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LA BELLEZA ES UNA HERIDA

Eka Kurniawan

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Fragmento

Preludio

Según una vieja canción, antaño cualquier cosa que se plantase en una isla indonesia se convertía en un árbol repleto de flores y frutos.

Creíamos que el país era nuestro, pero un mal día llegaron los holandeses y vivieron aquí durante mucho tiempo, con sus soldados, su dinero y, sobre todo, su avaricia. Hasta nos pusieron un nombre (las Indias Orientales Neerlandesas) y nos obligaron a plantar productos que solo querían para sí mismos, desde nuez moscada hasta cacao. Aquello lo encendió todo, incluida nuestra lucha por la independencia.

Con la ayuda de los japoneses, finalmente logramos deshacernos de los holandeses, pero nuestra vida no mejoró. Los japoneses enviaron a nuestros hombres a la guerra y a campos de trabajo, y vimos cómo mandaban a nuestras mujeres a trabajar en los burdeles.

Dewi Ayu, la protagonista de La belleza es una herida, fue testigo de todo: allí estaba, joven y hermosa, cuando los holandeses y los japoneses creían que nuestra tierra era suya, cuando estas islas lograron por fin la libertad en 1945, después de la Segunda Guerra Mundial (a saber por qué la llaman segunda si no tuvimos una primera), y cuando dimos el nombre de Indonesia a nuestro país y a nuestro mar, solo para demostrar que la avaricia ya era también nuestra.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Después de la guerra revolucionaria empezamos a luchar entre nosotros. Los comunistas, los nacionalistas, los islamistas e incluso los rufianes trataron de ocuparlo todo en beneficio propio, en nombre de la nación. Y entonces, en 1996, llegó al poder un general fuerte que acabó con las vidas de todos estos guerrilleros en lucha permanente.

Dewi Ayu y sus hijas volvieron a ver la brutalidad de la que era capaz el hombre, vieron las calles de su pueblo convertidas en ríos de sangre y los ríos en fosas comunes.

Esta es la historia de nuestro país. Una historia de fantasmas... Pasen y disfruten.

1

Una tarde, un fin de semana de marzo, Dewi Ayu se levantó de su tumba tras haber pasado veintiún años muerta. Un pastor que estaba echando la siesta a la sombra de un franchipán se despertó, se meó en los pantalones cortos y chilló, y sus cuatro ovejas salieron corriendo cada una por su lado, entre las lápidas de piedra y de madera, como si alguien hubiera soltado un tigre. El alboroto empezó con un ruido procedente de una tumba vieja, cubierta de hierba hasta la altura de la rodilla, cuya lápida no tenía inscripción, aunque todo el mundo sabía que era la de Dewi Ayu. Había fallecido a los cincuenta y dos años, resucitó tras haber estado muerta durante veintiuno y, a partir de aquel momento, ya nadie supo cómo calcular su edad.

Los habitantes del barrio que rodeaba el cementerio acudieron a la tumba cuando el pastor advirtió de lo ocurrido. Recogiéndose los bajos del sarong, cargando niños, agarrando escobas y manchados del barro de los campos, se congregaron detrás de los cerezos y de las jatrofas, y en las cercanas plantaciones de plátanos. Nadie se atrevió a aproximarse demasiado; se quedaron escuchando el estrépito que salía de aquella sepultura antigua como si se hubieran reunido en torno al vendedor ambulante de medicinas, que voceaba su mercancía en el mercado todos los lunes por la mañana. Los presentes disfrutaron a sus anchas del desconcertante espectáculo, sin pensar en que un horror de tal calibre los habría espeluznado si hubieran estado solos. Esperaban, incluso, una especie de milagro y no unos simples ruidos procedentes de una tumba vieja, puesto que la mujer que yacía en esa tierra había sido prostituta de los japoneses durante la guerra y el kiai, su líder religioso, siempre decía que la gente manchada por el pecado recibiría con seguridad su castigo en la tumba. El sonido debía de proceder del látigo de un ángel torturador, pero los lugareños pedían más, esperaban algún otro prodigio, por pequeño que fuera.

Cuando se produjo, fue de la forma más extravagante. La tumba tembló y se resquebrajó, y la tierra reventó como si la hubieran hecho estallar por debajo, lo cual provocó un pequeño terremoto y un vendaval que hizo volar la hierba y las lápidas; y, por detrás de la tierra que empezó a llover cubriéndolo todo como una cortina, apareció la figura de una anciana agarrotada y con cara de pocos amigos, envuelta todavía en una mortaja, como si acabaran de enterrarla la noche anterior. Cundió la histeria y la gente salió corriendo de forma aún más caótica que las ovejas, con gritos que retumbaban contra las paredes de las lejanas colinas. Una mujer lanzó entre los arbustos a su hijo recién nacido, y el padre lo tapó con un tallo de plátano para que no chillara. Dos hombres se arrojaron a una zanja, otros se desplomaron inconscientes a los lados del camino, y otros más salieron disparados y recorrieron quince kilómetros seguidos sin detenerse.

Ante todo aquello, Dewi Ayu se limitó a toser un poco y a carraspear, fascinada al encontrarse en mitad de un cementerio. Ya había deshecho los dos nudos superiores de la mortaja y se puso a aflojar los dos inferiores para liberar los pies y poder andar. Le había crecido el pelo no se sabe cómo, de modo que, cuando con una sacudida se lo soltó de la pañoleta de percal, se agitó con la brisa de la tarde, rozó el suelo y resplandeció cual liquen negro en el lecho de un río. Tenía la piel arrugada, pero la cara blanca y reluciente, y los ojos cobraron vida dentro de las órbitas para observar a los curiosos, que abandonaban sus escondrijos detrás de los arbustos: la mitad de ellos salía huyendo y la otra mitad se desmayaba. Se quejó, a nadie en particular, de que la gente era muy mala por haberla enterrado viva.

Lo primero en lo que pensó fue su hija recién nacida, que por supuesto ya no era una recién nacida. Veintiún años antes, Dewi Ayu había muerto doce días después de dar a luz a una niña horrenda, tan horrenda que la comadrona que ayudó en el parto no estaba segura de si realmente era una criatura y pensó que quizá fuera un montón de mierda, dado que los agujeros por los que salen los niños y la mierda están a solo dos centímetros de distancia. Pero entonces aquello se retorció y sonrió, y por fin la comadrona se convenció de que sí era un ser humano, y anunció a la madre, tendida en diagonal en su cama, debilitada y sin deseo aparente de ver a su retoño, que la criatura había nacido, estaba sana y parecía cariñosa.

—Es niña, ¿verdad? —preguntó Dewi Ayu.

—Sí —contestó la comadrona—, igual que las tres anteriores.

—Cuatro hijas y las cuatro hermosas —soltó Dewi Ayu con tono de absoluto fastidio—. Tendré que montar una casa de putas por mi cuenta. Dime, ¿cómo es esta de guapa?

La niña, bien envuelta en un pañal, empezó a revolverse y a llorar en brazos de la comadrona. Una mujer entraba y salía del cuarto para llevarse los trapos sucios, empapados de sangre, y deshacerse de la placenta, y por un momento la comadrona no contestó, porque se negaba a decir que un bebé que parecía un montón de mierda era hermoso. Para cambiar de tema, comentó:

—Ya eres vieja, no creo que puedas darle el pecho.

—Es verdad. Me desgastaron las tres niñas anteriores.

—Y cientos de hombres.

—Ciento setenta y dos. El mayor tenía noventa años; el más joven, doce, una semana después de su circuncisión. Me acuerdo bien de todos.

La niña volvió a llorar. La comadrona dijo que tenía que ir a buscarle leche materna. Si no había, le tocaría buscar leche de vaca, o de perra, o incluso de rata.

—Sí, anda —contestó Dewi Ayu.

—Pobre niñita, qué mala suerte —dijo la comadrona, mirándole la inquietante carita.

No se veía capaz de describirla, pero pensó que parecía un monstruo infernal afectado por una maldición. Tenía todo el cuerpo negro azabache, como si la hubieran quemado viva, y con una forma extraña e irreconocible. Por ejemplo, no estaba segura de si la nariz era eso, una nariz, porque en la vida había visto una que se pareciera más a un enchufe de pared. Y la boca le recordaba a la ranura de una hucha, y las orejas parecían las asas de una cacerola. Estaba convencida de que no había en la tierra una criatura más horrorosa que aquel espanto, y de haber estado en la piel de Dios, probablemente la habría matado de inmediato en lugar de dejarla vivir; el mundo iba a maltratarla sin piedad.

—Pobre bebé —insistió la comadrona, antes de salir en busca de alguien que la amamantara.

—Sí, pobre bebé —repitió Dewi Ayu, dando vueltas en la cama—. Hice todo lo que pude para matarte. Tendría que haberme tragado una granada de mano y haberla hecho estallar dentro de mi vientre. Ay, desdichada: igual que los malhechores, los desdichados son duros de pelar.

Al principio la comadrona trató de ocultar la cara de la niña a las vecinas que acudieron. Sin embargo, cuando dijo que iba a buscarle un ama de cría, se abrieron paso a codazos para verla: a quienes conocían a Dewi Ayu siempre les hacía gracia conocer a sus encantadoras hijitas. La comadrona fue incapaz de evitar la embestida de aquellas mujeres, decididas a apartar la tela que tapaba la cara del bebé, pero, una vez que la vieron y chillaron movidas por el horror, la mujer se sonrió y les recordó que había hecho todo lo posible para no mostrarles aquel rostro infernal.

Después de aquel arrebato, cuando la comadrona ya se alejaba a toda prisa, las vecinas se quedaron quietas un momento, con cara de idiota, como si de golpe y porrazo les hubieran borrado la memoria.

—Habría que matarla —propuso una, la primera en liberarse de aquella amnesia repentina.

—Ya lo he intentado —dijo Dewi Ayu, haciendo su entrada entonces con un simple vestido de estar por casa y un paño anudado a la cintura. Tenía el pelo completamente despeinado, como quien se aleja tambaleándose de una pelea de gallos.

La miraron con lástima.

—Es guapa, ¿verdad? —preguntó.

—Eh... Sí.

—No hay peor maldición que traer a una niña guapa a este mundo de hombres repugnantes como perros en celo.

Nadie dijo esta boca es mía; se limitaron a seguir mirándola con compasión, conscientes de que mentían. Rosinah, la montañesa muda que llevaba años sirviendo a Dewi Ayu, condujo a su señora al cuarto de baño, donde había llenado la tina de agua caliente. Allí Dewi Ayu se remojó y se empapó de un aromático jabón sulfuroso mientras la muchacha le lavaba el pelo con aceite de aloe vera. La muda era la única que no parecía alterarse por nada, aunque sin duda ya sabía de la criatura espantosa, puesto que solo ella había acompañado a la comadrona mientras trabajaba. Restregó la espalda de su señora con piedra pómez, la envolvió en una toalla y, una vez que la hubo ayudado a salir, puso orden en el baño.

En un intento de alegrar el lúgubre estado de ánimo, alguien propuso a Dewi Ayu:

—Tienes que ponerle un buen nombre.

—Sí —contestó ella—. Se va a llamar Bella.

—¡Ah! —exclamaron las vecinas, y con bochorno trataron de disuadirla.

—¿Qué te parece «Lastimada»?

—¿Y «Herida»?

—Por el amor de Dios, no le pongas ese nombre.

—Está decidido: se llamará Bella.

Se quedaron contemplando impotentes a Dewi Ayu, que volvió a su cuarto para vestirse. Lo único que podían hacer era mirarse tristes unas a otras e imaginarse a una jovencita negra como el carbón y con un enchufe en plena cara que llevara el nombre de Bella. Era un escándalo vergonzoso.

Cierto es que Dewi Ayu había tratado de matar a la criatura al darse cuenta de que, por mucho que ya hubiera pasado del medio siglo, volvía a estar embarazada. Como en el caso de sus otras hijas, no sabía quién era el padre, pero aquella vez, a diferencia de las otras, no tenía ningunas ganas de que la criatura sobreviviera. Así pues, cogió cinco paracetamoles dobles que había conseguido de un médico de pueblo y se los tragó con medio litro de refresco, lo que casi bastó para matarla directamente a ella, pero no, como se vio más tarde, para acabar con la niña. Se le ocurrió otro sistema y llamó a una comadrona que accedió a matar a la criatura y a sacársela introduciéndole un palito de madera en el vientre. Sufrió una fuerte hemorragia durante dos días y dos noches, y expulsó el palito hecho astillas, pero su hija siguió creciendo. Probó seis formas más de deshacerse de ella, pero todo fue en vano y por fin tiró la toalla y se lamentó:

—Es muy peleona y está claro que en esta disputa va a derrotar a su madre.

Así pues, dejó que le creciera el vientre más y más, cumplió con el ritual del selamatan a los siete meses y permitió que la niña naciera, aunque se negó a mirarla. Ya había parido a tres hijas y las tres eran preciosas, casi como trillizas nacidas una después de la otra. La aburrían las niñas así, que según ella eran como maniquíes de escaparate, así que no quiso ni mirar a la recién llegada, convencida de que no sería distinta de sus tres hermanas mayores. Se equivocaba, por supuesto, y aún no sabía lo repugnante que era en realidad su benjamina. Incluso cuando las vecinas susurraban a escondidas que la cría era como el resultado de cruzar sin ton ni son un mono con una rana y un varano, no se dio por aludida. Y cuando aseguraron que la noche anterior los perros salvajes habían aullado en la selva y los búhos se habían congregado, no le pareció ni por asomo que fueran malos augurios.

Después de vestirse volvió a echarse en la cama, consciente de repente de lo agotador que era todo, dar a luz a cuatro hijas y vivir más de medio siglo. Y luego comprendió apesadumbrada que, si la niña no quería morir, quizá la que debía marcharse era la madre, para no tener que verla convertida en una jovencita. Se levantó y llegó tambaleándose a la puerta, desde donde vio a las vecinas, que seguían congregadas chismorreando sobre la recién nacida. Rosinah volvió del cuarto de baño y se detuvo al lado de su señora con la sensación de que estaba a punto de darle una orden.

—Cómprame una mortaja —dijo Dewi Ayu—. Ya he dado cuatro hijas a este mundo infausto. Ha llegado el momento de que pase mi cortejo fúnebre.

Las mujeres chillaron y se la quedaron mirando boquiabiertas con cara de idiota. Dar a luz a una niña tan espantosa era una atrocidad, pero abandonarla sin más les parecía aún más atroz. Sin embargo, no se atrevieron a decirlo de buenas a primeras y sencillamente intentaron quitarle de la cabeza una muerte tan insensata, afirmando que había quien vivía más de cien años y que Dewi Ayu aún era muy joven para morir.

—Si llego a los cien años —contestó ella con calma comedida—, habré dado a luz a ocho hijas. Son demasiadas.

Rosinah salió y compró una tela de percal blanquísima que su señora se puso de inmediato, aunque eso no bastó para que cayera fulminada. Así pues, mientras la comadrona recorría el barrio en busca de una mujer que estuviera dando el pecho —aunque fue en vano y acabó suministrando a la niña agua de lavar el arroz—, Dewi Ayu yacía tranquila en su cama, encima de la colcha, envuelta en una mortaja, esperando con una paciencia asombrosa a que acudiera el ángel de la muerte para llevársela.

Pasó el tiempo del agua de lavar el arroz y Rosinah empezó a dar a la niña leche de vaca —que se vendía con el nombre de Leche de Osa—, pero Dewi Ayu seguía en la cama, sin permitir que nadie le llevara a la niña llamada Bella. Sin embargo, la historia de la criatura espantosa y la madre envuelta en una mortaja se había difundido con rapidez, como una plaga, y había atraído a gente no solo de los barrios circundantes, sino también de los pueblos más lejanos del distrito, que quería ser testigo de lo que, según se decía, era el nacimiento de una profeta, con comparaciones entre los aullidos de los perros salvajes y la estrella vista por los magos de Oriente al nacer Jesús, y entre la madre envuelta en su mortaja y una María exhausta, una metáfora cuando menos rocambolesca.

Con el gesto de terror de una jovencita al acariciar a una cría de tigre en el zoo, los visitantes posaban con la niña espantosa para un fotógrafo ambulante. Antes habían hecho lo propio con Dewi Ayu, quien seguía tendida en aquella paz misteriosa que el clamor implacable no alteraba en absoluto. Apareció también una serie de personas con enfermedades graves e incurables que pretendían tocar a la niña, lo que Rosinah prohibió de inmediato por miedo a que tantos gérmenes la infectaran, y a cambio preparó baldes del agua donde la había bañado. Otros se presentaron con la esperanza de conseguir algo de suerte en la mesa de apuestas o una clave repentina para obtener beneficios en los negocios. Para todos ellos, la muda Rosinah, que enseguida había tomado las riendas como valedora de la criatura, preparó cajas de donativos que pronto se llenaron de rupias. La muchacha, que con mucha sensatez preveía la posibilidad de que Dewi Ayu acabara muriendo de verdad, entró en acción con el objetivo de reunir algo de dinero con una oportunidad tan inusual, para no tener que preocuparse de la Leche de Osa o del futuro de las dos solas en aquella casa, pues no podía esperarse que las tres hermanas mayores de Bella se dejaran ver jamás por allí.

Sin embargo, el jaleo terminó rápidamente en cuanto se presentó la policía con un kiai al que todo aquello le pareció una herejía. Empezó a echar pestes, ordenó a Dewi Ayu que pusiera fin a aquella conducta vergonzosa e incluso le exigió que se quitara la mortaja.

—Le está pidiendo a una prostituta que se desnude —replicó ella, con desdén—. Más le vale tener dinero para pagarme.

El kiai enseguida se puso a rezar para pedir clemencia, desfiló y no volvió a aparecer por allí.

Una vez más, quedó solo la joven Rosinah, a la que nunca preocupaba la locura de su señora en ninguna de sus manifestaciones, y se vio más claro que nunca que era la única que de verdad comprendía a Dewi Ayu. Mucho antes de intentar matar a la criatura que llevaba en el vientre, Dewi Ayu ya había dicho que estaba harta de tener hijos, con lo que Rosinah se había enterado de que estaba embarazada. Si Dewi Ayu hubiera dicho eso a las vecinas, más aficionadas al chismorreo que un perro a los aullidos, se habrían sonreído con suficiencia y menosprecio y habrían contestado que no se diera tantas ínfulas, que si dejaba de ser puta ya no tendría que volver a preocuparse de si se quedaba preñada. Pero, entre ustedes y yo, eso se le podía decir a otra, pero no a Dewi Ayu, que jamás había considerado que sus tres y ahora cuatro hijas fueran una maldición por ser prostituta, y si las niñas no tenían padre, decía, se debía a que esa era la pura realidad, a que de verdad no lo tenían, no a que no supieran quién era, y desde luego no a que ella nunca se hubiera plantado al lado de algún hombre ante un juez. Estaba convencida de que eran, por el contrario, hijas de demonios.

—Es que a Satán le gusta pasárselo bien tanto como a Dios o a los dioses —dijo—. Igual que María dio a luz al hijo de Dios, y las dos esposas de Pandú a sus hijos dioses, mi vientre es un lugar donde los demonios depositan su semilla, así que yo doy a luz a sus hijas. Estoy harta, Rosinah.

Como sucedía a menudo, Rosinah sonrió sin más. No podía hablar más que con un murmullo incoherente, pero sí sonreír, y le gustaba. Dewi Ayu le tenía mucho cariño, sobre todo por esa sonrisa. En una ocasión la había llamado «niña elefanta», porque, por mucho que se enfadaran, los elefantes siempre sonreían, como los que se veían en el circo que llegaba casi siempre a fin de año.

Con esa alegría siguió trabajando Rosinah, en absoluto molesta. Cuidaba a la niña, entraba en la cocina dos veces al día y hacía la colada todas las mañanas, mientras Dewi Ayu seguía en la cama casi sin moverse y parecía de verdad un cadáver a la espera de que acabaran de cavar su tumba. Por descontado, cuando tenía hambre se levantaba y comía, e iba al baño por la mañana y por la tarde, pero siempre regresaba y se envolvía en la mortaja para tumbarse con el cuerpo rígido y bien recto, las dos manos encima del vientre, los ojos cerrados y los labios curvados en una leve sonrisa. Algunos vecinos se acercaban a espiarla por la ventana, que estaba abierta. Una y otra vez, Rosinah trataba de ahuyentarlos, pero nunca lo conseguía, y la gente preguntaba por qué Dewi Ayu no se suicidaba para acabar antes. Ella reprimía su sarcasmo habitual y permanecía en silencio completamente inmóvil.

La muerte tan largamente esperada se produjo por fin la tarde del duodécimo día tras el nacimiento de la espantosa Bella, o al menos eso creyó todo el mundo. La señal de que se acercaba el momento llegó por la mañana, cuando Dewi Ayu advirtió a Rosinah de que no quería su nombre escrito en la sepultura, sino un epitafio con una sola frase: «Parí cuatro hijas y luego morí». Rosinah oía perfectamente y sabía leer y escribir, así que anotó el mensaje en su integridad, pero el imán que ofició el entierro rechazó la orden de inmediato, por considerar que una petición tan disparatada hacía la situación aún más pecaminosa, y decidió por su cuenta y riesgo que no se inscribiría nada de nada en la lápida de aquella mujer.

Una de las vecinas que espiaban por la ventana encontró aquella tarde a Dewi Ayu sumida en ese sueño apacible que solo se ve en los últimos días de una persona. Pero había algo más: el olor a bórax en el aire. Rosinah había comprado en la panadería ese conservante de cadáveres, que a veces otros mezclaban con las albóndigas con fideos del mie bakso, y Dewi Ayu se lo había espolvoreado por encima. La criada había permitido a su señora, tan obsesionada con la muerte, hacer lo que quisiera, e incluso, si le hubiera ordenado que le cavara una fosa y la enterrara viva, habría obedecido y lo habría achacado todo a su peculiar sentido del humor, pero la fisgona ignorante no pensaba así. Se coló por la ventana, convencida de que Dewi Ayu había ido demasiado lejos.

—¡Escúchame bien, puta, que te has acostado con todos nuestros hombres! —dijo con resentimiento—. Si vas a morirte, muérete, pero no preserves tu cuerpo, porque ya nadie te envidiará cuando seas un cadáver podrido.

Le dio un empujón, pero solo consiguió volverla hacia el otro lado, sin despertarla.

Entonces entró Rosinah e hizo una señal para indicar que Dewi Ayu ya debía de estar muerta.

—¿Esta puta está muerta?

Rosinah asintió.

—¡¿Muerta?! —repitió la vecina lastimera. Y reveló su verdadero carácter al echarse a llorar como si hubiera fallecido su propia madre y añadir entre sollozos guturales—: El ocho de enero del año pasado fue el día más hermoso para mi familia. Fue el día en que mi hombre se encontró un dinero debajo del puente, se fue a la casa de putas de Mamá Kalong y se acostó con esta misma prostituta que tengo muerta aquí delante. Luego volvió a casa y fue el único día en que se portó bien con la familia. Ni siquiera nos pegó, a ninguno.

Rosinah la miró con desprecio, como dando a entender que no se podía culpar al marido por querer pegar a una llorona de aquel calibre, y luego se deshizo de ella indicándole que fuera a anunciar la muerte de Dewi Ayu. No tuvo que salir a por una mortaja, porque ya había comprado una hacía doce días; no hubo necesidad de lavarla, porque ya se había bañado ella; incluso había amortajado su propio cuerpo.

—De haber podido —dijo Rosinah con gestos al imán de la mezquita más cercana—, también habría recitado las plegarias ella.

El imán miró a la muda con odio y contestó que él, personalmente, no se sentía inclinado a recitar las plegarias por aquel pedazo de carne, aquel cadáver de prostituta, ni tampoco a enterrarla.

—Como está muerta —aseguró Rosinah siempre con gestos—, ya no es prostituta.

El kiai Jahro, que así se llamaba el imán, acabó cediendo y ofició la ceremonia del entierro.

Hasta su muerte, que pocos creían que fuera a llegar tan pronto, siguió sin ver a la recién nacida. La gente decía que había tenido mucha suerte, porque cualquier madre se entristecería hasta lo inconcebible al ver que su hija había salido tan espantosa. Su final no sería sereno y sería imposible que descansara en paz. Rosinah era la única que no estaba tan segura de que Dewi Ayu se hubiera entristecido al ver a la criatura, puesto que sabía que lo que más odiaba su señora en este mundo era una recién nacida guapa. No habría cabido en sí de alegría de haber sabido lo distinta que era la benjamina de sus hermanas mayores, pero no había llegado a descubrirlo. Como la muchacha obedecía siempre a su señora, durante los días previos a su muerte no la obligó a ver a su hija, a pesar de que, si hubiera sabido qué aspecto tenía, quizá Dewi Ayu habría pospuesto su fallecimiento al menos un par de años.

—Qué tontería, el momento de la muerte depende de Dios —replicó el kiai Jahro.

—Durante doce días se preparó para morir y luego se murió —dijeron los gestos de Rosinah, que había heredado la tozudez de su señora.

Según la voluntad de la muerta, Rosinah pasó a ser la tutora de la desdichada criatura. Y fue también la encargada de la inútil tarea de enviar telegramas a las tres hijas mayores de Dewi Ayu para anunciar la muerte de su madre y su entierro en el cementerio público de Budi Dharma. No se presentó ninguna de ellas, pero la ceremonia se celebró al día siguiente con un esplendor que no se veía en aquella ciudad desde hacía muchos años y que no se repetiría durante muchos años más. Y fue porque casi todos los hombres que se habían acostado con la prostituta a lo largo de su vida la despidieron con tiernos besos acariciando unos ramos de jazmines que luego lanzaban por todo el camino al pasar su féretro. Y sus mujeres y sus amantes también se apiñaron contra los traseros de sus parejas para verlo todo, celosas aún, puesto que estaban seguras de que aquellos hombres fogosos seguían dispuestos a pelearse entre sí por la oportunidad de acostarse con Dewi Ayu otra vez, sin importarles lo más mínimo que ya no fuera más que un cadáver.

Rosinah iba detrás del féretro, que portaban cuatro vecinos. La pequeña dormía a pierna suelta entre sus brazos, protegida por el borde del velo negro de la muchacha. Una mujer, la llorona, andaba a su lado con una cesta de pétalos de flor. Rosinah los agarraba y los lanzaba por los aires junto con monedas por las que enseguida reñían los niños, que correteaban por debajo del féretro para recogerlas y se arriesgaban a caer de un empujón al canal de riego o a que los aplastara la multitud que coreaba las bendiciones del profeta.

Dewi Ayu fue enterrada en un rincón apartado del cementerio, rodeada de tumbas de otros desventurados, porque eso era lo que habían acordado el kiai Jahro y el sepulturero. Allí yacían un malvado ladrón de la época colonial, un asesino loco y unos cuantos comunistas, a los que se sumó una prostituta. Se creía que esas almas desdichadas se verían molestadas por continuos exámenes y juicios en la tumba, por lo que parecía buena idea alejarlas de la gente piadosa que quería descansar en paz, ser pasto de los gusanos y descomponerse tranquilamente, gozando con ninfas celestiales sin ningún estorbo.

En cuanto terminó la animada ceremonia, la gente no tardó en olvidar por completo a Dewi Ayu. Desde aquel día, nadie fue a visitar la tumba, ni siquiera Rosinah y Bella. Dejaron que las tormentas marinas castigaran sus ruinas, que la cubrieran montones de hojas de franchipán secas y que la invadieran los matojos. Claro que Rosinah tenía un buen motivo para no preocuparse por la sepultura de Dewi Ayu.

—Es porque solo cuidamos las tumbas de los muertos —informó a la espantosa criatura con el lenguaje de las manos, que por descontado la pequeña no comprendió.

Quizá era cierto que Rosinah podía ver el futuro, un modesto don heredado de sus sabios ancestros. Había llegado a aquella ciudad cinco años antes, cuando apenas tenía catorce, acompañada de su padre, un anciano que se había dedicado a la extracción de arena en las montañas y sufría un fuerte reumatismo. Se presentaron en el cuarto de Dewi Ayu en la casa de putas de Mamá Kalong. Al principio, la prostituta no demostró el menor interés por aquella chiquilla, ni por su padre, un anciano con la nariz en forma de pico de loro, el pelo cano y ondulado, la piel arrugada y oscura como el cobre y, sobre todo, una forma de andar muy prudente, como si hasta el último de sus huesos fuera a desmoronarse si ella lo empujaba apenas un poquito. Dewi Ayu lo reconoció de inmediato.

—Eres insaciable, anciano —le dijo—. Hicimos el amor hace dos noches.

El hombre sonrió con timidez, como un chaval al ver a su enamorada, y asintió.

—Quiero morir en tus brazos —afirmó—. No puedo pagarte, pero te ofrezco a esta niña muda. Es mi hija.

Confundida, Dewi Ayu miró a la chiquilla. No muy apartada, Rosinah sonrió tranquila y con simpatía. Por aquel entonces estaba muy flaca. Iba descalza y llevaba un vestido bordado que le iba grande y el pelo ondulado recogido en la nuca con una simple goma. Tenía la piel fina, como la mayoría de las chicas de las montañas, y una cara sencilla y redonda, ojos inteligentes, la nariz chata y unos labios gruesos con los que podía ofrecer a todo el mundo aquella sonrisa encantadora. A Dewi Ayu no se le ocurría para qué podía servirle alguien así. Se volvió hacia el anciano.

—Yo ya tengo tres hijas, ¿qué iba a hacer con esta niña?

—Sabe leer y escribir, aunque no hable —dijo el padre.

—Todas mis hijas saben leer y escribir, y además hablan —replicó Dewi Ayu con una risa socarrona.

Sin embargo, el hombre estaba empeñado en acostarse con ella, morir en sus brazos y dejarle a la joven muda como pago. Dewi Ayu podía hacer lo que quisiera con ella.

—Puedes prostituirla y quedarte el dinero que gane mientras viva —propuso—. O, si ningún hombre quiere acercarse a ella, puedes trocearla y vender la carne en el mercado.

—No estoy muy segura de que a nadie le apeteciera comerse su carne —dijo Dewi Ayu.

El anciano se negaba a tirar la toalla y al cabo de un rato empezó a parecerse a un crío con rabietas. No era que Dewi Ayu no quisiera ser buena y ofrecerle unas cuantas horas de felicidad en su colchón, sino que aquella transacción tan peculiar la había dejado realmente confundida, y una y otra vez miró al padre y a la hija muda, hasta que por fin esta pidió lápiz y papel y escribió: «Vamos, acuéstese con él. Puede morirse en cualquier momento».

Así pues, se acostó con el anciano, pero no porque aceptara el trato, sino por la insistencia de la chica en que estaba a punto de fallecer. Forcejearon en la cama mientras la muda esperaba al otro lado de la puerta, sentada en una silla, aferrada a una bolsita que contenía su ropa y que hasta un momento antes había llevado su padre. Al final, Dewi Ayu no necesitó demasiado tiempo, y después reconocería que, en realidad, no había sentido gran cosa, solo unas cosquillitas en mitad de la entrepierna.

—Fue como si una libélula me arañara el ombligo —diría.

El anciano atacó con ganas, casi sin cháchara previa, como la carga de un batallón de soldados holandeses con órdenes de arrasar, y se movió con soltura olvidando su reumatismo. Esas prisas dieron su fruto enseguida cuando soltó un gruñido momentáneo y su cuerpo sufrió un espasmo; al principio, Dewi Ayu pensó que era el espasmo de un hombre al arrojar el contenido de los testículos, pero resultó ser algo más: el anciano también había arrojado el alma. Murió despatarrado en los brazos de la prostituta, con la lanza aún húmeda y desplegada.

Lo enterraron discretamente en el mismo rincón del cementerio donde más tarde acabaría también Dewi Ayu. Aunque nunca cuidó la tumba de su señora, Rosinah siempre se acordó de visitar la de su padre al final del mes del ayuno para arrancar las malas hierbas y rezar sin mucho afán. Dewi Ayu se llevó a la muchacha a su casa, no como pago por aquel triste episodio, sino porque la mudita se había quedado sin padre ni madre ni ningún otro pariente y porque, se dijo, al menos podría hacerle compañía en casa, despiojarla todas las tardes y quedarse de guardia cuando ella se fuera a trabajar.

Rosinah no se encontró ni mucho menos con el hogar alegre que esperaba, sino una casa sin más que resultó tranquila y silenciosa. Había paredes de color crema con aspecto de no haber visto una capa de pintura en años, espejos polvorientos y cortinas mohosas. E incluso parecía que la cocina no se utilizaba nunca, más que para hacer café de vez en cuando. Las únicas habitaciones que estaban bien cuidadas eran el baño, con una gran bañera de estilo japonés, y el dormitorio de la señora. En sus primeros días en la casa, Rosinah demostró ser una jovencita que valía la pena conservar. Mientras Dewi Ayu se echaba la siesta después de comer, ella pintó las paredes, fregó los suelos, frotó los cristales de las ventanas con serrín que consiguió de un leñador, cambió las cortinas y empezó a organizar el jardín, que pronto se llenó con flores de todo tipo. Una tarde, Dewi Ayu se despertó y, por primera vez en mucho tiempo, le llegó un aroma a hierbas y especias procedente de la cocina; cenaron juntas antes de que la señora tuviera que salir. Rosinah no se dejaba amilanar en absoluto por aquella casa destartalada que necesitaba tantos cuidados, pero la intrigaba el hecho de que vivieran allí las dos solas. Por aquel entonces, Dewi Ayu aún no había aprendido su particular lenguaje de signos, así que la muda recurrió de nuevo a la escritura.

—¿Había dicho que tenía tres hijas?

—Eso es —contestó Dewi Ayu—. Se largaron en cuanto aprendieron a desabrocharle la bragueta a un hombre.

Rosinah recordó de inmediato esa respuesta cuando, unos años después, Dewi Ayu aseguró que no quería volver a quedarse embarazada —a pesar de que ya lo estaba— y que estaba harta de tener hijos. Solían charlar por las tardes, sentadas a la puerta de la cocina mientras veían picotear la tierra a las gallinas que Rosinah había empezado a criar y, cual Sherezade, Dewi Ayu le contaba muchas historias fantásticas, en particular sobre sus hermosas hijas. Así fue como surgió una amistad cargada de comprensión, hasta el punto de que, cuando la señora trató de matar a la hija que llevaba en su vientre de tantas formas distintas, la sirvienta no se lo impidió. Incluso cuando empezó a mostrar indicios de desesperación, Rosinah volvió a demostrar su inteligencia y le dijo con gestos:

—Rece para que la criatura sea fea.

—Hace años que no creo en la oración —contestó Dewi Ayu.

—Bueno, eso depende de a quién se rece —aseguró Rosinah, y sonrió—. Es verdad que ciertos dioses han resultado bastante roñosos.

Tímidamente, Dewi Ayu empezó a rezar. Lo hacía siempre que se le pasaba por la cabeza; en el baño, en la cocina, en la calle o incluso si tenía a un hombre obeso nadando encima de su cuerpo y de repente se acordaba, al momento decía: «Sea quien sea el que escucha mi plegaria, dios o demonio, ángel o genio Iprit, que haga fea a mi hija». Incluso empezó a imaginarse todo tipo de fealdades. Pensaba en un diablo cornudo, con colmillos que sobresalían como los de un jabalí, y en lo mucho que le gustaría tener una hija así. Un día se fijó en un enchufe de la pared y se imaginó que era la nariz de la niña. También fantaseaba con la idea de que sus orejas fueran como las asas de una cacerola, y su boca como la ranura de una hucha, y con que su pelo pareciera el cepillo de una escoba. Llegó incluso a saltar de alegría al encontrarse una mierda realmente repugnante flotando en el retrete y pidió tener una hija así, por favor, con la piel como un dragón de Komodo y las piernas como una tortuga. Dewi Ayu se dejó llevar por la imaginación, que se desbocaba más y más con el paso de los días, y mientras tanto la criatura seguía creciendo en su vientre.

Todo llegó a su apogeo la noche de la séptima luna del embarazo, cuando, acompañada por Rosinah, se bañó en agua de flores. En esa noche es cuando la futura madre pide un deseo para su hijo y dibuja su cara en una cáscara de coco. Casi todas las mujeres habrían dibujado el rostro de Draupadi, Shinta o Kunti, o de la marioneta más hermosa del wayang; o, en caso de desear un niño, habrían optado por Yudistira, Arjuna o Bima. Sin embargo, Dewi Ayu se sirvió de un pedazo de carbón negro para dibujar a un bebé espantoso. Tenía la ilusión de que su hija no se pareciera a nada ni a nadie que hubiera contemplado, salvo quizá a un cerdo salvaje o a un mono. En consecuencia, dibujó la figura de un monstruo aterrador, incomparable a nada de lo que había visto o llegaría a ver antes de que enterraran su cadáver.

Y entonces, después de esos veintiún años, el día que resucitó la tuvo por fin ante sus ojos.

La tarde ya estaba dejando paso a la noche y caía la lluvia debido a un ciclón que vaticinaba el cambio de estación. Los perros salvajes, los ajaks, aullaban en las montañas con voces estridentes que ahogaban la del almuédano que llamaba a la oración del ocaso en la mezquita y que, al parecer, estaba fracasando, porque a la gente no le gustaba salir cuando llovía torrencialmente al atardecer y se oían los aullidos de los perros, y menos aún cuando un fantasma amortajado campaba a sus anchas por los caminos, gimoteando y con muy mala pinta.

La distancia entre el cementerio público y la casa de Dewi Ayu no era poca, pero los conductores de los ojeks, los mototaxis, preferían estrellar sus vehículos en una zanja y salir por piernas antes que ofrecerse a llevarla. Ningún minibús se detuvo. Incluso los puestos de comida y las tiendas del camino prefirieron cerrar antes, echar la llave a la puerta y atrancar las ventanas. No había nadie por la calle, ni siquiera mendigos o locos, nadie más que aquella anciana que había vuelto de entre los muertos. Solo se veía a los murciélagos, que volaban con todo el ímpetu del mundo y se estampaban contra la tormenta al moverse por el cielo, y las cortinas que de vez en cuando se abrían para descubrir caras blancas de miedo.

Dewi Ayu tiritaba de frío y también tenía hambre. En algún momento se decidió a llamar a las puertas de gente que, pensó, quizá se acordaría de ella, pero los residentes prefirieron quedarse en silencio, si es que no se habían muerto ya del susto. Por todo ello, se alegró enormemente cuando a lo lejos distinguió su propia casa, que estaba igual que antes de que la enterraran. Los brotes de la buganvilla cubrían la valla entera y había crisantemos por todo el perímetro con un aspecto pacífico bajo la capa de lluvia, además de una luz cálida procedente de la lámpara del porche. Echaba muchísimo de menos a Rosinah y anhelaba con todas sus fuer ...