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IT

Stephen King

5


Fragmento

Índice

It (Eso)

Primera parte. La montaña de cristal I. Después de la inundación (1957) II. Después del festival (1984) III. Seis llamadas telefónicas (1985) Derry: El primer interludio Segunda parte. Junio de 1958 IV.Ben Hanscom sufre una caída V.Bill Denbrough sale pitando (I) VI.Uno de los desaparecidos: Relato del verano de 1958 VII.El dique en los Barrens VIII.La habitación de Georgie y la casa de Neibolt Street IX.La limpieza Derry: El segundo interludio Tercera parte. Adultos X.La reunión XI.Paseos XII.Tres huéspedes sin invitación Derry: El tercer interludio Cuarta parte. Julio de 1958 XIII.La apocalíptica batalla a pedradas XIV.El álbum XV.El pozo de humo XVI.La fractura de Eddie XVII. Otro de los desaparecidos: La muerte de Patrick Hockstetter XVIII.El tirachinas Derry: El cuarto interludio Quinta parte. El rito de Chüd XIX. En las vigilias de la noche XX. El círculo se cierra XXI.Debajo de la ciudad XXII.El rito de Chüd XXIII.La salida Derry: El último interludio

Epílogo. Bill Denbrough sale pitando (II)

Notas

Biografía

Créditos

Esta vieja ciudad ha sido hogar desde que yo recuerde

y aquí estará después que me haya ido.

A un lado y al otro, échale una mirada.

Aunque venida a menos, te llevo hasta en los huesos.

The Michael Stanley Band

¿Qué buscas, viejo amigo?

Después de tantos años, a qué vienes

con sueños que albergaste

bajo cielos ajenos

muy lejos de tu tierra.

GEORGE SEFERIS

Del azul del cielo al negro de la nada.

NEIL YOUNG

PRIMERA PARTE

LA SOMBRA, ANTES

¡Empiezan!

Las perfecciones se acentúan.

La flor extiende sus coloridos pétalos

amplios al sol.

Pero la lengua de la abeja

no les acierta.

Se hunden de nuevo en el lodo

dando un grito

—puede decirse que es un grito

que repta sobre ellos, un estremecimiento

mientras se marchitan y se esfuman…

WILLIAM CARLOS WILLIAMS, Paterson

     Nacido en una ciudad de muertos.

BRUCE SPRINGSTEEN

I. DESPUÉS DE LA
INUNDACIÓN (1957)

1

El terror, que no terminaría por otros veintiocho años —si es que terminó alguna vez—, comenzó, hasta donde sé o puedo contar, con un barco de papel que flotaba a lo largo del arroyo de una calle anegada de lluvia.

El barquito cabeceó, se ladeó, volvió a enderezarse en medio de traicioneros remolinos y continuó su marcha por Witcham Street hacia el cruce de ésta y Jackson. El semáforo de la esquina estaba a oscuras y también todas las casas, en aquella tarde de otoño de 1957. Llovía sin cesar desde hacía una semana y dos días atrás habían llegado los vientos. Desde entonces, la mayor parte de Derry había quedado sin corriente eléctrica y aún seguía así.

Un chiquillo de impermeable amarillo y botas rojas seguía alegremente al barco de papel. La lluvia no había cesado, pero al fin estaba amainando. Caía sobre la capucha amarilla del impermeable y a oídos del niño sonaba como lluvia sobre el tejado de un cobertizo … un sonido reconfortante, casi acogedor. El niño se llamaba George Denbrough. Tenía seis años. William, su hermano, a quien los niños de la escuela primaria de Derry conocían como Bill el Tartaja, estaba en su casa recuperándose de una aguda gripe. En ese otoño de 1957, ocho meses antes de que comenzasen realmente los horrores y veintiocho años antes del desenlace final, Bill el Tartaja tenía diez años.

El barquito junto al cual corría George era obra de Bill. Lo había hecho sentado en su cama, con la espalda apoyada en un montón de almohadas, mientras la madre tocaba Para Elisa en el piano de la sala y la lluvia batía monótonamente la ventana de su habitación.

A un tercio de manzana, camino del semáforo apagado, Witcham Street estaba cerrada al tráfico por varios toneles de brea y cuatro caballetes color naranja en los que se leía: AYUNTAMIENTO DE DERRY DEPARTAMENTO DE OBRAS PÚBLICAS. Tras ellos, la lluvia había desbordado alcantarillas atascadas con ramas, piedras y cúmulos de pegajosas hojas otoñales. El agua había horadado el pavimento al principio y arrancado luego grandes trozos. Hacia el mediodía del cuarto día de lluvia, algunos trozos de pavimento eran arrastrados por la intersección de Jackson y Witcham como témpanos de hielo en miniatura. Muchos habitantes de Derry habían empezado por entonces a hacer chistes nerviosos sobre el Arca. El Departamento de Obras Públicas se las había arreglado para mantener abierta Jackson Street, pero Witcham estaba intransitable desde las barreras hasta el centro mismo de la ciudad.

Todos estaban de acuerdo, sin embargo, en que lo peor había pasado. El río Kenduskeag había crecido casi hasta sus márgenes en los eriales y pocos centímetros por debajo de los muros de cemento del canal que le conducía por el centro de la ciudad. En esos momentos, un grupo de hombres —entre ellos Zack Denbrough, el padre de George y Bill— estaba retirando los sacos de arena que habían lanzado el día anterior con aterrorizada prisa. Un día antes, la inundación y los costosos daños parecían casi inevitables. Bien sabía Dios que ya había ocurrido anteriormente —la inundación de 1931 había sido un desastre con un costo de millones de dólares y de más de veinte vidas—. De aquello hacía ya mucho tiempo, pero aún quedaba gente por ahí que lo recordaba para asustar al resto. Una de las víctimas de la inundación había sido hallada en Bucksport, a unos cuarenta kilómetros de distancia. Los peces le habían comido los ojos, tres dedos, el pene y la mayor parte del pie izquierdo. Agarrado por lo que restaba de sus manos, había aparecido el volante de un Ford.

Ahora, sin embargo, el río estaba retrocediendo y cuando se elevara la nueva presa hidráulica de Bangor, corriente arriba, dejaría de ser una amenaza. Al menos eso decía Zack Denbrough, que trabajaba en Hidroeléctrica Bangor. En cuanto a los demás … bueno, las inundaciones futuras esperarían. Lo importante era salir de ésta, devolver la corriente eléctrica y después olvidarla. En Derry, olvidar la tragedia y el desastre era casi un arte, tal como Bill Denbrough llegaría a descubrir con el tiempo.

George se detuvo detrás de las barreras al borde de una profunda grieta abierta en la superficie de alquitrán de Witcham Street. La grieta discurría casi exactamente en diagonal. Terminaba al otro extremo de la calle, a unos doce metros de donde él se encontraba, colina abajo hacia la derecha. Rió en voz alta, mientras el agua desbordada llevaba su barco de papel hasta unas diminutas cataratas formadas por otra grieta en el pavimento. El agua había abierto un canal que corría paralelo a la grieta y el barco iba de un lado a otro de la calle arrastrado tan deprisa por la corriente que George tuvo que correr para seguirlo. El agua formaba láminas de lodo bajo sus botas. Sus hebillas sonaban con un jubiloso tintineo mientras George Denbrough corría hacia su extraña muerte. Y el sentimiento que le colmaba en ese momento era, simplemente, amor hacia su hermano … amor y también cierta tristeza porque Bill no podía estar allí para ver aquello. Claro que él trataría de contárselo cuando volviese a casa, pero sabía que jamás conseguiría que Bill lo viese tal como éste sí lo hubiese conseguido. Bill destacaba en lectura y redacción, pero aun a su edad George tenía capacidad suficiente para comprender que no sólo por eso obtenía Bill las mejores notas; tampoco era el único motivo de que a los maestros les gustaran tanto sus composiciones. La forma de contar era sólo una parte del asunto. Bill sabía ver.

El barquito sólo era una página arrancada de la sección de anuncios clasificados del News de Derry, pero George lo imaginaba como una torpedera en una película de guerra de las que él y Bill solían ver en el cine Derry, en las matinées de los sábados. Una película de guerra en la que John Wayne luchaba contra los japoneses. La proa del barco levantaba olas a cada lado mientras seguía su precipitado curso hacia la cuneta del lado izquierdo de la calle. En ese punto, un nuevo arroyuelo corría sobre la grieta abierta en el pavimento creando un remolino bastante grande. George pensó que el barco se iría a pique. Escoró de modo alarmante pero luego se enderezó, giró y navegó rápidamente hacia la intersección. George lanzó gritos de júbilo y corrió para alcanzarlo. Sobre su cabeza, una torva ráfaga de viento otoñal hizo silbar los árboles, casi completamente liberados de sus hojas a causa de la tormenta, que ese año había sido un segador implacable.

2

Incorporado en la cama, con las mejillas aún sonrojadas (pero con la fiebre retirándose finalmente), Bill había terminado el bote, pero cuando George intentó cogerlo, Bill lo puso fuera de su alcance.

—Ahora t-t-tráeme la p-p-parafina.

—¿Qué es eso? ¿Dónde está?

—Está en el es-t-t-tante del s-s-sótano, al bajar —dijo Bill—. En una caja que dice G-gu-Gulf. Tráeme eso, junto con un cuchillo y un c-c-cuenco. Y una c-c-caja de f-fósforos.

George fue en busca de esas cosas. Oyó que su madre seguía tocando el piano, pero ya no era Para Elisa, sino algo que no le gustaba tanto, algo que sonaba seco y alborotado; oyó la lluvia azotando las ventanas de la cocina. Ese sonido era reconfortante, pero no así la idea de bajar al sótano. No le gustaba el sótano ni le gustaba bajar por sus escaleras porque siempre imaginaba que allí abajo, en la oscuridad, había algo. Era una tontería, por supuesto, lo decía su padre, lo decía su madre, y, aún más importante, lo decía Bill, pero aun así…

No le gustaba siquiera abrir la puerta para encender la luz, porque temía (era algo tan estúpido que no se atrevía a contárselo a nadie) que, mientras tanteaba en busca del interruptor, una garra espantosa se posara sobre su muñeca … y lo arrebatara hacia esa, oscuridad que olía a suciedad, humedad y hortalizas podridas.

¡Qué estupidez! No existían monstruos con garras peludas y llenos de furia asesina. De vez en cuando, alguien se volvía loco y mataba a mucha gente —a veces, Chet Huthley contaba cosas de ésas, en el informativo de la noche—, y también estaban los comunistas, por supuesto, pero ningún monstruo horripilante vivía en el sótano. No obstante, la idea persistía. En aquellos momentos interminables, mientras buscaba a tientas la llave de la luz con la mano derecha (el brazo izquierdo se cogía con fuerza a la jamba de la puerta), el olor a sótano parecía intensificarse hasta llenar el mundo entero. Los olores a suciedad, humedad y hortalizas podridas se mezclaban en un olor inconfundible e ineludible; el del monstruo, la apoteosis de todos los monstruos. Era el olor de algo que él no sabía nombrar; el olor de Eso1 agazapado al acecho y listo para saltar. Una criatura capaz de comer cualquier cosa, pero especialmente hambrienta de carne de niño.

Aquella mañana abrió la puerta para tantear interminablemente en busca del interruptor, sujetando el marco de la puerta con la fuerza de siempre, los ojos apretados, la punta de la lengua asomando por la comisura de los labios como una raicilla agonizante buscando agua en un sitio de sequía. ¿Gracioso? ¡Claro! «Mira a Georgie. ¡Georgie le tiene miedo a la oscuridad! ¡Vaya tonto!»

El sonido del piano llegaba desde lo que su padre llamaba sala de estar y su madre sala de visitas. Sonaba a música de otro mundo, lejana, como deben de sonar las conversaciones y risas de una playa abarrotada al nadador exhausto que lucha contra la corriente.

¡Sus dedos encontraron el interruptor!

Lo accionaron … y nada. No había luz.

«¡Maldita sea! ¡La corriente eléctrica!»

George retiró el brazo como de un cesto lleno de serpientes. Retrocedió desde la puerta abierta, el corazón palpitante. No había corriente, por supuesto; había olvidado que la corriente estaba cortada. ¿Y ahora qué? ¿Decirle a Bill que no podía llevarle la caja de parafina porque no había luz y tenía miedo de que algo lo cogiese en las escaleras del sótano, algo que no era comunista ni un asesino loco, sino una criatura mucho peor? ¿Algo que simplemente deslizaría una parte de su maligno ser entre los peldaños para cogerle por el tobillo? Sonaría ridículo. Otros podrían reírse de esas fantasías, pero Bill no se reiría. Bill se pondría furioso. Bill diría: «A ver si creces, Georgie… ¿Quieres este barquito o no?»

Como si le leyera el pensamiento, Bill gritó desde el dormitorio:

—¿Te has muerto allí abajo, G-Georgie?

—No, ya lo llevo, Bill —respondió George, y se frotó los brazos para que desapareciese la delatora carne de gallina—. Sólo me he entretenido en tomar un poco de agua.

—Bueno, pues date prisa.

Apenas George bajó los cuatro escalones que faltaban para llegar al estante del sótano, el corazón martilleándole en su garganta, el vello de la nuca erizado, los ojos ardiendo, las manos heladas y la seguridad de que, en cualquier momento, la puerta del sótano se cerraría dejándole a oscuras y entonces oiría a Eso, algo peor que todos los comunistas y los asesinos del mundo, peor que los japoneses, peor que Atila el huno, peor que los seres de cien películas de terror. Eso, gruñendo profundamente —George oiría el gruñido en esos segundos demenciales antes de que Eso se abalanzase sobre él y le despanzurrara las entrañas—. A causa de la inundación, el hedor del sótano estaba peor que nunca. La casa se había salvado por encontrarse en la parte alta de Witcham Street, cerca de la cima de la colina, pero abajo aún seguía el agua estancada que se había filtrado por los cimientos de piedra. El olor era terroso y desagradable.

George examinó los chismes del estante tan rápidamente como pudo: latas viejas de betún Kiwi y trapos para limpiar zapatos, una lámpara de queroseno rota, dos botellas de limpiacristales Windex casi vacías, una vieja lata de cera Turtle. Por alguna razón, esa lata le impresionó y contempló la tortuga de la tapa con perplejidad hipnótica. La apartó luego hacia atrás … y allí estaba, por fin, una caja cuadrada con la inscripción GULF.

George corrió escaleras arriba tan rápido como pudo, dándose cuenta de que llevaba salidos los faldones de la camisa y de que esos faldones serían su perdición: la cosa del sótano le permitiría llegar casi hasta arriba y entonces le cogería por el faldón de la camisa y tiraría hacia atrás y…

Llegó a la cocina y cerró la puerta de un portazo. George se apoyó contra ella con los ojos cerrados, la frente y los brazos cubiertos de sudor, sosteniendo la caja de parafina en una mano.

Oyó la voz de su madre:

—Georgie, ¿podrías golpear la puerta un poco más, la próxima vez? Incluso podrías romper los platos del aparador.

—Disculpa, mamá.

—Georgie, so inútil —llamó Bill, desde su dormitorio, con entonación grave para que la madre no le oyese.

George rió. El miedo había desaparecido, se había desprendido de él tan fácilmente como una pesadilla se desprende del hombre que despierta con la piel fría y el aliento agitado palpándose el cuerpo y mirando alrededor para asegurarse de que nada ha ocurrido en realidad: olvida la mitad cuando sus pies tocan el suelo; las tres cuartas partes, cuando sale de la ducha y comienza a secarse con la toalla; y la totalidad cuando termina el desayuno. Desaparecida por completo … hasta la próxima vez, cuando en el puño de la pesadilla todos los miedos volverán a recordarse.

«Esa tortuga —pensó George, acercándose al cajón donde se guardaban los fósforos—. ¿Dónde he visto una tortuga así?»

Pero no lo recordó.

Sacó una caja de cerillas del cajón, un cuchillo del escurridor (sosteniendo el filo lejos de su cuerpo, como le había enseñado su padre) y un pequeño bol del aparador. Luego volvió al cuarto de Bill.

—Eres un inepto, G-georgie —dijo Bill cordialmente mientras apartaba las cosas que había en su mesilla de noche: un vaso vacío, una jarra de agua, kleenex, libros, y un frasco de Vicks VapoRub (cuyo olor Bill asociaría toda su vida a pechos flemosos y narices tapadas). También estaba allí la vieja radio Philco, pero no emitía ni a Chopin ni a Bach, sino una canción de Little Richard … aunque muy bajito, tan bajito que Little Richard perdía toda su cruda y elemental potencia. La madre, que había estudiado piano en Juilliard, detestaba el rock and roll. Más que detestarlo, lo abominaba.

—No soy ningún inepto —dijo George, sentándose en el borde de la cama y poniendo en la mesa las cosas que había traído.

—Sí lo eres —dijo Bill—. No eres otra cosa que un inepto de culo gordo, negro y asqueroso.

George trató de imaginar a un chico que sólo fuese un culo con piernas y comenzó a reírse.

—Tienes un culo más grande que Augusta —dijo Bill, también riendo.

—Tu culo es más grande que todo el estado —replicó George, lo que les hizo desternillarse de risa durante casi dos minutos.

Siguió una conversación en susurros, de las que tienen muy poco significado para quien no sea un niño pequeño: acusaciones sobre quién tenía el culo más grande, quién tenía el orificio más negro, etcétera. Finalmente, Bill soltó una de las palabras prohibidas: acusó a George de ser un culo gordo, grande y lleno de mierda, con lo cual rieron a carcajadas. La risa de Bill se convirtió en un ataque de tos. Cuando por fin empezó a ceder (la cara de Bill había tomado un color de ciruela que George contemplaba con cierta alarma), el sonido del piano se interrumpió. Los dos miraron en dirección a la sala, esperando el ruido del taburete y los pasos impacientes de la madre. Bill hundió la boca en el hueco del codo, sofocando las últimas toses mientras señalaba la jarra. George le sirvió un vaso de agua y él se lo bebió entero.

El piano reinició Para Elisa. Bill el Tartaja no olvidaría jamás esa pieza, y aún muchos años después no podría escucharla sin que se le pusiera carne de gallina; el corazón le daba un vuelco y recordaba: «Mi madre estaba tocando eso el día en que murió Georgie.»

—¿Vas a seguir tosiendo, Bill?

—No.

Bill sacó un kleenex de la caja, carraspeó ruidosamente el pecho y escupió en el papel, al que arrugó y arrojó al cesto que tenía junto a la cama lleno de bollos similares. Por fin abrió la caja de parafina y dejó caer un cubo ceroso en la palma de su mano. George lo observaba en silencio. A Bill no le gustaba que le hablase mientras hacía cosas, pero él sabía que si mantenía el pico cerrado, su hermano acabaría por explicar lo que estaba haciendo.

Bill cortó con el cuchillo un trocito del cubo de parafina. Luego lo puso en el cuenco, encendió una cerilla y la apoyó contra la parafina. Los dos niños observaron la llamita amarilla, mientras el viento agonizante impulsaba la lluvia contra la ventana en golpeteos ocasionales.

—Hay que impermeabilizar el barco para que no se hunda al mojarse —dijo Bill.

Cuando estaba con George tartamudeaba poco, a veces nada en absoluto. En la escuela, en cambio, tartamudeaba tanto que hablar le resultaba imposible. Los maestros miraban hacia otra parte mientras Bill se aferraba a los lados de su pupitre con la cara casi tan roja como el pelo y los ojos entrecerrados, tratando de arrancarle alguna palabra a su terca garganta. Casi siempre, la palabra surgía. Pero a veces simplemente se negaba. A los tres años había sido atropellado por un coche y arrojado contra la pared de un edificio; había estado inconsciente durante siete horas. Su madre decía que ese accidente le había provocado la tartamudez. A veces, George tenía la sensación de que su padre —y el propio Bill— no estaba tan seguro.

El trozo de parafina se había derretido casi completamente en el cuenco. La llama de la cerilla se apagó. Bill hundió el dedo en el líquido y lo sacó bruscamente con un leve silbido. Luego miró a George con una sonrisa de disculpa.

—Quema —dijo.

Pocos segundos después, hundió otra vez el dedo y comenzó a untar de cera el barco de papel. El material se secó rápidamente formando una película lechosa.

—¿Puedo poner un poco? —preguntó George.

—De acuerdo, pero no manches las mantas si no quieres que mamá te mate.

George hundió un dedo en la parafina, que aún estaba muy caliente pero ya no quemaba, y comenzó a untar el otro lado del barco.

—¡No pongas tanto, culo sucio! —dijo Bill—. ¿Quieres que se hunda en el v-v-viaje inaugural?

—Perdona.

George terminó de untar la parafina y luego sostuvo el barco en las manos. Estaba un poco más pesado, pero no mucho.

—¡Guau! —exclamó—. Voy a salir para hacerlo navegar.

—Sí, ve —dijo Bill. De pronto parecía cansado … cansado y no muy bien.

—Me gustaría que vinieras —dijo George. Le hubiese gustado de veras. Bill a veces se ponía mandón al cabo de un rato, pero siempre tenía ideas estupendas—. En realidad, el barco es tuyo.

—A mí también me gustaría ir —dijo Bill, sombrío.

—Ya… —George cambió el peso del cuerpo de un pie al otro, con el barco en la mano.

—Ponte el impermeable y las botas —advirtió el mayor—, si no quieres pescar una gripe como la mía. Casi seguro que la pescas de todos modos por mis g-g-gérmenes.

—Gracias, Bill. Es un barco muy bonito.

Y entonces hizo algo que no había hecho hacía tiempo, algo que Bill jamás olvidaría: besó a su hermano en la mejilla.

—Ahora sí la vas a pescar, culo sucio —dijo Bill, más animado. Sonrió—. Y guarda estas cosas. Si no, a mamá le dará un ataque.

—Está bien. —George lo recogió todo y cruzó la habitación con el bote precariamente encaramado a la caja de parafina, que iba dentro del bol.

—G-g-georgie…

George se volvió para mirar a su hermano.

—Ten cuidado.

—Descuida. —Frunció el entrecejo. Eso era algo que decían las madres, no los hermanos mayores. Resultaba tan extraño como haberle dado un beso a Bill.

Y salió. Bill jamás volvió a verlo.

3

Y allí estaba, persiguiendo su barco de papel por el lado izquierdo de Witcham Street. Corría deprisa, pero el agua le ganaba y el barquito estaba sacando ventaja. Oyó un rugido y vio cómo cincuenta metros más adelante, colina abajo, el agua de la cuneta se precipitaba en una boca de tormenta que aún continuaba abierta. Era un largo semicírculo abierto en el bordillo de la acera y mientras George miraba, una rama desgarrada, con la corteza oscura y reluciente se hundió en aquellas fauces. Pendió por un momento y luego se deslizó hacia el interior. Hacia allí se encaminaba su barco.

—¡Mierda! —chilló horrorizado.

Forzó el paso y, por un momento, pareció que iba a alcanzarlo. Pero George resbaló y cayó despatarrado con un grito de dolor. Desde su nueva perspectiva, a la altura del pavimento, vio que el barco giraba en redondo dos veces, atrapado en otro remolino, antes de desaparecer.

—¡Mierda y mierda! —volvió a chillar, golpeando el pavimento con el puño.

Eso también le dolió, y se echó a sollozar. ¡Qué manera tan estúpida de perder el barco!

Se dirigió hacia la boca de tormenta y allí se dejó caer de rodillas, para mirar el interior. El agua hacía un ruido hueco al caer en la oscuridad. Ese sonido le dio escalofríos. Hacía pensar en…

—¡Eh! —exclamó de pronto, y retrocedió.

Allí adentro había unos ojos amarillos. Ese tipo de ojos que él siempre imaginaba, sin verlos nunca, en la oscuridad del sótano. «Es un animal —pensó—; eso es todo: un animal; a lo mejor un gato que quedó atrapado…»

De todos modos, estaba por echar a correr a causa del espanto que le produjeron aquellos ojos amarillos y brillantes. Sintió la áspera superficie del pavimento bajo los dedos y el agua fría que corría alrededor. Se vio a sí mismo levantándose y retrocediendo. Y fue entonces cuando una voz, una voz razonable y bastante simpática, le habló desde dentro de la boca de tormenta:

—Hola, George.

George parpadeó y volvió a mirar. Apenas daba crédito a lo que veía; era algo sacado de un cuento o de una película donde uno sabe que los animales hablan y bailan. Si hubiera tenido diez años más, no habría creído en lo que estaba viendo, pero no tenía dieciséis años sino seis.

En la boca de tormenta había un payaso. La luz era suficiente para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Era un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de Bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Búfalo Bob era el único que entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta era blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald McDonal antes que en Bozo o en Clarabell.

El payaso sostenía en una mano un manojo de globos de colores, como tentadora fruta madura. En la otra, el barquito de papel de George.

—¿Quieres tu barquito, Georgie? —El payaso sonreía.

George también sonrió, sin poder evitarlo.

—Sí, lo quiero.

El payaso se echó a reír.

—¡Así me gusta! ¿Y un globo? ¿Quieres un globo?

—Bueno … sí, por supuesto. —Alargó la mano pero de inmediato la retiró—. No debo coger nada que me ofrezca un desconocido. Lo dice mi papá.

—Y tu papá tiene mucha razón —replicó el payaso sonriendo. George se preguntó cómo podía haber creído que sus ojos eran amarillos, si eran de un azul brillante como los de su mamá y de Bill—. Muchísima razón, ya lo creo. Por lo tanto, voy a presentarme. George, soy el señor Bob Gray, también conocido como Pennywise el Payaso. Pennywise, te presento a George Denbrough. George, te presento a Pennywise. Ahora ya nos conocemos. Yo no soy un desconocido y tú tampoco. ¿Correcto?

George soltó una risita.

—Correcto. —Volvió a estirar la mano … y a retirarla—. ¿Cómo te has metido ahí adentro?

—La tormenta me trajo volaaaando —dijo Pennywise el Payaso—. Se llevó todo el circo. ¿No sientes olor a circo, George?

George se inclinó hacia adelante. ¡De pronto olía a cacahuetes! ¡Cacahuetes tostados! ¡Y vinagre blanco, del que se pone en las patatas fritas! Y olía a algodón de azúcar, a buñuelos, y también a estiércol de animales salvajes. Olía el aroma regocijante del aserrín. Y sin embargo…

Sin embargo, bajo todo eso olía a inundación, a hojas deshechas y a oscuras sombras en bocas de tormenta. Era un olor húmedo y pútrido. El olor del sótano.

Pero los otros olores eran más fuertes.

—Sí, lo huelo —dijo.

—¿Quieres tu barquito, George? Te lo pregunto otra vez porque no pareces desearlo mucho.

Y se lo enseñó, sonriendo. Llevaba un traje de seda abolsado con grandes botones color naranja. Una corbata brillante, de color azul eléctrico, le caía por la pechera. En las manos llevaba grandes guantes blancos, como Mickey y Donald.

—Sí, claro —dijo George, mirando el interior de la boca de tormenta.

—¿Y un globo? Los tengo rojos, verdes, amarillos, azules…

—¿Flotan?

—¿Que si flotan? —La sonrisa del payaso se acentuó—. Oh, sí, claro que sí. ¡Flotan! También tengo algodón de azúcar…

George estiró la mano.

El payaso le sujetó el brazo.

Y entonces George vio cómo la cara del payaso se convertía en algo tan horripilante que lo peor que había imaginado sobre la cosa del sótano parecía un dulce sueño. Lo que vio destruyó su cordura de un zarpazo.

—Flotan —croó la cosa de la alcantarilla con una voz que reía como entre coágulos.

Sujetaba el brazo de George con su puño grueso y agusanado. Tiró de él hacia aquella horrible oscuridad por donde el agua corría y rugía y aullaba llevando hacia el mar los desechos de la tormenta. George intentó apartarse de esa negrura definitiva y empezó a gritar como un loco hacia el gris cielo otoñal de aquel día de otoño de 1957. Sus gritos eran agudos y penetrantes y a lo largo de toda la calle, la gente se asomó a las ventanas y salió a los porches.

—Flotan —gruñó la cosa—, flotan, Georgie. Y cuando estés aquí abajo, conmigo, tú también flotarás.

El hombro de George chocó contra el bordillo. Dave Gardener, que ese día no había ido a trabajar al Shoeboat debido a la inundación, vio sólo a un niño de impermeable amarillo, un niño que gritaba y se retorcía en el arroyo mientras el agua lodosa le corría sobre la cara haciendo que sus alaridos sonaran burbujeantes.

—Aquí abajo todo flota —susurró aquella voz nauseabunda, riendo, y de pronto sonó un desgarro y hubo un destello de agonía y George Denbrough dejó de existir.

Dave Gardener fue el primero en llegar. Aunque llegó sólo cuarenta y cinco segundos después del primer grito, George Denbrough ya había muerto. Gardener lo agarró por el impermeable, tiró de él hacia la calle … y al girar el cuerpo de George, también él empezó a gritar. El lado izquierdo del impermeable del niño estaba de un rojo intenso. La sangre fluía hacia la alcantarilla desde el agujero donde había estado el brazo izquierdo. Un trozo de hueso, horriblemente brillante, asomaba por la tela rota.

Los ojos del niño miraban fijamente el cielo y mientras Dave retrocedía a tropezones hacia los otros que ya corrían por la calle, empezaron a llenarse de lluvia.

4

En alguna parte del interior de la boca de tormenta, que ya estaba casi colmada por el agua («No podía haber nadie allí dentro», declararía más tarde el comisario del condado a un periodista del News de Derry con frustración indescriptible; nadie habría resistido aquella corriente brutal), el barquito de George siguió su veloz marcha por aquellas cámaras tenebrosas y por los largos corredores de cemento en los que el agua rugía y repicaba. Durante un rato corrió paralelo a un pollo muerto que flotaba con sus amarillentas patas apuntadas hacia el techo chorreante; luego, en alguna confluencia al este de la ciudad, el pollo fue arrastrado hacia la izquierda mientras el barquito de George seguía en línea recta.

Una hora después, mientras a la madre de George le administraban una dosis de sedantes en la sala de guardia del hospital y mientras Bill el Tartaja —aturdido, pálido y silencioso en su cama— escuchaba los ásperos sollozos de su padre en la sala donde la madre había estado tocando Para Elisa, el barquito salió por un tubo de cemento como una bala por la boca de un revólver y navegó a toda velocidad por una zanja hasta un arroyuelo. Cuando se incorporó al hirviente y henchido río Penobscot, veinte minutos después, en el cielo empezaban a asomar los primeros claros de azul. La tormenta había pasado.

El barquito se tambaleaba y se sumergía y a veces se llenaba de agua, pero no se hundió; los dos hermanos lo habían impermeabilizado bien. No sé dónde acabó por naufragar, si alguna vez lo hizo. Tal vez llegó al mar y allí navega eternamente como los barcos mágicos de los cuentos. Sólo sé que aún estaba a flote en el seno de la inundación cuando franqueó los límites de Derry, Maine. Y allí abandonó esta historia para siempre.

II. DESPUÉS DEL FESTIVAL (1984)

1

Si Adrian llevaba puesto ese sombrero, diría más tarde su sollozante amigo a la policía, era porque lo había ganado en una caseta de tiro al blanco en la feria de Bassey Park, sólo seis días antes de su muerte. Estaba orgulloso de él.

—Lo llevaba puesto porque él amaba a este pueblucho del demonio —dijo Don Hagarty, el amigo, a los policías.

—Bueno, tranquilícese —indicó a Hagarty el oficial Harold Gardener.

Harold Gardener era uno de los cuatro hijos varones de Dave Gardener. El día en que su padre había descubierto el cuerpo mutilado y sin vida de George Denbrough, Harold Gardener tenía cinco años. En la actualidad, casi veintisiete años después, contaba treinta y dos y se estaba quedando calvo. Harold Gardener aceptaba como reales el dolor y el luto de Don Hagarty, pero al mismo tiempo le resultaba imposible tomarlos en serio. Ese hombre, si hombre podía llamársele, tenía los ojos pintados y llevaba unos pantalones de satén tan ajustados que casi se le notaban las arrugas de la polla. Con luto o sin él, con dolor o sin dolor, era un simple marica. Igual que su amigo, el difunto Adrian Mellon.

—Empecemos otra vez —dijo Jeffrey Reeves, el compañero de Harold—. Salisteis del Falcon y caminasteis hacia el canal. ¿Qué ocurrió entonces?

—¿Cuántas veces tengo que repetirlo, so idiotas? —exclamó Hagarty—. ¡Lo mataron! ¡Lo empujaron al canal! ¡Para ellos sólo ha sido otra aventura en Macholandia!

Don Hagarty se echó a llorar.

—Una vez más —repitió Reeves, pacientemente—. Salisteis del Falcon. ¿Y entonces?

2

En la sala de interrogatorios, en el mismo vestíbulo, dos policías de Derry hablaban con Steve Dubay, de diecisiete años; en el departamento de pruebas, primer piso, otros dos interrogaban a John Telaraña Garton, de dieciocho, y en el despacho del jefe de policía, quinto piso, el jefe Andrew Rademacher y el ayudante del fiscal de distrito, Tom Boutillier, interrogaban a Christopher Unwin, de quince años. Unwin, vestido con pantalones vaqueros desteñidos, una remera grasienta y pesadas botas de ingeniero, estaba sollozando. Rademacher y Boutillier se ocupaban de él porque lo consideraban, bastante acertadamente, el eslabón más débil de la cadena.

—Empecemos otra vez —dijo Boutillier, en el preciso momento en que Jeffrey Reeves decía lo mismo dos pisos más abajo.

—No queríamos matarlo —balbuceó Unwin—. Fue por el sombrero. No podíamos creer que aún lo llevase, ya me entiende, después de lo que Telaraña le dijo la primera vez. Creo que sólo quisimos asustarlo.

—Por lo que dijo —interpuso el jefe Rademacher.

—Sí.

—A John Garton, en la tarde del día diecisiete.

—Sí, a Telaraña. —Unwin volvió a romper en sollozos—. Pero cuando lo vimos en dificultades, tratamos de salvarlo. Al menos, yo y Stevie Dubay… ¡No queríamos matarlo!

—Vamos, Chris, admítelo —dijo Boutillier—. Arrojasteis al canal a ese mariquita.

—Sí, pero…

—Y los tres habéis venido aquí para aclarar las cosas. El jefe Rademacher y yo les estamos agradecidos, ¿verdad, Andy?

—Claro. Hay que ser muy hombre para reconocer lo que se ha hecho, Chris.

—Entonces no lo estropees mintiéndonos ahora. Tuvisteis la intención de arrojarlo en cuanto lo visteis salir del Falcon con su amiguito,

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