había podido pagar desde su arribo a Wendlyn dos semanas atrás, cuando se encaminó hacia la capital, Varese, justo como le había ordenado su Gran Alteza Imperial y Amo del Mundo, el rey de Adarlan.

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Cuando se le acabó el dinero, había recurrido a robarse los teggya y el vino de las carretas de los vendedores ambulantes. Se había quedado sin recursos poco después de divisar el castillo fortificado de piedra caliza, sus guardias de élite, las banderas azul cobalto ondeando tan orgullosamente con el viento árido y caliente. Entonces había decidido no matar a sus objetivos asignados.

Así que había recurrido al teggya robado... y al vino. El vino tinto y ácido de los viñedos que bordean las colinas ondulantes en los alrededores de la capital amurallada. Era un sabor que inicialmente la había hecho escupir, pero que ahora disfrutaba con gran placer. En especial desde el día en que decidió que ya nada en particular le importaba.

Buscó entre las tejas de terracota a sus espaldas, intentando encontrar el ánfora de vino que había subido a la azotea esa mañana, tanteando, sintiendo, y entonces...

Maldijo. ¿Dónde demonios estaba el vino?

El mundo se ladeó cuando se recargó en los codos y el resplandor la cegó. Las aves volaban en círculos sobre ella, pero mantenían una distancia prudente del halcón de cola blanca que llevaba toda la mañana posado sobre una chimenea cercana, esperando cazar su siguiente alimento. Abajo, la calle del mercado era un telar brillante de color y sonido: asnos que rebuznaban, comerciantes que ofrecían sus mercancías, ropas tanto extranjeras como locales y el sonido de las ruedas que chocaban contra el pálido empedrado. Pero dónde demonios estaba el...

¡Ah! Ahí. Metido debajo de una de las tejas rojas y gruesas para conservarlo fresco. Justo donde lo había dejado hacía horas, cuando se había subido a la azotea del enorme mercado techado para estudiar el perímetro de los muros del castillo a dos cuadras de distancia. O lo que fuera que se había inventado para que sonara como algo oficial y útil antes de darse cuenta de que prefería tumbarse un rato en las sombras. Pero hacía mucho que esas sombras se habían chamuscado bajo el obstinado sol de Wendlyn.

Celaena intentó dar un trago al ánfora de vino. Estaba vacía, lo cual quizá fue una bendición, porque, dioses, la cabeza le daba vueltas. Necesitaba agua, y más teggya. Y tal vez algo para el labio reventado e increíblemente adolorido y la mejilla raspada que se había buscado en la pelea de la noche anterior en una de las tabernas de la ciudad.

Quejándose, Celaena giró para quedar tendida y estudió la calle a diez metros abajo. Conocía ya a los guardias que la patrullaban: había registrado sus rostros y sus armas. Había hecho lo mismo con los guardias de los muros altos del castillo. Ya había memorizado los cambios de turno y cómo abrían las tres puertas enormes que daban paso al interior del castillo. Parecía que los Ashryver y sus ancestros se tomaban la seguridad muy muy en serio.

Había llegado a Varese diez días antes, después de hacer el recorrido desde la costa. No se apresuró a llegar porque estuviera particularmente ávida de matar a sus objetivos, sino porque la ciudad era tan grande que ahí tendría mejores oportunidades de evadir a los funcionarios de migración, de quienes se había escapado en lugar de registrarse en su programa de trabajo tan pero tan benéfico. Apresurarse a llegar a la capital también le había proporcionado algo que hacer, lo cual le vino bien tras semanas en el mar, ya que no se había sentido con ánimo de hacer nada durante el viaje salvo recostarse en la cama angosta de su pequeño camarote, o bien ponerse a afilar su armamento con un fervor casi religioso.

“Eres una cobarde y nada más que una cobarde”, le había dicho Nehemia.

Cada movimiento de la piedra de afilar hacía eco a esta afirmación. Cobarde, cobarde, cobarde. La palabra la había seguido a lo largo de cada una de las leguas que recorrió mientras atravesaba el océano.

Había hecho un juramento, un juramento para liberar Eyllwe. Así que entre los momentos de desesperación y rabia y dolor, entre pensamientos sobre Chaol y las llaves del Wyrd y todo lo que había dejado detrás y lo que había perdido, Celaena había decidido un plan para cuando llegara a la costa. Un plan que, a pesar de ser demente e improbable, tenía por intención liberar el reino esclavizado: encontrar y destruir las llaves del Wyrd que había usado el rey de Adarlan para construir su imperio terrible. Ella gustosa se destruiría a sí misma para lograrlo.

Solo ella y él. Tal como debía ser. Sin pérdida de vidas más allá de la propia, sin manchar otra alma salvo la suya. Se necesitaba un monstruo para destruir a otro monstruo.

Si se había visto obligada a estar aquí debido a las buenas, aunque malentendidas, intenciones de Chaol, entonces por lo menos encontraría las respuestas que necesitaba. Existía una persona en Erilea que había estado presente cuando una raza conquistadora de demonios empleó las llaves del Wyrd, cuando las retorció para convertirlas en tres herramientas con un poder tal que habían permanecido escondidas por miles de años y casi habían desaparecido de la memoria: la reina Maeve de las hadas. Maeve lo sabía todo, como era de esperarse de alguien que es más viejo que el polvo.

Así que el primer paso del plan estúpido e imprudente de Celaena había sido simple: buscar a Maeve, conseguir las respuestas sobre cómo destruir las llaves del Wyrd y luego regresar a Adarlan.

Era lo menos que podía hacer. Por Nehemia, por... por muchas otras personas. No quedaba nada en su interior, ya nada en realidad. Solo cenizas y un abismo y el juramento inquebrantable que se había grabado en la carne, la promesa a la amiga que la había visto como lo que realmente era.

Cuando anclaron en la ciudad portuaria más grande de Wendlyn, no pudo sino admirar las precauciones que tomó el barco para llegar a la costa: esperaron hasta una noche sin luna y luego, mientras Celaena y las otras mujeres refugiadas de Adarlan estaban encerradas en la galera, navegaron por los canales secretos que atravesaban el gran arrecife. Era entendible. El arrecife era la defensa principal que mantenía a las legiones de Adarlan fuera de estas costas. Llevar información sobre eso también formaba parte de su misión como campeona del rey.

Esa era la otra tarea que estaba agazapada al fondo de su mente: encontrar una manera de evitar que el rey ejecutara a Chaol o a la familia de Nehemia. Había prometido hacerlo si ella fracasaba en su misión de conseguir los planes de defensa naval de Wendlyn y si no asesinaba a su rey y príncipe en el baile anual de mediados de verano. Pero hizo a un lado todos estos pensamientos cuando anclaron y condujeron a las refugiadas a tierra para que los funcionarios del puerto las registraran.

Casi todas las mujeres tenían cicatrices internas y externas, el brillo de sus ojos reflejaba los ecos de los horrores vividos en Adarlan. Así que incluso después de escabullirse de la tripulación del barco durante el caos del anclaje, Celaena permaneció en una azotea cercana mientras las mujeres eran conducidas a un edificio donde les ayudarían a encontrar hogar y empleo. Sin embargo, los funcionarios de Wendlyn podían llevarlas después a una zona apartada de la ciudad y hacerles lo que quisieran. Venderlas. Lastimarlas. Eran refugiadas: indeseadas y sin derechos. Sin voz alguna.

Pero no se había quedado ahí solo por paranoia. No, Nehemia se hubiera quedado para asegurarse de que estuvieran a salvo. Al darse cuenta de esto, Celaena esperó hasta estar segura de que todas las mujeres estuvieran a salvo antes de emprender el camino a la capital. Aprender a infiltrarse en el castillo era algo simplemente para ocupar su tiempo mientras decidía cómo ejecutar los primeros pasos de su plan. Mientras intentaba dejar de pensar en Nehemia.

Todo había ido bien: conveniente y sencillo. Se escondió en los bosquecillos y en graneros a lo largo del camino y recorrió el campo como una sombra.

Wendlyn. Tierra de mitos y monstruos, de leyendas y pesadillas encarnadas.

El reino en sí era una extensión de arena cálida y rocosa y bosques espesos que se iban haciendo cada vez más verdes conforme las colinas ondulaban tierra adentro e iban afilando sus cimas para formar picos imponentes. La costa y la tierra alrededor de la capital eran áridas, como si el sol hubiera horneado toda la vegetación salvo la más resistente. La diferencia con el imperio húmedo y congelado que había dejado atrás era vasta.

Esta era una tierra de abundancia, de oportunidad, donde los hombres no tomaban todo lo que querían, donde las puertas no estaban cerradas y la gente le sonreía al prójimo en las calles. Pero a ella no le importaba gran cosa si le sonreían o no: no, conforme fueron pasando los días le empezó a resultar muy difícil sentir que algo le importaba. Toda la determinación, toda la rabia, todo lo que fuera que había sentido al dejar Adarlan había ido retrocediendo, la nada que ahora la carcomía lo había devorado.

Pasaron cuatro días antes de que Celaena viera la inmensa capital construida entre las colinas: Varese, la ciudad donde su madre nació, el corazón vibrante del reino.

Aunque Varese era más limpia que Rifthold y tenía bastante riqueza repartida entre las clases superiores e inferiores, seguía siendo una capital, con arrabales y callejuelas oscuras, con prostitutas y apostadores, y no le tomó mucho tiempo encontrar su lado oscuro.

Celaena recargó la barbilla en sus manos mientras observaba a tres guardias del mercado que se habían detenido a conversar en la calle de abajo. Al igual que todos los demás guardias de este reino, iban vestidos con una armadura ligera y portaban una buena cantidad de armas. Corría el rumor de que las hadas habían entrenado a los soldados de Wendlyn y los habían convertido en individuos implacables, astutos y rápidos. Y ella no quería averiguar si esto era verdad, por una docena de razones. Ciertamente parecían mucho más observadores que el guardia promedio de Rifthold, a pesar de que todavía no se habían percatado de la asesina entre ellos. Pero Celaena sabía que por lo pronto la única amenaza que ella representaba era para ella misma.

A pesar de que se cocinaba bajo el sol todos los días, a pesar de que se lavaba cada vez que podía en alguna de las muchas fuentes de la ciudad, todavía podía sentir que la sangre de Archer Finn penetraba en su piel, en su cabello. Incluso con el ruido constante y el ritmo de Varese, podía seguir escuchando el gemido de Archer cuando le abrió el vientre en el túnel esa noche bajo el castillo. E incluso con el vino y el calor, todavía podía ver a Chaol, cómo el horror le retorcía el rostro al haberse enterado sobre su herencia del pueblo de las hadas y el monstruoso poder que podría destruirla fácilmente, al haber visto lo hueca y oscura que era en el interior.

Con frecuencia se preguntaba si él ya habría resuelto el acertijo que le había dicho en los muelles de Rifthold. Y si habría descubierto la verdad... Celaena nunca se permitía avanzar tanto en sus cavilaciones. Este no era el momento para pensar sobre Chaol, o la verdad, o ninguna de las cosas que habían dejado su alma tan decaída y agotada.

Celaena se tocó suavemente el labio reventado y frunció el ceño hacia los guardias del mercado. El movimiento de su rostro hizo que le doliera más la boca. Se había merecido ese golpe en particular en la pelea que había provocado en la taberna la noche anterior. Le había pateado los testículos a un hombre con la fuerza necesaria para que se le atoraran en la garganta y cuando recuperó el aliento este estaba furioso, por decir lo menos. Dejó de tocarse la boca y observó a los guardias por unos cuantos momentos. No aceptaban sobornos de los comerciantes, ni abusaban de ellos ni los amenazaban con multas como hacían los guardias y oficiales en Rifthold. Todos los oficiales y soldados que había visto hasta el momento se habían portado de manera similar... eran buenos.

De la misma manera que Galan Ashryver, príncipe heredero de Wendlyn, era bueno.

Mostrando un semblante de disgusto, sacó la lengua. Celaena le dedicó el gesto a los guardias, al mercado, al halcón de la chimenea cercana, al castillo y al príncipe que habitaba dentro de él. Deseó que no se le hubiera acabado el vino tan temprano.

Había pasado ya una semana desde que supo cómo infiltrarse al castillo, tres días después de llegar a Varese. Una semana desde aquel día horrible en el cual todos sus planes se derrumbaron a su alrededor.

Una brisa fresca sopló a su lado y trajo con ella las especias de los vendedores de la calle cercana: nuez moscada, tomillo, comino, hierba luisa. Inhaló profundamente y permitió que los aromas le aclararan la mente nublada por el vino y el sol. Se escuchó un repicar de campanas que flotó desde alguno de los poblados de las montañas y, en alguna plaza de la ciudad, un grupo de trovadores inició una melodía alegre de media mañana. A Nehemia le hubiera encantado este lugar.

Y de pronto, el mundo se transformó, el abismo que vivía dentro de ella se lo tragó. Nehemia nunca vería Wendlyn. Nunca caminaría por el mercado de especias ni escucharía las campanas de la montaña. Un peso muerto se posó sobre el pecho de Celaena.

Le había parecido un plan tan perfecto al llegar a Varese. En las horas que pasó descifrando las defensas del castillo real, se había debatido pensando en cómo encontraría a Maeve para averiguar sobre las llaves. Todo había ido perfectamente, sin un error, hasta que...

Hasta que ese día maldito por los dioses notó que los guardias tenían un hueco en su defensa en el muro del sur todas las tardes a las dos y entendió cómo funcionaba el mecanismo de la puerta. Hasta ese día que Galan Ashryver salió cabalgando por las puertas, perfectamente a la vista desde donde ella estaba trepada en la azotea de la casa de un noble.

Lo que la detuvo en seco no había sido verlo, con su piel apiñonada y cabello oscuro. La razón tampoco había sido el hecho de que, incluso a la distancia, alcanzaba a ver sus ojos color turquesa, iguales a los de ella y la razón por la cual se veía obligada a usar una capucha al transitar por las calles.

No. Había sido la manera en que la gente lo vitoreaba.

Vitorearlo, a su príncipe. Lo adoraban, con su sonrisa deslumbrante y su armadura ligera que relucía bajo el sol interminable mientras él y los soldados que venían cabalgando a sus espaldas se dirigían a la costa norte para continuar burlando el bloqueo con un navío. Burlar bloqueos. El príncipe, su objetivo, era un maldito rompebloqueos contra Adarlan, y su gente lo amaba por eso.

Había seguido al príncipe y sus hombres por la ciudad, saltando de azotea en azotea, y hubiera bastado una flecha que atravesara esos ojos color turquesa y estaría muerto. Pero lo siguió hasta las murallas de la ciudad mientras escuchaba los gritos de apoyo que se hacían más fuertes y veía que la gente le lanzaba flores y todos se henchían de orgullo por su perfectísimo príncipe.

Había llegado a las puertas de la ciudad justo cuando las estaban abriendo para que él pasara. Y cuando Galan Ashryver se alejó hacia la puesta de sol, hacia la guerra y la gloria, dispuesto a pelear por el bien y la libertad, ella se quedó en esa azotea hasta que él se convirtió en un punto en la distancia.

Después caminó a la taberna más cercana y se metió en la pelea más sangrienta y brutal que jamás había provocado, hasta que llamaron a un guardia de la ciudad y ella desapareció momentos antes de que todos fueran lanzados a los cepos. La sangre de la nariz caía por toda la camisa; escupió sangre en la calle empedrada y decidió entonces que no haría nada.

Sus planes no tenían caso. Nehemia y Galan hubieran conducido al mundo a la libertad, y Nehemia debería haber seguido respirando. Juntos, el príncipe y la princesa, podrían haber derrotado al rey de Adarlan. Pero Nehemia estaba muerta, y el juramento de Celaena, su juramento estúpido y patético, no valía nada cuando había herederos queridos como Galan que podían hacer mucho más. Había sido una tonta al hacer ese juramento.

Incluso Galan... Galan apenas estaba haciendo mella contra Adarlan, y él tenía ya todo un ejército a su disposición. Ella era solo una persona, un desperdicio total de vida. Si Nehemia no había podido detener al rey..., entonces el plan, encontrar una manera de ponerse en contacto con Maeve..., ese plan era absolutamente inútil.

Afortunadamente, todavía no había visto a nadie del pueblo de las hadas, ni una maldita hada, ni siquiera un chispazo de magia. Había hecho lo posible por evitarlo. Incluso antes de que viera a Galan, se había mantenido alejada de los puestos de mercado que ofrecían toda clase de cosas, desde sanación hasta objetos o pociones. Estas áreas por lo general también estaban llenas de gente que hacía espectáculos callejeros y mercenarios que buscaban aprovechar sus dones para ganarse la vida. Había aprendido qué tabernas eran las frecuentadas por los que usaban magia y nunca se acercó a ellas. Porque a veces sentía un cosquilleo, una cosa que se retorcía y despertaba en sus entrañas si notaba ese chisporroteo de energía.

Había pasado una semana desde que había renunciado a su plan y abandonado todo intento por interesarse en algo. Y sospechaba que pasarían muchas semanas más antes de que decidiera que verdaderamente ya estaba harta del teggya, o de pelear cada noche solo para sentir algo, o de beber vino agrio mientras se recostaba en las azoteas todo el día.

Pero tenía la garganta seca y el estómago le gruñía, así que Celaena se despegó lentamente de la orilla de la azotea. No lo hacía despacio por los guardias que vigilaban, sino más bien porque la cabeza de verdad le estaba dando vueltas. No confiaba en que le importara su vida tanto como para evitar desplomarse.

Empezó a bajar por la tubería del desagüe hacia un callejón que salía a la calle del mercado y miró con rabia la cicatriz delgada que se extendía por la palma de su mano. Ahora no era ya sino un recordatorio de la promesa patética que había hecho en la tumba a medio congelar de Nehemia hacía poco más de un mes y de todo y todos a quienes les había fallado. Al igual que su anillo de amatista, que apostaba todas las noches y volvía a ganar antes del amanecer.

A pesar de todo lo que había sucedido, y del rol que tuvo Chaol en la muerte de Nehemia, incluso después de que ella misma destruyera lo que había entre ellos, no había podido deshacerse de su anillo. Ya lo había perdido tres veces en juegos de naipes, pero lo volvía a ganar, por los medios que fueran necesarios. Una daga colocada en posición para deslizarse entre las costillas por lo general era mucho más convincente que las palabras.

Celaena sintió un gran alivio al lograr poner los pies al fin en el piso del callejón, donde las sombras la cegaron temporalmente. Recargó una mano en la fresca pared de piedra para permitir que sus ojos se ajustaran e intentó obligar a su cabeza a que dejara de dar vueltas. Un desastre: ella era un maldito desastre. Se preguntó cuándo se tomaría la molestia de dejar de serlo.

El hedor penetrante de la mujer le llegó a Celaena antes de verla. Luego los ojos grandes y amarillentos ya estaban frente a su rostro y un par de labios secos y partidos se abrió para sisear:

—¡Puerca! ¡Que no te vuelva a descubrir frente a mi puerta otra vez!

Celaena se replegó y parpadeó hacia la vagabunda y su puerta que... era solo un nicho en la pared lleno de basura y unos costales que seguramente eran sus pertenencias. La mujer estaba jorobada, con el cabello sin lavar y unos ruinosos muñones por dientes. Celaena volvió a parpadear y pudo enfocar la cara de la mujer. Furiosa, medio loca y sucia.

Celaena levantó las manos y dio un paso hacia atrás y luego otro.

—Perdón.

La mujer escupió un montón de flemas hacia las piedras de la calle a tres centímetros de las botas polvosas de Celaena. No logró reunir suficiente energía para sentirse asqueada o furiosa, y se hubiera alejado de no ser porque se vio a sí misma cuando levantó la mirada apagada de las flemas y se fijó en la mujer.

Ropa sucia, manchada, polvosa y desgarrada. Por no mencionar que olía fatal. Y esta vagabunda la había confundido con... con otra vagabunda que competía por su espacio en las calles.

Bueno. ¡Qué maravilloso! Un nuevo fondo de fondos, incluso para ella. Tal vez le parecería gracioso algún día, si se molestaba en recordarlo. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había reído.

Al menos sintió un poco de consuelo al saber que las cosas ya no podían estar peor.

Pero entonces se escuchó la risa grave de un hombre desde las sombras detrás de ella.

CAPÍTULO 2

pleca

El hombre —o el macho— del callejón era del pueblo de las hadas.

Después de diez años, después de todas las ejecuciones y quemas, un hada macho estaba avanzando hacia ella. Hada pura y sólida. No había manera de escapar de él cuando emergió de las sombras a unos cuantos centímetros de distancia. La vagabunda del nicho y los otros que estaban en el callejón se quedaron tan callados que Celaena pudo nuevamente escuchar esas campanas repiqueteando en las montañas distantes.

Alto, de hombros anchos, cada centímetro de su cuerpo parecía cubierta de músculos, era un macho con poder en la sangre. Se detuvo un momento bajo un rayo polvoso de sol que hizo brillar su cabello plateado.

Como si sus orejas delicadamente puntiagudas y sus colmillos un poco alargados no fueran suficiente para aterrorizar a todos en ese callejón, incluyendo a la vagabunda que ahora lloriqueaba detrás de Celaena, tenía un tatuaje de aspecto malévolo grabado en el lado izquierdo de su rostro áspero, con relieves de tinta negra contrastando contra su piel dorada por el sol.

Las marcas podrían ser simplemente decorativas, pero Celaena recordaba suficiente del lenguaje de las hadas para reconocerlas como palabras, incluso en una versión artística como esta. Empezando por su sien, el tatuaje fluía hacia la mandíbula y bajaba por su cuello, donde desaparecía debajo de la túnica clara y la capa que estaba utilizando. Celaena se imaginó que las marcas continuaban por el resto de su cuerpo también, ocultas junto con al menos media docena de armas. Cuando buscó en su capa para sacar la daga que traía oculta, se dio cuenta de que podría ser guapo de no ser por la promesa de violencia en sus ojos color verde pino.

No sería correcto llamarlo joven, así como hubiera sido un error llamarlo de cualquier manera que no fuera guerrero, incluso sin la espada colgada a sus espaldas y los amenazantes cuchillos a sus costados. Se movía con gracia letal y con seguridad, buscando en el callejón como si estuviera entrando a un campo de batalla.

La empuñadura de la daga se sentía cálida en su mano, y Celaena ajustó su posición, sorprendida de estar sintiendo... miedo. Y suficiente como para despejar la niebla espesa que le había estado nublando los sentidos estas últimas semanas.

El guerrero hada caminó por el callejón, sus botas de cuero a la rodilla avanzaban silenciosas por las piedras. Algunos de los transeúntes se hicieron hacia atrás, otros corrieron a la calle soleada, a puertas al azar, a cualquier parte para escapar de su mirada retadora.

Celaena sabía incluso antes de que su mirada penetrante se posara sobre la suya que estaba aquí por ella y quién lo había enviado.

Buscó el amuleto del Ojo y se sobresaltó al darse cuenta de que no lo traía alrededor del cuello. Se lo había dado a Chaol, el único resto de protección que podía entregarle al marcharse. Probablemente lo había tirado a la basura tan pronto como dedujo la verdad. Entonces podía regresar al sitio seguro de ser su enemigo. Tal vez también le diría a Dorian y ambos estarían seguros.

Antes de poder ceder ante el instinto de subir rápidamente por la tubería del desagüe y de vuelta a la azotea, consideró el plan que había abandonado. ¿Algún dios habría recordado que ella existía y había decidido lanzarle un hueso? Necesitaba ver a Maeve.

Bueno, pues aquí estaba uno de los guerreros de elite de Maeve. Listo. Esperando.

Y a decir del humor feroz que emanaba de él, no estaba muy contento de hacerlo.

El callejón permaneció tan quieto como un cementerio mientras el guerrero hada la estudiaba. Sus fosas nasales se abrieron un poco, como si estuviera...

Estaba olfateándola.

Ella sintió algo de satisfacción al saber que olía terrible, pero ese no era el olor que él estaba leyendo. No, era el olor que la marcaba como ella, el olor de su linaje y sangre, y de qué y quién era. Y si él decía su nombre frente a esa gente... entonces sabía que Galan Ashryver vendría de regreso corriendo. Los guardias estarían en alerta máxima, y eso no era parte de su plan.

El infeliz parecía estar a punto de hacer justo eso, solo para demostrar que él estaba al mando. Así que ella hizo acopio de toda la energía que pudo y caminó hacia él, intentando recordar lo que podría haber hecho hacía unos meses, antes de que el mundo se hubiera ido al infierno.

—Bien hecho, mi amigo —ronroneó—. Bien hecho en verdad.

No hizo caso a las caras sorprendidas a su alrededor y se concentró exclusivamente en él, que estaba en una posición tan quieta como solo la podían lograr los inmortales. Ella hizo que su corazón y su respiración se tranquilizaran. Él probablemente podía escucharlos, probablemente podía oler cada una de las emociones que surcaban su cuerpo. No había manera de engañarlo con bravuconerías, no en mil años. Probablemente ya había vivido ese tiempo. Tal vez tampoco habría manera de derrotarlo. Ella era Celaena Sardothien, pero él era un guerrero hada y probablemente llevaba mucho tiempo siéndolo.

Se detuvo a muy poca distancia. Dioses, era enorme.

—Qué sorpresa tan agradable —dijo con un tono de voz suficientemente fuerte como para que todos la oyeran. ¿Cuándo había sido la última vez que había sonado tan agradable? No podía siquiera recordar la última vez que había hablado en oraciones completas—. Pensé que nos íbamos a reunir en las murallas de la ciudad.

Él no hizo una reverencia, gracias a los dioses. Su rostro áspero ni siquiera se movió. Que pensara lo que quisiera. Ella estaba segura de que no se veía para nada como lo que le habían dicho que esperara, y seguramente él se había reído cuando aquella mujer la había confundido con una vagabunda.

—Vámonos —fue lo único que dijo con su voz profunda y algo aburrida, que pareció rebotar en un eco proveniente de las rocas al darse la vuelta para salir del callejón. Ella hubiera apostado a que las braceras de cuero de sus antebrazos ocultaban cuchillas.

Podría haberle contestado de manera desagradable, solo para sondearlo un poco, pero la gente seguía observándolos. Él avanzó sin dignarse a ver a ninguno de los observadores. Ella no lograba decidir si se sentía impresionada o asqueada.

Siguió al guerrero hada hacia la calle iluminada y por la ciudad bulliciosa. Él no prestaba ninguna atención a los humanos que detenían su trabajo y su andar y sus quehaceres para mirarlo. Ciertamente no esperó a que ella lo alcanzara al acercarse a un par de yeguas ordinarias atadas a un bebedero en una plaza ordinaria. Si la memoria no le fallaba, las hadas, por lo general, tenían caballos mucho más finos. Probablemente había llegado en otra forma y luego los había comprado en la ciudad.

Todos los miembros de la raza de las hadas poseían una forma animal secundaria. Celaena estaba actualmente en la suya, su cuerpo humano mortal tan animal como las aves que circulaban sobre ellos. ¿Pero cuál era el suyo? Podría haber sido un lobo, pensó, con esa túnica que fluía hasta medio muslo como una piel, con sus pisadas tan silenciosas. O un felino de montaña, con esa gracia de depredador.

Se montó en la mayor de las yeguas y le dejó a ella una bestia moteada que parecía más interesada en buscar algo de comer que en cruzar el territorio. Ya eran dos. Pero ya habían avanzado lo suficiente sin ninguna explicación.

Colocó su costal con cosas en una bolsa de la silla de montar e inclinó sus manos para que las mangas ocultaran las angostas líneas de cicatrices en sus muñecas, recuerdos de donde habían estado los grilletes. De donde había estado ella. Eso no era asunto de la incumbencia de él. Ni de Maeve. Mientras menos supieran de ella, menos cosas podrían usar en su contra.

—He conocido a varios hombres del tipo guerrero silencioso y taciturno, pero creo que tú eres el más silencioso y taciturno de todos —él giró la cabeza bruscamente hacia ella y Celaena continuó con voz melosa—: Ah, hola. Creo que tú sabes quién soy yo, así que no me tomaré la molestia de presentarme. Pero antes de que me arrastres, sabrán los dioses a dónde, me gustaría saber quién eres tú.

Él apretó los labios. Miró por la plaza, donde la gente ahora los observaba. Y todos instantáneamente necesitaron estar en otra parte.

Cuando se dispersaron, dijo:

—Ya has observado suficiente de mí en este momento para saber lo que necesitas saber.

Hablaba en lengua común, y su acento era sutil, hermoso, si se sentía lo suficientemente generosa para admitirlo. Un ronroneo suave y vibrante.

—De acuerdo, pero ¿cómo te llamaré?

Tomó la silla de montar entre las manos pero no se subió.

—Rowan.

Su tatuaje parecía absorber el sol, era tan oscuro que parecía recién hecho.

—Bien, Rowan... —el tono no le agradó en lo más mínimo. Sus ojos se entrecerraron ligeramente como advertencia, pero ella continuó—: ¿Me puedo atrever a preguntar a dónde iremos?

Tenía que estar borracha todavía, o estar descendiendo a un nuevo nivel de apatía, si le estaba hablando de esa manera. Pero no podía detenerse, a pesar de que los dioses o el Wyrd o los hilos del destino se aprestaban a mandarla de un empujón hacia su plan de acción original.

—Te llevaré hacia donde están requiriendo tu presencia.

Mientras llegara a ver a Maeve para hacer sus preguntas, no le importaba mucho cómo llegaría a Doranelle, ni con quién viajaba.

“Haz lo que tengas que hacer”, le había dicho Elena. Como era su costumbre, Elena no le había especificado qué debía hacer cuando llegara a Wendlyn. Al menos esto era mejor que comer pan sin levadura y beber vino y que la confundieran con una vagabunda. Tal vez podría embarcarse hacia Adarlan en tres semanas, con las respuestas que resolverían todo.

Esto debería haberla llenado de energía. Pero en vez de eso se montó silenciosamente sobre su yegua, sin palabras ni la voluntad para utilizarlas. Esos breves minutos de interacción la habían consumido por completo.

Era mejor que Rowan no estuviera dispuesto a hablar mientras lo seguía para salir de la ciudad. Los guardias simplemente los dejaron pasar a la salida de la muralla e incluso algunos retrocedieron un poco.

Mientras seguían avanzando, Rowan no le preguntó por qué estaba ahí y qué había estado haciendo los últimos diez años mientras todo el mundo se había ido al infierno. Se puso la capucha clara sobre el cabello plateado y avanzó, aunque seguía siendo bastante fácil distinguir que él era diferente, un guerrero y una ley en sí mismo.

Si en verdad era viejo como sospechaba, ella seguramente era poco más que una mota de polvo para él, un chisporroteo de vida en la gran hoguera de su inmortalidad. Probablemente podría matarla sin pensarlo dos veces y luego continuar con su siguiente tarea, sin perturbarse para nada por haber puesto fin a su existencia.

A Celaena no le molestaba tanto como debería.

CAPÍTULO 3

pleca

Durante un mes ya, había sido el mismo sueño. Todas las noches, una y otra vez, hasta que Chaol podía verlo mientras estaba despierto.

Archer Finn estaba gimiendo mientras Celaena clavaba su daga entre sus costillas hacia su corazón. Abrazó al apuesto cortesano como si fuera un amante, pero cuando miró por encima del hombro de Archer, sus ojos estaban muertos. Vacíos.

El sueño cambiaba, y Chaol no podía decir nada, no podía hacer nada mientras el cabello dorado se oscurecía hasta ponerse negro y la cara agonizante ya no era de Archer sino de Dorian.

El príncipe heredero se retorcía y Celaena lo apretaba más, haciendo girar la daga una última vez antes de dejar que Dorian se desplomara sobre las rocas grises del túnel. La sangre de Dorian ya se estaba acumulando, demasiado rápido. Pero Chaol seguía sin poder moverse, no podía acercarse a su amigo ni a la mujer que amaba.

Las heridas de Dorian se multiplicaban y había sangre, tanta sangre. Conocía estas heridas. Aunque nunca había visto el cuerpo, había revistado los informes que detallaban lo que Celaena le había hecho al asesino a sueldo Tumba en ese callejón, la carnicería que había hecho con su cuerpo por matar a Nehemia.

Celaena bajaba su daga y cada gota de sangre que caía de su hoja brillante creaba ondas en el charco que la rodeaba ya. Inclinaba la cabeza hacia atrás e inhalaba profundamente, respirando la muerte frente a ella, tomándola en su alma: venganza y éxtasis mezclados en la matanza de su enemigo. Su verdadero enemigo. El Imperio Havilliard.

El sueño volvía a cambiar y Chaol estaba debajo de ella mientras ella se movía sobre él, con la cabeza todavía echada hacia atrás, con esa misma expresión de éxtasis escrita por toda su cara manchada de sangre.

Enemiga. Amante.

Reina.

pleca1

El recuerdo del sueño se astilló cuando Chaol parpadeó para ver a Dorian, quien estaba sentado a su lado en su vieja mesa del gran salón esperando una respuesta a lo que sea que hubiera dicho. Chaol se encogió avergonzado.

El príncipe heredero no le devolvió la media sonrisa a Chaol. En vez de eso, Dorian dijo suavemente:

—Estabas pensando en ella.

Chaol tomó un bocado de su guiso de cordero pero no le supo a nada. Dorian era demasiado observador para su propio bien. Y Chaol no tenía ningún interés en hablar sobre Celaena. Ni con Dorian ni con nadie. La verdad que él sabía sobre ella podía poner en riesgo no solo la vida de ella, sino la de otros.

—Estaba pensando en mi padre —mintió Chaol—. Cuando regrese a Anielle en unas cuantas semanas, debo irme con él.

Ese era el precio que debía pagar para hacer que Celaena se fuera a la seguridad de Wendlyn: el apoyo de su padre a cambio de su regreso al Lago de Plata para asumir su título como heredero de Anielle. Y había estado dispuesto a hacer ese sacrificio; haría cualquier sacrificio para mantener a Celaena y sus secretos a salvo. Incluso ahora que sabía quién y qué era ella. Incluso después de que ella le habló sobre el rey y las llaves del Wyrd. Si ese era el precio que había que pagar, que así fuese.

Dorian miró hacia la mesa principal, donde el rey y el padre de Chaol estaban cenando. El príncipe heredero debería haber cenado con ellos, pero había elegido sentarse con Chaol. Era la primera vez que Dorian lo hacía en mucho tiempo, la primera vez que habían hablado desde su tensa conversación sobre la decisión de enviar a Celaena a Wendlyn.

Dorian entendería si supiera la verdad. Pero Dorian no podía saber quién y qué era Celaena, o lo que el rey estaba planeando realmente. La posibilidad de que ocurriera un desastre era demasiado alta. Y los secretos del mismo Dorian eran suficientemente mortales.

—Escuché rumores de que te irías —dijo Dorian cautelosamente—. No me había dado cuenta de que eran ciertos.

Chaol asintió, tratando de encontrar algo, cualquier cosa que decirle a su amigo.

Aún no habían hablado acerca de la otra cosa que se interponía entre ellos, el otro fragmento de verdad que había salido a la luz esa noche en los túneles: Dorian tenía magia. Chaol no quería saber nada al respecto. Si el rey decidía interrogarlo... esperaba poder aguantar, si alguna vez llegaba a eso. El rey, lo sabía, tenía métodos mucho más oscuros para extraer información que la tortura. Así que no había preguntado y no había dicho ni una palabra. Y Dorian tampoco.

Miró a Dorian a los ojos. No había amabilidad ahí. Pero Dorian dijo:

—Estoy tratando, Chaol.

Tratando, porque el hecho de que Chaol no lo hubiera consultado acerca del plan de sacar a Celaena de Adarlan había quebrantado su confianza, y era algo que lo avergonzaba, aunque Dorian nunca pudiera saber eso tampoco.

—Lo sé.

—Y a pesar de lo que sucedió, estoy bastante seguro de que no somos enemigos —la boca de Dorian se torció levemente hacia un lado.

Siempre serás mi enemigo. Celaena había gritado esas palabras a Chaol la noche que Nehemia murió. Las gritó con diez años de convicción y odio, una década que pasó guardando el mayor secreto del mundo, oculto tan profundamente en su interior que ella se había convertido en otra persona.

Porque Celaena era Aelin Ashryver Galathynius, heredera al trono y reina verdadera de Terrasen.

Eso la convertía en su enemiga mortal. La convertía en la enemiga de Dorian. Chaol todavía no sabía qué hacer al respecto, o qué significaba para ellos, para la vida que se había imaginado que tendrían. El futuro que alguna vez soñó había desaparecido irrevocablemente.

Había visto cómo su mirada estaba muerta esa noche en los túneles, junto con la rabia y el agotamiento y el dolor. La había visto cruzar un límite cuando Nehemia murió, y sabía lo que le había hecho a Tumba en venganza. No dudaba por un instante que podría cruzar ese umbral nuevamente. Había mucha oscuridad brillando en ella, un precipicio interminable que la atravesaba por completo.

La muerte de Nehemia la había destrozado. Lo que él había hecho, su papel en esa muerte, también la había destrozado. Lo sabía. Simplemente rezaba para que ella pudiera volver a reconstruirse. Porque una asesina destrozada, impredecible, era una cosa, pero una reina...

—Parece que tienes náuseas —dijo Dorian mientras recargaba los antebrazos en la mesa—. Dime, ¿qué pasa?

Chaol había estado mirando hacia la nada de nuevo. Durante un instante, el peso de todo lo presionó con tal fuerza que abrió la boca.

Pero el sonido de espadas que chocaban contra escudos para saludar retumbó desde el pasillo y Aedion Ashryver, el famoso general del norte del rey de Adarlan, y primo de Aelin Galathynius, entró dando zancadas al gran salón.

El salón quedó en silencio, incluidos el padre de Chaol y el rey en la mesa principal. Antes de que Aedion cruzara la mitad de la habitación, Chaol ya estaba acomodado en la parte inferior del estrado.

El joven general no era una amenaza. Más bien lo era la manera en que Aedion avanzaba hacia la mesa del rey, su cabellera dorada al hombro brillando bajo la luz de las antorchas mientras sonreía a todos.

Decir que era apuesto sería describir a Aedion superficialmente. Era más bien abrumador, enorme y muy musculoso. Aedion era en cada centímetro de su cuerpo el guerrero que se rumoraba. A pesar de que sus ropas resultaban básicamente funcionales, Chaol podía distinguir que el cuero de su armadura ligera gozaba de hechura fina y estaba exquisitamente detallado. Tenía una piel de lobo blanco cubriéndole los hombros anchos y un escudo redondo a la espalda, junto con una espada que se veía antigua.

Pero su rostro. Y sus ojos... ¡Dioses! Chaol puso una mano en su espada, obligando a sus facciones a que permanecieran neutrales, desinteresadas, mientas el Lobo del Norte se acercaba lo suficiente como para matarlo.

Eran los ojos de Celaena. Ojos Ashryver. Un turquesa impactante con un corazón dorado tan brillante como su cabello. Su cabello era incluso del mismo tono. Podrían haber sido gemelos si Aedion no tuviera veinticuatro años y no estuviera bronceado tras años de estar en las montañas nevadas de Terrasen.

¿Por qué se había molestado el rey en mantener a Aedion vivo todos estos años? ¿Por qué molestarse en convertirlo en uno de sus generales más fieros? Aedion era un príncipe de la línea real de Ashryver y lo habían educado en la casa Galathynius, y sin embargo servía al rey.

La sonrisa de Aedion permaneció cuando se detuvo frente a la mesa principal e hizo una reverencia corta que incluso a Chaol sorprendió momentáneamente.

—Su Majestad —dijo el general con aquellos ojos encendidos.

Chaol miró hacia la mesa principal para ver si el rey, si alguien, notaba las similitudes que podrían condenar no solo a Aedion, sino a Chaol y a Dorian y a todos los que le importaban. Su padre solamente esbozó una sonrisa pequeña y satisfecha.

Pero el rey fruncía el ceño.

—Te esperaba hace un mes.

Aedion tuvo el descaro de encogerse de hombros.

—Disculpe. Hubo una última tormenta de invierno en las Staghorns. Salí en cuanto pude.

Todas las personas del salón contuvieron la respiración. El temperamento de Aedion y su insolencia eran casi legendarios, una de las razones por las cuales ocupaba un cargo en los límites del norte. Chaol siempre había considerado que era sabio mantenerlo lejos de Rifthold, en especial dado que Aedion parecía ser un bastardo doble cara y el Flagelo, como se le conocía a la legión de Aedion, era famoso por su destreza y brutalidad, pero ahora... ¿por qué lo había llamado el rey a la capital?

El rey tomó su cáliz y agitó el vino en su interior.

—No recibí noticias de que tu legión estuviera aquí.

—No lo está.

Chaol se preparó para la orden de ejecución, rezando por no tener que ser él quien la llevara a cabo. El rey dijo:

—Te dije que los trajeras, general.

—Y yo que pensaba que lo que quería era el placer de mi compañía —el rey gruñó y Aedion agregó—: Estarán aquí en una semana, más o menos. No quería perderme de la diversión —Aedion encogió los enormes hombros otra vez—. Al menos no vine con las manos vacías —tronó los dedos detrás de él y un paje entró corriendo con un gran costal—. Regalos del norte, cortesía del último campo rebelde que saqueamos. Le gustarán.

El rey puso los ojos en blanco y le hizo un gesto con la mano al paje:

—Mándalos a mis aposentos. Tus regalos, Aedion, tienden a ofender a la gente refinada.

Se escucharon unas risas apagadas de Aedion y de algunos de los hombres en la mesa del rey. Sin duda, Aedion estaba bailando en una cuerda floja muy peligrosa. Al menos Celaena tenía la prudencia de mantener la boca cerrada frente al rey.

Considerando los trofeos que el rey había recolectado de Celaena cuando era campeona, los artículos de ese costal no serían solamente oro y joyas. Pero recolectar cabezas y miembros de la misma gente de Aedion, de la gente de Celaena...

—Tengo una reunión del consejo mañana, te quiero ahí, general —dijo el rey.

Aedion se puso la mano en el pecho.

—Su voluntad es la mía, Majestad.

Chaol tuvo que controlar su terror al ver lo que brillaba en el dedo de Aedion. Un anillo negro, el mismo que usaban el rey, Perrington y la mayoría de aquellos bajo su control. Eso explicaba por qué el rey permitía la insolencia: a final de cuentas, la voluntad del rey era realmente la de Aedion.

Chaol mantuvo el rostro impasible cuando el rey le hizo un ademán breve: podía retirarse. Chaol hizo una reverencia en silencio, ahora ya con ganas de regresar a su mesa. Lejos del rey, lejos del hombre que controlaba el destino de su mundo entre sus manos ensangrentadas. Lejos de su padre, quien veía demasiado. Lejos del general, quien ahora estaba haciendo sus rondas por el pasillo, dando palmadas a los hombres en la espalda, guiñando el ojo a las mujeres.

Chaol había dominado el horror que se revolvía en sus entrañas para cuando llegó de regreso a su asiento y encontró a Dorian frunciendo el ceño.

—Regalos —murmuró el príncipe—. Dioses, es insufrible.

Chaol estaba de acuerdo. A pesar del anillo negro del rey, Aedion parecía tener su propia mente, y se comportaba tan salvaje en el campo de batalla como fuera. Por lo general hacía que Dorian pareciera célibe cuando buscaba maneras perversas de divertirse. Chaol nunca había pasado mucho tiempo con Aedion, ni quería, pero Dorian lo conocía desde hacía tiempo. Desde...

Se habían conocido de niños. Cuando Dorian y su padre visitaron Terrasen en los días antes de que la familia real fuera asesinada. Cuando Dorian había conocido a Aelin, a Celaena.

Era bueno que Celaena no estuviera ahí para atestiguar en qué se había convertido Aedion. No solo por el anillo. Traicionar así a su gente...

Aedion se sentó en la banca al otro lado de su mesa, sonriendo. Era un depredador evaluando a sus presas.

—Ustedes dos están sentados en esta misma mesa desde la última vez que los vi. Es bueno saber que hay ciertas cosas que nunca cambian.

Dioses, esa cara. Era la cara de Celaena, el otro lado de la moneda. La misma arrogancia, la misma rabia sin control. Pero mientras Celaena parecía tener chispazos de ella, en Aedion parecía... pulsar. Y había algo más maligno, mucho más amargado en el rostro de Aedion.

Dorian recargó los antebrazos en la mesa y esbozó una sonrisa despreocupada.

—Hola, Aedion.

Aedion no le hizo caso y cuando estiró el brazo para tomar una pierna de cordero asado, el anillo brilló en su mano.

—Me gusta la nueva cicatriz, capitán —dijo haciendo un gesto con la barbilla hacia la delgada línea blanca que cruzaba la mejilla de Chaol. La cicatriz que Celaena le había provocado la noche que Nehemia murió y había intentado matarlo: ahora era un recuerdo permanente de todo lo que había perdido. Aedion continuó—: Parece que todavía no te terminan de tragar. Y por fin ya te dieron tu espada de niño grande.

Dorian dijo:

—Me alegra ver que la tormenta no opacó tu estado de ánimo.

—¿Semanas encerrado sin nada que hacer salvo entrenar y acostarme con mujeres? Es un milagro que me haya tomado la molestia de bajar de las montañas.

—No me había dado cuenta de que te tomabas la molestia de hacer algo a menos de que sirviera a tus propios intereses.Ahí está el espíritu encantador de los Havilliard —contestó con una risa grave.

Aedion empezó a comer y Chaol estaba a punto de exigir saber por qué se había molestado en sentarse con ellos, aparte de para atormentarlos, como siempre le había gustado hacer cuando el rey no estaba prestando atención, y se dio cuenta de que Dorian estaba mirándolo fijamente.

No estaba mirando el tamaño descomunal de Aedion ni su armadura, sino su rostro, sus ojos...

—¿No deberías estar en alguna fiesta o algo? —le preguntó Chaol a Aedion—. Me sorprende que sigas por aquí cuando tus tentaciones usuales te esperan en la ciudad.

—¿Esa es tu manera cortés de pedirme una invitación a mi reunión de mañana, capitán? Me sorprendes. Siempre has sugerido que estás por arriba del tipo de fiestas que yo organizo —sus ojos turquesa se cerraron un poco y esbozó una sonrisa ladina a Dorian—. Sin embargo, la última fiesta que hice funcionó muy bien para ti. Gemelas pelirrojas, si recuerdo bien.

—Te decepcionará saber que ya superé ese tipo de existencia —dijo Dorian.

Aedion devolvió su atención a la comida.

—Más para mí, entonces.

Chaol apretó los puños debajo de la mesa. Celaena no había sido precisamente virtuosa en los últimos diez años, pero nunca había matado a un ciudadano nacido en Terrasen. De hecho, se había negado a hacerlo. Y Aedion siempre había sido un maldito infeliz, pero ahora... ¿Sabía lo que traía puesto en el dedo? ¿Sabía que, a pesar de su arrogancia, su desafío y su insolencia, el rey podía obligarlo a doblegarse ante su voluntad cuando quisiera? No podía advertírselo a Aedion, no sin correr el riesgo de hacerse matar y de que mataran a todos quienes le importaban, en caso de que Aedion estuviera verdaderamente aliado con el rey.

—¿Cómo están las cosas en Terrasen? —preguntó Chaol, porque Dorian nuevamente estaba estudiando a Aedion.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que están bien alimentados después de un invierno brutal? ¿Que no perdimos demasiados por enfermedad? —resopló Aedion—. Supongo que cazar rebeldes siempre es divertido, si es el tipo de cosa que te gusta. Espero que Su Majestad haya convocado al Flagelo al sur para finalmente darles algo de acción de verdad.

Cuando Aedion se estiró para tomar el agua, Chaol miró la empuñadura de su espada. El metal opaco estaba lleno de pequeñas muescas y rayones y el pomo era apenas un trozo pequeño de cuerno redondeado y un poco cuarteado. Era una espada muy simple y sencilla para uno de los mayores guerreros de Erilea.

—La Espada de Orynth —dijo Aedion como si sintiera pereza—. Un regalo de Su Majestad tras mi primera victoria.

Todos conocían esa espada. Había sido un tesoro de la familia real de Terrasen que pasaba de gobernante a gobernante. Por derecho, le pertenecía a Celaena. Había sido de su padre. Que Aedion la tuviera, considerando lo que hacía ahora con ella, las vidas que tomaba, era una bofetada en el rostro para Celaena y su familia.

—Me sorprende que te molestes con tales sentimentalismos —dijo Dorian.

—Los símbolos tienen poder, príncipe —dijo Aedion y lo inmovilizó con la mirada. La mirada de Celaena: inquebrantable y con una chispa de desafío—. Te sorprendería el poder que esta espada todavía tiene en el norte, lo que hace para convencer a la gente de no seguir planes imprudentes.

Tal vez las habilidades y la sagacidad de Celaena no eran inusuales entre sus consanguíneos. Pero Aedion era un Ashryver, no un Galathynius, lo cual significaba que su bisabuela había sido Mab, una de las tres reinas hadas, que en generaciones recientes se había coronado como diosa y había recibido el nombre de Deanna, Señora de la Cacería. Chaol tragó saliva.

Cayó el silencio, tenso como la cuerda de un arco.

—¿Hay problemas entre ustedes? —preguntó Aedion dando un mordisco a su carne—. Déjenme adivinar: una mujer. ¿La campeona del rey, tal vez? Los rumores dicen que es... interesante. ¿Por eso ya no te diviertes con mi estilo de fiestas, principito? —miró alrededor del salón—. Me gustaría conocerla, creo.

Chaol se esforzó por no asir su espada.

—Está afuera.

Aedion esbozó una sonrisa cruel a Dorian.

—Qué pena. Tal vez ella me hubiera convencido también de cambiar.

—Cuida tu boca —le gruñó Chaol. Se habría reído si no hubiera tenido tantas ganas de estrangular al general. Dorian simplemente se puso a tamborilear con los dedos en la mesa—. Y muestra un poco de respeto.

Aedion rio y terminó de comer su cordero.

—Soy un sirviente fiel de Su Majestad, desde siempre —Ashryver posó sus ojos nuevamente sobre Dorian—. Tal vez algún día también sea tu puta.

—Si sigues vivo para entonces —ronroneó Dorian.

Aedion continuó comiendo, pero Chaol podía sentir que su concentración seguía fija en ellos.

—Dicen los rumores que mataron a una matrona de un clan de brujas aquí hace poco —dijo Aedion desinteresadamente—. Desapareció, aunque sus aposentos indicaban que no se había ido sin oponer mucha resistencia.

Dorian preguntó, tajante:

—¿Por qué te interesa eso?

—Me dedico a saber cuándo llegan a su fin los que manejan el poder en el reino.

Un escalofrío recorrió la columna de Chaol como araña. Sabía muy poco sobre las brujas. Celaena le había contado algunas historias, y siempre rezó pidiendo que fueran exageraciones. Pero algo parecido al temor se asomó en el rostro de Dorian.

Chaol se inclinó hacia el frente:

—No es de tu incumbencia.

Aedion volvió a hacer caso omiso de Chaol y le guiñó el ojo al príncipe. Las fosas nasales de Dorian se abrieron, la única señal de que la rabia estaba subiendo a la superficie. Pero también el aire en la habitación cambió, se hizo más ágil. Magia.

Chaol le puso una mano en el hombro a su amigo.

—Se nos hará tarde —mintió, pero Dorian entendió. Tenía que sacar a Dorian, alejarlo de Aedion e intentar controlar la tormenta desastrosa que empezaba a cernirse entre los dos hombres—. Descansa, Aedion.

Dorian no se molestó en decir nada y sus ojos color zafiro permanecieron congelados.

Aedion sonrió burlonamente:

—La fiesta es mañana en Rifthold, por si tienes ganas de revivir los buenos tiempos, príncipe.

Vaya que el general sabía exactamente qué botones presionar y no le importaba el lío que armara. Eso lo hacía peligroso: mortal.

En especial en lo que respectaba a Dorian y su magia. Chaol se obligó a darles las buenas noches a algunos de sus hombres, a verse tranquilo y despreocupado mientras se alejaban del comedor. Aedion Ashryver había llegado a Rifthold y estuvo muy cerca de encontrarse con su prima desaparecida muchos años antes.

Si Aedion supiera que Aelin seguía con vida, si supiera en quién y en qué se había convertido o qué sabía sobre el poder secreto del rey, ¿estaría de su lado o la destruiría? Dadas sus acciones, dado el anillo que portaba..., Chaol no quería que el general se acercara a ella. Ni a Terrasen tampoco.

Se preguntó cuánta sangre se derramaría cuando Celaena supiera lo que había hecho su primo.

Chaol y Dorian caminaron en silencio durante la mayor parte del recorrido hacia la torre del príncipe. Cuando dieron la vuelta por un pasillo vacío y estuvieron seguros de que nadie podía escucharlos, Dorian dijo:

—No necesitaba que intervinieras.

—Aedion es un bastardo —gruñó Chaol. La conversación podría terminar ahí, y parte de él se sentía tentada a dejarla, pero se obligó a seguir hablando—. Me preocupaba que explotaras. Como sucedió en los pasajes —dejó salir un poco del aire que estaba reteniendo—. ¿Estás... estable?

—Algunos días son mejores que otros. Parece detonarse si me enojo o me asusto.

Entraron a un pasillo que terminaba en una puerta de madera en forma de arco que daba hacia la torre de Dorian, pero Chaol lo detuvo con un brazo sobre el hombro.

—No quiero detalles —murmuró para que los guardias apostados afuera de la puerta de Dorian no pudieran escuchar—, porque no quiero que mi conocimiento se use contra ti. Sé que he cometido errores, Dorian. Créeme, lo sé. Pero mi prioridad siempre ha sido, y sigue siendo, protegerte.

Dorian lo miró durante un rato largo con la cabeza de lado. Chaol debía verse tan mal como se sentía, porque la voz del príncipe fue casi suave cuando le dijo:

—¿Por qué la mandaste a Wendlyn en realidad?

La agonía lo golpeó con fuerza, cruda y con bordes afilados. Pero a pesar de todas las ganas que tenía de contarle al príncipe sobre Celaena, a pesar de todas las ganas que tenía de descargar todos sus secretos para que pudieran llenar el agujero en su centro, no pudo. Así que simplemente dijo:

—La mandé allá para que hiciera lo que tiene que hacerse.

Empezó a caminar de regreso por el pasillo. Dorian no lo llamó.

CAPÍTULO 4

pleca

Manon se cerró con fuerza la capa color rojo sangre que la cubría y presionó su cuerpo en las sombras del armario, escuchando a los tres hombres que se habían metido a su cabaña.

Había percibido el miedo y la furia crecientes en el viento todo el día y se había pasado la tarde preparándose. Se había sentado en la azotea de paja de la cabaña blanca cuando vio sus antorchas que subían y bajaban por los pastizales altos de la pradera. En el pueblo nadie había intentado detener a los tres hombres, aunque tampoco se habían unido a su grupo.

Una bruja Crochan había llegado a su pequeño valle verde en el norte de Fenharrow, habían dicho. En las semanas que llevaba viviendo entre ellos, apenas logrando subsistir miserablemente, estuvo esperando esta noche. Era lo mismo en todos los poblados donde había vivido o que había visitado.

Contuvo el aliento y se mantuvo tan quieta como un ciervo cuando uno de los hombres, un granjero alto y barbado con manos del tamaño de platos, entró a su recámara. Incluso desde el armario podía oler la cerveza en su aliento y la sed de sangre. Los habitantes del pueblo sabían exactamente lo que planeaban hacer con la bruja que vendía pociones y encantamientos desde su puerta trasera, y que podía predecir el sexo de un bebé antes de que naciera. A ella le sorprendió que estos hombres se hubieran tardado tanto en animarse a llegar a su casa, para atormentar y después destruir aquello que los petrificaba.

El granjero se detuvo en medio de la habitación.

—Sabemos que estás aquí —dijo intentando convencerla, mientras se acercaba a la cama y buscaba en cada rincón de la recámara—. Solo queremos hablar. Algunos de los habitantes del pueblo están asustados, ¿sabes? Más asustados de ti que tú de ellos, te apuesto.

Ella sabía bien que no debía escuchar, en especial al notar que una daga brillaba a su espalda cuando se asomó bajo la cama. Siempre era lo mismo, en todos los pueblos y ciudades de mortales intransigentes que visitaba.

Cuando el hombre se enderezó, Manon salió del armario y se escondió en la oscuridad detrás de la puerta de la recámara.

El sonido del tintineo y los golpes le dijeron lo suficiente sobre lo que estaban haciendo los otros dos hombres: no solo la estaban buscando, sino que estaban robándose todo lo que querían. No había mucho que robar; la cabaña ya estaba amueblada cuando ella llegó y todas sus pertenencias, por su profesión e instinto, estaban en un costal en la esquina del armario que acababa de dejar. Sin llevarse nada, sin dejar nada atrás.

—Solo queremos conversar, bruja.

El hombre se dio la vuelta tras haber inspeccionado la cama y por fin se dio cuenta de que había un armario. Sonrió, triunfante, anticipando lo que encontraría.

Con un movimiento suave de los dedos, Manon cerró la puerta de la recámara tan silenciosamente que el hombre no se dio cuenta mientras se acercaba al armario. Había aceitado las bisagras de todas las puertas de la casa.

Su mano enorme tomó la perilla de la puerta del armario, con la daga ahora sostenida en un ángulo a su costado.

—Sal, pequeña Crochan —canturreó.

Silenciosa como la muerte, Manon se deslizó detrás de él. El tonto ni siquiera se enteró de que estaba ahí hasta que su boca estuvo tan cerca de su oído como para susurrarle:

—Bruja equivocada.

El hombre se dio la vuelta y cerró la puerta del armario de golpe. Levantó la daga entre ellos mientras su pecho subía y bajaba con su respiración. Manon se limitó a sonreír con su cabello blanco plateado que brillaba bajo la luz de la luna. Entonces él notó la puerta cerrada e inhaló para gritar. Pero Manon sonrió más ampliamente y una hilera de dientes de hierro afilados como navajas se asomaron de las ranuras en sus encías y bajaron como armadura. El hombre se quedó mirándola y chocó con la puerta que estaba tras él otra vez, con los ojos tan abiertos que la parte blanca brillaba a todo su alrededor. La daga cayó ruidosamente a los tablones del piso.

Y entonces, solamente para hacerlo ensuciarse los pantalones, ella hizo girar sus muñecas en el aire frente a él. Las garras de hierro salieron rápidamente sobre sus uñas con un destello punzante y brillante.

El hombre empezó a murmurar una plegaria a sus dioses de corazón suave mientras Manon lo conducía de regreso hacia la ventana solitaria: que pensara que tenía oportunidad de escaparse mientras ella lo acechaba, aún sonriendo. El hombre ni siquiera logró gritar antes de que le arrancara la garganta.

Cuando terminó con él, salió por la puerta de la recámara. Los otros dos hombres seguían saqueando. Aún creían que todas esas cosas le pertenecían a ella. Era simplemente una casa abandonada; sus dueños anteriores habían muerto o habían tenido la inteligencia necesaria para salirse de este lugar podrido.

El segundo hombre tampoco alcanzó a gritar antes de que ella le abriera el vientre con dos zarpazos de sus uñas de hierro. Pero el tercer campesino entró a buscar a sus compañeros, y cuando la vio ahí parada, con una mano retorcida en el interior de su amigo y con la otra sosteniéndolo cerca mientras usaba sus dientes de hierro para arrancarle la garganta, corrió.

El sabor corriente y diluido del hombre, con un toque de violencia y miedo, cubrió su lengua, y escupió hacia el piso de madera. Pero Manon no se preocupó de limpiarse la sangre que le escurría por la barbilla en lo que el campesino restante se adelantaba un poco hacia el campo lleno de pastos invernales, tan alto que quedaba muy por arriba de sus cabezas.

Contó hasta diez, porque quería cazar, y así había sido desde que había salido del vientre de su madre cuando entró rugiendo y ensangrentada a este mundo.

Ella era Manon Picos Negros, heredera del clan de brujas Picos Negros, y había estado ahí por semanas, fingiendo ser una bruja Crochan con la esperanza de que eso hiciera salir a las reales.

Todavía estaban por ahí las santurronas e insufribles Crochans, escondiéndose como sanadoras y como sabias. Su primera víctima significativa había sido una Crochan de no más de dieciséis años, de la misma edad que Manon en ese momento. La niña de cabello oscuro había estado usando la capa color rojo sangre que todas las Crochans recibían con su primer sangrado, y para lo único que había servido era para marcarla como presa.

Después de que Manon dejó el cadáver de la Crochan en ese paso de montaña lleno de nieve, se había llevado la capa como trofeo. Todavía la utilizaba, más de cien años después. Ninguna otra Dientes de Hierro lo podría haber hecho: porque ninguna otra bruja Dientes de Hierro se hubiera atrevido a provocar la furia de las tres matronas utilizando el color de sus enemigas ...