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LA MAGIA DE SER SOFíA (BILOGíA SOFíA 1)

Elísabet Benavent

5


Fragmento

1

La vuelta

Mamá salió corriendo de casa dejando tras de sí un montón de puertas abiertas y un reguero de grititos de alegría que alertaron a los demás de que ya estaba allí. No había duda… era ese tipo de alegría que solo derrochas con la vuelta de un hijo.

Dejé la bolsa de viaje y la maleta a un lado y abrí los brazos. Mamá parecía más pequeña que nunca cuando la estreché. En mis recuerdos infantiles era una mujerona pero fue empequeñeciendo a medida que yo crecía. O quizá solo es que cambió mi punto de vista.

Al separarse de mi pecho se concentró en mirarme de arriba abajo, como en un examen médico.

—Estás más gordo —musitó—. Así mejor.

—¡¿Estás más gordo?! ¡Por fin voy a dejar de ser el hermano feo!

Mi hermano Sebas salió riéndose, con su voluminosa panza poniendo a prueba la elasticidad de su jersey y se abalanzó sobre mí para abrazarme, darme un puñetazo, levantarme del suelo e insultarme una, dos, tres veces… Todo a la vez.

—¿Gordo, mamá? Si él está gordo yo estoy listo para la matanza.

—No me tientes, Sebas, no me tientes —lo amenazó.

Mi padre había sido el tío más guapo de su quinta, nos había dicho muchas veces mi madre, pero con el tiempo se convirtió en el tío más grande de su quinta. Mi madre, una mujerona de armas tomar. Mi hermano y yo teníamos dentro más genes tendentes al sobrepeso que el resto de la población española; la diferencia entre nosotros radicaba en que él se había dejado llevar por la naturaleza y yo me resistía, cuidándome para en el futuro ser un fofisano de los que de pronto gustaban a las chicas. Cuando se lo comentaba a Lucía esta solía fruncir el ceño.

—A mí me gusta el Gerard Butler de 300, no un Gerard Butler de 300 kilos.

Yo me reía… pero me reía mientras cenaba brócoli hervido y un melocotón, como ella. No había tenido abdominales en mi vida, pero era consciente de que tenía un cuerpo…, uhm…, ¿cómo decirlo? Masculino. Fibroso. ¿Fornido? Bueno. Soy alto, siempre he tenido un pectoral definido y unos brazos firmes. A ella le gusté siempre, cuando era un adolescente desgarbado y cuando me transformé en un hombre robusto. Nos cuidábamos más por ella que por mí, pero ahora que estaba en Cáceres… a tomar por el culo la dieta.

—¿En serio estoy más gordo? —me miré—. Pues me pienso poner tibio a queso y perrunillas.

—Estás mejor ahora, te habías quedado asqueroso.

—Amor de madre —sentencié con un suspiro mientras miraba a mi hermano.

Mi madre había comprado una torta del casar y la casa me recibió oliendo… a muerto, porque seamos sinceros, está buenísima pero huele a algo en descomposición. Mi hermano no perdió tiempo y se coló en la cocina para meterle mano, armado con churruscos de pan; yo tenía la intención de hacer lo mismo pero acababa de llegar y… saludar mientras masticaba pan con queso… como que no.

Mis sobrinos fueron pasando en rueda de reconocimiento por mis brazos. El mayor, Eduardo, estaba irreconocible… bigotillo de adolescente incluido.

—¡Sebas! —le grité a su padre—. ¡Dale una cuchilla a este crío, por el amor de Dios, que tiene más bigote que mamá!

Me gané una colleja con la mano abierta, bien merecida, lo admito. La familia de mi madre siempre fue tendente al vello facial…

Sonia, otra de mis sobrinas, también había crecido mucho, pero para convertirse en una princesita tímida a la que le daba corte acercarse a darme un beso.

—¿No te acuerdas de tu tío?

—Sí —dijo con la boquita pequeña—. Pero me da vergüenza.

Claro que se acordaba de mí. Teníamos una especie de adoración mutua, como si ella fuera la niña de mis ojos y yo su primer amor platónico. La cogí en volandas y la cubrí de besos.

—Te traje una muñeca de esas que te gustan pero no se lo digas a tu hermana, que a ella le traje chocolate.

La vergüenza se le pasó después de cuatro arrumacos.

Los pequeños mareaban a mi padre en el patio interior. Papá había sido fiero… de esos padres a los que te da un miedo atroz enfrentarte al llegar con un suspenso en las notas. Pero…, azares del destino, se había convertido en un abuelo huevón que se dejaba hacer chichinas por sus nietos. En aquel momento tenía a Estefanía, la pequeña, agarrada de una pierna y a su hermano Guillermo, en la otra. Hacía un frío de narices, pero allí estaban ellos, jugando al raso.

—¡Corre, yayo, corre!

—Eso, corre, yayo —repetí.

Los enanos corrieron en busca de la cantidad ingente de chocolate que solía traer cuando venía de visita y mi padre me preguntó si en Suiza no vendían maquinillas de afeitar, porque nunca le han gustado las barbas.

—Claro que sí. Tendrías que ver lo suavitas que tengo las pelotas.

Me libré de otra colleja porque fui rápido.

Después de que mi madre estudiara el equipaje para hacerse con los suvenires (queso y chocolate pagados a precio de oro, como todo en Ginebra), nos sentamos en la mesa de la cocina.

—¿La niña no ha venido? —preguntó mi madre de soslayo.

La niña…, muchos pensarán que era un sobrenombre cariñoso y bueno, en cierta medida es verdad pero… escondía muchas connotaciones detrás de sus seis letras. Sé que todos la querían, pero acepto que siempre tuvo un carácter un poco especial, muy celosa de mi tiempo y de mis atenciones, que solía dejarla en evidencia delante de mi familia.

—No, mamá. Esta vez he venido solo —le aclaré—. Ya te lo dije por teléfono.

—Me dijiste que te quedabas solo, pero pensé que ella vendría contigo para saludar a la familia.

—Tiene mucho trabajo.

—Su madre está que trina. Pero no te preocupes que ya le he dejado bien claro que no es culpa tuya, que tiene una hija más despegá que despegá.

Hice una mueca que provocó carcajadas en mis sobrinos.

—La yaya es una brujilla…

—¡La yaya es bruja!

Los pequeños entonaron a coro que mi madre era una bruja y yo me gané una mirada que prometía otra colleja para luego.

—Entonces… —empezó a decir con la boca llena mi hermano—, ¿te quedas en el pueblo unos meses?

—No, qué va. Me voy a Madrid a casa de Estela. Aquí Lucía no encontraría trabajo de lo suyo.

—¿Y qué tiene eso que ver contigo?

—Hombre…, digo yo que después de tantos años algo tiene que ver, ¿no?

Mi hermano se encogió de hombros a la vez que acercaba el pan que mi madre había colocado en el lado opuesto de la mesa. «La niña» no era santo de su devoción, supongo.

—Entonces, ¿cuál es tu plan? —me preguntó.

—El plan es: yo me instalo en Madrid temporalmente y compruebo si va saliendo trabajo de lo mío mientras mantengo los clientes de allí. Si en seis meses veo que la cosa marcha, ella se viene. Tiene la posibilidad de pedir un traslado o… incluso de cambiar a una empresa española.

—Pues muy bien —sentenció mi padre, aunque sonó a posmubié.

—¿Y… por qué ahora? No es que no esté encantada de teneros más cerca. Seguro que tu suegra también tiene ganas pero… después de diez años viviendo fuera, con el dinero que gana ella y yéndote bien las cosas…

Miré a mi madre, que me lanzaba una mirada ladina y chasqueé la lengua.

—Vivir tantos años lejos es duro.

—¿Duro? —se burló mi hermano—. Dura es la cara que tienes tú.

—Hemos… —carraspeé—. Hemos pasado una época… mala. Bastante mala. Y una vez superada lo más lógico es buscar otro tipo de estabilidad. Además, Lucía tiene treinta y cuatro años. Si quiere ser madre… es el momento. Y allí el ritmo de vida que llevamos no admite críos.

—Ah. Y venís a casaros aquí —dio por hecho mi madre.

—No, mamá. Venimos a vivir aquí. No vamos a casarnos.

La discusión que vino después fue la de siempre: yo defendía que no teníamos necesidad de casarnos, que una década de convivencia valía más que un papel firmado y mi madre que éramos dos dejaos que se resistían a pasar por el aro «como todos». No sé a qué todos se refería. Obviando este «intercambio de opiniones», nadie hizo demasiados comentarios respecto a la paternidad que nos planteábamos en breve y quizá por culpa de ese silencio la sensación de inquietud que me acompañaba desde que abandoné Ginebra no se me pasó. Había estado todo el vuelo y el posterior viaje hasta el pueblo con un nudo en el estómago porque temía la reacción de mi familia al conocer la noticia. Que Lucía no le caía bien a mi madre (al menos no del todo) no era ningún secreto, pero siempre creímos que ninguna chica podría gustarle. ¿Era eso todo? ¿Que mi novia de toda la vida creara pelusilla en mamá y temiera su reacción? No, claro que no. Eran todas las cosas que habíamos vivido como pareja en el último año lo que me tenían nervioso, no la reacción de mi familia. Casi hubiera preferido que pusieran el grito en el cielo para que alguien diera voz a mi ansiedad y yo pudiera mostrarla sin tapujos. Poder decir: «No lo tengo claro, pero me encuentro entre la espada y la pared porque es esto o nada».

Así lo planteó Lucía y aunque no estuve de acuerdo en los términos… no pude más que aceptar si quería que se solucionara. Durante un tiempo casi me reconfortó ser consciente de la descomposición de lo nuestro porque al menos entendía el porqué de la rabia que de pronto nos teníamos, el desdén y la frialdad con la que nos castigábamos si el otro no hacía lo que uno quería. Nos íbamos a la mierda pero tuvimos que solucionarlo porque Héctor y Lucía no podían ir por libre… eran Héctor y Lucía. Así que lo arreglamos. Con esfuerzo. Porque no había más respuesta que un sí en ese referéndum.

Donde yo esperaba incomprensión, encontré silencio. «Mamá, papá, Sebas… Lucía y yo hemos decidido, tras superar esta crisis, que vamos a tener un hijo». Tenía treinta y cuatro años, un trabajo más o menos estable, una relación de dieciocho años con mi chica… Ser padre no tendría que venirme grande pero entonces… ¿por qué no había desaparecido ese nudo? Me dije a mí mismo que era el vértigo, la sensación de encontrar tan extraño lo que había sido tan conocido. Los cambios siempre daban miedo. Había vuelto a España después de diez años viviendo, se podría decir que bien, en Ginebra. Siendo completamente sincero, mudarme a Suiza tampoco me hizo especial ilusión, pero Lucía me convenció de que el futuro que nos esperaba era mucho más prometedor allí. «Si nos quedamos», me decía, «terminaré trabajando en una gestoría, como mi padre y tú dando clases de pintura a un montón de jubilados». Qué graciosa la tía, ella en una oficina y yo enseñando a pintar flores en jarrones chungos.

—Si nos vamos, yo podré trabajar en banca de inversión y tú especializarte en lo que quieras… como en diseño gráfico.

El diseño gráfico no es que me encantara pero parecía tener futuro y los ordenadores se me daban bien, así que… bueno, no sé si ella hubiera acertado en sus predicciones si nos hubiéramos quedado en España, pero sí sé que estuvo en lo cierto en cuanto a Ginebra. Ella ganaba dinero a espuertas y yo… encontré mi camino después de perderme un par de veces. Tuve que aprender francés, relacionarme con un montón de gente que me caía regulín y hacer de Lucía mi mundo entero. Tampoco me sacrifiqué…, no tenía otro plan que me pareciera prioritario. Así que si conseguí sentir que Suiza era de alguna manera mi casa, podía volver a España, plantar los cojones encima del teclado del ordenador y empezar de nuevo pero esta vez en nuestro hogar.

«Estoy asustado por el cambio», me dije. «No tiene nada que ver con el tema de tener hijos», me repetí a pesar de que siempre pensé que no los tendríamos. Pero nos queríamos. Era… algo normal.

Un ratito antes de cenar, Sebas y yo nos tomamos una cerveza delante de la chimenea que mamá había encendido en mi honor. Los niños no dejaban de atosigarnos, cruzando la habitación corriendo, gritando los típicos «mírame, papá» y «mira lo que hago». Yo estaba encantado, pero él parecía estar a punto de alcanzar el estado opuesto al Nirvana.

—Ve y dile a mamá que vea lo que haces, que es una maravilla —le decía por turnos a sus hijos.

—Mamá me ha dicho que venga a enseñártelo a ti. Mira, papá. Pero ¡mírame! Que no me ves. Mira lo que hago.

—Míralo, Sebas, por favor, míralo —me burlaba bajo mano.

—Ya verás, ya. Estás a punto de saber lo que es ser padre. Y entonces hablaremos —suspiró.

Cuando los niños salieron en tropel hacia la cocina en busca de algo para picar, se volvió hacia mí y con aire serio y un hilo de voz añadió:

—No te líes, Héctor, no te líes. Ser tío es una cosa. Ser padre es otra… Piénsatelo bien.

—¿Qué dices? —le pregunté con una mezcla de miedo y alivio.

—Todo cambia. La cama, la casa, las horas de sueño, la vida, las ganas… Pero sobre todo la cama. Adiós muy buenas. La fierecilla se cansa y se acurruca.

—Eres un pedazo de abono. —Me reí—. No quiero saber nada de eso de mi cuñada.

—No, ahora en serio. Ser padre es la experiencia más increíble de la vida pero… todo cambia.

—Igual porque tienes cuatro, loco de mierda.

—¿Sabes que tienes un acentillo francés así como amaneradito cuando pronuncias algunas palabras? —me pinchó—. Déjalo, Héctor. Aún t

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