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LA CASA ENTRE LOS CACTUS

Paul Pen

5


Fragmento

 

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Rose abrió los ojos con la certeza de que había ocurrido algo malo. Deslizó la mano sobre el colchón para avisar a su marido.

—Elmer —susurró.

Él se giró hacia el otro lado.

—Despierta. —Le pellizcó la espalda—. Ha entrado alguien en casa.

Elmer respondió con un ronquido, se apropió de la sábana.

Rose bajó de la cama. Caminó hacia la puerta de puntillas, pisando el suelo donde no crujía.

Pegó la oreja a la madera.

Se oyó a sí misma tragando saliva.

Sin respirar, rodeó el pomo con los dedos. Lo giró atenta a los chasquidos del mecanismo. Abrió el espacio mínimo que le permitía asomar un ojo. La luz lunar que inundaba la habitación se derramó por la rendija, entre sus pies, dibujando una franja plateada sobre el pasillo.

Todas las puertas de las habitaciones de sus hijas estaban cerradas.

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También la del baño.

Aliviada, dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

Pero la puerta de Melissa osciló, mecida por alguna brisa nocturna.

Las bisagras rechinaron.

—¡Melissa!

Rose salió del cuarto con un grito. Soltó la puerta con tanta fuerza que el pomo golpeó la pared. Sus pasos retumbaron en el pasillo, en la casa entera. Encendió la luz de la habitación de Melissa. Desde la estantería la observaron un montón de piedras con ojos.

La cama estaba vacía.

—¡Melissa!

Revolvió la sábana. Miró debajo del somier. Giró sobre sí misma con las manos en la cabeza, mareada en aquel cuarto que parecía enorme.

—Se la han llevado —susurró.

Apretó las manos contra su vientre, retorciendo el camisón como si acabaran de arrebatarle a su hija después del parto. Elmer apareció en la puerta.

—Se la han llevado, Elm —le dijo—. Se han llevado a Melissa.

—No se han llevado a nadie.

—¿Y dónde está?

La pregunta culminó en un sollozo. Elmer la abrazó contra su pecho descubierto, protegiéndola entre sus brazos, calmándola con el calor de su cuerpo. Ella frotó la cara contra el vello de su marido, se dejó acunar por la contundencia del latido de su corazón.

—Nos la han quitado…

Elmer la llevó a la ventana de la habitación. La invitó a mirar al exterior guiando su barbilla con los dedos. Sólo una bombilla brillaba en lo alto de un poste de madera, proyectando un campo de luz en la arena rojiza del terreno. Iluminaba también la pick-up de Elmer, aparcada junto a un cactus más alto que la camioneta.

—¿Ves? —dijo él—. No hay nada allí fuera, no hay nadie.

Más allá del poste, todo estaba oscuro. Tan sólo el brillo de la luna permitía adivinar las siluetas de las rocas y cactus que completaban el paisaje hasta donde alcanzaba la vista.

—Nadie va a venir tan lejos.

Rose miró la cama vacía.

—¿Y dónde está mi hija?

Sintió la ausencia en su pecho, en su vientre.

—Estoy aquí, mamá. —Melissa habló desde el umbral, llevaba una roca con ojos en las manos. Dirigió una pregunta a su padre—: ¿Otra vez?

Elmer asintió.

—Salí a hablar con los cactus, mamá. —Mostró las zapatillas llenas de polvo como prueba—. Aunque el único que me ha hecho caso ha sido Needles, no sé qué le pasaba hoy a Pins.

Rose la abrazó.

—Me he asustado mucho —susurró en su oído—, os quiero tanto…

Aspiró el olor del cabello de su hija, inflando el vacío en su pecho. Sobre el hombro de la niña, preguntó a Elmer si había despertado al resto de las hermanas con tanto escándalo.

—Ni se han enterado —respondió él.

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Melissa cerró los ojos y se los tapó con las manos para dejar claro a sus hermanas que no pensaba hacer trampas.

—¿Seguro que no ves nada? —preguntaron ellas a la vez.

—¿Cómo voy a ver?

Melissa oyó reír a las dos. Las imaginó haciendo aspavientos frente a ella, fingiendo que iban a pegarle un puñetazo o poniendo caras raras para hacerla reaccionar.

—Venga, parad. Escondeos ya.

Cuatro pies zapatearon a su alrededor, la arena crujió bajo el calzado mientras se alejaban. Melissa notó que habían sincronizado sus zancadas para apoyar el mismo pie a la vez, tratando de reducir al máximo las pistas sonoras. Cuando llegaron al lugar acordado, las oyó dar un salto.

—¿Ya? —preguntó.

—No, espera.

Sus hermanas contestaron en sincronía. Consonantes y vocales coincidieron de tal forma que podría haber sido una sola persona la que hablara. Eran expertas en hacer eso. Melissa las imaginó atusándose el pelo, comprobando cada pliegue de sus vestidos, acordando la manera exacta en que le mostrarían el pie o la mano cuando se lo pidiera, si con los dedos juntos o separados. Ella tomó aire. El desierto olía a tierra, a piedra caliente. Justo cuando cambió la cadera sobre la que reposaba el peso de su cuerpo, las niñas terminaron de prepararse.

—¡Ya! —gritaron a la vez.

Melissa abrió los ojos. Sus pupilas se ajustaron sin esfuerzo a la luz del ocaso. Decenas de cactus, todos más altos que ella, se erigían por el terreno. Las rocas mostraban el color naranja profundo habitual a esa hora de la tarde. Algún reptil se escondió debajo de una de las piedras cuando ella se movió. La risita simultánea de sus hermanas emanó de detrás de los dos cactus enormes que habían acordado como escondite. Ambos contaban con un gran tronco central del que surgían a cada lado ramificaciones que parecían brazos flexionados.

—Voy a empezar —avisó a sus hermanas.

—Tres órdenes y un solo paso. Si pides más, no hacemos caso —canturrearon ellas en sincronía.

—Primera orden: quiero ver la palma de la mano derecha.

Dos manos asomaron tras el tronco central de ambos cactus, a unos diez pasos de ella. Las observó con atención. A esa distancia no podía distinguir las líneas de cada palma, que siempre eran una buena pista. Entornó los párpados tratando de discernir la forma de cada meñique. Se había propuesto acertar a la primera orden, pero era casi imposible estando tan lejos.

—Voy a dar el paso.

—Si pides más, no hacemos caso —entonaron las niñas, entre risas.

Melissa se acercó a los cactus mientras las manitas de las niñas desaparecían tras el tronco.

—¿Segunda orden? —preguntaron al unísono.

—Brazo izquierdo.

Las dos lo mostraron. Más cerca que antes, Melissa pudo distinguir los pliegues marcados en las muñecas de sus hermanas. Veía también el lunar repetido en la piel pálida de los antebrazos. Se esforzó por diferenciar el grosor de cada uno de los pulgares.

—¿Tercera orden? —solicitaron a la vez las niñas.

—Esperad, que sigo mirando.

Ver los codos le serviría de más ayuda, pero hacerlas girar el brazo contaría como orden y prefería apostar por otro rasgo con el que tendría más posibilidad de acertar.

—Tercera orden —anunció—: quiero ver el pie izquierdo.

Dos zapatos brotaron de cada cactus como flores rastreras. Eran blancos, ajustados con una correa que atravesaba el empeine. Melissa se arrepintió de su estrategia, las niñas habían tenido la precaución de subirse al máximo los calcetines de color rosa. A una de ellas le había picado un escorpión en el tobillo y la marca de la cicatriz hubiera servido como pista definitiva.

—Veo que ésta ya os la habéis aprendido.

Las niñas rieron, creyéndose ganadoras. Melissa se percató entonces de que uno de los calcetines se ajustaba con menos tensión a la pierna de su dueña. La goma estaba dada de sí por culpa de la propia Melissa, que la había estirado hacía dos tardes, al lanzarse al suelo para agarrar a la niña mientras jugaban entre las rocas. Ésa era información suficiente para descifrar el enigma.

—Daisy a la izquierda y Dahlia a la derecha.

Las niñas permanecieron en silencio. Las imaginó intercambiando miradas incrédulas de cactus a cactus, encogiendo los hombros, quizá dibujando algunas palabras sólo con los labios.

—No puede ser —dijeron a la vez desde sus escondites.

—¿He acertado? —Melissa ya sabía la respuesta—. Venga, salid.

Emergieron por los laterales más próximos de cada cactus.

—¡Acerté!

—Es imposible que lo sepas. Somos igualitas.

Las niñas se examinaron la una a la otra de arriba abajo, compararon los brazos y las manos mostradas, inspeccionaron los zapatos. Dahlia repasó el calcetín más holgado de su hermana gemela, pero no lo identificó como la prueba reveladora. Susurró al oído de Daisy.

—Nos has hecho trampa —dijeron a la vez.

—No hago trampa. Sólo soy más lista que vosotras.

—Ya, ya, seguro —añadieron.

A Melissa aún le sorprendía la facilidad con la que las dos niñas hablaban a la vez, usando las mismas palabras. En ocasiones cuchicheaban entre sí antes de soltar una frase idéntica, pero otras lo hacían sin prepararse, de manera natural. Se rió al verlas subirse los calcetines para que estuvieran a la misma altura, ajustar la correa del calzado al mismo agujero, deslizar los tirantes del vestido blanco para que mostraran la misma cantidad de hombro. Daisy incluso cogió un puñado de la arena rojiza que cubría el terreno y estampó una mancha en la falda de su hermana imitando una que descubrió en la suya propia, justo encima de la flor de grandes pétalos que ambas tenían bordada.

—Vamos a jugar otra vez —pidieron al unísono.

—No, que ya es tarde. Ya casi no veo.

Melissa señaló la línea del horizonte, el sol había desaparecido. Un coyote aulló en algún rincón del desierto. Una columna de polvo se levantó en la distancia, desde el suelo. Se desvanecía por encima de los cactus más altos, acercándose a ellas.

—¡Es papá! —gritaron las gemelas.

Se dieron de la mano y emprendieron el camino a casa sincronizando sus zancadas. Melissa fue detrás de ellas. Antes de alcanzar el camino, una piedra grande, del tamaño del melón que tomaron de postre hacía unos días, llamó su atención. La recogió palpando su contorno, acariciando una protuberancia en forma de ángulo recto. Colocó la piedra a la altura de sus ojos para observarla de frente.

—¿Qué pasa? —preguntaron las gemelas mirando hacia atrás, sin soltarse de la mano.

Les mostró la roca, y su particular protuberancia, con una sonrisa.

—¿Otra más? —dijeron.

—Ésta parece que tiene nariz.

Las gemelas retomaron su camino con indiferencia, pero Melissa estaba satisfecha de su hallazgo. No era fácil encontrar rocas con un rostro tan marcado. Sujetó la piedra entre las manos, apoyada en su vientre. Continuaron avanzando hasta que la camioneta pick-up de papá pasó frente a ellas sin detenerse. Melissa cerró la boca y los ojos antes de que arreciara la tormenta de polvo. Las gemelas gritaron entusiasmadas, después escupieron arena entre risas.

Papá detuvo el vehículo frente a la casa. Era la única vivienda levantada hasta donde alcanzaba la vista. Durante el crepúsculo, cuando la fachada adquiría la misma tonalidad morada que el resto del terreno, parecía camuflarse y desaparecer entre los cactus.

Como si no existiera.

Papá bajó de la camioneta y la cerró con un portazo. Las niñas trotaron hacia él. Lo abrazaron por la cintura, en una pierna cada una.

—¡Nos traes cosas del pueblo! —gritaron.

—A ver, dejadme caminar.

Las gemelas no hicieron caso. Papá caminó a un lado de la camioneta con zancadas pesadas, como si vistiera una armadura. Cogió bolsas de la zona de carga.

—En serio, como no me soltéis, dejo todo esto aquí y mañana se lo habrán llevado los coyotes.

Papá reparó unos segundos en la piedra que Melissa llevaba en las manos. Después le pidió ayuda para controlar a las niñas. Dejó la roca con nariz en el suelo y logró que las gemelas soltarán a papá a base de cosquillas. Se ofreció a cargar algunas bolsas.

—Deja —contestó él mientras levantaba varias de golpe—, me basta con que me quites a estas dos de en medio. Y que consigas que la que está ahí dentro —señaló con la barbilla la cabina de la pick-up— deje de leer.

Papá salió disparado hacia la casa, cargando bolsas de papel a cada lado del cuerpo. Caminó deprisa para acortar el trayecto, los antebrazos hinchados por el peso, las venas gruesas como lombrices azules. Subió los tres escalones del porche sin mirar.

Dahlia y Daisy, de puntillas, se asomaron al interior del vehículo, agarrándose a la ventanilla abierta del conductor.

—Hola, Iris, ¿qué lees?

Melissa recuperó su roca y rodeó la camioneta por detrás, donde grandes letras de metal escribían la palabra «Ford». Alcanzó la ventanilla del copiloto, también abierta. Iris leía un libro grueso, abierto sobre la falda del vestido holgado que cubría sus piernas por debajo de las rodillas. La mayoría de las páginas se acumulaban sobre el muslo izquierdo, así que estaba a punto de acabarlo. El ligero movimiento de su cabeza, de un extremo a otro de cada línea, provocaba una leve oscilación de su coleta rubia.

—¿Qué lees? —dijo Daisy.

—¿Qué lees? —dijo Dahlia.

Cuando no acordaban de antemano sus palabras y una de las gemelas se adelantaba a la otra en decir algo, la segunda lo repetía enseguida. Iris dirigió un dedo levantado hacia ellas, sin separar la vista del texto, mandándolas callar. Las niñas se miraron y se abrocharon una cremallera imaginaria en los labios. Ella pasó la última página, escrita sólo hasta la mitad. Terminó de leer el libro con un suspiro de sorpresa. De susto. Después levantó la mirada y parpadeó para regresar al mundo real, como saliendo de un sueño. Tenía la boca abierta.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dahlia.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Daisy.

Iris no respondió. Parecía que se hubiera quedado sin palabras aunque acabara de leer miles de ellas.

—¿Qué pasa? —insistió Melissa.

Por el tiempo que su hermana se estaba tomando para responder, intuyó que se avecinaba alguna declaración apasionada. Iris no leía los libros, los vivía, y todo lo que sabía del mundo, que no era mucho, lo había aprendido de ellos.

—Pues pasa que este mundo en el que vivimos es un lugar muy retorcido —contestó por fin, indignada de verdad con lo que hubiera ocurrido entre esas letras—. Y que no sé para qué intento leer libros de ahora si a mí los que me gustan son los clásicos del siglo pasado. De amor, de cosas bonitas… No esto. —Cerró el libro y lo mostró como si fuera una prueba irrefutable de lo que defendía.

Melissa leyó el título en la portada.

—¿Qué significa «retorcido»? —preguntaron las gemelas al unísono.

—Retorcido es algo raro, inquietante y feo —explicó Iris—. Como lo que pasa en este libro. Como vosotras hablando a la vez.

—Nosotras no somos retorcidas.

Coincidieron en cada palabra y celebraron la casualidad soltándose de la camioneta para saltar con los brazos en alto. Se abrazaron como si hubieran ganado el juego de esconderse en los cactus.

Papá regresó a la camioneta a por más bolsas.

Melissa abrió la puerta a su hermana. Caminaron juntas a casa, precedidas por las gemelas, quienes subían al porche apoyando a la vez el mismo pie en cada escalón.

—¿Y eso? —preguntó Iris sobre la piedra.

—Mira, parece que tiene nariz. —Melissa la recorrió con el dedo—. Y tiene una frente muy varonil.

—¿Varonil? Eso me interesa. —Iris detuvo el paso para examinar mejor la roca—. Pues es verdad, un poco —concedió con una sonrisa—, pero no me sirve.

—¿Has visto muchos chicos en el pueblo?

—¿Chicos? ¿En ese pueblo? Ya me gustaría a mí. Sólo he visto tres señores mayores, bajitos y con bigote. Y sólo hablan español.

—¿Nada interesante?

—Nada. No sé ni por qué nos peleamos por ir.

—Porque siempre será mejor que pasar un día más aquí haciendo lo mismo de siempre.

—No sé yo qué decirte.

—Si quieres voy yo todos los meses a partir de ahora.

—No te pases. —Iris golpeó a Melissa en el hombro.

Desde lo alto de los escalones, que ellas alcanzaban ahora, hablaron las gemelas.

—¿Y nosotras por qué no podemos ir al pueblo?

—Porque sois muy pequeñas —respondió papá, que salía por la puerta principal en su tercer viaje a por bolsas.

Antes de que la puerta mosquitera se cerrara, una mano la detuvo.

—Bueno, ¿qué? ¿Tengo un montón de hijas y ninguna es capaz de ayudarme a poner la mesa?

Las gemelas cuchichearon.

—Es que el mundo es un lugar muy retorcido, mamá.

Las niñas rompieron a reír y entraron en casa esquivando las piernas de mamá, que terminaba de secarse las manos en un delantal bordado con la imagen de un sol de piedra. Ella interrogó con la mirada a las que quedaban fuera.

—Les acabo de enseñar la palabra —explicó Iris—. Ha sido culpa de este libro, que me ha dejado aturdida, conmovida y estupefacta.

Mamá hizo un gesto burlón para desacreditar la manera en que Iris presumía de vocabulario. Miró la portada.

—Yo es que no sé qué necesidad hay de leer cosas feas —dijo—. Con lo bonita que es nuestra casa, nuestra familia y nuestra vida.

Dirigió su mirada al horizonte, a los acres de terreno abierto frente a ella. Melissa vio la amplia sonrisa que dirigió al paisaje y a todo lo que contenía: los cactus, las rocas, las huellas de sus hijas pequeñas en la arena, su marido trayendo la compra. Después azotó a Iris con el libro para que entrara en casa de una vez. Melissa esperó a que ambas cruzaran el umbral. Cuando la mosquitera se cerró delante de ella, dejándola sola en el porche, respondió al comentario de su madre sin que nadie pudiera oírla.

—Sí, ya, una vida perfecta.

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Iris dejó el libro de contenido retorcido en una estantería de la cocina. Había leído todos los que ocupaban el mueble. Usó como tope un frasco lleno de monedas sobre las que navegaban algunos billetes verdes. Al girarse vio a su padre fuera, tratando de abrir la puerta mosquitera con el pie, los brazos comprometidos con más bolsas. Corrió a abrirle, esquivando a las gemelas, que llevaban a la mesa cubiertos y servilletas. Papá agradeció la atención, apartó el flequillo de sus ojos con un soplido y alcanzó el fregadero. Depositó los artículos junto al grifo mientras mamá hacía el recuento.

—¿Y el arroz? —preguntó.

Él extrajo un saco pesado del fondo de la bolsa y ella le besó en la mejilla. A Iris le encantaba descubrir cómo sus padres se demostraban su amor en cualquier momento, con espontáneos gestos cariñosos entre paquetes de carne y pan o cuando se lavaban juntos los dientes frente al espejo del baño. Era un amor cotidiano del que hablaban pocas veces en los libros que leía, más dados a romances pasionales en los que alguno de los amantes solía acabar muerto.

—¿Y tú por qué suspiras? —le preguntó su madre, cortando con las tijeras una punta del paquete de arroz.

Iris negó con la cabeza, quitándole importancia.

—Ay, qué miedo me da vuestra adolescencia… —Mamá señaló también a Melissa, con la tijera en la mano, para incluirla en la amenaza.

—¿Nuestra? —dijo la señalada—. A mí no me metas en el mismo saco que a ella.

Melissa sacó la lengua a Iris, contenta de no ser aún tan mayor como ella. Iris arrugó la nariz, contenta de haber superado ya la edad de Melissa. En la mesa, Dahlia y Daisy se dijeron algo al oído.

—¿Qué nos has traído, papá?

—Ahora lo veréis —contestó a punto de salir por la puerta—. Lo vuestro está en la última bolsa.

Las niñas aplaudieron.

—Vosotras terminad de poner la mesa y no interrumpáis a papá —intercedió mamá—, que bastante cansado está de conducir todo el día.

Iris sacó una jarra de agua de la nevera mientras las gemelas se dedicaban a colocar los seis servicios. Sincronizando sus movimientos, distribuyeron primero los vasos, después las servilletas y, por último, los cubiertos. Melissa respetó la disposición, pero abrió un hueco para acomodar a su roca con nariz.

—Va a cenar con nosotros —dijo.

Cuando Iris consideró completada la labor de sus hermanas, colocó la jarra en el centro de la mesa. Los hielos tintinearon contra el cristal. Al ver cómo las gemelas seguían comprobando con exactitud milimétrica que los cubiertos estuvieran centrados en la servilleta, Iris guiñó un ojo a Melissa y descolocó algunos cuchillos. Ellas los recompusieron sin pararse a regañarla. Sonrieron satisfechas al recuperar la simetría.

—Qué locas estáis —dijo Iris.

Mamá se dio la vuelta delante del fregadero.

—No les digas eso.

Papá regresó a la cocina, esta vez sólo traía una bolsa.

—¿Cómo está la ciudad? —preguntó Melissa.

—Horrorosa, como siempre —contestó él—. Y no es una ciudad. Es un pueblucho con seis tiendas.

—Por lo menos allí hay gente —dijo Melissa—. Gente con ojos. Gente que habla. Me gustaría ir todos los días y pasarme las horas hablando con la gente.

—¿Con esa gente fea y bajita?

Mamá dio un manotazo a Iris por el comentario.

—Es la verdad —se defendió—. No hay ni un solo chico guapo.

—A mí eso me da igual —dijo Melissa—, yo lo que necesito es hablar.

—Pues ya puedes ir aprendiendo español, que inglés sólo habla el señor de la librería. Y habla lo justo para conseguirme los libros que le pide papá. Y eso de que los chicos te dan igual, ya me lo dirás dentro de… —Iris se acercó a su hermana y le tocó los pechos valorando su crecimiento—, dentro de dos años.

Melissa se ruborizó y le soltó un manotazo más fuerte que el que le acababa de soltar mamá. Papá las separó como si pelearan, pero en realidad estaban riendo.

—Cuando aprendáis a conducir, si es que algún día os enseño, podréis ir al pueblo cuando os dé la gana.

—¿Y si vamos andando? —preguntaron las gemelas.

—Tardaríais cuatro días y os moriríais de calor, sed y hambre.

Las gemelas bebieron un vaso de agua como si acabaran de caminar esa distancia sólo de pensarlo.

—Ya, como que nos ibas a dejar ir por mucho que aprendiéramos a conducir —dijo Melissa—. Si no nos dejas ni acompañarte a la gasolinera.

—¿Vosotras creéis que algún otro compañero lleva a sus hijos al trabajo?

Melissa encogió los hombros.

—De todas formas —intervino Iris—, si se trata de aprender a conducir, yo ya puedo ir.

Guiñó el ojo a su madre en el fregadero.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó papá—. ¿Por qué te guiña el ojo?

Mamá amonestó a Iris con la mirada. Ambas reprimieron una sonrisa.

—¿Qué? —insistió él.

Alargar el silencio sólo impacientaría más a papá, así que Iris confesó.

—Mamá me ha enseñado a conducir un poco.

—No será verdad.

—A ver, sólo un poco, con la Dodge —aclaró mamá—. Sabe acelerar y pisar el freno, nada más. El primer día casi acabamos estampadas contra un cactus.

—Qué exagerada —se defendió Iris.

—¿El primer día? —preguntó papá—. ¿Ha habido muchos o qué?

Madre e hija rieron. Las gemelas se susurraron al oído antes de hablar.

—Vais a aprender a conducir antes que nosotras y os vais a ir a la ciudad —dijeron—. Nos vais a dejar solas.

—Que no es una ciudad —corrigió el padre.

—No nos dejéis solas, por favor —dijo Dahlia.

—No nos dejéis solas, por favor —dijo Daisy.

—Que nos comen los coyotes y los pájaros de cuello raro —dijo Dahlia.

—Que nos comen los coyotes y…

Melissa tapó la boca a Daisy para que no repitiera la frase.

—Nadie va a dejaros solas —las tranquilizó papá—. Además, esos pájaros de cuello raro, que se llaman buitres, sólo comen carne muerta. Y vosotras estáis libres de peligro porque me parece a mí que estáis muy vivas. —Esperó alguna reacción de las niñas mientras se acercaba a la mesa—. ¿O no? —Les hizo cosquillas en la tripa, consiguiendo que se retorcieran a carcajadas sobre sus sillas—. ¿Veis? Ningún buitre se va a comer a unas niñas que se mueven tanto.

—Uf, menos mal.

Representaron el alivio que les provocaba esa información secándose de la frente un sudor imaginario. Pero Iris vio cómo el rostro de Daisy pasaba del desahogo repentino a la total preocupación.

—Pero si comen carne muerta, se van a comer a Edelweiss —soltó.

—Pero si comen carne muerta, se van a comer a Edelweiss —repitió Dahlia.

Una lluvia de arroz se precipitó contra el suelo de la cocina, los granos alcanzaron los pies de Iris. Melissa tapó la boca de las niñas cuando ya habían callado. Mamá se agachó con una disculpa y se dispuso a limpiar el desastre con un cepillo.

—No pasa nada. —El temblor de sus manos revelaba otra cosa—. Estoy bien. En serio.

Papá solicitó a Iris que ayudara a mamá. Él se ocupó de las niñas.

—Eso no va a pasar —les dijo—. Los buitres no saben escarbar, así que no van a llevarse a Edelweiss. Va a seguir estando ahí fuera con nosotros.

Las gemelas cuchichearon.

—Nos gustaba más cuando estaba de verdad y podíamos jugar con ella.

Iris reconfortó a mamá apretándole una mano, arrodilladas ambas recogiendo el arroz. Ella se secó la nariz y forzó una sonrisa.

—Me iré acostumbrando —susurró.

—Bueno, ¿alguien quiere que abra la bolsa con cosas especiales del pueblo? ¿O lo dejamos para el próximo fin de semana?

Iris percibió el alivio en el rostro de mamá, agradecida por haber cambiado de tema. Papá siempre sabía cómo hacerla sentir mejor.

—¡Nosotras! —gritaron las niñas.

Corrieron a por papá, que buscaba en el fondo de la bolsa lo que les había traído de la papelería del pueblo. Iris observó su excitación mientras tiraba a la basura dos puñados de arroz.

—¿De qué colores?

—¿De qué colores?

Papá prolongó el momento moviendo la mano dentro de la bolsa.

—Os he traído cuentas de color rojo —sacó un frasco de plástico lleno de chaquira roja—, verde, morado y naranja.

Las gemelas recogieron los botes entusiasmadas, pasándoselos de mano en mano para inspeccionar con la boca abierta la cantidad de cuentas que contenían. Celebraron el botín decidiendo el uso que podrían dar a cada color. El verde serviría para rellenar dibujos de cactus, el rojo para el cielo, el morado para algunas flores y el naranja para las rocas o la camioneta de papá.

—Además, Iris ha elegido estas horquillas para vosotras —anunció él.

Le dio un par de color verde a Dahlia. Daisy esperó el suyo con emoción. Al recibir un par de color blanco, lo rechazó. Dahlia devolvió el suyo.

—No las queremos. No son iguales —dijeron a la vez—, tenemos que parecer la misma.

—Pero no siempre, hijas, sólo cuando viene…

—Tenemos que parecer la misma —le interrumpieron sin escucharle.

Papá interrogó a mamá con la mirada.

—Es una fase —dijo ella—. Ya se les pasará.

Iris iba a proponer una idea para solucionar lo de las horquillas, pero su padre se le adelantó. Separó los pares unidos y creó dos nuevos con una horquilla verde y otra blanca. Ofreció un par mixto a cada niña.

—¿Y ahora?

—Ahora son iguales. ¿Cómo lo has hecho?

—¡Magia!

—¡Magia!

Papá les pellizcó la nariz.

—No es magia. A veces sólo hay que esforzarse un poquito para que las cosas sean como queremos que sean. Todos podemos conseguir lo que deseamos por mucho que se ponga todo en contra. —Dedicó a mamá una mirada a la que Iris adjudicó connotaciones románticas—. ¿Entendido?

Las niñas asintieron y regresaron a la mesa con su botín.

—¿Y tú? —preguntó mamá a Iris desde el fregadero, mojando sus manos para limpiarse el polvo de arroz—, ¿qué te has traído?

Antes que ella, respondieron a coro sus tres hermanas:

—Un libro.

—Pues sí, otro libro, ¿qué pasa? Y de los míos, para quitarme el mal sabor de boca de ese último. —Lo sacó de la bolsa y leyó el título en voz alta vaticinando los buenos momentos que le haría pasar—: Orgullo y prejuicio. Espero que sea de mucho amor… —se acercó a Melissa y le susurró—, y algo más.

—Te he oído. —El dedo en tensión de mamá la apuntaba. Después se dirigió a papá—: No será verdad.

Él negó con la cabeza.

—Déjame que lo vea.

Iris entregó el libro a mamá. Ella examinó la portada. Leyó la sinopsis en la parte de atrás. Acabó por devolvérselo, no debía de haber encontrado ningún motivo de preocupación.

—Todo el día metida en estos libros, fantaseando con otras vidas. A veces pienso que no valoráis lo mucho que vuestro padre y yo hacemos por vosotras, lo maravillosa que es nuestra vida en familia.

Papá le masajeó un hombro.

—Nosotras valoramos mucho lo que tenemos —dijeron las gemelas.

—Y yo también, mamá —añadió Iris. Después se dirigió a las pequeñas—. Pero ya tendréis vosotras dieciséis años también y os apetecerá algo más que hacer dibujitos con cuentas. Os apetecerá conocer a algún chico. —Iris extendió los brazos hacia las ventanas y habló como si declamara—: Y como entre estas yermas tierras pobladas de cactus no vais a encontrar a ningún galán, os tendréis que conformar con vivir apasionadas historias de amor a través de los personajes de los libros. Libros que, por suerte, no tendréis que ir pidiendo a un señor de una librería perdida en este rincón olvidado de México, porque vuestra hermana mayor se habrá encargado de ir coleccionándolos en aquella estantería.

Las gemelas escucharon con los ojos muy abiertos. Después cuchichearon.

—Nuestra hermana mayor era Edelweiss.

Los hombros de mamá volvieron a caer. Melissa desvió la conversación.

—Si quieres te presento a Needles —le dijo a Iris—. O a Pins. Yo creo que Pins es más tu tipo.

—Muy graciosa —respondió ella—. Pero yo lo que ansío es un chico de verdad.

Mamá dirigió a Iris un chasquido de la lengua.

—Hablando de Needles y Pins… —Papá entregó a Melissa la bolsa de papel.

—¿Me has traído ropa?

Papá asintió. Ella se levantó de la silla para asomarse a la bolsa. Sonrió al descubrir su contenido. Extrajo una vieja camisa de vestir, de hombre, con cuidado de no desdoblarla. Sacó también un pantalón vaquero roto, desteñido. Lo colocó bajo la camisa, formando una figura humana sobre la mesa, entre los platos. Por último, cogió del fondo una gorra.

—Es de tu gasolinera. —Mostró a todos el logotipo estampado en la parte delantera, el mismo que papá llevaba bordado en el mono de trabajo—. A ver cómo me las ingenio, voy a necesitar la escalera para poder ponérsela.

Mamá anunció que la cena estaba lista.

Sentados a la mesa, Melissa entabló con las gemelas una conversación sobre rocas con cara, pegamento para cuentas y horquillas. Papá detalló a mamá la excursión mensual al pueblo. Iris optó por abrir su libro, colocarlo junto al plato y leer con los codos encima de la mesa, masticando sobre las páginas. Hubo un momento en que mamá la miró, pero no la instó a que cambiara su postura o a que dejara de leer. En lugar de eso, agarró la mano de papá y ambos la observaron como si fuera la cosa más bonita que hubieran visto en su vida. Cuando empezó a sentirse incómoda y les dedicó un gesto avergonzado, ellos dirigieron miradas idénticas a las gemelas, que habían ordenado sus patatas fritas y se las comían a la vez una por una. Después se centraron en Melissa, que acercó una patata al lugar donde su roca tendría la boca e imitó el ruido que haría al masticar.

Mamá apoyó la cabeza en el hombro de papá. Él la besó en la frente. Suspiraron a la escena familiar que tenían delante. Iris devolvió la atención a su libro.

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Melissa abrió su cuarto con dificultad. Tenía las manos ocupadas con la roca y la ropa de hombre que le había traído papá. Cuando consiguió entrar, dejó caer las prendas sobre la cama. Apoyó la piedra sobre el escritorio, sin molestarse en apartar los recortes de revistas y dibujos a lápiz que la cubrían. Buscó las tijeras por la habitación. No las encontró en la estantería sobre el cabecero. Tampoco en ninguna de las mesillas junto a la cama. Removió los papeles sobre la mesa, pedazos de revista cayeron al suelo. Las encontró debajo de uno de sus bocetos de retrato familiar, uno de los que no acabaron por convencerla. Los que de verdad consideraba buenos los clavaba con chinchetas en la pared frente a la cama, cubierta casi por completo de memorias familiares capturadas a lápiz. Cada mañana, las imágenes resplandecían frente a ella como en un altar, iluminada la pared por la luz amarillo pálido del amanecer (era una visión que agradecía en esos días en que se levantaba segura de no pertenecer a este lugar). Con las tijeras en la mano, sacó del cajón del escritorio más revistas. Eran ejemplares de CINEavance que papá traía de la gasolinera cuando se quedaban en el estante más de dos meses sin que nadie los comprara. Hablaban de cine en un idioma que ella no podía leer. Sólo reconocía el inglés en los nombres de los actores y las actrices, en ciudades de Estados Unidos o en los títulos originales de las películas, que citaban en contadas ocasiones. A Melissa le gustaba especialmente encontrar retratos de un actor llamado Rock Hudson, no había nombre más apropiado para donar un par de ojos a sus rocas. Pasó varias hojas con la tijera en ristre, esperando encontrarlo. No hubo suerte, así que se conformó con una imagen de James Dean. Recortó sus ojos de una fotografía a página completa. Del mismo cajón sacó un frasco de cola blanca y, con un pincel, lo aplicó al papel. Pegó los ojos justo encima de la protuberancia en la roca que se asemejaba a una nariz.

—Por fin puedes verme —dijo—. Yo soy Melissa. Luego te presento a los demás.

Dahlia y Daisy hablaron a sus espaldas.

—¿Por qué no te vale con nosotras?

—¿Por qué decís eso? —Rebuscó en el cajón hasta dar con un pincel diferente al que había usado para la cola—. Claro que me vale con vosotras, pero quiero tener más amigos. ¿No puedo tener más amigos que vosotras o qué?

Desenroscó el tapón de un frasco de témpera negra mientras las niñas cuchicheaban.

—También tienes a Iris. Y a papá y a mamá. Y Edelweiss sigue fuera.

—Ya, pero y si, por ejemplo, quiero hablar con alguien en mitad de la noche, ¿con quién hablo? Estáis todos durmiendo a esas horas.

Las niñas se encogieron de hombros.

—Pues por eso.

Melissa trató de pintar una sonrisa en la roca, pero el relieve desvió el trazo y acabó por dibujar una boca distorsionada. La dio por válida. Le gustaba que sus piedras tuvieran personalidad propia y si ésta quería expresarse con una mueca, podía hacerlo. La giró para que mirara a sus hermanas.

—Decidle hola. Se llama James.

Las niñas saludaron con la mano.

—Está triste —dijeron.

—Qué va. Sólo es un poco serio —defendió Melissa. Después susurró cerca del oído de la piedra—: Ellas son Dahlia y Daisy. ¿A que son igualitas?

Las aludidas intercambiaron miradas de soslayo, sonrisitas.

Desde el salón llegó el sonido de un tocadiscos.

—¡Música! —gritaron.

Corrieron escaleras abajo.

—Yo también voy a ir —explicó Melissa a James—. Espero que no te importe, no vas a estar solo.

Dejó la piedra en uno de los pocos huecos libres que quedaban en la estantería sobre el cabecero, al lado de otra decena de piedras con ojos pegados y sonrisas dibujadas. La madera estaba ya curvada bajo el peso de todas ellas. Melissa apretó con los dedos una de las tuercas de sujeción, que se aflojaba con cada trasvase de piedras. Las fue señalando una a una a modo de presentación.

—Mira, James, éste es Marlon, éste es John, éste es Clark y éste es Rock. Ésos son Cary, Gregory y otro Rock. Y aquéllas son Natalie y Doris, con otro Rock más. —Chasqueó los dedos al terminar la retahíla de nombres—. Saludad todos a James, que se va a quedar en el cuarto con nosotros.

Melissa permaneció en silencio.

Escuchando.

—Son los viejos discos de papá —respondió a alguna pregunta.

Asintió a las piedras.

—Claro que sí.

Sonrió a Gregory.

—En un rato. Cuanto antes me vaya, antes vuelvo. No va a durar mucho la música, de todas formas.

Sin dar más explicaciones, Melissa bajó las escaleras como habían hecho sus hermanas.

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Iris vio pasar a Melissa por detrás de ella, reflejada en el espejo. Estaba sentada frente al tocador de su habitación, completando las cien pasadas diarias que daba a su cabello con el cepillo. Según mamá, era la mejor manera de mantener el brillo natural del pelo rubio, color que compartían todas las hermanas en diferentes tonos. En la pasada número ochenta y tres, dejó el cepillo para seguir a Melissa y unirse a la familia junto al tocadiscos. Antes de ...